
I L E N I N V I V E
FUNDAMENTOS DEL LENINISMO
Los fundamentos del leninismo: el tema es vasto. Para agotarlo, haría
falta un libro entero. Más aún: haría falta toda una serie
de libros. Por eso es natural que estas opiniones no puedan ser consideradas
como una exposición completa del leninismo. Serán tan sólo,
en el mejor de los casos, un resumen sucinto de los fundamentos del leninismo.
No obstante, estimamos útil hacer este resumen, a fin de ofrecer algunos
puntos fundamentales de partida, necesarios para estudiar con fruto el leninismo.
Exponer los fundamentos del leninismo no es aún exponer los fundamentos de la concepción del mundo de Lenin. La concepción del mundo de Lenin y los fundamentos del leninismo no son, por su volumen, una y la misma cosa. Lenin es marxista, y la base de su concepción del mundo es, naturalmente, el marxismo. Pero de esto no se desprende, en modo alguno, que la exposición del leninismo deba comenzar por la de los fundamentos del marxismo. Exponer el leninismo es exponer lo que hay de peculiar y de nuevo en las obras de Lenin, lo aportado por Lenin al tesoro general del marxismo y lo que está asociado a su nombre de modo natural.
¿Qué es el leninismo?
Unos dicen que el leninismo es la aplicación del marxismo a las condiciones peculiares de la situación rusa. Esta definición contiene una parte de verdad, pero dista mucho de encerrarla toda. En efecto, Lenin aplicó el marxismo a la realidad de Rusia, y lo aplicó magistralmente. Pero si el leninismo no fuese más que la aplicación del marxismo a la situación peculiar de Rusia, el leninismo sería un fenómeno pura y exclusivamente nacional, pura y exclusivamente ruso. Sin embargo, sabemos que el leninismo es un fenómeno internacional, que tiene raíces en todo el desarrollo internacional, y no un fenómeno exclusivamente ruso. Por eso, entendemos que esa definición peca de unilateral.
Otros dicen que el leninismo es la resurrección de los elementos revolucionarios del marxismo de la década del 40 del siglo XIX, a diferencia del marxismo de años posteriores, que, según ellos, se hizo moderado y dejó de ser revolucionario. Si pasamos por alto esa división necia y vulgar de la doctrina de Marx en dos partes, una revolucionaria y otra moderada, hay que reconocer que incluso esa definición, íntegramente defectuosa e insatisfactoria, tiene un algo de verdad. Ese algo de verdad consiste en que Lenin resucitó, efectivamente, el contenido revolucionario del marxismo, enterrado por los oportunistas de la II Internacional. Pero esto no es más que un algo de verdad. La verdad entera del leninismo es que no sólo hizo renacer el marxismo, sino que dio un paso adelante, prosiguiendo el desarrollo del marxismo bajo las nuevas condiciones del capitalismo y de la lucha de clase del proletariado.
¿Qué es, pues, en fin de cuentas, el leninismo?
El leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución
proletaria. O más exactamente: el leninismo es la teoría y la
táctica de la revolución proletaria en general, la teoría
y la táctica de la dictadura del proletariado en particular. Marx y Engels
actuaron en el período prerrevolucionario (nos referimos a la revolución
proletaria) cuando aún no había un imperialismo desarrollado,
en un período de preparación de los proletarios para la revolución,
en el período en que la revolución proletaria no era aún
directa y prácticamente inevitable. En cambio, Lenin, discípulo
de Marx y de Engels, actuó en el período del imperialismo desarrollado,
en el período en que se despliega la revolución proletaria, cuando
la revolución proletaria triunfa en un país, destruyendo la democracia
burguesa e inaugurando la era de la democracia proletaria, la era de los Soviets.
Por eso el leninismo es el desarrollo ulterior del marxismo.
Suele destacarse el carácter extraordinariamente combativo y extraordinariamente revolucionario del leninismo. Esto es muy cierto. Pero esta particularidad del leninismo se debe a dos causas: en primer lugar, a que el leninismo brotó de la entraña de la revolución proletaria, cuyo sello no puede por menos de ostentar; en segundo lugar, a que se desarrolló y se fortaleció en las batallas contra el oportunismo de la II Internacional, combatir al cual ha sido y sigue siendo una premisa necesaria para luchar con éxito contra el capitalismo. No hay que olvidar que entre Marx y Engels, de una parte, y Lenin, de otra, media todo un período de dominio indiviso del oportunismo de la II Internacional, la lucha implacable contra el cual no podía menos de ser una de las tareas más importantes del leninismo.
LAS RAICES HISTORICAS DEL LENINISMO
El leninismo se desarrolló y se formó bajo el imperialismo, cuando
las contradicciones del capitalismo habían llegado ya a su grado extremo,
cuando la revolución proletaria se había convertido ya en una
cuestión de la actividad práctica inmediata, cuando el antiguo
período de preparación de la clase obrera para la revolución
había llegado a su tope, cediendo lugar a un nuevo período, al
período de asalto directo del capitalismo.
Lenin llamó al imperialismo "capitalismo agonizante". ¿Por qué? Porque el imperialismo lleva las contradicciones del capitalismo a su último límite, a su grado extremo, más allá del cual empieza la revolución. Entre estas contradicciones, hay tres que deben ser consideradas como las más importantes.
-La primera contradicción es la existente entre el trabajo y el capital. El imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. En la lucha contra esta fuerza omnipotente, los métodos habituales de la clase obrera -- los sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha parlamentaria -- resultan absolutamente insuficientes. Una de dos: u os entregáis a merced del capital, vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o empuñáis un arma nueva; así plantea la cuestión el imperialismo a las masas de millones de proletarios. El imperialismo lleva a la clase obrera a la revolución.
-La segunda contradicción es la existente entre los distintos grupos financieros y las distintas potencias imperialistas en su lucha por las fuentes de materias primas, por territorios ajenos. El imperialismo es la exportación de capitales a las fuentes de materias primas, la lucha furiosa por la posesión monopolista de estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del mundo ya repartido, lucha mantenida con particular encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y por las nuevas potencias, que buscan "un lugar bajo el sol", contra los viejos grupos y las viejas potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas. La particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos grupos de capitalistas es que entraña como elemento inevitable las guerras imperialistas, guerras por la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica.
-La tercera contradicción es la existente entre un puñado de naciones "civilizadas" dominantes y centenares de millones de hombres de las colonias y de los países dependientes. El imperialismo es la explotación más descarada y la opresión más inhumana de centenares de millones de habitantes de las inmensas colonias y países dependientes. Extraer superbeneficios: tal es el objetivo de esta explotación y de esta opresión. Pero, al explotar a esos países, el imperialismo se ve obligado a construir en ellos ferrocarriles, fábricas, centros industriales y comerciales. La aparición de la clase de los proletarios, la formación de una intelectualidad del país, el despertar de la conciencia nacional y el incremento del movimiento de liberación son resultados inevitables de esta "política". El incremento del movimiento revolucionario en todas las colonias y en todos los países dependientes, sin excepción, lo evidencia de modo palmario. Esta circunstancia es importante para el proletariado, porque mina de raíz las posiciones del capitalismo, convirtiendo a las colonias y a los países dependientes, de reservas del imperialismo, en reservas de la revolución proletaria.
Tales son, en términos generales, las contradicciones principales del imperialismo, que han convertido el antiguo capitalismo "floreciente" en capitalismo agonizante.
La importancia de la guerra imperialista desencadenada en 1914 estriba, entre otras cosas, en que juntó en un haz todas estas contradicciones y las arrojó sobre la balanza, acelerando y facilitando con ello las batallas revolucionarias del proletariado.
Dicho en otros términos: el imperialismo no sólo ha hecho que
la revolución sea prácticamente inevitable, sino que se hayan
creado las condiciones favorables para el asalto directo a la fortaleza del
capitalismo.
Tal es la situación internacional que ha engendrado al leninismo.
Todo eso está bien, se nos dirá; pero ¿qué tiene
que ver con esto Rusia, que no era ni podía ser el país clásico
del imperialismo? ¿Qué tiene que ver con esto Lenin, que actuó,
ante todo, en Rusia y para Rusia? ¿Por qué fue precisamente Rusia
el hogar del leninismo, la cuna de la teoría y de la táctica de
la revolución proletaria?
Porque Rusia era el punto de convergencia de todas estas contradicciones del
imperialismo.
Porque Rusia estaba preñada de revolución más que ningún
otro país del mundo, y eso hacía que sólo ella se hallase
en estado de resolver estas contradicciones por vía revolucionaria.
Señalaremos en primer lugar que la Rusia zarista era un foco de todo
género de opresión -- capitalista, colonial y militar -- en su
forma más inhumana y más bárbara. ¿Quién
ignora que, en Rusia, la omnipotencia del capital se fundía con el despotismo
zarista; la agresividad del nacionalismo ruso, con las atrocidades del zarismo
contra los pueblos no rusos; la explotación de zonas enteras -- Turquía,
Persia, China --, con la anexión de estas zonas por el zarismo, con las
guerras anexionistas? Lenin tenía razón cuando decía que
el zarismo era un "imperialismo militar-feudal". El zarismo era la
condensación de los aspectos más negativos del imperialismo, elevados
al cubo.
Además, la Rusia zarista no sólo era una importantísima
reserva del imperialismo occidental porque abría sus puertas de par en
par al capital extranjero, que tenía en sus manos ramas tan decisivas
de la economía nacional de Rusia como los combustibles y la metalurgia,
sino también porque podía poner al servicio de los imperialistas
occidentales millones de soldados. Cabe recordar el ejército ruso de
catorce millones de hombres, que derramó su sangre en los frentes imperialistas
para asegurar fabulosas ganancias a los capitalistas anglo franceses.
Además, el zarismo no sólo era el perro de presa del imperialismo en el Oriente de Europa, sino también el agente del imperialismo occidental para exprimir de la población centenares de millones: los intereses de los empréstitos que el zarismo obtenía en París y en Londres, en Berlín y en Bruselas.
Finalmente, el zarismo era el aliado más fiel del imperialismo occidental en el reparto de Turquía, de Persia, de China, etc. ¿Quién ignora que el zarismo hacía la guerra imperialista aliado a los imperialistas de la Entente y que Rusia era un elemento esencial en esta guerra?
Por eso, los intereses del zarismo y del imperialismo occidental se entrelazaban y acababan fundiéndose en una sola madeja de intereses del imperialismo.
¿Acaso podía el imperialismo del Occidente resignarse a la pérdida de un puntal tan poderoso en el Oriente y de una fuente tan rica en fuerzas y en recursos, como era la vieja Rusia zarista y burguesa, sin poner a prueba todas sus fuerzas para sostener una lucha a muerte contra la revolución en Rusia, a fin de defender y conservar el zarismo? ¡Naturalmente que no!
Pero de aquí se desprende que quien quería golpear al zarismo, levantaba inevitablemente la mano contra el imperialismo; que quien se sublevaba contra el zarismo, tenía que sublevarse también contra el imperialismo, pues quien derrocara al zarismo, si en realidad no pensaba sólo en derribarlo, sino en acabar con él definitivamente, tenía que derrocar también al imperialismo. La revolución contra el zarismo se aproximaba de este modo a la revolución contra el imperialismo, a la revolución proletaria, y debía transformarse en ella.
Entretanto, en Rusia iba en ascenso la más grande de las revoluciones populares, a cuyo frente se hallaba el proletariado más revolucionario del mundo, un proletariado que disponía de un aliado tan importante como los campesinos revolucionarios de Rusia. ¿Hace falta, acaso, demostrar que una revolución así no podía quedarse a mitad de camino; que, en caso de triunfar, debía seguir adelante, enarbolando la ban dera de la insurrección contra el imperialismo?
Por eso Rusia tenía que convertirse en el punto de convergencia de las contradicciones del imperialismo, no sólo porque en Rusia, precisamente, estas contradicciones se ponían de manifiesto con mayor facilidad a causa de su carácter tan escandaloso y tan intolerable, y no sólo porque Rusia era el puntal más importante del imperialismo occidental, el puntal que unía al capital financiero del Occidente con las colonias del Oriente, sino también porque solamente en Rusia existía una fuerza real capaz de resolver las contradicciones del imperialismo por vía revolucionaria.
Pero de esto se desprende que la revolución en Rusia no podía menos de ser proletaria, no podía menos de revestir, desde los primeros momentos de su desarrollo, un carácter internacional, y no podía, por tanto, menos de sacudir los cimientos mismos del imperialismo mundial.
¿Acaso los comunistas rusos podían, ante semejante estado de
cosas, limitarse en su labor al marco estrechamente nacional de la revolución
rusa? ¡Naturalmente que no! Por el contrario, toda la situación,
tanto la interior (profunda crisis revolucionaria) como la exterior (la guerra),
los empujaba a salirse en su labor de ese marco, a llevar la lucha a la palestra
internacional, a poner al desnudo las lacras del imperialismo, a demostrar el
carácter inevitable de la bancarrota del capitalismo, a destrozar el
social chovinismo y el social pacifismo y, por último, a derribar el
capitalismo dentro de su país y a forjar para el proletariado un arma
nueva de lucha -- la teoría y la táctica de la revolución
proletaria --, con el fin de facilitar a los proletarios de todos los países
el derrocamiento del capitalismo. Los comunistas rusos no podían obrar
de otro modo, pues sólo siguiendo este camino se podía contar
con que se produjesen en la situación internacional ciertos cambios,
capaces de garantizar a Rusia contra la restauración del régimen
burgués.
Por eso, Rusia se convirtió en el hogar del leninismo, y el jefe de los
comunistas rusos, Lenin, en su creador.
Con Rusia y con Lenin "ocurrió" aproximadamente lo mismo que había ocurrido con Alemania y con Marx y Engels en la década del 40 del siglo pasado. Entonces, Alemania estaba preñada, como la Rusia de comienzos del siglo XX, de una revolución burguesa. Marx escribió entonces en el Manifiesto del Partido Comunista:
"Los comunistas fijan su principal atención en Alemania, porque
Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa y porque
llevará a cabo esta revolución bajo las condiciones más
progresivas de la civilización europea en general, y con un proletariado
mucho más desarrollado que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de
Francia en el XVIII, y, por lo tanto, la revolución burguesa alemana
no podrá ser sino el preludio inmediato de una revolución proletaria."
Dicho en otros términos: el centro del movimiento revolucionario se desplazaba
a Alemania.
No cabe duda de que precisamente esta circunstancia, apuntada por Marx en el
pasaje citado, constituyó la causa probable de que fuese Alemania la
cuna del socialismo científico, y los jefes del proletariado alemán,
Marx y Engels, sus creadores.
Lo mismo hay que decir, pero en mayor grado todavía, de la Rusia de comienzos del siglo XX. En ese período, Rusia se hallaba en vísperas de la revolución burguesa y había de llevar a cabo esta revolución en un ambiente más progresivo en Europa y con un proletariado más desarrollado que el de Alemania en la década del 40 del siglo último (sin hablar ya de Inglaterra y de Francia), además, todo indicaba que esta revolución debía servir de fermento y de prólogo a la revolución proletaria.
No puede considerarse casual el hecho de que ya en 1902, cuando la revolución rusa estaba todavía en sus comienzos, Lenin dijese, en su folleto ¿Qué hacer?, estas palabras proféticas:
"La historia plantea hoy ante nosotros una tarea inmediata, que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de ningún otro país".
"La realización de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte, no ya de la reacción europea, sino también (hoy podemos afirmarlo) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia del proletariado revolucionario internacional"
¿Tiene algo de asombroso que el jefe del proletariado de Rusia, Lenin, haya sido, a la par, el creador de esta teoría y de esta táctica y el jefe del proletariado internacional?
EL METODO
Se ha dicho más arriba que entre Marx y Engels, de una parte, y Lenin, de otra, media todo un período de dominio del oportunismo de la II Internacional. Para ser exacto, debo añadir que no se trata aquí de un predominio formal del oportunismo, sino de un dominio efectivo. En apariencia, al frente de la II Internacional se encontraban marxistas "fieles", "ortodoxos": Kautsky y otros. Sin embargo, la labor fundamental de la II Internacional seguía, en la práctica, la línea del oportunismo. Los oportunistas, por su innato espíritu de adaptación y su naturaleza pequeñoburguesa, se amoldaban a la burguesía; los "ortodoxos", a su vez, se adaptaban a los oportunistas, para "mantener la unidad" con ellos, en aras de la "paz en el partido". Resultaba de todo esto el dominio del oportunismo, pues la política de la burguesia y la de los "ortodoxos" eran eslabones de una misma cadena.
Fue ése un período de desarrollo relativamente pacífico del capitalismo, el período de anteguerra, por decirlo así, en que las contradicciones catastróficas del imperialismo no habían llegado aún a revelarse en toda su evidencia; un período en que las huelgas económicas de los obreros y los sindicatos se desenvolvían más o menos "normalmente"; en que se obtenían triunfos "vertiginosos" en la lucha electoral y en la actuación de las minorías parlamentarias; en que las formas legales de lucha se ponían por las nubes y se creía "matar" al capitalismo con la legalidad; en una palabra, un período en el que los partidos de la II Internacional iban echando grasa y no querían pensar seriamente en la revolución, en la dictadura del proletariado, en la educación revolucionaria de las masas.
En vez de una teoría revolucionaria coherente, tesis teóricas contradictorias y fragmentos de teorías divorciados de la lucha revolucionaria viva de las masas y convertidos en dogmas caducos. Naturalmente, para guardar las formas se invocaba la teoría de Marx, pero con el fin de despojarla de su espíritu revolucionario vivo.
En vez de una política revolucionaria, un filisteísmo fláccido y una politiquería de practicismo mezquino, diplomacia parlamentaria y combinaciones parlamentarias. Naturalmente, para guardar las formas se adoptaban resoluciones y consignas "revolucionarias", pero con el único fin de meterlas bajo el tapete.
En vez de educar al partido y de enseñarle una táctica revolucionaria acertada, a base del análisis de sus propios errores, se eludían meticulosamente los problemas candentes, se los velaba y encubría. Naturalmente, para guardar las formas hablaban a veces de los problemas candentes, pero era con el fin de terminar el asunto con cualquier resolución "elástica".
He ahí cuáles eran la fisonomía, los métodos de trabajo y el arsenal de la II Internacional.
Entretanto, se acercaba un nuevo período de guerras imperialistas y
de batallas revolucionarias del proletariado. Los antiguos métodos de
lucha resultaban, a todas luces, insuficientes y precarios ante la omnipotencia
del capital financiero.
Se imponía revisar toda la labor de la II Internacional, todo su método
de trabajo, desarraigando el filisteísmo, la estrechez mental, la politiquería,
la apostasía, el socialchovinismo y el social pacifismo. Se imponía
revisar todo el arsenal de la II Internacional, arrojar todo lo herrumbroso
y todo lo caduco y forjar nuevas armas. Sin esta labor previa, no había
que pensar en lanzarse a la guerra contra el capitalismo. Sin esto, el proletariado
corría el riesgo de encontrarse, ante nuevas batallas revolucionarias,
mal armado o, incluso, inerme.
El honor de llevar a cabo la revisión general y la limpieza general
de los establos de Augias de la II Internacional correspondió al leninismo.
Tales fueron las circunstancias en que nació y se forjó el método
del leninismo.
¿Cuáles son las exigencias de este método?
Primera: comprobar los dogmas teóricos de la II Internacional en el fuego de la lucha revolucionaria de las masas, en el fuego de la práctica viva; es decir, restablecer la unidad, rota, entre la teoría y la práctica, terminar con el divorcio entre ellas, porque sólo así se puede crear un partido verdaderamente proletario, pertrechado de una teoría revolucionaria.
Segunda: comprobar la política de los partidos de la II Internacional, no por sus consignas y sus resoluciones (a las que no se puede conceder ningún crédito), sino por sus hechos, por sus acciones, pues sólo así se puede conquistar y merecer la confianza de las masas proletarias.
