
I) El Ché en Ñancahuazú
El Ché estaba sentado en un tronco. Fumaba deleitándose con la
fragancia del humo. Tenía la gorra puesta. Cuando nuestro grupo llegó,
sus ojos relampaguearon de alegría.
El hombre más buscado por el imperialismo, el guerrillero legendario,
estratega y teórico de proyecciones mundiales, bandera de lucha y esperanza,
estaba allí, metido tranquilamente en el corazón de uno de los
países más oprimidos y explotados del continente. Era la noche
del 27 de noviembre de 1966. Su viaje a Bolivia había sido uno de los
secretos más fascinantes de la historia. Pronto sus enemigos y el mundo
entero serían testigos de su "resurrección". Esta imagen
se me ocurrió al recordar que los cables de las agencias imperialistas
habían extendido su certificado de defunción " victimado
por el paredón castrista". Me golpearon varias reacciones: turbación
por el respeto que le tenía (y mantendré siempre), emoción
profunda, orgullo de estrecharle la mano, y una satisfacción difícil
de describir al saber con absoluta seguridad que en ese momento me convertía
en uno de los soldados del ejército que dirigiría el más
famoso Comandante Guerrillero.
El Ché, o Ramón, como lo presentaban a la tropa, saludó
con afecto al grupo. Indicando con la mano me dijo:
-Tú eres Inti.
Me sentí más cohibido. Algunos compañeros le habían
dado antecedentes míos y sabía que yo llegaba en ese grupo. Por
mi parte también tenía conocimiento que el Ché estaba en
el monte, esperándonos. Aun así no logré dominar mis sentimientos.
Nos sentamos en unos troncos. Al poco rato Pombo me entregó una carabina
M-2 (mi primera arma) y el equipo de combatiente. Todo sucedió en forma
increíblemente sencilla. Sin embargo, esa noche comenzó mi vida
de revolucionario. La conversación brotó fácil, animada
en torno a temas generales. Yo hablé poco, porque aún estaba impactado
por este encuentro. Momentos más tarde el grupo brindó por el
éxito de la lucha guerrillera y por la confianza que existía en
la victoria final. Avanzada la noche, Tuma, uno de los hombres que se convirtieron
con el transcurso del tiempo en uno de los seres más queridos por nosotros,
me ayudó a armar la hamaca. No tuvimos tiempo para dormir. Cerca de las
dos de la mañana los que aún permanecíamos despiertos debutamos
con la "góndola", término que se haría popular
mundialmente con el desarrollo de la guerra. La "góndola" consistía
simplemente en ir desde nuestro campamento hasta la Casa de Calamina a cargar
víveres, armas, municiones. Era una tarea dura, pero Tuma con ese carácter
alegre que dinamizaba a nuestra columna, bautizó este trabajo con el
nombre de "góndola", comparándolo irónicamente
con los autobuses destartalados que recorren las ciudades bolivianas y llevan
ese nombre. La noche estaba muy oscura. En la casa de Calamina el Ché
nos dio su primera lección práctica de lo que debía ser
un jefe sencillo y capaz: eligió el saco más pesado y lo colocó
en su espalda, iniciando el camino de regreso. En el trayecto se tropezó
y se cayó porque se veía muy poco. Recogió nuevamente su
carga y continuó al campamento. Nosotros seguimos su ejemplo. El ejército
guerrillero empezaba a desarrollarse.
II) Bolivia: país de vanguardia
El último día que estuve en La Paz fue el 25 de noviembre de 1966.
Cerca de la medianoche salimos en un jeep con Joaquín, Braulio y Ricardo.
En otro vehículo más adelante iban Urbano, Miguel, Maimura y Coco.
Doce horas después estábamos en Cochabamba. Allí me despedí
de mi compañera, que estaba viviendo en casa de mi suegro. La conversación
fue tranquila, desprovista de dramatismo. Ella ya estaba informada de que partía
definitivamente al monte. Antes de salir besé a mis hijos.
Mi decisión de ingresar en el proceso de la lucha armada fue producto
de una serie de consideraciones que estaban madurando desde hacía tiempo.
Militante del Partido Comunista de Bolivia junto con Coco desde 1951, conocí
la estrategia, táctica y mecánica de este partido. También
por haber convivido con ellos, sabía perfectamente cuál era la
mentalidad de la dirigencia. Pero también es justo dejar establecido
que mientras no hubo perspectivas reales de lucha armada en Bolivia, nosotros
participamos y estuvimos plenamente de acuerdo con las decisiones de esa dirección.
Ésta es una experiencia qua estimamos puede ser recogida por otros militantes
de partidos comunistas en alguna parte del continente que confunden la "incondicionalidad"
con la fidelidad a los principios. Para nosotros sólo los principios
tienen valor permanente.
La política de la mayoría de los PC latinoamericanos es llegar
“al borde de la lucha armada". Es una especie de juego peligroso
en el que han adquirido gran maestría, en ese límite se detienen
y vuelven a sus posiciones originales para reiniciar la conciliación
o sumergirse en la institucionalidad. Cuando han llegado al "borde de la
guerra", comercian los principios, se olvidan de sus muertos y adecuan
la teoría de su conducta reformista o traidora. El PCB no era ni es una
excepción. Comprometido con muchos meses de anticipación en la
lucha guerrillera de nuestro país, había escogido a un grupo de
compañeros para este trabajo. Pero la dirección, manteniendo una
conducta dual que nosotros captábamos sin esfuerzo, siempre estaba indecisa,
a la expectativa. Nosotros perdimos la confianza en esos dirigentes y, personalmente,
no creía que el PC fuera a ingresar a la guerra como partido, o que prestara
toda su colaboración, esforzándose al máximo y con lealtad.
El grupo asignado para el trabajo preparatorio, entre los que se encontraban
el Ñato, el Loro, Rodolfo, Coco, etcétera, estaba claro, sin embargo,
de cuál era nuestra única e irrenunciable estrategia, y nuestra
decisión de luchar hasta el final se mantuvo siempre firme. Esto es natural
y ha sucedido también en otros países. Muchos militantes situados
"al borde de la guerra", lejos de retroceder con sus direcciones conciliadoras
dan un paso decisivo y se sitúan en la vanguardia. Se alza una nueva
fuerza, dinámica, agresiva y valiente: es la guerrilla. Incluso remontándonos
a antecedentes históricos, estábamos conscientes de que nos encontrábamos
al borde de una oportunidad que podría marcar una nueva etapa en el destino
de Bolivia.
Para nosotros la separación del Alto Perú del imperio español
fue un proceso de emancipación interrumpido. Las bases sociales no se
alteraron. El poder político y económico fue transferido a la
aristocracia criolla y a los españoles ricos asentados en el país.
El pueblo, principal actor de esa gesta del siglo pasado, no disfrutó
ni siquiera de las migajas del poder, aunque a lo largo de casi siglo y medio
de lucha ha pugnado por romper sus cadenas.
Oportunidad histórica
La oportunidad histórica de obtener la verdadera y definitiva independencia,
se presentaba ahora, con el desarrollo de la guerrilla cuyo embrión estaba
germinando en plena selva boliviana.
Por lo demás esta forma de lucha está enraizada en la tradición
del pueblo. Durante quince años -desde 1810 a 1825- guerrilleros como
Padilla, Moto Méndez, el cura Muñecas, Warnes, Juana Azurduy y
otros, combatieron heroicamente contra los colonialistas españoles enarbolando
las banderas de emancipación continental de Bolívar y Sucre.
Naturalmente entendíamos y estábamos plenamente conscientes de
que las condiciones eran y son completamente diferentes. Los patriotas del siglo
pasado enfrentaron a un imperialismo decadente, acosado por otras potencias
imperialistas, que surgían con ambiciones de dominación mundial.
Ahora nos enfrentamos al imperialismo norteamericano hegemónico, la potencia
industrial - militar más poderosa del mundo, que ejerce su dominio con
crueldad, sin escrúpulos, brutalizado, rapaz y genocida. Por otra parte
también las motivaciones son distintas: ahora luchamos como vanguardia
del pueblo por la conquista del poder, para construir el socialismo y formar
el hombre nuevo, eliminando al imperialismo y sus lacayos. Es necesario advertir,
además, que en el pueblo latinoamericano se ha desarrollado un gran sentimiento
chauvinista, estimulado, fundamentalmente, por el imperialismo. Este nacionalismo
deformado se ha empleado como instrumento para dividir a los pueblos y desatar
entre ellos guerras fraticidas. Los partidos tradicionales de izquierda, lejos
de combatir esta tendencia, la han fomentado e incluso defendido como principio
elemental, contribuyendo con la táctica impuesta por el enemigo. Bolivia
en esta etapa de lucha guerrillera no fue una excepción. Este planteamiento
nos rondaba por la mente al conocer, cada vez con mayor certeza, que el PCB
no se integraría a la guerrilla. De todas maneras, nosotros estábamos
dispuestos a combatir hasta las últimas consecuencias, independientemente
de la actitud que asumiera el PC. Cuando supimos que el Ché dirigiría
la lucha tuvimos la absoluta seguridad de que el proceso revolucionario sería
verdadero, sin claudicaciones. Por eso al ver esa noche de noviembre a Ramón,
la emoción del encuentro fue tremenda.
Al día siguiente llamó a Coco, al Loro y a mí, para conversar
sobre el carácter de la lucha. Fue la primera conversación política,
interesante y profunda como todas las que tuvimos durante la guerra. El primer
concepto que fluyó en forma categórica fue el de la continentalidad.
El Ché nos explicó con su franqueza habitual que la lucha tendría
estas características claras: dura, larga y cruel. Por lo tanto nadie
debía acomodar su mentalidad a situaciones "corto-placistas".
Enseguida expuso por qué se había escogido a Bolivia como escenario
de la guerra.
Por qué Bolivia
Su elección, afirmó, no es arbitraria, "está ubicada
en el corazón del Cono Sur de nuestro continente, limitada con cinco
países que tienen una situación político-económica
cada vez más crítica, y su misma posición geográfica
la convierte en una región estratégica para irradiar la lucha
revolucionaria a naciones vecinas. Hay que tener presente que Bolivia no puede
liberarse sola, o por lo menos es extremadamente difícil que ello ocurra.
Aun derrotando al ejército y derrotando al poder, el triunfo de la revolución
no está asegurado, puesto que los gobiernos lacayos dirigidos por el
imperialismo o directamente el imperialismo con la colaboración de los
gobiernos lacayos tratarán de aplastarnos. Sin embargo si en el desarrollo
de la lucha se nos presenta la alternativa de tomar el poder, no vacilaremos
en asumir esta responsabilidad histórica. Claro que ello encierra una
gran cuota de sacrificio de los revolucionarios bolivianos. El Ché nos
explicó luego lo que él entendía por "cuota de sacrificios"
de los revolucionarios bolivianos. Nos dijo que había elaborado un documento
para la reunión tricontinental de los pueblos que se realizaría
en La Habana en julio de 1967. En ese documento, recalcó, expone lo siguiente:
"Solamente podremos triunfar sobre ese ejército en la medida que
logremos minar su moral. Y ésta se mina infligiéndole derrotas,
y ocasionándole sufrimientos repetidos."
"Pero este pequeño esquema de victorias encierra dentro de sí
sacrificios inmensos de los pueblos, sacrificios que deben exigirse desde hoy,
a la luz del día, y quizás sean menos dolorosos de los que debieran
soportar si rehuyéramos constantemente el combate, para tratar que otros
sean los que nos saquen las castañas del fuego."
"Claro que, el último país en liberarse, muy probablemente
lo hará sin lucha armada, y los sufrimientos de leí guerra tan
larga y tan cruel como la que hacen los imperialistas, se le ahorrará
a ese pueblo. Pero tal vez sea imposible eludir esa lucha y sus efectos, en
una contienda de carácter mundial, y se sufrirá igual o más
aun. No podemos predecir el futuro, pero jamás debemos ceder a la tentación
claudicante de ser los abanderados de un pueblo que anhela su libertad, pero
reniega de la lucha que ésta conlleva, y la espera como UN mendrugo de
victoria."
Para el Ché la cuota de sacrificios significaba la participación
del pueblo boliviano como abanderado de la lucha guerrillera, y de ninguna manera
la postergación de la toma del poder. En otros términos, nosotros
nos convertíamos en un pueblo de vanguardia que obtendría la liberación
combatiendo y no como un "mendrugo de victoria”
III) Hacia un nuevo Vietnam
El Ché fue certero también al definirnos la relación que
existe entre la lucha del heroico pueblo de Vietnam contra el imperialismo norteamericano
y la guerra de guerrillas en nuestro continente. La guerra de Vietnam, afirmó,
es una parte, pero la más importante, de la lucha mundial contra el imperialismo.
La guerra de Vietnam es nuestra propia guerra, ese heroico país ha sido
convertido en un laboratorio de experimentación imperialista para aplicar
después las desarrolladas técnicas guerreras de destrucción
contra el pueblo de todo nuestro continente. Allí se ha visto claramente
cómo el imperialismo no solamente viola las fronteras, sino que las borra,
reivindicando su "derecho" de perseguir a los patriotas de las FAPLN
a través de Camboya o Laos, bombardea las aldeas de esos países
y extiende impunemente su brutal genocidio.
Lo mismo pasará en América Latina, explicó el Ché.
Las fronteras son conceptos artificialmente impuestos por el imperialismo para
separar a los pueblos. Los pueblos que reconocen fronteras están condenados
al aislamiento y su liberación será más lenta y dolorosa.
El concepto de frontera será roto por la acción. Cuando nuestra
guerrilla se desarrolle, los gobiernos vecinos enviarán primero armas,
asesores, aprovisionamiento. Tratarán de cercarnos. Luego su lucha será
coordinada. Los ejércitos se unirán en acción antiguerrillera.
Cuando sean incapaces de vencernos intervendrán los "marines"
y el imperialismo desencadenará todo sU poder mortífero. Entonces
nuestra lucha será idéntica a la que libra el pueblo vietnamita.
Los revolucionarios comprenderán, si es que todavía no sienten
esa necesidad, que es preciso unirse para enfrentar coordinadamente y como una
sola fuerza, a los opresores.
Muchas de las frases previstas por el Ché se cumplieron.
Indudablemente las restantes también se habrían puesto en práctica,
ya que el imperialismo, en esa época, había concentrado sus estudios
de inteligencia y análisis en los escritos de nuestro Comandante y, con
mucha agudeza, había captado la dirección de su estrategia. El
Ché también estaba consciente de este problema, como lo veremos
más adelante. Por desgracia, sólo las fuerzas "progresistas"
o las que se autodenominan "vanguardia" eran extremadamente miopes
o cobardes. Por eso eludían, distorsionaban o no entendían el
sentido de la lucha.
Durante el desarrollo de la guerra, los norteamericanos enviaron a Bolivia gran
cantidad de armamento moderno, de inmenso poder mortífero, que ya había
sido experimentado en Vietnam, y "asesores" con larga experiencia
en contraguerrillas. Estos últimos estaban encargados de convertir a
los soldados en autómatas, con una mentalidad sádica, en seres
inhumanos e inescrupulosos, como lo demostraron más tarde.
Por otra parte la CIA instaló su cuartel general en el Palacio Quemado
en forma grosera, mostrando a Barrientos como lo que es: una simple figura decorativa;
luego ordenó a los gobiernos limítrofes que cerraran sus fronteras
a los revolucionarios, e impidieran cualquier tipo de colaboración.
Las huellas digitales del imperialismo aparecían grotescas cuando después
de cada batalla capturábamos fusiles SIG (una variación del FAL
belga), granadas norteamericanas con inscripciones de la ÑATO o latas
de alimentos enviadas como "fraternal" contribución por los
ejércitos de Argentina, Brasil, Paraguay o Perú, transportadas
impunemente por territorios de esos países.
IV) La deserción del P. C.
El Ché era hombre de una sola palabra y con un sentido de lealtad extraordinariamente
desarrollado. Si se examina su Diario en la fecha correspondiente al 27 de noviembre
de 1966, aparecen dos problemas que a simple vista no tienen mayor importancia,
pero que con el transcurso de los días cobrarían gran relieve.
Dice: "Ricardo trajo una noticia incómoda: el Chino está
en Bolivia y quiere mandar veinte hombres y verme. Esto trae inconvenientes
porque internacionalizaremos la lucha antes de contar con Estanislao".
Luego anota:
"En conversación preliminar con el Inti, éste opina que Estanislao
no se alzará, pero parece decidido a cortar amarras".
Estos breves apuntes del Ché, consignados sólo para su uso personal,
tienen antecedentes más sólidos que los que pude conocer y apreciar,
porque me dio una amplia información y luego porque fui testigo de muchos
acontecimientos.
Ramón tenía esperanzas de que el Partido Comunista cumpliera fielmente
su compromiso. "Los Partidos Comunistas latinoamericanos" -nos explica
al día siguiente de nuestra llegada- tienen una estructura institucional
inadecuada para las condiciones de la lucha actual. Tal como están constituidos
son incapaces de tomar el poder, y derrotar al imperialismo. Incluso muchos
de sus dirigentes, como Jesús Farías, Vittorio Codovilla, etc.,
se han anquilosado, son arcaicos."
Luego de hacer este análisis hizo resaltar su fe de que en alguna parte
de este continente alguno de estos partidos podría asumir una conducta
revolucionaria. El Ché pensaba que ese papel lo podría jugar el
PCB.
"Me da esa impresión, afirmó, porque el Partido es nuevo,
sus dirigentes son jóvenes y, especialmente, por el inmenso peso moral
de los compromisos que han adquirido, desde hace bastante tiempo, con la revolución
continental".
Este planteamiento refleja la pureza moral del Ché, su acendrada lealtad
y firmeza para respetar los compromisos.
Pero el Partido y sus dirigentes, especialmente Monje, cuyo nombre clandestino
era Estanislao, no tenían esa escala depurada de valores morales. Acostumbrados
a pactar con partidos corrompidos, con dirigentes traidores y oportunistas,
con políticos venales que comerciaban sus principios, habían adquirido
esas mismas taras. Por eso le dije a Ramón que estaba seguro que el Partido
no se alzaría y mucho menos lo haría Monje, a quien ya consideraba
un cobarde.
Este juicio no era arbitrario. Monje había recibido entrenamiento militar
junto con otros compañeros que más tarde murieron con el Ché.
En esa oportunidad, por propia iniciativa, propuso un "pacto de sangre"
que los ataba, defendiendo la lucha armada hasta la muerte.
Esta conducta había impresionado a muchos. Pero tal imagen se borraría
pronto. Monje estaba informado de la preparación del foco, y nueve meses
antes del primer combate, en julio de 1966, ya estaba en contacto directo en
La Paz con Ricardo y Pombo. En esa época se había comprometido
a designar a veinte hombres del PCB para que se incorporaran a la lucha armada.
Un mes más tarde, cuando los compañeros le preguntaron por esos
veinte guerrilleros en potencia, contestó -¿Qué veinte
hombres?
Días después Monje amenazó con retirar a los cuatro compañeros
bolivianos que trabajaban con los compañeros cubanos en la preparación
del foco desde hacía meses. Tal conducta era no sólo la de un
hombre vacilante, sino también la de un político extorsionador
que quiere sacar el mejor provecho posible a situaciones conflictivas creadas
por él mismo.
El 28 de setiembre en una reunión que tuvo con Ricardo y con Pombo en
La Paz sugirió que se asignaran tareas a diversos núcleos del
Partido para garantizar una "mejor organización" de la lucha.
En esa oportunidad fue desleal incluso con su organización, porque planteó
"despistar al Secretariado del PCB" ya que hablan mucho. Incluso informó
de que en el Congreso del Partido Comunista del Uruguay, Kolle había
dado cuenta de los planes que existían sobre Bolivia, y Arismendi exigía
que todos los Secretarios Generales de PC conocieran el problema. Según
Monje el Secretario General del PC uruguayo había amenazado con informar
personalmente si los bolivianos no se decidían a hacerlo. A principios
de octubre Monje se reunió nuevamente con los compañeros anunciando
que el CC del PCB "había dado un paso positivo al aceptar unánimemente
la línea de la lucha armada como la vía correcta para llegar al
poder". Agregó despectivamente: "Muchos apoyan la lucha armada
sólo verbalmente porque son físicamente incapaces de participar
en ella."
Pero días más tarde volvió a crear problemas exigiendo
incluso dinero para financiar los sueldos de los funcionarios del partido, cuestión
a la que los compañeros accedieron.
En esas condiciones llegamos al monte. Mi desconfianza en la dirección
del PCB se había ahondado por otra serie de conversaciones que había
sostenido con él. Sin vacilaciones saltaba de un extremo al otro. Sus
dudas políticas las justificaba con el amor a la familia. Querer a la
familia es un acto natural de un guerrillero porque la lucha, si bien es cierto,
es dura, está motivada por un profundo sentimiento de amor. Por eso le
dije en alguna oportunidad:
-Creo que amo a mi familia tanto o más que tú. Pero mi mundo no
es sólo mi familia: es todo el pueblo. Porque yo no quiero que mis hijos
vivan en una sociedad canibalesca, donde el más fuerte devora al más
débil, y el más débil es siempre el hijo del pueblo. Debemos
mejorar esta sociedad y ella no se mejora si tenemos actitudes escapistas o
cobardes. Es necesario combatir.
De allí que en la primera conversación que tuve con el Ché
le manifesté con franqueza mi desconfianza en la acción del partido
y en la conducta de Monje. Incluso le propuse que, dado el cargo que aún
ocupaba en el Comité Regional de La Paz, podía reclutar a la mejor
gente para ingresarla a nuestro núcleo guerrillero.
El Ché me respondió que esta actitud era equivocada pues con el
Partido las relaciones debían desarrollarse en un plano de mutua lealtad.
En la misma oportunidad recalcó con firmeza: "Estoy siempre dispuesto
a entregar toda mi experiencia guerrillera al PCB e incluso darles la dirección
política de la guerra."
Por eso en el Diario aparece como una frase en clave la referencia al Chino
y a Estanislao, aunque como dos cuestiones separadas. Pero es evidente que tienen
relación: el Ché no quería que se incorporaran combatientes
de otros países sin definir la situación con Estanislao, a pesar
de que la conducta de éste no había sido honesta. De todas maneras
Monje conocía con anterioridad cuál iba a ser el alcance de la
guerra y estaba de acuerdo. Pero el Ché quería reiterárselo
personalmente.
Llegada al primer campamento
Así llegamos a la víspera del Año Nuevo. El 31 de diciembre
llegaron a la Casa de Calamina Monje, Coco, Tania y Ricardo, que desde ese día
se quedaría definitivamente con nosotros.
Con el Ché nos trasladamos al primer campamento.
Monje estaba muy nervioso. En el trayecto de la ciudad a la finca Coco le había
dicho que Ramón estaba dispuesto a darle la dirección política
de la guerrilla al partido, pero que no le entregaría la dirección
militar, lo que él, Coco, consideraba justo. Luego presionó a
Monje para que se decidiera a incorporarse pronto a nuestro núcleo. Monje
nos dio la mano muy fríamente.
Mientras el Ché saludaba a los otros compañeros me preguntó:
-¿Y cómo esta aquí la cosa?. Le repliqué: -Está
muy bien, ya lo verá. Además llegas oportunamente porque la guerra
hay que empezaría pronto. Decídete a luchar con nosotros.
Monje contestó: -Ya lo veremos, ya lo veremos...
Ché y Monje partieron solos y conversaron durante unas horas. Tarde regresaron
al campamento base. Cuando llegó vio a nuestra gente, la saludó
y empezó a hablar con todos. Luego examinó la disposición
del campamento y entonces hizo el siguiente comentario:
-Éste es un verdadero campamento. Cómo se nota que aquí
hay dirección efectiva que sabe lo que quiere, aquí tiene experiencia.
Luego alabó la defensa que el Ché había planificado y la
división de nuestra columna en vanguardia, centro y retaguardia. Dijo
otra frase que recuerdo bastante bien:
-Todo esto demuestra una preparación combativa eficaz.
Al poco rato Monje me pidió conversar con los compañeros bolivianos.
Inmediatamente consulté con el Ché para preguntarle si esto era
posible. Ché contestó afirmativamente. Se inició entonces
una reunión dramática, tensa a veces persuasiva en otros momentos,
dura en otros pasajes. Monje relató a rasgos generales su conversación
con Ramón, y luego centró el problema a tres puntos fundamentales,
que son los que aparecen en el Diario:
1) - Renunciaré a la Dirección del Partido, porque creo que el
Partido como tal no entrará en la lucha, pero por lo menos trataré
de lograr su neutralidad. También trataré de sacar de la organización
algunos cuadros para la lucha.
2) - Le exigí al Ché que la dirección político-militar
de la lucha debe corresponderme en forma exclusiva a mí por lo menos
mientras ésta se desarrolle en Bolivia. Cuando se continentalice podemos
hacer una reunión con todos los grupos guerrilleros y en esa oportunidad
yo haré entrega del mando al Ché, delante de todos.
3) - Le propuse al Ché manejar las relaciones con otros partidos comunistas
latinoamericanos y tratar de convencerlos para que apoyen a los movimientos
de liberación. Enseguida explicó con más detalles estas
cuestiones y agregó con firmeza:
-No hemos llegado a ningún acuerdo.
La actitud del representante del PCB
Las palabras de Monje no nos sorprendieron, pero causaron un impacto doloroso,
sobre todo en compañeros que aún tenían esperanzas en él
y el partido.
Surgieron preguntas exigiendo mayores antecedentes. Monje desarrolló
de la siguiente manera sus planteamientos:
-Esta guerrilla debe dirigirla el Partido. Por eso como Primer Secretario debo
tener la dirección total en lo militar y en lo político. Yo no
puedo quedarme en un lugar secundario porque donde quiera que esté represento
al Partido. El mando militar es una cuestión de principios para nosotros,
tan de principios que el Ché no me lo quiere entregar. Por eso nuestro
desacuerdo es absoluto aun cuando en otros aspectos coincidamos o él
accede a nuestras peticiones. Sentenciosamente agregó: -Cuando el pueblo
sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero le volverá
la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro que fracasará porque
no la dirige un boliviano, sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente,
pero no tienen perspectivas de triunfo. Las palabras de Monje nos indignaron
sobre todo cuando calificó al Ché de "extranjero", negándole
estúpidamente su calidad de revolucionario continental. Pero su desvergüenza
llegó a extremos cuando nos propuso desertar.
-Ustedes, dijo, tienen libertad y garantías para abandonar la lucha.
Váyanse ahora conmigo. Nosotros sólo tenemos un compromiso: aportar
cuatro compañeros para trabajar con el Ché en cualquier parte.
El resto debe partir. El que quiera quedarse puede hacerlo. El Partido no tomará
ninguna medida represiva. Pero como Primer Secretario les aconsejo que se vayan
conmigo.
El solo hecho de que nos pidiera abandonar al Ché en el monte era una
actitud traicionera. Tal vez pensó que alguno iba a aceptar su miserable
proposición. Todos le replicamos con firmeza que no nos íbamos.
Que él se quedara, que era un falso orgullo revolucionario negarse a
estar bajo las órdenes de otro, sobre todo cuando ese "otro"
era nada menos que el Ché, el revolucionario más completo y más
querido, el hombre junto al cual querían luchar miles de latinoamericanos.
Algunos compañeros, el Ñato Méndez entre ellos, le rogaron
que se quedara. El Ñato, que quería mucho al Partido, pero que
amaba más profundamente a la revolución, le dijo con palabras
que denotaban emoción:
-Quédate, Mario. Tu permanencia con nosotros significará levantar
el prestigio del PCB y de todos los partidos comunistas latinoamericanos, que
han perdido toda autoridad por falta de acción, por su conciliación
con el enemigo. Salva tu prestigio de comunista y quédate.
Luego intervino Carlos tres o cuatro veces insistiendo:
-Mario, no te vayas. Tú no debes asumir una posición tan claudicante.
Es increíble que el partido se porte en forma tan vacilante. Nosotros
estamos seguros que triunfaremos.
"Jamás hemos pensado en un fracaso. Estamos seguros de la victoria.
Sin el Partido nos costará un poco más, pero tenemos al Ché.
En él tenemos confianza y sabemos que nos llevará a la victoria.
Nuestra revolución triunfará porque el pueblo comprenderá
tarde o temprano que nuestro jefe no es un "extranjero", como tú
dices, sino un revolucionario, el mejor de todos, y la tarea tuya y la del Partido
es, precisamente, esclarecer en el pueblo que el Ché es un revolucionario
continental y no un extraño.
Otros compañeros le dijimos a Monje que el internacionalismo proletario
no debe aprisionarse en un marco tan estrecho. La presencia del Ché entre
nosotros, le recalcamos, es una verdadera muestra de internacionalismo proletario.
Más adelante nos aseguró que renunciaría a la Dirección
del Partido, porque ya nada tenía que hacer dentro de la organización.
-Para mí, afirmó, es evidente que el único camino es la
lucha armada, pero no ésta, sino una forma de sublevación general.
Como este planteamiento no es posible hacerlo dentro del Partido, mi cargo no
tiene mayor validez. Quedaré como un pobre diablo. Por eso es mejor que
me vaya.
Le preguntamos: -¿Qué vas a hacer? ¿Te dedicarás
a tu profesión de maestro o a otra actividad?
Respondió: -Posiblemente me tengan a su lado como un combatiente más.
Yo no tengo otra salida que la revolución. Más tarde conversando
con otros compañeros bolivianos les manifestó que él no
quería convertirse en un traidor al Partido (sin embargo ya había
traicionado a la revolución). Como broche de oro colocó a la conversación
el siguiente final:
-Yo no estoy para convertirme en un Van Troi.
Con ello quería significar que Van Troi, el héroe vietnamita asesinado
por los norteamericanos, joven que es ejemplo para todos los revolucionarios
del mundo, se había convertido en un "mártir inútil".
Basta esa frase para sentir por Monje un profundo desprecio. Pero el tiempo
lo mostraría enfangando aun más su conducta y la de su partido.
La reunión fue penosa en sí, no tanto por el impacto emocional
que había provocado entre los compañeros bolivianos, sino más
bien por su actitud y sus conceptos que lo retrataron como cobarde, traidor
y chauvinista. Esa noche se hizo un brindis. Yo no estuve, porque a esa hora,
cuando en la ciudad estaban anunciando con cohetes y campanas al vuelo el advenimiento
del año 1967, me tocaba hacer posta. Los compañeros me contaban
que Monje, alzando su copa, afirmó que allí en Ñancahuazú
se iniciaba una nueva gesta libertaria y deseó éxito a nuestra
guerrilla. El Ché respondió que efectivamente se iniciaba una
nueva gesta libertaria y que este grito de independencia era similar al que
había iniciado Pedro Domínguez Murillo. Tal vez muchos, dijo Ramón,
no lleguen a ver el triunfo final. Pero para triunfar hay que dar la primera
batalla. Y ese momento ha llegado, agregó.
-Éste es un grupo decidido a combatir, no como soldados suicidas, sino
como hombres que saben que obtendrán la victoria. Pero aun suponiendo
que en esta etapa no se logre el triunfo definitivo, estamos seguros que este
grito de rebeldía llegará al pueblo. A la mañana siguiente
Monje se despidió abruptamente. El Ché lo invitó a quedarse
hasta la tarde, hora en que regresaba el jeep a la ciudad.
-¿Qué vas a hacer solo en el primer campamento? - le preguntó.
-Prefiero estar solo allá, respondió Monje.
Era evidente que estaba nervioso y no se atrevía a quedarse con nosotros
porque se sentía incómodo. En la tarde el Ché nos reunió
a todos y nos explicó la actitud de Monje, sus exigencias, y la forma
en que había forzado la ruptura. Dirigiéndose a los combatientes
bolivianos anunció:
-Especialmente para ustedes vendrán días difíciles, momentos
de angustia moral, conflictos emocionales. Puede ser que en algún momento
de la lucha recuerden este episodio, la falta de apoyo del Partido y piensen
que a lo mejor el PC tiene razón. “Mediten mucho. Todavía
es tiempo. Más tarde será imposible. A los que tengan problemas
trataremos de solucionárselos mediante la discusión colectiva
o a través de los comentarios”. En esa misma oportunidad nos comunicó
que contactaría con todas las fuerzas que quisieran incorporarse a la
revolución.
Le informé plenamente a Ramón la conversación que Monje
había tenido con nosotros y las objeciones que hacía.
-Son las mismas que me hizo a mí, contestó.
Luego me dio a conocer otros detalles que no aparecen consignados en su Diario.
El diálogo, tal como me lo contó Ramón, lo recuerdo claramente:
MONJE: Mientras la guerrilla se desarrolle en Bolivia exijo la dirección
total. Si la lucha se efectuara en Argentina estoy dispuesto a ir contigo aunque
nomás fuera para cargarte la mochila. Pero mientras estemos aquí
en Bolivia el mando absoluto lo debo tener yo.
Ché: Esto es un criterio estrecho y absurdo respecto al internacionalismo
proletario. El tipo de lucha que estamos planteando sobrepasa los marcos nacionales.
Aun cuando estuviera dentro de ese esquema ¿crees tú que es una
posición marxista exigir el mando como un derecho de nacionalidad? Tú
estás equivocado. Eso no es internacionalismo proletario. Te voy a poner
el siguiente ejemplo: si Fidel fuera a Argentina a iniciar la guerra, yo me
pondría de nuevo incondicionalmente a las órdenes de Fidel, por
la posición histórica que él tiene, y porque tú
bien sabes que lo considero mi maestro. Por ese mismo cariño y respeto
que yo tengo a Fidel aceptaría gustoso su mando. ¿O crees que
haría cuestión de nacionalidad? Esa misma relación existe
entre tú y yo. Las circunstancias históricas me han situado en
determinado lugar. Tengo una experiencia militar que tú no tienes. Tú
no has participado en ninguna. Ahora te pregunto: ¿tendrías la
misma posición si en este momento no estuviera yo contigo aquí
en Ñancahuazú sino Malinovski?
MONJE: Ni aun cuando viniera Lenin. Mi conducta sería la misma. Irónicamente
el Ché replicó.
Ché: Si estuviera Malinovski aquí estarías hablando en
otros términos.
En otro momento de la conversación Ramón le dijo con firmeza:
Ché: yo ya estoy aquí, y de aquí sólo me sacan
muerto;
Este es nuestro territorio.
Cada vez que se le terminaban los armamentos, Monje volvía al círculo
vicioso del mando total y a la categoría de "extranjero" de
Ramón y enredando sus propias contradicciones e inseguridades que se
aprecian claramente en sus diálogos. Más adelante la conversación
continuó así:
Ché: Bien, el problema es de mando efectivo. Imagínate que tú
seas el jefe de la guerrilla. Pero ¿qué pasará cuando se
sepa que aquí están Ché Guevara y Mario Monje? Nadie va
a creer que Mario Monje está dirigiendo la guerrilla y que Ché
Guevara está a las órdenes de Monje. Independientemente de que
eso fuera así, todo el mundo sabe que yo tengo mas capacidad que tú
para dirigir esta columna. La falsa modestia no nos conduce a nada. Tú
puedes aparecer como jefe, firmar todos los comunicados en nombre de nosotros,
pero la dirección real y efectiva la tengo yo.
MONJE: La dirección tiene que ser real y desde el principio debe estar
en mis manos. Por mi falta de experiencia te pediré consejo y asesoramiento
hasta que yo adquiera capacidad de dirección y pueda hacerme cargo solo
de Ia guerrilla. Tú puedes ser mi asesor más importante.
