INTI PEREDO: "Mi campaña con el Ché"
El "Ché" Guevara en Ñancahuazú

I) El Ché en Ñancahuazú
El Ché estaba sentado en un tronco. Fumaba deleitándose con la fragancia del humo. Tenía la gorra puesta. Cuando nuestro grupo llegó, sus ojos relampaguearon de alegría.
El hombre más buscado por el imperialismo, el guerrillero legendario, estratega y teórico de proyecciones mundiales, bandera de lucha y esperanza, estaba allí, metido tranquilamente en el corazón de uno de los países más oprimidos y explotados del continente. Era la noche del 27 de noviembre de 1966. Su viaje a Bolivia había sido uno de los secretos más fascinantes de la historia. Pronto sus enemigos y el mundo entero serían testigos de su "resurrección". Esta imagen se me ocurrió al recordar que los cables de las agencias imperialistas habían extendido su certificado de defunción " victimado por el paredón castrista". Me golpearon varias reacciones: turbación por el respeto que le tenía (y mantendré siempre), emoción profunda, orgullo de estrecharle la mano, y una satisfacción difícil de describir al saber con absoluta seguridad que en ese momento me convertía en uno de los soldados del ejército que dirigiría el más famoso Comandante Guerrillero.
El Ché, o Ramón, como lo presentaban a la tropa, saludó con afecto al grupo. Indicando con la mano me dijo:
-Tú eres Inti.
Me sentí más cohibido. Algunos compañeros le habían dado antecedentes míos y sabía que yo llegaba en ese grupo. Por mi parte también tenía conocimiento que el Ché estaba en el monte, esperándonos. Aun así no logré dominar mis sentimientos. Nos sentamos en unos troncos. Al poco rato Pombo me entregó una carabina M-2 (mi primera arma) y el equipo de combatiente. Todo sucedió en forma increíblemente sencilla. Sin embargo, esa noche comenzó mi vida de revolucionario. La conversación brotó fácil, animada en torno a temas generales. Yo hablé poco, porque aún estaba impactado por este encuentro. Momentos más tarde el grupo brindó por el éxito de la lucha guerrillera y por la confianza que existía en la victoria final. Avanzada la noche, Tuma, uno de los hombres que se convirtieron con el transcurso del tiempo en uno de los seres más queridos por nosotros, me ayudó a armar la hamaca. No tuvimos tiempo para dormir. Cerca de las dos de la mañana los que aún permanecíamos despiertos debutamos con la "góndola", término que se haría popular mundialmente con el desarrollo de la guerra. La "góndola" consistía simplemente en ir desde nuestro campamento hasta la Casa de Calamina a cargar víveres, armas, municiones. Era una tarea dura, pero Tuma con ese carácter alegre que dinamizaba a nuestra columna, bautizó este trabajo con el nombre de "góndola", comparándolo irónicamente con los autobuses destartalados que recorren las ciudades bolivianas y llevan ese nombre. La noche estaba muy oscura. En la casa de Calamina el Ché nos dio su primera lección práctica de lo que debía ser un jefe sencillo y capaz: eligió el saco más pesado y lo colocó en su espalda, iniciando el camino de regreso. En el trayecto se tropezó y se cayó porque se veía muy poco. Recogió nuevamente su carga y continuó al campamento. Nosotros seguimos su ejemplo. El ejército guerrillero empezaba a desarrollarse.
II) Bolivia: país de vanguardia
El último día que estuve en La Paz fue el 25 de noviembre de 1966. Cerca de la medianoche salimos en un jeep con Joaquín, Braulio y Ricardo. En otro vehículo más adelante iban Urbano, Miguel, Maimura y Coco. Doce horas después estábamos en Cochabamba. Allí me despedí de mi compañera, que estaba viviendo en casa de mi suegro. La conversación fue tranquila, desprovista de dramatismo. Ella ya estaba informada de que partía definitivamente al monte. Antes de salir besé a mis hijos.
Mi decisión de ingresar en el proceso de la lucha armada fue producto de una serie de consideraciones que estaban madurando desde hacía tiempo. Militante del Partido Comunista de Bolivia junto con Coco desde 1951, conocí la estrategia, táctica y mecánica de este partido. También por haber convivido con ellos, sabía perfectamente cuál era la mentalidad de la dirigencia. Pero también es justo dejar establecido que mientras no hubo perspectivas reales de lucha armada en Bolivia, nosotros participamos y estuvimos plenamente de acuerdo con las decisiones de esa dirección. Ésta es una experiencia qua estimamos puede ser recogida por otros militantes de partidos comunistas en alguna parte del continente que confunden la "incondicionalidad" con la fidelidad a los principios. Para nosotros sólo los principios tienen valor permanente.
La política de la mayoría de los PC latinoamericanos es llegar “al borde de la lucha armada". Es una especie de juego peligroso en el que han adquirido gran maestría, en ese límite se detienen y vuelven a sus posiciones originales para reiniciar la conciliación o sumergirse en la institucionalidad. Cuando han llegado al "borde de la guerra", comercian los principios, se olvidan de sus muertos y adecuan la teoría de su conducta reformista o traidora. El PCB no era ni es una excepción. Comprometido con muchos meses de anticipación en la lucha guerrillera de nuestro país, había escogido a un grupo de compañeros para este trabajo. Pero la dirección, manteniendo una conducta dual que nosotros captábamos sin esfuerzo, siempre estaba indecisa, a la expectativa. Nosotros perdimos la confianza en esos dirigentes y, personalmente, no creía que el PC fuera a ingresar a la guerra como partido, o que prestara toda su colaboración, esforzándose al máximo y con lealtad. El grupo asignado para el trabajo preparatorio, entre los que se encontraban el Ñato, el Loro, Rodolfo, Coco, etcétera, estaba claro, sin embargo, de cuál era nuestra única e irrenunciable estrategia, y nuestra decisión de luchar hasta el final se mantuvo siempre firme. Esto es natural y ha sucedido también en otros países. Muchos militantes situados "al borde de la guerra", lejos de retroceder con sus direcciones conciliadoras dan un paso decisivo y se sitúan en la vanguardia. Se alza una nueva fuerza, dinámica, agresiva y valiente: es la guerrilla. Incluso remontándonos a antecedentes históricos, estábamos conscientes de que nos encontrábamos al borde de una oportunidad que podría marcar una nueva etapa en el destino de Bolivia.
Para nosotros la separación del Alto Perú del imperio español fue un proceso de emancipación interrumpido. Las bases sociales no se alteraron. El poder político y económico fue transferido a la aristocracia criolla y a los españoles ricos asentados en el país. El pueblo, principal actor de esa gesta del siglo pasado, no disfrutó ni siquiera de las migajas del poder, aunque a lo largo de casi siglo y medio de lucha ha pugnado por romper sus cadenas.
Oportunidad histórica
La oportunidad histórica de obtener la verdadera y definitiva independencia, se presentaba ahora, con el desarrollo de la guerrilla cuyo embrión estaba germinando en plena selva boliviana.
Por lo demás esta forma de lucha está enraizada en la tradición del pueblo. Durante quince años -desde 1810 a 1825- guerrilleros como Padilla, Moto Méndez, el cura Muñecas, Warnes, Juana Azurduy y otros, combatieron heroicamente contra los colonialistas españoles enarbolando las banderas de emancipación continental de Bolívar y Sucre.