Tercera: reorganizar toda la labor de partido, dándole una orientación nueva, revolucionaria, con el fin de educar y preparar a las masas para la lucha revolucionaria, pues sólo así se puede preparar a las masas para la revolución proletaria.
Cuarta: la autocrítica de los partidos proletarios, su instrucción y educación mediante el análisis de los propios errores, pues sólo así se pueden formar verdaderos cuadros y verdade ros dirigentes de partido.
Tales son los fundamentos y la esencia del método del leninismo.
¿Cómo se ha aplicado este método en la práctica?
Los oportunistas de la II Internacional tienen varios dogmas teóricos, de los cuales arrancan siempre. He aquí algunos de ellos:
Primer dogma: sobre las condiciones de la toma del Poder por el proletariado. Los oportunistas afirman que el proletariado no puede ni debe tomar el Poder si no constituye la mayoría dentro del país. No se aduce ninguna prueba, pues no hay forma de justificar, ni teórica ni prácticamente, esta absurda tesis. Admitamos que sea así, contesta Lenin a los señores de la II Internacional. Pero, si se produce una situación histórica (guerra, crisis agraria, etc.), en la cual el proletariado, siendo una minoría de la población, tiene la posibilidad de agrupar en torno suyo a la inmensa mayoría de las masas trabajadoras, ¿por qué no ha de tomar el Poder? ¿Por qué el proletariado no ha de aprovechar una situación internacional e interior favorable, para romper el frente del capital y acelerar el desenlace general? ¿Acaso no dijo ya Marx, en la década del 50 del siglo XIX, que la revolución proletaria en Alemania podría marchar "magníficamente" si fuera posible apoyarla, digámoslo así, con una "segunda edición de la guerra campesina"? ¿No sabe, acaso, todo el mundo que en Alemania había en aquel entonces relativamente menos proletarios que, por ejemplo, en Rusia en 1917? ¿Acaso la experiencia de la revolución proletaria rusa no ha puesto de manifiesto que este dogma predilecto de los héroes de la II Internacional no tiene la menor significación vital para el proletariado? ¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha revolucionaria de las masas rebate y deshace ese dogma caduco?
Segundo dogma: el proletariado no puede mantenerse en el Poder si no dispone de suficientes cuadros, de hombres ilustrados y de administradores ya hechos, capaces de organizar la gobernación del país. Primero hay que preparar estos cuadros bajo el capitalismo, y luego, tomar el Poder. Admitámoslo, contesta Lenin. Pero ¿por qué no se pueden hacer las cosas de modo que primero se tome el Poder, se creen las condiciones favorables para el desarrollo del proletariado, y luego se avance a pasos agigantados para elevar el nivel cultural de las masas trabajadoras, para preparar numerosos cuadros dirigentes y administrativos de procedencia obrera? ¿Acaso la experiencia de Rusia no ha demostrado que bajo el Poder proletario los dirigentes de procedencia obrera se forman de un modo cien veces más rápido y mejor que bajo el Poder del capital? ¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha revolucionaria de las masas también deshace implacablemente este dogma teórico de los oportunistas?
Tercer dogma: el método de la huelga general política es inaceptable
para el proletariado, ya que resulta teóricamente inconsistente (v. la
crítica de Engels), prácticamente peligroso (puede desorganizar
la marcha normal de la vida económica del país y puede dejar vacías
las cajas de los sindicatos) y no puede sustituir a las formas parlamentarias
de lucha, que constituyen la forma principal de la lucha de clase del proletariado.
Bien, contestan los leninistas. Pero, en primer lugar, Engels no criticó
toda huelga general, sino un determinado tipo de huelga general: la huelga general
económica de los anarquistas, preconizada por éstos en sustitución
de la lucha política del proletariado. ¿Qué tiene que ver
con eso el método de la huelga general política? En segundo lugar,
¿quién ha demostrado, y dónde, que la forma parlamentaria
de lucha sea la forma principal de lucha del proletariado? ¿Acaso la
historia del movimiento revolucionario no demuestra que la lucha parlamentaria
no es más que una escuela y una ayuda para la organización de
la lucha extraparlamentaria del proletariado, y que, bajo el capitalismo, las
cuestiones fundamentales del movimiento obrero se dirimen por la fuerza, por
la lucha directa de las masas proletarias, por su huelga general, por su insurrección?
En tercer lugar, ¿de dónde se ha tomado eso de la sustitución
de la lucha parlamentaria por el método de la huelga general política?
¿Dónde y cuándo han intentado los partidarios de la huelga
general política sustituir las formas parlamentarias de lucha por las
formas extraparlamentarias? En cuarto lugar, ¿acaso la revolución
rusa no ha demostrado que la huelga general política es una gran escuela
de la revolución proletaria y un medio insustituible para movilizar y
organizar a las más amplias masas del proletariado en vísperas
del asalto a la fortaleza del capitalismo? ¿A qué vienen esas
lamentaciones de filisteo sobre la desorganización de la marcha normal
de la vida económica y sobre las cajas de los sindicatos?
¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha revolucionaria destruye
también este dogma de los oportunistas?
Y así sucesivamente.
"La teoría revolucionaria no es un dogma"
Por eso Lenin decía que "la teoría revolucionaria no es un
dogma" y que "sólo se forma definitivamente en estrecha relación
con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas
y verdaderamente revolucionario" (La enfermedad infantil ), porque la teoría
debe servir a la práctica, porque "la teoría debe dar respuesta
a las cuestiones plan teadas por la práctica" (Los "amigos
del pueblo"), porque debe contrastarse con hechos de la práctica.
En cuanto a las consignas políticas y a los acuerdos políticos de los partidos de la II Internacional, basta recordar la historia de la consigna "guerra a la guerra" para comprender toda la falsedad y toda la podredumbre de la práctica política de estos partidos, que encubren su obra antirrevolucionaria con pomposas consignas y resoluciones revolucionarias. Todo el mundo recuerda las aparatosas manifestaciones hechas por la II Internacional en el Congreso de Basilea, en las que se amenazaba a los imperialistas con todos los horrores de la insurrección, si se decidían a desencadenar la guerra, y en las que se lanzó la temible consigna de "guerra a la guerra". Pero ¿quién no recuerda que, poco tiempo después, ante el comienzo mismo de la guerra, la resolución de Basilea fue metida bajo el tapete, dándose a los obreros una nueva consigna: la de exterminarse mutuamente para mayor gloria de la patria capitalista? ¿Acaso no es evidente que las resoluciones y las consignas revolucionarias no valen nada si no son respaldadas por los hechos? No hay más que comparar la política leninista de transformación de la guerra imperialista en guerra civil con la política de traición de la II Internacional durante la guerra, para comprender toda la trivialidad de los politicastros del oportunismo y toda la grandeza del método del leninismo.
No se puede dejar de reproducir aquí un pasaje del libro de Lenin La revolución proletaria y el renegado Kautsky, en el que Lenin fustiga duramente la tentativa oportunista del líder de la II Internacional C. Kautsky de no juzgar a los partidos por sus hechos, sino por sus consignas estampadas sobre el papel y por sus documentos:
"Kautsky lleva a cabo una política típicamente pequeñoburguesa,
filistea, imaginándose . . . que con lanzar una consigna cambian las
cosas. Toda la historia de la democracia burguesa denuncia esta ilusión:
para engañar al pueblo, los demócratas burgueses han lanzado y
lanzan siempre todas las 'consignas' imaginables. El problema consiste en comprobar
su sinceridad, en contraponer las palabras con los hechos en no contentarse
con frases idealistas o charlatanescas, sino en indagar su fondo de clase ".
No se habla ya del miedo de los partidos de la II Internacional a la autocrítica, de su costumbre de ocultar los errores, de velar los problemas espinosos, de disimular los defectos con una ostentación de falsa prosperidad que embota el pensamiento vivo y frena la educación revolucionaria del partido sobre la base del análisis de sus propios errores, costumbre que Lenin ridiculizó y puso en la picota. He aquí lo que en su folleto La enfermedad infantil escribía Lenin acerca de la autocrítica en los partidos proletarios:
"La actitud de un partido político ante sus errores es uno de los criterios más importantes y más seguros para juzgar de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y discutir atentamente los medios de corregirlos; eso es lo que caracteriza a un partido serio; en eso consiste el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e instruir a la clase, y después a las masas " (v. t. XXV, 200).
Hay quien dice que el poner al descubierto los errores propios y practicar la autocrítica es peligroso para el partido, pues eso puede aprovecharlo el enemigo contra el partido del proletariado. Lenin consideraba fútiles y completamente erróneas tales objeciones. He aquí lo que decía Lenin al respecto en su folleto Un paso adelante, ya en 1904, cuando su Partido era aún débil y pequeño:
"Ellos (es decir, los adversarios de los marxistas) observan con muecas de alegría maligna nuestras discusiones; procurarán, naturalmente, entresacar para sus fines algunos pasajes aislados de mi folleto consagrado a los defectos y deficiencias de nuestro Partido. Los socialdemócratas rusos están ya lo bastante fogueados en el combate para no dejarse turbar por semejantes alfilerazos y para continuar, pese a ellos, su labor de autocrítica, poniendo despiadadamente al descubierto sus propias deficiencias, que de un modo necesario e inevitable serán enmendadas por el desarrollo del movimiento obrero".
Tales son, en general, los rasgos característicos del método del
leninismo.
Lo que aporta el método de Lenin encerrábase ya, en lo fundamental, en la doctrina de Marx, que, según la expresión de su autor, es, "por su propia esencia, crítica y revolucionaria". Este espíritu crítico y revolucionario, precisamente, impregna desde el principio hasta el fin el método de Lenin. Pero sería erróneo suponer que el método de Lenin no es más que una simple restauración de lo aportado por Marx. En realidad, el método de Lenin no se limita a restaurar, sino que, además, concreta y desarrolla el método crítico y revolucionario de Marx, su dialéctica materialista.
LA DICTADURA DEL PROLETARIADO
Cuestiones fundamentales de este tema:
a) la dictadura del proletariado como instrumento de la revolución proletaria;
b) la dictadura del proletariado como dominación del proletariado sobre la burguesía.
1) La dictadura del proletariado como instrumento de la revolución proletaria. La cuestión de la dictadura del proletariado es, ante todo, la cuestión del contenido fundamental de la revolución proletaria. La revolución proletaria, su movimiento, su amplitud, sus conquistas, sólo toman cuerpo a través de la dictadura del proletariado. La dictadura del proletariado es el instrumento de la revolución proletaria, un organismo suyo, su punto de apoyo más importante, llamado a la vida, primero, para aplastar la resistencia de los explotadores derribados y consolidar las conquistas logradas y, segundo, para llevar a término la revolución proletaria, para llevarla hasta el triunfo completo del socialismo. Vencer a la burguesía y derrocar su Poder es cosa que la revolución podría hacer también sin la dictadura del proletariado. Pero aplastar la resistencia de la burguesía, sostener la victoria y seguir avanzando hasta el triunfo definitivo del socialismo, la revolución ya no puede si no crea, al llegar a una determinada fase de su desarrollo, un organismo especial, la dictadura del proletariado, que sea su principal apoyo.
"La cuestión del Poder es la fundamental en toda revolución" (Lenin ). ¿Quiere esto decir que todo queda limitado a la toma del Poder, a la conquista del Poder? No, no es así. La toma del Poder no es más que el comienzo. La burguesía, derrocada en un país, sigue siendo todavía durante largo tiempo, por muchas razones, más fuerte que el proletariado que la ha derrocado. Por eso, todo consiste en mantenerse en el Poder, en consolidarlo, en hacerlo invencible. ¿Que se precisa para alcanzar este fin? Se precisa cumplir, por lo menos, las tres tareas principales que se le plantean a la dictadura del proletariado "al día siguiente" de la victoria:
a) vencer la resistencia de los terratenientes y capitalistas derrocados y expropiados por la revolución, aplastar todas y cada una de sus tentativas para restaurar el Poder del capital;
b) organizar la edificación de modo que todos los trabajadores se agrupen en torno al proletariado y llevar a cabo esta labor con vistas a preparar la supresión, la destrucción de las clases;
c) armar a la revolución, organizar el ejército de la revolución para luchar contra los enemigos exteriores, para luchar contra el imperialismo.
Para llevar a cabo, para cumplir estas tareas, es necesaria la dictadura del proletariado.
"El paso del capitalismo al comunismo -- dice Lenin -- llena toda una época histórica. Mientras esta época histórica no finaliza, los explotadores siguen, inevitablemente, abrigando esperanzas de restauración, esperanzas que se convierten en tentativas de restauración. Después de la primera derrota seria, los explotadores derrocados, que no esperaban su derrocamiento, que no creían en él, que no aceptaban ni siquiera la idea de él, se lanzan con energía decuplicada, con pasión furiosa, con odio centuplicado, a la lucha por la restitución del 'paraíso' que les ha sido arrebatado, por sus familias, que antes disfrutaban de una vida tan regalada y a quienes ahora la 'canalla vil' condena a la ruina y a la miseria (o a un trabajo 'vil' . . .). Y tras de los capitalistas explotadores se arrastra una vasta masa de pequeña burguesía, de la que decenios de experiencia histórica en todos los países nos dicen que titubea y vacila, que hoy sigue al proletariado y mañana se asusta de las dificultades de la revolución, se deja llevar del pánico ante la primera derrota o semiderrota de los obreros, se pone nerviosa, se agita, lloriquea, pasa de un campo a otro" (v. t. XXIII, 355).
La burguesía tiene sus razones para hacer tentativas de restauración, porque después de su derrocamiento sigue siendo, durante mucho tiempo todavía, más fuerte que el proletariado que la derrocó.
"Si los explotadores son derrotados solamente en un país -- dice Lenin --, y éste es, naturalmente, el caso típico, porque la revolución simultánea en varios países constituye una excepción rara, seguirán siendo, no obstante, más fuertes que los explotados" (v. obra citada, 354).
¿En qué consiste la fuerza de la burguesía derrocada?
En primer lugar, "en la fuerza del capital internacional, en la fuerza y la solidez de los vínculos internacionales de la burguesía" (v. t. XXV, 173).
En segundo lugar, en que, "durante mucho tiempo después de la revolución, los explotadores siguen conservando, inevitablemente, muchas y enormes ventajas efectivas: les quedan el dinero (no es posible suprimir el dinero de golpe) y algunos que otros bienes muebles, con frecuencia valiosos; les quedan las relaciones, los hábitos de organización y administración, el conocimiento de todos los 'secretos' (costumbres, procedimientos, medios, posibilidades) de la administración; les quedan una instrucción más elevada y su intimidad con el alto personal técnico (que vive y piensa en burgués); les queda (y esto es muy importante) una experiencia infinitamente superior en lo que respecta al arte militar, etc., etc." (v. t. XXIII, 354).
En tercer lugar, "en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Porque, desgraciadamente, queda todavía en el mundo mucha, muchísima pequeña producción, y la pequeña producción engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora, espontáneamente y en masa". . . , porque "suprimir las clases no sólo significa expulsar a los terratenientes y a los capitalistas -- esto lo hemos hecho nosotros con relativa facilidad --, sino también suprimir los pequeños productores de mercancías; pero a éstos no se les puede expulsar, no se les puede aplastar; con ellos hay que convivir, y sólo se puede (y se debe) transformarlos, reeducarlos, mediante una labor de organización muy larga, lenta y prudente" (v. t. XXV, págs. 173 y 189).
Por eso, Lenin dice:
"La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se ve decuplicada por su derrocamiento",
"la dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad" (v. obra citada, págs. 173 y 190).
No creo que sea necesario demostrar que es absolutamente imposible cumplir estas tareas en un plazo breve, llevar todo esto a la práctica en unos cuantos años. Por eso, en la dictadura del proletariado, en el paso del capitalismo al comunismo, no hay que ver un período efímero, que revista la forma de una serie de actos y decretos "revolucionarísimos", sino toda una época histórica, cuajada de guerras civiles y de choques exteriores, de una labor tenaz de organización y de edificación económica, de ofensivas y retiradas, de victorias y derrotas. Esta época histórica no sólo es necesaria para sentar las premisas económicas y culturales del triunfo completo del socialismo, sino también para dar al proletariado la posibilidad, primero, de educarse y templarse, constituyendo una fuerza capaz de gobernar el país, y, segundo, de reeducar y transformar a las capas pequeño burguesas con vistas a asegurar la organización de la producción socialista.
"Tenéis que pasar -- decía Marx a los obreros -- por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y batallas internacionales, no sólo para cambiar las relaciones existentes, sino también para cambiar vosotros mismos y llegar a ser capaces de ejercer la dominación política" (véase: C. Marx y F. Engels, Obras, t. VIII, 506).
Continuando y desarrollando la idea de Marx, Lenin escribe:
"Bajo la dictadura del proletariado, habrá que reeducar a millones de campesinos y de pequeños propietarios, a centenares de miles de emplea dos, de funcionarios, de intelectuales burgueses, subordinándolos a todos al Estado proletario y a la dirección proletaria; habrá que vencet en ellos los hábitos burgueses y las tradiciones burguesas"; habrá también que ". . . reeducar . . . en lucha prolongada, sobre la base de la dictadura del proletariado, a los proletarios mismos, que no se desembarazan de sus prejuicios pequeñoburgueses de golpe, por un milagro, por obra y gracia del Espíritu Santo o por el efecto mágico de una consigna, de una resolución o un decreto, sino únicamente en una lucha de masas prolon gada y difícil contra la influencia de las ideas pequeñoburguesas entre las masas" (v. t. XXV, págs. 248 y 247).
2) La dictadura del proletariado como dominación del proletariado sobre la burguesía. De lo dicho se desprende ya que la dictadura del proletariado no es un simple cambio de personas en el gobierno, un cambio de "gabinete", etc., que deja intacto el viejo orden económico y político. Los mencheviques y oportunistas de todos los países, que le temen a la dictadura como al fuego y, llevados por el miedo, suplantan el concepto dictadura por el concepto "conquista del Poder", suelen reducir la "conquista del Poder" a un cambio de "gabinete", a la subida al Poder de un nuevo ministerio dejando intacto el antiguo orden de cosas burgués, sus gobiernos -- llamémoslos así -- no pueden ser más que un aparato al servicio de la burguesía, un velo sobre las lacras del imperialismo, un instrumento de la burguesía contra el movimiento revolucionario de las masas oprimidas y explotadas. Esos gobiernos los necesita el capital como pantalla, cuando para él es inconveniente, desventajoso, difícil, oprimir y explotar a las masas sin una pantalla, no obstante, los gobiernos de este tipo son, inevitablemente, gobiernos del capital enmascarados. De un gobierno de éstos a la conquista del Poder por el proletariado hay tanto trecho como de la tierra al cielo. La dictadura del proletariado no es un cambio de gobierno, sino un Estado nuevo, con nuevos organismos de Poder centrales y locales; es el Estado del proletariado, que surge sobre las ruinas del Estado antiguo, del Estado de la burguesía.
La dictadura del proletariado no surge sobre la base del orden de cosas burgués, sino en el proceso de su destrucción, después del derrocamiento de la burguesía, en el curso de la expropiación de los terratenientes y los capitalistas, en el curso de la socialización de los instrumentos y los medios de producción fundamentales, en el curso de la revolución violenta del proletariado. La dictadura del proletariado es un Poder revolucionario que se basa en la violencia contra la burguesía.
El Estado es una máquina puesta en manos de la clase dominante para aplastar la resistencia de sus enemigos de clase. En este sentido, la dictadura del proletariado realmente no se distingue en nada de la dictadura de cualquier otra clase, pues el Estado proletario es una máquina para aplastar a la burguesía. Pero hay aquí una diferencia esencial. Consiste esta diferencia en que todos los Estados de clase que han existido hasta hoy han sido la dictadura de una minoría explotadora sobre una mayoría explotada, mientras que la dictadura del proletariado es la dictadura de la mayoría explotada sobre la minoría explotadora.