Ché: Aquí no soy asesor de nadie. No soy partidario de eludir
las responsabilidades y un asesoramiento significa eso: eludir responsabilidades.
Nunca me consideré asesor.
MONJE: Pero es ridículo que yo aparente ser jefe. Tú sabes que
la CIA puede infiltrar esta guerrilla y el agente de la CIA se dará cuenta
inmediatamente de que yo no soy el jefe efectivo. Esa noticia saldrá
afuera y todo el mundo pensará que soy un "monigote".
Ché: Sí de eso se trata estoy dispuesto a levantarme todas las
mañanas, cuadrarme delante de ti en presencia de la tropa y pedirte las
instrucciones para dejar satisfecho al agente de la CIA.
A pesar de la actitud a veces agresiva de Monje, Ché mantuvo siempre
gran serenidad. Cuando Monje le planteó que renunciaría al Partido,
le contestó que ése sería un problema personal, pero que
lo consideraba un error, porque protegía el nombre de quienes debían
ser condenados históricamente por su posición claudicante.
También aceptó que Monje solicitara ayuda a otros partidos comunistas
latinoamericanos para la lucha guerrillera aunque le advirtió que era
una gestión inútil, condenada al fracaso; le dijo:
-Pedirle a esos partidos que colaboren con la lucha armada es exigirles que
renuncien a su razón de existir; solicitarle a Codovilla que apoye a
Douglas Bravo es igual que exigirle que perdone un alzamiento dentro de su partido.
Otro aspecto conflictivo tratado en esa oportunidad fue la contactación
con el grupo de Moisés Guevara. Monje se oponía tenazmente pero
sólo daba razones de tipo partidario sin consistencia. Calificaba a Moisés
como un "pro-chino". Eso bastaba para estigmatizarlo. Ché le
planteó a Monje:
-¿Por qué tienes esa posición tan sectaria? Nuestra guerrilla
debe abrirles las puertas a todos los que quieran participar. Tenemos una concepción
de la toma del poder revolucionario y si hay gente honesta que coincide con
nosotros no debemos rechazarla. Es absurdo asustarnos porque el poder para el
pueblo lo tome, en determinado momento, un grupo que se llame tal o cual cosa.
Del seno de la lucha armada surgirán los nuevos dirigentes y no es justo
tener prejuicios al respecto, pues la dirección la asumirán siempre
los más consecuentes.
"La convivencia diaria, las batallas que se dan juntos, el permanente jugarse
la vida, va desarrollando una hermandad de sangre, mejora a los hombres, los
convierte en seres más honestos, más puros. Así como hay
gente buena y mala dentro de lo que tú llamas "pro-chinos",
también hay gente buena y mala dentro del PC.
El tiempo daría la razón al Ché y reivindicaría
a Moisés Guevara. En cambio condenaría como traidores y cobardes
a Monje y los otros dirigentes claudicantes. Moisés Guevara era un hombre
honesto. Dirigente minero combativo, querido por sus bases, amaba la revolución.
Se incorporó al Partido Comunista Pro-Chino convencido de que Zamora
y su dirección sinceramente se incorporarían a la lucha armada,
con un contingente proletario numeroso. Pronto se dio cuenta de que Zamora era
tan oportunista y falso como otros autodenominados "vanguardistas".
Sin embargo dentro del Partido peleó por el cumplimiento de las promesas
que se hacían al pueblo: iniciar la lucha armada. En una conferencia
partidaria realizada en Huanani, precisamente la zona donde Moisés tenía
mayor ascendiente, el PC pro-chino lo expulsó, acusándolo de estar
en "contubernio con la camarilla de Monje" para ingresar a la guerrilla.
Aunque la incorporación de Guevara y otros compañeros de ese grupo
se produce mientras nosotros realizábamos la marcha de exploración
con el Ché, es necesario examinar este problema en el presente capítulo.
La gente que trabajaba con nosotros en la ciudad había contactado a Moisés
a mediados de 1966. Él se había comprometido a entrar al monte
con veinte hombres. Después del regreso de Monje desde Ñancahuazú,
Ramón decide hablar directamente con Guevara, y exigirle que su incorporación
debe ser incondicional, incluyendo la disolución de su grupo. Existía
un leve temor de que en algún instante pudieran producirse roces entre
estos compañeros y los que ya estábamos dentro, por las discrepancias
chino-soviéticas.
Moisés llegó a nuestro campamento y conversó con el Ché.
Con una modestia y sinceridad extraordinarias, planteó: "Yo no vengo
aquí a poner condiciones, sino a solicitar mi ingreso como un soldado
más. Para mí es un honor combatir al lado del Ché, el revolucionario
que más admiro."
La conducta de Moisés fue magnífica. Nunca hubo problemas con
él, y ese temor de que afloraran discrepancias políticas se disipó
inmediatamente. Se produjo lo que el Ché había previsto: la lucha
hermana a los hombres, desarrolla los sentimientos solidarios y fortalece la
ideología. Murió meses más tarde, combatiendo heroicamente
junto al grupo de Joaquín.
Distinto fue el destino de Zamora. El hombre que aparecía como ultrarrevolucionario
condenó a los que ingresaban a la guerrilla. El Ché también
tenía un juicio formado sobre Zamora. En La Habana, cuando aún
desempeñaba su cargo de Ministro de Industrias, había conversado
durante un tiempo con él. Zamora, militante del PC, le contó al
Ché que volvería a La Paz a dividir el Partido y que formaría
otro porque el PCB era incapaz de hacer la revolución.
Ramón le manifestó: "La división del Partido para
formar otro no tiene objeto, es inútil, no contribuye en nada al desarrollo
de la lucha armada. Muchas veces esos grupos son los más sectarios o
los más obcecados enemigos de la guerrilla o de cualquier otro tipo de
lucha que no se ajuste exactamente el pensamiento de Mao.
"Yo estoy de acuerdo que un grupo se separe del Partido si evidentemente
va a ingresar a la lucha armada porque el Partido mantiene una posición
claudicante. Pero la división porque sí se llama simplemente politiquería.
Zamora obtuvo el ofrecimiento de valiosa ayuda para desarrollar la lucha armada.
Incluso si empezaba los trabajos se le asignaría, como un colaborador
importante, un hombre que más tarde continuaría jugando un gran
papel en el trabajo de preparación del foco guerrillero: Ricardo. Ché
pensaba que las condiciones objetivas y subjetivas más ricas para iniciar
la lucha de liberación en el cono sur del continente estaban en Bolivia.
Allí iba a partir a mediados de 1965, luego de finalizar su gira por
Asia y África.
Pero a pesar de tener gente de experiencia a su lado Zamora se preocupó
más de dividir al PCB y a desatar rencillas de tipo personal, que en
dedicarse honestamente a la preparación de un trabajo tan importante
y delicado. Desaprovechó esta oportunidad histórica, postergó
la apertura del foco y esterilizó la acción. Más tarde
tuvo la osadía de condenar a los militantes de su fracción que,
convirtiendo en realidad los planteamientos que formulaban, se incorporaron
con nosotros a la guerrilla.
La vergonzosa deserción del Partido Comunista
nos provocó graves problemas. En la ciudad nos quedamos prácticamente
sin organización. El trabajo de Coco, Loyola, Rodolfo y Tania era insuficiente
para atender nuestras necesidades, cada vez más crecientes.
Estábamos en los umbrales de la guerra y era necesario armar una red
clandestina que funcionara en La Paz, se ramificara a otras ciudades y pueblos
hasta desembocar en nuestro centro militar. Éstas eran las tareas asignadas
al PCB. Todavía teníamos que trasladar hasta el monte gran cantidad
de provisiones, armas y hombres que se integrarían a nuestra columna.
El trabajo de Coco y Rodolfo fue abrumador. Una serie de acontecimientos que
ocurren más tarde, aparecen como "errores tácticos".
La verdad es que no los hubo. Si tal situación se produjo fue por efecto
de la traición de Monje, que agravó su cobardía saboteando
la labor de los compañeros que no acataron sus órdenes y se integraron
lealmente a la lucha guerrillera. Un ejemplo: La finca donde estaba la Casa
de Calamina debía protegerse con una buena "fachada legal".
Ché era partidario de que allí se llevara un ingeniero agrónomo
para que hiciera producir, ya que era sospechoso que tan extensa propiedad sólo
estuviera cultivada por cinco hectáreas de maíz. En cada viaje
que venían compañeros de la ciudad, Ramón insistía
en el ingeniero agrónomo. La finca no era para nosotros una zona de operaciones.
Pero los compañeros no pudieron conseguir el agrónomo -problema
que tenía que solucionar el Partido- -, porque se dedicaron a atender
las necesidades más urgentes de la guerra.
El Ché decía: -Si la finca se "quema", que no sea por
culpa de nosotros. Que la descubra el ejército, pero nosotros no se la
entregaremos porque sí.
Por las razones explicadas, nunca se pudo dar a esa propiedad una fachada legal.
Por otra parte, cuando Coco regresa a la ciudad, después de dejar a Monje
nos informa de los primeros aprestos del Partido contra la guerrilla. El famoso
Estanislao, hombre que en entrenamiento militar había hecho un "pacto
de sangre" jurando no abandonar jamás la lucha armada, alertaba
al Comité Central diciendo que en Ñancahuazú había
un grupo armado que iniciaría la lucha guerrillera, formado por muchos
extranjeros y un núcleo de bolivianos.
Algunos miembros del Comité Central decidieron apoyar activamente nuestra
lucha, pero entonces Monje, esgrimiendo sus mejores recursos de politiquero
corrompido, tocó las fibras sectarias de los dirigentes del PCB y nos
acusó de ser "pro-chinos", fraccionalistas y enemigos del Partido
que se han aliado con la "camarilla de Zamora". Zamora por su parte
condenó a los guerrilleros por "fraccionalistas", revisionistas,
enemigos del Partido que se alían con la "camarilla de Monje".
¡Los enemigos irreconciliables unidos por su odio a la lucha armada de
liberación de Bolivia!
Pero la traición no tuvo límites. Monje y el PCB se movilizaron
por todo el país alertando a las bases contra el "grupo fraccional",
impidiendo con engaños que algunos militantes honrados se incorporasen
al trabajo en la ciudad e interceptaban a los hombres que regresaban al país
con entrenamiento militar y los convencieron de que no ingresasen a la guerrilla.
La conducta de los que estaban preparados para luchar y no lo hicieron por presión
del Partido no debe calificarse de debilidad ideológica, realmente fue
cobardía.
V) el monte: escuela para el
Hombre nuevo
Los problemas provocados por la deserción del Partido en el instante
que más precisábamos de él no fue obstáculo para
que nuestro grupo guerrillero elevara su moral y realizara trabajos preparatorios
que tenían carácter educativo.
El Ché estimaba que el hombre, cuando esta metido en el monte, proscribe
los hábitos de la ciudad, no sólo por la dureza con que se desarrolla
la lucha y falta de contacto con algunas formas culturales o de "civilización".
La vestimenta andrajosa, la falta de higiene personal, la comida escasa y a
veces primitiva, muchas veces la carencia de utensilios domésticos, obliga
al guerrillero a adoptar ciertas actitudes semi-salvajes.
Ché combatía con energía esta conducta y orientaba el trabajo
para estimular un espíritu constructivo y creador del guerrillero, la
preocupación por la ropa, las mochilas, los libros y todo lo que constituía
nuestros "bienes materiales". Por eso dirigió con cariño
las "obras públicas" del segundo campamento, ubicado a unos
ocho kilómetros de la Casa de Calamina. Rápidamente se construyeron
bancos, un horno para el pan, que estaba a cargo de Apolinar, y otro tipo de
"comodidades". Regularmente ordenaba lo que él bautizó
como "guardia vieja": una limpieza a fondo de todo el campamento.
Algunos periodistas y críticos de nuestra guerra han considerado que
ese campamento era la base de operaciones estables. Es una apreciación
falsa. Ramón nunca pensó quedarse ahí definitivamente.
Todo el trabajo realizado, con excepción de las cuevas estratégicas,
tuvo el carácter ya descrito: para que el hombre estuviera en permanente
actividad y no perdiera sus costumbres adquiridas.
Primera escuela de “cuadros”
Allí surgió también lo que podría denominarse la
primera "escuela de cuadros". Todos los días de 4 a 6 de la
tarde los compañeros más instruidos, encabezados por el Ché,
daban clases de gramática y aritmética, en tres niveles, historia
y geografía de Bolivia y temas de cultura general, además de clases
de lengua quechua. En la noche, a los que deseaban asistir voluntariamente (las
clases de la tarde eran obligatorias). Ché les enseñaba francés.
Otro tema al que le daba primerísima importancia era el estudio de la
Economía Política.
Frecuentemente nos señalaba el papel de "vanguardia de la vanguardia"
que tiene el guerrillero. Pero para hacer honor a esa denominación, afirmaba,
es necesario que ustedes se conviertan en cuadros dirigentes.
-El guerrillero, recalcaba Ramón, no es un simple tira-tiros.
Es el gobernante en potencia, el hombre que en algún momento se convertirá
en el conductor de su pueblo. Por eso debe estar preparado para cuando llegue
ese momento. Siempre buscaba la oportunidad para ponernos de ejemplo a Fidel
y la Revolución Cubana, especialmente cuando se refería a la necesidad
urgente de consolidar y desarrollar la revolución después de la
victoria.
-Cuando nosotros triunfamos y tomamos el poder en Cuba, nos decía, nos
encontramos con un problema más difícil que el de la guerra: no
teníamos gente capacitada para asumir responsabilidades. En un principio
los cargos burocráticos se designaron prácticamente "a dedo".
La rápida ruptura con el imperialismo nos mostró la dramática
realidad: nos faltaban expertos para dirigir la economía, las industrias,
la agricultura. Especialmente doloroso resultó comprender que no teníamos
gente preparada en niveles intermedios, para orientar y dirigir a la masa que
en contacto con la revolución había adquirido una sensibilidad
extraordinaria y estaba ansiosa de aprender. Nos faltaban cuadros, es decir,
hombres con un adecuado desarrollo político para interpretar las directivas
que emanaban del poder central, convertirlas en realidad, trasmitiéndolas
sin distorsiones a ese conglomerado de hombres y mujeres que tenían fe
en nosotros, y a la vez poseer la suficiente sensibilidad como para percibir
las manifestaciones más íntimas de ese núcleo humano y,
a su vez, darlas a conocer al poder central.
Para el Ché, el cuadro debía reunir, entre otras, las siguientes
cualidades:
-Gran valor físico y moral, desarrollo ideológico que le permita
defender con su vida los principios revolucionarios, capacidad de análisis
para tomar decisiones rápidas y adecuadas, sentido de la creación,
disciplina y fidelidad.
El Ché quería que nosotros nos desarrolláramos no tan sólo
como cuadros, sino también como hombres nuevos dentro del proceso de
la lucha guerrillera. Constantemente nos repetía que teníamos
que ser los mejores, el núcleo que debía convertirse en maestro
de los nuevos combatientes que se fueran incorporando.
Pero esa formación del '”hombre del futuro", la toma definitiva
de conciencia de clase que nos debía convertir en agente catalizador
de las aspiraciones e inquietudes de la masa, teníamos que adquirirla
en el transcurso de la guerra.
El Ché consideraba que el hombre es un ser fácilmente moldeable.
Esta verdad la había descubierto la sociedad capitalista, por eso nos
había educado en el respeto hacia el sistema. En las frecuentes conversaciones
que teníamos durante las caminatas o en las exploraciones, nos instaba
a eliminar las taras de la vieja sociedad decadente, "tomar conciencia".
La conciencia era para él un valor fundamental. Su definición
era breve y certera:
-No puede verse el comunismo meramente como un resultado de contradicciones
de clase en una sociedad de alto desarrollo, que fueran a resolverse en una
etapa de transición para alcanzar la cumbre; el hombre es un actor consciente
de la historia. Sin esta conciencia, que engloba la de su ser social, no puede
haber comunismo.
La toma de conciencia que significa romper las cadenas que atan al hombre con
la sociedad decadente, equivale a su realización plena como criatura
humana.
Otro de los rasgos que estimulaba era el amor hacia sus semejantes.
A mi juicio uno de los trabajos que retrata mejor al Ché como hombre,
como político revolucionario, como el hermano más generoso de
los pueblos oprimidos, es "El Socialismo y el Hombre en Cuba" en el
que plantea:
"Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario
verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible
pensar en un revolucionario auténtico sin esa cualidad. Quizás
sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe reunir a un espíritu
apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se le
contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que
idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo
único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de
cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita."
Ché fue generoso siempre. Fuimos testigos de cómo trató
sin rencor a los soldados enemigos, curó sus heridas aun restando medicamentos
a nuestra propia gente, les dio trato digno y justo. Más tarde ellos,
animalizados por el imperialismo, responderían a este gesto asesinándolo
cobardemente.
Las lecciones del Ché estén vigentes y creemos que se plasmarán
en los hombres del E.L.N., el ejército que él fundó.
VI) el nacimiento del ELN
En vísperas de la caminata que se inició el 1º de febrero,
cuya duración estaba programada para aproximadamente 20 días,
ya se podía hablar de un núcleo guerrillero vertebrado, que se
dividía en vanguardia, centro y retaguardia. A mediados de diciembre
Ché había hecho los primeros nombramientos, que recayeron en Joaquín
como segundo jefe militar, y jefe de la retaguardia, Marcos jefe de la vanguardia,
Alejandro como jefe de operaciones; Pombo de servicios; Ñato de abastecimientos
y armamento y Rolando y yo como comisarios políticos. Además se
me encargaron las tareas de finanzas. Moro fue designado jefe de los servicios
médicos. De esta manera, al iniciar nuestra larga exploración,
la columna ya estaba estructurada, para rendir su primera prueba de fuego. Los
objetivos que el Ché había planteado para esta maniobra militar
eran los siguientes.
-Dar un fuerte entrenamiento al núcleo guerrillero para que adquiriera
experiencia, se endureciera, aprendiera a sobrevivir en las condiciones más
difíciles, conociendo lo que es el hambre, la sed, la falta de sueño,
las caminatas agotadoras de día y de noche, y al mismo tiempo aprender
en el terreno nociones tácticas más profundas.
-Examinar las posibilidades de formación de núcleos campesinos,
contactándonos con ellos para explicarles el objetivo de nuestra lucha.
Ramón estaba plenamente consciente de que en el primer momento el campesinado
tiene más bien una actitud de desconfianza, que en la segunda etapa mantiene
una posición de neutralidad, y en la tercera, cuando la guerrilla se
desarrolla, está francamente de parte de las fuerzas liberadoras. Por
lo tanto debíamos pasar por la experiencia de la primera etapa y tratar
de formar bases de apoyo en el campo, aun cuando fueran débiles. Estamos
seguros que, de sobrepasar ese período, los campesinos habrían
estado de parte nuestra, como indudablemente ocurrirá en el futuro.
-Por último, conocer en detalle el terreno en el cual íbamos a
operar. Desde el momento en que el Ché ingresó al monte con otros
dos compañeros las perspectivas de combatir eran inmediatas. En ningún
instante se planteó la disyuntiva de que nos fueran a apresar mansamente,
sin oponer resistencia.
Por eso destinó cuatro compañeros para la defensa del campamento
principal, a pesar de que éste no tenía características
de "base de operaciones". Ellos fueron Arturo, Ñato, Camba
y Antonio. Coco se quedó en la casa de Calamina, esperando a Moisés
Guevara y sus hombres. Previniendo la posibilidad de una sorpresa dejó
un plan de emergencia, una forma de alarma para advertir si había ocurrido
algún ataque, instrucciones para la retirada, un esquema del recorrido
que nosotros haríamos, y por último, recomendó que cada
uno de los hombres llevara siempre dinero de reserva consigo.
Desde el principio la exploración fue durísima, un adelanto de
lo que vendría más tarde. En los primeros días muchos compañeros
quedaron prácticamente sin zapatos y la ropa se fue destrozando lentamente.
La zona estaba prácticamente deshabitada, a pesar de que en los mapas
oficiales estaban marcadas varias casas. El día 10 de febrero establecimos
contacto con el primer campesino. Resultó ser Honorato Rojas, un hombre
al que Ramón calificó inmediatamente de "potencialmente peligroso".
Más tarde Honorato Rojas se convertiría en un delator y principal
colaborador del ejército en la emboscada en la que perdieron la vida
Joaquín y el grupo de la retaguardia. Yo me presenté a Rojas como
"cazador" y el Ché asistió en carácter de "ayudante"
mío. Moro, nuestro médico, curó a los hijos del campesino
que tenían gusanos en distintas partes del cuerpo. Incluso uno de ellos
tenía varios hematomas, producto de una patada que le había dado
una yegua. Después de pedirle datos sobre casas por la cercanía,
ubicación de otros campesinos, posibilidades de comprar alimentos, etc.,
nos despedimos, comprometiéndose él a colaborar con nosotros.
La idea del Ché era llegar hasta el río Masicurí, para
que viéramos a los soldados, decisión sicológica importante,
aunque no deberíamos entablar combate con ellos en esos momentos.
Casi al terminar el mes ocurren dos hechos dolorosos: el primero de carácter
conflictivo y el segundo, la pérdida de uno de nuestros hombres antes
de combatir. Dos compañeros, Marcos y Pacho, tuvieron un incidente de
proporciones, motivado no solamente por el carácter de ambos, sino también
por las condiciones en que íbamos marchando, con alguna gente enferma,
sin comida, en condiciones que durante algunos días fueron infernales.
Me tocó conocer el problema, pues en mi carácter de comisario
político junto con Rolando debía intervenir en la solución
de ellos. Un mes más tarde el Ché conocería de otras actitudes
de Marcos y lo amenazó con expulsarlo deshonestamente de la guerrilla.
Marcos contestó que antes prefería morir fusilado. Por desgracia
el Diario del Ché es sólo la recopilación de apuntes para
su uso personal donde consignaba fundamentalmente los errores que debían
corregirse. Por eso no colocó algunos hechos que demuestran la firmeza
ideológica y el coraje de los compañeros.
Después de estos incidentes en que Marcos fue sustituido de la vanguardia,
mantuvo una conducta de absoluta disciplina, y se empeñó por ser
el mejor de todos. Incluso se destacaba por cargar, en condiciones cada vez
más difíciles, la mochila más pesada, y además de
su fusil Garand, una ametralladora 30. Marcos y Pacho murieron combatiendo heroicamente,
convirtiéndose en hombres ejemplares y queridos. El otro hecho penoso
fue la muerte de Benjamín, un joven boliviano de físico muy débil;
sin embargo tenía un carácter fuerte, una posición ideológica
muy desarrollada, y una decisión inquebrantable de defender con su vida
nuestros ideales. Ché quería mucho a Benjamín, y en los
meses que permaneció con nosotros, siempre lo estimuló a seguir
adelante. En el Río Grande Benjamín caminaba muy agotado y tenía
dificultades con su mochila. Cuando marchábamos por una faralla hizo
un movimiento brusco y cayó al río que iba muy crecido, y con
fuerte corriente. No tuvo fuerzas para dar unas cuantas brazadas. Corrimos a
salvarlo e incluso Rolando se tiró al agua y buceó tratando de
rescatarlo. No lo pudimos ubicar. Estos problemas hicieron impacto en nosotros.
Fue allí cuando afloró nuevamente el genio del Ché quien
nos dio lecciones de solidaridad, disciplina y moral.
Las principales armas de un ejército revolucionario
En los momentos más angustiosos nos decía:
-Las principales armas de un ejército revolucionario son su moral y disciplina.
La moral tiene dos sentidos: uno ético y otro heroico. En nuestros guerrilleros
deben reunirse las dos condiciones. Ustedes, por ejemplo, no pueden saquear
una población si ésta cae en poder de nosotros, ni maltratar a
sus habitantes, ni faltarles el respeto a las mujeres. Esto en lo ético.
En el sentido heroico es la decisión que debe tener cada uno de ustedes
para vencer, para combatir hasta la muerte en defensa de la revolución.
Ésa es la fuerza que nos llevará a realizar las más extraordinarias
hazañas. A estas dos condiciones hay que agregar la disciplina, que no
es la tradicional, la que ustedes han podido apreciar en los ejércitos
represivos. Disciplina para nosotros no es cuadrarse ante un superior jerárquico.
Ésta es una actitud extrema, formal, automática. Nuestra disciplina
es consciente, motorizada por una ideología. Ustedes saben por qué
luchan, por qué aspiran a tomar el poder. Los soldados de los ejércitos
represivos son entes fríos, mecánicos, vacíos por dentro.
Ésa es la diferencia entre ellos y nosotros. Y esa diferencia radica
en que ellos no tienen conciencia de lucha. Nosotros sí la tenemos.
También estimulaba el desarrollo de la solidaridad entre nosotros. En
una oportunidad nos dijo:
-Es nuestro deber rescatar a los guerrilleros muertos y darles sepultura. Pero
si por esa acción se va a perder otra vida, nadie debe correr ese riesgo.
Con nuestros heridos la sensibilidad debe ser mayor. Debemos jugamos por rescatarlos.
El esfuerzo por salvarlos debe ser real. La solidaridad entre los combatientes
es una muestra acabada de humanismo.
Estas conversaciones se realizaban cada vez que hacíamos un alto en la
marcha o cuando nos reuníamos en tomo a una fogata a comer una alimentación
pobre de proteínas.
Durante la exploración el Ché se enfermó. Sin embargo nos
estimulaba con su ejemplo. Nosotros sabíamos que iba mal, pero él
continuaba sin ceder un instante, con una voluntad férrea. Incluso se
enojaba cuando tratábamos de atenderlo o aliviarlo o si el cocinero trataba
de darle preferencia en la comida, o si veía que se le cambiaban las
postas por horarios más cómodos.
Hombre sensible, la muerte de Benjamín también lo golpeó.
Por eso habló nuevamente de la necesidad de recibir estos hechos con
estoicismo como un riesgo de la guerra.
-No deben desmoralizarse recalcó. Hay ocasiones en que parece que las
energías hubieran llegado al límite de nuestras fuerzas. Es entonces
cuando ustedes deben apelar con energía a su voluntad y dar un paso más.
Después de eso otro y otro, sin detenerse nunca.
Una anécdota de la que fui testigo muestra otra de las ricas facetas
de su personalidad. Por desgracia ella tampoco aparece reflejada en su Diario.
El 5 de febrero la vanguardia encontró dos animales: una yegua y un potrillo.
Como no había casas a muchos kilómetros de distancia, entendíamos
que esos animales no tenían dueño. Seguramente algún arriero
pasó por aquí con su tropilla y los animales se extraviaron, quedándose
en el monte. El hambre que pasamos en el período subsiguiente fue tan
grande que muchos hicimos comentarios de que regresando, los mataríamos
para comerlos. Ese comentario se convirtió luego en una actitud mental,
una especie de obsesión que nos intranquilizaba. Ché había
dicho que esos animales los llevaríamos a la finca para emplearlos en
labores agrícolas, ya que veía los acontecimientos con perspectivas
futuras. Faltando tres días para volver al campamento, hinchados por
la carencia de proteínas, de grasas, hambrientos, cansados, el problema
de los animales recrudeció. Hubo un instante en que el Ché amenazó
a dos compañeros con dejarlos sin comer si volvían a insistir
en el tema, sobre todo porque ya estábamos cerca de nuestro destino.
Él deseaba que nos forjáramos un carácter tal que nos permitiera
vencer todos los obstáculos, especialmente éste que podría
presentarse más adelante.
Algunos compañeros salieron a cazar pero sólo mataron unos pocos
pajaritos. En estas circunstancias Ché cambió de actitud y ordenó
matar al potrillo para que toda nuestra gente repusiera sus energías.
¿Qué significa esto? Simplemente que el Ché era un hombre
de buen criterio, que sabía analizar con serenidad todas las circunstancias
y resolver con justicia los problemas. No era un hombre obcecado que defendiera
porque sí las decisiones. Sabía cambiarlas si a su vez las circunstancias
se modificaban. La pérdida de otro hombre -Carlos-, volvió a entristecemos.
Era un combatiente que pertenecía a la retaguardia. De él dice
el Ché en su Diario:
"Hasta este momento era considerado el mejor hombre de los bolivianos,
en la retaguardia, por su serenidad, seriedad y entusiasmo."
Su muerte fue similar a la de Benjamín. Cruzando el Río Grande
en la desembocadura del Ñancahuazú, la balsa fue arrastrada por
la fuerte corriente. Un remolino lo sacó con violencia, junto a Braulio,
y se perdieron en las aguas turbias del río. Braulio se salvó,
Carlos fue arrastrado, al parecer inconsciente. Joaquín, que había
salido más adelante con el resto de la gente de la retaguardia, no lo
vio pasar.
El Ché conoció esta nueva pérdida luego que Miguel y Tuma,
que se habían adelantado para llevar comida a la gente de la retaguardia
comandada por Joaquín, regresaron de su misión. Habíamos
perdido otro hombre sin entrar en combate. Esta experiencia lamentable también
fue aprovechada para sacar conclusiones y estimular a los compañeros
a que siguieran adelante sin vacilaciones. En una de sus frecuentes charlas
en este período subrayó:
Vencer a la naturaleza, sin desafiarla ciegamente
-A la naturaleza hay que vencerla. El hombre siempre triunfará sobre
ella. Pero no hay que desafiarla ciegamente. La valentía debe estimularse
siempre que no se convierta en imprudencia. En esta oportunidad el río
venía muy crecido, con una corriente violenta. Tal vez se pudo esperar
mejores condiciones. En todo caso en el futuro debe tenerse en cuenta esta situación.
El 19 de marzo tuvimos el primer presagio de que algo importante ocurriría
al ver una avioneta que sobrevolaba en insistente misión de reconocimiento
por la zona. Casi al llegar al campamento Ché se encontró con
el Negro (el médico peruano que venía a quedarse con nosotros)
y con Benigno, quien se había adelantado para llevarnos comida. Las noticias
que nos dieron fueron nutridas. En el campamento principal estaban esperándonos
Debray, el Chino, Tania, Bustos y Guevara, con los nuevos combatientes. El ejército
había atacado nuestra finca después que dos hombres habían
desertado entregando valiosa información, luego de ser apresados en Camiri.
Es necesario referirse a los desertores con el objeto de trasmitir nuestra experiencia
a otros revolucionarios latinoamericanos: A la guerrilla se ingresa en muchas
ocasiones con escasa preparación ideológica, motivados por las
hazañas épicas, episodios heroicos o simplemente por intuición
político-militar. Se produce entonces un proceso de idealización
falsa de la lucha y de la vida guerrillera, fenómeno que se acentúa
más entre los estudiantes, universitarios especialmente. Se tiene la
equivocada impresión de que el guerrillero está cómodamente
instalado en su campamento, durmiendo en una hamaca, comiendo poco. Desde allí
planifica una batalla, se enfrenta con el ejército, alza sus muertos
y heridos y regresa al campamento a reponer energías. Por eso cuando
llegan y se enfrentan con la realidad, sufren un fuerte impacto. Eso no es lo
que ellos pensaban, una vida extremadamente dura, el constante "gondoleo"
o tareas de constructor, la carga pesada de la mochila que a veces dobla las
piernas, el hambre que a veces se clava en el estómago como un cuchillo
afilado, las caminatas largas por terrenos difíciles, y la siempre latente
posibilidad de encontrar soldados emboscados, influye en la mente de esa gente
débil ideológicamente. Por eso es necesario tener un criterio
muy selectivo en el reclutamiento de hombres para la guerrillas teniendo siempre
en cuenta que ésta es la "vanguardia de la vanguardia".
Tal cosa ocurrió con algunos hombres. La realidad los asustó y
desertaron. Un desertor siempre es un delator en potencia. Cuando llegaron a
Camiri el ejército los detuvo presumiendo que venían de la finca
donde ellos creían que se fabricaba cocaína. Lo demás es
conocido como para abundar en detalles: hablaron, dijeron que había un
grupo alzado pero no pudieron dar mayores antecedentes, porque nosotros estábamos
en exploración y ellos no nos vieron. Sin embargo entregaron algunos
indicios de que en Nacahuazú podía estar el Ché, pues habían
escuchado algunas infidencias. También sabían que habían
hombres de otras nacionalidades.
Ramón conversó con el Chino, que venia a incorporarse con otros
tres compañeros peruanos a nuestro grupo guerrillero el día 20
de marzo, el Ché me relató más tarde aspectos sobresalientes
de esta charla, y profundizó la idea sobre algunas cuestiones tácticas
con relación a la continentalidad de la lucha, y la conducta que debía
seguirse en ese momento. El Chino planteó entrenarse con nosotros en
forma práctica, participando en algunos combates, para luego alzarse
en el Perú. En su Diario Ramón explica escuetamente:
"Hablé preliminarmente con el Chino. Pide cinco mil dólares
mensuales durante diez meses y de La Habana le dijeron que discutiera conmigo.
.. Le dije que en un principio si, sujeto a que en seis meses se alzara. Piensa
hacerlo con 15 hombres y él como jefe en la zona de Ayacucho. Convinimos
además, en que le recibiría cinco hombres ahora y quince más
con algún lapso y los enviaría con sus armas luego de entrenarlos
en combate."
Ché tampoco quería que la Internacionalización de la lucha
trascendiera rápidamente los ámbitos bolivianos, y se conociera
su presencia allí por razones puramente tácticas. En diversas
conversaciones me dijo que si el imperialismo ignora en la primera etapa su
presencia, y la composición de la guerrilla, sólo iba a entregar
armas y "asesoramiento" al ejército. Sin embargo si conocía
en forma inmediata las perspectivas de la lucha entraría con todas sus
fuerzas en forma directa como lo ha hecho en Vietnam para aplastar el foco en
su embrión.
-Esto ocurrirá tarde o temprano -decía el Ché-, pero mientras
más se retrase tanto mejor. Ello nos permitirá foguearnos, adquirir
experiencia, endurecer nuestras fuerzas y convertirlas en un núcleo mucho
más eficiente.
"Sabemos que finalmente enfrentaremos en forma directa al ejército
imperialista, pero de todas maneras es necesario por ahora, tomar ciertas medidas
de tipo táctico. Independientemente de esa cuestión, si es necesario
enfrentar ahora al ejército imperialista, lo haremos sin vacilaciones.
Hasta la víspera de nuestro primer combate guerrillero -la emboscada
de Ñancahuazu- nuestra columna no tenía nombre. Existía
como un ejército diminuto, pero decidido a dar batalla, en cualquier
instante. Es cierto que todavía se observaban algunas debilidades, pero
éstas eran producto de su incipiente formación. Sin embargo ya
habíamos tenido una prueba de fuego durante la marcha de 47 días
que endureció a nuestros hombres y afloró en toda su inmensa realidad
las características de la lucha, que tendría dimensiones épicas.
Los lineamientos programáticos de nuestro núcleo se habían
estudiado suficientemente durante nuestra marcha de exploración, de manera
que todos conocíamos por qué pelearíamos, y cuales eran
nuestras perspectivas futuras. Sin embargo el Ché, en una actitud pedagógica
característica en él, decidió dictarnos un manifiesto que
se distinguía por carecer de todo tipo de signos gramaticales. Cada vez
que se refería a nuestra guerrilla dejaba un espacio en blanco, con el
objeto de que nosotros la "bautizáramos". Su explicación
fue la siguiente:
-Este manifiesto que les he dictado tiene dos objetivos: el primero tiene carácter
de cultura general (ustedes deben poner la puntuación y corregir la redacción);
el segundo tiene carácter político. Es necesario que lo lean bien,
agreguen antecedentes, eliminen lo que crean conveniente, definan qué
somos y para qué estamos aquí. Por último coloquen el nombre
que tendrá nuestro ejército.