Naturalmente entendíamos y estábamos plenamente conscientes de que las condiciones eran y son completamente diferentes. Los patriotas del siglo pasado enfrentaron a un imperialismo decadente, acosado por otras potencias imperialistas, que surgían con ambiciones de dominación mundial. Ahora nos enfrentamos al imperialismo norteamericano hegemónico, la potencia industrial - militar más poderosa del mundo, que ejerce su dominio con crueldad, sin escrúpulos, brutalizado, rapaz y genocida. Por otra parte también las motivaciones son distintas: ahora luchamos como vanguardia del pueblo por la conquista del poder, para construir el socialismo y formar el hombre nuevo, eliminando al imperialismo y sus lacayos. Es necesario advertir, además, que en el pueblo latinoamericano se ha desarrollado un gran sentimiento chauvinista, estimulado, fundamentalmente, por el imperialismo. Este nacionalismo deformado se ha empleado como instrumento para dividir a los pueblos y desatar entre ellos guerras fraticidas. Los partidos tradicionales de izquierda, lejos de combatir esta tendencia, la han fomentado e incluso defendido como principio elemental, contribuyendo con la táctica impuesta por el enemigo. Bolivia en esta etapa de lucha guerrillera no fue una excepción. Este planteamiento nos rondaba por la mente al conocer, cada vez con mayor certeza, que el PCB no se integraría a la guerrilla. De todas maneras, nosotros estábamos dispuestos a combatir hasta las últimas consecuencias, independientemente de la actitud que asumiera el PC. Cuando supimos que el Ché dirigiría la lucha tuvimos la absoluta seguridad de que el proceso revolucionario sería verdadero, sin claudicaciones. Por eso al ver esa noche de noviembre a Ramón, la emoción del encuentro fue tremenda.
Al día siguiente llamó a Coco, al Loro y a mí, para conversar sobre el carácter de la lucha. Fue la primera conversación política, interesante y profunda como todas las que tuvimos durante la guerra. El primer concepto que fluyó en forma categórica fue el de la continentalidad. El Ché nos explicó con su franqueza habitual que la lucha tendría estas características claras: dura, larga y cruel. Por lo tanto nadie debía acomodar su mentalidad a situaciones "corto-placistas". Enseguida expuso por qué se había escogido a Bolivia como escenario de la guerra.
Por qué Bolivia
Su elección, afirmó, no es arbitraria, "está ubicada en el corazón del Cono Sur de nuestro continente, limitada con cinco países que tienen una situación político-económica cada vez más crítica, y su misma posición geográfica la convierte en una región estratégica para irradiar la lucha revolucionaria a naciones vecinas. Hay que tener presente que Bolivia no puede liberarse sola, o por lo menos es extremadamente difícil que ello ocurra. Aun derrotando al ejército y derrotando al poder, el triunfo de la revolución no está asegurado, puesto que los gobiernos lacayos dirigidos por el imperialismo o directamente el imperialismo con la colaboración de los gobiernos lacayos tratarán de aplastarnos. Sin embargo si en el desarrollo de la lucha se nos presenta la alternativa de tomar el poder, no vacilaremos en asumir esta responsabilidad histórica. Claro que ello encierra una gran cuota de sacrificio de los revolucionarios bolivianos. El Ché nos explicó luego lo que él entendía por "cuota de sacrificios" de los revolucionarios bolivianos. Nos dijo que había elaborado un documento para la reunión tricontinental de los pueblos que se realizaría en La Habana en julio de 1967. En ese documento, recalcó, expone lo siguiente:
"Solamente podremos triunfar sobre ese ejército en la medida que logremos minar su moral. Y ésta se mina infligiéndole derrotas, y ocasionándole sufrimientos repetidos."
"Pero este pequeño esquema de victorias encierra dentro de sí sacrificios inmensos de los pueblos, sacrificios que deben exigirse desde hoy, a la luz del día, y quizás sean menos dolorosos de los que debieran soportar si rehuyéramos constantemente el combate, para tratar que otros sean los que nos saquen las castañas del fuego."
"Claro que, el último país en liberarse, muy probablemente lo hará sin lucha armada, y los sufrimientos de leí guerra tan larga y tan cruel como la que hacen los imperialistas, se le ahorrará a ese pueblo. Pero tal vez sea imposible eludir esa lucha y sus efectos, en una contienda de carácter mundial, y se sufrirá igual o más aun. No podemos predecir el futuro, pero jamás debemos ceder a la tentación claudicante de ser los abanderados de un pueblo que anhela su libertad, pero reniega de la lucha que ésta conlleva, y la espera como UN mendrugo de victoria."
Para el Ché la cuota de sacrificios significaba la participación del pueblo boliviano como abanderado de la lucha guerrillera, y de ninguna manera la postergación de la toma del poder. En otros términos, nosotros nos convertíamos en un pueblo de vanguardia que obtendría la liberación combatiendo y no como un "mendrugo de victoria”

III) Hacia un nuevo Vietnam
El Ché fue certero también al definirnos la relación que existe entre la lucha del heroico pueblo de Vietnam contra el imperialismo norteamericano y la guerra de guerrillas en nuestro continente. La guerra de Vietnam, afirmó, es una parte, pero la más importante, de la lucha mundial contra el imperialismo. La guerra de Vietnam es nuestra propia guerra, ese heroico país ha sido convertido en un laboratorio de experimentación imperialista para aplicar después las desarrolladas técnicas guerreras de destrucción contra el pueblo de todo nuestro continente. Allí se ha visto claramente cómo el imperialismo no solamente viola las fronteras, sino que las borra, reivindicando su "derecho" de perseguir a los patriotas de las FAPLN a través de Camboya o Laos, bombardea las aldeas de esos países y extiende impunemente su brutal genocidio.
Lo mismo pasará en América Latina, explicó el Ché. Las fronteras son conceptos artificialmente impuestos por el imperialismo para separar a los pueblos. Los pueblos que reconocen fronteras están condenados al aislamiento y su liberación será más lenta y dolorosa. El concepto de frontera será roto por la acción. Cuando nuestra guerrilla se desarrolle, los gobiernos vecinos enviarán primero armas, asesores, aprovisionamiento. Tratarán de cercarnos. Luego su lucha será coordinada. Los ejércitos se unirán en acción antiguerrillera. Cuando sean incapaces de vencernos intervendrán los "marines" y el imperialismo desencadenará todo sU poder mortífero. Entonces nuestra lucha será idéntica a la que libra el pueblo vietnamita. Los revolucionarios comprenderán, si es que todavía no sienten esa necesidad, que es preciso unirse para enfrentar coordinadamente y como una sola fuerza, a los opresores.
Muchas de las frases previstas por el Ché se cumplieron.
Indudablemente las restantes también se habrían puesto en práctica, ya que el imperialismo, en esa época, había concentrado sus estudios de inteligencia y análisis en los escritos de nuestro Comandante y, con mucha agudeza, había captado la dirección de su estrategia. El Ché también estaba consciente de este problema, como lo veremos más adelante. Por desgracia, sólo las fuerzas "progresistas" o las que se autodenominan "vanguardia" eran extremadamente miopes o cobardes. Por eso eludían, distorsionaban o no entendían el sentido de la lucha.
Durante el desarrollo de la guerra, los norteamericanos enviaron a Bolivia gran cantidad de armamento moderno, de inmenso poder mortífero, que ya había sido experimentado en Vietnam, y "asesores" con larga experiencia en contraguerrillas. Estos últimos estaban encargados de convertir a los soldados en autómatas, con una mentalidad sádica, en seres inhumanos e inescrupulosos, como lo demostraron más tarde.
Por otra parte la CIA instaló su cuartel general en el Palacio Quemado en forma grosera, mostrando a Barrientos como lo que es: una simple figura decorativa; luego ordenó a los gobiernos limítrofes que cerraran sus fronteras a los revolucionarios, e impidieran cualquier tipo de colaboración.