En pocas palabras: la dictadura del proletariado es la dominación del proletariado sobre la burguesía, dominación no limitada por la ley, y basada en la violencia y que goza de la simpatía y el apoyo de las masas trabajadoras y explotadas (Lenin, El Estado y la revolución ).
De aquí se desprenden dos conclusiones fundamentales.
Primera conclusión. La dictadura del proletariado no pue de ser "plena" democracia, democracia para todos, para los ricos y para los pobres; la dictadura del proletariado "debe ser un Estado democrático de manera nueva para los proletarios y los desposeídos en general y dictatorial de manera nueva contra la burguesía. Las frases de Kautsky y Cía. sobre la igualdad universal, sobre la democracia "pura", la democracia "perfecta", etc., no son más que la tapadera burguesa del hecho indudable de que la igualdad entre explotados y explotadores es imposible. La teoría de la democracia "pura" es una teoría de la aristocracia obrera, domesticada y cebada por los saqueadores imperialistas. Esta teoría fue sacada a luz para cubrir las lacras del capitalismo, para disfrazar el imperialismo y darle fuerza moral en la lucha contra las masas explotadas. Bajo el capitalismo no existen ni pueden existir verdaderas "libertades" para los explotados, aunque no sea más que por el hecho de que los locales, las imprentas, los depósitos de papel, etc., necesarios para ejercer estas "libertades", son privilegio de los explotadores. Bajo el capitalismo, no se da ni puede darse una verdadera participación de las masas explotadas en la gobernación del país, aunque no sea más que por el hecho de que, bajo el capitalismo, aun en el régimen más democrático, los gobiernos no los forma el pueblo, sino que los forman los Rothschild y los Stinnes, los Rockefeller y los Morgan. Bajo el capitalismo, la democracia es una democracia capitalista, la democracia de la minoría explotadora, basada en la restricción de los derechos de la mayoría explotada y dirigida contra esta mayoría. Sólo bajo la dictadura proletaria puede haber verdaderas libertades para los explotados y una verdadera participación de los proletarios y de los campesinos en la gobernación del país. Bajo la dictadura del proletariado, la democracia es una democracia proletaria, la democracia de la mayoría explotada, basada en la restricción de los derechos de la minoría explotadora y dirigida contra esta minoría.
Segunda conclusión. La dictadura del proletariado no puede surgir como resultado del desarrollo pacífico de la sociedad burguesa y de la democracia burguesa; sólo puede surgir como resultado de la demolición de la máquina del Estado burgués del ejército burgués, del aparato burocrático burgués, de la policía burguesa.
"La clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines", dicen Marx y Engels en el prefacio al Manifiesto del Partido Comunista. La revolucion proletaria debe ". . . no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla . . . , y ésta es la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente", dice Marx en una carta a Kugelmann, escrita en 187l.
La salvedad hecha por Marx respecto al continente ha servido de pretexto a los oportunistas y mencheviques de todos los países para gritar que Marx admitía la posibilidad de transformación pacífica de la democracia burguesa en democracia proletaria, por lo menos en algunos países que no forman parte del continente europeo (Inglaterra, Norteamérica). Marx admitía, en efecto, esta posibilidad, y tenía fundamento para ello en el caso de Inglaterra y Norteamérica en la década del 70 del siglo pasado, cuando aun no existía el capitalismo monopolista, cuando no existía el imperialismo y estos países no tenían aún, debido a las condiciones especiales en que se desenvolvieron, un militarismo y un burocratismo desarrollados. Así fue hasta la aparición del imperialismo desarrollado. Pero luego, treinta o cuarenta años más tarde, cuando la situación en estos países cambió radicalmente, cuando el imperialismo se desarrolló, abarcando a todos los países capitalistas, sin excepción, cuando el militarismo y el burocratismo hicieron su aparición en Inglaterra y en Norteamérica, cuando las condiciones especiales del desarrollo pacífico de Inglaterra y de Norteamérica desaparecieron, la salvedad hecha con respecto a estos países debia desaparecer por sí sola.
"Ahora, en 1917, en la época de la primera gran guerra imperialista
-- dice Lenin --, esta salvedad hecha por Marx pierde su razón de ser.
Inglaterra y Norteamérica, los principales y los últimos representantes
-- en el mundo entero -- de la 'libertad' anglosajona en el sentido de ausencia
de militarismo y de burocratismo, han rodado definitivamente al inmundo y sangriento
pantano, común a toda Europa, de las instituciones burocrático-militares,
que todo lo someten y todo lo aplastan. Ahora, en Inglaterra y en Norteamérica
es 'condición previa de toda verdadera revolución popular' d e
m o l e r, d e s t r u i r la 'máquina estatal existente' (que ha sido
llevada allí, en los años de 1914 a 1917, a la perfección
'europea', a la perfección común a todos los países imperialistas)"
(v. t. XXI, 395).
En otras palabras: la ley de la revolución violenta del proletariado, la ley de la destrucción de la máquina del Estado burgués, como condición previa de esta revolución, es una ley inexcusable del movimiento revolucionario en los países imperialistas del mundo.
Claro está que, en un porvenir lejano, si el proletariado triunfa en los países capitalistas más importantes y el actual cerco capitalista es sustituido por un cerco socialista, será perfectamente posible la trayectoria "pacífica" de desarrollo para algunos países capitalistas, donde los capitalistas, debido a la "desfavorable" situación internacional, juzguen conveniente hacer "voluntariamente" al proletariado concesiones importantes. Pero esta hipótesis sólo se refiere a un porvenir lejano y probable. Para un porvenir cercano, esta hipótesis no tiene ningún fundamento, absolutamente ninguno. Por eso, Lenin tiene razón cuando dice:
"La revolución proletaria es imposible sin la destrucción violenta de la máquina del Estado burgués y sin su sustitución por una máquina nueva " (v. t. XXIII, 342).
El movimiento de liberación de los pueblos oprimidos y la revolución
proletaria
Con respecto al movimiento de liberación de los pueblos oprimidos y la
revolución proletaria el leninismo parte de los principios siguientes:
a) el mundo está dividido en dos campos: el que integran un puñado de naciones civilizadas, que poseen el capital financiero y explotan a la inmensa mayoría de la población del planeta, y el campo de los pueblos oprimidos y explotados de las colonias y de los países dependientes, que forman esta mayoría;
b) las colonias y los países dependientes, oprimidos y explotados por el capital financiero, constituyen una formidable reserva y el más importante manantial de fuerzas para el imperialismo;
c) la lucha revolucionaria de los pueblos oprimidos de las colonias y de los países dependientes contra el imperialismo es el único camino por el que dichos pueblos pueden emanciparse de la opresión y de la explotación;
d) las colonias y los países dependientes más importantes han iniciado ya el movimiento de liberación nacional, que tiene que conducir por fuerza a la crisis del capitalismo mundial;
e) los intereses del movimiento proletario en los países desarrollados y del movimiento de liberación nacional en las colonias exigen la unión de estas dos formas del movimiento revolucionario en un frente común contra el enemigo común, contra el imperialismo;
f) la clase obrera en los países desarrollados no puede triunfar, ni los pueblos oprimidos liberarse del yugo del imperialismo, sin la formación y consolidación de un frente revolucionario común;
g) este frente revolucionario común no puede formarse si el proletariado de las naciones opresoras no presta un apoyo directo y resuelto al movimiento de liberación de los pueblos oprimidos contra el imperialismo "de su propia patria", pues "el pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre" (Engels );
h) este apoyo significa: sostener, defender y llevar a la práctica la consigna del derecho de las naciones a la separación y a la existencia como Estados independientes;
i) sin poner en práctica esta consigna es imposible lograr la unificación y la colaboración de las naciones en una sola economía mundial, que constituye la base material para el triunfo del socialismo en el mundo entero;
j) esta unificación sólo puede ser una unificación voluntaria,
erigida sobre la base de la confianza mutua y de relaciones fraternales entre
los pueblos.
"El capitalismo en desarrollo -- dice Lenin -- conoce dos tendencias históricas en la cuestión nacional. Primera: el despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, la lucha contra toda opresón nacional, la creación de Estados nacionales. Segunda: el desarrollo y la multiplicación de vínculos de todo género entre las naciones, la destrucción de las barreras nacionales, la creación de la unidad internacional del capital, de la vida economica en general, de la política, de la ciencia, etc.
Ambas tendencias son una ley mundial del capitalismo. La primera predomina en los comienzos de su desarrollo; la segunda catacteriza al capitalismo maduro, que marcha hacia su transformación en sociedad socialista" (v. t. XVII, pags. 139-140).
Para el imperialismo, estas dos tendencias son contradicciones inconciliables, porque el imperialismo no puede vivir sin explotar a las colonias y sin mantenerlas por la fuerza en el marco de "un todo único"; porque el imperialismo no puede aproximar a las naciones más que mediante anexiones y conquistas coloniales, sin las que, hablando en términos generales, es inconcebible.
Para el comunismo, por el contrario, estas tendencias no son más que dos aspectos de un mismo problema, del problema de liberar del yugo del imperialismo a los pueblos oprimidos, porque el comunismo sabe que la unificación de los pueblos en una sola economía mundial sólo es posible sobre la base de la confianza mutua y del libre consentimiento y que para llegar a la unión voluntaria de los pueblos hay que pasar por la separación de las colonias del "todo único" imperialista y por su transformación en Estados independientes.
De aquí la necesidad de una lucha tenaz, incesante, resuelta, contra el chovinismo de gran potencia de los "socialistas" de las naciones dominantes, que no quieren combatir a sus gobiernos imperialistas ni apoyar la lucha de los pueblos oprimidos de "sus" colonias por liberarse de la opresión, separarse y formar Estados independientes.
Sin esta lucha es inconcebible la educación de la clase obrera de las naciones dominantes en un espíritu de verdadero internacionalismo, en un espíritu de acercamiento a las masas trabajadoras de los países dependientes y de las colonias, en un espíritu de verdadera preparación de la revolución proletaria. La revolución no habria vencido en Rusia, y Kolchak y Denikin no hubieran sido derrotados, si el proletariado ruso no hubiese tenido de su parte la simpatía y el apoyo de los pueblos oprimidos del antiguo Imperio Ruso. Ahora bien, para ganarse la simpatía y el apoyo de estos pueblos, el proletariado ruso tuvo, ante todo, que romper las cadenas del imperialismo ruso y librarlos de la opresión nacional.
De aquí la necesidad de luchar contra el aislamiento nacional, contra
la estrechez nacional, contra el particularismo de los socialistas de los países
oprimidos, que no quieren subir más arriba de su campanario nacional
y no comprenden la relación existente entre el movimiento de liberación
de su país y el movimiento proletario de los países dominantes.
Sin esa lucha es inconcebible defender la política independiente del
proletariado de las naciones oprimidas y su solidaridad de clase con el proletariado
de los países dominantes en la lucha por derrocar al enemigo común,
en la lucha por derrocar al imperialismo.
Sin esa lucha, el internacionalismo sería imposible.
Tal es el camino para educar a las masas trabajadoras de las naciones dominantes
y de las oprimidas en el espíritu del internacionalismo revolucionario.
He aquí lo que dice Lenin de esta doble labor del comunismo para educar a los obreros en el espíritu del internacionalismo:
"Esta educación . . . ¿puede ser concretamente igual en las grandes naciones, en las naciones opresoras, que en las pequeñas naciones oprimidas, en las naciones anexionistas que en las naciones anexionadas?
Evidentemente, no. El camino hacia el objetivo común -- la completa igualdad de derechos, el más estrecho acercamiento y la ulterior fusión de todas las naciones -- sigue aquí, evidentemente, distintas rutas concretas, lo mismo que, por ejemplo, el camino conducente a un punto situado en el centro de esta página parte hacia la izquierda de una de sus márgenes y hacia la derecha de la margen opuesta. Si el socialdemócrata de una gran nación opresora, anexionista, profesando, en general, la teoría de la fusión de las naciones, se olvida, aunque sólo sea por un instante, de que 'su' Nicolás II, 'su' Guillermo, 'su' Jorge, 'su' Poincare, etc., etc. abogan también por la fusión con las naciones pequeñas (por medio de anexiones) -- Nicolás II aboga por la 'fusión' con Galitzia, Guillermo II por la 'fusión' con Bélgica, etc. --, ese socialdemócrata resultará ser, en teoría, un doctrinario ridículo y, en la práctica, un cómplice del imperialismo.
El centro de gravedad de la educación internacionalista de los obreros de los países opresores tiene que estar necesariamente en la prédica y en la defensa de la libertad de separación de los países oprimidos. De otra manera, no hay internacionalismo. Tenemos el derecho y el deber de tratar de imperialista y de canalla a todo socialdemócrata de una nación opresora que no realice tal propaganda. Esta es una exigencia incondicional, aunque, el caso de la separación no sea posible ni 'realizable' antes del socialismo más que en el uno por mil de los casos. . .
Y, a la inversa, el socialdemócrata de una nación pequeña debe tomar como centro de gravedad de sus campañas de agitación la primera palabra de nuestra fórmula general: 'unión voluntaria' de las naciones. Sin faltar a sus deberes de internacionalista, puede pronunciarse tanto a favor de la independencia política de su nación como a favor de su incorporación al Estado vecino X, Y, Z, etc. Pero debera luchar en todos los casos contra la mezquina estrechez nacional, contra el aislamiento nacional, contra el particularismo, por que se tenga en cuenta lo total y lo general, por la supeditación de los intereses de lo particular a los intereses de lo general.
A gentes que no han penetrado en el problema, les parece 'contradictorio' que los socialdemócratas de las naciones opresoras exijan la 'libertad de separación' y los socialdemócratas de las naciones oprimidas la 'libertad de unión'. Pero, a poco que se reflexione, se ve que partiendo de la situación dada, no hay ni puede haber otro camino hacia el internacionalismo y la fusión de las naciones, no hay ni puede haber otro camino que conduzca a este fin" (v. t. XIX, págs. 261-262).
Lenin tiene razón cuando dice que el movimiento nacional de los países oprimidos no debe valorarse desde el punto de vista de la democracia formal, sino desde el punto de vista de los resultados prácticos dentro del balance general de la lucha contra el imperialismo, es decir, que debe enfocarse "no aisladamente, sino en escala mundial" (v. t. XIX, 257).
AL LECTOR
VLADIMIR ILICH LENIN. Este nombre es afín y entrañable a millones
de trabajadores en todas las partes de la Tierra. La lucha abnegada que sostuvo
por la dicha de las generaciones venideras sigue siendo hasta el presente una
inagotable fuente de energía revolucionaria para quienes construyen una
vida nueva. Era un hombre de gran talento, de poderosa voluntad y de gran corazón.
Entregado por entero a la lucha, le consagró hasta su vida privada. “Por
lo que hace al corazón de Vladimir Ilich –escribió uno de
sus compañeros de lucha-, se manifestó sobre todo en esa profunda
fidelidad a los trabajadores. Cuando se ponía a hablar de vez en cuando
de la moral humana y del bien, se veía claro cuán incólume
era en él este sentimiento que lo enardecía y le sustentaba, que
lo hacía poderoso, que daba vigor a su voluntad. Si él odiaba
–odiaba a los enemigos políticos, los enemigos íntimos no
los tenía-, era en aras de un amor que rebasaba los marcos de la contemporaneidad
y de las relaciones cotidianas”.
La vida de Lenin es inconfundible. No por abundar en inesperados vericuetos
del destino o acontecimientos extraordinarios.
Es inconfundible por reflejar al máximo el carácter específico
de la época que vivimos, la época de transformaciones revolucionarias
que tanto han cambiado la faz de nuestro planeta. Si bien Lenin no estuvo más
que en los orígenes de la época, las ideas que esgrimió
y la experiencia de la actividad multifacética que desarrolló
ayudan también ahora a hallar respuesta a las preguntas más complejas
de la humanidad camino de un futuro mejor.
Nuestro relato sobre la vida y la lucha de Vladimir Ilich Lenin es muy corto.
Pero creemos que incluso los pocos episodios que de su biografía reproduce,
permiten formarse una idea del Lenin firme revolucionario, sabio estadista y
hombre modesto y abnegado.
Yuri Axiutin
Svetlana Martynchuk
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EL CAMINO ELEGIDO
Los Uliánov
Lenin (así firmó una de sus obras en 1901 el joven revolucionario
llamado Vladimir Ilich Uliánov *) nació en 1870 en Simbirsk, pequeña
ciudad situada a orillas del anchuroso Volga.
El cabeza de la familia Uliánov, Iliá Nikoláyevich, era
inspector de escuelas públicas en la gubernia** de Simbirsk. Pedagogo
genuino que amaba y comprendía a sus pupilos, procuraba hacer más
fácil el acceso a la enseñanza a los que lo tenían más
difícil: a los hijos de los campesinos y de los ciudadanos no acaudalados.
Recorría las aldeas para convencer a los campesinos de que construyesen
escuelas, recababa también por otras vías los medios para abrirlas,
organizaba cursillos, llamados “ulianovianos” , de pedagogía
para maestros jóvenes. En 17 años se construyeron, gracias a sus
infatigables esfuerzos, 450 escuelas públicas en la gubernia de Simbirsk.
La amplia familia y la educación de los hijos se llevaban todos los recursos
que ganaba Iliá Nikoláyevich, quien gastaba muy poco en su propia
persona. Exigente consigo mismo y con los demás en lo que se refería
al trabajo, sabía ser en las horas de asueto un excelente y alegre interlocutor
y perfecto narrador. Bromeaba con los niños, organizaba juegos interesantes,
leía en voz alta.
Su esposa, María Alexándrovna, era una persona de carácter
sereno y firme, pero a la vez alegre y afable. Muy dotada por la naturaleza,
estudiaba lenguas extranjeras y música, leía mucho.
El matrimonio tenía seis hijos. Vivían con modestia. Sin embargo,
los niños tenían todo lo indispensable. Los padres procuraban
satisfacer sus necesidades culturales. Vladimir, avispado, vivo y alegre, gustaba
de juegos ruidosos y de correr. A los cinco años de edad ya sabía
leer. Le era fácil estudiar. Siempre fue el mejor alumno; al pasar de
un grado a otro recibía los primeros premios.
Además de tener excelentes aptitudes, destacaba por su seriedad en los
estudios. No era extraño: imitaba a los padres , siempre ocupados en
algo, y a los hermanos mayores: Alexandr y Ana. Al hermano mayor, lo remedaba
hasta tal punto que movía incluso a risa, porque cualquier cosa que se
le preguntara, contestaba:
- Lo haré como Alexandr.
Vladimir compartía sus conocimientos con los compañeros. Les explicaba
problemas difíciles y las traducciones del griego y el latín.
Cuando cursaba los dos últimos grados del gimnasium, ayudaba a un maestro
de escuela primaria rural a matricularse en la Universidad, para lo cual necesitaba
el certificado de graduado en un gimnasium (y lo obtuvo gracias a esa ayuda)
En 1886 la familia Uliánov vivió una gran pena: murió repentinamente
Iliá Nikoláyevich. Al año les sobrevino otra desgracia:
Alexandr, el mayor de los hermanos y el más querido, fue encarcelado,
condenado a la pena capital y ahorcado el 8 de mayo de 1887, por haber participado
en un atentado contra el zar.
Esto ocurrió a varios años de la derrota que sufrió la
organización revolucionaria clandestina “Voluntad del Pueblo”
que se había planteado como objetivo –igual que el grupo del cual
tomaba parte Alexandr- derrubiar los pilares de la autocracia, es decir, del
poder ilimitado del zar y de su corte que explotaban despiadadamente al pueblo,
e implantar el gobierno popular. Pero el camino que abrazaron los miembros y
seguidores de la “Voluntad del Pueblo” les llevó a un atolladero.