Durante la exploración continuamos con cierta irregularidad nuestros
estudios habituales, pero no fue posible examinar debidamente el documento.
De regreso encontramos que los acontecimientos se precipitaban aceleradamente:
Llegaron los visitantes, entró el ejército a la finca, y luego
se produjo la primera emboscada netamente exitosa para nosotros. Fue entonces
cuando hubo necesidad de divulgar nuestro primer manifiesto, redactado completamente
por el Ché, y que por su valor histórico lo reproducimos íntegramente:
D XVII Comunicado Nº 1 AL PUEBLO BOLIVIANO
Frente a la mentira reaccionaria, la verdad revolucionaria.
El grupo de gorilas usurpadores, tras asesinar obreros y preparar el terreno
para la entrega total de nuestras riquezas al imperialismo norteamericano, se
burló del pueblo con una farsa comicial. Cuando llega la hora de la verdad
y el pueblo se alza en armas respondiendo a la usurpación armada con
la lucha armada, pretende seguir su torneo de mentiras.
En la madrugada del 23/III fuerzas de la IV División, con acantonamiento
en Camiri, en número aproximado de 35 hombres al mando del mayor Hernán
Plata Ríos se internaron en territorio guerrillero por el cauce del río
Ñancahuazu. Si grupo íntegro cayó en una emboscada tendida
por nuestras fuerzas. Como resultado de la acción quedaron en nuestro
poder 25 armas de todo tipo, incluyendo 3 morteros de 60 mm con su dotación
de obuses, abundante parque y equipos. Las bajas enemigas fueron siete muertos,
entre ellos un teniente, y catorce prisioneros, cinco de los cuales resultaron
heridos en el choque, siendo atendidos por nuestros servicios sanitarios, con
la mayor eficiencia que permiten nuestros medios. Todos los prisioneros fueron
puestos en libertad previa explicación de los ideales de nuestro movimiento.
La lista de bajas enemigas es la siguiente:
Muertos: Pedro Romero, Rubén Amézaga, Juan Alvarado, Cecilio Márquez,
Amador Almasán, Santiago Gallardo, y el delator y guía del ejército
apellidado Vargas.
Prisioneros: Mayor Hernán Plata Ríos, Cap. Eugenio Silva, soldados
Edgar Torrico Panoso, Lido Machicado Toledo, Gabriel Durán Escobar, Armando
Martínez Sánchez, Felipe Bravo Siles, Juan Ramón Martínez,
Leoncio Espinoza Posada, Miguel Rivero, Eleuterio Sánchez, Adalberto
Martínez, Eduardo Rivera y Guido Terceros. Los cinco últimamente
nombrados resultaron heridos.
Al hacer pública la primera acción de guerra establecemos lo que
será norma de nuestro ejército: La verdad revolucionaria. Nuestros
hechos demostraron la justeza de nuestras palabras. Lamentamos la sangre inocente
derramada por los soldados caídos, pero con morteros y ametralladoras
no se hacen pacíficos viaductos, como afirman los fantoches de uniformes
galonados, pretendiendo crearnos la leyenda de vulgares asesinos. Tampoco hubo
ni habrá un solo campesino que pueda quejarse de nuestro trato y de la
forma de obtener abastecimientos salvo los que, traicionando a su clase, se
presten a servir de guías o delatores.
Están abiertas las hostilidades. En comunicados futuros fijaremos nítidamente
nuestra posición revolucionaria; hoy hacemos un llamado a obreros, campesinos,
intelectuales, a todos los que sientan que ha llegado la hora de responder a
la violencia con la violencia y de rescatar un país vendido en tajadas
a los monopolios yanquis y elevar el nivel de vida de nuestro pueblo. EJERCITO
DE LIBERACION DE BOLIVIA
De acuerdo con los planteamientos tácticos formulados desde un principio
por el Ché el documento estaba dirigido "al pueblo boliviano",
denunciaba que el país estaba "vendido en tajadas a los monopolios
yanquis" y entregaba una relación estrictamente verdadera de lo
ocurrido. Estaba fechado el 23 de marzo de 1967 y lo firmaba el "Ejército
de Liberación Nacional de Bolivia". Más tarde otros comunicados
se abreviaron firmando simplemente "E.L.N.".
Los acontecimientos guerrilleros que conmovieron a la opinión pública
durante los ocho meses siguientes popularizaron el nombre de "E.L.N.",
su denominación actual.
En los documentos falta nuestra consigna de ¡VICTORIA O MUERTE! creada
también por el Ché. Ella no es una simple frase. Tiene una motivación
muy importante que fue desarrollada de esta manera por Ramón:
El pueblo tiene una sola alternativa: la victoria. Nuestros enemigos también
tienen una sola alternativa: la muerte. Podemos ser vencidos, o nuestra lucha
puede sufrir tropiezos, pero independientemente de esas dificultades transitorias,
el pueblo vencerá. Ésta es una verdad indiscutible. La alternativa
de victoria o muerte -ambas- son para nosotros, los guerrilleros. Podemos llegar
a ver el triunfo final, o podemos caer en el camino, Pero si morimos la lucha
seguirá adelante sin detenerse.
VII) Los primeros combates
El programa preliminar del Ché, descansar varios días, para reponer
energías mientras se entrenaban loa nuevos compañeros, fue bruscamente
alterado. El 17 de marzo alrededor de 60 soldados se habían metido por
el camino de Algarañaz y se llevaron preso a Salustio. Uno de los reclutas
que debutaba como mensajero. En el ataque a la Casa de Calamina, el Lorito había
matado a uno de los guardias. Al conocer la noticia, Marcos ordenó la
retirada porque estimaba que no se debía defender posiciones. En el Diario
del Ché aparece descrito el problema en la siguiente forma:
-Rolando había sido enviado para organizar la retirada de todo, un clima
de derrota imperaba. Poco después llegó un médico boliviano
recién incorporado con un mensaje para Rolando en el que se le comunicaba
que Marcos y Antonio estaban en la aguada, que fuera a entrevistarse. Le mandé
a decir con el mismo mensajero que la guerra se ganaba a tiros, que se retiraran
inmediatamente al campamento y allí me esperaran. Todo da la impresión
de un caos terrible, no saben qué hacer.
Más tarde el Ché me explicó su decisión. El criterio
de que la guerra no defiende posiciones es correcto, pero hay que tomar en cuenta
una serie de factores que se habían acumulado hasta ese momento.
En primer lugar, nosotros no "defendíamos una posición"
puesto que el campamento no tenía ese carácter. Además
en el trabajo preparatorio de las acciones militares habían quedado demasiadas
huellas por la falta de cuadros para realizar una serie de labores preliminares.
Eso nos obligó a "quemar" compañeros. La misma Casa
de Calamina se había convertido en un foco de sospecha y Algarañaz
incluso nos había enviado un cazador para que nos vigilara constantemente.
Retirarse en ese momento, sin dar batalla cuando la guerrilla había sido
detectada por los datos que habían entregado los desertores, significa
simplemente que se iniciara una persecución contra nosotros por un ejército
con energías, fresco, con moral elevada. Por el contrario, combatir significaba
foguearse para afrontar con decisión las futuras batallas. Hay que tener
en cuenta que de todas maneras, tendríamos que combatir en los días
subsiguientes, por los factores ya mencionados. Otra alternativa, aunque parezca
extremista, habría sido desaparecer como guerrilla hasta crear las condiciones
en la ciudad, tomar contactos nuevamente, reclutar nuevos elementos para recomenzar.
Esto era absurdo. Por otra parte, por las penurias que nos ocasionó la
marcha de exploración, veníamos con la moral no muy alta, no con
buena disposición combativa. El momento táctico se presentaba
ahora con todas sus perspectivas favorables para nosotros. Por eso el Ché
consideró un grave error retirarse en esos momentos y ordenó a
Rolando tender una emboscada río abajo. Enseguida ordenó la defensa
en la entrada del campamento y envió a un grupo de compañeros
a explorar río abajo.
El día 22 de marzo fue de tensos preparativos. A las 7 de la mañana
del 23, mientras Rolando revisaba las posiciones de los guerrilleros emboscados,
se sintió un chapoteo por el río. Rápidamente se situó
en su lugar y esperó que la tropa fuera avanzando lentamente. Se mantuvieron
en silencio hasta que penetró un grupo grande. Rolando, como responsable
de esta primera acción nuestra, abrió fuego sorpresivamente. Muchos
soldados se desplegaron en posición combativa. Los pocos que hicieron
frente fueron abatidos en forma rápida. El resto huyó. El fuego
duró aproximadamente unos seis minutos, según informó Rolando
al Ché, hasta que las fuerzas enemigas se rindieron.
En estos combates participaron Rolando, Benigno, Coco, Guevara, Pablito, Ernesto,
Apolinar y Walter, los que mataron a 7 soldados, hirieron a 6 y tomaron 11 prisioneros.
Otros 8 soldados escaparon. Como se puede apreciar las fuerzas enemigas eran
cuatro veces más grandes que la nuestra. Nosotros no tuvimos bajas. Además
quedaron en nuestro poder 3 morteros de 6O mm, y ocho cajas de granadas, una
ametralladora calibre 30 con 500 tiros, 2 ametralladoras BZ, 2 metralletas UZI,
16 Mauser con dos mil cartuchos, 2 aparatos de radio y otros elementos.
Coco llegó a las 8 de la mañana a nuestras posiciones para dar
cuenta del resultado de la batalla. Inmediatamente Ché ordenó
que Marcos saliera por el camino de maniobras número 1 con el objeto
de cortarle la retirada por detrás al ejército si éste
avanzaba por el cañón del río tratando de llegar al campamento
y a Braulio lo envió con la retaguardia por el camino número 2
para impedir que saliese del cañón que era una verdadera trampa
mortal. El centro atacaría desde las posiciones que ya estaban ocupadas.
Ché me ordenó interrogar a los prisioneros y presentarme como
jefe. Esta misión la cumplí durante todo el transcurso de la guerra.
El trato que ordenaba dar a los prisioneros
El mayor Plata, jefe de las fuerzas prisioneras, lloriqueó largamente
mientras los soldados nos pedían que lo fusiláramos por los malos
tratos y los abusos que cometía. Por encargo del Ché le dije que
todos los prisioneros quedarían en libertad, que le dábamos plazo
hasta el 27 a las 12 del día para retirar a sus muertos. Muy asustado
manifestó que se retiraría del ejército. Nos dio una serie
de datos importantes sobre las operaciones que se estaban realizando. Por ejemplo,
nos dijo que ese ataque estaba programado junto con un bombardeo que se iniciaría
a mediodía. Ellos debían dejar señaladas sus posiciones,
con el objeto de que no sufrieran bajas. La emboscada los hizo perder contacto
radial e impidió que la aviación actuara. En realidad, el bombardeo
se realizó al día siguiente. El capitán Silva, otro de
los prisioneros, también habló mucho informando que había
reingresado al ejército por petición del PCB, que tenía
un hermano estudiando en Cuba y luego dio los nombres de otros dos oficiales
que podían ser colaboradores. Les quitamos toda la ropa a los prisioneros,
excepto a los dos oficiales que conservaron sus uniformes, y les dimos nuestras
vestimentas civiles que estaban guardadas en las cuevas. También curamos
a los heridos y les explicamos a los soldados los objetivos de nuestra lucha.
Ellos nos contestaron que no sabían por qué los habían
mandado a combatirnos, que estaban de acuerdo con lo que nosotros decíamos
y nos reiteraban la petición de fusilar al mayor Plata, oficial que tenía
una actitud déspota en la unidad pero que ahora, delante de la tropa,
se comportaba como un cobarde. Le explicamos que nosotros no matábamos
a enemigos desarmados y tratábamos a los prisioneros como seres humanos,
con dignidad y respeto.
Los días siguientes a la emboscada fueron de euforia y presión
y alegría porque se iniciaba una etapa histórica con una fuerza
combativa, pequeña pero con la moral muy alta. Además el resonante
y sorpresivo triunfo revelando la presencia de un foco guerrillero acaparaba
el primer lugar de las noticias que escuchábamos por radio. La presión
era producto de la presencia de los dos visitantes: Régis Debray y Ciro
Bustos (el Pelao). Tania había sido detectada y forzosamente tenía
que quedarse con nosotros hasta esperar una oportunidad adecuada para que saliera
con la más absoluta seguridad. El Chino, que también había
quedado como visitante, decidió quedarse como combatiente. Pero Debray
y Bustos debían salir en el menor tiempo posible. En una reunión,
realizada el 27 de marzo, Ché planteó que las tareas inmediatas
eran:
a) Sacar a los visitantes por un camino seguro, cercano a la ciudad.
b) Esconder todo el armamento y materiales que habían caído en
nuestro poder después de la primera emboscada más algunas cosas
nuestras para lo cual era necesario abrir otra cueva estratégica, labor
que estaría a cargo de Moisés Guevara.
c) Enviar 10 hombres a buscar maíz a la finca, tarea que debían
realizar con mucho cuidado para evitar que el ejército los sorprendiera.
Al día siguiente cuando nuestros hombres fueron a la finca a buscar el
maíz se encontraron con que la cueva táctica había sido
revisada por el ejército. Sorpresivamente llegaron también siete
funcionarios de la Cruz Roja, varios soldados sin armas y dos médicos.
Más tarde apareció un camión lleno de soldados, pero nuestros
compañeros les ordenaron retirarse, cuestión que el ejército
cumplió obedientemente.
Estos acontecimientos se producían 24 horas después del plazo
que les habíamos dado para que recogieran sus muertos, lo que demuestra
la desmoralización que había en sus filas y el respeto a nuestros
hombres.
Mientras tanto Debray planteó que para él era un deber moral integrarse
en nuestro núcleo guerrillero.
El famoso autor de "Revolución en la Revolución", conocido
entre nosotros por Dantón, quería demostrar que no era un simple
teórico, sino también un hombre de acción. Ché nos
explicó que en esas circunstancias el filósofo francés
era más necesario afuera que dentro. Dantón podría servir
para dirigir un gran movimiento de solidaridad con nuestro foco, obtener declaraciones
de intelectuales, reunir dinero, hacerse cargo de la propaganda, etc. Por lo
escueto y personal, el Diario del Ché no refleja la opinión cabal
que tenía sobre Debray, hombre al que estimaba mucho y le concedía
gran valor intelectual, Ché le dijo que en ese momento debería
salir y que más tarde tendría suficiente tiempo para realizar
su experiencia guerrillera.
Con el objeto de sacar a los visitantes y cambiar nuestra zona de operaciones,
conforme a los planes trazados previamente por Ramón, nos dirigimos a
Gutiérrez porque el camino a Muyupampa, según nuestras primeras
informaciones, estaba cortado por el ejército; sin embargo en Pirirenda
nos enteramos de que en Gutiérrez también había tropas,
por lo que decidimos regresar a Ñancahuazú, luego de la fuga de
uno de los pobladores que, supusimos, informaría de nuestra presencia
al ejército.
En Iripítí nos juntamos con la retaguardia que estaba al mando
de Rolando y con el personal enfermo en el que estaba Joaquín. Ahí
acampamos y se iniciaron las exploraciones para dirigirnos nuevamente a Gutiérrez,
lugar que parecía más indicado para evacuar a los visitantes,
Iripití fue el escenario de nuestro segundo combate y la tumba de nuestro
primer compañero, el Rubio, José Suárez Gayol, un hombre
de magníficas condiciones humanas, excelente compañero, con una
moral sencilla y valiente, Vice-Ministro del azúcar, dejó todo,
familia, honores para incorporarse a nuestra lucha.
A las 10 de la mañana del 10 de abril, nuestra retaguardia que estaba
emboscada avistó una patrulla del ejército de varios hombres.
La dejó avanzar hasta una distancia prudente. Veinte minutos más
tarde comenzaba el combate con un saldo de tres muertos, un herido y siete soldados
capturados. En nuestro poder cayeron también 6 fusiles Garand con una
carabina M-1 y 4 fusiles mausers. Por nuestra parte perdimos al Rubio.
Cuatro soldados escaparon. Por esta razón, Ché ordenó adelantar
la emboscada, esperando que el ejército enviara refuerzos de tropas a
investigar lo ocurrido.
Nuevamente me tocó interrogar a los prisioneros. Nos dijeron que formaban
parte de una compañía, que estaba río arriba, en Ñancahuazú,
que había atravesado el cañón, recogido sus muertos y tomado
el campamento.
Tal como se pensaba, una compañía de aproximadamente 120 hombres
al mando del mayor Sánchez, entró en nuestra emboscada. A las
17:10 empezó de nuevo el combate con una victoria para nosotros, y un
saldo negativo para el enemigo de 7 muertos, 6 heridos y 13 prisioneros, incluyendo
al jefe de la columna. Además ocupamos una Browning, un mortero, 15 garands,
4 M-3, 2 M-1 y 5 mausers. Inexplicablemente, esta columna entró confiada
a nuestra emboscada, sin tomar ninguna medida de seguridad. Cuando se les abrió
fuego trataron de buscar protección. Como no encontraron dónde
cubrirse se dispersaron y el resto de la tropa huyó internándose
en el monte. Comenzamos entonces una persecución con tiros esporádicos
contra los soldados. En ella Coco apresó al mayor Sánchez, al
que Rolando. que estaba cerca, lo conminó a que diera la orden de rendición
a su tropa. Sánchez ordenó a su gente que se retirara
El mayor Sánchez pensó que lo íbamos a fusilar y cuando
lo interrogué me pidió por favor se le permitiera enviar un recado
a su esposa con uno de los soldados. Como lo había hecho anteriormente
con el cobarde mayor Plata, le dije al mayor Sánchez que era norma nuestra
respetar al enemigo vencido, garantizarle su vida, curar a sus heridos y permitirle
llevarse a sus muertos junto con sus efectos personales. Le pregunté
enseguida por qué había entrado tan confiado en el cerco y contestó:
-Veníamos a buscar a nuestros muertos y a investigar lo ocurrido. Como
nos han enseñado que el guerrillero da un golpe y se retira no nos imaginamos
que ustedes estaban aquí de nuevo esperándonos.
La respuesta del mayor Sánchez es una lección para las fuerzas
guerrilleras. No debemos regirnos por esquemas, debemos crear siempre, desconcertar
al enemigo. En la mañana siguiente pusimos en libertad a los prisioneros
y les permitimos llevarse a los muertos y heridos de ambas batallas. También
les concedimos una tregua de 24 horas.
El interrogatorio hecho a los prisioneros nos había llevado a la conclusión
de que las tropas que cerraban el Ñancahuazú arriba eran las que
se habían desplazado hasta la Casa de Calamina. Por lo tanto, el camino
a Muyupampa estaba expedito. Como ya estábamos detectados en la zona
de Iripití, Ramón cambió de itinerario y en lugar de partir
hacia Gutiérrez iniciamos la marcha hacia Muyupampa, siempre con el objetivo
de sacar con seguridad a Debray y a Bustos.
Emotivo acto por la primera sangre caída, cubana...
La muerte de Rubio conmovió a todos. Yo había visto que ocupaba
una mala posición, pues era visible desde el río. Por eso le sugerí
que la corrigiera. Cuando lo fueron a ver luego del tiroteo de la emboscada
de la mañana, tenía una bala en la cabeza y murió a los
pocos instantes. Fue su primer y único combate. Ché hizo un emotivo
acto de recordación resaltando que la primera sangre caída era
cubana, por lo que era necesario más que nunca integrarse con afecto
y eliminar cualquier tendencia chauvinista.
El 17 de abril nos quedamos esperando que avanzara el ejército, después
que un campesino se escapó. No sucedieron acontecimientos guerreros.
Ese mismo día "El Pelao" habló con Pombo y le planteó
que estaba muy inquieto por sus hijos, que no les había dejado recursos
económicos para subsistir y tenía que cumplir otra serie de misiones
en Buenos Aires. Le solicitó también que la salida no se realizara
por un lugar donde la guerrilla hubiese operado para no llamar la atención
del ejército. Pombo le contestó que no había por qué
agitarse y esperara tranquilo el momento oportuno. Ya se notaba en él
los primeros síntomas de desesperación.
En lo sucesivo es necesario mencionar una serie de fechas, pues se producen
hechos que tienen una secuela de consecuencias posteriores. Ese mismo día
Ché dio orden a Joaquín que se quedara con cuatro hombres considerados
"resacas" y agregó al grupo de Moisés Guevara, Alejandro
y Tania, pero estos últimos en calidad de enfermos. Moisés había
sido afectado por un fuerte cólico hepático y Tania junto con
Alejandro tenían el cuerpo hinchado y fiebre que oscilaba entre los 38
y 39 grados. Joaquín debía esperar por la zona, maniobrar pero
sin chocar frontalmente contra el ejército. Como se puede apreciar se
preveían dos cuestiones: nuestro pronto regreso (3 a 5 días) después
de evacuar a los visitantes y la posibilidad de reintegro a la escuadra del
centro que mandaba el Ché, de cuatro compañeros: los tres enfermos
más el médico -Negro- que se había quedado con ellos. Éste
fue, sin embargo, el último contacto que tuvimos con la retaguardia por
una serie de factores que narraremos más adelante. Debemos destacar que
siempre, en toda oportunidad, tratamos de ubicar a estos compañeros:
incluso pensamos que Joaquín iría al Rosita, región que
habíamos explorado en febrero-marzo y que era uno de los lugares de maniobra
que el Ché había dado a conocer al jefe de la retaguardia. Nosotros
sabíamos que Joaquín no tenía fuerza combativa con cuatro
hombres/resacas, tres enfermos de consideración y sólo 10 compañeros
que tenían que llevar todo el peso de las operaciones, de manera que
nuestro afán por contactar con él fue permanente.
El 18 fue de caminata y exploración. Además detuvimos a algunos
campesinos para que nos vendieran alimento y nos entregaran información.
Al día siguiente se produjo otro acontecimiento novedoso: llegó
hasta nosotros el periodista anglo-chileno George Andrew Roth, guiado por unos
muchachitos del lugar por donde se había quedado operando Joaquín.
El periodista nos pareció sospechoso. Su pasaporte tenia tachada la profesión
de estudiante y cambiado por la de periodista, aunque él decía
ser fotógrafo profesional que trabajaba como "free-lancer"
para algunas publicaciones extranjeras. También tenia documentos como
instructor dé los Cuerpos de Paz, visa de Puerto Rico. Además
en su libreta de apuntes traía un cuestionario de preguntas que, según
él, tenían por objeto confirmar los rumores difundidos por el
ejército de que el Ché estaba con nosotros con el nombre de Ramón,
además de la presencia de Tania y Debray. Estos informes los habían
entregado los delatores.
Nuevamente me correspondió interrogar al prisionero. Contó que
había estado con el ejército en nuestro campamento, y que incluso
se había encontrado un diario de Braulio, donde se decía que Ramón
era el Ché. Roth y los muchachitos guías relataron luego que el
ejército estaba en Lagunillas y conocía nuestra presencia.
Le entregué a Roth una entrevista conmigo -el "Jefe" de la
guerrilla- que había sido redactada por Ché y contenía
un apretado relato de las acciones que habían ocurrido los días
anteriores y los objetivos de nuestra lucha.
Ché se quedó con Pombo, Tuma y Urbano, cerca de Muyupampa. Al
llegar cerca del pueblo dejamos al Pelao, Debray y Roth. Régis me pidió
encarecidamente que le dijera al Ché que él salía en ese
momento sólo por no dejar abandonado a Bustos, el que se encontraba muy
desesperado y con bastante miedo. A esas alturas el Pelao ya mostraba lo que
sucedería en el futuro. Por eso no nos sorprendió mucho que se
convirtiera en eficiente colaborador del ejército, identificara a los
cadáveres de nuestros compañeros muertos e hiciera dibujos de
nuestros rostros, además de entregar una serie de datos característicos.
El objetivo nuestro y la petición de los visitantes estaban cumplidos.
Esa noche no quisimos tomar Muyupampa porque nos informaron que el ejército
nos estaba esperando en el pueblo.
El día 20 fue de agitación, "parlamentarismo" y bombardeo.
En nuestro viaje de regreso para juntamos con Joaquín tratamos de conseguir
alimentos, que ahora se convertía en un serio objetivo.
Llegamos a la casa de Nemesio Caraballo, un hombre que la noche anterior nos
había ofrecido café y había tenido una actitud amable con
nosotros. Ahora no estaba. Se había ido dejando solo a unos trabajadores
que estaban muy temerosos. Les compramos algunos víveres y organizamos
el almuerzo. Pasado el mediodía apareció una camioneta con una
bandera blanca en la que venía un sacerdote, un médico y el subprefecto
de Muyupampa. El cura era alemán. Nos traían en señal de
buena voluntad, algunas golosinas y cigarros. La delegación nos ofreció
"paz de tipo nacional" y nos rogó que no atacáramos
Muyupampa porque el ejército estaba atrincherado. "No queremos derramamiento
de sangre", reiteró.
Derecho de unirse de pobres y revolucionarios
Les contesté que no queríamos una "paz nacional" a menos
que nos entregaran el poder, que era el objetivo de nuestra lucha como vanguardia
del pueblo. Les pregunté cómo vivían los campesinos de
los alrededores, la forma como los explotaban y al médico le exigí
datos sobre la mortalidad infantil. Como en toda Bolivia, el cuadro era allí
deprimente. Les dije: ¿Encuentran justa esa situación? Nosotros
estamos peleando para que los pobres no sean más pobres y los ricos más
ricos. Nosotros estamos combatiendo por el progreso del pueblo, para que no
haya tanta hambre, tanta miseria. Especialmente el cura, contestó en
forma de crítica que con nosotros estaban participando extranjeros. Le
repliqué que los pobres, que los revolucionarios de todos los países,
teníamos derecho a unirnos para luchar contra un enemigo común
que estaba unido antes que nosotros y que era cruel y fuerte que esta situación
daba carácter internacional a la lucha y que por eso nuestro ejército
tenía abiertas las puertas a los patriotas de cualquier parte del mundo
que quisieran participar con nosotros en la gran empresa de libertar a Bolivia.
(Por instrucciones expresas del Ché, yo no debía desmentir categóricamente
la presencia de compañeros de otras nacionalidades, aunque tampoco había
de confirmarla, pues él sabia que este diálogo sería publicado
y difundido Internacionalmente.)
Finalmente les ofrecí una paz para Muyupampa con la condición
de que nos trajeran antes de las seis de la tarde una camioneta con víveres
y medicinas que necesitamos.. Por los mismos personajes nos informamos que Dantón,
Roth y Bustos habían sido detenidos.
La delegación se retiró, pero en lugar de medicinas y alimentos
llegaron los aviones a bombardearnos. Tres AT-6 dejaron caer sus cargas mortíferas
cerca de la casita donde estábamos ubicados y una esquirla hirió
levemente en un pie a Ricardo.
Esa noche salimos rumbo a Ticucha. Desde ese momento tratamos de ubicar a Joaquín
y al mismo tiempo proveernos del máximo de alimentos. El 22 tuvimos un
breve choque con el ejército. En la mañana habíamos sorprendido
al chofer de una camioneta de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos
(YPFB) que estaban examinando nuestras huellas acompañado por un campesino
que habla delatado nuestra presencia. Los apresamos. Enseguida nos emboscamos
para detener otros vehículos y golpear al ejército si se acercaba
hasta nuestras posiciones. Sólo logramos conseguir alguna mercancía
y plátano de un camión que cayó más tarde. A las
8 de la noche, cuando estábamos listos para partir, se sintió
un breve tiroteo. Era Ricardo que sorprendió a un grupo de soldados y
a un guía que llegaban a un firme para enseguida caer sobre nosotros.
No supimos si habíamos ocasionado bajas al enemigo. En esa oportunidad
se nos perdió el Loro Vázquez.
Nuestros hombres estaban emboscados y Rolando había dado orden de abandonar
las posiciones a las 18.30 horas. Después de ese plazo, le esperaron
un largo rato pero no apareció. Días más tarde la radio
anunció que había sido capturado herido. Luego difundió
su "fuga" del hospital de Camiri. Algunos periodistas han divulgado
la idea de que el Ché lo envió en una misión solitaria.
Esto es absolutamente falso.
Nunca supimos qué había pasado con él. El mismo Ramón
explica en su Diario que el saldo es "negativo" entre otros factores,
por la "pérdida" (aunque espero que transitoria) de un hombre...".
Antecedentes que hemos recogido con el tiempo nos permiten conocer, sin embargo,
que Loro murió como un valiente. Herido, fue bestialmente torturado por
los esbirros del presidente Barrientos. Como no le pudieron sacar ni una sola
confesión que nos delatara, se lo llevaron en un helicóptero y
lo tiraron vivo, en medio de la selva. Lorito fue un hombre valiente, audaz,
leal. Fue uno de los cuatro que trabajó incansablemente en la preparación
previa al foco.
Al día siguiente de ese pequeño choque. Ramón envió
a Benigno y Aniceto a una misión de cuatro días para buscar a
Joaquín. Mientras tanto nosotros seguimos en los alrededores, esperando
el cumplimiento de esa misión. El 25 de abril tuvimos otra pérdida
sensible: la de Rolando. Mientras estaban de posta Pombo y Eustaquio descubrieron
una columna del ejército de aproximadamente 30 soldados. Luego regresó
Eustaquio diciendo aun no eran 30 sino 60 los soldados. Ché dispuso ocupar
posiciones en forma rápida, pero nos vimos obligados a luchar en un lugar
no apto para la emboscada. Rolando, que era un hombre de gran coraje, se puso
en la posición más difícil a la salida de una curva y tuvo
que enfrentarse directamente con un ametralladorista que le disparó varias
ráfagas. Un balazo le partió el fémur y todo el paquete
vásculo nervioso. A pesar de los esfuerzos que se hicieron para salvarlo,
se desangró rápidamente. Rolando, comisario político, hombre
de apenas 24 años de edad, tenía un porvenir brillante. Era el
más desarrollado política y militarmente de todos los compañeros
que allí habían.
Ésa fue la emboscada que dirigió personalmente el Ché y
que relata de la siguiente manera:
"Al poco rato, apareció la vanguardia que para nuestra sorpresa
estaba integrada por tres pastores alemanes con su guía. Los animales
estaban inquietos pero no me pareció que nos hubieran detectado, sin
embargo siguieron avanzando y tiré sobre el primer perro, errando el
tiro, cuando iba a darle al guía se encasquilló el M-2. Miguel
mató otro perro, según pude ver sin confirmar, y nadie más
entró en la emboscada. Sobre el flanco del ejército comenzó
un fuego intermitente. Al producirse un alto, mandó a Urbano para que
ordenara la retirada pero vino con la noticia de que Rolando estaba herido,
lo trajeron al poco rato ya exangüe y murió cuando se empezaba a
pasarle el plasma."
La retirada fue lenta y nos preocupamos de salvar todas las cosas y enterrar
a Rolando. Por la tarde nos encontramos con Benigno y Aniceto que habían
perdido las mochilas después del breve tiroteo con el ejército.
Eso determinó una nueva situación. Entre nosotros y Joaquín
se interponían ahora los soldados y nuestras salidas naturales estaban
bloqueadas. Por lo tanto había que tirarse hacia las montañas
abriendo sendas y alejándonos un poco de Joaquín para tratar de
llegar hasta su posición por otro lado.
Hasta ese momento el triunfo era neto para nuestras fuerzas. Debíamos
lamentar la muerte de Rubio, Rolando v la desaparición de Loro. La moral
estaba muy alta y la disposición combativa excelente. Sólo se
hacían denodados esfuerzos para tomar contacto con Joaquín y con
ese propósito estábamos operando.
Primeras batallas ganadas y mentiras de la prensa
En mayo hubo tres batallas mientras dábamos vueltas por la zona realizando
nuestro trabajo de persuasión campesinos y la denodada búsqueda
de Joaquín. Todas fueron victorias, resonantes para nosotros, a pesar
de las radios y los partes oficiales que inventaban "grandes bajas guerrilleras".
La primera fue el 8 de mayo. Ché había dispuesto una emboscada
en Ñancahuazu, en nuestro campamento, que lo habíamos retomado.
Estaba e cargo de Pacho. A las 10.30 de la mañana herimos a dos soldados
que se internaron descuidadamente. Luego de curarles sus heridas los dejamos
prisioneros. A las 12 detuvimos a otros dos que venían desarmados bajando
por el Ñancahuazu. Los cuatro eran unos mentirosos redomados. Trataron
de desinformarnos diciendo que habían salido a cazar pero a su regreso
la compañía había desaparecido. Ahora la andaban buscando.
Todo era falso, la compañía estaba situada más arriba.
La emboscada siguió en su puesto hasta que a las 7 de la tarde, cuando
ya estaba oscureciendo, el ejército se asomó tomando muchas medidas
de seguridad. Llegó hasta la entrada del cañón y se retiró,
al parecer probando si se les disparaba o no. En una de estas oportunidades
se internaron y cayeron en la trampa. El combate fue breve. En la acción
cayó muerto el subteniente Laredo junto con dos soldados. Tomamos seis
prisioneros más, pero el resto del pelotón huyó. El saldo
fue: tres muertos, 10 prisioneros (2 de ellos heridos), siete M-1, cuatro mausers,
equipo personal, parque y un poco de comida.
El subteniente Laredo tenía un diario de campaña y una carta de
su mujer que nos causó tremenda sorpresa. En el diario en la fecha mercada
de 1º de mayo se refería a los trabajadores como holgazanes y otros
adjetivos despectivos. En cuanto a su tropa hablaba de la falta de moral combativa,
mencionando a soldados que lloraban cuando se enteraban de la presencia cercana
de los guerrilleros. La carta de la esposa se refería a la preocupación
que ella tenía por Laredo. pero luego hacía un agregado en el
que más o menos decía lo siguiente: "Nuestra amiga te pide
que nos traigas una cabellera de guerrillero y yo te pido lo mismo para adornar
el living de la casa".
Este episodio nos hace recordar los tristes y siniestros días del nazismo
y la profunda brecha que existía entre la conducta o el animo del ejército
respecto a los guerrilleros, que contrastaba con el trato digno y humano que
nosotros dimos a los prisioneros.
La carta y el diario causaron conmoción y repudio entre nosotros.
El respeto del Ché por la persona humana, independientemente de la conducta
que ésta observara, se puso de manifiesto una vez más al decidir
esperar una oportunidad adecuada para devolver el diario del teniente Laredo
a la madre de éste, puesto que el oficial enemigo así lo hacía
constar. como un deseo expreso, si llegaba a morir en combate o era capturado
por nosotros. El diario de Laredo permaneció en la mochila del Ché
hasta la emboscada de Yuro el 8 de octubre.
El segundo combate del mes de mayo fue el día 30. Habíamos llegado
hasta la línea del ferrocarril a Santa Cruz buscando el Michuri, siempre
con el pensamiento puesto sobre Joaquín que, al parecer, se había
movido hacia el norte. En un camino petrolero Ché dejó una emboscada
mientras se realizaba una exploración en un jeep que se había
requisado a YPFB. A las tres de la tarde se produjo el choque.
Nuevamente dimos un golpe: tres soldados muertos y un herido. Al día
siguiente cerramos el mes de mayo con otro triunfo, aunque menor de lo que esperábamos.