Las huellas digitales del imperialismo aparecían grotescas cuando después de cada batalla capturábamos fusiles SIG (una variación del FAL belga), granadas norteamericanas con inscripciones de la ÑATO o latas de alimentos enviadas como "fraternal" contribución por los ejércitos de Argentina, Brasil, Paraguay o Perú, transportadas impunemente por territorios de esos países.

IV) La deserción del P. C.
El Ché era hombre de una sola palabra y con un sentido de lealtad extraordinariamente desarrollado. Si se examina su Diario en la fecha correspondiente al 27 de noviembre de 1966, aparecen dos problemas que a simple vista no tienen mayor importancia, pero que con el transcurso de los días cobrarían gran relieve. Dice: "Ricardo trajo una noticia incómoda: el Chino está en Bolivia y quiere mandar veinte hombres y verme. Esto trae inconvenientes porque internacionalizaremos la lucha antes de contar con Estanislao".
Luego anota:
"En conversación preliminar con el Inti, éste opina que Estanislao no se alzará, pero parece decidido a cortar amarras".
Estos breves apuntes del Ché, consignados sólo para su uso personal, tienen antecedentes más sólidos que los que pude conocer y apreciar, porque me dio una amplia información y luego porque fui testigo de muchos acontecimientos.
Ramón tenía esperanzas de que el Partido Comunista cumpliera fielmente su compromiso. "Los Partidos Comunistas latinoamericanos" -nos explica al día siguiente de nuestra llegada- tienen una estructura institucional inadecuada para las condiciones de la lucha actual. Tal como están constituidos son incapaces de tomar el poder, y derrotar al imperialismo. Incluso muchos de sus dirigentes, como Jesús Farías, Vittorio Codovilla, etc., se han anquilosado, son arcaicos."
Luego de hacer este análisis hizo resaltar su fe de que en alguna parte de este continente alguno de estos partidos podría asumir una conducta revolucionaria. El Ché pensaba que ese papel lo podría jugar el PCB.
"Me da esa impresión, afirmó, porque el Partido es nuevo, sus dirigentes son jóvenes y, especialmente, por el inmenso peso moral de los compromisos que han adquirido, desde hace bastante tiempo, con la revolución continental".
Este planteamiento refleja la pureza moral del Ché, su acendrada lealtad y firmeza para respetar los compromisos.
Pero el Partido y sus dirigentes, especialmente Monje, cuyo nombre clandestino era Estanislao, no tenían esa escala depurada de valores morales. Acostumbrados a pactar con partidos corrompidos, con dirigentes traidores y oportunistas, con políticos venales que comerciaban sus principios, habían adquirido esas mismas taras. Por eso le dije a Ramón que estaba seguro que el Partido no se alzaría y mucho menos lo haría Monje, a quien ya consideraba un cobarde.
Este juicio no era arbitrario. Monje había recibido entrenamiento militar junto con otros compañeros que más tarde murieron con el Ché. En esa oportunidad, por propia iniciativa, propuso un "pacto de sangre" que los ataba, defendiendo la lucha armada hasta la muerte.
Esta conducta había impresionado a muchos. Pero tal imagen se borraría pronto. Monje estaba informado de la preparación del foco, y nueve meses antes del primer combate, en julio de 1966, ya estaba en contacto directo en La Paz con Ricardo y Pombo. En esa época se había comprometido a designar a veinte hombres del PCB para que se incorporaran a la lucha armada. Un mes más tarde, cuando los compañeros le preguntaron por esos veinte guerrilleros en potencia, contestó -¿Qué veinte hombres?
Días después Monje amenazó con retirar a los cuatro compañeros bolivianos que trabajaban con los compañeros cubanos en la preparación del foco desde hacía meses. Tal conducta era no sólo la de un hombre vacilante, sino también la de un político extorsionador que quiere sacar el mejor provecho posible a situaciones conflictivas creadas por él mismo.
El 28 de setiembre en una reunión que tuvo con Ricardo y con Pombo en La Paz sugirió que se asignaran tareas a diversos núcleos del Partido para garantizar una "mejor organización" de la lucha.
En esa oportunidad fue desleal incluso con su organización, porque planteó "despistar al Secretariado del PCB" ya que hablan mucho. Incluso informó de que en el Congreso del Partido Comunista del Uruguay, Kolle había dado cuenta de los planes que existían sobre Bolivia, y Arismendi exigía que todos los Secretarios Generales de PC conocieran el problema. Según Monje el Secretario General del PC uruguayo había amenazado con informar personalmente si los bolivianos no se decidían a hacerlo. A principios de octubre Monje se reunió nuevamente con los compañeros anunciando que el CC del PCB "había dado un paso positivo al aceptar unánimemente la línea de la lucha armada como la vía correcta para llegar al poder". Agregó despectivamente: "Muchos apoyan la lucha armada sólo verbalmente porque son físicamente incapaces de participar en ella."
Pero días más tarde volvió a crear problemas exigiendo incluso dinero para financiar los sueldos de los funcionarios del partido, cuestión a la que los compañeros accedieron.
En esas condiciones llegamos al monte. Mi desconfianza en la dirección del PCB se había ahondado por otra serie de conversaciones que había sostenido con él. Sin vacilaciones saltaba de un extremo al otro. Sus dudas políticas las justificaba con el amor a la familia. Querer a la familia es un acto natural de un guerrillero porque la lucha, si bien es cierto, es dura, está motivada por un profundo sentimiento de amor. Por eso le dije en alguna oportunidad:
-Creo que amo a mi familia tanto o más que tú. Pero mi mundo no es sólo mi familia: es todo el pueblo. Porque yo no quiero que mis hijos vivan en una sociedad canibalesca, donde el más fuerte devora al más débil, y el más débil es siempre el hijo del pueblo. Debemos mejorar esta sociedad y ella no se mejora si tenemos actitudes escapistas o cobardes. Es necesario combatir.
De allí que en la primera conversación que tuve con el Ché le manifesté con franqueza mi desconfianza en la acción del partido y en la conducta de Monje. Incluso le propuse que, dado el cargo que aún ocupaba en el Comité Regional de La Paz, podía reclutar a la mejor gente para ingresarla a nuestro núcleo guerrillero.
El Ché me respondió que esta actitud era equivocada pues con el Partido las relaciones debían desarrollarse en un plano de mutua lealtad. En la misma oportunidad recalcó con firmeza: "Estoy siempre dispuesto a entregar toda mi experiencia guerrillera al PCB e incluso darles la dirección política de la guerra."
Por eso en el Diario aparece como una frase en clave la referencia al Chino y a Estanislao, aunque como dos cuestiones separadas. Pero es evidente que tienen relación: el Ché no quería que se incorporaran combatientes de otros países sin definir la situación con Estanislao, a pesar de que la conducta de éste no había sido honesta. De todas maneras Monje conocía con anterioridad cuál iba a ser el alcance de la guerra y estaba de acuerdo. Pero el Ché quería reiterárselo personalmente.
Llegada al primer campamento
Así llegamos a la víspera del Año Nuevo. El 31 de diciembre llegaron a la Casa de Calamina Monje, Coco, Tania y Ricardo, que desde ese día se quedaría definitivamente con nosotros.
Con el Ché nos trasladamos al primer campamento.
Monje estaba muy nervioso. En el trayecto de la ciudad a la finca Coco le había dicho que Ramón estaba dispuesto a darle la dirección política de la guerrilla al partido, pero que no le entregaría la dirección militar, lo que él, Coco, consideraba justo. Luego presionó a Monje para que se decidiera a incorporarse pronto a nuestro núcleo. Monje nos dio la mano muy fríamente.