Se trata de que en su lucha daban preferencia a los atentados contra la vida
de personalidades del zarismo. Creían asustar con sus acciones al zar
y compeler a la camarilla gobernante a desistir de la política de yugo
y opresiones. Pero no lo consiguieron. En reemplazamiento de los ministros asesinados
se ponía a otros, y a los revolucionarios se les castigaba con saña:
prisión, deportación, trabajos forzados, horca. Esa es la suerte
que corrieron Alexandr Uliánov y sus compañeros.
Lo sucedido estremeció a Vladimir. Pero también lo forjó
y lo movió a reflexionar mejor sobre las vías de la lucha revolucionaria.
“La muerte de Alexandr –escribiría años más
tarde Ana Ilínichna Uliánova- Yelizárova, hermana mayor
de Vladimir Ilich- iluminó con llamas del incendio revolucionario el
camino del hermano que le seguía: Vladimir”.
* Tenía otros muchos seudónimos, pues no podía firmar con
su propio nombre lo que escribía por las prohibiciones y persecuciones
policiales. Pero en el partido revolucionario que fundó y en el seno
de la clase obrera le conocían ante todo por Lenin, nombre que se haría
famoso en el mundo entero.
** Gran unidad administrativo-territorial en la Rusia zarista
La juventud revolucionaria
A fines de 1887, habiendo terminado con brillantez el gimnasium, Vladimir
Uliánov ingresó a la Universidad de Kazán, ciudad situada
a orillas del Volga. Era una época en que muchos hombres progresistas
de Rusia –la juventud sobre todo- veneraban la memoria de los miembros
de la “Voluntad del Pueblo” y protestaban contra las arbitrariedades
de las autoridades.
En el otoño de aquel año en todas las universidades del país
se registraron “disturbios”. Los estudiantes exigían que
los jefes suprimieran la vigilancia que sobre ellos realizaban inspectores pagados
y que les devolviesen a los profesores despedidos en los años anteriores
por sus concepciones progresistas.
A comienzos de diciembre, Kazán también se vio envuelta en este
movimiento. Los estudiantes convocaron a un mitin, en el cual, además
de las dos exigencias antedichas, plantearon otras que rebasaban el marco de
la vida universitaria interna.
Al marcharse del mitin, muchos devolvieron sus carnéts estudiantiles,
Vladimir Uliánov era uno de ellos. La misma noche él y muchos
de sus compañeros fueron detenidos.
Pasados largos años, Lenin platicando con Vladimir Sdoratski, historiador
soviético, quien en su tiempo había cursado los estudios en la
Universidad de Kazán, evocó su conversación con el comisario
de policía que le transportara a la cárcel.
“Vladimir Ilich reprodujo esa conversación con tanta viveza que
se me grabó en la memoria. Seguramente al comisario, que juzgaba por
la apariencia del joven estudiante de 17 años de edad, le pareció
que éste se había metido en el lío por casualidad, sucumbiendo
a la «mala» influencia de los compañeros. Y le dijo:
-¿Por qué alborota, joven? ¡Si ante usted se alza un muro!
La respuesta que recibió fue inesperada:
-Un muro, sí, pero podrido. Basta darle un empujón para que se
derrumbe”.
El 7 de diciembre de 1887 Vldimir Uliánov, expulsado de la Universidad,
fue deportado a la aldea de Kokúshkino, a 40 kilómetros de Kazán,
donde viviría bajo la vigilancia dispuesta por la policía y de
donde ésta fue informada que el vigilado recibía con regularidad
libros, revistas y periódicos... El propio Lenin recordaría más
tarde: “Creo que nunca en mi vida... he leído tanto como el año
que estuve deportado de Kazán. Era una lectura apasionada, desde el amanecer
hasta muy entrada la noche”.
¿Qué leía? En primer término, los cursos universitarios,
ya que no dejaba la idea de realizar estudios superiores. Luego, los periódicos
y las revistas sociopolíticas y de literatura, porque encontrándose
en un aldea remota creía muy necesario estar informado de los acontecimientos
políticos.
En el otoño de 1888 llegó el permiso de regresar a Kazán.
Pero Vladimir no pudo volver a las aulas universitarias. Un empleado de la circunscripción
docente de Kazán había comunicado al Ministerio de Instrucción
Pública que “teniendo descollantes capacidades y muy buenos conocimientos,
no puede considerarse leal en el aspecto moral y político”. El
fallo del ministro fue el siguiente: “¿No será el hermano
de aquel Uliánov? ¿También es del gimnasium de Simbirsk?
... No admitirlo de ninguna manera”.
Pero nadie, ni nada, pudo frenar su deseo de recibir la educación. Horas
enteras pasaba leyendo. Comenzó a estudiar el I tomo de “El Capital”
* de Marx. Los fundamentos de la teoría del comunismo científico
expuestos en esta obra ofrecieron a Vladimir Uliánov nuevos horizontes.
“Emanaba de él una fe valerosa que contagiaba a sus interlocutores
–recordaría más tarde su hermana mayor Ana-. Ya entonces
él sabía ser persuasivo y entusiasmar con sus palabras. Ya entonces
no dejaba de compartir con los demás lo que iba conociendo, no dejaba
de reclutar partidarios al ir abriendo nuevos caminos. Pronto halló en
Kazán tales partidarios, los jóvenes que también estudiaban
el marxismo** y tenían ánimos revolucionarios”.
Todo esto no pasó inadvertido para la madre. Pero pese a que los temores
por el destino de otro hijo asediaban a María Alexándrovna, ella
no se metió en camisa de once varas, porque creía imposible impedir
a sus hijos construir su futuro según sus convicciones.
Pasado un año la hermana mayor, Ana, se casó con Mark Yelizárov,
ingeniero ferroviario, y junto con la pareja toda la familia Uliánov
se trasladó a Samara ***. Allí Vladimir continuó estudiando
seriamente las obras de Marx y Engels.
En aquel período el marxismo estaba todavía poco difundido en
Rusia. Las más arraigadas seguían siendo las ideas de los populistas,
llamados así porque recorrían las aldeas haciendo propaganda en
el seno del pueblo para alzar a los campesinos a una sublevación contra
el zar. Los populistas estimaban que como el campesinado constituía la
inmensa mayoría del pueblo, luchar contra la autocracia debía
ser una causa campesina. Estaban seguros de que Rusia jamás se industrializaría
y hacían caso omiso de que en el país había ya dado sus
brotes el capitalismo: el tendido de ferrocarriles alcanzó proporciones
inusitadas, y requería cada vez más combustible, metal para rieles,
locomotoras y vagones, para lo cual era necesario extraer carbón, fundir
acero, construir máquinas. ¿Con las manos de quién? Con
las de la clase obrera incipiente: los campesinos de ayer trasladados del campo
a las ciudades.
En resumen, las teorías de los populistas estaban irremisiblemente obsoletas,
lo mismo que su táctica de terror individual (recordemos a la “Voluntad
del Pueblo”).
Pero para demostrarlo era necesario estudiar escrupulosamente no sólo
la teoría de Marx y Engels, sino también todas las estadísticas
nacionales, cuyas cifras ofrecían el panorama del desarrollo de la agricultura
y la industria en Rusia. Fue la obra que acometió Vladimir Uliánov
a los 19 años de edad.
Las estadísticas atestiguaban de modo irrefutable que las relaciones
capitalistas prendían cada vez más no sólo en la ciudad,
sino también en el campo, donde surgían grandes haciendas con
numerosos obreros asalariados, y el campesinado se estratificaba más
y más, quedando por un lado los ricos (los kulaks) y por otro los pobres,
desposeídos de tierra (los jornaleros).
Pero las cifras no le bastaban al joven Uliánov, que aspiraba a informarse
cuanto más de la vida campesina en Rusia. En aquel entonces se reunía
y conversaba muchas veces con los campesinos.
Los resultados de sus investigaciones y sus impresiones inmediatas las exponía
en los informes escritos que presentaba en los círculos de la juventud
revolucionaria, así como cuando platicaba con los viejos revolucionarios
populistas. Vladimir Uliánov no sólo rebatía las concepciones
de estos últimos, también sabía tomar todo lo valioso que
poseían; los hábitos revolucionarios y las experiencias acumuladas
durante la añosa labor clandestina.
En 1892 Uliánov organizó en Samara el primer círculo marxista
de esta ciudad. Al hacer una activa propaganda al marxismo, sus miembros entablaron
contactos con los marxistas de otras ciudades de la cuenca del Volga. Pero todo
esto era ya poco para Uliánov. Como en aquella zona casi no había
industria y, por lo consiguiente, obreros, él aspiraba a trasladarse
a San Petersburgo, a la sazón capital del país, ciudad con un
millón de habitantes, considerable parte de los cuales era el proletariado
industrial.
Vladimir había visitado ya la capital dos años antes: allí,
habiendo obtenido, por fin, la autorización oficial, rindió brillantemente
los exámenes del curso universitario completo de Derecho.
En el otoño de 1893 se mudó a San Petersburgo.
* La principal obra de Carlos Marx, en la cual se demuestra científicamente
que el régimen capitalista basado en el dominio económico y político
de los explotadores –capitalistas y terratenientes- sobre los trabajadores,
no es eterno, que es irremediable su sustitución revolucionaria por el
socialismo, sociedad que acabará con toda explotación del hombre
por el hombre; realizará este cambio revolucionario la clase obrera.
** Así se llama la doctrina de dos pensadores geniales –Carlos
Marx (1818-1883) y Federico Engels (1820-1895)-, fundadores de la teoría
del comunismo científico.
*** Ciudad situada a orillas del Volga.
LA FORMACION DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO
“Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera”
En enero de 1894 en Moscú se realizaba un congreso de médicos
y naturalistas. Entre sus delegados había quienes se hallaban ya durante
muchos años bajo la vigilancia policial. A guisa de fiestas estudiantiles
(era el período de vacaciones) organizaban reuniones de juventud revolucionaria.
A una de estas “fiestas” fueron invitadas dos personas que procedían
de San Petersburgo. El primero era Vasili Pávlovich Vorontsov, de 47
años de edad, periodista populista muy conocido en Rusia. El segundo
era un joven de 23 años. En Moscú le conocían todavía
pocos. Pero los marxistas de San Petersburgo y de Moscú lo tenían
por una persona descollante. El respeto que le profesaban, lo confirmaba hasta
el mote clandestino que le dieron: el Viejo. Este “viejo” era Vladimir
Uliánov. Su compañero de lucha Gleb Krzhizhanovski, ingeniero
y revolucionario profesional, recordaría más tarde: “La
frente lampiña y la gran erudición le costaron a Vladimir Ilich
el mote de Viejo, que estaba en violento contraste con su agilidad juvenil y
la joven energía que bullían en él. Pero los profundos
conocimientos que este joven manejaba con facilidad, el don extraordinario que
tenía de tratar a los obreros, haciéndolo no como un maestro engreído,
sino ante todo como amigo y camarada: todo esto revalidaba grandemente el mote
que le habíamos dado”.
En la susodicha “fiesta” estudiantil se infiltró un agente
de policía secreta. Al día siguiente informaría en su parte
de los acalorados debates que se habían estallado entre los populistas
y los marxistas.
Vladimir Uliánov hacía entonces frecuentes y violentas críticas
al populismo. En el verano de 1894 recogió cuantas ponencias sobre este
tema había comenzado a escribir aún en Samara, en un solo libro
titulado “Quienes son los «amigos del pueblo» y cómo
luchan contra los socialdemócratas” *, demostrando que la fuerza
más revolucionaria de la sociedad rusa era la clase obrera y que sólo
ella era capaz de levantar a los demás trabajadores a la lucha contra
la autocracia y los explotadores: los terratenientes y la burguesía que
iba vigorizándose. Fue en este libro donde Vladimir Uliánov formuló
por vez primera la gran idea de que únicamente la alianza de la clase
obrera y el campesinado podía garantizar el éxito de esta lucha.
Pero la clase obrera, para poder conducir a todos los oprimidos y explotados
al asalto del mundo viejo, debía tomar conciencia de su misión
histórica. En función de ello le era necesario hacer suyas las
ideas del socialismo científico y sobre esta base ideológica fundar
organizaciones sólidas que transformasen en las conscientes batallas
de clase las rebeliones, huelgas y otras protestas dispersas contra distintos
empresarios.
¿Quién debía llevar las ideas del socialismo científico
a las masas proletarias? ¿Quién debía fundar las organizaciones
obreras? ¿Quién debía dirigirlas? Un partido obrero socialista
revolucionario único. La tarea consistía en formarlo, uniendo
a los diferentes círculos marxistas. En el transcurso de un decenio Vladimir
Uliánov se consagraría por entero a esta labor verdaderamente
titánica.
Reproduzcamos cómo evocó su primer encuentro con Vladimir Uliánov
el organizador de uno de los círculos obreros: “Su discurso era
serio, concreto y bien pensado. Los reunidos le escuchaban con atención.
Le contestaron las preguntas que les hizo: ¿quiénes eran y dónde
trabajaban?, ¿en qué fábrica?, ¿cuál era
el desarrollo de los obreros de esta fábrica?, ¿qué concepciones
tenían?, ¿qué es lo que más les interesaba?, ¿qué
leían?, etc.
“Su idea principal estribaba en que –así lo comprendimos-
la gente no tenía clara conciencia de sus propios intereses, no sabía
que si se unieran, se cohesionaran, constituirían una fuerza capaz de
barrer todos los obstáculos para conseguir lo mejor.
“Cuando se marchó, después de decir la fecha de la próxima
reunión, los congregados comenzaron a preguntarme: -¿Quién
es? ¡Qué bien habla!”.
En el otoño de 1894 Uliánov propuso a los marxistas de San Petersburgo
acometer la agitación económica y política directamente
en el seno de las masas proletarias, sin debilitar la propaganda en los pequeños
círculos obreros ilegales.
Consciente de lo difícil que era realizar la agitación directa
en las masas obreras agobiadas por la miseria, analfabetas, sin formación
política y que, igual que los campesinos, conservaban una fe ingenua
en el zar, explicaba a sus correligionarios: cuanto más comprensibles,
más concretas y más afines a las necesidades urgentes de los obreros
fueran las consignas de la agitación, tanto más fácil sería
cumplirlas. Lo cual permitiría a los hombres darse cuenta de la fuerza
que representaban, les uniría, les desarrollaría y atraería
nueva gente a las filas del marxismo.
En el invierno de 1894-1895 Vladimir Uliánov conoció a varias
maestras de una escuela dominical vespertina, a la cual asistían muchos
obreros de los círculos que dirigía. Una de ellas fue Nadezhda
Konstantinovna Krúpskaya, que le habló mucho de sus alumnos. Uliánov
mostraba el interés por cada detalle que caracterizaba la vida de los
proletarios.
La cuestión de pasar de la propaganda de las ideas del socialismo científico
a la agitación directa que llamaría a levantarse a la lucha por
sus derechos, es decir, de unir el socialismo científico al movimiento
obrero, fue debatida en la conferencia que reunió a los representantes
de los círculos y grupos marxistas de las grandes ciudades industriales
de Rusia y que adoptó la resolución de que aquello era necesario
y oportuno.
En el otoño de 1895 tuvo lugar un acontecimiento relevante: fueron unidos
todos los círculos marxistas de San Petersburgo. En diciembre esta organización
unida recibió el nombre de “Unión de Lucha por la Emancipación
de la Clase Obrera”. La dirigió un grupo central con Uliánov
al frente. Los círculos obreros que constituyeron la base de la flamante
“Unión”, contactaban con 70 fábricas capitalinas.
Se decidió editar un periódico clandestino: “Rabócheye
delo” (La causa obrera).
“Uniones de Lucha” por el estilo de la petersburguense fueron creándose
a través de todo el país.
La influencia directa que los marxistas ejercían sobre el movimiento
obrero en San Petersburgo no pasó inadvertida para la policía
zarista, que en diciembre de 1895 detuvo a cuatro de los cinco miembros del
grupo central de la “Unión”, a Vladimir Uliánov inclusive,
y luego a muchos activistas. Pese a aquel deterioro, la “Unión
de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera” resistió
porque había echado ya raíces en el movimiento proletario. Los
obreros progresistas, educados por ella, comenzaron a constituir círculos
revolucionarios.
* Los marxistas rusos comenzaron a llamarse socialdemócratas, igual que
los marxistas de otros países europeos, subrayando así que se
consideraban un destacamento del movimiento socialista internacional.
Confinamiento
En febrero de 1897, al cabo de más de un año de prisión,
fue dictada la condena a los dirigentes de la “Unión de Lucha”
petersburguense: confinamiento en distintos lugares periféricos del Imperio
Ruso por tres años. A Vladimir Uliánov se le confinó en
la aldea de Shúshenskoye, Siberia Oriental.
En aquel entonces era un lugar sórdido. Quedaba a 600 kilómetros
largos del ferrocarril más próximo, y a casi 4 mil kilómetros
de la capital. El correo de San Petersburgo demoraba en llegar a Shúshenskoye
de 13 a 14 días.
No era fácil soportar el confinamiento, y difícil saberse desligado
de la labor revolucionaria de todos los días. Al principio Vladimir Uliánov
no quería ni mirar a los mapas. En una de las cartas que envió
a sus deudos leemos: “... tanta era la amargura que me producía
desplegarlos y comenzar a ubicar aquellos puntos negros. Ahora ya no me causan
impresión, estoy resignado, y puedo contemplarlo con más serenidad”.
Pero por muy apenado y amargo que se sintiese a veces, Vladimir estaba lleno
de energías y de animosidad. En las cartas que enviaba a San Petersburgo
y Moscú pedía libros y revistas (y recibía los más
diversos: científicos, políticos, de autores rusos y extranjeros),
encargaba misiones, hablaba de su vida y sus quehaceres, se interesaba de lo
que pasaba en Rusia.
En su condición de confinado político, no tenía derecho
a ejercer de abogado, pero daba en forma no oficial consejos jurídicos
a los campesinos de terruño y les ayudaba a defenderse contra la arbitrariedad
de las autoridades locales. Una vez acudió a él un obrero de los
placeres auríferos, al que su patrono había despedido sin pagarle
su trabajo. La consulta que recibió le ayudó a ganar el pleito
en el tribunal.
A fines de 1897 Vladimir Uliánov escribió el folleto “Tareas
de los socialdemócratas rusos”, en el cual exhortaba a todos los
círculos obreros y grupos marxistas a fundar un partido obrero socialdemócrata
único. Este folleto fue muy leído por los marxistas y obreros
avanzados de Rusia. Lo encontraban durante los registros y detenciones en los
más diversos lugares del país...
En mayo de 1898 a Shúshenskoye llegó Nadezhda Konstantinovna Krúpskaya.
También había sido condenada a tres años de deportación
por la causa de la “Unión de Lucha”. Ya en San Petersburgo
Vladimir Uliánov se le había declarado en una de las cartas secretas,
“químicas” (escritas con leche), que le enviaba. Más
tarde, encontrándose ya en Siberia, la pidió unirse con él
y ser su esposa. Nadezhda que le amaba profunda y fielmente, le contestó:
“Pues, bien, si desea que yo sea su esposa, la seré”.
Krúpskaya informó a Uliánov de las últimas noticias.
Eran muchas, tanto alegres como tristes. En marzo de 1898 se logró reunir
un congreso de representantes de las “Uniones de Lucha”, que aprobó
el manifiesto sobre la formación del Partido Obrero Socialdemócrata
de Rusia (POSDR) y eligió su Comité Central. Pero a los diez días
escasos la policía realizó razzias en 27 ciudades a la vez. Arrestó
a más de 500 personas, entre ellas a 2 miembros del Comité Central
y a la mayoría de los miembros de la organización moscovita, muy
importante.