Dos camiones del ejército que avanzaban por el camino fueron atacados
por nosotros. Uno huyó, pero destruimos otro. Pudimos provocar grandes
bajas en sus filas si el Ñato en su apresuramiento, no dispara una granada
con bala de guerra en lugar de hacerlo con bala de salva. Este incidente provocó
una gran explosión que asustó a los militares. Afortunadamente
el Ñato resultó ileso, aunque destruyó el tromblón
del fusil.
VIII) la búsqueda de Joaquín
Los tres meses de operación militar significaron para nosotros un avance
notable: habíamos ocasionado más de cincuenta bajas al enemigo
entre muertos, heridos y prisioneros, incluyendo en la lista a tres oficiales
de alta graduación. Habíamos ocupado gran cantidad de armamentos,
parque, vestuarios y un poco de alimentos. Sin embargo el balance mas notable
era la desmoralización y falta de combatividad de los soldados, que contrastaba
con la agresividad y temeridad de nuestros guerrilleros. Lamentábamos,
sin embargo, la pérdida de Rubio y Rolando, el desaparecimiento del Loro
y la falta de contacto con nuestra retaguardia y la ciudad.
En estas circunstancias iniciamos nuestro octavo mes en las montañas
de Bolivia y el cuarto de combates sostenidos. Pese a las dificultades, el hambre,
las enfermedades, la falta de contacto con la ciudad y el hecho de no encontrar
a Joaquín, nuestra moral era alta. La guerrilla era una fuerza agresiva,
consciente de su poder, y daba golpes tan fuertes al ejército que no
le habían permitido reorganizarse, modificar su táctica ni replicarnos
con agilidad.
Durante el corto transcurso de la guerra. Ché nos dio lecciones de solidaridad
humana que se proyectaban incluso, frecuentemente, a los enemigos. Uno de estos
hechos sucedió a principios de julio, precisamente el día 3. Estábamos
todavía cerca del camino petrolero, donde habíamos chocado con
el ejército. Los días anteriores buscábamos agua y comida
y nos habíamos devorado un puerco que tenia sabor a manjar. Esa mañana,
después de caminar por las márgenes de un arroyo. Ché ordenó
una emboscada en el camino mencionado, esperando que pasaran camiones del ejército.
Pombo debía avisar con un pañuelo amarillo cuando el vehículo
entrara a nuestro radio de fuego. Después de 5 horas y media de espera,
pasó un camión militar y Pombo hizo la tan ansiada señal.
Inexplicablemente para nosotros, Ché, que debía abrir fuego contra
el vehículo para continuar nosotros disparando, no gatilló su
M-2.
Más tarde, para que todos escucháramos, dijo:
Era un crimen dispararle a esos soldaditos.
La anécdota está relatada en su Diario como si fuera un hecho
intrascendente.
Dice:
"A las 14.30 pasó un camión con chanchos que dejamos pasar,
a las 16.30 una camioneta con botellas vacías y a las 17 un camión
del ejército, el mismo de ayer, con dos soldaditos envueltos en frazadas
en la cama del vehículo; no tuve coraje para tirarles y no me funcionó
el cerebro lo suficientemente rápido como para detenerlos, lo dejamos
pasar."
¡Cuánta diferencia con los oficiales del ejército boliviano
y con los propios soldados que asesinaron al Ché y a los compañeros
que cayeron con él en la quebrada del Yuro!. Tal vez los mismos que el
Ché consideró un crimen matarlos, fueron los que algunos meses
después se retrataron sonrientes junto al cadáver.
La mayoría de los análisis que se hacen sobre el desarrollo de
nuestra guerrilla son superficiales y muchas veces frívolos. No se ha
investigado suficientemente su desarrollo o, sencillamente, se han tomado hechos
aislados para combatir la teoría del foco.
A pesar de nuestras limitaciones por la búsqueda constante de Joaquín,
lo que nos impedía movilizamos hacia otras zonas más convenientes
para que nosotros operáramos, pudimos confirmar que la convivencia con
los campesinos lógicamente tendría que ser favorable para nosotros.
Ello lo pudimos comprobar en Moroco, un pequeño poblado en las márgenes
del río. Allí llegamos el 19 de junio y ocurrieron hechos que
es necesario examinar con detención, pues dan un índice de lo
que significa la permanencia de las fuerzas guerrilleras entre la población.
Como era natural, al principio la acogida fue fría. Incluso hubo una
buena dosis mezcla de curiosidad y desconfianza. Ese mismo día llegaron
al poblado tres individuos armados de revólveres y fusiles máuser
que dijeron ser comerciantes en chanchos. No hicimos reuniones ni el mitín
que se acostumbra en estos casos para informar a los pobladores de nuestros
principios y pedirles su incorporación o solidaridad. Sencillamente nos
dedicamos a charlar con ellos, pedirles datos sobre caminos, trillos, antecedentes
sobre otros vecinos, etcétera. Esta conducta familiar nos permitió
captar valiosos amigos y allí se produjo nuestro primer reclutamiento:
Paulino, un muchacho campesino que tenía allí su familia y conocía
toda la zona. A pesar de su juventud (tenía alrededor de 22 años)
estaba afectado por la tuberculosis, producto de la mala alimentación
y de la vida miserable que llevaba en esa región.
Al día siguiente se produjo un acontecimiento espectacular. Paulino nos
informó que los tres "comerciantes" no eran tales, sino espías
que enviaba el ejército para realizar labores de inteligencia. La valiosa
información de Paulino, que a su vez la había recibido de su novia,
otra muchacha del poblado. nos permitió detenerlos.
Fue una colaboración sumamente importante que nos mostraba las ricas
perspectivas que existen cuando el contacto con los campesinos es prolongado.
Paulino continuó posteriormente con nosotros y fue enviado a Cochabamba
llevando algunos mensajes, los que no llegaron a su destino porque el ejército
detuvo al muchacho.
En ese mismo lugar Ché trabajó como dentista y se sacó
el cariñoso apodo de
Fernando Sacamuelas.
Nuevamente empezamos a buscar Río Grande y posteriormente la desembocadura
del Rosita para llegar a Samaipata, donde pudiera estar Joaquín, ya que
Ché le había comunicado que ésta era una zona probable
de operaciones. Sorpresivamente el día 10 una escuadra nuestra compuesta
por Coco, Ñato, Pacho y Aniceto tuvo un choque con el ejército.
El acontecimiento se desarrolló así: los cuatro compañeros
llevaban la misión de llegar a la casa de un campesino para buscar alimentos
e información, cuando se encontraron inesperadamente con los soldados
que avanzaban por las márgenes contrarias del río. Inmediatamente
se intercambió un tiroteo nutrido con un inmenso gasto de parque por
parte de los nuestros. Posteriormente se retiraron Ñato y Aniceto y luego
lo hicieron Coco y Pacho. No tuvimos noticias de bajas en las filas enemigas
hasta que dos días después los noticiarios radiales anunciaban
que habíamos muerto a un soldado y herido a otro.
Aunque no habíamos sufrido ninguna baja, el ejército, en sus partes
oficiales, anunciaba mi muerte y la de otros dos compañeros no identificados.
Ésta era una simple maniobra de carácter sicológico para
disminuir en parte el impacto de nuestros golpes, el efecto desastroso para
ellos que estaba causando en la opinión pública. Por eso, mientras
nosotros llegamos de nuevo al Río Grande y luego al Rosita en busca de
nuestra retaguardia con la cual habíamos perdido contacto desde hacía
casi tres meses, el ejército desviaba una parte de sus recursos a las
tareas represivas en las minas. Aunque no nos informamos por las emisoras bolivianas,
que estaban censuradas, una radio argentina dio la noticia de la masacre de
San Juan en las minas de Siglo XX, con un saldo de 87 víctimas. En esta
forma, el gobierno lacayo del gorila Barrientos pretendía acallar el
clamor de las peticiones obreras y los signos evidentes de apoyo de este sector
hacia nuestra lucha. Esta acción demostraba, indudablemente, la debilidad
del régimen. Nosotros adquiríamos más conciencia de que
un grupo pequeño de hombres de vanguardia es capaz de destruir los cimientos
de una sociedad corrompida en un tiempo infinitamente menor que todo el esfuerzo
que emplean los politiqueros en conciliaciones, componendas y reformas sin importancia
que frustran finalmente al pueblo.
En esta ocasión el Ché hizo un llamado a los mineros (el comunicado
Nº 5) instándoles a unirse a la lucha guerrillera y explicando las
verdaderas tácticas de lucha que debe adoptar el pueblo; ese manifiesto
fue conocido sólo después de su muerte.
Dos días más tarde, el 26, chocamos nuevamente con el ejército.
Estábamos acampados en Piray, en las faldas del río Durán.
Ché había ordenado una emboscada mientras otro grupo de compañeros
iba a buscar alimentos al pequeño pueblito de Florida. Alrededor de las
cuatro y media de la tarde, envió de relevo a Pombo, Arturo, Antonio,
Ñato y Tuma, con el objeto de que descansaran Miguel y la gente de la
vanguardia. En los momentos de llegar se sintió un fuerte tiroteo. Tendidos
en la arena había 4 soldados, aunque no todos estaban muertos. El ejército
estaba desplegado al otro lado del río totalmente seco, ocupando buenas
posiciones. Ché llegó a ocupar su posición de combate y
se situó al lado de Benigno y dio orden de que los compañeros
de relevo, que ahora se convertían en refuerzos, se colocaran en el flanco
en que estaba Miguel. Sentimos unos gajos quebrarse, por lo que supusimos que
el ejército se estaba replegando, un ruido de camión nos indicó
que llegaban refuerzos al enemigo. Inmediatamente se inició el tiroteo,
que nos sorprendió en una zona sin una buena defensa. Pombo fue herido
en un pie con una bala de ametralladora 30. Posteriormente, Ché dio la
orden de retirada. Cuando se cumplían estas instrucciones se conoció
la noticia de que Tuma había sido herido en el vientre. Rápidamente
fue trasladado a una de las casas de Piray, a varios kilómetros de la
emboscada. Moro lo anestesió y empezó la operación, pero
Tuma o Tumaino, como le decíamos cariñosamente, no alcanzó
al término de la intervención. Tenía el hígado destrozado
y una serie de perforaciones intestinales.
Ese fue un día de dolor intenso para nosotros. Se perdía uno de
los mejores compañeros, el más alegre, un combatiente ejemplar
y querido. Sobre él escribió el Ché:
"Con él se me fue un compañero inseparable de todos los últimos
años, de una fidelidad a toda prueba y cuya ausencia siento desde ahora
casi como la de un hijo. Al caer pidió que se entregara el reloj, y como
no lo hicimos para atenderlo se lo quitó y se lo entregó a Arturo.
Este gesto revela la voluntad de que fuera entregado al hijo que no conoció,
como había hecho yo con los relojes de los compañeros muertos
anteriormente. Lo llevaré toda la guerra".
Pombo, que estaba herido, sintió la muerte de Tuma como si fuera el familiar
más querido. Se habían prácticamente criado juntos, combatiendo
juntos en la guerra de liberación de Cuba, habían participado
juntos en el Congo y ahora la muerte los separaba en Piray.
Esa misma tarde se tomaron prisioneros a dos nuevos espías, uno de ellos
oficial de carabineros; luego de advertirles cuáles eran las normas de
la guerra y de amenazarlos con una sanción severa si se les volvía
a sorprender en esa actitud, fueron dejados en libertad, pero en calzoncillos.
Por una mala interpretación de una orden del Ché en el sentido
de que fueran despojados de todo lo que servía, se les quitó la
ropa. Cuando el Ché conoció esta acción se indignó,
llamó a los compañeros que la habían realizado y les dijo
que a los seres humanos había que tratarlos con dignidad, que no se les
debía ocasionar humillaciones ni vejaciones gratuitas. A su lado el cadáver
de Tuma.
Un mes plagado de acontecimientos
El mes de julio estuvo jalonado de acontecimientos guerreros, mientras la crisis
del gobierno del gorila Barrientos era aguda. Al mismo tiempo teníamos
las primeras noticias de Joaquín a través de distintas informaciones
radiales que anunciaban combates entre fuerzas guerrilleras y el ejército,
lejos del lugar en que estábamos situados nosotros. Por esa razón
decidimos dirigirnos a Sarnaipata. Lugar que como habíamos anticipado,
estaba acordonado como zona de operaciones con Joaquín. Nuestro plan
inmediato era tomar el pueblo incluido eI cuartel de policía, comprar
alimentos y medicinas, especialmente las que hacían falta al Ché
para eI asma. Primero pasamos por Peña Colorada, una zona muy poblada
que nos recibió con poco entusiasmo y luego nos reagrupamos en AÍto
de Palermo. Para llegar a Samaipata decidimos apoderarnos de un vehículo
adecuado. Paramos varios, pero uno intentó fugarse por lo que nos vimos
obligados a dispararle en las gomas. Posteriormente partieron en un camión
a cumplir esta misión, Pacho, Coco, Ricardo Julio, Aniceto y Chino.
Nuestra escuadra llegó primero a una pequeña fuente de soda donde
tomaron unos refrescos. Dos carabineros que entraron a ver lo que sucedía
fueron tomados presos y desarmados.
Más tarde llegó al lugar un teniente de apellido Vacaflor que
también fue tomado prisionero. Mientras el Chino, Julio y Aniceto se
quedaban custodiando a los dos carabineros presos y cumplían el objetivo
de buscar medicina, el resto de la escuadra se dirigió con el teniente
al cuartel para tomarlo. El oficial dio la contraseña y la puerta se
abrió sin dificultad. Inmediatamente entraron Ricardo, Pacho y Coco capturando
a algunos soldados mientras otros hacían resistencia. Incluso uno disparó
sobre Pacho, pero Ricardo que estaba atento lo salvó empujándolo.
Éste fue el único que presentó combate hasta el último,
por lo que fue necesario dispararle, muriendo inmediatamente.
Nuestro botín fue 9 soldados capturados, uno muerto, una ametralladora
BZ-30 y cinco máusers. La acción se realizó en presencia
de todo el pueblo y una cantidad de viajeros que se encontraban allí
de manera que tuvo una repercusión enorme. Los presos fueron dejados
en la carretera a un kilómetro del pueblo. Además se compró
alimentos y se obtuvieron medicinas, aunque ninguna servía para el asma.
Entre el material que requisamos estaba un mapa con toda nuestra ruta trazada
y se preveía una posible salida hacia la carretera. Después de
esta operación relámpago nos retiramos. Los días siguientes
caminamos en dirección a Florida. En el transcurso de la marcha escuchamos
por radio la noticia de dos acciones guerreras: una en el Dorado, entre Samaipata
y Río Grande y otra en Iquirá. En ambas se anunciaban que por
parte nuestra habían ocurrido bajas. Inmediatamente nos dimos cuenta
de que el grupo que estaba combatiendo era el de Joaquín. Paralelamente
las emisoras anunciaban una crisis que afectaba la base de sustentación
política del gobierno, con el retiro del PRA y del PSD del llamado "Frente
de la Revolución" que sostenía al gorila Barrientos. Al mismo
tiempo se escucharon unas lastimeras declaraciones de éste rogando que
lo dejaran terminar su periodo presidencial. Fue en ese momento cuando Ché
dijo, conversando con un grupo de nosotros, que era una lástima que no
hubiese cien hombres más en la guerrilla, para acelerar la descomposición
del régimen
Al terminar el mes escuchamos noticias de otras dos acciones militares de Joaquín,
y al mismo tiempo chocamos dos veces con el ejército. El 27 estábamos
preparándonos para buscar un camino que eludiera Moroco donde, según
las informaciones que nos habían dado campesinos, había una gran
cantidad de soldados cuando Willy anunció que un grupo de soldados estaba
entrando en la emboscada que teníamos tendida. En el lugar se situaron
Chapaco Willy. León, Arturo, Ricardo, Chino, Eustaquio Aniceto y yo.
Los soldados caminaban lentamente y casi con descuido. Hicieron algunas señales
y luego dispararon tres tiros de mortero. Como no hubo respuesta siguieron avanzando.
Eran solamente ocho porque el resto se había quedado rezagado. Cuando
estuvieron cerca disparamos matando a cuatro de ellos El resto huyó por
el monte. Inmediatamente organizamos nuestra retirada sin quitarles las armas
ni el equipo porque esto significaba arriesgar innecesariamente a hombres nuestros
y seguimos. Dos días más tarde volvimos a chocar, pero en condiciones
diferentes. Estábamos en las márgenes del Rosita, a una hora de
camino de la desembocadura del Suspiro Eran aproximadamente las 4:30 de la mañana
(Ché no había dormido en toda la noche afectado por el asma. Miguel
estaba despierto para hacer el cambio de posta y Moro calentaba café
cuando éste último vio la luz de una linterna en la orilla del
río. Moro preguntó:
-Oiga, ¿quién es? Desde la orilla le contestaron:
-Destacamento Trinidad.
Ché oyó todo el diálogo, pues estaba en la improvisada
cocina. Inmediatamente nuestros compañeros dispararon. A Moro se le encasquilló
el M-2 pero Miguel lo protegió con su Garand. Ché ordenó
entonces la formación de una línea de defensa. Los soldados estaban
ocultos en un pequeño barranco. Benigno les tiró una granada que
cayó en el agua. El ruido de la explosión los asustó de
tal manera que corrieron despavoridos. Esto permitió que les disparáramos
con facilidad. Miguel que era hombre audaz, llegó hasta donde estaba
uno de los soldados heridos, le quitó su M-1, su canana y lo interrogó
logrando obtener valiosa información de que eran 21 hombres que se dirigían
hacia Abapó y que en Moroco, el lugar que estábamos eludiendo
estaban apostados 50 soldados.
En esta emboscada cometimos varios errores. Los caballos que teníamos
con nosotros se cargaron con mucha lentitud. Más todo fue un exceso de
confianza en nuestra capacidad y en un desprecio por el poder del enemigo.
Un compañero se retrasó probándose un par de botas nuevas.
A otro se le cayó la carga de frijoles. Un caballo se espantó
y se perdió con un mortero, algunos fusiles, ropa, etc. Así nos
cogió la claridad. Los soldados se repusieron de la sorpresa, recibieron
refuerzos de Moroco, se reagruparon y nos persiguieron. Cruzamos por un chaco
donde estaba la hermana de uno de los campesinos que nos habían ayudado.
La mujer con cariño y mucha serenidad a pesar del tiroteo. que era intenso,
nos informó que todos los campesinos de Moroco habían sido apresados
y conducidos a La Paz. Nos vendió una lata de leche y nos ofreció
gallinas. Actuaba con una tranquilidad pasmosa a pesar de que los soldados estaban
ya cerca de nosotros y nos disparaban con fuego sostenido.
Al cruzar por uno de los vados, el caballo del Ché resbaló y cayó
pero Coco, Julio y Miguel hicieron una línea de defensa para impedir
que el ejército concentrara el fuego sobre él. Más tarde
resbaló Julio, los soldados gritaban alborozados:
-Lo tumbamos, lo tumbamos.
Nuestro grupo cruzó a todo galope el vado, pero no lo pudo hacer más
tarde una parte de la vanguardia (Pacho, Aniceto y Raúl) y la retaguardia,
donde estaba Ricardo.
Al cruzar el vado fue herido Ricardo; Pacho y Raúl se lanzaron al rescate.
Raúl cayó muerto con un tiro en la boca y Pacho fue herido con
un disparo penetrante en las nalgas que le comprometió levemente los
testículos. Pacho se parapetó detrás del cuerpo ya sin
vida de Raúl y logró silenciar una ametralladora. Arturo y otros
compañeros rescataron a Ricardo, le colocaron en una hamaca, pero desgraciadamente
el plasma se perdió en la mochila de Willy. A pesar de todos los esfuerzos
que hizo el médico, Ricardo murió en la noche.
¡ Dos nuevas bajas!.
Raúl era un compañero muy callado, nunca hacía preguntas,
disciplinado, pero en general no se destacaba el resto. El día del combate,
sorprendió a todos con su comportamiento temerario y heroico. Su magnífica
y necesaria solidaridad con un compañero herido lo llevó a la
muerte. El respeto que por él teníamos se acrecentó.
Ricardo o Papi, como cariñosamente le llamábamos todos. fue el
hombre que tuvo el peso de la preparación previa del foco guerrillero.
Querido por los compañeros bolivianos, respetado por los cubanos y peruanos
que estaban combatiendo allí, no podíamos abandonarlo en un momento
tan doloroso. Por eso, porque la guerrilla desarrolla hondamente los sentimientos
fraternales entre los hombres, hubo actos de arrojo tan maravillosos para salvarlo
como los de Raúl, Pacho y otros compañeros.
El mes de agosto fue el mes malo para nosotros. Nuevamente volvimos a las márgenes
del Río Grande con la esperanza de encontrar a Joaquín. Las emisoras
locales estaban anunciando cada vez con mayor frecuencia encuentros entre guerrilleros
que no éramos nosotros y soldados. En este período pasamos mucha
hambre y una sed torturante a tal extremo que algunos compañeros tomaron
sus orinas para saciarla. Esta acción les provocó una serie de
trastornos intestinales. Para peor Moro, nuestro médico, enfermó
de lumbago, una afección tan dolorosa que prácticamente lo dejó
inmovilizado. Por lo tanto hubo que prestarle a él los mayores cuidados.
Por otra parte afloraron en Camba los primeros síntomas de cobardía
y me planteó que quería abandonar la lucha pues "sus condiciones
físicas no le permitían seguir". Agregó que no veía
mayores perspectivas a la guerrilla. El pretexto de su incapacidad física
era falso, pues Camba había demostrado ser un hombre de mucha fortaleza.
Simplemente tenía miedo y quería desertar. Las perspectivas negativas
de la lucha era otro pretexto vergonzoso. Le comuniqué a Ché esta
situación y él conversó con Camba, advirtiéndole
que no podía salir hasta que nuestra pequeña columna concluyera
la ruta que ya se había dado a conocer. Camba aceptó.
El 26 tuvimos el único choque con el ejército durante ese mes.
Teníamos planificada una emboscada en Río Grande; los soldados,
que ya mostraban más preparación, se dividieron en dos grupos
y tomaron una serie de precauciones que antes habían desestimado, por
ejemplo en la escuadra de siete hombres, cinco se colocaron río abajo
y dos se dispusieron a cruzar frente a nosotros. Antonio, que estaba frente
a la emboscada, se precipitó errando el tiro. Los dos huyeron en busca
de refuerzos y los otros cinco corrieron a saltos por la playa. Con Coco le
propusimos a Ché que nos dejara ir hasta la otra orilla y tratar de tomar
prisioneros a los soldados, pero éstos se parapetaron y nos rechazaron.
En los momentos difíciles, toda la grandeza del Ché
Hubo días duros, tensos, de relajamiento de la moral, en los que se necesitaba
una voluntad fuerte y una conducción política firme y respetada.
Sin estas últimas condiciones la desintegración de nuestra columna
era factible. Allí surgió una vez más, con toda su grandeza,
el espíritu del Ché. Su carácter de Jefe íntegro,
indiscutido, seguro en el mando, claro en sus concepciones, rápido en
sus decisiones, tajante para liquidar cualquier síntoma de descomposición,
y decidido a llegar hasta el final en la defensa de sus ideales.
Nunca como entonces tuvo tanto valor su histórico, preciso y categórico
llamado a definirse como hombre revolucionario:
"Es uno de los momentos -dijo el 8 de agosto- en que hay que tomar decisiones
grandes, este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios,
el escalón más alto de la especie humana, pero también
nos permite graduarnos de hombres, los que no puedan alcanzar ninguno de los
dos estadios deben decirlo y dejar la lucha".
Los hombres que continuaron la lucha a su lado no sólo acentuaron su
cariño y admiración por este jefe excepcional, sino que además
se comprometieron, cualesquiera que fueran las circunstancias, a vencer o morir
por sus ideales que en estos momentos catalizan a hombres y mujeres de todo
el mundo.
Aunque lo ignoramos en ese momento y sólo nos dimos cuenta días
más tarde, todo el resto del grupo de Joaquín cayó en la
emboscada del Vado del Yeso, el 31 de agosto. delatados en forma miserable por
el campesino Honorato Rojas. El ejército esperó pacientemente
que Rojas los llevara hasta la trampa y cuando estaban vadeando el río,
los asesinaron por la espalda. Allí se extinguió heroicamente
la vida de Tania, la mujer guiada por sus ideales revolucionarios y la admiración
que tenía por el Ché; trabajó pacientemente dos años
en Bolivia preparando el terreno para nuestro trabajo final y luego empuñó
el fusil para luchar por la libertad de nuestro pueblo. Tania con la leyenda
de mitos y realidades que mundialmente han tejido en torno a ella entró
en la historia continental como una heroína.
La muerte de Joaquín y de nuestra retaguardia que en sí era sólo
una escuadra sin capacidad combativa por la forma en que estaba integrada, con
la cual operamos solo un mes y estuvimos separados cuatro meses, fue un golpe
de suerte para el ejército. Uno o dos días antes de la emboscada,
nosotros con el Ché a la cabeza, llegamos hasta uno da los lugares donde
había acampado este compañero. Las huellas estaban frescas aún.
Los antecedentes que hemos reunido más tarde nos permiten conocer que
Joaquín y su escuadra sufrieron indecibles penurias, hambre, angustia,
nos buscaron tanto como nosotros a ellos. Sin embargo nunca desmayaron, su moral
se mantuvo alta, decididos a morir por nuestros ideales antes que entregarse,
fieles a la consigna creada por el Ché de ¡VICTORIA O MUERTE!
Aunque sólo teníamos 22 hombres, uno de los cuales -el médico-
estaba en malas condiciones, Camba era un desertor que estaba aterrorizado y
sólo nos acompañaba por la fuerza de las circunstancias, y León
nada nos había dicho que estaba "rajado", nuestro pequeño
ejército se hacía respetar, mantenía su actitud agresiva
y estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.
El Ché nuevamente reinició con fuerza su educación sobro
nuestro grupo, especialmente para mejorar algunas debilidades que se estaban
notando. Sus charlas, retos, o "descargas", como él las llamaba,
tenían a veces el carácter de consejo de padre a hijo y en otras
era enérgico y duro, como correspondía a las circunstancias. También
sabía ser tierno, especialmente cuando se acordaba de su familia o de
los compañeros que formaron parte de su vida militar como Tuma o Rolando.
Un día, recordándose de sus hijos, nos contó con un sentimiento
de cariño y nostalgia la última conversación que habla
sostenido con su hija Celita. Próximo a partir definitivamente de Cuba,
fue a su casa para ver por última vez a los niños y despedirse
de ellos. Como es natural iba caracterizado de Ramón, el hombre maduro
con facha de comerciante que recorría buena parte del mundo burlando
la vigilancia de la CIA. Su disfraz era tan bueno que no lo reconoció
ni la posta que estaba en su casa ni su hija. Ché la tomó en sus
brazos, después la sentó en las piernas y le acarició la
mano. La niñita le dijo a Aleida, su esposa, que presenciaba la escena:
-¡Mamá, este viejuco me quiere enamorar!
Ché no demostraba dolor cuando contaba esta anécdota, aunque su
voz denotaba una gran ternura. Nosotros comprendíamos cuánto significaba
para él esa frase de su hija querida, a la que ni siquiera le podía
dar un adiós como lo hace cualquier padre en una situación similar.
La misma ternura demostraba para los compañeros guerrilleros y éstos
retribuían su afecto y admiración sin dobleces, como una entrega
total. Precisamente por esos días, Ché se había autocastigado
como ayudante de cocina porque se le había mojado el fusil al cruzar
un vado. Al cruzar de nuevo el Río Grande se le perdieron los zapatos.
Inmediatamente el Ñato, que era hombre que resolvía todos los
problemas menudos que se presentaban, le fabricó un par de abarcas de
cuero, enteramente cerradas. Estos zapatos caseros fueron los que despertaron
curiosidad y comentarios el día de su muerte en el Yuro y luego en Vallegrande.
Así impidió el Ñato que Ché caminara descalzo. Cualquiera
de nosotros le hubiera dado los zapatos, pero estoy seguro de que el Ché
habría rechazado violentamente este gesto. A su vez Ché retribuía
este afecto con una serie de actitudes que nosotros valorábamos. Por
ejemplo, el 17 de setiembre en los días en que teníamos menos
comida y nuestra situación no era buena, ordenó cocinar arroz,
un plato de lujo, para celebrar el 22 cumpleaños de Pablito, compañero
de gran valor y el más joven de todos los guerrilleros. Igualmente había
celebrado el cumpleaños de Benigno el 6 de setiembre.
IX) la emboscada de la Higuera
Setiembre fue un mes de combates, de pérdidas humanas valiosas, de largas
caminatas y privaciones, de promisorios contactos con los campesinos, de altibajos
en la moral de la tropa y en el que se empieza a vislumbrar la pérdida
definitiva de Joaquín y su grupo.
El 2 fue nuestra primera escaramuza, que pudo tener un saldo netamente favorable
para nosotros si no ocurre un hecho que relataremos sólo con el objeto
de trasmitir experiencias que pueden servir en el futuro.
Chino estaba de posta con Pombo cuando vio un soldado a caballo. En lugar de
disparar, gritó: ¡Un soldado!. Naturalmente el soldado fue alertado
disparando en forma instantánea hacia el lugar de donde había
surgido el grito. Mientras Chino manipulaba su arma, Pombo fue más rápido
y tiró varios disparos matando al caballo. El soldado huyó. Al
día siguiente una escuadra nuestra integrada por Benigno, Pablito, Coco,
Julio, León y yo chocó con unos 40 soldados en el Masicurí,
en la casa de un latifundista.
El encuentro ocurrió sorpresivamente. Estábamos discutiendo con
el encargado de la casa y la mujer de éste cuando aparecieron los soldados.
Al vernos se replegaron y tendieron un semi-cerco. Inmediatamente empezaron
a dispararnos. Les replicamos con fuego sostenido y por lo menos vimos caer
a uno de ellos. Sin embargo no pudimos llevar alimentos y nos retiramos.
El día 6 -cumpleaños de Benigno- hubo otra escaramuza. Una patrulla
casi nos sorprende por descuido de la vanguardia, pero después de un
breve tiroteo no pasó nada y nos fuimos tranquilamente.
Los días siguientes fueron de caminatas constantes en las que observamos
que la enfermedad de Moro, nuestro médico, se agravaba constantemente
y sufría de intensos dolores. Ché lo cuidaba con dedicación
y se esmeraba en crearle las mejores condiciones para aliviar, aunque fuera
levemente, su mal. Por otra parte él mismo era aquejado por nuevos ataques
de asma y carecía de medicinas para controlarlos.
El 22 de setiembre llegamos a Alto Seco, un villorrio de unas 50 casas modestas
con pésimas condiciones de higiene. Sin embargo el pueblito tiene cierta
importancia. En el centro hay una plazuela, una iglesia y una escuela; también
tiene un camino de tierra por el cual pueden llegar algunos vehículos
motorizados. Inmediatamente supimos que el Corregidor había acudido presuroso
a Valle Grande a dar cuenta al ejército de nuestra presencia.
La reacción de la población fue interesante. Los habitantes no
se retiraron del lugar. Lentamente se fueron acercando a nosotros, con gran
desconfianza. Su temor, porque existía temor, no era a los guerrilleros
propiamente, sino a la perspectiva de que se combatiera en el pueblo o las represalias
que pudiera tomar el ejército contra sus habitantes.
Es preciso destacar que por primera vez se realizó un mitin en el local
de la escuela a la que acudieron asombrados campesinos que guardaron silencio
y escucharon con atención. El primero en hablar fui yo. Expliqué
cuales eran nuestros objetivos, les recalqué sus duras condiciones de
vida, el significado de nuestra lucha y su importancia para el pueblo, ya que
de nuestro triunfo dependía que la suerte de ellos cambiara positivamente.
Por primera vez habló también a los habitantes del lugar el Ché,
aunque nadie lo reconoció. Ché explicó el abandono en que
permanecía el pueblo, la explotación de que eran víctimas
los campesinos del lugar, y dio varios ejemplos. Entre ellos destacó
que Alto Seco sólo tenía un pozo antihigiénico para abastecer
de agua a los vecinos. "Acuérdense -les dijo- que después
de nuestro paso por aquí recién se acordarán las autoridades
de que ustedes existen. Entonces les ofrecerán construir algún
policlínico, o mejorar algunos aspectos. Pero ese ofrecimiento se deberá
única y exclusivamente a la presencia nuestra en esta zona y, si alguna
obra realizan, ustedes sentirán, aunque indirectamente, el efecto beneficioso
de nuestra guerrilla".
Éste fue el único mitin que realizamos en toda la guerra; nuestra
propaganda en el campo la dieron nuestros exitosos combates; el trato permanente
entre guerrilleros y campesinos hace el resto.
En los días siguientes recorrimos Santa Elena y Loma Larga hasta llegar
a Pujío, el 25. Nuevamente la curiosidad y desconfianza al principio,
para luego recibir un trato cordial. La gente se nos acercó hasta tomar
confianza con nosotros.
Dos hechos caracterizaban nuestra situación:
-Moro seguía mal y estaba muy débil.
-Camba estaba francamente "rajado". En esta oportunidad el Ché
y yo hablamos con él para decirle que esa misma noche se afeitara, cambiara
de ropa, para que luego pudiera buscar una salida sin que lo detectara el ejército.
Camba dijo que todavía no era necesario, y que seguiría con la
columna hasta que cambiara de rumbo con el objeto de que él pudiera llegar
con relativa facilidad a Santa Cruz.
Eso noche dormimos a la vera del camino.
El camino entre Pujío y Picacho realizado en la madrugada del 26 lo hicimos
sin inconveniente. La población nos trató bastante bien. Incluso
dos viejitas campesinas invitaron a Julio y Coco a dormir en la casa y les regalaron
varios huevos. Por razones obvias de seguridad ambos compañeros no aceptaron
tan acogedor y generoso ofrecimiento. Estos actos de solidaridad, indudablemente,
confortaban. Demuestran también que eI campesino no es tan impermeable
en su trato con el guerrillero y que con una labor regularmente sostenida, es
fácil captarlo y movilizarlo como auxiliar importante en las tareas combativas
hasta su total integración.
Muy temprano llegamos a Picacho. La población estaba de fiesta y nos
trató bastante bien. Nos invitaron chicha y algunos bocados; menudearon
los abrazos para despedimos; el Chapaco dijo algunas palabras en un brindis.
Decidimos seguir la marcha. Nuestro próximo punto era La Higuera. Como
era de esperarlo, nuestra presencia estaba totalmente detectada. Coco se incautó
de un telegrama que había en casa del telegrafista donde el sub-prefecto
de Valle Grande comunicaba al corregidor de ese lugar la presencia de fuerzas
guerrilleras en la zona.
Pocos minutos mas tarde se libraría el más negativo de nuestros
combates.
Durante los últimos días la enfermedad de Moro había recrudecido.
El 26 su salud continuaba siendo mala, y ésta era otra de las preocupaciones
más serias del Ché. Tal vez era la presión más grave,
puesto que las noticias de las emisoras sobre Joaquín, aunque todavía
fragmentarias, permitían suponer que el grupo estaba definitivamente
perdido. Ello significaba que terminaba la búsqueda en círculo
y que la columna se desplazaría hacia otra zona de operaciones.
A las 13 horas de ese día salió la vanguardia para tratar de llegar
a Jaguay. Después de media hora cuando el centro y la retaguardia se
aprestaron para alcanzarlos se escuchó nutrido fuego a la entrada de
La Higuera.
Ché organizó inmediatamente la defensa del poblado para esperar
a la vanguardia. Nadie dudó en ese instante que los nuestros habían
caído en una emboscada por eso esperamos nerviosos y tensos las primeras
noticias.