Mientras el Ché saludaba a los otros compañeros me preguntó:
-¿Y cómo esta aquí la cosa?. Le repliqué: -Está muy bien, ya lo verá. Además llegas oportunamente porque la guerra hay que empezaría pronto. Decídete a luchar con nosotros.
Monje contestó: -Ya lo veremos, ya lo veremos...
Ché y Monje partieron solos y conversaron durante unas horas. Tarde regresaron al campamento base. Cuando llegó vio a nuestra gente, la saludó y empezó a hablar con todos. Luego examinó la disposición del campamento y entonces hizo el siguiente comentario:
-Éste es un verdadero campamento. Cómo se nota que aquí hay dirección efectiva que sabe lo que quiere, aquí tiene experiencia. Luego alabó la defensa que el Ché había planificado y la división de nuestra columna en vanguardia, centro y retaguardia. Dijo otra frase que recuerdo bastante bien:
-Todo esto demuestra una preparación combativa eficaz.
Al poco rato Monje me pidió conversar con los compañeros bolivianos. Inmediatamente consulté con el Ché para preguntarle si esto era posible. Ché contestó afirmativamente. Se inició entonces una reunión dramática, tensa a veces persuasiva en otros momentos, dura en otros pasajes. Monje relató a rasgos generales su conversación con Ramón, y luego centró el problema a tres puntos fundamentales, que son los que aparecen en el Diario:
1) - Renunciaré a la Dirección del Partido, porque creo que el Partido como tal no entrará en la lucha, pero por lo menos trataré de lograr su neutralidad. También trataré de sacar de la organización algunos cuadros para la lucha.
2) - Le exigí al Ché que la dirección político-militar de la lucha debe corresponderme en forma exclusiva a mí por lo menos mientras ésta se desarrolle en Bolivia. Cuando se continentalice podemos hacer una reunión con todos los grupos guerrilleros y en esa oportunidad yo haré entrega del mando al Ché, delante de todos.
3) - Le propuse al Ché manejar las relaciones con otros partidos comunistas latinoamericanos y tratar de convencerlos para que apoyen a los movimientos de liberación. Enseguida explicó con más detalles estas cuestiones y agregó con firmeza:
-No hemos llegado a ningún acuerdo.
La actitud del representante del PCB
Las palabras de Monje no nos sorprendieron, pero causaron un impacto doloroso, sobre todo en compañeros que aún tenían esperanzas en él y el partido.
Surgieron preguntas exigiendo mayores antecedentes. Monje desarrolló de la siguiente manera sus planteamientos:
-Esta guerrilla debe dirigirla el Partido. Por eso como Primer Secretario debo tener la dirección total en lo militar y en lo político. Yo no puedo quedarme en un lugar secundario porque donde quiera que esté represento al Partido. El mando militar es una cuestión de principios para nosotros, tan de principios que el Ché no me lo quiere entregar. Por eso nuestro desacuerdo es absoluto aun cuando en otros aspectos coincidamos o él accede a nuestras peticiones. Sentenciosamente agregó: -Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro que fracasará porque no la dirige un boliviano, sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo. Las palabras de Monje nos indignaron sobre todo cuando calificó al Ché de "extranjero", negándole estúpidamente su calidad de revolucionario continental. Pero su desvergüenza llegó a extremos cuando nos propuso desertar.
-Ustedes, dijo, tienen libertad y garantías para abandonar la lucha. Váyanse ahora conmigo. Nosotros sólo tenemos un compromiso: aportar cuatro compañeros para trabajar con el Ché en cualquier parte. El resto debe partir. El que quiera quedarse puede hacerlo. El Partido no tomará ninguna medida represiva. Pero como Primer Secretario les aconsejo que se vayan conmigo.
El solo hecho de que nos pidiera abandonar al Ché en el monte era una actitud traicionera. Tal vez pensó que alguno iba a aceptar su miserable proposición. Todos le replicamos con firmeza que no nos íbamos. Que él se quedara, que era un falso orgullo revolucionario negarse a estar bajo las órdenes de otro, sobre todo cuando ese "otro" era nada menos que el Ché, el revolucionario más completo y más querido, el hombre junto al cual querían luchar miles de latinoamericanos. Algunos compañeros, el Ñato Méndez entre ellos, le rogaron que se quedara. El Ñato, que quería mucho al Partido, pero que amaba más profundamente a la revolución, le dijo con palabras que denotaban emoción:
-Quédate, Mario. Tu permanencia con nosotros significará levantar el prestigio del PCB y de todos los partidos comunistas latinoamericanos, que han perdido toda autoridad por falta de acción, por su conciliación con el enemigo. Salva tu prestigio de comunista y quédate.
Luego intervino Carlos tres o cuatro veces insistiendo:
-Mario, no te vayas. Tú no debes asumir una posición tan claudicante. Es increíble que el partido se porte en forma tan vacilante. Nosotros estamos seguros que triunfaremos.
"Jamás hemos pensado en un fracaso. Estamos seguros de la victoria. Sin el Partido nos costará un poco más, pero tenemos al Ché. En él tenemos confianza y sabemos que nos llevará a la victoria. Nuestra revolución triunfará porque el pueblo comprenderá tarde o temprano que nuestro jefe no es un "extranjero", como tú dices, sino un revolucionario, el mejor de todos, y la tarea tuya y la del Partido es, precisamente, esclarecer en el pueblo que el Ché es un revolucionario continental y no un extraño.
Otros compañeros le dijimos a Monje que el internacionalismo proletario no debe aprisionarse en un marco tan estrecho. La presencia del Ché entre nosotros, le recalcamos, es una verdadera muestra de internacionalismo proletario.
Más adelante nos aseguró que renunciaría a la Dirección del Partido, porque ya nada tenía que hacer dentro de la organización.
-Para mí, afirmó, es evidente que el único camino es la lucha armada, pero no ésta, sino una forma de sublevación general. Como este planteamiento no es posible hacerlo dentro del Partido, mi cargo no tiene mayor validez. Quedaré como un pobre diablo. Por eso es mejor que me vaya.
Le preguntamos: -¿Qué vas a hacer? ¿Te dedicarás a tu profesión de maestro o a otra actividad?
Respondió: -Posiblemente me tengan a su lado como un combatiente más. Yo no tengo otra salida que la revolución. Más tarde conversando con otros compañeros bolivianos les manifestó que él no quería convertirse en un traidor al Partido (sin embargo ya había traicionado a la revolución). Como broche de oro colocó a la conversación el siguiente final:
-Yo no estoy para convertirme en un Van Troi.
Con ello quería significar que Van Troi, el héroe vietnamita asesinado por los norteamericanos, joven que es ejemplo para todos los revolucionarios del mundo, se había convertido en un "mártir inútil". Basta esa frase para sentir por Monje un profundo desprecio. Pero el tiempo lo mostraría enfangando aun más su conducta y la de su partido. La reunión fue penosa en sí, no tanto por el impacto emocional que había provocado entre los compañeros bolivianos, sino más bien por su actitud y sus conceptos que lo retrataron como cobarde, traidor y chauvinista. Esa noche se hizo un brindis. Yo no estuve, porque a esa hora, cuando en la ciudad estaban anunciando con cohetes y campanas al vuelo el advenimiento del año 1967, me tocaba hacer posta. Los compañeros me contaban que Monje, alzando su copa, afirmó que allí en Ñancahuazú se iniciaba una nueva gesta libertaria y deseó éxito a nuestra guerrilla. El Ché respondió que efectivamente se iniciaba una nueva gesta libertaria y que este grito de independencia era similar al que había iniciado Pedro Domínguez Murillo. Tal vez muchos, dijo Ramón, no lleguen a ver el triunfo final. Pero para triunfar hay que dar la primera batalla. Y ese momento ha llegado, agregó.