Pero ya era imposible dar marcha atrás al desarrollo revolucionario del
proletariado en Rusia.
Las huelgas organizadas por la “Unión de Lucha” petersburguense
en 1895 y 1896 compelieron al Gobierno a dictar varias leyes restrictivas de
las arbitrariedades prácticamente ilimitadas de los empresarios.
Por cierto, las restricciones eran míseras ( la más importante
consistía en reducir la jornada a 11,5 (¡!) horas. Pero muchos
obreros creyeron en que les era posible mejorar bastante su condición
también bajo el régimen reinante, es decir, bajo el zar.
Aquellos estados de ánimo influyeron también en ciertos socialdemócratas,
quienes comenzaron a llamarse “economistas”, porque exhortaban a
limitar la labor en el seno del proletariado a la organización de las
manifestaciones de carácter meramente económico y no atentar contra
las bases del sistema político.
La aparición de los “economistas” en Rusia coincidió
en el tiempo con el aumento de la influencia que en el seno de la socialdemocracia
internacional iban ganando los partidarios del conformismo con los capitalistas,
quienes también llamaban a desistir de la lucha revolucionaria política
*. Por supuesto, los “economistas” aprovecharon al máximo
aquel apoyo tan “poderoso”.
A Lenin, forzosamente aislado de la labor revolucionaria práctica, le
preocupaba el camino que escogería el movimiento obrero nacional; se
inspiraría en la ideología socialista y libraría una lucha
audaz y consecuente contra el zarismo y el capitalismo, hasta que la clase obrera
tomase el poder, o se adaptaría al zarismo y el capitalismo. Ya en las
primeras manifestaciones del “economismo” Lenin adivinó el
propósito de desviar al proletariado a la segunda vía.
* Esta corriente recibió el nombre de “oportunismo”
El “Iskra” leniniano
Por fin, el plazo del confinamiento terminó. Pero la alegría
que causaba el poder reanudar una activa labor revolucionaria fue empañada:
las autoridades zaristas prohibieron a los ex dirigentes de la “Unión
de Lucha” residir en la capital y en otras ciudades universitarias e industriales.
Vladimir Uliánov se instaló cerca de San Petersburgo. Su máxima
ambición era unir a los numerosos comités del POSDR dispersos
por todo el país.
En los viajes que hacía a las grandes ciudades –a las “prohibidas”
San Petersburgo y Moscú inclusive-, en las reuniones que tuvo con los
socialdemócratas volvió a cerciorarse de que los comités
carecían de un plan de acción único y se limitaban a realizar
la labor local. Tampoco había unidad en lo que se refería a los
objetivos del movimiento obrero y a las vías y métodos para alcanzarlos.
En muchos comités eran influyentes los “economistas”. Su
periódico “Rabóchaya misl” (Pensamiento obrero) y
revista “Rabócheye delo” (La causa obrera) eran las casi
únicas fuentes de las que los socialdemócratas podían informarse
del marxismo.
Al principio Vladimir Ilich decidió participar en las conversaciones
sobre la convocatoria del II Congreso del Partido, pero las detenciones masivas
realizadas en el sur del país le demostraron que era necesario encontrar
otro camino para la unión.
Sí, pero ¿cuál? Hubo quienes propusieron convocar a una
conferencia más reducida y en ella completar el Comité Central.
Más, ¿había garantía de que una tal conferencia
no correría la misma suerte que el I Congreso? Además, Uliánov
estaba convencido de que era imposible acabar con la división sin poner
fin a las disensiones ideológicas. De ahí que antes de convocar
el congreso fuese necesario decir abiertamente que existían dos opiniones
opuestas respecto a los objetivos del movimiento obrero de Rusia: la de los
“economistas” y la de los socialdemócratas revolucionarios.
Era necesaria una amplia propaganda de las concepciones de estos últimos,
ya que los “economistas” divulgaban las suyas. Esto permitiría
a las organizaciones locales elegir de manera consciente entre las dos corrientes.
Y sólo después de realizada esta labor se podría convocar
al congreso del Partido.
Vladimir Uliánov había recapacitado en ello en Shúshenskoye.
Pensaba en que era necesario comenzar más bien a editar un periódico
marxista clandestino de Rusia, que publicara el proyecto de Programa del Partido
y organizara los debates en torno del mismo. Esto movilizaría los esfuerzos
de las organizaciones locales a la causa de todo el Partido. Pero, en vista
de las persecuciones policiales, se podía organizar la edición
sistemática de tal periódico solamente en el extranjero.
Viviendo cerca de la capital y viajando ora a una ora a otra ciudad y manteniendo
una correspondencia intensa, Lenin volcó todos sus esfuerzos en crear
una red sólida y bien camuflada de corresponsales y distribuidores del
periódico a editar.
Concluida esta labor, se fue a Suiza, a la ciudad de Ginebra. Allí, previa
discusión con el grupo “Emancipación del Trabajo”
(fundado aún en 1883 por el relevante marxista ruso Gueorgui Plejánov),
que aprobó la idea de crear un periódico de toda Rusia, quedó
decidido comenzar a editarlo. Integraron la redacción seis personas:
tres miembros del grupo “Emancipación del Trabajo” (Plejánov,
Akselrod y Zasúlich) y tres socialdemócratas de Rusia (Lenin,
Mártov y Potrésov). Para un perfecto camuflaje se decidió
no editar el periódico en Suiza, donde a la sazón estaban agrupados
los centros extranjeros de la socialdemocracia rusa, sino en Alemania, en Munich:
allí la vigilancia era menor.
El periódico fue llamado “Iskra” (Chispa). Su primer número
salió en enero de 1901.
Vladimir Ilich llegaba al fondo de todas las cuestiones relacionadas con la
edición del periódico: trazaba el plan de cada número,
redactaba los artículos, se carteaba con los corresponsales y contribuía
al máximo a que los números impresos llegaran a Rusia.
En abril de 1901 arribó, por fin, a Munich Krúpskaya*. Ella se
hizo secretaria de la redacción.
El “Iskra” se llevaba ocultamente a Rusia por diferentes vías:
Londres, Estocolmo, Ginebra, Marsella (en este último caso ayudaban a
hacerlo los marinos de los barcos que navegaban a los puertos rusos del Mar
Negro), en maletas de doble fondo, en las pastas de los libros, etc.
En Rusia, los distribuidores se encargaban de que los artículos publicados
en el “Iskra” se reprodujesen con regularidad en otras publicaciones.
Encontraban corresponsales y recursos necesarios, mantenían a la redacción
informada sobre la vida del Partido y del movimiento revolucionario nacional.
En torno del “Iskra” fueron uniéndose y cohesionándose
los activistas del Partido, los revolucionarios profesionales, los obreros avanzados.
Uno de los principales méritos del “Iskra” fue la lucha enérgica
que sostuvo contra el “economismo”. Lenin escribió su famoso
libro “¿Qué hacer?” para resumir los resultados de
aquella lucha, para dilucidar prácticamente todo lo que preocupaba a
la socialdemocracia de Rusia: en primer término, la cuestión clave:
la del Partido en tanto que fuerza revolucionaria, dirigente y organizadora
del movimiento obrero.
Los contactos entre el “Iskra” y Rusia fueron proliferando. La redacción
recibía cartas de San Petersburgo y Moscú, del oriente y el sur
del país. Muchas veces viajaron a Ginebra los propios corresponsales
para informar del estado de las cosas, dejar sus señas: quién
y dónde vivía, cuál era su ocupación, en qué
podía ser útil.
Lenin estaba muy atareado: además de escribir el libro “¿Qué
hacer?”, redactaba permanentemente los artículos para el “Iskra”
y el texto del Programa del Partido. “El Programa –consignaba- es
una declaración sucinta, clara y exacta de cuanto el Partido procura
alcanzar, de cuanto es objetivo de su lucha”.
Entonces se hizo peligroso continuar imprimiendo el “Iskra” en Munich:
los agentes de la policía zarista habían dado con su pista, y
aquello podría echar por tierra la red de corresponsales en Rusia.
En junio de 1902 salía en Londres, adonde se había mudado la redacción,
el número del “Iskra” con el texto definitivo del proyecto
de Programa. Se podía ya convocar al congreso.
* Lo hizo cuando terminó el plazo de su confinamiento.
II Congreso del POSDR
30 de julio de 1903, Bruselas. Local de un almacén de harinas. Allí,
ocultándose de los agentes de la policía zarista y belga, se reunieron
aquel día 43 socialdemócratas rusos en representación de
26 organizaciones (21 actuantes en Rusia y 5 en el extranjero).
¡Difíciles fueron los caminos que recorrieron los delegados para
llegar de Rusia a Bruselas! ¡Cuántos obstáculos no tuvieron
que vencer para, por fin, verse allí reunidos!
La gran ventana del almacén, la taparon con un paño rojo. Improvisaron
una tribuna. Gueorgui Valentínovich Plejánov, veterano del movimiento
socialdemócrta internacional y de Rusia, populista en su juventud y a
la sazón uno de los marxistas más reputados, anunció con
solemnidad la apertura del II Congreso del POSDR. Todos estaban muy emocionados,
todos comprendían la importancia del acontecimiento. Plejánov
fue elegido presidente; Lenin, vicepresidente del congreso.
En la agenda había cerca de 20 cuestiones, de las cuales las siguientes
tres eran de máxima importancia: los debates en torno del Programa y
de los Estatutos y su adopción; las elecciones a los órganos centrales
del Partido.
En el congreso estaban representadas cuantas corrientes ideológicas existían
a la sazón en el Partido. Esto no pudo dejarse repercutir en sus labores.
Las discrepancias se acentuaron al máximo al discutirse el proyecto de
Programa presentado al congreso por la redacción del “Iskra”.
Sólo Akimov, un “economista”, propuso 21 enmiendas. Esto
se debía a que en el Programa se formulaba lisa y llanamente el objetivo
final del movimiento obrero de Rusia: la revolución socialista y la implantación
del poder político de la clase obrera en alianza con el resto de los
trabajadores. Con igual claridad se definían las tareas inmediatas: derrocar
al zarismo, instaurar la república, adoptar una Constitución que
diese al pueblo derechos políticos (Rusia era el único país
de Europa que carecía incluso de un asomo de Constitución).
Tras largas discusiones, el congreso aprobó por inmensa mayoría
el Programa del “Iskra”, señaló los relevantes méritos
del periódico para la fundación del Partido y anunció que
sería el órgano central del POSDR.
En las elecciones al Comité Central y a la redacción del “Iskra”
los revolucionarios consecuentes, partidarios de Lenin obtuvieron la mayoría.
Desde entonces les empezaron a llamar “bolcheviques” (por asociación
con el vocablo ruso “bolshinstvo”, es decir, “mayoría”);
los oportunistas, que quedaron en minoría, recibieron, por analogía,
el nombre de “mencheviques”.
El II Congreso del POSDR terminó sus labores el 23 de agosto de 1903.
Quedaban en el pasado diez años de infatigable e incesante lucha de Lenin
por fundar en Rusia un verdadero partido revolucionario. El resultado fue evidente:
el Partido estaba ahí.
LA REVOLUCION DE 1905 – 1907
El comienzo
Obligado a vivir fuera de Rusia, en la “maldita lejanía”,
como dijo con amargura más de una vez, Lenin estaba pendiente de los
acontecimientos del país, comentándolos y valorándolos
sin perder tiempo. Sabía que la revolución sería irreversible
y de todo el pueblo y que la encabezaría el proletariado. Por fin, revolución
se desencadenó...
En enero de 1905 en la capital estalló espontáneamente una huelga
general. La encabezaron los activistas de la “Asamblea de los Obreros
Fabriles Rusos de San Petersburgo”, fundada un año antes con permiso
y con recursos de la policía. En los clubes especiales –“salones
de té”- donde los obreros se reunían, se les impartían
conferencias en el espíritu de la fidelidad al zar. Las autoridades necesitaban
aquella organización reaccionaria, compuesta por más de 10 mil
miembros, para poder controlar el descontento espontáneo del proletariado.
¿Por qué las masas proletarias se prestaron a ello?
Lenin explicó así aquel fenómeno: en la década anterior
el movimiento obrero promovió miles de proletarios progresistas que habían
roto a sabiendas con la fe en el zar. Pero los obreros eran muchos más.
Además, muchos de ellos hasta hacía poco habían sido campesinos.
Y a ellos les era sumamente difícil romper con los conceptos arraigados
durante siglos sobre “un señor bueno”, “un patrón
bueno”, “un zar bueno”... “Estas masas no estaban aún
preparadas para rebelarse: sólo sabían implorar y suplicar”,
escribió Lenin...
El domingo del 8 de enero de 1905 se lanzaron a las calles de San Petersburgo
140 mil personas. Creían que el zar, al enterarse de la penosa situación
del pueblo, mostraría solicitud por él. Iban familias enteras.
Pero el zar recibió a los indefensos obreros con ... ráfagas de
balas, sables y vergas. Más de mil personas cayeron muertas, cerca de
cinco mil, heridas. Muchos niños que habían trepado a los árboles
“para ver al zar” sucumbieron víctimas de las balas. “Fue
el más infame y escalofriante asesinato perpetrado contra indefensas
y pacíficas masas del pueblo”, escribió Lenin.
Los obreros se vieron estremecidos por la brutal masacre. Hasta la parte más
atrasada de la clase obrera que sinceramente deseaba entregar al “mismísmo
zar” las peticiones del pueblo atribulado, recibió una lección
inolvidable. Al anochecer, en los barrios apartados se levantaron barricadas.
La horrible noticia de la cruenta fechoría se extendió por todo
el país y suscitó la indignación general. Al día
siguiente del “domingo sangriento” comenzó una huelga en
Moscú. No había ciudad en que los obreros dejasen de declararse
en huelga y de salir a las cales formulando reivindicaciones políticas.
La primera consigna fue “¡Abajo la autocracia!”. El “domingo
sangriento” del 9 de enero fue el aldabonazo de la primera revolución
rusa.
“Desde los primeros días de la revolución Ilich comprendió
de una vez toda su perspectiva. Comprendió que el movimiento iría
aumentando como alud, que el pueblo revolucionario no se pararía a la
mitad del camino, que los obreros se lanzarían al combate contra la autocracia.
Vencerían los obreros o serían vencidos, se vería cuando
la contienda terminase. Para vencer, necesitaban estar bien armados”.
Es un testimonio que dejó Nadezhda Konstantinovna Krúpskaya, esposa
y compañera de Lenin.
En el artículo “El comienzo de la revolución en Rusia”
Lenin escribió que “la educación revolucionaria del proletariado
ha avanzado en un día como no hubiera podido hacerlo en meses y años
de vida monótona, cotidiana, de opresión”. Y luego: “Cualquiera
que sea el desenlace de la actual insurrección en el propio San Petersburgo,
será en todo caso, irreversible e inexorablemente, el primer peldaño
hacia una insurrección más amplia, más consciente y mejor
preparada”.
Los acontecimientos revolucionarios en auge imponían la máxima
responsabilidad al Partido, que en aquellas circunstancias debía elaborar
su táctica y definir su política. Para ello había que ir
inmediatamente al congreso.
Lenin propuso convocar al congreso a los representantes de todos los comités
del POSDR, tanto bolcheviques como mencheviques. Pero los mencheviques se negaron
a acudir y convocaron en Ginebra su propio congreso. En vista de que estuvieron
representados sólo 8 comités, lo llamaron conferencia.
El III Congreso del POSDR se reunió en Londres en la primavera de 1905.
Tanto en él como en la conferencia menchevique se abordó una misma
cuestión: la valoración de los acontecimientos revolucionarios
en Rusia y la elaboración de una política del Partido. Pero las
resoluciones adoptadas fueron completamente diferentes. Dos congresos, dos partidos:
así valoró Lenin la situación.
A diferencia de los mencheviques, que dejaban a la burguesía el papel
de la fuerza principal de la revolución comenzada, los bolcheviques leninistas
captaron el carácter paliativo de la burguesía, afirmando que
lo más que ésta haría, sería detenerse a mitad del
camino y no permitiría que el pueblo demostrase su autonomía revolucionaria,
su iniciativa y sus energías.
Mientras que los mencheviques temían que el “excesivo” espíritu
revolucionario ahuyentaría a la burguesía, la haría rechazar
a la revolución y de esta manera dejaría al proletariado solo
frente a toda la contrarrevolución, los bolcheviques estaban seguros
de que aquello no sucedería, si la clase obrera –la principal fuerza
revolucionaria- supiera formar la alianza con el campesinado, que no podía
por sí solo, sin ayuda del proletariado, apropiarse de la tierra.
Los bolcheviques y los mencheviques divergieron también en lo referente
a la insurrección armada. Los mencheviques insistían en que era
necesario orientar el desarrollo de la revolución a la vía “pacífica”,
parlamentaria, sin emplear la fuerza armada.
Lenin planteó la cuestión de una manera meramente práctica:
¿quiénes efectuarían las elecciones al parlamento?, ¿qué
garantías había de que las autoridades zaristas, apoyándose
en sus bayonetas, no intervendrían en el propio procedimiento electoral?
o, de no lograrlo, ¿no podrían, apoyándose en las mismas
bayonetas, disolver un parlamento molesto? De ahí la conclusión:
la fuerza armada de la contrarrevolución podría ser vencida sólo
por la fuerza armada de la revolución. Por eso el III Congreso del POSDR
encomendó a todas las organizaciones socialdemócratas “adoptar
las medidas más enérgicas para armar al proletariado, así
como para elaborar un plan de insurrección armada y de dirección
inmediata de ésta”.
En el centro de la lucha
Los acontecimientos fueron desarrollándose en Rusia con rapidez. Hubo
grandes huelgas en muchas ciudades industriales. Se multiplicaron los levantamientos
campesinos: en el verano de 1905 se registraron en uno de cada cinco uyezds
* . Tambaleó también el pilar armado del zarismo que era el ejército:
se sublevaron los marinos del acorazado “Potiomkin”, de la Flota
del Mar Negro.
En vista de los acontecimientos que se desarrollaron impetuosamente, Lenin planteó
a las organizaciones del Partido pasar a la lucha armada. Estimó que
era de singular importancia formar destacamentos de combate en las grandes ciudades.
Los bolcheviques desenvolvieron también una intensa labor de propaganda
y agitación entre los soldados y los marinos, para los cuales editaban
más de 20 periódicos.
Asustado por los acontecimientos revolucionarios, el zar prometió convocar
el parlamento: la Duma de Estado. Lenin adivinó que con aquella maniobra
el zar esperaba enervar el ímpetu revolucionario del pueblo.
En octubre de 1905 comenzó la huelga política general en que participaban
en masa los obreros de Rusia; se sumaron a ella también los ferroviarios
y los empleados de correos y telégrafo.
El proletariado revolucionario empezó a fundar por todas partes los Soviets
de Diputados Obreros.
Elegidos en fábricas y talleres, éstos se encargaron no sólo
de dirigir la huelga, sino también de proteger el orden. Se hicieron
más frecuentes los levantamientos campesinos.
Lenin se desvivía por volver al país, para volcarse de lleno en
la lucha revolucionaria.
El 30 de octubre el zar, asustado de muerte, emitió un edicto prometiendo
que en las elecciones a la Duma de Estado participarían todas las clases
de la población, y que la Duma pasaría a ser legislativa, mientras
que el pueblo recibiría “las bases inamovibles de la libertad civil;
una verdadera integridad personal, libertad de conciencia, de palabra, de reunión
y de asociación”. A las tres semanas de publicado el edicto, Lenin
y otros muchos bolcheviques llegaban a la Rusia revolucionaria.