El primero en regresar fue Benigno, con un hombro atravesado por una bala, la
misma que había matado a Coco. Luego lo hicieron Aniceto y Pablito, este
último con un pie dislocado. También habían muerto en la
emboscada Julio y Miguel.
El combate fue ligero y desigual. El ejército, con un gran poder de fuego
y un número aplastante de hombres, había atacado sorpresivamente
a nuestros combatientes en una zona sin ninguna defensa natural, totalmente
desprovista de vegetación, podían dominar desde el firme en que
se encontraban una vasta extensión de terreno con armas de grueso calibre.
Miguel fue muerto casi instantáneamente, Coco quedó mal herido.
El resto de los compañeros peleó heroicamente tratando de rescatarlo,
dando una hermosa prueba de solidaridad. Cuando Benigno arrastraba su cuerpo
sangrante, una ráfaga de ametralladora lo remató y una de las
balas hirió a Benigno, otro rafagazo mató a Julio.
Coco y yo éramos -si así cabe decirlo- más que hermanos.
Camaradas inseparables de muchas aventuras, juntos militamos en el Partido Comunista,
juntos sentimos el peso de la represión policial en muchas oportunidades
y compartimos la cárcel, juntos trabajamos en Tipuani, juntos recorrimos
el Mamoré, aprendimos agricultura y pasamos largas jornadas cazando caimanes,
juntos ingresamos a la guerrilla. En esta nueva aventura no lo veré a
mi lado pero siento su presencia, exigiéndome cada vez más.
Un día, conversando en el monte a propósito de la muerte de Ricardo,
que produjo un fuerte impacto en su hermano Arturo, Coco me dijo:
-No quisiera verte muerto, no sé cómo me comportaría. Afortunadamente
creo que si alguien muere primero, ése seré yo ... .
Coco era un hombre muy generoso, capaz de emocionarse y llorar como un hombre
por un ser querido, como lo hizo el día que murió Ricardo.
Yo no lo vi morir. Tampoco derramé una lágrima, por una cuestión
de carácter, me cuesta mucho llorar. Pero no por eso el dolor, el sentimiento
y el afecto por un hombre tan querido es menos intenso. Coco, Julio y Miguel,
compañeros de jornadas heroicas, alcanzaron el escalón más
alto de la especie humana y se graduaron de hombres y de guerrilleros, como
lo hicieron antes Joaquín, Tania, Rolando, Marcos, Tuma, Rubio, Aniceto
y tantos otros compañeros queridos.
Por eso el Ché que no era partidario de prodigar elogios, dijo de ellos:
"Nuestras bajas han sido muy grandes esta vez; la pérdida más
sensible es la de Coco, pero Miguel y Julio eran magníficos luchadores
y el valor humano de los tres era imponderable".
X) el Yuro
La emboscada de La Higuera marcó una nueva etapa, angustiosa y difícil
para nosotros. Habíamos perdido tres hombres y, prácticamente,
no teníamos vanguardia. El médico seguía mal y la columna
estaba reducida a sólo 17 guerrilleros desnutridos por la prolongada
carencia de proteínas, lo que naturalmente influía en la capacidad
combativa. Definido ya el problema de Joaquín, los próximos pasos
del Ché se orientaban a buscar otra zona de operaciones donde el terreno
nos fuera más favorable. Teníamos necesidad inmediata de contactamos
con la ciudad, para solucionar problemas logísticos y recibir refuerzos
humanos, puesto que nuestras fuerzas se habían desgastado, sin que hubiésemos
podido reemplazar a los hombres que habían caído. Sin embargo
era previo romper dos cercos, uno que estaba rondando casi en nuestras propias
narices y el otro que había dispuesto el ejército y que habíamos
conocido a través de filtraciones periodísticas dadas a conocer
por emisoras argentinas y chilenas. Para nadie era un misterio que nuestra presencia
estaba claramente detectada y así lo anunciaban también las informaciones
de carácter internacional, aunque las emisoras locales, silenciadas por
el régimen, daban solamente una información muy general.
Entre el 27 de setiembre y el 1º de octubre permanecimos ocultos, aunque
algunos compañeros realizaban exploraciones para buscar una salida adecuada
por los "firmes", que nos permitiera eludir las fuerzas enemigas.
Nuestra ración se redujo considerablemente y sólo consistía
en tres cuartos de una pequeña lata de sardinas, y una cantimplora de
agua para todo el día. Para peor el agua era amarga. Pero no había
más y la mandábamos a buscar en la noche o cuando aún estaba
oscuro en la madrugada. Dos compañeros cargaban todas las cantimploras,
bajaban tomando toda clase de precauciones y borraban los rastros.
Hasta el día 30 los soldados, en gran cantidad y perfectamente equipados,
pasaban frente a nosotros sin detectarnos. El 1º de octubre empezamos a
movernos con un poco más de rapidez y después de varios días
de privaciones comimos unas frituras que cocinó Chapaco y Ché
ordenó que se repartiera un poco de charqui frito. Para que el fuego
no fuera detectado por los soldados lo protegimos con frazadas.
Las emisoras por otra parte empezaron a dar mayores informaciones, entre las
cuales resaltaban las delaciones de Camba y León, que habían desertado
el 26, y los cambios de los puestos de avanzada del Estado Mayor del Ejército.
Nuestras caminatas se realizaban extremando las precauciones, aunque a veces
pasábamos por lugares algo poblados a plena luz del día. Así
llegamos al 8 de octubre.
La tarde anterior habíamos cumplido 11 meses desde que el Ché
ingresó al monte en Bolivia y hasta ese momento el balance no era precisamente
desfavorable a nosotros. El ejército sólo había dado un
golpe grave, el de La Higuera, que por otra parte fue casual. Todo lo demás
era un saldo positivo puesto que, a pesar de lo reducido de nuestras fuerzas,
habíamos capturado cerca de un centenar de soldados, incluyendo oficiales
de alta graduación, habíamos puesto fuera de combate a otra gran
cantidad de enemigos y nos habíamos incautado de diversas armas y mucho
parque.
Era imprescindible, como nueva fase táctica, romper el cerco para llegar
a la nueva zona de operaciones, donde podríamos dar combate imponiendo
nuestras condiciones al enemigo, y al mismo tiempo contactarnos con la ciudad,
cuestión importante en este período para reforzar nuestra columna.
Cualquiera que lea el Diario del Ché, aunque éstos sólo
son apuntes de tipo personal donde se reflejan más los problemas negativos
(aspectos negativos) con el objeto de analizarlos para corregirlos más
tarde, se podrá dar cuenta de que en ningún momento se denotaba
desesperación o pérdida de fe, a pesar de los muchos momentos
angustiosos por los que pasamos. Por eso, al resumir los 11 meses de operaciones
Ché sintetiza su pensamiento diciendo que han pasado "sin complicaciones,
bucólicamente".
La madrugada del 8 de octubre fue fría.
Los que teníamos chamarra nos la colocamos. Nuestra marcha era lenta
porque el Chino caminaba muy mal de noche y porque la enfermedad de Moro se
acentuaba. A las dos de la mañana paramos a descansar y reanudamos nuestra
caminata a las cuatro. Eramos 17 figuras silenciosas que avanzábamos
mimetizándonos en la oscuridad por un cañón angosto llamado
el Yuro.
La mañana se descargó con un sol hermoso que nos permitió
observar cuidadosamente el terreno. Buscábamos una cresta para dirigimos
luego al río San Lorenzo.
Las medidas de seguridad se extremaron, especialmente porque la garganta y los
cerros eran semipelados, con arbustos muy bajos, lo que hacía casi imposible
ocultarse.
Ché decidió entonces enviar tres parejas de exploradores: una
por el cerro hacia la derecha, integrada por Benigno y Pacho; otra por el cerro
hacia la izquierda, integrada por Urbano y otro compañero, y la tercera
hacia adelante, a cargo de Aniceto y Darío. Pronto regresaron Benigno
y Pacho, la información no resistía duda: los soldados estaban
cerrando el paso. El problema era saber si nos habían detectado o no.
¿Qué perspectiva nos quedaba?
No podíamos volver atrás; el camino que habíamos hecho,
muy descubierto, nos convertía en presas fáciles de los soldados.
Tampoco podíamos avanzar, porque eso significaba caminar derecho a las
posiciones de los soldados. Ché tomó la única resolución
que cabía en ese momento. Dio orden de ocultarse en un pequeño
cañón lateral y organizó la toma de posiciones. Eran aproximadamente
las 8 y 30 de la mañana. Los 17 hombres estábamos sentados al
centro a ambos lados del cañón, esperando. El gran dilema del
Ché y de nosotros era saber si el ejército había descubierto
nuestra presencia o si sus posiciones eran simplemente una maniobra táctica
que correspondía al cerco que nos estaba tendiendo desde hacía
varios días.
Ché hizo un análisis rápido: si los soldados nos atacaban
entre las 10 de la mañana y la 1 de la tarde estábamos en profunda
desventaja y nuestras posibilidades eran mínimas, puesto que era muy
difícil resistir un tiempo prolongado. Si nos atacaban entre la 1 y las
3 de la tarde teníamos más posibilidades de neutralizarlo. Si
el combate se producía de las 3 de la tarde hacia adelante las mayores
posibilidades eran nuestras, puesto que la noche caería pronto y la noche
es la compañera y aliada del guerrillero.
A las 11 de la mañana aproximadamente fui a reemplazar a Benigno a su
posición, pero éste no bajó y se quedó ahí
tendido, porque la herida en el hombro le había supurado y le dolía
mucho. Definitivamente nos quedaríamos allí Benigno, Darío
y yo. En el otro extremo de la quebrada estaban Pombo y Urbano, y en el centro
el Ché con el resto de los combatientes.
Aproximadamente a las 13 y 30 Ché envió al Ñato y Aniceto
a reemplazar a Pombo y Urbano. Para cruzar hacia esa posición debíamos
atravesar un claro que era dominado por el enemigo. El primero en intentarlo
fue Aniceto, pero una bala lo mató.
La batalla había comenzado. Teníamos la salida cerrada. Loa soldados
gritaban: -Cayó uno, cayó uno... En la misma garganta estrecha,
en una posición que ocupaban los soldados, se escuchaba el tableteo regular
de ametralladoras que, al parecer, estaban cubriendo el camino por el que habíamos
venido la noche anterior.
La posición nuestra quedaba frente a una fracción del ejército
y a la misma altura, de manera que podíamos observar sus maniobras sin
que ellos nos detectaran. Por eso sólo tirábamos cuando ellos
hacían fuego, para no delatarnos. Por su parte el ejército creía
que los disparos nuestros sólo partían desde abajo, o sea, desde
la posición en que se encontraba el Ché.
La situación más difícil era la de Pombo y Urbano. Ocultos
detrás de una roca recibían fuego ininterrumpidamente. No podían
salir de allí porque al cruzar el claro podían liquidarlos con
suma facilidad, como lo hicieron con Aniceto. Con el objeto de obligarlos a
salir de esa trinchera natural el enemigo les disparó un granadazo; la
explosión levantó una gran polvareda que aprovecharon Pombo y
Urbano. Con una velocidad impresionante traspasaron el claro mientras los soldados
disparaban al bulto y gritaban agresivamente. Ambos cayeron justamente en el
lugar en que estaba Ñato esperando.
Los tres intentaron salir por un camino de retirada que nos había indicado
previamente el Ché para llegar a un lugar de reunión anteriormente
acordado. Sin embargo lograron vernos y captaron nuestras señas de que
se quedaran donde estaban.
La batalla continuó sin interrupciones. Disparábamos sólo
cuando ellos hacían fuego para no delatarnos y para ahorrar parque. Desde
el lugar en que estábamos ubicados dejamos fuera de combate a varios
soldados
Anochecía cuando bajamos a juntarnos con Pombo, Urbano y Ñato,
y a buscar nuestras mochilas Ya estábamos actuando en nuestro medio.
Preguntamos a Pombo -¿Y Fernando? -Nosotros creíamos que estaba
con ustedes, nos respondieron.
Cargamos nuestras mochilas y nos dirigimos presurosos al lugar de contacto.
En el camino encontramos botados algunos alimentos, entre ellos harina, lo que
nos llamó profundamente la atención, porque el Ché jamás
permitió que se botara alimento, cuando hubo necesidad de hacerlo, la
carga se ocultó cuidadosamente Más adelante encontré el
plato del Ché, bastante pisoteado. Lo reconocí inmediatamente
porque era una vasija honda de aluminio bastante característica Lo recogí
y lo guardé en mi mochila.
Los últimos rastros del Ché
No encontramos a nadie en el lugar de reunión aunque reconocimos las
huellas de pisadas y las abarcas del Ché, que dejaba una marcha bastante
diferente a las demás y por lo mismo era fácilmente identificable
Pero esta huella se perdía mas adelante.
Supusimos que el Ché y el resto de lo gente se había dirigido
hacia el río San Lorenzo como estaba previsto, con el objeto de ir internándose
en el monte, lejos del alcance del ejército, hasta alcanzar la nueva
zona de operaciones
Esa noche caminamos los seis (Pombo, Benigno, Ñato, Daño, Urbano
y yo) con una carga más liviana
En el fondo de la quebrada habíamos botado algunas cosas que nos parecían
innecesarias para aligerarnos y marchar más rápido
Mi mochila estaba abierta y faltaba la radio, es indudable que el que la sacó
fue el Ché antes de retirarse, y era natural. Hombre sereno, previsor,
jamás organizaba una retirada sin planificar desesperadamente. Por el
contrario, en estos momentos de grandes decisiones su figura de jefe y conductor
militar y político se agigantaba. Por eso es obvio que la radio la sacó
para escuchar las noticias, ya que la información pasa a constituir un
elemento muy importante en el monte.
Marchamos con sigilo. Ninguno ocultaba su inmensa preocupación por la
suerte del Ché y el resto de los compañeros.
Después de perder el rastro de nuestra gente volvimos a caer en La Higuera,
lugar que nos traía recuerdos dolorosos que aun no se habían borrado.
Nos sentamos casi frente a la escuela del lugar. Los perros ladraban con persistencia
pero no sabíamos si era delatando nuestra presencia o estimulados por
los cantos y gritos de los soldados que esa noche se emborracharon eufóricos.
¡Jamás nos imaginamos que a tan corta distancia de nosotros aún
estaba allí herido, pero con vida, nuestro querido Comandante!
Con el transcurso del tiempo hemos pensado que tal vez, si lo hubiésemos
sabido, habríamos tratado de hacer una acción desesperada por
salvarlo, aun cuando eso nos significase morir en la empresa.
Pero esa noche tensa y angustiosa, ignorábamos absolutamente lo que había
sucedido, y en voz baja nos preguntábamos si quizás otro compañero,
además de Aniceto, había muerto en el combate.
Seguimos caminando, bordeando La Higuera sin alejarnos mucho y al amanecer,
con las primeras luces del día, nos ocultamos en un lugar del monte muy
poco denso Habíamos decidido caminar solamente de noche de manera que
el día era de vigilancia rigurosa.
El día 9 fue tranquilo. Dos veces vimos pasar un helicóptero,
eI mismo que en esos instantes llevaba el cadáver aun tibio del Ché,
asesinado cobardemente por orden de la CIA y de los gorilas Barrientos y Ovando,
pero nosotros no sabíamos nada.
No teníamos más comunicación con el exterior que un pequeño
aparato de radio que era de Coco, pero ahora lo cargaba Benigno. Esa tarde Benigno
escuchó una información confusa. Una emisora local anunciaba que
el ejército había capturado gravemente herido a un guerrillero
que, al parecer, era el Ché. Desestimamos inmediatamente esta posibilidad,
puesto que si lo hubiese sido, pensábamos, habrían hecho un gran
escándalo, pensamos que el herido podría ser Pacho y la confusión
derivaba de algún parecido que podría haber entre ambos.
Esa noche caminamos por quebradas infernales, riscos filudos y empinados, que
ni las cabras habían escogido. Pero Urbano y Benigno, con su sentido
de orientación extraordinario y una decisión inquebrantable, nos
guiaban sacándonos lentamente del cerco.
Avanzamos poco. El día 10 nos sorprendió en un lugar aun cercano
a La Higuera y comentamos alegremente que el agua que estábamos tomando
era la misma que más abajo tomaban los soldados. Otra vez estábamos
esperando la noche para alcanzar el Abra del Picacho por donde pensábamos
romper el cerco.
Aproximadamente a la una de la tarde, Urbano escuchó una noticia que
nos dejó helados: las emisoras anunciaban la muerte del Ché y
daban su descripción física y su indumentaria. No había
posibilidad de equivocarse, porque señalaban entre su indumentaria las
abarcas que le había hecho el Ñato, una chamarra que era de Tuma
y que el Ché se ponía para abrigarse en las noches, y otros detalles
que nosotros conocíamos perfectamente.
Un dolor profundo nos enmudeció;
Ché, nuestro jefe, camarada y amigo, guerrillero heroico, hombre de ideas
excepcionales, estaba muerto. La noticia horrenda y lacerante, nos producía
angustia
Permanecimos callados, con los puños apretados, como si temiéramos
estallar en llanto ante la primera palabra. Miré a Pombo, por su rostro
resbalaban lágrimas.
Cuatro horas más tarde el silencio fue roto Pombo y yo conversamos brevemente.
La misma noche de la emboscada del Yuro los seis nos habíamos puesto
de acuerdo para que él asumiera el mando de nuestro grupo hasta que encontráramos
al Ché y al resto de nuestros compañeros. Era preciso, en este
instante tan especial, tomar una decisión que honrara la memoria de nuestro
querido jefe. Intercambiamos algunas opiniones y luego, ambos nos dirigimos
a nuestros compañeros. Es difícil reflejar exactamentete, en los
menores detalles, un momento saturado de tantas emociones, de sentimientos tan
profundos, de dolor intenso y de deseo de gritar a los revolucionarios que todo
no estaba perdido, que la muerte del Ché no se convertía en panteón
de sus ideas, que la guerra no habla terminado.
¿Cómo describir cada uno de los rostros? ¿Cómo reproducir
fielmente cada una de las palabras, de los gestos, de las reacciones, en aquella
soledad impresionante, bajo la amenaza siempre permanente de una fuerza militar
canibalesca que nos buscaba para asesinarnos y ofrecía recompensa por
nuestra captura ''vivos o muertos"?
Sólo recuerdo que con una sinceridad muy grande y unos deseos inmensos
de sobrevivir, juramos continuar la lucha, combatir hasta la muerte o salir
a la ciudad, donde nuevamente reiniciaríamos la tarea de reestructurar
el Ejército del Ché para regresar a las montañas a seguir
combatiendo como guerrilleros.
Con voces firmes pero cargadas de sentimiento, esa tarde surgió nuestro
juramento, el mismo que ahora cientos de hombres de muchas partes del mundo
han hecho suyo, para plasmar en la realidad el sueño del Ché.
Por eso en la tarde del 10 de octubre Ñato, Pombo, Darío, Benigno,
Urbano y yo dijimos en la selva boliviana.
"Ché:
TUS IDEAS NO HAN MUERTO, NOSOTROS, LOS QUE COMBATIMOS A TU LADO, JURAMOS CONTINUAR
LA LUCHA HASTA LA MUERTE O LA VICTORIA FINAL. TUS BANDERAS, QUE SON LAS NUESTRAS,
NO SERÁN ARRIADAS JAMÁS.
¡VICTORIA O MUERTE!"
XI) la ruptura del cerco
¿Por qué sobrevivimos a los cercos que se nos tendiera después
del Yuro, con fuerzas inmensamente superiores a nosotros en número y
armamento?
Muchos pueden pensar que sólo se deba a ese factor primario que se llama
"instinto de conservación" o al ansia de continuar viviendo.
Creo sinceramente que no fue sólo eso.
Es cierto que queríamos continuar viviendo, pero eso no era todo. Esencialmente
éramos agresivos y estábamos dispuestos a dar combate en cualquier
circunstancia, como lo hicimos siempre.
¿Era imposible, entonces, romper el apretado cerco enemigo y regresar
a la ciudad en busca de contactos para continuar la lucha?
La tarde del 10 de octubre, después que juramos no desertar jamás
del proceso revolucionario, planificamos la ruptura del cerco y decidimos buscar
al resto de los sobrevivientes. Por la radio nos informamos que el ejército
sabía que sólo quedábamos con vida 10 guerrilleros; nuestro
grupo integrado por los seis ya mencionados y otro, cuya dirección de
marcha no conocíamos, pero suponíamos que era la misma que la
de nosotros, integrado por Chapaco, Moro, Eustaquio y Pablito. En la identificación
nuestra y en el dato del número exacto de los que quedábamos,
colaboraron los desertores Camba y León. Ya nos habíamos dado
cuenta de la forma en que se extendía el cerco enemigo, sus características
y la forma en que procedían los soldados. Por eso decidimos romperlo
por la parte más abrupta. Infortunadamente el día 11 fueron muertos
en la desembocadura del río Mizque los compañeros Moro, Pablito,
Eustaquio y Chapaco. Seguramente habían tomado la misma decisión
nuestra, de no entregarse jamás, y murieron combatiendo dignamente. Ellos
habían escogido un rumbo contrario al nuestro (al sur), seguramente buscando
también la ciudad. Sólo quedábamos nosotros.
Estábamos en malas condiciones físicas. Habíamos comido
poco y realizado un gran esfuerzo en los días anteriores, al margen de
que las grandes tensiones también habían hecho efecto sobre nuestro
organismo.
Volvimos a aligerar la carga. Ñato, que llevaba todo el instrumental
médico, lo enterró, pues en el futuro no nos serviría,
y convirtió en olla la caja metálica que antes servía para
esterilizar. La sopa de harina que cocinamos después de tantos días
de privaciones sólo sirvió para "engañar las tripas",
pero no reparó nuestras fuerzas.
Al comenzar la madrugada del 12 de octubre empezamos a marchar en dirección
a un sector del cerco. A las 3 de la mañana cruzamos el camino de La
Higuera al Abra del Picacho, el mismo que ya antes habíamos hecho con
el Ché. Todo estaba silencioso. Cuando clareó ya estábamos
al otro lado del Abra. Caímos cerca de una choza y decidimos llegar hasta
allí para preguntar a sus moradores la ubicación exacta del lugar,
reorientarnos, tratar de abastecernos de alimentos y continuar. Buscamos a los
campesinos pero no encontramos a nadie. Quedarse en la choza era demasiado peligroso,
por lo que estimamos más conveniente ocultarnos en los espinales que
rodeaban la casa.
Dos hechos, totalmente antagónicos, marcaron el transcurso del día.
Un muchacho de unos 12 años, muy despierto, nos identificó el
lugar exacto donde estábamos, nos indicó la dirección del
río, nos prestó una olla para cocinar y empezó a ordeñar
una vaca para darnos leche. Desgraciadamente un campesino que pasaba por el
lugar nos vio y corrió hacia el Abra a denunciarnos a los soldados que
en buen número se encontraban concentrados allí como parte del
cerco estratégico que habían tendido alrededor de nuestra mermada
columna. Por nuestra debilidad física no pudimos darle alcance. Tampoco
quisimos dispararle, precisamente porque se trataba de un campesino.
En esta emergencia nos vimos obligados a partir Inmediatamente, sin cocinar
y sin esperar la leche. Caminábamos bordeando un arroyo muy encajonado
que desemboca en el río San Lorenzo, cuando Urbano, que caminaba a la
vanguardia, vio a los soldados que ya habían tomado posiciones. Provistos
de todos los recursos técnicos se nos habían adelantado, y allí
estaban esperándonos.
Urbano, de reflejos rápidos disparó instantáneamente. Los
soldados replicaron al fuego.
Ésta fue la última vez que cargamos las mochilas; obligados por
las circunstancias a eludir con rapidez al enemigo, sacamos sólo la ración
de azúcar y nuestras respectivas chamarras. El resto lo botamos.
Subimos por una empinada ladera, muy abrupta y peligrosa, para caer al otro
lado del arroyo. Como ésa es una zona que sólo tiene árboles
en las quebradas, nos veíamos en la obligación de salir de cualquier
manera para ubicar un lugar mejor.
Nos arrastramos hasta llegar a una especie de “isla” de monte, con
una superficie aproximada de 50 metros cuadrados. La situación era relativamente
peor que la anterior, porque el pequeño campo estaba rodeado por pampas
abiertas donde los soldados podían matarnos fácilmente. Nos ocultamos
y guardamos silencio, esperando que no nos hubiesen detectado hasta que cayera
la noche para salir.
Algunos campesinos comenzaron a rondar la zona El ejército nos empezó
a cercar. Aproximadamente a las 16 y 30 horas del 12 de octubre, un círculo
compacto de soldados estrechaba sus posiciones en torno a la isla". Era
la mejor oportunidad para eliminarnos, pero la ultima palabra no estaba dicha.
Los seis compañeros resolvimos agruparnos en la parte más alta
del pequeño bosque y responder al fuego enemigo solo cuando estuviéramos
seguros de dar en el objetivo. Los soldados empezaron a disparar, a insultarnos
y a exigirnos la rendición. Nosotros nos manteníamos en silencio,
atentos a las maniobras que ellos estaban realizando.
Fueron momentos sumamente difíciles. Pensábamos que había
llegado nuestro último momento, de manera que nos preparamos para caer
dignamente. En uno de esos instantes propuse enterrar el dinero que nos quedaba
y los relojes para que no cayeran en poder de los soldados, pero Pombo. con
mucha seguridad, afirmó que el cerco se podía romper en la noche.
Todos seguimos entonces con nuestras respectivas pertenencias.
El silencio desconcertó al ejército. Algunos soldados, reflejando
su miedo, gritaban:
-Aquí no hay nadie, vámonos.
Otros nos insultaban. Pronto se inició una nueva operación. Grupos
de soldados empezaron a "peinar" la islita, tarea fácil si
se consideraba su reducido tamaño. Cuando los tuvimos cerca disparamos.
Tres soldados y un guía cayeron muertos. Las tropas se replegaron, pero
en seguida nos empezaron a tirar rafagazos de ametralladora y granadas, pues
ya estábamos ubicados. Pero también varió su tono insolente.
Ahora ya no nos insultaban, sino nos gritaban: -Guerrilleros ríndanse.
Para qué siguen combatiendo si ya murió su jefe...
Como había previsto Pombo, el fuego cesó apenas cayó la
noche. Pero para desgracia nuestra apareció una luna hermosa, que derramaba
su luz por todos los rincones. Intentar la salida en tales circunstancias era
arriesgar demasiado.
Nos quedamos vigilantes. El frío que se descargó con una inclemencia
terrible traspasaba la ropa y nos llegaba hasta los huesos. Tiritábamos
mientras mirábamos el cielo, esperando que se ocultara la luna.
A las tres de la mañana las sombras se descolgaron por todo el sector.
Este era el momento que habíamos esperado con impaciencia. Nos arrastramos
lentamente; para sorpresa nuestra los soldados se habían replegado un
poco. Al parecer las cuatro bajas que habían sufrido la tarde anterior
los había obligado a tomar precauciones. Pronto llegamos cerca de las
posiciones enemigas. Los puestos de los soldados estaban situados a una distancia
de cinco metros entre sí. El clima y la espera también los había
afectado.
Seguimos avanzando cuando de pronto uno de los soldados, en lugar de disparar
nos gritó: -Alto, quién anda ahí...! Fue nuestra salvación.
Nos lanzamos a una de las trincheras, matamos a dos soldaditos y nos quedamos
ahí, reagrupados. Se generalizó un tiroteo intenso que duró
aproximadamente 15 minutos o más. Cuando terminó empezamos a salir.
El cerco más cerrado que nos había tendido el ejército
estaba roto.
Nuestra salida del monte ha servido para que escritores y periodistas divulguen
historias fantásticas. Algún día, porque ahora no es el
momento ya que perjudicaríamos a los campesinos que nos ayudaron, relataremos
los detalles de esta acción que de verdad tiene aspectos increíbles
y fascinantes. Bástenos sólo afirmar que, sin esa solidaridad,
nuestra supervivencia habría sido sumamente difícil.
A partir de la madrugada del 13 de octubre caminamos solamente de noche, tratando
de eludir el contacto con la población, excepto en las ocasiones en que
este contacto era imprescindible para adquirir alimentos o recoger información.
Teníamos cierta desconfianza porque algunos campesinos -no todos ni la
mayoría- motivados por la recompensa de 10 millones de bolivianos que
se ofrecía por nuestras "cabezas", como lo anunciaban las radios,
corrían a denunciarnos a los soldados. Pero hubo muchos que nos ayudaron
a salir de la zona neurálgica, nos guiaron hasta Valle Grande, nos proporcionaron
alimento, nos dieron valiosa información y guardaron silencio a pesar
de los golpes, las amenazas v hasta los robos de que fueron víctimas
por parte del ejército.
Otro valioso combatiente caído
Durante un mes caminamos buscando la carretera Cochabamba - Santa Cruz. El día
13 de noviembre intentamos nuestra primera salida seria hacia la ciudad. Ñato
y Urbano llegaron hasta Mataral a comprar abarcas y ropas para cambiar nuestros
raídos "trajes" y modificar nuestra apariencia patibularia.
En la tienda del lugar ambos recogieron la información de que los soldados
habían detectado nuestra presencia y se aprestaban a combatirnos. Inmediatamente
regresaron para avisamos. Por la tarde divisamos varias patrullas que nos buscaban
insistentemente. Permanecimos ocultos todo eI día. Esa noche empezamos
de nuevo a caminar, cruzamos la carretera y tratamos de alejarnos del sector.
Sin embargo el 14 nos descubrió el ejército y nuevamente sostuvimos
un combate desigual. En el alto de una loma, cuando ya estábamos próximos
a eludir a la fuerza enemiga, un tiro derribó al Ñato. Formamos
una línea de defensa, y lo arrastramos hasta nuestras posiciones. Pero
ya estaba muerto,
El Ñato, hombre querido por todos, firme en sus convicciones, valiente,
atento a solucionar estos pequeños problemas domésticos que a
veces, si se acumulan, provocan tantas consecuencias desagradables, moría
en el último combate, después de afrontar peligros mayores que
éste, en el que perdió la vida. Son las sorpresivas alternativas
de la guerra. Como homenaje sencillo a este prototipo de hombre de pueblo, sólo
cabría decir:
-Fue un guerrillero cabal, y un hombre leal con las ideas de liberación.
A partir de Mataral marchamos paralelos a la carretera, esperando que la gente
de la ciudad, que había recibido duros golpes, se diera cuenta de nuestra
maniobra y acudiera a ayudarnos para salir del monte. Sin embargo la fuerte
represión había destruido la débil organización
que dejamos, y los cuadros que quedaban también se encontraban en una
situación difícil, lo que impedía buenas condiciones de
operatividad. La maniobra nuestra fue detectada fácilmente por el ejército,
ya que inevitablemente Íbamos dejando rastros a nuestro paso.
Por eso, hasta diciembre sostuvimos muchas otras escaramuzas con los soldados,
provocándoles nuevas bajas.
Deliberadamente nunca hemos explicado nuestra salida del monte, porque ella
pone en peligro la vida de varios campesinos y sus familiares que se jugaron
enteros por nosotros, así como honestos revolucionarios de la ciudad.
Ellos comprendieron el sentido de nuestra lucha y arriesgando lo poco que tienen
crearon las condiciones para que pudiéramos iniciar la etapa de reestructuración
del E.L.N. Algún día no lejano habrá que hacerles justicia.
Es necesario advertir, sin embargo, que esa actitud solidaria y generosa desmiente
categóricamente a quienes pretenden hacer creer que la población
rural es impermeable a las ideas revolucionarias, y que con ellas "no hay
nada que hacer". Afortunadamente, y con orgullo, nosotros podemos decir
lo contrario. Además, estamos seguros de que en la próxima etapa
de la lucha guerrillera el campesino, tarde o temprano, estará masivamente
con nosotros, pues nuestro ejército representa sus ideales de superación
social, económica y política.
Como breve epílogo podemos decir: Urbano y yo fuimos los primeros en
salir a la ciudad. Allí tomamos contacto con otros compañeros
y organizamos la salida de Pombo, Benigno y Darío.
El resto de la historia es conocida, pero no ha terminado aún. La segunda
parte se escribirá pronto y con nuevas acciones guerreras en las selvas
bolivianas.
XII) el foco: esperanza de liberación
Desde su aparición, la guerrilla boliviana despertó las esperanzas
de América Latina y de otros continentes y se convirtió en el
centro de polémicas que aún no se acallan. Se puede decir, sin
temor a equivocaciones, que durante más de un año catalizó
la política internacional directa o indirectamente. Si en el plano externo
obtuvo tal gravitación es obvio que los sucesos nacionales aun giran
en torno al foco, a los acontecimientos guerreros, que conmovieron al mundo
por la participación del Ché y las proyecciones continentales
que tuvo esta gesta. Hoy, con más madurez y con una impresión
más exacta de lo que sucedió, el pueblo espera anhelante el resurgimiento
de un "foco" que sea la continuación del que nació en
Ñancahuazu. Su reaparición provocará nuevos fenómenos
políticos y remecerá la conciencia de las masas adormecidas de
este continente.
A poco más de un año de la muerte del Ché en la quebrada
del Yuro es necesario realizar un balance sereno que permita al pueblo conocer
"desde dentro" las verdaderas perspectivas de la lucha armada
-¿Murieron con el Ché la teoría del foco y las perspectivas
de liberación continental? La respuesta debe ser honrada. Para los críticos
interesados, para los que deseaban el fracaso de esta empresa heroica, en el
Yuro quedó sepultaba toda perspectiva de hacer triunfar en América
un movimiento armado de liberación. Incluso algunos sectores que impúdicamente
se autodenominan "vanguardia del pueblo" han calificado la primera
etapa de la lucha guerrillera en Bolivia como un "Waterloo". Es innecesario
recalcar lo que se demuestra en uno de los capítulos de este libro: su
traición fue un eficaz instrumento de ayuda al imperialismo. No es por
casualidad que el general norteamericano Westmoreland, el fracasado estratega
de la guerra del Vietnam, los haya ungido en la reunión de la Junta Interamericana
de Defensa en Brasil, como una fuerza "colaboracionista" del imperialismo
Estos sectores son los que se han empeñado con más obstinación
en divulgar que la teoría del foco guerrillero no es más que un
aventurerismo de izquierda. Lo cierto es que en este continente, un solo país
se ha liberado realmente y marcha hacia la construcción del socialismo.
Y su independencia la logró mediante la lucha armada y el desarrollo
de un foco guerrillero. Por el contrario nadie puede demostrar todavía
que mediante otras formas de lucha, conciliaciones con una burguesía
inservible y lacaya del imperialismo, el pueblo haya podido conquistar el poder
¿Es el foco guerrillero un concepto estratégico y táctico
equivocado?
¿Qué significación tuvo en Bolivia y qué puede esperarse
de él?
Más que conceptos teóricos preferimos mostrar ejemplos y sintetizar
la historia de esta experiencia, que influirá hondamente en América
Latina. Una revolución necesita irradiarse y catalizar al pueblo. Nosotros
consideramos nuestro pueblo a toda la población de este continente. Por
esta razón, para irradiarse la revolución necesita de un centro
de operaciones político-militar, de un foco que permita extender la lucha
armada a las más vastas latitudes. Aspirar a la liberación de
una pequeña zona, conformarse con ella y defenderla, pensando que el
enemigo actuará débilmente es caricaturizar la lucha armada.