-Éste es un grupo decidido a combatir, no como soldados suicidas, sino como hombres que saben que obtendrán la victoria. Pero aun suponiendo que en esta etapa no se logre el triunfo definitivo, estamos seguros que este grito de rebeldía llegará al pueblo. A la mañana siguiente Monje se despidió abruptamente. El Ché lo invitó a quedarse hasta la tarde, hora en que regresaba el jeep a la ciudad.
-¿Qué vas a hacer solo en el primer campamento? - le preguntó.
-Prefiero estar solo allá, respondió Monje.
Era evidente que estaba nervioso y no se atrevía a quedarse con nosotros porque se sentía incómodo. En la tarde el Ché nos reunió a todos y nos explicó la actitud de Monje, sus exigencias, y la forma en que había forzado la ruptura. Dirigiéndose a los combatientes bolivianos anunció:
-Especialmente para ustedes vendrán días difíciles, momentos de angustia moral, conflictos emocionales. Puede ser que en algún momento de la lucha recuerden este episodio, la falta de apoyo del Partido y piensen que a lo mejor el PC tiene razón. “Mediten mucho. Todavía es tiempo. Más tarde será imposible. A los que tengan problemas trataremos de solucionárselos mediante la discusión colectiva o a través de los comentarios”. En esa misma oportunidad nos comunicó que contactaría con todas las fuerzas que quisieran incorporarse a la revolución.
Le informé plenamente a Ramón la conversación que Monje había tenido con nosotros y las objeciones que hacía.
-Son las mismas que me hizo a mí, contestó.
Luego me dio a conocer otros detalles que no aparecen consignados en su Diario. El diálogo, tal como me lo contó Ramón, lo recuerdo claramente:
MONJE: Mientras la guerrilla se desarrolle en Bolivia exijo la dirección total. Si la lucha se efectuara en Argentina estoy dispuesto a ir contigo aunque nomás fuera para cargarte la mochila. Pero mientras estemos aquí en Bolivia el mando absoluto lo debo tener yo.
Ché: Esto es un criterio estrecho y absurdo respecto al internacionalismo proletario. El tipo de lucha que estamos planteando sobrepasa los marcos nacionales. Aun cuando estuviera dentro de ese esquema ¿crees tú que es una posición marxista exigir el mando como un derecho de nacionalidad? Tú estás equivocado. Eso no es internacionalismo proletario. Te voy a poner el siguiente ejemplo: si Fidel fuera a Argentina a iniciar la guerra, yo me pondría de nuevo incondicionalmente a las órdenes de Fidel, por la posición histórica que él tiene, y porque tú bien sabes que lo considero mi maestro. Por ese mismo cariño y respeto que yo tengo a Fidel aceptaría gustoso su mando. ¿O crees que haría cuestión de nacionalidad? Esa misma relación existe entre tú y yo. Las circunstancias históricas me han situado en determinado lugar. Tengo una experiencia militar que tú no tienes. Tú no has participado en ninguna. Ahora te pregunto: ¿tendrías la misma posición si en este momento no estuviera yo contigo aquí en Ñancahuazú sino Malinovski?
MONJE: Ni aun cuando viniera Lenin. Mi conducta sería la misma. Irónicamente el Ché replicó.
Ché: Si estuviera Malinovski aquí estarías hablando en otros términos.
En otro momento de la conversación Ramón le dijo con firmeza:

Ché: yo ya estoy aquí, y de aquí sólo me sacan muerto;
Este es nuestro territorio.
Cada vez que se le terminaban los armamentos, Monje volvía al círculo vicioso del mando total y a la categoría de "extranjero" de Ramón y enredando sus propias contradicciones e inseguridades que se aprecian claramente en sus diálogos. Más adelante la conversación continuó así:
Ché: Bien, el problema es de mando efectivo. Imagínate que tú seas el jefe de la guerrilla. Pero ¿qué pasará cuando se sepa que aquí están Ché Guevara y Mario Monje? Nadie va a creer que Mario Monje está dirigiendo la guerrilla y que Ché Guevara está a las órdenes de Monje. Independientemente de que eso fuera así, todo el mundo sabe que yo tengo mas capacidad que tú para dirigir esta columna. La falsa modestia no nos conduce a nada. Tú puedes aparecer como jefe, firmar todos los comunicados en nombre de nosotros, pero la dirección real y efectiva la tengo yo.
MONJE: La dirección tiene que ser real y desde el principio debe estar en mis manos. Por mi falta de experiencia te pediré consejo y asesoramiento hasta que yo adquiera capacidad de dirección y pueda hacerme cargo solo de Ia guerrilla. Tú puedes ser mi asesor más importante.
Ché: Aquí no soy asesor de nadie. No soy partidario de eludir las responsabilidades y un asesoramiento significa eso: eludir responsabilidades. Nunca me consideré asesor.
MONJE: Pero es ridículo que yo aparente ser jefe. Tú sabes que la CIA puede infiltrar esta guerrilla y el agente de la CIA se dará cuenta inmediatamente de que yo no soy el jefe efectivo. Esa noticia saldrá afuera y todo el mundo pensará que soy un "monigote".
Ché: Sí de eso se trata estoy dispuesto a levantarme todas las mañanas, cuadrarme delante de ti en presencia de la tropa y pedirte las instrucciones para dejar satisfecho al agente de la CIA.
A pesar de la actitud a veces agresiva de Monje, Ché mantuvo siempre gran serenidad. Cuando Monje le planteó que renunciaría al Partido, le contestó que ése sería un problema personal, pero que lo consideraba un error, porque protegía el nombre de quienes debían ser condenados históricamente por su posición claudicante.
También aceptó que Monje solicitara ayuda a otros partidos comunistas latinoamericanos para la lucha guerrillera aunque le advirtió que era una gestión inútil, condenada al fracaso; le dijo:
-Pedirle a esos partidos que colaboren con la lucha armada es exigirles que renuncien a su razón de existir; solicitarle a Codovilla que apoye a Douglas Bravo es igual que exigirle que perdone un alzamiento dentro de su partido.
Otro aspecto conflictivo tratado en esa oportunidad fue la contactación con el grupo de Moisés Guevara. Monje se oponía tenazmente pero sólo daba razones de tipo partidario sin consistencia. Calificaba a Moisés como un "pro-chino". Eso bastaba para estigmatizarlo. Ché le planteó a Monje:
-¿Por qué tienes esa posición tan sectaria? Nuestra guerrilla debe abrirles las puertas a todos los que quieran participar. Tenemos una concepción de la toma del poder revolucionario y si hay gente honesta que coincide con nosotros no debemos rechazarla. Es absurdo asustarnos porque el poder para el pueblo lo tome, en determinado momento, un grupo que se llame tal o cual cosa. Del seno de la lucha armada surgirán los nuevos dirigentes y no es justo tener prejuicios al respecto, pues la dirección la asumirán siempre los más consecuentes.
"La convivencia diaria, las batallas que se dan juntos, el permanente jugarse la vida, va desarrollando una hermandad de sangre, mejora a los hombres, los convierte en seres más honestos, más puros. Así como hay gente buena y mala dentro de lo que tú llamas "pro-chinos", también hay gente buena y mala dentro del PC.
