
Las imágenes y lo que escribí hace un mes atrás a través de este mismo medio de comunicación intentaban transmitir las respuestas de miles de personas que se congregaron en Nueva York contra una guerra probable, una guerra inminente, entonces (casi) inevitable y, como todas, injusta. Era resistencia “preventiva”. Esa resistencia advertía que millones de personas alrededor del mundo no concuerdan con la incursión bélica sobre Irak. Así entonces los neoyorquinos se oponían un mes atrás a que comenzara lo que hoy desgraciadamente estamos viviendo. Advertía también que la palabra democracia no es un juguete ni un arma para matar, sino una forma de organizarse y brindar espacios para que los miembros de la sociedad desarrollen sus propias (humanas) formas de expresarse y resolver sus conflictos mediante la convivencia, el dialogo y el respeto mutuo. Bush, Blair yAznar no han escuchado, no han querido escuchar; han seguido ensimismados recorriendo (sus ejércitos, no ellos, claro) la ruta del horror a causa del poder y el dinero del petróleo.



Algunas semanas después la realidad se ha tornado muy otra. Hoy estamos
viviendo bombas, palabras, más dicotomías y radicalizaciones,
que suenan y se ven desde y en cada lugar del planeta. Pero mientras la televisión
muestra generalmente imágenes deshumanizadas (ciudades ardiendo pero
sin rostros), en Montevideo, Roma o Nueva York miles de personas siguen manifestando
y diciendo NO a la guerra.
Lo cierto es que mucha gente busca los medios para sobreponerse a los miedos,
el dolor, la injusticia, ya sean propios o ajenos. Estas fotos del 22 de marzo
muestran lo que fue nuevamente una convocatoria masiva, pero ya con más
indignación y dolor, menos esperanza, pero con más necesidad de
cambiar la situación.
A
gritos y cánticos se pedía el desafuero (“impeachment”)
de Bush, el reconocimiento de formas pacificas de expresarse –como lo
fue la marcha– o el derecho construir y ser representado por una verdadera
democracia, no esa que hoy pone a la dignidad y se pone a sí misma en
venta.


Nuevamente, las formas de expresarse han sido realmente diversas y muy creativas.
Los niños con sus pancartas señalan el futuro; por su parte, los
veteranos de guerra civil española (además de otros apenas “veteranos”)
advierten lo que no se debe repetir o siquiera llegar a vivir.
En lo personal, cuando pienso ahora en qué sentía durante la marcha y en cómo es posible transmitirlo, se me acercan las palabras (también caminantes) de Juan Gelman con las cuales, creo, vale la pena recorrer las fotos:
Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.
Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.
Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.
(Juan Gelman, “Mi Buenos Aires querido”)