El primer día de estancia en el país, Vladimir Ilich visitó
la fosa común de las víctimas del 9 de enero. No era solamente
un acto político. Lenin, que se tomaba muy a pecho la tragedia de la
clase obrera –el “domingo sangriento”- lo hizo también
por imperativo de su ferviente corazón.
En San Petesburgo, a pesar de la “Constitución” que el pueblo
le había arrancado al zar, Lenin y otros revolucionarios se vieron obligados
a ocultarse de la policía. Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad,
cambiando a menudo de domicilio.
No obstante, podía, por fin, dirigir el Partido y estar en el centro
de la lucha. Participó en las sesiones del Comité Central del
POSDR y del Comité petersburguense del POSDR, presentó informes
en las reuniones y conferencias del Partido, se entrevistó con los cuadros
que acudían de todas partes de Rusia. Por último, orientó
toda la labor del periódico bolchevique “Nóvaya zhizñ”
(Vida nueva).
En diciembre de 1905 la revolución alcanzó en el país su
punto álgido. La huelga política general comenzada en Moscú
se transformó al otro día en la lucha de barricadas. Durante nueve
días varios miles de obreros libraron heroicos combates sin parangón
contra las tropas gubernamentales que les superaban mucho en lo numérico.
En pos de Moscú las insurrecciones estallaron en otras muchas ciudades
industriales. Pero todas estas acciones desunidas fueron aplastadas.
Sin embargo, el pueblo no se rendía. Las huelgas no cedían. En
la primera mitad de 1906 las conmociones campesinas abarcaban ya buena parte
del país. Se sublevaron los marinos revolucionarios del Mar Báltico,
a quienes se unieron los soldados acantonados en las fortalezas de Sveaborg
y Kronstadt...
Pero las fuerzas eran demasiado desiguales, y en la primavera de 1907 el movimiento
revolucionario comenzó a extinguirse.
Las autoridades zaristas emprendieron una furibunda ofensiva contra la revolución.
Fue disuelta la Duma de Estado, muchos de sus diputados fueron detenidos; fue
modificada la ley electoral, restringiendo los mínimos derechos de los
obreros y campesinos. Por todo el país mangoneaban las expediciones punitivas;
miles de hombres fueron fusilados o ahorcados; otros miles, encarcelados o deportados
para trabajos forzados...
La policía se puso a buscar a los dirigentes bolcheviques que estaban
en la clandestinidad. En vista de ello, Lenin y sus compañeros de lucha
se vieron obligados de nuevo a abandonar Rusia.
* Unidad territorial administrativa en que se subdividían las gubernias
ANTES DE EMPRENDER UN NUEVO ASALTO
Reuniendo fuerzas
Lenin volvió a vivir los difíciles años de exilio. De
Rusia le llegaban noticias alarmantes. La policía acometía contra
las organizaciones del Partido, infiltraba en ellas provocadores y por sus denuncias
detenía en primer lugar a los militantes expertos y acreditados. Las
cárceles estaban repletas, una tras otra se dictaban penas capitales...
A diferencia de los mencheviques que afirmaban que “no había sido
necesario empuñar las armas”, Lenin y sus correligionarios estaban
seguros de que habría otro auge revolucionario, porque las tareas fundamentales
de la revolución habían quedado sin cumplir: los campesinos seguían
sin tierra; los obreros, sin la jornada laboral de 8 horas. Sobrevivió
el régimen autócrata que odiaba el pueblo. Al éste le arrebataron
los pocos derechos políticos que había conseguido en 1905.
La certidumbre de Lenin de que habría un nuevo auge revolucionario se
basaba en que el año 1905 había enseñado al proletariado
la fuerza que poseía, la fuerza de la solidaridad de clase.
Al mismo tiempo Lenin explicaba al Partido que mientras el movimiento revolucionario
estaba desangrado, era absurdo exhortar a la huelga general política
y menos aún a la insurrección (en el Partido había “cabezas
locas” que lo creían posible). La táctica de la ofensiva
debía sustituirse por la táctica de la defensiva, de concentración
de fuerzas: era necesario poner los cuadros en la clandestinidad y realizar
el trabajo en las organizaciones ilegales, pero sin perder los contactos con
las masas, para lo cual había que aprovechar todas las posibilidades
legales.
Lenin estimaba que una de las tareas más importantes del Partido era
estudiar la experiencia de la revolución, sus triunfos y sus reveses.
¿Qué enseñanza proponía? Ante todo, las mejoras
importantes en la vida del pueblo y en la administración del Estado podían
lograrse sólo mediante la lucha revolucionaria de las masas. Luego, no
era suficiente socavar y limitar el poder de la corona, había que destruirlo,
porque el Gobierno del zar y de sus acólitos hacía tiempo que
se había convertido en el primer obstáculo para el normal desarrollo
nacional. Por último; sólo el proletariado –la fuerza rectora
de la revolución- y el campesinado, su aliado, podían garantizar
el triunfo de la revolución.
Lenin tenía razón: tras varios años de la más cruel
reacción, en Rusia comenzó un nuevo ascenso revolucionario. En
1910 en muchas fábricas de San Petersburgo y Moscú estallaron
huelgas. Se reanudaron manifestaciones, mitines y otras acciones revolucionarias.
Las represalias y persecuciones no podían parar el movimiento que iba
creciendo.
En aquel período volvió a observarse una gran afluencia de obreros
al Partido. Conscientes de que a muchos de los nuevos militantes les faltaban
conocimientos y hábitos de la labor partidista, Lenin y sus compañeros
organizaron en 1911 una escuela de partido. Funcionaba en las inmediaciones
de París. Los bolcheviques enseñaban allí los fundamentos
de la economía política y de la filosofía, la teoría
del socialismo científico. Las clases se desarrollaban como charlas en
que participaban todos los presentes. El trabajo era enorme, intenso. Al concluir
su preparación, los egresados volvían a Rusia para continuar la
labor práctica del Partido.
La animación del movimiento obrero planteó al Partido una tarea
impostergable: trazar un programa claro a las organizaciones del Partido en
Rusia. Por eso entre las encomendaciones que se daban a los egresados de la
escuela figuraba también la de participar en la organización de
las elecciones de los delegados a una conferencia del Partido que se estaba
preparando. Esta conferencia se reunió a comienzos de marzo de 1912 en
Praga. En la historia del Partido de Lenin se conoce justamente como la Conferencia
de Praga. La mayoría de los delegados eran bolcheviques, representantes
de 20 organizaciones grandes del Partido. Por eso la conferencia declaró
con plena razón que podía considerarse órgano máximo
del Partido.
Lenin habló en la apertura, presidió algunas sesiones, presentó
informes y levantó el acta de toda la labor de la conferencia.
La Conferencia de Praga eligió al Comité Central del POSDR a hombres
firmes y valerosos, probados como tales durante largos años de trabajo
revolucionario.
El 5 de mayo en San Petersburgo, conforme a una de las resoluciones adoptadas
en Praga, salió el primer número del periódico obrero “Pravda”
(Verdad), órgano legal nacional del CC del POSDR. Se editaba con los
recursos reunidos y enviados por los obreros. Sin esta ayuda permanente el periódico
no hubiera podido existir a causa de las persecuciones policiales: muy a menudo
se le imponían multas pecuniarias. Contra sus redactores fueron instruidos
36 procesos judiciales, y ellos tuvieron que pasar en la prisión 47,5
meses en total durante poco más de dos años. En este mismo período
“Pravda” fue 8 veces clausurado por el Gobierno, pero continuaba
apareciendo bajo otros títulos. De los 636 números que se imprimieron,
41 fueron confiscados. Lenin dijo que en tales circunstancias la edición
del periódico era “una notable prueba de la conciencia, la energía
y la cohesión de los obreros rusos”.
En junio de 1912 Lenin se trasladó a Polonia, a la ciudad de Cracovia,
fronteriza de Rusia. De allí pudo entablar los más estrechos contactos
con la redacción del “Pravda”, con los socialdemócratas
que eran diputados a la nueva Duma de Estado y con las organizaciones del Partido
en distintas localidades. Su correspondencia aumentaba con rapidez y llegó
a alcanzar varios cientos de cartas por mes. Sólo el “Pravda”
publicó más de 280 artículos grandes y pequeños
de Lenin.
Siendo un periódico legal, “Pravda” desplegó también
una vasta actividad clandestina: hacía llegar las directrices de Lenin
y del Comité Central a los comités del POSDR de distintas localidades,
los cuales informaban a aquéllos de su labor.
Otra tribuna legal en que los bolcheviques podían dirigirse al pueblo
en forma directa era la Duma del Estado. Las nuevas elecciones a ésta
se realizaron en el otoño de 1912. La Ley permitía elegir tan
sólo a 6 diputados obreros, de las mayores gubernias industriales. ¡Los
bolcheviques ganaron 6 escaños!
Alexéi Badáyev, diputado a la Duma de Estado de la gubernia de
San Petersburgo, recordaría: “Vladimir Ilich nos ayudaba mucho.
Después de nuestras intervenciones sobre los temas más álgidos,
recibíamos de él cartas. En unas nos elogiaba, en otras nos señalaba
nuestros puntos flacos. Nosotros le enviábamos temas de la agenda de
la Duma. Vladimir Ilich trabajaba con ellos y nos los devolvía muchas
veces con tesis para nuestros discursos. Sobre algunas cuestiones de singular
importancia nos hacía hasta los textos completos de discursos”.
Los diputados bolcheviques visitaron a Lenin varias veces en Cracovia y en las
conversaciones con él obtuvieron también una inapreciable ayuda
práctica.
Apoyándose en “Pravda”, y en los diputados bolcheviques de
la Duma de Estado, el Partido consolidó su influencia en las organizaciones
obreras legales. Logró atraer a su lado a los sindicatos de metalistas,
de las ramas textil y artes gráficas. Obtuvo una importante victoria
también en las elecciones a las cajas obreras del seguro de enfermedad,
a cuyas direcciones más del 80 % de los miembros fueron elegidos por
las listas de bolcheviques.
Todo aquello demostraba que la mayoría de los obreros conscientes y activos
del país seguían a Lenin y al Partido que él dirigía.
La Primera Guerra Mundial
En agosto de 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial. La ataron dos
grupos de países capitalistas enemistados. Al frente del uno estaba Alemania;
al frente del otro, Inglaterra y Francia. La Rusia zarista se sumó al
segundo grupo llamado la Entente. Las tropas y flotas de 28 países sostenían
una cruentísima guerra en los campos de Europa, Asia y Africa, en las
aguas de los océanos Atlántico, Indico y Pacífico. Lenin
escribió sobre el particular: “La lucha por los mercados y el saqueo
de países ajenos, la aspiración a reprimir el movimiento revolucionario
del proletariado y de la democracia dentro de los países y el afán
de embaucar, desunir y aplastar a los proletarios de todos los países...
constituyen el único contenido de significación reales de la guerra”.
El célebre escritor ruso Máximo Gorki evocaría lo que Lenin
le dijo varios años antes de la conflagración: “Reflexione
usted: ¿en aras de qué los ricos envían a los pobres a
que se maten? ¿Acaso existe un crimen más absurdo y más
abominable? Los obreros pagarán un precio tremendo, pero al fin y al
cabo ganarán. Es la voluntad de la historia”.
¿Fue inesperada la guerra? No.
Advirtiendo en reiteradas ocasiones de que los capitalistas estaban preparándola,
Lenin llamó a los partidos socialdemócratas de todos los países
a evitarla y, si estallaba, a denunciar sus objetivos reales, profundamente
ajenos a las masas populares.
Pero el 4 de agosto de 1914 los diputados socialdemócratas del Reichstag
se solidarizaron con los diputados burgueses votando en pro de conceder al Gobierno
un préstamo para que condujese aquella guerra injusta. Al otro día
se portaron de la misma manera los parlamentarios socialdemócratas de
los países de la Entente: Francia, Inglaterra y Bélgica.
“Desde el día de hoy dejo de ser socialdemócrata y me hago
comunista”, dijo Lenin el 5 de agosto, al enterarse de lo que había
pasado en el parlamento alemán.
Al apoyar incondicionalmente a los capitalistas nativos en sus propósitos
de conquista, los partidos socialdemócratas traicionaron el principio
de la solidaridad internacional de los trabajadores.
Un solo partido –el bolchevique- se manifestó abiertamente contra
la agresiva política del Gobierno zarista. Los diputados bolcheviques
de la Duma de Estado se negaron a votar por los créditos de guerra.
El 5 de septiembre de 1914 Vladimir Ilich habló en Berna (Suiza) a un
grupo de bolcheviques sobre la actitud del Partido hacia la guerra. Las tesis
de este informe fueron enviadas a otras secciones extranjeras del POSDR y a
Petrogrado*, de donde, al cabo de un mes, se comunicó que los miembros
del Comité Central que se hallaban en Rusia, los bolcheviques diputados
de la Duma de Estado, la organización capitalina y otras organizaciones
del POSDR se habían solidarizado con esas tesis, sobre cuya base el Comité
Central emitió el manifiesto titulado “La guerra y la socialdemocracia
de Rusia”.
Los diputados bolcheviques de la Duma de Estado recorrieron muchas ciudades,
donde en las numerosas asambleas obreras explicaron el manifiesto. Denunciaron
la antipopular política de los partidos burgueses que exhortaban a “conducir
la guerra hasta la victoria” y a concertar “la paz entre las clases
en aras de la victoria”. Las consecuencias no se hicieron esperar: fueron
detenidos y, pese a su inmunidad parlamentaria, procesados.
La burguesía de Rusia y sus “cófrades” de otros países
de la Entente vertieron sobre los bolcheviques mentiras y calumnias a raudales,
cuyo leimotiv era que los bolcheviques menospreciaban los intereses de la Patria,
que les faltaba patriotismo. En respuesta Lenin escribió y publicó
el artículo “El orgullo nacional de los rusos” explicando
lo que significa el patriotismo de verdad. “¿Nos es ajeno a nosotros,
proletariados conscientes rusos, el sentimiento de orgullo nacional? ¡Pues
claro que no! Amamos nuestra lengua y nuestra Patria... Nada nos duele tanto
como ver y sentir las violencias, la opresión y el escarnio a que los
verdugos zaristas, los aristócratas y los capitalistas someten a nuestra
hermosa Patria. Nos sentimos orgullosos de que esas violencias hayan promovido
resistencia en nuestro medio, entre los rusos... Nos invade el sentimiento de
orgullo nacional porque la nación rusa... ha demostrado que es capaz
de dar a la humanidad ejemplos formidables de lucha por la libertad y por el
socialismo”.
El patriotismo no consistía en apoyar al zar y a la burguesía,
que se mezclaron en la carnicería mundial por conquistar y despojar a
otros pueblos, sino en luchar contra el zar y la burguesía. Lenin insistía:
al lanzar la consigna de la derrota de la autocracia zarista en la guerra imperialista,
al pelear contra el régimen social reaccionario que había dado
origen a esa guerra injusta, los bolcheviques procedían como patriotas
de verdad. En todos los países beligerantes los verdaderos patriotas
deberían asumir una actitud análoga. Sobre todo, en el seno de
los partidos socialistas y socialdemócratas. En medio de la patriotería
que cundió en dichos países, era un llamamiento a la unidad internacional
de todas las fuerzas progresistas. La inmensa labor que acometió Lenin
requería una extraordinaria tensión de fuerzas. Pero las condiciones
materiales de su vida se hacían cada vez más duras. Lenin se ganaba
la vida con el trabajo literario. Y en aquel período escribió,
por excelencia, artículos y libros de contenido antimilitar, que casi
nadie quería publicar. Nunca vivió tanta penuria como en aquel
entonces. “En lo que se refiere a mi persona, tengo que decir que necesito
medios de sustento –confesaba a uno de los compañeros por cuya
mediación mantenía los contactos con Rusia-. La carestía
es diabólica, y no hay de qué vivir”.
El matrimonio Uliánov vivía con modestia: los dos se mostraban
muy poco exigentes por lo que hacía a la comida, a la ropa y al confort.
Pero nunca escatimaron el dinero para asistir a las salas de lectura, comprar
libros, revistas y periódicos en distintos idiomas.
Cualesquiera que fueran las condiciones en que tenía que vivir, Lenin
siempre trabajó con perseverancia y distribuyendo con habilidad su tiempo.
En Suiza, al realizar una infatigable actividad revolucionaria, estudió
a fondo la vida económica y política de los países capitalistas.
El producto de estos estudios fue el libro “El imperialismo, fase superior
del capitalismo”, escrito en 1916 y que con derecho se considera la continuación
directa y desarrollo creador de “El Capital” de Carlos Marx.
Antes ya Lenin había escrito y publicado el artículo “La
consigna de los Estados Unidos de Europa” (1915), en el cual formuló
la idea de que los países capitalistas se desarrollaban a ritmo desigual,
inuniforme, por lo cual el socialismo podía triunfar en algunos de ellos
y hasta en uno solo. En el libro “El imperialismo, fase superior del capitalismo”,
tras comparar y sintetizar un sinnúmero de hechos concretos, llegó
a la siguiente conclusión: “el desigual desarrollo económico
y político de diferentes países es una ley general del capitalismo.
Desigual es el desarrollo de distintas empresas y ramas, ciudades y aldeas,
países. Esto significa que las condiciones para el tránsito revolucionario
del capitalismo al socialismo (tránsito obligatorio, lo cual, como recordamos,
fue demostrado aún por Carlos Marx en “El Capital”) se presentaban
en diferentes países en tiempo diferente. En el artículo “El
programa militar de la revolución proletaria” escrito al poco tiempo
de “El imperialismo...”, Lenin dijo: “De aquí la conclusión
indiscutible de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en
todos los países. Empezará triunfando en uno o en varios países,
y los demás seguirán siendo, durante algún tiempo, países
burgueses o preburgueses”.
¿Dónde, según Lenin, se dan las condiciones más
favorables para el triunfo de la revolución socialista? ¿En los
países industrializados? No por fuerza. Los conflictos más irreconciliables
aún se atizan, quizás, en los países rezagados y dependientes
de la economía de los países capitalistas más desarrollados.
En Rusia, por ejemplo.
Ahora bien, ¿puede la revolución triunfar en un solo país
sin ser apoyada por otros países? Pues, al tomar el poder, la clase obrera
y los demás trabajadores tendrían que vérselas con el imperialismo
mundial... Lenin contestó afirmativamente.
¿En qué se basaba para aquella seguridad? Ante todo, en que el
comienzo de la revolución en un país generaría la solidaridad
de clase en los países vecinos. Además, al analizar la situación
mundial gestada después de 1914, Lenin coligió que la cadena de
países imperialistas beligerantes podía ser rota, puesto que casi
todo su poderío se empleaba casi por entero en agotarse los unos a los
otros.
Esa fue la conclusión que sacó Lenin de que los trabajadores de
un país podían entablar un combate decisivo por la nueva sociedad
sin esperar a que se levantasen los pueblos de otros países.
* Así se llamó San Petersburgo desde que comenzó la guerra.
Caída del zarismo.
Regreso al país
Casi 15 años (excepto la estadía en San Petersburgo durante
la revolución de 1905-1907) Lenin vivió en el exilio. Según
él mismo confesaba, conoció muchas dificultades, la mayor de las
cuales era la distancia de las masas obreras y campesinas, cuyo contacto él
anhelaba.
Aquel distanciamiento se hizo insoportable cuando en febrero de 1917 en Rusia
estalló una nueva revolución, en la cual el pueblo insurrecto
derrocó al zar.
“Ustedes no pueden imaginar qué tormento es para todos nosotros
permanecer aquí en tales tiempos”, escribió Lenin.
Lenin se desvivía por regresar a Rusia. Pero aquello no era fácil.