El tiempo daría la razón al Ché y reivindicaría a Moisés Guevara. En cambio condenaría como traidores y cobardes a Monje y los otros dirigentes claudicantes. Moisés Guevara era un hombre honesto. Dirigente minero combativo, querido por sus bases, amaba la revolución. Se incorporó al Partido Comunista Pro-Chino convencido de que Zamora y su dirección sinceramente se incorporarían a la lucha armada, con un contingente proletario numeroso. Pronto se dio cuenta de que Zamora era tan oportunista y falso como otros autodenominados "vanguardistas". Sin embargo dentro del Partido peleó por el cumplimiento de las promesas que se hacían al pueblo: iniciar la lucha armada. En una conferencia partidaria realizada en Huanani, precisamente la zona donde Moisés tenía mayor ascendiente, el PC pro-chino lo expulsó, acusándolo de estar en "contubernio con la camarilla de Monje" para ingresar a la guerrilla.
Aunque la incorporación de Guevara y otros compañeros de ese grupo se produce mientras nosotros realizábamos la marcha de exploración con el Ché, es necesario examinar este problema en el presente capítulo.
La gente que trabajaba con nosotros en la ciudad había contactado a Moisés a mediados de 1966. Él se había comprometido a entrar al monte con veinte hombres. Después del regreso de Monje desde Ñancahuazú, Ramón decide hablar directamente con Guevara, y exigirle que su incorporación debe ser incondicional, incluyendo la disolución de su grupo. Existía un leve temor de que en algún instante pudieran producirse roces entre estos compañeros y los que ya estábamos dentro, por las discrepancias chino-soviéticas.
Moisés llegó a nuestro campamento y conversó con el Ché. Con una modestia y sinceridad extraordinarias, planteó: "Yo no vengo aquí a poner condiciones, sino a solicitar mi ingreso como un soldado más. Para mí es un honor combatir al lado del Ché, el revolucionario que más admiro."
La conducta de Moisés fue magnífica. Nunca hubo problemas con él, y ese temor de que afloraran discrepancias políticas se disipó inmediatamente. Se produjo lo que el Ché había previsto: la lucha hermana a los hombres, desarrolla los sentimientos solidarios y fortalece la ideología. Murió meses más tarde, combatiendo heroicamente junto al grupo de Joaquín.
Distinto fue el destino de Zamora. El hombre que aparecía como ultrarrevolucionario condenó a los que ingresaban a la guerrilla. El Ché también tenía un juicio formado sobre Zamora. En La Habana, cuando aún desempeñaba su cargo de Ministro de Industrias, había conversado durante un tiempo con él. Zamora, militante del PC, le contó al Ché que volvería a La Paz a dividir el Partido y que formaría otro porque el PCB era incapaz de hacer la revolución.
Ramón le manifestó: "La división del Partido para formar otro no tiene objeto, es inútil, no contribuye en nada al desarrollo de la lucha armada. Muchas veces esos grupos son los más sectarios o los más obcecados enemigos de la guerrilla o de cualquier otro tipo de lucha que no se ajuste exactamente el pensamiento de Mao.
"Yo estoy de acuerdo que un grupo se separe del Partido si evidentemente va a ingresar a la lucha armada porque el Partido mantiene una posición claudicante. Pero la división porque sí se llama simplemente politiquería.
Zamora obtuvo el ofrecimiento de valiosa ayuda para desarrollar la lucha armada. Incluso si empezaba los trabajos se le asignaría, como un colaborador importante, un hombre que más tarde continuaría jugando un gran papel en el trabajo de preparación del foco guerrillero: Ricardo. Ché pensaba que las condiciones objetivas y subjetivas más ricas para iniciar la lucha de liberación en el cono sur del continente estaban en Bolivia. Allí iba a partir a mediados de 1965, luego de finalizar su gira por Asia y África.
Pero a pesar de tener gente de experiencia a su lado Zamora se preocupó más de dividir al PCB y a desatar rencillas de tipo personal, que en dedicarse honestamente a la preparación de un trabajo tan importante y delicado. Desaprovechó esta oportunidad histórica, postergó la apertura del foco y esterilizó la acción. Más tarde tuvo la osadía de condenar a los militantes de su fracción que, convirtiendo en realidad los planteamientos que formulaban, se incorporaron con nosotros a la guerrilla.
La vergonzosa deserción del Partido Comunista
nos provocó graves problemas. En la ciudad nos quedamos prácticamente sin organización. El trabajo de Coco, Loyola, Rodolfo y Tania era insuficiente para atender nuestras necesidades, cada vez más crecientes.
Estábamos en los umbrales de la guerra y era necesario armar una red clandestina que funcionara en La Paz, se ramificara a otras ciudades y pueblos hasta desembocar en nuestro centro militar. Éstas eran las tareas asignadas al PCB. Todavía teníamos que trasladar hasta el monte gran cantidad de provisiones, armas y hombres que se integrarían a nuestra columna. El trabajo de Coco y Rodolfo fue abrumador. Una serie de acontecimientos que ocurren más tarde, aparecen como "errores tácticos". La verdad es que no los hubo. Si tal situación se produjo fue por efecto de la traición de Monje, que agravó su cobardía saboteando la labor de los compañeros que no acataron sus órdenes y se integraron lealmente a la lucha guerrillera. Un ejemplo: La finca donde estaba la Casa de Calamina debía protegerse con una buena "fachada legal". Ché era partidario de que allí se llevara un ingeniero agrónomo para que hiciera producir, ya que era sospechoso que tan extensa propiedad sólo estuviera cultivada por cinco hectáreas de maíz. En cada viaje que venían compañeros de la ciudad, Ramón insistía en el ingeniero agrónomo. La finca no era para nosotros una zona de operaciones. Pero los compañeros no pudieron conseguir el agrónomo -problema que tenía que solucionar el Partido- -, porque se dedicaron a atender las necesidades más urgentes de la guerra.
El Ché decía: -Si la finca se "quema", que no sea por culpa de nosotros. Que la descubra el ejército, pero nosotros no se la entregaremos porque sí.
Por las razones explicadas, nunca se pudo dar a esa propiedad una fachada legal.
Por otra parte, cuando Coco regresa a la ciudad, después de dejar a Monje nos informa de los primeros aprestos del Partido contra la guerrilla. El famoso Estanislao, hombre que en entrenamiento militar había hecho un "pacto de sangre" jurando no abandonar jamás la lucha armada, alertaba al Comité Central diciendo que en Ñancahuazú había un grupo armado que iniciaría la lucha guerrillera, formado por muchos extranjeros y un núcleo de bolivianos.
Algunos miembros del Comité Central decidieron apoyar activamente nuestra lucha, pero entonces Monje, esgrimiendo sus mejores recursos de politiquero corrompido, tocó las fibras sectarias de los dirigentes del PCB y nos acusó de ser "pro-chinos", fraccionalistas y enemigos del Partido que se han aliado con la "camarilla de Zamora". Zamora por su parte condenó a los guerrilleros por "fraccionalistas", revisionistas, enemigos del Partido que se alían con la "camarilla de Monje".
¡Los enemigos irreconciliables unidos por su odio a la lucha armada de liberación de Bolivia!
Pero la traición no tuvo límites. Monje y el PCB se movilizaron por todo el país alertando a las bases contra el "grupo fraccional", impidiendo con engaños que algunos militantes honrados se incorporasen al trabajo en la ciudad e interceptaban a los hombres que regresaban al país con entrenamiento militar y los convencieron de que no ingresasen a la guerrilla. La conducta de los que estaban preparados para luchar y no lo hicieron por presión del Partido no debe calificarse de debilidad ideológica, realmente fue cobardía.

V) el monte: escuela para el
Hombre nuevo
Los problemas provocados por la deserción del Partido en el instante que más precisábamos de él no fue obstáculo para que nuestro grupo guerrillero elevara su moral y realizara trabajos preparatorios que tenían carácter educativo.