El foco necesita apoyo universal, aunque es evidente que en la primera etapa
de la lucha sólo participa la vanguardia. De un lado está la guerrilla
y del otro el ejército lacayo con un extraordinario apoyo externo, con
la intervención grosera y descarada del imperialismo. La masa se mantiene
en el medio expectante, obligada a veces a colaborar con el enemigo mediante
el terror planificado que generalmente termina en masacre. Es necesario que
la guerrilla crezca y se desarrolle, que imponga respeto para que la masa se
decida a volcarse detrás de esa vanguardia. Pero en el primer momento
es imperioso que la guerrilla sobreviva. En el caso del foco boliviano, las
fuerzas guerrilleras no lograron superar la primera etapa por razones distintas
a las que se han divulgado distorsionadamente.
En primer lugar hubo factores ajenos a nuestra voluntad, pero que posteriormente
fueron cargados a nuestra larga lista de "errores". Tal es el caso
de la ciudad. El foco necesita base de apoyo para solucionar diversos problemas
logísticos. En estas circunstancias la ciudad Juega un papel interesante,
aunque no decisivo porque su trabajo, de todas maneras, no determina la suerte
de la guerra. Sin embargo es imprescindible contar con el apoyo de la ciudad,
no sólo para la logística y la información sino, y como
tarea importantísima, desarrollar la agitación entre las masas
urbanas en torno al “foco" y sus acciones, llevar la guerra a todos
los confines del país, y que ésta no sólo se desarrolle
allí donde se encuentra el "foco", borrar el concepto de retaguardia
del enemigo, y convertir el suelo que pisa en arena movediza. Una guerra sin
frentes, En el caso de nuestro "foco" todo este aparato no pudo ser
estructurado por las limitaciones de tiempo después que el PC negó
este aporte. Era difícil montar un aparato eficiente en vísperas
de los primeros combates. Cometimos el error, es cierto, de confiar en quienes
se proclamaban revolucionarios pero que, en la practica, dieron la espalda a
la revolución. Esta lección la hemos aprendido y no se repetirá.
Hubo también presiones inherentes a nuestra columna que son de nuestra
exclusiva responsabilidad. Es justo reconocer que la necesidad de sacar de la
zona de operaciones a Debray y Bustos limitó nuestras posibilidades de
acción, así como la posterior búsqueda permanente y absolutamente
necesaria de Joaquín y la retaguardia nos restó libertad de maniobra.
Pero ¿puede considerarse esta circunstancia un error táctico o
estratégico del "foco"?
A pesar de estos factores adversos la guerrilla ejerció una acción
catalizadora, puesto que provocó inseguridad en el gobierno, obligó
a los partidos de izquierda a solidarizarse con la guerrilla para evitar el
desbande de su militancia, y se notó una gran efervescencia en el proletariado
minero y justas demandas de mejoramiento económico-social, las que fueron
ahogadas en sangre.
Desde marzo de 1967 hasta el presente, toda la política boliviana se
desarrolla necesariamente, en torno de las actividades del "foco";
las guerrillas se han convertido en una pesadilla constante que provoca el insomnio
de los gorilas de esta parte del continente. Para todos está claro que
la interrupción de la lucha es simplemente una tregua que será
rota en poco tiempo más.
Por otra parte se ha tejido una verdadera mitología en relación
con la falta de apoyo campesino. Por las presiones descritas, nuestro paso por
las poblaciones campesinas fue fugaz. Prácticamente no tuvimos contacto
con ellos, de manera que mal podíamos persuadirlos si no existía
convivencia. A pesar de ello, en algunos capítulos de este libro se puede
apreciar claramente que cada vez que tuvimos oportunidad de permanecer un tiempo
relativamente más largo con los campesinos logramos, por lo menos, interesarlos
o neutralizarlos y, en casos notables, su valiosa colaboración. Ejemplo
elocuente es la actitud que observaron en Moroco y posteriormente en el transcurso
de Pujío a La Higuera.
No podemos caer en el error de magnanimizar esta conducta, pero tampoco debemos
despreciarla.
Por otra parte nosotros no nos hicimos jamás la ilusión de que
el apoyo campesino sería instantáneo. Estábamos conscientes
de que en un principio el campesinado sería en su mayoría una
fuerza expectante e incluso, obligado por eI terror, a ser colaborador del ejército.
Con la acción permanente, la capacidad de vencer que se le muestra al
campesino, y la convivencia con él lo neutralizarán primero, y
lo convertirán en la base fundamental del ejército guerrillero
después.
Estamos convencidos de que el campesinado es una fuerza potencialmente revolucionaria,
y que de allí saldrán cuadros valiosos que nutrirán nuestro
Ejército de Liberación.
Por otra parte el campesino fue totalmente impermeable a la calificación
de "extranjeros" que el gobierno aplicó despectivamente a combatientes
heroicos de Latinoamérica, que llegaron a luchar por la liberación
de Bolivia. Si en algo influyó esta propaganda en la ciudad -efecto que
no está absolutamente medido ni probado- en el campo su acción
fue muy pobre.
A poco más de dos años desde la aparición de la guerrilla,
consideramos que el pueblo ha avanzado notablemente en su grado de madurez,
y su sentimiento de simpatía para los combatientes de otras latitudes,
se ha acrecentado. Ésta es también una actitud positiva del "foco"',
pues ha contribuido a erradicar sentimientos chauvinistas.
Pero eso no es todo. Nuestra guerrilla fue una fuerza agresiva que se hizo respetar
en un lapso relativamente breve. Aunque estratégicamente estuvo a la
defensiva, tácticamente estuvo a la ofensiva, siempre observando rigurosamente
la máxima del Ché de que "los combates se ganan o se pierden
pero se dan".
Estuvo "estratégicamente a la defensiva” porque no siempre
escogimos el terreno que nos convenía, por circunstancias transitorias.
Hemos explicado suficientemente la situación de la retaguardia dirigida
por Joaquín, lo que nos obligó a buscarlo incesantemente. A ello
se agrega el problema de los enfermos y la falta de apoyo de la ciudad, que,
en muchas oportunidades, nos obligó a caminar por lugares desprovistos
de vegetación, inexplorados, donde el ejército podía emboscarnos
con relativa facilidad. Siempre estuvimos conscientes de este factor pero ello
no nos acobardó. Como fuerza ofensiva ha llamado inclusive la atención
de los estrategas del imperialismo, porque con una fuerza numéricamente
escasa, el Ché pudo desmoralizar durante largo tiempo al ejército
regular, y lo derrotó en sucesivas oportunidades. Su ofensiva táctica
consiste en que siempre tuvo la iniciativa en los combates*
A nuestro juicio, el "foco” guerrillero sigue teniendo vigencia.
Su derrota transitoria no significó su desaparición. En tal caso
boliviano cumplió un papel fundamental, enriqueciendo las condiciones
subjetivas, mostrando universalmente las condiciones miserables de vida de la
población y desarrollando vertiginosamente la conciencia de una masa
que espera ansiosa la hora de combatir. Aún hoy, sin acción armada,
el foco sigue teniendo una gravitación fuerte.
XIII) Ché: hombre del siglo XXI
Ché fue un hombre del siglo XXI.
Aunque su nombre resplandece en la historia "solo" como un genio militar,
el desarrollo político y social de los pueblos, que brotará como
un torrente de la lucha de liberación, lo tendrá que situar como
el revolucionario más completo de nuestra época.
Ernesto Guevara y Fidel Castro aparecen en el escenario continental en un momento
histórico en que el imperialismo norteamericano ejerce sin contrapeso
su dominación sobre nuestros países; ordena masacres en forma
sistemática; cambia a gobiernos corrompidos por otros más inmorales;
los gobernantes tradicionales se disputan el triste cetro de quién es
más lacayo y servil y se presencia el grotesco espectáculo de
veinte manos extendidas pidiendo limosna a Estados Unidos; los pueblos son dirigidos
por núcleos claudicantes, políticamente petrificados y fatalistas,
incapaces de catalizar a esa cantera generosa y rica que es la masa, para iniciar
la gran aventura de nuestra independencia definitiva.
Existe desencanto, frustración y desconfianza.
En medio de esa noche negra de coloniaje y opresión, la Revolución
Cubana, victoriosa sangre de pueblo hecho poder, muestra un camino para sacudir
las cadenas. Camino duro, cruel y largo, pero el único real para triunfar:
la lucha amada.
Enérgicamente derriba viejos y nuevos mitos creados por fuerzas seudorrevolucionarias
que, al enquistarse dentro del sistema, se convierten en parte de él.
Cuando más, tratan de introducir reformas para perfeccionarlo. En la
práctica se olvidan de que el imperialismo es nuestro principal enemigo
y que hay que combatirlo hasta extirparlo de raíz.
América oprimida, patria con líderes sin vigencia, se nuclea entonces
esperanzada tras la bandera de los nuevos conductores: Ché y Fidel. Ché
se identifica con el pueblo y se funde con él para emerger más
enriquecido ideológicamente, más puro. A su vez el pueblo se identifica
con el Ché y trata de formarse en su ejemplo. Y esa revolución,
considerada como fenómeno "excepcional", remece a las masas
adormecidas por principios ideológicos monstruosamente deformados.
Ché rescata la ideología revolucionaria, la coloca en su justo
lugar, le da interpretaciones correctas y la enriquece con aportes teóricos
que tendrán vigencia mientras exista opresión imperialista. Después
entramos de lleno al mundo del hombre nuevo, que él se empeñó
en formar, tipificó y representó con su ejemplo de heroísmo
que ahora motoriza a juventudes de todos los continentes. La huella de su humanismo
está impresa en todos sus actos. Constructor de vanguardia de la sociedad
socialista cubana, destruyó implacablemente el falso concepto de excepcionalidad
que se le otorgó a esta revolución. Porque no creía en
esta supuesta excepcionalidad, sistematiza el pensamiento bolivariano de que
"la Patria es América" impulsando a nuestros pueblos a convertir
este continente oprimido en un escenario de la guerra antiimperialista tan importante
como el heroico Vietnam.
Ché no dudó jamás de que en América Latina son más
fuertes los factores que nos unen de los que nos separan: tenemos un lenguaje
común: excepto en Brasil; tradiciones, costumbres v tradición
socioeconómicas similares. Somos explotados brutalmente por el imperialismo.
La democracia es una simple ficción. Estamos gobernados por tiranos,
y los países que tenían débiles rasgos de democracia burguesa
los han trocado en masacres horrendas, hambre y cárcel para el pueblo.
Heredamos de los españoles colonialistas las formas feudales de la explotación
de la tierra. El desarrollo del capitalismo crea nuevas situaciones y los patrones
latifundistas se alían con el imperialismo para crear el capital financiero
y monopolista cuyo radio de acción es mundial. Se pasa la etapa del colonialismo
económico generosamente calificado de "subdesarrollado" por
los economistas domésticos.
El subdesarrollo no es otra cosa que la explotación, el saqueo de nuestras
riquezas por la potencia imperial, el subempleo, la cesantía, el hambre
y la miseria. En todos los países latinoamericanos, excepto Cuba, el
panorama es idéntico.
Las condiciones objetivas, entonces, para la liberación continental,
están dadas por los factores enumerados, por la represión brutal
y desmedida, por el odio que se acumula cada vez con más fuerza en el
pueblo. Como valor subjetivo sólo falta la conciencia (elemento tan indispensable
en cada análisis que se haga sobre el Ché) de que la victoria
sobre el imperialismo mediante la lucha armada llegará tarde o temprano,
que es el único camino posible para alcanzar la libertad.
La excepcionalidad no existe. Sólo ha cambiado la "calidad"
de la lucha. Ahora será más sangrienta, sin tregua, más
dura, como se demostró ya en las montañas de Ñancahuazú.
El imperialismo aprendió su lección. No está desprevenido.
Por eso Ché escoge a Bolivia como foco inicial de la gesta libertadora
continental. Sus misérrimas condiciones de vida son producto de la fría
explotación imperialista en complicidad con los gobernantes lacayos.
Aquí está todo por hacer; desde una revolución agraria
que cree formas de vida modernas y satisfaga las necesidades del pueblo, hasta
un desarrollo industrial sólido, que lo independice de la importación
de productos manufacturados esenciales, vendidos a precio de usura y en condiciones
humillantes.
Hombre de fina percepción, el Ché comprende que es inhumano que
una población de cuatro millones de habitantes consuma apenas 1.800 calorías
diarias por persona, cuando el consumo necesario para subsistir en condiciones
adecuadas es de 3.000 calorías; que se consuma 30 litros de leChé
o productos lácteos por persona al año, cuando en los países
desarrollados el consumo es de 300 litros; que el 10% de la población
no tenga casa donde vivir, y que las que existen, incluyendo las de los oligarcas
y corrompidos del régimen, sean malas, no reúnan condiciones de
salubridad, porque el 86% de ellas no están dotadas de instalaciones
de agua en su interior, y que el 42% de la población muera de desnutrición
o por enfermedades parasitarias. Esta es otra de las causas principales de su
viaje a Bolivia.
La grandeza del Ché resalta con más nitidez cuando interpreta
a Marx, "monumento de la inteligencia humana'”, como acostumbraba
a definirlo, para normar todos sus actos y para desarrollar dentro de la sociedad
cubana y, por qué no decirlo, en una masa tan heterogénea como
es la europea, la asiática y la americana, una conciencia que permita
al hombre obtener una verdadera liberación en toda su extensión.
Y eso es el comunismo. Porque a la luz de los hechos nadie podrá discutir
ya que el Ché fue un verdadero comunista, el mejor de todos, en una época
en que la lucha ideológica lleva al mundo a sucesivas guerras (Cuba,
Corea, Argelia y Vietnam).
De esta conciencia decantada o, en términos no exagerados, purificada,
derivan conceptos económicos que colocan a Marx no en calidad de fetiche,
de ideas que pierden su sentido original, sino en posición de pensamiento
vivo y activo. Lo mismo hace con Lenin.
Ejemplos son la NEP, la teoría del valor y la planificación socialista.
¡Cuántos economistas famosos, cuya palabra era considerada ley,
caen pulverizados por los disparos conceptuales del Ché!
Con rigurosa seriedad científica demuestra que la NEP (nueva política
económica de la URSS) es una concepción leninista transitoria
para desarrollar las bases da la sociedad soviética. Es un repliegue
táctico en un momento especial de la historia del primer país
socialista del mundo. Sin embargo, en forma dogmática y ligera, muchos
economistas y dirigentes de la política económica de varios países
socialistas, la aplicaron o la aplican otorgándole validez universal
permanente. Consecuencias de ese falso análisis son los retrasos y altibajos
económicos que surgen más tarde en los países socialistas.
Por eso defiende con firmeza la dirección política económica
partiendo de que "el comunismo es una meta de la humanidad que se alza
conscientemente".
De la aplicación mecánica de la NEP nacen graves contradicciones
que el Ché no vacila en atacar, una vez que las ha detectado, sin temor
a que los teóricos equivocados lo combatan despiadadamente. Así
es posible presenciar discusiones de elevado nivel en las que el Ché
planta una bandera que para nosotros tendrá una vigencia permanente,
cuando dice:
"Sí, el estímulo material se opone al desarrollo de la conciencia,
pero es una gran palanca para obtener logros en la producción. ¿Debe
entenderse que la atención preferente al desarrollo de la conciencia
retarda la producción? En términos comparativos, en una época
dada es posible, aunque nadie ha hecho los cálculos pertinentes; nosotros
afirmamos que en tiempo relativamente corto el desarrollo de la conciencia hace
más por el desarrollo de la producción que el estímulo
material, y lo hacemos basados en la proyección general del desarrollo
de la sociedad para entrar al comunismo, lo que presupone que el trabajo deja
de ser una penosa necesidad para convertirse en un agradable imperativo".
Ante los ojos asombrados del mundo crece y se desarrolla ahora una nueva sociedad
socialista, la de Cuba, mejorada, heroica, solidaria con todas las luchas de
liberación, que practica activamente el internacionalismo proletario,
que vence las dificultades porque tiene una conciencia desarrollada: la que
Ché, Fidel y los más esclarecidos dirigentes le dieron en el exacto
momento histórico.
Por esta razón no hablamos del Ché como una cosa muerta: sus ideas
están vigentes. Al hablar de Ché no podemos dejar de mencionar
a Fidel, ni al hablar de Fidel podemos dejar de mencionar a Ché.
La influencia que ha ejercido el Ché en la juventud de varios continentes,
su magnetismo personal y su grandeza se acrecentaron hasta convertirse en una
leyenda apasionante, que movilizó al imperialismo a presionar a través
de sus medios publicitarios para que se anunciara donde estaba.
Paralelamente se inició una campaña publicitaria fabulosamente
orquestada y sostenida durante largo tiempo, con el objetivo de tratar de disminuir
su figura y neutralizar, aunque fuera levemente, el impacto político,
militar y emocional que provocaría su aparición dirigiendo la
lucha de liberación en algún lugar del mundo. Con este objeto
se inventaron rencillas entre Ché y Fidel, discrepancias entre Ché
y la Revolución Cubana (que era parte de él mismo), presentándolo
como un hombre "herido en su amor propio", "despreciado, atacado
por sus ex-amigos". En esta forma el gesto grandioso del Ché, su
responsabilidad dirigiendo un foco guerrillero, podría aparecer mezquino,
personalista y hasta resentido.
Este problema preocupó al imperialismo desde el año 1965, y desde
entonces hasta ahora, a poco más de un año de su muerte, la CIA
ha empleado diversos agentes y medios para desarrollar esta labor. El más
notorio de estos agentes, por los medios de difusión que se pusieron
a su alcance, es el abogado de nacionalidad argentina Ricardo Rojo, autor de
un folleto titulado "Mi amigo el Ché".
Es infantil presumir que el Ché pudiese haberme entregado una lista de
sus amigos. Es indudable que un revolucionario sólo considera amigos
a sus camaradas de lucha. Y en este sentido el Ché fue siempre categórico,
para delimitar dónde empezaba y dónde terminaba la amistad. Ejemplos
notorios se pueden encontrar en todos sus escritos, partiendo de los episodios
guerreros de la Sierra Maestra, hasta su Diario en Bolivia. Ché era un
hombre capaz de emocionarse y en su vida de guerrillero y conductor de pueblos
siempre tuvo un gesto sentido, una palabra cariñosa para sus amigos.
Y amigo del Ché fue "Patojo", el revolucionario guatemalteco
que murió combatiendo por la libertad de su patria. Amigo del Ché
era Camilo, el legendario guerrillero de la Sierra Maestra. A otros hombres
los quiso en un sentido diferente, como quiere un padre a sus hijos. Es el caso
de Tuma y Rolando.
Ricardo Rojo: nunca fue amigo del Ché
Frente a figuras tan limpias y heroicas, ¿pudo el Ché alguna vez
considerar "su amigo" a un individuo de una línea política
tan zigzagueante y tortuosa como Ricardo Rojo? que es el mismo que comerció
con la vida y memoria de los guerrilleros de Salta, que esperó la muerte
de la madre del Ché para inventar diálogos y conversaciones con
ella y con su hijo.
No me hubiese referido a las calumnias de Rojo contra Ché y las supuestas
divergencias con la Revolución Cubana, pues ellas ni siquiera son novedosas,
si no fuera que alguna gente de buena fe pudiere considerar que el relato mal
intencionado de Rojo estuviese escrito por un amigo y porque algunos párrafos
presentados, para que aparezcan verosímiles, no pueden ser desmentidos
por sus protagonistas porque ya están muertos.
Afortunadamente, por la misma fuerza moral del Ché, que guiaba todos
sus actos, y por su conducta heroica, demostrada en muchas batallas, ninguna
leyenda tortuosa urdida por la CIA o por sus agentes, algunos de los cuales
con audacia y descaro se autotitulan "amigos", podrá empañar
su querida figura o manchar su paso de revolucionario por Cuba, donde dejó
un pueblo que lo ama.
La identificación entre Ché y Fidel, el respeto y cariño
mutuos, eran indestructibles. No es casual que el Ché, hombre que odiaba
los halagos personales o para otros, haya escrito sobre Fidel:
"Tiene las características de gran conductor que, sumadas a sus
dotes personales de audacia, fuerza y valor, y a su extraordinario afán
de auscultar siempre la voluntad del pueblo, lo han llevado al lugar de honor
y de sacrificio que hoy ocupa. Pero tiene otras cualidades importantes, como
son su capacidad de asimilar los conocimientos y experiencias para comprender
todo e! conjunto de una situación dada, sin perder de vista los detalles
y su inmensa fe en el futuro, v su amplitud de previsión para prevenir
los acontecimientos y anticiparse a los hechos, viendo siempre más lejos
y mejor que sus compañeros. Con estas grandes cualidades cardinales,
con su capacidad de aglutinar, de unir, oponiéndose a la división
que debilita; su capacidad de dirigir a la cabeza de todos la acción
del pueblo; su amor infinito por él, su fe en el futuro y capacidad de
preverlo, Fidel Castro hizo más que nadie en Cuba para construir de la
nada el aparato, hoy formidable, de la Revolución Cubana".
¡Cuánta sinceridad hay en este juicio! Para nosotros que convivimos
con el Ché hasta la batalla final, que aprendimos a conocerlo como ser
humano integral, como soldado, comandante y camarada insuperable, las obligaciones
de la Revolución Cubana -vanguardia de nuestra Patria Americana- son
más grandes.
Así también la identificación de Fidel con el Ché,
del pueblo cubano con el Ché, son absolutas. Nadie mejor que Fidel para
sintetizar el dolor que causó su muerte:
".. .Nos duele no sólo que se haya perdido como hombre de acción,
nos duele lo que se ha perdido como hombre virtuoso, nos duele lo que se ha
perdido como hombre de exquisita sensibilidad humana, y nos duele la inteligencia
que se ha perdido. Nos duele pensar que tenía sólo 39 años
en el momento de su muerte, nos duele pensar cuántos frutos de esa inteligencia
y de esa experiencia que se desarrollaba cada vez más, hemos perdido
la oportunidad de percibir.
"Desde el punto de vista revolucionario, desde el punto de vista de nuestro
pueblo, ¿cómo debemos mirar nosotros el ejemplo del Ché?
¿Acaso pensamos que lo hemos perdido? Cierto es que no volveremos a ver
nuevos escritos, cierto es que no volveremos a escuchar de nuevo su voz. Pero
el Ché le ha dejado al mundo un patrimonio, un gran patrimonio; nosotros
-que lo conocimos tan de cerca-, podemos ser en grado considerable herederos
suyos".
Nosotros, guerrilleros del E.L.N., queremos aspirar también a ese honor.
Y ningún camino más puro, más honesto, que reiniciar la
lucha continental en el escenario que lo dejó impreso en el sitial más
alto de la historia:
Bolivia. ¡VICTORIA O MUERTE!.
Bolivia, 1969.
Revista “Cuestión”, Marzo 17 de 1971.
Homenaje a los caídos
OPERACIÓN PANDO
Esta operación persigue varios fines concretos algunos inmediatos o de
corto alcance, otros, de más larga perspectiva.
Los primeros, propaganda, finanzas, pertrechamiento y homenaje al Che y a lo
que él simboliza para todos los luchadores de América Latina
Los segundos, hacer una demostración de fuerza y de posibilidades, que
alentara las luchas de nuestro pueblo y a la vez señalara un camino y
una posibilidad con hechos tangibles
Por supuesto que estos últimos fines no se perseguían solamente
a través de la Operación; en tal sentido la acción era
una más, dentro de un plan que también comprendía otras
de muy variado nivel
No debe olvidarse que desde mediados de setiembre de 1969 el MLN tenía
en su poder a Gaetano Pellegrini Giampietro, lo cual por sí sólo
venía conmoviendo el ambiente político, a la vez que tenía
en jaque a las fuerzas represivas. Sumemos a esto otras acciones militares realizadas
el mismo mes, así como otras previstas para luego de la Operación
Pando y que, al llevarse a cabo dieron clima a esa «demostración»
que señalamos como segundo objetivo de la operación
En su conjunto -preparación, realización y consecuencias- la acción
es un verdadero reto con el futuro y con la práctica que se planteaba
el MLN. Con ella se iniciaba un modus operandi mas complejo, el cual, por lo
tanto, ofrecía nuevos problemas para resolver, tanto en las instancias
de preparación como en las de coordinación y ejecución
Esta parte -la de realizar una nueva y fundamental experiencia- también
podemos incluirla en el capitulo de los objetivos. En ese aspecto, la organización,
sus grupos, sus militantes -participantes o no- obtuvieron un bagaje de enseñanzas
que luego determinó el éxito de muchas acciones, por lo cual,
Pando es un hito en el desarrollo interno del MLN, que marca un claro rumbo
para su futuro.
La Operación comprende seis objetivos: Comisaría, Cuartelillo
de Bomberos Central telefónica y Bancos República, Pan de Azúcar
y de Pando.
Intervendrán 49 compañeros, distribuidos en seis equipos y un
coordinador. Se ha cuidado reunir en cada equipo a aquellos compañeros
cuyas aptitudes y características particulares se adecuen mejor a lo
que reclamará la acción en cada objetivo.
Cada equipo reconoce el terreno, estudia «su» objetivo y de acuerdo
con los resultados planifica la acción que se ejecutará, coordinadamente
con las demás, y encuadradas en un plan general.
El día del operativo, habiendo llegado por distintos medios -vehículos
del equipo, ómnibus, ferrocarril-, todos los participantes estarán
en determinada hora en sus respectivos lugares de concentración. Usarán
durante el operativo un brazalete a fin de identificarse.
Llegada la hora, el coordinador dará al primer equipo que entra en acción,
la orden de comenzar la operación y durante su desarrollo recorrerá
los objetivos para recibir y trasmitir novedades, intervenir ante problemas
que se originen, estando facultado para «levantar» la operación
en el momento que sea, si así lo reclamaran las circunstancias
a) Desarrollo
Días antes de la operación se contrata un servicio fúnebre
con un sencillo pretexto: la repatriación de los restos de un pariente
muerto hace años en Buenos Aires. Llegados de allí el 8 de octubre
deberán ser llevados al panteón familiar en el cementerio de Soca.
El día 8 a las 10 de la mañana llegan a la funeraria 9 "familiares"
y un “cura”, con la urna y las flores. El servicio ya está
pronto: un furgón, cinco coches, seis choferes y un encargado de servicio.
Mientras la urna y las flores van en el furgón, los familiares y el cura
se distribuyen a dos por coche. Se avisa al encargado que en el kilómetro
36,500 deben ser recogidos otros familiares, mas precisamente, unos tíos.
Se cruza la ciudad, se toma la Ruta 8 y se llega sin novedad al kilómetro
indicado Allí se detiene el cortejo. Además de los 10 «tíos
y primos» hay en la parada bastante gente, por lo que entre los saludos,
los besos y abrazos de los «parientes» se resuelve no reducir allí
a los empleados de la funeraria como estaba previsto Reemprendida la marcha
hacia Soca, ahora sigue el cortejo una camioneta Kombi que estaba esperando
en las cercanías
El pañuelo blanco
Próximos al kilómetro 40, la señal convenida (un compañero
saca un pañuelo blanco) y son reducidos los 7 funcionarios. Aunque no
ofrecen resistencia, piden que los coches, que son su medio de vida, sean cuidados,
al tiempo que explican el manejo de algunos de ellos que son de tipo automático.
Tranquilizados en cuanto al buen uso de los coches y en cuanto a su propia seguridad,
surge el primer problema. De acuerdo al plan, los empleados deberían
pasar al furgón, pero la empresa ha mandado un furgón chico que
no era lo previsto, ¿Cómo solucionar el problema, con los siete
hombres esperando y con los compañeros sin saber donde meterlos? La Kombi
da la solución: se encerrarán en ella. Aunque esto significaba
modificar el plan, era inevitable hacerlo. Más valía plan alterado
que operativo frustrado.
Hacia el objetivo
Con los siete en la Kombi; con dos compañeros de custodia y uno al volante,
con los demás distribuidos por equipo en cada vehículo al emprender
el regreso hacia Pando, que ha quedado 5 kilómetros atrás, uno
de los coches se niega a arrancar. Viendo que es imposible arreglar el desperfecto,
se le abandona. Sus ocupantes pasan a otro coche que, tres kilómetros
antes de Pando, deja la Ruta 8 para ir a «obtener» en las afueras
de la ciudad el vehículo que supla al abandonado. A la misma altura del
recorrido, minutos antes la Kombi se había desprendido también
de la caravana dirigiéndose, para hacer tiempo, al Parque de Pando, ubicado
a 3 kilómetros al Norte de la planta urbana y a menos de 2 de la Ruta
8.
El resto del cortejo se dispersa a la entrada de Pando en espera de la hora
- faltan aun 30 minutos- de dirigirse a los lugares de concentración
de cada equipo, aun no completos, y que se completarán con los compañeros
por sus propios medios.
b) Coordinación
El vehículo apropiado para la tarea del coordinador debía ser
una moto o motoneta, velocidad, agilidad y capacidad de maniobra que posibilitara
meterse en cualquier lado sin problemas, marchar por la vereda o a contramano
si así lo reclamasen las circunstancias. A eso se agregaba también
el hecho de que el compañero asignado tenia años de experiencia
en el manejo de tales vehículos
Como no se disponía de un vehículo de esas características
se encargó a un equipo, que no intervenía en el operativo, la
tarea de conseguirlo. Pero llegados el día y la hora previstos, dicho
equipo no había logrado obtenerlo. Aunque estiró en una hora el
plazo -hasta las 11 de la mañana- fue inútil. Es así que
Balbi, el coordinador, y Melio, integrante del «equipo Comisaría»,
se lanzan a «obtener» una moto. Por un error táctico se frustra
un primer intento frente a la Facultad de Odontología. Buscan luego,
en los alrededores del Hospital de Clínicas, y se les hacen casi las
12 del día sin obtener resultado. Marchan en un ómnibus hasta
Avenida Italia y Bulevar Artigas. A esa altura de las cosas no se puede perder
más tiempo en seleccionar determinado tipo de vehículo. Se «obtendrá»
lo primero que aparezca, sea moto, motoneta, taxi o coche particular. Por fin
aparece la oportunidad: un Peugeot manejado por una mujer estaciona frente al
Hospital Italiano. Los compañeros abordan el vehículo por ambos
lados, y en el instante en que la conductora tranca la dirección y guarda
las llaves en su cartera
Amablemente le explica Balbi que necesitan su coche por un momento. Como la
mujer se niega a entregar las llaves Balbi insiste rogándole que no los
obligue a usar las armas. Recién entonces abre la cartera y entrega las
llaves, a tiempo que explica el procedimiento que debe seguirse para destrancar
la dirección. Tal es la naturalidad de la escena que el cuidador de autos
que está a pocos pasos no advierte nada. Las llaves pasan de unas manos
a otras como si se tratara de familiares.
Cuando la mujer entra al Hospital son las 12 y 25.
Después de unas pocas cuadras a marcha normal, el coche devora kilómetros
a toda velocidad, con sus luces encendidas y la bocina a todo sonar. Ya en los
límites de Montevideo a duras penas se evita embestir a un niño
que corretea imprudentemente por la calle. Más adelante se cruza un vehículo
de la Policía Caminera.
Llegan a Pando a las 13 y 3 minutos. Dejan la Ruta 8 y entran por Gral. Artigas
hacia el tanque elevado de agua, lugar de concentración del «equipo
Comisaría» el cual, según piensan, ha de estar esperándolos.
Al pasar por la Comisaría advierten el vehículo del «equipo
Banco República», que en el primer momento del copamiento de aquella,
actuará de apoyo. Mas adelante van viendo en sus lugares de concentración
a los demás equipos. En el tanque de OSE no hay nadie. Vuelven por otra
calle, en la cual según suponen debe dirigirse el equipo hacia el objetivo.
A media cuadra de la Comisaría que ha sido dejada atrás, oyen
un tiro. No hay duda es en la Comisaría donde el equipo correspondiente
ya está operando. Melio se arroja del coche en marcha y mientras corre
hacia la Comisaría, Balbi le recomienda a gritos:
-Cuidado al entrar; pueden tirarte los milicos o algún compañero
que te confunda
Balbi retrocede y estaciona frente a la ochava. Desciende y permanece junto
a su coche. Adentro se oyen más tiros. Caen vidrios a la vereda. Advierte
que el Cuartel de Bomberos ya esta tomado. Un compañero de la Comisaría
le avisa que aunque todo va bien, la cosa no ha concluido. Parte entonces y
luego de rodear la manzana se detiene en la esquina del Control de Omnibus,
atento a impedir la posible fuga de cuatro policías que allí están
entre la gente que sigue aglomerándose. Pero los uniformados permanecen
como pegados al suelo aunque miran y vuelven a mirar hacia el Cuartel de Bomberos
y la comisaría: aunque manotean y manotean las cananas, no acaban de
sacar las armas. Se quedan en los ademanes que tienen el aire del acto de rascarse
nerviosamente, hasta que finalmente de pronto se deciden y se meten los cuatro
en el Control. No sea que los alcance alguna bala, caramba.
Ya tranquilizado por la decisión de los policías, el coordinador
avanza hacia la Comisaría. No bien anda media cuadra observa que el coche
asignado al Banco República marcha hacia su objetivo, mostrando en la
mano que lleva el pañuelo la señal de que la Comisaría
ha sido tomada y que los otros equipos pueden entrar en acción. Ante
este hecho, Balbi comienza su ronda. Recorre los demás objetivos y comprueba
que todos los equipos se aprestan a comenzar su tarea: unos compañeros
se colocan sus brazaletes, otros dan Órdenes, terceros «tantean»
sus armas, etcétera.
A esta altura de las cosas, la gente ya ha advertido que el Peugeot forma parte
del operativo. Tanto sus idas y venidas como el inequívoco brazalete
de Balbi no dejan lugar a dudas. A la ronda de los objetivos se agrega la vigilancia
de la Ruta 8, ante la posibilidad de que a causa de los tiros viniera la Policía
Caminera ubicada a unos pocos kilómetros de la ciudad.
En una de las recorridas, al pasar por el Banco República es informado
de las complicaciones habidas que ya han sido superadas.
A las 13 y 10 ha cundido la alarma por casi toda la ciudad, y ella se traduce
en el caos del tránsito de vehículos y en el gentío que
ha ganado las calles. Cada objetivo tiene su propio público, el cual
en algunos casos poco menos que participa en los hechos, tan grande es su proximidad
a los mismos.
A medida que se acerca la hora de finalizar el operativo, el coordinador advierte
que los acontecimientos van tomando un cariz no totalmente favorable. Ante ello
decide alterar el orden de partida: el «equipo Comisaría»
que debía ser el último en partir lo hará en primer término.
Adopta tal decisión en base a la razón antedicha y teniendo en
cuenta las circunstancias siguientes:
1) La acción del Banco República, que era la más larga
y complicada, ya está finalizando. Por consiguiente en los dos Bancos
restantes, que eran más fáciles, debe ocurrir lo mismo.
2) El «equipo Comisaría» es el que está a mayor distancia
del lugar de concentración final, y por eso en caso de salir último,
teniendo en cuenta los problemas de tránsito, habrá mayores riesgos
y posibles atrasos. Un minuto ganado o perdido puede jugar un papel decisivo
para el regreso a Montevideo.
A las 13 y 14 minutos ordena la evacuación al «equipo Comisaría»
y de «Bomberos».