El camino directo de Suiza a la Patria pasaba por Alemania y Austria-Hungría,
pero estos dos países estaban entonces en guerra con Rusia. Había
otro camino: vía Francia e Inglaterra, países aliados de Rusia,
y luego por mar. Fue justamente así como viajó sin trabas Plejánov:
en un destructor británico escoltado por torpederos. En aquel entonces,
él y otros mencheviques, apoyaban los ánimos “belicosos”
de la burguesía de Rusia y eran partidarios de que la guerra continuase
“hasta la victoria”. Por eso los sectores gobernantes de la Entente
creían que su actividad en Rusia les sería útil. Completamente
distinto era el caso de Lenin, bolchevique. “Inglaterra no me dejará
pasar nunca ni a mí, ni a los internacionalistas en general –escribía
en marzo de 1917-. Está claro que Miliukov * y Co. Son capaces de admitir
cualquier cosa, el fraude, la traición, cualquier cosa que impida a los
internacionalistas regresar a Rusia”.
Quedaba un solo chance: obtener la autorización de atravesar Alemania.
Cuando los socialistas de la Suiza neutral le ayudaron a recabarla, Lenin y
un grupo de compañeros emprendieron el regreso a la Patria.
En la primera estación después de cruzada la frontera –Beloóstrov-
le recibieron los parientes, los representantes del Comité capitalino
del POSDR y los obreros de la cercana fábrica de armas de Sestroretsk.
Así lo recordaba Alexandr Afanásiev, uno de estos últimos,
quien conocía a Lenin aún desde los acontecimientos de 1905-1907:
“Bajo la escasa luz de faroles de la estación apenas reconocí
a Vladimir Ilich cuando apareció de su vagón. Vestía abrigo
y traje, éste gris. Era él, nuestro querido Ilich. No sé
que me pasó entonces. Entusiasmado, me puse a gritar:
-¡Lenin! ¡Lenin!
“Nos precipitamos al vagón, cogimos a Ilich en brazos y lo levantamos
sobre nuestras cabezas. El no esperaba tal
recibimiento y nos decía conmovido:
-¡Serenidad, compañeros, serenidad!
“En el local de la estación un obrero empezó a saludarlo
en nombre de las delegaciones. Ilich escuchaba con atención cada palabra.
Luego pronunció una arenga de respuesta. Y no recuerdo ya todo lo que
dijo, pero recuerdo que habló de la lucha por continuar, de la necesidad
de poner fin a la carnicería imperialista. Nosotros le rodeábamos
y nos alegrábamos como niños. Cada uno de nosotros sentía
una nueva afluencia de fuerzas y energías. ¡Ilich, nuestro Ilich,
probado e incólume guía y maestro del Partido bolchevique, estaba
otra vez con nosotros!”
...Por fin, Petrogrado. La estación de Finlandia.
En el andén están formados marinos y soldados. Cuando Lenin sale
del vagón, se cuadran. Al escuchar el parte, Lenin se dirige a la guardia
de honor con un breve discurso terminándolo con un viva a la revolución
socialista.
En la plaza de la estación inundada por la luz de los proyectores que
iluminan cientos de banderas y a decenas de miles de personas, Lenin, subido
en un carro blindado que se pone lentamente en marcha, saluda a los reunidos
y vuelve a exclamar:
-¡Viva la revolución socialista!.
* Ministro de Relaciones Exteriores en el Gobierno provisional.
AÑO 1917: DE FEBRERO A OCTUBRE
“Tesis de abril”
Al día siguiente, el 4 (17) de abril de 1917 * Lenin habló a
los bolcheviques activistas de Petrogrado exponiéndoles el plan de lucha
por transformar la revolución democrática burguesa (la de febrero
de 1917) en revolución socialista. Aquel plan se conoce por “Tesis
de abril”.
En la primavera de 1917 en el país se gestó una situación
bastante insólita: pese a que después de derrocado el zar el poder
había pasado formalmente al Gobierno provisional, cuyo apoyo era la burguesía,
grande y pequeña, de hecho disponían de la fuerza de los Soviets
de Diputados Obreros y Soldados, cuyo apoyo era el pueblo armado: la Guardia
Roja obrera y los grandes contingentes de soldados revolucionarios.
“¡Ni el menor apoyo al Gobierno provisional!” fue la consigna
que Lenin adelantó en sus “Tesis de abril”. ¿Por qué?
En los países en que ostentaban el poder los capitalistas y terratenientes,
explicaba Lenin, ellos elaboraron dos métodos de mantener en obediencia
al pueblo. El primero era la violencia. Hablando del otro Lenin dijo: “Me
refiero al engaño, a las frases, a las promesas sin fin, a las limosnas
miserables, a concesiones fútiles para conservar lo esencial”.
Precisamente a este segundo método recurrió el Gobierno provisional
formado en febrero de 1917.
Al mismo tiempo Lenin no estaba de acuerdo con los que exigían derrocar
inmediatamente al Gobierno provisional.
“Tenemos que basarnos sólo en la conciencia de las masas”,
repetía, y señalaba que el proletariado no estaba todavía
lo suficientemente organizado y consciente, por lo cual el Partido bolchevique
estaba en minoría en los Soviets.
¿Por qué sucedió que los bolcheviques, que aún hacía
poco (en 1912-1914) habían conducido a cuatro quintas partes del proletariado
consciente, se vieron en minoría en los Soviets? ¿Acaso fueron
vanos todos los años en que la clase obrera había venido educándose
en el espíritu del socialismo? En absoluto. El heroísmo y el desprendimiento
que mostraron los obreros y que hubieran sido imposibles si no hubiesen tenido
conciencia de clase, contribuyeron grandemente a la victoria sobre el zarismo.
Pero en la revolución se vio involucrada una inmensa masa de hombres
descontentos con el zar, muy distantes de comprender los verdaderos objetivos
de la lucha política consciente. Eran sectores atrasados de la clase
obrera y del campesinado, así como pequeños burgueses. Y esa “gigantesca
ola pequeñoburguesa lo ha inundado todo; ha arrollado al proletariado
consciente no sólo por la fuerza de número, sino también
desde el punto de vista ideológico”
Como resultado, los Soviets de que formaron parte representantes de dichos sectores,
no eran a la sazón más que un germen del poder revolucionario.
Por eso Lenin consideró inoportuno cumplir de inmediato la consigna “¡Abajo
el Gobierno provisional!” para entregar el poder a los Soviets: “Sin
una mayoría firme (es decir consciente y bien organizada) del pueblo
al lado del proletariado revolucionario, esa consigna o es una mera frase u
objetivamente se reduce a tentativas de carácter aventurero”. Sólo
cuando las masas dejasen de confiar ciegamente en el Gobierno provisional, se
convenciesen de que era antipopular y dijesen “basta”, todo el poder
pasaría por vía pacífica a los Soviets.
Para hacer avanzar el movimiento, era necesario exonerarlo de la influencia
burguesa, señalaba Lenin.
El problema que más preocupaba entonces a toda Rusia era la guerra. Entretanto,
fue en esta cuestión en que a la burguesía la apoyaba hasta cierta
parte de la clase obrera. Muchísima gente se dejó influenciar
por el Gobierno provisional que aseveraba que después de derrocado el
zar la guerra cambió radicalmente de carácter, tornándose
netamente defensiva, “revolucionaria”, justa.
Lenin se mostraba intransigente. Explicaba que los capitalistas de Rusia, igual
que el resto de los capitalistas del mundo, no podían conducir una guerra
que no fuese imperialista. Por eso llamar a la “defensa revolucionaria”
–lo que hacían los partidos burgueses y pequeñoburgueses,
así como los mencheviques con Plejánov al frente- significaba
apoyar la guerra imperialista.
De ahí que la tarea del Partido bolchevique consistiera en explicar a
los “defensores de buena fe” de entre los obreros y campesinos (los
soldados eran en su grueso de procedencia campesina) que una paz justa sería
posible sólo cuando la clase obrera en alianza con los demás trabajadores
quitase el poder a los capitalistas y lo tomase en sus manos.
En las “Tesis de abril” Lenin planteó también un problema
que, al parecer, era completamente formal, pero políticamente muy acuciante:
propuso cambiar el nombre del Partido. Recordemos que se trataba del Partido
Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR).
En vista de que muchos partidos socialdemócratas habían desistido
de los ideales socialistas y traicionado el principio de la unidad internacional,
Lenin propuso llamar el Partido como le llamaran Marx y Engels: Comunista.
* En algunos casos las fechas que ponemos corresponden a los dos calendarios: el viejo y el nuevo. El primero rigió hasta entonces en Rusia, dos semanas más atrasado que el nuevo.
“¡Sí, existe tal partido!”
A las dos semanas de publicadas las “Tesis de abril”, llegó
a conocerse el contenido de un memorándum que el ministro de Relaciones
Exteriores Miliukov había enviado a Francia, Inglaterra y otros aliados
de lo que había sido el Imperio Ruso y en el cual el Gobierno provisional
prometía conducir la guerra hasta el “fin victorioso” y cumplir
cuantos compromisos había asumido el zar. Los obreros y soldados avanzados
salieron a las calles. Su manifestación impetuosa tropezó con
la de la burguesía en apoyo del Gobierno provisional. Una clase se enfrentó
a otra. Estalló una crisis política. Miliukov tuvo que dimitir.
El Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado tenía entonces
posibilidad de apartar del poder al Gobierno provisional. Pero como se hallaba
bajo una fuerte influencia de los mencheviques y eseres *, hizo lo completamente
contrario: promovió al Gobierno a varios miembros suyos. Los bolcheviques
condenaron de plano esa táctica de conformismo con la burguesía.
En junio de 1917 se reunió el I Congreso de los Soviets de toda Rusia.
Los bolcheviques estaban en él en minoría: eran poco más
de 100 frente a 700 u 800 mencheviques, eseres y representantes de otros partidos.
Pero fueron explicando con perseverancia a los delegados que era necesario denunciar
la política antipopular del Gobierno provisional, que el conformismo
con la burguesía era nefasto para el país y que continuar la guerra
significaba que otras decenas de miles de personas se destruyesen mutuamente
sin razón...
En respuesta, el menchevique Tsereteli, ministro del Gobierno provisional, declaró:
-Actualmente en Rusia no hay un partido político que diga: entreguen
el poder a nuestras manos y váyanse, nosotros ocuparemos su lugar.
Pero de entre los reunidos acallados le interrumpió la voz alta, segura
y decidida de Lenin:
-¡Sí, lo hay! Ningún partido puede renunciar al poder, y
el nuestro no renuncia: está dispuesto en todo instante a hacerse cargo
de él íntegramente.
Lenin subrayó una y otra vez que la cuestión se planteaba sólo
así: avanzar o retroceder.
Entretanto, la guerra que continuaba, el desbarajuste económico y el
aumento de la carestía hicieron aumentar el descontento con la política
del Gobierno provisional. En las fábricas y los cuarteles de Petrogrado
empezaron conmociones. Acrecentándose de modo continuo, se desembocaron
en un potente manifestación antigubernamental a mediados de junio.
Se lanzaron a las calles casi 500 mil personas. En las banderas llevaban escrito:
“¡Abajo la guerra!”, “Abajo a los ministros capitalistas!”,
“¡Todo el poder a los Soviets!”. Eran consignas de los bolcheviques.
A las dos semanas escasas hubo otra manifestación de obreros, soldados
y marinos, más vigorosa aún. Su primera reivindicación
fue: ¡Todo el poder a los Soviets!”.
Pero la dirección de los Soviets, recién elegida en el I Congreso
de toda Rusia, en el cual, como recordamos, habían prevalecido los eseres
y mencheviques, declinó esta reivindicación de las masas y anunció
que la manifestación era un “complot bolchevique”.
Con su consentimiento en Petrogrado se implantó el estado de sitio y
de los frentes fueron llamadas con urgencia las tropas fieles al Gobierno.
Al amanecer del otro día fue destruido el local de la redacción
del “Pravda”. A los pocos días el Gobierno provisional dispuso
arrestar y procesar a Lenin y a otros bolcheviques acusándoles de “conspiración”.
Lenin estaba tan indignado que decidió utilizar el proceso público
para denunciar las maniobras políticas de las autoridades.
-Pero no te dejarán siguiera llegar a la cárcel, te matarán
en el camino – le decían la esposa, la hermana y los compañeros.
La inquietud y la profunda comprensión de la responsabilidad por la vida
de Lenin determinaron la decisión que tomó el Comité Central
del Partido bolchevique: obligar a Lenin a no comparecer ante los tribunales
y encontrar para él un refugio seguro.
* Eseres (socialistas revolucionarios) fue el partido fundado en 1902 de los restos de los grupos populistas y que pretendió interpretar los intereses del campesinado y de otros sectores de la pequeña burguesía.
Hacia la insurrección armada
Al poco tiempo en Petrogrado se reunió el VI Congreso del POSDR. El
Partido bolchevique contaba entonces ya 240 mil militantes y sus delegados eligieron
por unanimidad a Vladimir Ilich Lenin presidente de honor del congreso.
El mismo Lenin vivía a la sazón en las inmediaciones de Petrogrado,
en una choza situada a orillas de un lago. De allí dirigió las
labores del congreso por mediación de los miembros del Comité
Central que le visitaban regularmente.
Entre los delegados fue distribuido el artículo leninista “A propósito
de las consignas” lanzado en forma de un folleto. Muchos de ellos conocían
también las tesis de Lenin publicadas poco antes del congreso bajo el
título “La situación política” y en las que
el líder bolchevique explicaba que el desarrollo pacífico de la
revolución rusa había sido imposible, porque el Gobierno provisional
pasaba a la ofensiva, y el pueblo podría tomar el poder sólo en
la lucha armada.
Tras analizar la situación, el congreso resolvió preparar la insurrección
armada.
Lenin recibía de Petrogrado noticias a cual más alarmante. La
situación económica del país iba empeorando, gravitaba
el hambre. La burguesía llamó a asfixiar a la revolución
con el “esquelético brazo del hambre” y con la abierta dictadura
militar.
El general Kornilov, comandante en jefe del ejército, intentó
implantar aquella dictadura. Pero su intento fue frustrado por las fuerzas unificadas
de soldados, marinos revolucionarios y los obreros armados de Petrogrado.
Había también otras noticias. Por ejemplo, que los Soviets de
Petrogrado y de Moscú habían censurado a los eseres y mencheviques,
aprobado las resoluciones bolcheviques sobre la toma del poder por los Soviets.
En el artículo “La crisis ha madurado”, Lenin caracterizó
los acontecimientos nacionales en todos sus aspectos y constató: “La
crisis ha madurado. Está en juego el futuro de la revolución rusa”.
“Aguardar” al congreso de los Soviets... equivaldría a perder
semanas; y en el momento actual, “semanas, y aún días, deciden
todo”; equivaldría a dar al Gobierno la posibilidad de reunir tropas
fieles “para el día neciamente «indicado» de la insurrección”.
Al analizar en éste y en otros artículos escritos en octubre de
1917 la correlación de fuerzas de clase en el país, Lenin insistía:
el triunfo de la revolución socialista estaba garantizado. Realmente,
la clase obrera seguía a los bolcheviques, se hicieron más frecuentes
las manifestaciones campesinas contra el Gobierno, toda la Flota del Báltico
* negó obediencia al Gobierno provisional, de los 17 mil soldados de
la guarnición de Moscú, 14 mil apoyaban a los bolcheviques. El
Comité Central resolvió en una reunión proponer a Lenin
trasladarse a Petrogrado, para poder estar en contacto permanente y estrecho
con él.
¡La revolución socialista es un hecho!
El 7 (20) de octubre de 1917 Lenin regresó clandestinamente a Petrogrado.
El plan que trazó para la insurrección armada era el siguiente:
garantizar en Petrogrado y en sus derredores una considerable superioridad de
las fuerzas sobre las tropas contrarrevolucionarias; actuar simultáneamente
desde fuera y desde dentro, apoderarse por sorpresa y cuanto antes de la ciudad,
atacando desde los barrios obreros; ocupar y mantener el teléfono y el
telégrafo, las estaciones ferroviarias y los puentes.
En una reunión del Comité Central fue elegido el Centro Militar
Revolucionario, cuyos miembros formaron parte del Comité Militar Revolucionario,
instituido antes por el Soviet de Petrogrado. Así se formó el
Estado Mayor de insurrección.
Lenin montó en cólera cuando al día siguiente leyó
en el periódico un artículo del miembro del Comité Central,
Kámenev, informando de los planes del CC y declarando que él y
otro miembro de este organismo – Zinóviev – no admitían
la insurrección armada que venía preparando el Partido bolchevique.
¡Así Kámenev daba a conocer una resolución secreta
del CC, la comunicaba a los enemigos! ¡Era imposible imaginar mayor traición!
El enemigo, advertido, comenzó a tomar medidas urgentes. El jefe de la
circunscripción militar de Petrogrado prohibió toda clase de manifestaciones
y mitines en la vía pública, ordenando a los jefes de las unidades
militares a detener a los individuos que exhortaran a la acción armada.
El ministro de Justicia volvió a ordenar la detención de Lenin.
El Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado dispuso enseguida
que todas las unidades de la guarnición capitalina cumpliesen únicamente
órdenes que llevasen su firma y sello. Al mismo tiempo, designó
comisarios suyos para todas las unidades militares, las estaciones ferroviarias,
centros de comunicaciones y Estado Mayor de la circunscripción militar
de la ciudad.
A fin de evitar la insurrección, el Gobierno provisional adoptó
varias medidas urgentes. Al amanecer del 24 de octubre (6 de noviembre) un destacamento
de cadetes ** se presentó en la imprenta que lanzaba periódicos
bolcheviques y la lacró. Pero los guardias rojos *** y soldados expulsaron
a los cadetes de la imprenta por orden del Comité Militar Revolucionario.
El mismo día, al anochecer, los cadetes intentaron levar los puentes
sobre el Neva, que unían el centro de la ciudad con los suburbios obreros.
Al enterarse de ello, Lenin, que se hallaba en un apartamento secreto situado
en uno de esos suburbios, envió recado al Comité Central, pidiendo
que le autorizara el traslado al Instituto Smolni ****, donde se ubicaba el
Comité Militar Revolucionario y se reunía el Comité Central.
Escribía a los miembros del CC: “La situación es crítica
en extremo. Es claro como la luz del día que hoy en verdad aplazar la
insurrección es la muerte. Quiero, con todas mis fuerzas, convencer a
los camaradas de que hoy todo pende de un hilo, de que en la orden del día
hay cuestiones que no pueden resolverse por medio de conferencias ni de congresos
(aunque fueran, incluso, congresos de los Soviets), sino únicamente por
los pueblos, por las masas, por medio de la lucha de las masas armadas...
“La historia no perdonará ninguna dilación a los revolucionarios
que hoy pueden triunfar (y que triunfarán hoy con toda seguridad), que
mañana correrán el riesgo de perder mucho, tal vez de perderlo
todo”.
Anochecía, y del Smolni llegaban noticias. Entonces Lenin decidió
ponerse en camino sin demora, para dirigir en persona la insurrección.
El Smolni quedaba lejos y el camino era peligroso. Varias veces Lenin fue parado
por patrullas de cadetes. Por fin llegó. La luz de las ventanas del local
y el fuego de las fogatas que ardían en la plaza adyacente iluminaban
el siguiente cuadro: carros blindados alineados, camiones y motos que iban y
venían; a la entrada, cañones y ametralladoras; centinelas formando
junto a la puerta.
Era una acción muy osada. Se sabía muy bien que los agentes del
Gobierno provisional estaban literalmente a la caza de Lenin, que habían
puesto alto precio su cabeza. Y de repente, sin advertir a nadie y sin protección
alguna, Vladimir Ilich llegó al Smolni, cruzando el bullicioso Petrogrado,
donde tras cada esquina podía aguardarle un enemigo.
Desde entonces los acontecimientos se precipitaron. Lenin manejaba todos los
hilos de la lucha armada.