El Ché estimaba que el hombre, cuando esta metido en el monte, proscribe los hábitos de la ciudad, no sólo por la dureza con que se desarrolla la lucha y falta de contacto con algunas formas culturales o de "civilización". La vestimenta andrajosa, la falta de higiene personal, la comida escasa y a veces primitiva, muchas veces la carencia de utensilios domésticos, obliga al guerrillero a adoptar ciertas actitudes semi-salvajes.
Ché combatía con energía esta conducta y orientaba el trabajo para estimular un espíritu constructivo y creador del guerrillero, la preocupación por la ropa, las mochilas, los libros y todo lo que constituía nuestros "bienes materiales". Por eso dirigió con cariño las "obras públicas" del segundo campamento, ubicado a unos ocho kilómetros de la Casa de Calamina. Rápidamente se construyeron bancos, un horno para el pan, que estaba a cargo de Apolinar, y otro tipo de "comodidades". Regularmente ordenaba lo que él bautizó como "guardia vieja": una limpieza a fondo de todo el campamento. Algunos periodistas y críticos de nuestra guerra han considerado que ese campamento era la base de operaciones estables. Es una apreciación falsa. Ramón nunca pensó quedarse ahí definitivamente. Todo el trabajo realizado, con excepción de las cuevas estratégicas, tuvo el carácter ya descrito: para que el hombre estuviera en permanente actividad y no perdiera sus costumbres adquiridas.
Primera escuela de “cuadros”
Allí surgió también lo que podría denominarse la primera "escuela de cuadros". Todos los días de 4 a 6 de la tarde los compañeros más instruidos, encabezados por el Ché, daban clases de gramática y aritmética, en tres niveles, historia y geografía de Bolivia y temas de cultura general, además de clases de lengua quechua. En la noche, a los que deseaban asistir voluntariamente (las clases de la tarde eran obligatorias). Ché les enseñaba francés. Otro tema al que le daba primerísima importancia era el estudio de la Economía Política.
Frecuentemente nos señalaba el papel de "vanguardia de la vanguardia" que tiene el guerrillero. Pero para hacer honor a esa denominación, afirmaba, es necesario que ustedes se conviertan en cuadros dirigentes.
-El guerrillero, recalcaba Ramón, no es un simple tira-tiros.
Es el gobernante en potencia, el hombre que en algún momento se convertirá en el conductor de su pueblo. Por eso debe estar preparado para cuando llegue ese momento. Siempre buscaba la oportunidad para ponernos de ejemplo a Fidel y la Revolución Cubana, especialmente cuando se refería a la necesidad urgente de consolidar y desarrollar la revolución después de la victoria.
-Cuando nosotros triunfamos y tomamos el poder en Cuba, nos decía, nos encontramos con un problema más difícil que el de la guerra: no teníamos gente capacitada para asumir responsabilidades. En un principio los cargos burocráticos se designaron prácticamente "a dedo". La rápida ruptura con el imperialismo nos mostró la dramática realidad: nos faltaban expertos para dirigir la economía, las industrias, la agricultura. Especialmente doloroso resultó comprender que no teníamos gente preparada en niveles intermedios, para orientar y dirigir a la masa que en contacto con la revolución había adquirido una sensibilidad extraordinaria y estaba ansiosa de aprender. Nos faltaban cuadros, es decir, hombres con un adecuado desarrollo político para interpretar las directivas que emanaban del poder central, convertirlas en realidad, trasmitiéndolas sin distorsiones a ese conglomerado de hombres y mujeres que tenían fe en nosotros, y a la vez poseer la suficiente sensibilidad como para percibir las manifestaciones más íntimas de ese núcleo humano y, a su vez, darlas a conocer al poder central.
Para el Ché, el cuadro debía reunir, entre otras, las siguientes cualidades:
-Gran valor físico y moral, desarrollo ideológico que le permita defender con su vida los principios revolucionarios, capacidad de análisis para tomar decisiones rápidas y adecuadas, sentido de la creación, disciplina y fidelidad.
El Ché quería que nosotros nos desarrolláramos no tan sólo como cuadros, sino también como hombres nuevos dentro del proceso de la lucha guerrillera. Constantemente nos repetía que teníamos que ser los mejores, el núcleo que debía convertirse en maestro de los nuevos combatientes que se fueran incorporando.
Pero esa formación del '”hombre del futuro", la toma definitiva de conciencia de clase que nos debía convertir en agente catalizador de las aspiraciones e inquietudes de la masa, teníamos que adquirirla en el transcurso de la guerra.
El Ché consideraba que el hombre es un ser fácilmente moldeable. Esta verdad la había descubierto la sociedad capitalista, por eso nos había educado en el respeto hacia el sistema. En las frecuentes conversaciones que teníamos durante las caminatas o en las exploraciones, nos instaba a eliminar las taras de la vieja sociedad decadente, "tomar conciencia". La conciencia era para él un valor fundamental. Su definición era breve y certera:
-No puede verse el comunismo meramente como un resultado de contradicciones de clase en una sociedad de alto desarrollo, que fueran a resolverse en una etapa de transición para alcanzar la cumbre; el hombre es un actor consciente de la historia. Sin esta conciencia, que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo.
La toma de conciencia que significa romper las cadenas que atan al hombre con la sociedad decadente, equivale a su realización plena como criatura humana.
Otro de los rasgos que estimulaba era el amor hacia sus semejantes.
A mi juicio uno de los trabajos que retrata mejor al Ché como hombre, como político revolucionario, como el hermano más generoso de los pueblos oprimidos, es "El Socialismo y el Hombre en Cuba" en el que plantea:
"Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esa cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe reunir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se le contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita."
Ché fue generoso siempre. Fuimos testigos de cómo trató sin rencor a los soldados enemigos, curó sus heridas aun restando medicamentos a nuestra propia gente, les dio trato digno y justo. Más tarde ellos, animalizados por el imperialismo, responderían a este gesto asesinándolo cobardemente.
Las lecciones del Ché estén vigentes y creemos que se plasmarán en los hombres del E.L.N., el ejército que él fundó.

VI) el nacimiento del ELN
En vísperas de la caminata que se inició el 1º de febrero, cuya duración estaba programada para aproximadamente 20 días, ya se podía hablar de un núcleo guerrillero vertebrado, que se dividía en vanguardia, centro y retaguardia. A mediados de diciembre Ché había hecho los primeros nombramientos, que recayeron en Joaquín como segundo jefe militar, y jefe de la retaguardia, Marcos jefe de la vanguardia, Alejandro como jefe de operaciones; Pombo de servicios; Ñato de abastecimientos y armamento y Rolando y yo como comisarios políticos. Además se me encargaron las tareas de finanzas. Moro fue designado jefe de los servicios médicos. De esta manera, al iniciar nuestra larga exploración, la columna ya estaba estructurada, para rendir su primera prueba de fuego. Los objetivos que el Ché había planteado para esta maniobra militar eran los siguientes.
-Dar un fuerte entrenamiento al núcleo guerrillero para que adquiriera experiencia, se endureciera, aprendiera a sobrevivir en las condiciones más difíciles, conociendo lo que es el hambre, la sed, la falta de sueño, las caminatas agotadoras de día y de noche, y al mismo tiempo aprender en el terreno nociones tácticas más profundas.
-Examinar las posibilidades de formación de núcleos campesinos, contactándonos con ellos para explicarles el objetivo de nuestra lucha. Ramón estaba plenamente consciente de que en el primer momento el campesinado tiene más bien una actitud de desconfianza, que en la segunda etapa mantiene una posición de neutralidad, y en la tercera, cuando la guerrilla se desarrolla, está francamente de parte de las fuerzas liberadoras. Por lo tanto debíamos pasar por la experiencia de la primera etapa y tratar de formar bases de apoyo en el campo, aun cuando fueran débiles. Estamos seguros que, de sobrepasar ese período, los campesinos habrían estado de parte nuestra, como indudablemente ocurrirá en el futuro.