Estacionando el Peugeot a una cuadra de la Comisaría, pasa en dirección
a ésta un jeep con un policía y su chofer. A mitad de cuadra,
los compañeros que actuaron en el Cuartel de Bomberos y la Comisaría
ya están subiendo a sus vehículos. Necesariamente los del Jeep
tienen que verlos. ¿Es posible que no sospecharan nada, o es que prefirieron
hacerse los desentendidos?. No se sabe; lo cierto es que siguieron de largo
y estacionaron pocos metros más adelante para que descendieran sus ocupantes.
A una señal de Balbi, la compañera que ha salido última
de la Comisaría sube al Peugeot, con lo que alivia la carga de uno de
los vehículos
Entonces el coordinador realiza la recorrida final por los Bancos y UTE, avisando
de que Comisaría y Bomberos han sido evacuados
A media cuadra del Banco de Pando, encuentra el tránsito taponado. Se
oyen tiros a discreción: son los compañeros que al irse de ese
Banco se tirotean con un milico.
Impedido de avanzar Balbi da marcha atrás y toma por una calle a contramano.
Recorrida una cuadra advierte por el espejo retrovisor que, siguiéndole,
viene el remise del tiroteo con una rueda pinchada. Simultáneamente ve
unos 25 metros delante suyo a un policía Se arranca entonces el brazalete
y pasa de largo sin que el uniformado se moleste en lo mas mínimo. En
cambio no sucede lo mismo con el coche de remise Al verlo venir, el milico se
planta en medio de la calle y se produce el tiroteo que se relata en la acción
del «equipo destinado al Banco de Pando».
Tras esto el coordinador deja sin efecto su recorrida fina! ya que por el tiempo
transcurrido no encontrará a nadie en los objetivos. Se dirige entonces
al cementerio. A cien metros de allí se rompe un eje del coche. Debe
continuar a pie
c) Comisaría
El estudio se realizó en unos 10 días y en dos etapas. La primera
comprendió el aspecto exterior, a saber entrada, salida y permanencia
del personal policial, movimientos en calles y comercios de las inmediaciones,
otras particularidades.
En esta etapa se establecieron tres cosas
1) Necesidad de ocupar el Cuartelillo de Bomberos lindero a la Comisaría,
ya que desde él era posible dificultar y eventualmente frustrar la toma
de aquella,
2) Cantidad y Jerarquía de funcionarios que había regularmente
alrededor de la hora 13;
3) Existía comunicación radial directa con dos sectores represivos
por lo menos, cosa que evidenciaba dos antenas de distinto tipo.
La segunda etapa comprendió el interior de la Comisaría. No faltaron
pretextos para entrar en ella: pago de patentes, vacunación de perros,
y otros trámites comunes en toda comisaría de pueblo. Los compañeros
se organizaron de forma de aumentar las entradas e irlas profundizando gradualmente
desde el zaguán hasta el fondo. Regularmente se entraba de a tres y nunca
menos de dos. Mientras uno exponía el problema o trámite que lo
llevaba, concentrando así la atención del funcionario, los demás
«fotografiaban» y medían hasta donde les daban los ojos.
De una oficina a otra, de un lugar a oro, se fue recorriendo todo. No faltó,
y por el contrario se repitió, el caso de alguna pareja con «necesidad
de pasar al cuarto de baño”. Tras el permiso y la amable o desganada
indicación del camino a seguir, utilizaban el servicio. Mientras ella
entraba él esperaba afuera, usando sus ojos a más no poder. Hasta
un perrito colaboró en el relevamiento: a falta de dos perros y luego
de asegurarse que no le afectaría la salud lo llevaron a vacunar dos
veces. También ocurrió que más de una vez, y más
de un compañero o compañera mientras hablaron con el funcionario
de turno en la Oficina de guardia observaban el parecido de sus fotos, allá
frente a ellos en la galería de sediciosos buscados.
Así, poco a poco se fue completando el plano de la Comisaría.
Edificio de una sola planta, ubicado sobre General Artigas, al Norte, en su
ochava tiene la entrada. Pasando un hall, a la izquierda se ubican la antesala
y el despacho del Comisario, a la derecha la Oficina de Radio, y al frente,
como completando el triángulo, la Oficina de Guardia. A la izquierda
y derecha de esta oficina, sendas puertas que dan acceso a las dependencias
interiores. La de la izquierda se abre a un corredor al que da otra puerta -siempre
cerrada- del despacho del Comisario así como la de una pieza contigua
al despacho. Corredor por medio y frente a la de esa pieza, una puerta más
de uno de los dormitorios del personal. Tanto la antesala como el despacho y
el ambiente contiguo, tienen ventanas a la calle General Artigas.
La puerta de la derecha conduce a otro corredor que, unido al anterior si la
Oficina de Guardia no los separase, formaría una L. Este corredor, sobre
el que dan la Oficina de trámites administrativos y otra pieza - ambas
con ventanas a la calle- termina en una puerta que comunica con el fondo, un
espacio abandonado y silvestre, con un galpón de chapa y un portón
de dos hojas sobre la calle.
El patio, abierto, de unos 4 metros por 4, esta enmarcado al Este por el primer
corredor y el fondo de la oficina de guardia, al Norte por el segundo corredor,
al Oeste por las celdas y las letrinas y al Sur por dos dormitorios, uno de
ellos con puerta al patio y el otro con la puerta al corredor mencionado.
Tal el objetivo cuyo copamiento será el inicio del operativo. La seguridad
y limpieza de la ejecución son fundamentales, a tal punto que de esta
acción dependen todas las demás. De allí la importancia
del factor sorpresa, el conocimiento del terreno y la elección de las
armas, intimidantes, livianas y de gran poder de fuego.
El equipo asignado se integra con 8 compañeros: seis hombres y dos mujeres.
Dispone de un vehículo, el furgón de la funeraria.
Llegada la hora de comenzar a movilizarse hacia el objetivo, el coordinador
no aparece. Había quedado en Montevideo, con un compañero de equipo,
en espera de una moto. Alguna dificultad los ha retrasado. Se considera que
este retraso no constituye impedimento para el comienzo del operativo. Hay la
seguridad de que están todos los equipos y en el caso de que el coordinador
no apareciese y surgieran problemas durante el operativo, de alguna forma se
arreglará.
Hora 12:58
Llega una pareja a la Comisaría. En la vereda, contrariamente a lo que
es habitual, no hay guardia. Adentro en el hall, dos uniformados se amodorran
en un plácido ambiente de siesta, uno en la Oficina de Radio, el otro
en la de Guardia. Aquí, identificándose como miembros de la Asociación
Volpe -ella asistente social, el sicólogo- piden para hablar con el Comisario.
-El Comisario no está. Espérenlo. Voy a ver..., responde el guardia
y marcha hacia las dependencias interiores.
Ahí queda la pareja esperando en el hall. Ante la indiferencia del funcionario
de la Radio, enfrascado en su diario.
Medio minuto después llegan otros dos compañeros, «su auto
ha sido chocado» y vienen a hacer la denuncia. En el hall nada ha cambiado,
mientras el de la radio sigue absorbido en la lectura.
Hora 13
Deberían llegar 4 compañeros más vistiendo uniformes de
la Fuerza Aérea y también una compañera. Mientras corren
los segundos hasta completar un minuto no hay noticias de ellos. Intranquilas,
las dos parejas del hall miran correr el segundo minuto ¿Por qué
no llegan? ¿Qué ha pasado? Ha ocurrido que en el momento de partir
hacia la Comisaría, no encuentran los cargadores de la metralleta. Revisan
y revuelven el furgón hasta concluir en que no los han traído,
en que los han olvidado. Lo mismo llevarán la metralleta. Lo harán
para impresionar y para quien no se impresione tienen las armas cortas.
La búsqueda les ha hecho perder tiempo y retrasarse. No son cuatro sino
tres, ya que aun está por llegar el compañero que acompaña
el coordinador.
Son las 13 y 2 minutos; mientras la compañera queda vigilando la puerta,
uno de los «Oficiales de la Fuerza Aérea» se dirige a la
Oficina de Radio, el otro va a sumarse a los «chocados» a tiempo
que el sicólogo y la asistente se dirigen al despacho del Comisario.
Se reduce al encargado de la radio y se destroza el mecanismo, sin otro problema
que la imposibilidad de rescatar al tipo del sopor de idiotez en que se hundió
En el despacho del Comisario no hay nadie. Pero previsor el mandamás
ha dejado allí su autoridad colgado en una percha, su revolver en la
cartuchera y su sable Sobre el escritorio una pistola francesa calibre 22. Revólver
y pistola son reducidos sin resistencia por el sicólogo, mientras la
asistente revisa cajones y papeles del escritorio, cuando de pronto suena un
tiro.
Mientras en el frente eran tomadas la Oficina de Radio y el despacho del Comisario,
en el patio, los «chocados» y el «Oficial» de las FFAA
se encargaban de reducir a quienes se encontrasen en la Oficina de tramites,
en la pieza siguiente, y en el dormitorio. Este ultimo, que durante el relevamiento
pareció ser un solo local con dos puertas, eran en realidad dos locales
sin comunicación entre sí.
Reducidos seis hombres, a los que se agrega el de la Radio, estaban siendo puestos
contra la pared cuando un «chocado» ve asomarse al primer corredor
a un uniformado. Habiéndole dado la voz de alto, ante su intento de huir,
le hace un disparo.
Este tipo -el sargento Olivera- estaba en el segundo dormitorio, lugar al que
vuelve al ser sorprendido y desde donde dispara un par de tiros a la ventana
de la pieza contigua al despacho, rompiendo los vidrios para alertar al exterior.
Al oír el primer tiro, el sicólogo deja el despacho del Comisario,
dirigiéndose al patio por el segundo corredor, desde donde advierte al
Sargento que, tras los tiros a la ventana regresó a la posición
en que fuera sorprendido. Patio por medio, en línea cruzada, Olivera
apuntaba al compañero y aunque hace jugar el disparador el tiro no sale
pues se traba el arma. Mientras el compañero le responde con varios disparos.
Olivera huye y se encierra en el dormitorio, herido en un brazo.
A esta altura -son las 14:04- en el patio hay 5 compañeros. Ha llegado
el que acompañaba al coordinador. Hay tres más en el frente; la
compañera que sigue revisando los papeles del Comisario, mientras la
otra y el «Oficial» de las FFAA siguen vigilando la entrada.
Línea y alambre
Encerrado en el dormitorio, sordo a la exigencia de que salga, se amenaza al
Sargento con arrojarle una granada. Tan en serio parece a los que están
contra la pared, que alguien exclama: * -¡No, no lo maten que el hombre
se entrega!. Y enseguida nomás, el Sargento le da la razón.
Inmediatamente se avisa al equipo del Banco República, que como grupo
de apoyo permanecía en la esquina opuesta, que puede comenzar la acción
ya que la Comisaría esta dominada
En el fondo se procede a atar con alambre a los prisioneros, en tanto se les
habla, se les explica, se les hace conocer la línea del MLN
Alambre y razones, razones y alambre, listo este, venga otro, cuando alguien
le dice al compañero que lo va a atar -Yo soy el preso. El compañero
se sorprende, no advirtió cuando fue sacado de la celda y unido a los
otros.
-Ah, ¿y por qué estás preso?, dice mientras continua atándolo
-Y, por carnear una vaquita.
Para él -que no era agente de la represión- la «línea»
cobro un matiz particular. Si surtió efecto no se sabe. Solo se supo,
tiempo después, que el hombre, en la carnicería que posee en una
localidad de Canelones, exhibe, colgados en la pared y como recuerdo de su involuntaria
participación en el operativo, los alambres con que fue atado.
Bien maniatados, se encierra a los 8 en las celdas
Unos minutos más y caen en la ratonera -¡y qué ratonera!-
el Comisario y el sub Comisario, claro que bastante disminuidos. Necesariamente
tenían que estar enterados de que algo anormal estaba ocurriendo en la
Comisaría. Sin embargo, llegan y entran, más que con animo prevenido,
con susto anticipado Terminados de reducir, un tipo se asoma a la puerta, todo
ojos hacia adentro. El «Oficial» de las FFAA se lanza hacia él,
pero el tipo huye. Comenzado el cacheo del Comisario sin que se le pregunte
nada, indica que tiene un arma en el bolsillo interior. Subraya sus palabras,
señalando con el mentón hacia el pecho. Siguiendo su repetida
indicación se llega a un revólver 22. Al sub Comisario se le incauta
un 38 de caño recortado.
Interrogados sobre el maltrato, sobre los castigos infligidos a compañeros
que fueran detenidos tiempo atrás en una chacra de Pando, balbucean negativo
Abrumados por un susto mayúsculo, marchan a las celdas. Algunas patadas
en el trasero, apuran el paso lerdo del Comisario.
El tiempo pasa rápidamente. Dos compañeros continúan cuidando
la entrada; otros dos revisan papeles en el despacho y las Oficinas; uno vigila
las celdas y los restantes acondicionan las armas que van a llevar.
A las 13 y 14 llega la orden de evacuar la Comisaría. En ese momento
se comprueban dos omisiones más:
1) La bandera del MLN, que es la de Artigas con una estrella amarilla de cinco
puntas en la banda roja, con una T del mismo color y que debió ser izada
en el frente de la Comisaría al partir, no se ha traído;
2) Tampoco se trajo la totalidad de los volantes a repartir. Sólo quedan
dos o tres tirados en el suelo de la Comisaría.
De las armas largas sólo se llevan unos cuantos fusiles máuser
alemanes; las armas cortas se llevan todas.
Con cuatro compañeros en el furgón y los demás en coches
de otros equipos, se llega al cementerio local, punto de concentración
previo al regreso a Montevideo.
d) Cuartelillo de Bomberos
Ocupa un predio de 8 metros de frente por 35 de fondo. A la derecha, la pared
medianera de la Comisaría. A la izquierda, a lo largo de la otra medianera,
una construcción de 3 metros de frente y que termina a 10 metros del
muro del fondo; consta de cinco ambientes: los dos primeros para oficinas, y
los siguientes y en este orden, comedor, sala de estar y dormitorios.
En medio del predio, un galpón para herramientas, etcétera. Excepto
en los 10 metros de fondo, un techado que se prolonga desde la construcción
y se apoya en parte en el galpón y el resto en varias columnas, dos de
las cuales están al frente, entre la construcción y la medianera
de la comisaría, enmarcando una entrada de unos 4 metros donde permanece
un guardia. Entre esta entrada y el galpón, estaciona el autobomba.
Equipo: 4 compañeros, un vehículo. Entrará en acción,
a la hora 13. Lugar de concentración: Control Omnibus Interdepartamental
a 80 metros del objetivo y en la vereda de enfrente.
A la hora convenida -12 58-, están los cuatro: Dino y Eno que llegaron
por sus propios medios, y Roli y Mocho que lo hicieron en el vehículo
dejándolo a una cuadra de allí.
Avanzada hacia el cuartel, cuando vean entrar a la Comisaría a los tres
«aéreos»
Estos, para ser vistos, doblarán en la ochava en forma abierta, sobre
el cordón de la vereda. Pero sucede que, además de retrasarse,
doblan la ochava caminando junto a la pared y entran en la Comisaría
sin ser vistos. De ahí que lleguen las 13 y pase un minuto y pasen dos,
y nada de «aéreos». A las 13 03 resuelven ir acercándose
por las dudas, a ver que sucede. Comienzan a andar, en parejas, dos metros una
de otra, cuando oyen un disparo, lo que les evidencia que los «aéreos»
ya están en la Comisaría. Caminan rápido entonces. El guardia
del cuartel, al oír el tiro, con la misma indiferencia de quien ve volar
una mosca, gira perezosamente la cabeza hacia la Comisaría. Sólo
la cabeza; lo demás, del cuello a los pies, es una sola pieza inmóvil;
tras un instante, la cabeza vuelve a su posición normal.
Dos metros delante de los demás en maniobra prevista, Mocho, al pasar
frente al guardia, saca el arma de forma que éste la vea y sigue caminando.
Ahora sí, despierta el interés o por lo menos la curiosidad del
hombre, y se vuelve hacia aquél, lo que es aprovechado por los tres que
venían atrás para inmovilizarlo. Suenan de nuevo en la comisaría
varios disparos, y vuelan vidrios rotos a la vereda. El guardia «trancado»
por los compañeros, repite su movimiento de lechuza adormilada; aquella
cabeza con ojos, va una y otra vez de la Comisaría a los compañeros
y de éstos a la Comisaría en un total y perfecto estado de estupidez.
Marchan con él a las oficinas a reducir la gente armada que, se supone,
debe haber allí. En tanto, Mocho, que caminó sólo un metro
y pico más allá del guardia, entra derecho al galpón y
tras asegurarse de que no hay nadie, se dirige al comedor para impedir que alguien
salga de aquí o de otras piezas. Reducidos quienes están en las
oficinas, otro compañero vendrá en su ayuda. La puerta esta cerrada,
imposible abrirla, marcha entonces a la sala, donde se encuentra con Roli que,
al no haber gente en la oficina, marcho enseguida semirodeando el galpón
por el lado de afuera, llegando por el fondo, a la sala. Entran los dos. No
hay nadie. Pasan al dormitorio. Seis o siete hombres, unos de pie y otros sentados
en las camas, se visten. Ante los compañeros apuntándoles y ante
el «arriba las manos, no se muevan», quedan inmovilizados de sorpresa,
de asombro. Se les dice que vayan saliendo, pero no atinan a nada.
Transformados en zombies, hay que tomarlos de los brazos e irlos sacando a los
tirones, a empujones
En el baño, Roli encuentra particular resistencia. De espaldas a la puerta
orina un gordo.
-¡Arriba las manos, carajo, salga de ahí! -Y el gordo, como si
nada. Hasta que no termina y da el toque final con toda pachorra, no se vuelve.
Vuelto, mira a Roli, arma en mano, apuntándole y carajeándolo,
y sin sorprenderse ni un pelo, alza los brazos con desgano, como desperezándose...
Hombres parsimoniosos los soldados del fuego-
Mientras, en la oficina también hay novedad. Por una ventana, Eno ve
venir un bombero. Sale a recibirlo: lo encañona y lo lleva adentro. Protesta
el hombre y pide eviten los tiros porque su esposa está al llegar. Se
tranquiliza.
Al sacársele el hacha, suponiendo que se la van a llevar, pide que se
la dejen porque si no lo echan, pierde el empleo. Se le explica que no se la
llevarán, que se la dejarán en determinado lugar, y allí
se la dejan al retirarse.
Con el guardia, los del dormitorio y el gordo, se les lleva al fondo y se les
hace recostar contra el muro, quedando custodiados por Dilo y Mocho. Aquí.
en el fondo, se contacta con los compañeros de la Comisaría para
intercambiar novedades.
En el frente, en la entrada, quedan Eno y Roli -con los que colaborará
Mocho- a cargo de lo que resultará la tarea más peliaguda de la
toma del cuartelillo. Y enseguida nomás, comienza el baile, cuando en
la vereda de enfrente se intercepta el paso a un agente que tras almorzar regresa
a la Comisaría. Se le reduce sin problemas, y de Eno pasa a Mocho que
lo lleva al fondo. Al minuto o dos, por la vereda de enfrente también,
desde la esquina del Control de Omnibus, un par de agentes, las manos en las
cartucheras, vienen al trote rumbo a la Comisaría. Pero a 20 metros del
cuartel, ven a Eno, Roli y Mocho armados y cambian bruscamente de rumbo. Se
largan, en cruce recto, hacia la vereda de enfrente. Roli y Eno, desde las columnas
de la entrada, se adelantan hasta el cordón de la vereda, apuntándoles
y gritándoles. Mocho también les apunta, pero desde las columnas,
ya que al mismo tiempo está atento hacia el fondo por si Dino se viera
en algún aprieto. Ante el avance de Eno y Roli, los policías se
frenan en medio de la calzada y uno hace señas con la mano llamando a
los compañeros hacia ellos. Roli les responde del mismo modo. Así,
unos segundos en un intercambio de «venga acá» con las manos,
hasta que un policía «arranca» de nuevo y se zambulle en
un zaguán abierto. Unos segundos más, y el otro hace lo mismo.
Desde la aparición de los guardias hasta su zambullida en el zaguán,
los compañeros enfrentan un doble problema, una doble preocupación
por un lado, los dos milicos, ahí a 20 o 15 metros, a 60 metros, como
telón de fondo, la gente que se va agolpando en la vereda, justo en la
línea de fuego y tras estas preocupaciones, una nueva, ¿que harán
los milicos ahora? ¿Desaparecer zaguán adentro para refugiarse
o buscar subir a las azoteas?
Se trasmite la novedad a Dino y a los compañeros de la Comisaría
para que redoblen la atención. Y siguen las novedades. Recién
«enzaguanados» los dos agentes, en la esquina frente a la Comisaría,
aparecen el Comisario y el sub Comisario, bajan la vereda, miran a los compañeros
armados, pero siguen, cruzan en línea recta hacia la Comisaría.
Tras un minuto o dos, se reduce a un cobrador de OSE y a otro tipo que le acompañaba.
Marchan al fondo.
El problema de la gente sigue, o más exactamente, crece. A la que está
en el Control -tanta que ya bloquea la bocacalle cerrando el paso a un ómnibus
lleno de pasaje-, se agrega otro grupo más pequeño, frente a una
farmacia en la misma vereda y a 35 metros de la esquina. Son dos olas humanas
crecientes y obstinadas, que avanzan o se repliegan en la medida en que los
compañeros les piden o dejan de pedirles, con ademanes y gritos, que
se retiren.
Y ahora, es otro uniformado que por la vereda de enfrente va rumbo a la Comisaría.
Roli y Mocho se lanzan hacia el mismo, como gatos tras un ratón. Ronroneando
vuelven con la presa que muestra un carnet para probar que es agente de tránsito
y que no tiene arma. Aun en la mitad de la calzada los tres, aparece un vejete
con dos cajas como de sombreros por delante, sobre los antebrazos. Camina lentamente
frente a la entrada del cuartel. Roli y Mocho le gritan que no siga, que entre.
El viejito se encocora, negándose a obedecer. Recrudecen la orden y los
carajos, y entonces sí, rezongando, larga las cajas al suelo y entra.
Vuelto al fondo, Eno queda en la entrada. Tomado de sorpresa, no puede evitar
una huida: de una de las cajas, vuela una cotorra.
Ya en el fondo, el de tránsito marcha junto al muro. El viejito en cambio
recibe un tratamiento liberal. Inofensivo, no se le manda con los otros; se
le deja así nomás, deambulando silenciosamente. Unos pasitos por
acá, otros para allá, observa, mira a los compañeros, mira
a los alineados en el muro. No entiende nada, no comprende lo que pasa. De pronto,
por sí solo, despacito, va al muro y se coloca junto a los demás.
Ante preguntas de algunos «prisioneros", Dino y Roli contestan explicando
las razones del operativo, por qué coparon el cuartel y los tranquilizan
en cuanto a que no se les va a hacer nada.
Adelante, el gentío aumenta y avanza y se repliega, se repliega y avanza.
Una anciana se desprende del grupo mayor y camina bolso en mano, hacia el cuartel.
Grandes gritos y ademanes, logran hacerla volver.
Luego ¡una mujer, joven, se asoma en la puerta de la oficina!, ¿cómo
y cuándo entró sin que se le viera? Quizá cuando la caza
del agente de tránsito, ¿quién es? Quizá la esposa
del bombero que se apretó al comienzo.
-Venga acá, salga de ah¡, ¡venga acá!. La mujer no
se mueve. Ante nuevos gritos y Eno que se adelanta hacia ella, entra y se encierra.
A las 13 y 18, desde la Comisaría trasmiten la orden de retirada, recomiendan
que no se pierda tiempo ni se sobrecargue el coche. Ni maniatar entonces a los
15 reducidos, dejándolos de cara al muro, las manos en alto, sin llevarse
algunas cosas que se pensaban llevar.
Tras volantear en la calle se marcha a la carrera hacia el vehículo.
La gente, en silencio, abre paso.
Ya en el coche, pensando que pudieran ayudar a quienes tienen problemas -se
oyen tiros-resuelven modificar el recorrido previsto para llegar al lugar de
concentración. A contramano por algunas calles, recorren algunos puntos
de la ciudad, pero no encuentran nada. Ya ha pasado todo
e) Central Telefónica de UTE
Está ubicada en la esquina de las calles 18 de Julio y Zorrilla y tiene
entradas por ambas calles a unos 8 metros de la esquina cada una. Por 18 de
Julio está la entrada del público y por Zorrilla la del personal.
En las esquinas del cruce de calles están la Caja de Jubilaciones y la
Escuela Industrial.
No habiendo podido encontrar excusa plausible para entrar a ese local, el relevamiento
del mismo se redujo a lo que pudo observarse desde fuera: por la puerta de la
calle Zorrilla se comprobó la existencia de un patio, y una oficina con
dos o tres funcionarios, hombres y mujeres; por la puerta de 18 de Julio pudo
verse el salón de trabajo de las telefonistas. De allí surge el
hecho de que el plan elaborado queda sujeto a gran cantidad de imprevistos:
prácticamente no se sabe nada de la disposición del local y ello
recién se sabrá en el transcurso de la acción. En cuanto
a la gente que habrá que reducir, se estima -en base a un relevamiento
de entrada de personal y público- en unas 15 personas de los cuales 8
o 10 serán empleados y el resto usuarios. Existe aún otro problema:
como no se ha contado con el asesoramiento técnico correspondiente, se
desconoce cuales son los elementos mecánicos clave para inutilizar la
central. Por esta razón se cortarán los cables de entrada y salida
de comunicaciones que están en la azotea, así como cuanto cable
se encuentre en el local, se desconectarán asimismo los acumuladores
y se anulará el sistema clave. Se piensa que tal vez no sea necesario
tomar tantas precauciones para bloquear totalmente la central, pero en la duda,
hay que hacerlo. No se pude correr el mínimo riesgo respecto a la plena
seguridad de lograr lo que se busca.
Para asegurar una mayor duración del bloqueo -se ignoraba las horas que
iba a insumir la reparación de lo afectado- se llevarán 50 metros
de alambre de cobre para simular una conexión de explosivos a los cables
cortados.
El equipo que se destina a la acción se compone de siete compañeros
-seis hombres, una mujer- y un vehículo.
Es la hora 12 y 58. Mientras seis compañeros aguardan en las inmediaciones
del objetivo, el restante, dentro del coche espera cerca de la Comisaría
que entren a ésta los «aéreos», cosa que sucede a
las 13 y 2 minutos. Entonces parte hacia la Central con sus luces encendidas,
las que avistadas desde lejos por quienes, esperan, les permitirán ganar
tiempo.
Comprendida la señal entran simultáneamente en la Central, una
pareja por 18 de Julio y cuatro compañeros por la entrada lateral.
La pareja se ubica detrás de una mampara, no dejándose ver por
las telefonistas ni por los pocos usuarios que acaban de llegar y están
a la espera de ser atendidos. De los cuatro compañeros, mientras uno
queda bloqueando la puerta de la calle Zorrilla, los otros penetran zaguán
adentro. Ya en la oficina dan una explicación: son de la Policía
de Investigaciones; han recibido una denuncia de que ha sido colocado un artefacto
explosivo en el local; necesitan revisar, para lo cual será preciso cortar
toda la comunicación. Por su parte los funcionarios, mostrándose
comprensivos explican que el corte no depende de ellos, sino de Telecomunicaciones,
por lo cual sugieren ir a llamar al jerarca de la Central que vive muy cerca
de allí. Lucco, que es el responsable del equipo, al tiempo que accede
al pedido, que será cumplido por un compañero, decide no perder
más tiempo, por lo que son reducidos 11 funcionarios entre hombres y
mujeres. Seis de ellos fueron apareciendo no se sabe de dónde y sumándose
al grupo que conversaba. Llevados todos a un cuarto, se encarga de la vigilancia
el compañero que bloqueaba la puerta y que ahora ha llegado hasta el
patio. Otros dos suben a la azotea con herramientas adecuadas. Lucco va a la
sala de telefonistas, donde junto con Barsa y la compañera que allí
espera reduce a ocho empleadas y a tres usuarios. Aunque nadie ofrece resistencia,
la sorpresa, la estupefacción de las telefonistas es tal que no atinan
a nada y continúan sentadas, inmóviles, como pegadas a las sillas
y auriculares. Son necesarios algunos gritos. A algunas de ellas hay que quitarle
los auriculares y prácticamente despegarlas de los asientos para llevarlas,
tomándolas de los brazos hasta el cuarto de los reducidos Mientras Barsa
marcha a buscar al jerarca, Lucco vigila la puerta, a tiempo que verifica la
marcha de la acción en el resto del local. Frente a la puerta de 18 de
Julio está, vereda por medio, el vehículo desde el cual un compañero
-el séptimo- permanece atento a lo que sucede en la calle. En pleno corte
de cables en la azotea los dos compañeros escuchan sollozos. Como lo
que queda por hacer puede ser realizado por uno solo, uno de ellos baja para
ver que sucede y encuentra que una mujer embarazada -que es una usuaria- ha
sufrido un ataque de nervios. Con la eficaz colaboración de algunas funcionarías
se le atiende y tranquiliza, con lo que se supera el trance. Al no encontrar
al jerarca en su casa, Barsa regresa solo. En esta situación Lucco decide
dirigirse a los funcionarios requiriéndoles su colaboración. Barsa
vigila en la puerta, manteniéndose en contacto con el compañero
del remise. Ya van tres minutos desde el copamiento y hasta ahora en la calle
todo transcurre normalmente. En la Escuela Industrial el murmullo alegre, los
corrillos, el bullicio juvenil del alumnado que va llegando, en la Caja de Jubilaciones,
una cola cansada de años y de quien sabe cuantos sufrimientos y miserias.
De una esquina a otra van los ojos del compañero del vehículo
que piensa en la generación joven, cuya vida seguramente no será
la de estos pobres ancianos.
Lucco ha llamado, de entre los reducidos, a los operarios y conversa con ellos
en el patio. Explica, argumenta, persuasiva y fraternalmente no solo no hay
nada contra ellos, sino que, por el contrario la lucha de los Tupamaros es a
favor del pueblo, de los trabajadores; la colaboración que se pide en
este caso, favorecerá a toda la gente retenida, porque se ganará
tiempo y se evitarán riesgos de un tiroteo con la Policía.
Los operarios indican donde están los acumuladores y se corta la corriente,
a tiempo que el corte de cables en la azotea ha concluido también.
A todo esto ha ido llegando gente que debió ser reducida y llevada al
cuarto en el cual ya hay 20 personas en total 5 más de las que se habían
calculado.
Barsa continúa en la puerta, aunque en el interior del local; el compañero
de la calle sigue en el remise; una pareja vigila a los reducidos, mientras
Lucco y los dos restantes compañeros cortan cables dentro del local,
reatándolos con alambre de cobre, unidos unos con otros, simulando un
circuito detonador de explosivos.
Están en esa tarea cuando el compañero del remise avisa que se
aproxima un camión con un policía. Ya todo pronto para recibirlo,
el uniformado entra a la carrera, frenándolo en seco una 45 en la panza.
Despojado de su revólver marcha al cuarto de los «penitentes»
donde acaba resultando muy útil, pidiendo tranquilidad a la gente.
Por su parte, tras bajar el milico del camión, el compañero del
remise inmovilizó al chofer. Vueltos los compañeros al trabajo
de los cables, llega el aviso de un nuevo milico que viene a todo correr. Lucco
y Barsa lo esperan. Pero el hombre, vaya a saber por qué, sigue de largo,
a tal punto que los compañeros deben correr para alcanzarlo en la esquina.
Se resiste, intenta sacar su arma, pero es reducido con violencia. Privado de
su revólver entra a la Central a fuerza de empujones.
En la medida que alguna gente de la Caja de Jubilaciones, algún alumno
de la Escuela y más de un transeúnte lo han observado, la calle
comienza a alborotarse.
Nervioso y asustado el milico llega al cuarto donde su colega -un fanático
de la tranquilidad- procura calmarlo.
Pero sigue llegando gente y más gente. Ahora resulta clara la razón,
cada usuario que estaba hablando o quería hablar por teléfono,
y quedaba sin comunicación o no la lograba, luego de insistir un rato
prudencial, dejaba el teléfono y marchaba a la Central a preguntar, reclamar
o protestar. Allí, sin tiempo a decir nada marchan a un cuarto donde
no caben más. En esa circunstancia el policía tranquilo explica
a los compañeros la situación creada y solicita se habilite otro
cuarto. Sensato y organizado el hombre: se le hace caso y se reparte en dos
grupos a los reducidos
Al filo de la hora tope de retirada, hay en los cuartos entre 40 v 45 personas,
mientras también en la calle va en aumento la aglomeración de
publico.
Ya todo pronto para la evacuación, se procede a arengar a los reducidos,
explicándoseles las razones del operativo y las razones de ser del Movimiento
Una vez cerrados con llaves los locales se esparcen volantes por todo el local
En el momento de subir al remise algunos compañeros, mientras quedan
otros en la puerta del local, llega un usuario desbordándose en protestas.
Se trata de un hombre viejo y rengo que camina auxiliándose con un bastón.
A la vez que se le da la razón para no perder tiempo en encerrarlo se
le indica el sitio donde tiene que «dirigir» su reclamación.
- Si, si señor, vaya por aquí, allá al fondo, a la izquierda.
Sin soñar con lo que va a encontrar, marcha el hombre, rápido
a pesar de su renguera hacia los cuartos de los reducidos.
Afuera el chofer del remise espera ver la moto del coordinador -moto que no
existe- para decidir la partida.
De pronto aparecen los coches de los demás equipos que salían
por 18 de Julio hacia el cementerio. Lucco, que conoce al coordinador, lo advierte
en uno de los coches, y parte el remise cerrando la caravana.
f) Banco de la República
Está ubicado en la esquina de las calles General Artigas y Solís,
con dos puertas hacia la vía publica: la principal en la ochava y una
segunda, sobre la calle Solís que sirve para el personal. Formando parte
del mismo edificio, lindera al Banco, por la calle General Artigas está
la casa del Gerente. Casa y Banco se comunican directamente por una puerta interior.
Se le destina un equipo de catorce compañeros -trece hombres y una mujer-
y dos vehículos: un coche remise y la Kombi. El equipo esta dividido
en tres grupos: uno que entrará en cuanto abra el Banco y se ubicará
estratégicamente a la espera de la llegada simultánea de los otros
dos grupos que lo harán minutos después, respectivamente por la
puerta principal y la de empleados.
A la hora trece, por un lado, el remise con siete compañeros se ubica
frente a la Comisaría en cuya toma intervendrá como coche de apoyo.
Por otro lado, la Kombi con tres compañeros y los siete empleados de
la funeraria estaciona por Solís, a un par de metros de la esquina y
frente al Banco. Mientras un compañero queda vigilando a los funerarios,
los otros dos dejan el vehículo y entran al Banco. Segundos después,
completando el primer equipo se suman a ellos un compañero y una compañera
que aguardaban muy cerca de allí. Estos últimos se ubican uno
por Caja mientras los primeros lo hacen junto al mostrador separados de tal
forma de poder dominar fácilmente todo el salón en el momento
indicado
Confundidos entre una decena de clientes, dejan pasar los minutos. Están
preparados para «plantear» su negocio al empleado que eventualmente
se decida a «atenderlos».
A la hora trece y tres minutos, avisados de que la Comisaría ya esta
dominada los compañeros del remise parten hacia el Banco, una mano afuera
con un pañuelo blanco es la luz verde para que los demás equipos
-UTE, Banco de Pando y Banco Pan de Azúcar- entren en acción.