He aquí como lo comentó Alexandra Kollontái, miembro del
Comité Central:
“Lenin está aquí. Lenin está con nosotros. Esto nos
animaba y nos infundía la seguridad en la victoria. Lenin se veía
tranquilo. Lenin se veía firme. La claridad y la fuerza que tenían
sus órdenes y actos le hacían parecer a un expertísimo
capitán en medio de la tormenta. Y la tormenta era inusitada: la de la
gran revolución socialista...”
Al amanecer, los obreros de la Guardia Roja y los marinos y soldados revolucionarios
tomaron los puentes sobre el Neva, la estación telefónica central,
telégrafos, la emisora de radio, las estaciones ferroviarias y el Banco
del Estado. Cercaron el Palacio de Invierno, donde se había ocultado
el Gobierno provisional. Luego lo tomaron por asalto desde la misma plaza en
que 12 años antes fue brutalmente fusilada (enero de 1905) por orden
del zar, una manifestación pacífica obrera.
En la mañana del 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917 los periódicos,
la radio y el telégrafo hicieron público el llamamiento “A
los ciudadanos de Rusia”: “El Gobierno provisional ha caído.
El poder del Estado ha pasado al Comité Militar Revolucionario, órgano
del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, que está al
frente del proletariado y de la guarnición de la ciudad”.
De día en Smolni se convocó una reunión extraordinaria
del Soviet de Petrogrado. Al son de los jubilosos y prolongados aplausos de
los diputados Lenin anunció:
“La revolución obrera y campesina, de cuya necesidad han hablado
siempre los bolcheviques, se ha realizado... Se inicia hoy una nueva etapa en
la historia de Rusia, y esta tercera revolución rusa deberá conducir,
en fin de cuentas, a la victoria del socialismo”.
Aquella noche en Smolni se inauguró el II Congreso de los Soviets de
toda Rusia, que dispuso que todo el poder en las localidades pasase a los Soviets
de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos.
Se abría una nueva página en la historia del país, en la
historia de la humanidad.
* Las bases de la Flota del Báltico estaban junto a Petrogrado.
** Los alumnos de las academias militares eran a la sazón el apoyo principal del Gobierno provisional.
*** Combatientes de la Guardia Roja, voluntarios destacamentos de obreros armados.
**** Anteriormente, el local de una escuela interna privilegiada, para hijas de altos funcionarios del zar y de grandes terratenientes.
AL FRENTE DEL GOBIERNO SOVIETICO
Los primeros pasos
Lo primero que hizo el Poder soviético fue el Decreto sobre la Paz, cuyo
proyecto fue redactado por Lenin. Proponía a los Gobiernos y los pueblos
de los países beligerantes el cese inmediato de las operaciones militares
y concertar la paz.
En la misma sesión Lenin propuso al congreso adoptar también el
Decreto sobre la Tierra, por el cual toda la tierra propiedad de terratenientes
se entregaba a los campesinos.
El Decreto sobre la Tierra fue redactado a base de 240 mandatos campesinos y
no todas sus cláusulas coincidían con el programa bolchevique.
Pero a Lenin esto no le desconcertó. Dijo: “Se oyen voces aquí,
en la sala, que dicen: el decreto y el mandato han sido redactados por los socialistas
revolucionarios. Bien. No importa quién los ha redactado; pero como Gobierno
democrático, no podemos dar de lado la decisión de las masas populares...
La vida es el mejor maestro, y mostrará quien tiene la razón...
Lo esencial es que el campesinado tenga la firme seguridad de que han dejado
de existir los terratenientes, que los campesinos resuelvan por sí mismos
todos los problemas y organicen su propia vida”.
Aquello fue una decisión sabia. Los campesinos comenzaron a apartarse
poco a poco del partido de los eseres. No era de extrañar: en los ocho
meses que éstos habían estado en el poder, no habían hecho
nada para satisfacer las necesidades más apremiantes de los campesinos,
pese a que se decían sus “defensores”. Lo hizo el Partido
de Lenin.
El congreso dio su aprobación al nuevo Gobierno obrero-campesino: el
Consejo de Comisarios del Pueblo, para el cual fue designado Lenin presidente.
Ya se podían acometer las tareas más urgentes y difíciles:
dirigir el Estado de obreros y campesinos.
A las instituciones del Estado fueron comisionados miles de obreros instruidos
y políticamente maduros, así como representantes de la intelectualidad
trabajadora.
Ya en febrero de 1917 los obreros comenzaron a imponer sus viejas exigencias:
implantar la jornada laboral de 8 horas y el control sobre la contratación
y el despido de los trabajadores, haciéndolo a despecho de los capitalistas
patronos de las fábricas. La Revolución de Octubre lo legitimó.
Lenin firmó la ley sobre el particular el 11 de noviembre de 1917.
Por iniciativa de Lenin fueron instituidos también nuevos órganos
estatales de gestión económica; en primer lugar el Consejo Supremo
de la Economía Nacional.
En diciembre fueron nacionalizados los bancos e instituciones crediticias privados
y se procedió a nacionalizar grandes empresas industriales.
El 15 de noviembre Lenin firmó la Declaración de derechos de los
pueblos de Rusia que proclamaba la plena igualdad de todos los pueblos (¡más
de cien!) del inmenso país. De una vez y para siempre se acabó
con la falta de derechos y con la opresión de la población no
rusa. Todas estas y otras muchas medidas que tomó el Poder soviético
fueron consolidando cada vez más la unidad de los trabajadores en la
gigantesca labor que habían emprendido para transformar la vida nacional,
en la formación del primer Estado obrero-campesino del mundo.
Pero la situación seguía siendo difícil. Ante todo era
necesario acabar la guerra mundial que continuaba. Los soldados, extenuados
(¡más de 8 millones!), ansiaban volver a sus hogares. Sin embargo,
los Gobiernos burgueses no hacían caso a los reiterados llamamientos
del Consejo de Comisarios del Pueblo y se negaban a entablar negociaciones de
paz con Alemania y sus aliados. Entonces Lenin propuso concertar la paz por
separado. Era una necesidad vital. En marzo de 1918 se firmaba la paz con Alemania.
El VII Congreso del Partido bolchevique, reunido inmediatamente se pronunció
por ratificar el Tratado de Paz. En aquel congreso el Partido cambió
de nombre. Según Lenin había propuesto, como recordamos, en sus
”Tesis de abril”, empezó a llamarse Partido Comunista (bolchevique)
de Rusia, PC(b)R.
El 11 de marzo el Gobierno soviético y el Comité Central del PC(b)R
se trasladaron de Petrogrado a Moscú, que desde entonces es capital del
país y donde el 14 de marzo se reunió el Congreso de los Soviets
de toda Rusia, que ratificaría el Tratado de Paz con Alemania.
“Las tareas inmediatas del Poder soviético”
Como la paz fue obtenida y había comenzado la tregua, se pudo concentrar
toda la atención en los asuntos económicos urgentes.
Los tres años y medio de guerra imperialista habían sido nefastos
para la economía nacional. Estaban cerradas muchas fábricas, el
transporte funcionaba pésimamente; el hambre amenazaba a la población.
En aquel momento el Consejo de Comisarios del Pueblo había dictado ya
un sinnúmero de decretos nacionalizando fábricas e industrias
enteras. Al firmarlos, Lenin siempre subrayaba que quitar a los capitalistas
una u otra empresa era mucho más fácil que dirigirla. Decía
a cada delegación obrera que acudía a él, en su calidad
de jefe del Gobierno soviético, exigiendo nacionalizar su empresa: “Ustedes
quieren que la fábrica sea confiscada. Bien, tenemos listos los formularios
del decreto, lo firmaremos al instante. Pero díganme: ¿pueden
ustedes hacerse cargo de la producción; han hecho el cálculo de
la producción; conocen la correlación real entre la producción
local y el mercado ruso e internacional?”. Con frecuencia resultaba que
a los obreros les faltaban conocimientos y hábitos.
Los viejos especialistas eran los que tenían conocimientos y experiencia.
Y Lenin propuso la única solución racional: aprender de ellos,
tomar de ellos la experiencia de administrar la economía capitalista.
Estaba seguro de que mucho de esa experiencia sería útil al flamante
Estado soviético.
Entretanto, los primeros pasos prácticos en aquel sentido se habían
dado ya. A comienzos de 1918 el sindicato de curtidores había concertado
un convenio con la asociación de propietarios de curtidurías,
por el cual, un tercio de miembros del Comité Principal de Curtidurías
eran representantes del sindicato; otro, representantes del personal técnico;
otro más, representantes de los propietarios de las fábricas.
Se llegó a convenios análogos en las industrias textil y azucarera.
A comienzos de abril de 1918 el Comité Central del Partido encomendó
a Lenin elaborar las tesis sobre la situación del momento. Lenin lo hizo.
“Nosotros, el Partido bolchevique –escribió- hemos convencido
a Rusia. La hemos reconquistado de manos de los ricos para los pobres, de manos
de los explotadores para los trabajadores. Ahora debemos gobernarla”.
Las tesis fueron bastante extensas. Lenin explicaba con detalles cómo
organizar con la máxima racionalidad el control sobre la producción
y su distribución, en qué condiciones y con qué fines contratar
a los viejos especialistas, cómo incrementar la productividad del trabajo,
y otras muchas cuestiones referentes a la gestión económica nacional.
A los dos días las tesis fueron publicadas en la prensa bajo el título
de “Tareas inmediatas del Poder soviético”.
¡Podemos defender, y defenderemos a la Patria socialista!
La tregua duró poco. Los ex explotadores, la burguesía y los
terratenientes no querían resignarse con la pérdida de su dominio
y desataron una cruenta guerra civil. Emprendían tentativas armadas de
derrocar el Poder soviético. En el verano de 1918 acudieron en ayuda
suya los capitalistas de Inglaterra, Francia, EE.UU., el Japón y otros
países, grandes y pequeños. Los eseres y los mencheviques acabaron
por traicionar definitivamente la causa del pueblo: llamaban a declararse en
huelgas y sabotear todas las resoluciones del Poder soviético.
...El 30 de agosto de 1918 Lenin, igual que otros muchos dirigentes del Partido
y el Estado, habló en mitines en Moscú.
En sus discursos explicaba a los trabajadores el peligro que se cernía
sobre la Rusia soviética y les instaba a combatir con todas sus fuerzas
a la contrarrevolución exterior e interior.
Terminado uno de los mitines, se dirigió, a la vez que seguía
conversando con los obreros, al coche. Entonces resonaron varios disparos...
Las balas envenenadas que disparó la terrorista Kaplán, militante
de los eseres, causaron a Lenin graves heridas y pusieron su vida en peligro.
Felizmente, Lenin tenía un organismo vigoroso. Se recuperó de
las heridas con bastante rapidez. Apenas su estado de salud mejoró un
poco, exigió se le informase todos los días, aunque fuese en breve,
de los asuntos más importantes. A los médicos, que le prohibieron
trabajar, les contestaba: “No es el momento para ello”.
Al cabo de una semana comenzó ya a dictar cables para las tropas. El
16 de septiembre los médicos le permitieron reanudar el trabajo. Lenin
se consagró a su tarea principal: fortalecer al recién formado
Ejército Obrero-Campesino Rojo * y organizar la resistencia a las superiores
fuerzas enemigas.
En el país se implantó el estado de sitio. Aquello significaba
que una disciplina férrea se imponía no sólo en el ejército,
sino también en el transporte, en la industria militar, en los organismos
estatales de acopios y distribución de víveres. Para llevar a
la práctica las medidas pertinentes se instituyó el Consejo de
Defensa Obrera y Campesina, con Lenin al frente.
La actividad de Lenin fue extraordinariamente intensa en aquel período.
Al llegar por la mañana al despacho, lo primero que hacía era
tomar la carpeta de los partes militares, los leía con rapidez y marcaba
en los mapas el movimiento de los frentes. Luego escuchaba los informes sobre
el curso de las operaciones bélicas.
Hasta los militares profesionales se asombraban de la rapidez y precisión
con que Lenin se orientaba en las más complejas y especiales cuestiones
del ejército. Pero él mismo solía decir:
- No presumo en absoluto de conocer el arte militar.
Sin embargo, estudiaba a fondo los libros de temas militares y conocía
perfectamente la historia de las guerras. Al analizar la situación en
los frentes, siempre sabía determinar la tarea principal y centrar los
esfuerzos para cumplirla. Dado que al país le faltaban fuerzas para realizar
operaciones militares activas simultáneamente en todos los frentes (que
se extendían a miles de kilómetros en el sur, el norte, el oeste
y el este), esto era de singular importancia, era vital.
En aquel período aciago, Lenin realizaba también todos los días
un trabajo colosal en el Comité Central del Partido, en el Consejo de
Defensa Obrera y Campesina y en el Consejo de Comisarios del Pueblo.
Anatoli V. Lunacharski, el primer comisario del Pueblo para la Instrucción
Pública, escribió lo siguiente de las reuniones del Consejo de
Comisarios del Pueblo de aquel entonces: “Aquí reinaba una atmósfera
condensada diríase que al tiempo mismo se hizo más compacto: tantos
hechos, ideas y decisiones se ventilaban cada minuto”. Había un
sinfín de problemas: faltaban jefes militares, armas, pertrechos, municiones...
El pueblo entero debía realizar unos esfuerzos verdaderamente heroicos
para abastecer a las tropas y a la población urbana de pan, vencer el
hambre y asegurar el funcionamiento del transporte y de las fábricas
militares.
“En cada una de las reuniones del Consejo de Comisarios del Pueblo o del
Consejo de Defensa –decía Lenin- tenemos que distribuir los últimos
millones de puds ** de carbón o de petróleo.
Los enemigos tenían la esperanza de que el Poder soviético se
hundiría con rapidez. Pero frustraron sus planes la infatigable actividad
del Partido Comunista y de su guía, el heroísmo masivo de los
combatientes y jefes del Ejército Rojo que hicieron lo imposible por
defender a la revolución y el desprendimiento de los trabajadores de
la retaguardia. La guerra civil terminó con la victoria total del pueblo
revolucionario.
* Así se llamaron las Fuerzas Armadas Soviéticas hasta el año
1946.
** Medida de peso empleada en la Rusia prerrevolucionaria; equivalía
a 16 kilogramos.
El postrer año
Se podía volver a acometer de lleno el trabajo pacífico creador.
Pero la inmensa tensión de fuerzas, las cargas sobrehumanas y las heridas
no pudieron dejar de repercutir en la salud de Vladimir Ilich, que desde finales
de 1922 empeoró violentamente. Por consejo de los médicos Lenin
se instaló a 40 kilómetros de Moscú, en Gorki. Allí
trabajaba todo lo que le permitían las fuerzas: mantenía una extensa
correspondencia y exigía que le enviasen regularmente libros, periódicos,
revistas.
El 2 de octubre de 1922 Lenin regresó a Moscú. Reanudó
su trabajo en el Comité Central del PC(b)R, presidió las reuniones
del Consejo de Comisarios del Pueblo, pronunció discursos.
A mediados de diciembre volvió a sentirse mal. Los médicos le
convencieron a duras penas de que dejase de trabajar. Pero incluso gravemente
enfermo, Lenin mantenía una extraordinaria fuerza de voluntad, claridad
de pensamiento y optimismo. Le preocupaban el presente y el futuro del país
soviético, los destinos del socialismo. Meditaba mucho en aquellos temas.
Comprendía perfectamente la seriedad de su enfermedad. Y dijo más
de una vez a los médicos que sabía que podía morir. El
23 de diciembre de 1922 dictó durante cinco minutos a una taquígrafa
sus consideraciones sobre algo que le preocupaba. Al otro día quiso seguir
dictando. Pero los médicos protestaron. Entonces Lenin planteó
el asunto de esta manera:
-O me permiten dictar mi “Diario” todos los días, por poco
tiempo que sea, o me niego en redondo a curarme.
Uno de los médicos que trataba a Lenin dijo con certeza: “Trabajar
significa para él vivir, la inactividad es la muerte”. Se decidió
permitir a Lenin dictar todos los días de 5 a 10 minutos...
La poderosa voluntad y la conciencia de su enorme responsabilidad le dieron
a Lenin las fuerzas para sobreponerse a los sufrimientos físicos y realizar
lo que parecía rebasar las posibilidades humanas.
En poco más de dos meses, del 23 de diciembre de 1922 al 2 de marzo de
1923 dictó algunos artículos y cartas, dilucidando en diferentes
aspectos una sola cuestión clave: cómo construir la sociedad socialista.
Lenin insistió muchas veces en la urgente necesidad de crear la base
industrial nacional; abordó el tema también en el último
artículo que dictó: “Más vale poco y bueno”.
No menos importante era organizar la gran producción agropecuaria. Para
lograrlo, había que atraer a la edificación del socialismo a millones
de campesinos, lo cual era imposible sin vencer su secular costumbre a trabajar
individualmente. Lenin estimaba que las cooperativas eran el modo más
accesible para los campesinos de pasar a las formas más productivas del
trabajo. Explicó en su artículo “Sobre la cooperación”,
que aquello permitiría al campesinado ir convenciéndose gradualmente
de las ventajas que ofrecía la hacienda colectiva. El tránsito
al trabajo colectivo debía ser, a juicio de Lenin, sencillo, fácil
y accesible para los campesinos.
Para viabilizar ese tránsito, hacía falta la maquinaria apropiada.
El país no podía disponer de ella en aquel período.
Naturalmente, no sólo para cumplir esa tarea se precisaba la gran industria
nacional. Solamente la industrialización podría garantizar al
pueblo soviético el progreso y la posibilidad de defenderse de los numerosos
enemigos exteriores (los grandes Estados capitalistas no dejaban de fraguar
planes para asfixiar al país).
La industrialización y la colectivización del agro dependían
en buena medida de la actividad y conciencia con que participarían en
estas transformaciones los propios trabajadores. A su vez, la actividad y la
conciencia las determina en considerable medida el nivel de conocimiento de
los trabajadores. Por eso se planteaba como impostergable erradicar el analfabetismo,
lastre del pasado (de cada 100 habitantes del país, 68 no sabían
leer ni escribir).
Lenin indicó cómo debía procederse en el artículo
titulado “Páginas del diario”. El mero hecho de que inaugurara
con él el “Diario” (así quiso Lenin en un principio
llamar a sus apuntes) dictado a la taquígrafa, demuestra la importancia
que daba al problema.
Los últimos trabajos de Lenin constituyen, en rigor, un sola obra, en
la cual se expone en forma sintética el programa de transformación
socialista del país.
...El 10 de marzo de 1923 Lenin tuvo otro ataque, el más serio, de la
enfermedad. Pocas horas antes habían permanecido junto al lecho su esposa
y su hermana. Recordaban el pasado.
-En 1917 – dijo Vladimir Ilich- yo descansé en la choza cerca de
Sestroretsk (recordemos que fue cuando los agentes del Gobierno provisional
andaban a la caza y captura de Lenin-; en 1918 descansé gracias al disparo
de la Kaplán. Después no he vuelto a tener ocasión de hacerlo...
Cierto es, no había tenido ocasión de descansar.
Una permanente e indecible tensión de todas las fuerzas y el trabajo
ininterrumpido cortaron prematuramente la vida de Lenin. Esto sucedió
el 21 de enero de 1924, a las 6.50 de la tarde.
* *
La triste noticia del fallecimiento de Vladimir Ilich Lenin se extendió
pronto por el país, por el mundo entero. Cuatro días y sus noches,
pese al frío que hacía, cientos de miles de personas estremecidas
desfilaron junto al ataúd con sus restos mortales para rendir el último
tributo al gran hombre.
El 27 de enero el país enterraba a su guía. Profundamente doloridos
estaban no sólo los soviéticos, sino también los trabajadores
de muchos países del mundo. Cinco minutos pararon las fábricas,
los trenes y los automóviles: así los trabajadores del planeta
se despidieron de su gran maestro, amigo y defensor.