El periodista deportivo Víctor Hugo Morales, amigo de Gustavo, también lo recordó en este día tan especial. “Lo que perdió el Uruguay el 30 de diciembre, es un cantor de verdad, excepcional, y un ser humano muy querible”

Víctor Hugo Morales
Gustavo debe ser el cantor del Río de la Plata que junto con Rubén Juarez y Guillermo Fernández más me han gustado, y podría poner también a Raul Lavié. En los últimos años, además de ser un cantor de una afinación, de un estilo, de una personalidad absolutamente extraordinaria, fue un muchacho absolutamente cautivante, encantador, muy querible. Muy jovencito, cuando yo recién llegué a Buenos Aires, él coincidió en sus primeras épocas. Estamos hablando del año 81, y en todo ese tiempo vivió en mi casa. Yo lo invité a vivir en mi casa porque quería de alguna manera respaldarlo, o sea que conozco bien la calidad humana de la persona de Gustavo. Era un pibe, y era ya muy respetado. Después llegó a ser uno de los cantores preferidos de cualquier director de orquesta. Garello llegó a considerarlo el gran cantor de esos momentos, porque podía adaptarse a cualquier tipo de tango. Podía darle al tango de antes, digamos , una entonación, un clima propio de los cantores de toda la vida. En cuanto asumir el tango moderno, hay una obra excepcional, que se llama Viva el tango, para mí, junto con un disco de Rubén Juarez de hace unos quince años, el mejor disco de tango de las dos últimas décadas. Eran obras de Ferrer musicalizadas, arregladas, y con música de Garello e interpretadas por Gustavo Nocetti. Estaba Libertango, Bailando el tango en Buenos Aires, El bulín de la calle Ayacucho, un tango a Atahualpa Yupanqui, una obra realmente colosal. Es admirable que se pueda hacer un disco tan bien cuidado, en que las letras, la música y el cantor lleguen a ese nivel de belleza artística y de eficacia, al mismo tiempo que transmitir el mensaje que querían entregar. Le perdí los pasos cuando él decide volverse a Montevideo, cuando el tango cantado decayó: ya no se vendían discos, a partir de cierto momento, cuando apareció la Internet, sumado a una situación general de crisis. No vendía nadie placas, fundamentalmente de tango, y los boliches empezaron a caer. Ahora prosperan los grandes boliches que atienden al turismo y se canta “Caminito” y algunos de esos tangos tradicionales que el turista conoce y, fundamentalmente, el espectáculo gira en torno a los bailarines. O sea que se fue quedando el tango en un reconocimiento muy grande de algunos sectores, pero no productivo para la industria discográfica.
Eso determinó que hubiera un ocaso pronunciado de todos los cantantes. Ahora mismo, Guillermo Fernández, que es un cantor excepcional, acaba de sacar, producido por él, un disco extraordinario, una obra estupenda escrita por Horacio Ferrer y cantada por él, configurando verdaderas maravillas desde el punto de vista discográfico; pero lo tuvo que hacer él. No hay una discográfica que se interese por el material de Guillermo Fernández.
Todo esto fue lo que determinó que Gustavo se volviera a Montevideo. El regreso a Montevideo, por supuesto, hizo que se terminaran los grandes programas de tango; hace mil años que no hay un programa como la gente de tango en la televisión. Eso fue lo que impuso que alguien que estaba dotado de la mejor manera para alcanzar el máximo estrellato, tuviera que reconocer que había llegado veinte años tarde al tango en cuanto a lo que pudo generarle como ingreso económico, como reconocimiento público. Sabía de sus actuaciones -que nunca pude ver- con la Filarmónica de Montevideo, aquellas presentaciones que hicieron con Federico García Vigil, todas esas maravillas de las cuales me llegaron algunos registros, o algún video.
Me queda el recuerdo cuando tuve la suerte de hacer el primer programa de la televisión en el que Gustavo participó en su vida. El nunca había aparecido en la televisión y yo lo conocía de los boliches, y así armamos un programa. Lo produje, pagué los arreglos de Di Mateo. Fue una inversión muy fuerte, hecha por cariño y por amor con mis primeros dineros, digamos, e hicimos un programa que fue por Canal 4 que resultó una verdadera maravilla. Lo pasábamos a las siete de la tarde, no me acuerdo de que día, porque después venía Telenoche. Me sentía el tipo más orgulloso de la vida, por haber llevado a Nocetti. Salió una cosa de gran nivel. Yo, de Gustavo Nocetti, puedo hablar con un singular entusiasmo porque lo seguí desde que era un chiquilín, porque cuando viene a vivir a mi casa era porque había quedado aquel contacto del programa que habíamos hecho en Canal 4, allá por el 79 u 80; y desde el punto de vista humano, quedó para siempre una relación de una extraordinaria cordialidad, separados por esta distancia que impone el hecho de que yo, a Montevideo, voy en ráfagas, en viajes relámpagos. Era difícil encontrarse o verse, pero había de toda la vida un cariño realmente muy profundo.

Lo que perdió el Uruguay el 30 de diciembre, es un cantor de verdad, excepcional, y un ser humano muy querible y muy valioso. Parece un estigma muy doloroso el que hayamos perdido a nuestras más grandes voces en accidentes.