Bajan a una cuadra del Banco y dando un rodeo a la manzana va a encontrarse
junto a la puerta lateral, con otros dos compañeros que aguardan en las
proximidades
Pasados unos segundos que permiten adelantar camino a quienes bajaron, el remise
reinicia su marcha por General Artigas y estaciona en la esquina frente al Banco.
Mientras el otro equipo llama con el timbre de la puerta lateral descienden
del remise un «policía» metralleta en mano, un «alto
jerarca bancario» de portafolio bastón en mano y su «secretario».
En tanto el trío cruza la calzada y entra en el Banco dos compañeros
permanecen en el coche. Son las 13 04 minutos. En el ángulo formado por
el mostrador y la gerencia, el agente de guardia, sentado en su silla, permanece
rutinario y somnoliento. La imperativa voz del «colega» recién
llegado lo sobresalta.
-Acompáñenos al tesoro, traemos una remesa -Sí, como no.
Antes de que acabe de incorporarse «su colega» lo encañona.
-¿Que pasa? ¿No son de los nuestros?, dice abriendo tamaños
ojos y acabando de despertarse mientras los compañeros lo desarman.
Simultáneamente, van ocurriendo varios hechos. El compañero y
la compañera destacados junto a las Cajas inmovilizan a los cajeros apuntándoles
a través de las ventanillas, mientras los otros dos saltan el mostrador
y reducen a empleados y clientes. Uno de los dos compañeros que quedaron
en el remise entra en la casa del Gerente, no halla nadie a su paso llega a
la Gerencia y reduce al Gerente y tres empleados. El cuarteto que entra por
la puerta lateral de la calle Solís reduce a quien les abre: mientras
uno queda vigilando la puerta, los otros revisan el servicio higiénico
y tres ambientes más, reduciendo a un segundo empleado que junto con
el anterior es llevado al salón a hacer compañía a quienes
ya están contra la pared manos en alto. Al mismo tiempo en la Gerencia
hay otros en igual situación.
Hay en total 27 personas reducidas: 16 empleados, 10 clientes y un policía.
Todo ha transcurrido vertiginosamente, con perfecta sincronización, como
si un mismo hilo moviese a todos los grupos. En menos de un minuto el Banco
había sido copado. La amenaza de disparar sobre quien tocara la alarma
-había varios timbres- surtió efecto.
Copado el local, 6 compañeros -3 en el salón y otros tantos en
Gerencia- vigilan a los reducidos; 2, siguen en los coches, 1 en el remise y
otro en la Kombi con los funerarios, 1 vigila la puerta lateral; 2 más
-uno de ellos el falso policía- permanecen en el exterior, mientras los
3 restantes sacan de entre los «prisioneros» al Gerente y a los
cajeros con los cuales marchan hacia las Cajas para embolsar el dinero. A punta
de pistola, el Gerente y un cajero ayudan a esa tarea. Al otro cajero debe alcanzársele
una silla porque se cae de susto. En tanto la plata va pasando a las bolsas,
en la calle el «policía», con su metralleta en mano va y
viene, imperativo a veces y amable otras domina la esquina del Banco. Viene
y va, y mantiene a distancia a la gente, impidiéndole circular por la
vereda del Banco, aunque se lo permite a dos viejecitas a las que ayuda también
a cruzar la calle. Llegará a hacer otro tanto, y más de una vez,
con algunos niños que van a la escuela de enfrente.
Ahora aparecen dos Inspectores de tránsito -tan conocidos como odiados
en la localidad- que se detienen ante la casa del Gerente, en la cual uno pretende
entrar. El «policía» se lo impide a tiempo que les indica
que dejen libre la vereda y les señala la de enfrente.
La gente que sigue agrupándose minuto a minuto y que, a esta altura ya
sabe que los ocupantes del banco y el “policía” son “Tupamaros”,
se ríe ante la obediencia de los Inspectores. Aunque de mala gana obedecen
y se vuelven. Después de andar unos metros uno de ellos detiene a un
coche que pasa y sube a él. Pero no bien llega a la esquina el compañero
«policía» vuelve a detener al vehículo para interrogar
al Inspector de tránsito hacia donde va.
-A avisar, contesta el tipo
-No se preocupe. Ya está todo arreglado. Bájese.
La gente vuelve a reír cuando baja el Inspector, mientras el coche sigue
su camino ante la orden del compañero.
-Despeje, despeje le dice este, mientras le indica su camino con la metralleta.
Una mujer cincuentona avanza hacia el «policía», aunque sabe
que no puede circular por la vereda del Banco no acaba de decidirse a bajar
o subir la vereda. No quiere desobedecer pero tampoco obedece y avanza con un
pie en la vereda y otro en la calzada, en actitud verdaderamente cómica.
El «policía» que va a su encuentro le ordena cruzar a la
acera de enfrente. La mujer, que sigue indecisa, parece querer acercarse tanto
como alejarse. Finalmente se acerca y señalando el Banco le dice al «policía»
-¡Que bien, que bárbaro!.
No bien se ha ido la mujer se oye un disparo dentro de! Banco, que proviene
de la Gerencia. Allí un compañero, al cual se le ha caído
su brazalete, resulta herido por una compañera que le dispara un tiro
involuntariamente pretendiendo alcanzarle el distintivo. Ayudada por otros compañeros
llevan al herido hasta el auto de remise: se trataba de Fernán Pucurull,
que tiempo después cayera asesinado por la Policía, al llegar
a un cantón en que se había armado una «ratonera».
Mientras tanto en la Gerencia queda un solo compañero a cargo de los
«prisioneros»
En esas condiciones, ante el accidente ocurrido se decide suspender la acción.
Los compañeros que están en las Cajas, que solo llevan embolsado
la mitad del dinero piden una pequeña prorroga, listo el dinero se da
la orden de evacuación, orden que no llega a oír el compañero
que ha quedado solo en la Gerencia. Quienes podían darse cuenta de su
ausencia están con el herido en el coche de remise. Parten los vehículos,
ambos sobrecargados
El compañero que ha quedado en la Gerencia permanece unos cinco minutos
más, al cabo de los cuales advierte que el local ha sido evacuado y que
ha llegado la Policía. Aunque aprovechando la confusión consigue
ganar la calle, alguien lo señala y es detenido
g) Banco Pan de Azúcar
Está ubicado en la calle General Artigas, casi a mitad de cuadra y a
unos 35 metros del Banco de Pando.
Se le destina un equipo de seis compañeros. El coche de remise que se
abandonara por desperfectos mecánicos en el Km. 40 estaba destinado a
este equipo. En las afueras de la ciudad fue imposible «conseguir»
un vehículo, tal como se había pensado.
Faltando diez minutos para la hora 13, en un café ubicado frente al Banco,
los seis compañeros deliberan sobre cómo «obtener»
un coche, cuando ven llegar, en su Citröen, al propio Gerente del Banco,
al cual habían conocido durante los estudios previos. Con el problema
solucionado, los compañeros se dispersan a la espera de que se hagan
las 13 horas.
Vista la señal para comenzar la acción, entran 5 de ellos al Banco
en forma escalonada -primero 3, luego 2- ubicándose estratégicamente
para copar el local a la señal oral del sexto compañero que entrará
en último término y casi enseguida del segundo grupo. Pero a pocos
pasos de la entrada este compañero advierte a una persona observando
con especial atención la entrada de los compañeros al Banco de
Pando. Lo encañona rápidamente y tal como estaba previsto para
quienes se redujeran en la calle, lo lleva al Banco de Pando. Recién
entonces entra a «su» Banco, y a la señal convenida tres
compañeros reducen a los empleados y al público que están
en el salón, mientras los dos restantes hacen lo propio con quienes están
en la Gerencia.
Las 11 personas reducidas -5 clientes y 6 empleados- quedan en un cuarto bajo
custodia de 2 compañeros. Al gerente se le sacan las llaves del coche
y una pistola. A un cajero se le ocupan las llaves de la caja del dinero que
los dos compañeros se encargan de embolsar. Un quinto queda a la expectativa
en el hall, mientras la vigilancia de la entrada está a cargo del último
de los compañeros que entró en el local.
En ambas esquinas se va formando grupos de curiosos. A los tres o cuatro minutos,
de uno de esos grupos surge un policía que avanza como en cámara
lenta hacia el Banco. Por su lado el compañero que vigila la entrada
camina hacia él, pero lo hace con discreción, como un ciudadano
cualquiera que marcha por la vereda. Apenas se cruza con él, se vuelve,
lo encañona desde la espalda y lo conduce al Banco de Pando. El uniformado
tiembla como una vara verde seguramente se ha dirigido al Banco no por propia
iniciativa, sino compelido por alguien del grupo en el que se hallaba. Eso explica
la lentitud de su procedimiento y el temor que lo domina.
Vuelto el compañero a su puesto, se encuentra en la puerta del Banco
una mujer, que con un niño, viene a cobrar un cheque. Luego de explicarle
que tendrá que esperar un rato, la pone a cargo del compañero
que esta en el hall.
Ya listo el dinero en los bolsos y arengados los «prisioneros»,
se evacúa el local. Este equipo será el primero en llegar al lugar
de concentración final.
h) Banco de Pando
Ubicado en General Artigas, el Banco tiene también una puerta por la
calle lateral y una tercera en la ochava. Esta última y la de General
Artigas están habilitadas al público mientras la lateral se destina
al personal.
La disposición interna es como sigue cerrando el lugar de trabajo -un
espacio de 8 metros por 7 aproximadamente- un mostrador en forma de U paralelo
a General Artigas, la ochava, la calle lateral y una pared medianera. Entre
uno de los extremos de la U y la medianera se ubica la Gerencia, mientras en
el otro extremo y la pared que da a la calle lateral está el Despacho
Jurídico. Próximo a la puerta de General Artigas, se ubican las
Cajas 1 y 2, entrando por esta puerta, un metro y poco a la derecha de la misma,
hay una especie de subsuelo con los cofres para los efectos personales -joyas,
etcétera-. Frente a la ochava está la Caja número 3 Del
lado interior del mostrador, cerca de las dos primeras Cajas, y ocupando otro
subsuelo, está el tesorero Por lo regular, cuando estas últimas
Cajas están habilitadas al público, no lo está la número
3, y viceversa.
El equipo que se destina al objetivo, se compone de 8 compañeros, una
compañera y un vehículo.
Advertida la seña para comenzar la acción, entran por la ochava
2 compañeros y se dirigen al sector «Despacho Jurídico»,
mientras que por General Artigas, una pareja -hombre y mujer- se dirigen al
«Sector Gerencia». En seguida entran 2 más, ubicándose,
uno junto a la Caja 3 y el otro entre la puerta del frente y el subsuelo de
los cofres, cuya luz apagada indica que no hay gente en él. A pesar de
eso el compañero lo confirma bajando un momento al subsuelo. Un séptimo
compañero queda afuera, frente a la ochava, como nexo entre el exterior
y los que están adentro vigila la calle y recibirá a los reducidos
en el exterior del Banco Pan de Azúcar, ubicado a 30 metros de allí
(Este trasiego de reducidos obedece a la mayor capacidad locativa del Banco
de Pando, así como también al mayor numero de compañeros
que esperan en él).
Quienes han entrado tienen un presunto trámite que plantear en caso de
ser atendidos durante el lapso que media entre su entrada y la de dos compañeros
-Alfredo Cultelli y Ricardo Zabalza- con cuya presencia se iniciará el
copamiento.
La pareja espera próxima a la Gerencia y el mostrador donde un empleado
y un cliente están enzarzados en una acalorada discusión.
Ya ante el Despacho Jurídico, uno de los compañeros muy discretamente
tantea la puerta para ver si está sin llave, cosa que comprueba. Apenas
vuelve junto a su compañero, es atendido por un empleado al cual preguntan
por casas para alquilar.
No bien comenzada la respuesta del funcionario se oye
-«Ésto es un asalto, somos tupamaros!”, proferido por Zabalza,
a tiempo que salta Cultelli al mostrador. Aquel, metralleta en mano domina desde
arriba todo el salón, son apenas unos segundos, tras los que salta hacia
adentro y se dirige a revisar el tesoro, mientras Cultelli ya esta reduciendo
a los cajeros de las Cajas 1 y 2
Simultáneamente con Zabalza, y para dar una mayor impresión de
que el local esta copado totalmente, lo cual evita cualquier intento de reacción,
los compañeros repiten en cada sector, la frase definitoria de la situación
y entran a lo suyo.
En la Caja 3 el compañero reduce a los clientes que se encuentran en
dicho sector
En Gerencia la compañera entra en busca del Gerente, en tanto que el
compañero, intimida a funcionarios y clientes del sector, excepción
de los que discuten. Abstraído, ajeno a lo que no sea el problema que
está tratando, el empleado alza rápidamente la cabeza y sin tener
en cuenta la 9 mm que lo apunta manifiesta
-Si, si, espera un momentito, y se zambulle de nuevo en su discusión
Pero si fue rápido en su primera reacción, no lo es menos en despertar
de golpe a la realidad, y comprende el asalto, levantando los brazos. Allí
no hay más problemas.
En cambio en la Gerencia, la compañera no encuentra a nadie, por lo que
pasa al salón, donde ubicará al Gerente entre los demás
empleados.
Despacho Jurídico. El funcionario que respondía a las preguntas
referentes a las casas para alquilar, se queda con la boca abierta ante la pistola
45 que lo apunta, mientras el otro, grande y gordo, se escurre hacia las dependencias
interiores del local. Uno de los compañeros abre de una patada la endeble
puerta del despacho y corre en busca del fugitivo. Lo encuentra tan ingenuo
como corpulento, el hombre se ha escondido tras la pequeña puerta de
vaivén de un retrete en el que apenas cabe su humanidad.
Entre puerta y Sección Cofres. El compañero reduce los clientes
de este sector y los acerca a la Gerencia. En el breve ínterín
que va desde su reducción hasta que son llevados con los funcionarios,
a los clientes se les hace permanecer con las manos apoyadas en el mostrador,
pues con los brazos en alto llamarán la atención de quienes pudieran
verlos desde el exterior.
Copados pues todos los sectores, revisadas las dependencias interiores del local
por si hubiera quedado alguien en ellas, se junta a funcionarios y clientes
-unas 25 personas- y se les hace echar en el suelo, en el espacio que queda
entre los escritorios y la pared del fondo del local. Mujeres y ancianos permanecerán
sentados en las sillas que se les proporcionan. Al Gerente se le piden las llaves
del tesoro, las que entrega sin problemas, dejando así sin asunto al
filoso cuchillo «ablandaduros».
Obedeciendo al plan, ahora la ubicación de los compañeros es la
siguiente:
Afuera frente a la ochava, un compañero
Adentro, entre la puerta de la ochava y la Caja 3, el compañero que redujo
a los clientes de ese sector como nexo con el exterior, a los reducidos que
reciba, los pasará, para ser llevados al fondo del salón, a uno
de los compañeros del Sector Jurídico, que allí permanece
a tal fin
Vigilando la puerta de General Artigas, el compañero que en un comienzo
se ubicó entre ella y los cofres, reducirá a quien entre y lo
alcanzará al Sector Gerencia, desde donde marchará con los demás.
En el fondo del salón, custodiando a los reducidos, la compañera
y el compañero que redujera al gordo del cuarto de baño. Mientras
Zabalza embolsa el dinero del tesoro, Cultelli hace lo propio en las Cajas,
pero con la mala suerte de que, a causa del fiador gastado de su Lugger, se
le escapan dos disparos seguidos. Como tiene el arma dirigida hacia el piso,
ello no acarrea otra consecuencia que alterar la tensa tranquilidad ambiente.
Al paso de los minutos se reduce a un par de clientes que llegan, y se reciben
del Banco de Pan Azúcar a un particular y a un policía asustado
hasta los tuétanos.
A los reducidos se les va entregando volantes, se les dan explicaciones sobre
la línea, mientras a los funcionarios en particular, se les expone la
posición del MLN en el largo conflicto bancario que terminara recientemente,
al ser secuestrado el banquero Pellegrini Giampietro, quien aun permanecía
en poder de la organización.
A todo esto, y ante el poco dinero que hay en el tesoro, Zabalza llama al Gerente
y lo intima a que diga donde hay más. El hombre explica convincentemente
que el hecho se debe a que el día anterior se envió una partida
al Banco República.
Ya sobre la hora de partida, entra el compañero de la calle para apurar
porque «la cosa esta quemante», próximos al Banco hay un
mar de curiosos, por General Artigas hay un trajinar permanente de ojos. Se
le pide apenas un momento para acabar de embolsar el dinero y accede. Pero un
minuto después vuelve a entrar; a la gente que hay en el exterior se
suma ahora el llamado de una sirena del Banco de la República. Se ordena
la evacuación.
Nilco, seguido de un compañero, al traspasar la puerta de salida, ve
a un milico que se acerca a todo correr, gritando y esgrimiendo un revólver.
Retroceden y avisan a los demás y parapetándose en la puerta y
en la ventana, cuyo vidrio rompen, se tirotean con el uniformado. Al volársele
la gorra, el milico desaparece tras el remise en el que se había parapetado,
ubicado en línea algo cruzada con la ochava.
Los compañeros piensan que lo han herido, que le han dado en la cabeza,
y cuando van llegando al coche, advierten que el hombre se va arrastrando entre
éste y el cordón de la vereda. Nilco, rodeando el remise y una
camioneta estacionada adelante, se le va al humo al bulto uniformado, pero un
compañero lo contiene. Le dice que lo deje, que «el pobre está
herido y que no dará más trabajo» Pero el «pobre hombre»,
a tiempo que arranca el remise, sube a la vereda, se zambulle ágilmente
por la puerta de un bar, y apareciendo por una de las ventanas dispara contra
el coche en marcha.
En penosa marcha -9 compañeros a bordo y una rueda pinchada- tras pocas
cuadras se entra en una calle a contramano. A mitad de la cuadra un milico plantado
en el medio de la calzada, levanta la mano para detener el coche. Viendo que
el auto se le viene encima, echa mano del arma y salta hacia la vereda. Los
compañeros responden al fuego del milico hasta que éste se mete
en un bar. Los disparos del milico no hirieron a ningún compañero,
pero sí a un hombre que salía del bar y al que la Policía,
tomándolo por un tupamaro impide la asistencia medica, dejándolo
desangrar encerrado en un calabozo. Aunque se atribuyó el disparo a los
compañeros, el testimonio de éstos -fiel siempre a la verdad aunque
sea dura-, lo mismo que las pericias técnicas, demuestran lo contrario.
Desde luego, que la prensa se cuidó muy bien de decir la verdad.
En llanta, con los vidrios casi rotos, el capot hecho un acordeón a causa
del choque con la camioneta que le impedía su salida, parecía
que el remise no iba a llegar al lugar de concentración final. Pero llegó.
i) Regreso
Todos los equipos en el cementerio, los compañeros del Banco de Pando,
abandonan rápidamente el coche transbordando a otros donde ya se han
ubicado el coordinador y la compañera a cuyo vehículo se le rompiera
un eje.
Encabezado por el furgón y seguido por 5 coches, el «cortejo fúnebre»
parte hacia Montevideo a las 13 y 20, tomando por el camino Las Piedritas. No
se regresa por Camino Maldonado porque, aún siendo la vía más
directa, se presume que será utilizado por las fuerzas represivas ya
alertadas.
En el cruce de Las Piedritas con la Ruta 84 -a 10 kilómetros del cementerio-
se resuelve alivianar la carga de gente, dejando allí a los 7 empleados
de la funeraria. Aunque estos protestan, se les explica la situación:
coches sobrecargados, marcha lenta y un compañero herido -Pucurull- que
requiere rápida atención médica. Se les deja entonces,
y ocupan su lugar en la Kombi algunos compañeros de otros coches. De
paso, como en la columna de Pucurull no hay servicio de sanidad, se le pasa
al furgón donde van los compañeros de una columna que lo tiene.
Se reemprende la marcha a mayor velocidad pero no a la deseable. Toma la punta
entonces el coche del República, pues los compañeros de este equipo
conocen mejor el camino.
Se cruza Suárez, localidad distante 15 kilómetros del cementerio
y se comprueba que todo esta tranquilo, que allí todavía no hay
alarma.
Tres kilómetros después, llegados a un punto denominado Cassarino
se advierte la Policía Caminera que siempre se aposta allí. Mientras
uno de los agentes, parado junto a su vehículo apunta con una metralleta
a la caravana que se acerca, el otro, en medio del camino hace señas
para que se detengan. La actitud del hombre no manifiesta una convicción
mayor. Quizá tiene dudas de que no sea aquello en realidad un cortejo
fúnebre. Lo cierto es que los compañeros, con sus armas prontas,
simulan obedecer las señas. Aminoran la marcha y cuando los «camineros»
esperan que se detengan, aceleran, cruzan y se alejan sin problemas.
Al llegar al empalme de los Caminos del Andaluz y Osvaldo Rodríguez -ya
a 24 kilómetros del punto de partida- la caravana se divide. El furgón
y 2 coches toman por Osvaldo Rodríguez y, dispersándose en el
camino, llegarán a Montevideo con el compañero herido y el dinero
de los Bancos de Pando y de Pan de Azúcar, lo que suma unos 7 millones
de pesos. En Camino Repetto se cruzan con un vehículo de la Guardia Metropolitana
-una camioneta azul de las llamadas «chanchitas»-, en rápida
marcha hacia Pando.
La Kombi y los remises del República y de Bomberos -este último
por error- doblan a la izquierda y toman por Camino Cruz del Sur. Allí,
a kilómetro y medio del empalme donde se dividiera la caravana, hay una
Gutbrod, con una rueda levantada por un gato, como si estuviera descompuesta.
Es una camioneta legal, que, aunque vieja y desvencijada marcha todavía.
La Kombi se detiene junto a ella y transborda el dinero del República,
las armas utilizadas y dos compañeros.
Primer enfrentamiento
En tanto la Kombi transborda, el remise del República sigue adelante.
Recorridas 6 cuadras, al llegar a 300 metros de Camino Repetto, los compañeros
advierten dos patrulleros cortando el paso atravesados en un puente que está
50 metros antes del camino Se detiene la marcha y se estaciona el vehículo
en la banquina.
Uno de los coches patrulleros comienza a moverse lentamente, mientras los compañeros
organizan el enfrentamiento. Doscientos metros, ciento cincuenta, cien, el avance
continúa lento pero sin pausa. Cuando llega a unos 70 metros los compañeros
hacen fuego con armas largas y cortas, parapetados unos en los vehículos
y otros desde el lugar en que están junto al alambrado. Un compañero
se adelanta un par de metros y rodilla en tierra desde el medio del camino,
dispara su fusil Mauser, el patrullero recibe tres impactos, uno de los cuales
le destroza el parabrisas y se detiene.
Nueva y breve deliberación: desde los patrulleros se está trasmitiendo,
guiando a las fuerzas represivas. Se decide la retirada, uno en la Kombi a la
que tratan de poner en condiciones, y los demás hacia el monte. Entonces
llega la Gutbrod; sus dos ocupantes bajan y van tras los compañeros que
marchan a campo traviesa Los que intentan movilizar la Kombi, optan por marcharse
en la camioneta recién llegada. Uno de ellos corre y alcanza al chofer
en la portera. A pulso dan vuelta la Gutbrod y parten en ella 8 compañeros
que desandan el Camino Cruz del Sur rumbo a Camino Maldonado distante a unos
6 kilómetros. A mitad de este recorrido esconden las bolsas con dinero
entre el pasto a orillas de una cañada (Más tarde serán
encontradas por 3 chiquilines que cortan pasto, que las ven pero las dejan.)
Batiendo la zona, llega la Policía al caer la tarde e interroga a los
muchachitos. Ellos contestan que están cortando pasto y no dicen palabra
sobre la plata. Como los milicos se ponen a desembolsarles el pasto, el más
pequeño de los chiquitines, tal vez por miedo, señala el lugar
donde está el dinero.
Más adelante se deja el Camino Cruz del Sur, se toman caminos vecinales
y luego el Camino Centauro. A 400 metros de Camino Maldonado, 4 compañeros
se bajan y luego de esconder sus armas en un monte vecino, se separan dirigiéndose
al Camino Maldonado donde tomarán ómnibus que los traen sin problemas
hasta Montevideo.
Los otros 3 siguen en la Gutbrod, la cual abandonan en Camino Centauro a una
cuadra del Camino Maldonado. Se separan por parejas y tras mucho caminar cruzando
campo llegan a los cantones -que luego caerán-, donde se cambian de ropa
para salir en ómnibus de la zona.
A campo traviesa
Al partir la Gutbrod, marchan por el campo rumbo al monte un grupo de unos 20
compañeros, en el cual van tres mujeres. Pasan el monte y cruzan el arroyo
de Toledo Chico, simplemente a pie, porque esa vía de agua es muy poco
caudalosa. Doscientos metros más adelante el grupo se divide en dos.
Uno toma a la derecha buscando salir a Camino Cuchilla Grande, mientras el otro
procura salir a Camino Maldonado, marchando en dirección contraria. Suponen
que el primero está a 3 o 4 kilómetros de allí y el segundo
a 2 o 3 kilómetros
Es una marcha desorientada, una huida a campo traviesa. El desconcierto va ganando
a casi todos los compañeros. No se conoce el terreno en que se anda ni
la ubicación en que se está. Solo se intuyen vagamente las direcciones.
También se sabe, con certeza, que el tiempo corre a favor del enemigo.
Cada minuto que pasa, reduce las posibilidades de escapar.
A los 5 minutos de iniciada la marcha aparece un helicóptero que vuela
bajo, rastrea el campo y sin duda alguna orienta por radio a las fuerzas que
afluyen desde Montevideo. Va y viene, aparece y desaparece zumbando. Algún
árbol o algún barracón permite a algunos compañeros
ocultarse del rastreo. Mientras tanto el grupo se va disgregando poco a poco.
En grupos de a 2, de a 3 o aun solos, los compañeros se separan. Unos
van quedando rezagados, otros toman rumbos diversos, mientras algunos optan
por quedarse escondidos entre yuyos.
Pata y pata, campo y campo. A veces, algún hombre del lugar que orienta
con sus datos.
Campo y campo, pata y pata, costeando o cruzando alambrados, salvando zanjas,
cañadones, barrancas, mientras en el aire persiste el sordo zumbar del
helicóptero, al cual pronto se une el ulular de las sirenas, que vienen
por los cuatro puntos cardinales y que a cada paso se hace más vivo,
más intenso, más cercano. De tanto en tanto, cuando se alcanza
un punto alto, se ven a lo lejos pasar chanchitas, patrulleros, camineras.
A los 10 minutos de marcha, en momentos en que un grupo delibera, es tiroteado
por dos milicos distantes unos 300 metros. Sin llegar a acordar si se tratará
de escapar o se procurará esconderse hasta la noche, se dispersan los
fugitivos, dejando atrás a los milicos, que no los siguen. A 5 minutos
más de marcha Jorge Salerno, que interviniera en el copamiento de la
Comisaría, y Arapey Cabrera, ven cortado su paso por un patrullero. Desvían
algo su rumbo y se meten en un monte de eucaliptus, distante unos 100 metros,
calle por medio de una escuela.
Cerco y muerte
Desde el patrullero hacen fuego hiriendo a Arapey Cabrera: dos impactos le destrozan
el humero del brazo derecho. Salerno repele el fuego hasta quedar sin municiones.
Entonces sale del monte y a la vista de los milicos, arroja el arma al suelo
y levanta los brazos. En tal situación es acribillado por fuego graneado
de fusil.
Mientras tanto, cada vez más desperdigado y más desorientado,
el resto de los compañeros sigue andando, entre el sonar de las sirenas
y el zumbar del helicóptero. En distintas direcciones suenan tiros. Algunos
compañeros se internan en una zona de chacras, cruzan de una a la otra
haciendo preguntas a la gente del lugar. Mientras tanto, en diversos lados van
cayendo en poder de las fuerzas represivas.
Un grupo de unos 8 compañeros, quizá el más numeroso a
esta altura de los acontecimientos -van unos 20 minutos de marcha- llega a una
zona relativamente poblada. Ya sea por temor o por curiosidad, la mayoría
de la gente ha abandonado sus casas y ha ganado la calle.
Los 8 marchan de casa en casa, de quinta en quinta, hasta llegar a un terreno
cuyo rancho dejan detrás para ocultarse bajo tupidos transparentes. Enseguida
nomás el tropel de la jauría ha llegado, comienza a disparar a
diestra y siniestra. Seis compañeros entran al rancho, mientras dos quedan
afuera. Así, Enrique Osano es herido de un balazo en la rodilla. Se entrega
brazos en alto, pero los milicos le siguen tirando. Solo su mala puntería
frustra sus asesinas intenciones.
Hasta aquí, lo que se ha podido reconstruir -con el testimonio de compañeros-
de lo ocurrido durante los 25 minutos que transcurren desde el comienzo de la
marcha, hasta la detención de 16 compañeros, 2 compañeras
y la muerte de Jorge Salerno, Ricardo Zabalza y Alfredo Cultelli.
Si no bastara la saña carnicera con que actuó la fuerza represiva,
para no dudar que Cultelli y Zabalza tuvieran la misma muerte que Salerno, con
el paso de los días se fueron recogiendo elementos de juicio que lo confirman
y que constan en los expedientes judiciales. Zabalza, se tirotea con la Guardia
Republicana. Herido por una ráfaga de metralleta, se entrega. Camino
al vehículo de la Republicana que dista unos 80 metros, ambos conversan.
El agente le pregunta por qué no usó la granada que tenia. Zabalza
le explica que el objetivo de la lucha del MLN no es matar policías,
sino terminar con el sistema capitalista para tomar el poder y construir una
sociedad mejor, igualitaria y fraterna.
Llegados al vehículo, los agentes que allí estaban se abalanzan
sobre el prisionero, clamando que hay que matarlos a todos, obedeciendo así
al Código W-1 del presidente Pacheco. El agente que lo tomó prisionero
trata de calmar la jauría, pero lo deja allí y parte de nuevo
al campo.
Luego aparece que Zabalza «fue muerto al tirotearse con la Policía».
Su cadáver presenta un balazo con orificio de entrada en la nuca y alojado
en el frontal. Además tiene hundimiento de cráneo producido seguramente
por un culatazo.
Por su parte, las heridas de Cultelli evidencian que se le tiró, desde
atrás y desde adelante, cuando tenía los brazos en alto.
En cuanto a Salerno, se sabe que se lo dejó desangrar, ante la negativa
del oficial del grupo, al pedido de un cronista de solicitar una ambulancia.
El mismo oficia! además, pisoteó y pateó al herido a voluntad.
Jauría carnicera
Entre los detenidos, dos resultaron heridos de bala y todos los demás,
con diversas heridas a consecuencia del castigo a que fueron sometidos.
El comportamiento de las fuerzas represivas, y en particular de la Guardia Metropolitana,
daría para escribir largo sobre la ferocidad, ensañamiento, y
sadismo de cientos de hombres convertidos en bestias carniceras, desde luego,
sin el atenuante de que las verdaderas bestias solo matan para defenderse o
para alimentarse. El tormento de los compañeros comienza cuando son apresados,
continúa durante su traslado a Montevideo y culmina en la Jefatura de
Policía, la cloaca de San José y Yí, refugio y lugar de
regodeo de ex-hombres, alimañas de la peor especie, lo más abyecto
y cobarde que se pueda concebir en figura humana.
Aunque en esta oportunidad, es justo reconocer, lo grueso del castigo y del
ensañamiento, estuvo a cargo de la Metropolitana, que prácticamente,
copó la cloaca por algunas horas.
Apresados, esposados y en el suelo, ni un solo compañero o compañera
se salvó de ser golpeado. Puñetazos, patadas, culatazos, en la
cara, en la cabeza, en los testículos, en cualquier parte del cuerpo.
Se le suben encima, caminan sobre ellos hundiendo a cada paso el taco de las
botas. Buscan las heridas para machacar allí, donde más duele,
mientras gruñen, ríen, insultan y amenazan de muerte.
-«Hay que matarlos a todos»
-«De aquí no salís vivo, hijo de puta»
Esgrimen armas cortas y largas, colocan los caños en la cabeza, en la
sien, en la nuca, en la boca, en el pecho, mientras ajustan y presionan el dedo
en el disparador, haciendo sentir así, y más de una vez el «gusto»,
de la muerte a sus prisioneros. Todos pegan, todos amenazan. Terminan unos y
vienen otros; se disputan el turno, la presa y la herida para golpear. Los que
han terminado, recomienzan. Una jauría interminable e insaciable, un
festín de fieras.
La actitud de alguna gente de la Caminera que «peleó» un
prisionero que quería arrebatarlo la Metropolitana; la intervención
de algún elemento de Inteligencia y Enlace que hizo lo propio, y la presencia
de los periodistas -como testigos indeseables- salvaron la vida de varios compañeros.
En los vehículos que los trasladan a Montevideo, las fieras no descansan.
Cuando llegan a la cloaca, sangrantes y molidos a golpes, los compañeros
deben recorrer una doble fila de «metros», compacta de alimañas,
donde cada puño y cada «pata» asesta un golpe o arranca su
mechón de pelo.
Terminado el desfile, el festín sigue en los ascensores, en los calabozos,
en los interrogatorios, en cuanto lugar haya un compañero. Las bestias
ríen y gruñen, también lloran: borrachos de histeria los
«metros» son presa de un llanto insano y grotesco.
Cuanta alimaña hay en la cloaca, abandona su rincón y se suma
a la «molienda» Hasta de la Oficina de Dactiloscópica, viene
un enano a sacarse las ganas de pegar.
Para finalizar mostraremos cuatro casos, que pueden dar una pauta de lo que
se hizo con los defendidos en su conjunto:
Arapev Cabrera: En el lugar donde cae herido se le paran y saltan sobre el brazo
destrozado, le meten el caño de una 45 en la boca hiriéndole en
los labios las encías y el paladar. Ya en el Hospital Militar cuando
recobra su conocimiento los guardias que lo custodian lo amenazan y le mueven
la aguja del plasma que le esta siendo administrado por vía venosa.
Enrique Osano: Se le paran encima, y caminan sobre él, pisoteándole
como para aplastarle el tórax y el abdomen. Lo patean en la cabeza, en
la cara, donde sea. Luego lo arrojan en una cuneta y lo mantienen boca abajo,
con la cara hundida en el barro. Cuando lo llevan al vehículo, sangrando
por la nariz, el oído y tres heridas, dos en la cabeza y una en la rodilla,
en el propio momento que sube, una alimaña exclama, señalándole
detrás de la oreja "Mira. acá no tiene sangre» Y lo
hiere en ese lugar. Ya en la cloaca, cuando advierten que tiene un balazo en
la rodilla, lo obligan a caminar y cuando no puede mas, lo hacen arrodillarse
tomándolo de los pelos, arrancándole mechones. En el Hospital
Militar, le cosen la herida de la cabeza sin anestesia y sin hilo.
Elbio Cardozo: En la cloaca le rompen los labios y le hacen saltar los dientes
del maxilar superior de un garrotazo. Luego en el calabozo, lo golpean hasta
desmayarlo.
Eleuterio Fernández: Durante su traslado a Montevideo, cada vez que las
heridas de su cabeza dejan de sangrar, los "metros” que lo conducen
se encargan de escarbárselas y abrírselas con los dedos. Luego
se limpian las manos con las ropas del compañero.
Justo es reconocer que tanto para escarbar como para limpiarse, emplean la más
minuciosa delicadeza.
Fernando Rodríguez
extraído de Actas Tupamaras
Extraído de Mate Amargo, 5 de octubre de 1995