-Por último, conocer en detalle el terreno en el cual íbamos a operar. Desde el momento en que el Ché ingresó al monte con otros dos compañeros las perspectivas de combatir eran inmediatas. En ningún instante se planteó la disyuntiva de que nos fueran a apresar mansamente, sin oponer resistencia.
Por eso destinó cuatro compañeros para la defensa del campamento principal, a pesar de que éste no tenía características de "base de operaciones". Ellos fueron Arturo, Ñato, Camba y Antonio. Coco se quedó en la casa de Calamina, esperando a Moisés Guevara y sus hombres. Previniendo la posibilidad de una sorpresa dejó un plan de emergencia, una forma de alarma para advertir si había ocurrido algún ataque, instrucciones para la retirada, un esquema del recorrido que nosotros haríamos, y por último, recomendó que cada uno de los hombres llevara siempre dinero de reserva consigo.
Desde el principio la exploración fue durísima, un adelanto de lo que vendría más tarde. En los primeros días muchos compañeros quedaron prácticamente sin zapatos y la ropa se fue destrozando lentamente. La zona estaba prácticamente deshabitada, a pesar de que en los mapas oficiales estaban marcadas varias casas. El día 10 de febrero establecimos contacto con el primer campesino. Resultó ser Honorato Rojas, un hombre al que Ramón calificó inmediatamente de "potencialmente peligroso". Más tarde Honorato Rojas se convertiría en un delator y principal colaborador del ejército en la emboscada en la que perdieron la vida Joaquín y el grupo de la retaguardia. Yo me presenté a Rojas como "cazador" y el Ché asistió en carácter de "ayudante" mío. Moro, nuestro médico, curó a los hijos del campesino que tenían gusanos en distintas partes del cuerpo. Incluso uno de ellos tenía varios hematomas, producto de una patada que le había dado una yegua. Después de pedirle datos sobre casas por la cercanía, ubicación de otros campesinos, posibilidades de comprar alimentos, etc., nos despedimos, comprometiéndose él a colaborar con nosotros. La idea del Ché era llegar hasta el río Masicurí, para que viéramos a los soldados, decisión sicológica importante, aunque no deberíamos entablar combate con ellos en esos momentos.
Casi al terminar el mes ocurren dos hechos dolorosos: el primero de carácter conflictivo y el segundo, la pérdida de uno de nuestros hombres antes de combatir. Dos compañeros, Marcos y Pacho, tuvieron un incidente de proporciones, motivado no solamente por el carácter de ambos, sino también por las condiciones en que íbamos marchando, con alguna gente enferma, sin comida, en condiciones que durante algunos días fueron infernales. Me tocó conocer el problema, pues en mi carácter de comisario político junto con Rolando debía intervenir en la solución de ellos. Un mes más tarde el Ché conocería de otras actitudes de Marcos y lo amenazó con expulsarlo deshonestamente de la guerrilla. Marcos contestó que antes prefería morir fusilado. Por desgracia el Diario del Ché es sólo la recopilación de apuntes para su uso personal donde consignaba fundamentalmente los errores que debían corregirse. Por eso no colocó algunos hechos que demuestran la firmeza ideológica y el coraje de los compañeros.
Después de estos incidentes en que Marcos fue sustituido de la vanguardia, mantuvo una conducta de absoluta disciplina, y se empeñó por ser el mejor de todos. Incluso se destacaba por cargar, en condiciones cada vez más difíciles, la mochila más pesada, y además de su fusil Garand, una ametralladora 30. Marcos y Pacho murieron combatiendo heroicamente, convirtiéndose en hombres ejemplares y queridos. El otro hecho penoso fue la muerte de Benjamín, un joven boliviano de físico muy débil; sin embargo tenía un carácter fuerte, una posición ideológica muy desarrollada, y una decisión inquebrantable de defender con su vida nuestros ideales. Ché quería mucho a Benjamín, y en los meses que permaneció con nosotros, siempre lo estimuló a seguir adelante. En el Río Grande Benjamín caminaba muy agotado y tenía dificultades con su mochila. Cuando marchábamos por una faralla hizo un movimiento brusco y cayó al río que iba muy crecido, y con fuerte corriente. No tuvo fuerzas para dar unas cuantas brazadas. Corrimos a salvarlo e incluso Rolando se tiró al agua y buceó tratando de rescatarlo. No lo pudimos ubicar. Estos problemas hicieron impacto en nosotros. Fue allí cuando afloró nuevamente el genio del Ché quien nos dio lecciones de solidaridad, disciplina y moral.

Las principales armas de un ejército revolucionario
En los momentos más angustiosos nos decía:
-Las principales armas de un ejército revolucionario son su moral y disciplina. La moral tiene dos sentidos: uno ético y otro heroico. En nuestros guerrilleros deben reunirse las dos condiciones. Ustedes, por ejemplo, no pueden saquear una población si ésta cae en poder de nosotros, ni maltratar a sus habitantes, ni faltarles el respeto a las mujeres. Esto en lo ético. En el sentido heroico es la decisión que debe tener cada uno de ustedes para vencer, para combatir hasta la muerte en defensa de la revolución. Ésa es la fuerza que nos llevará a realizar las más extraordinarias hazañas. A estas dos condiciones hay que agregar la disciplina, que no es la tradicional, la que ustedes han podido apreciar en los ejércitos represivos. Disciplina para nosotros no es cuadrarse ante un superior jerárquico. Ésta es una actitud extrema, formal, automática. Nuestra disciplina es consciente, motorizada por una ideología. Ustedes saben por qué luchan, por qué aspiran a tomar el poder. Los soldados de los ejércitos represivos son entes fríos, mecánicos, vacíos por dentro. Ésa es la diferencia entre ellos y nosotros. Y esa diferencia radica en que ellos no tienen conciencia de lucha. Nosotros sí la tenemos.
También estimulaba el desarrollo de la solidaridad entre nosotros. En una oportunidad nos dijo:
-Es nuestro deber rescatar a los guerrilleros muertos y darles sepultura. Pero si por esa acción se va a perder otra vida, nadie debe correr ese riesgo. Con nuestros heridos la sensibilidad debe ser mayor. Debemos jugamos por rescatarlos. El esfuerzo por salvarlos debe ser real. La solidaridad entre los combatientes es una muestra acabada de humanismo.
Estas conversaciones se realizaban cada vez que hacíamos un alto en la marcha o cuando nos reuníamos en tomo a una fogata a comer una alimentación pobre de proteínas.
Durante la exploración el Ché se enfermó. Sin embargo nos estimulaba con su ejemplo. Nosotros sabíamos que iba mal, pero él continuaba sin ceder un instante, con una voluntad férrea. Incluso se enojaba cuando tratábamos de atenderlo o aliviarlo o si el cocinero trataba de darle preferencia en la comida, o si veía que se le cambiaban las postas por horarios más cómodos.
Hombre sensible, la muerte de Benjamín también lo golpeó. Por eso habló nuevamente de la necesidad de recibir estos hechos con estoicismo como un riesgo de la guerra.
-No deben desmoralizarse recalcó. Hay ocasiones en que parece que las energías hubieran llegado al límite de nuestras fuerzas. Es entonces cuando ustedes deben apelar con energía a su voluntad y dar un paso más. Después de eso otro y otro, sin detenerse nunca.
Una anécdota de la que fui testigo muestra otra de las ricas facetas de su personalidad. Por desgracia ella tampoco aparece reflejada en su Diario. El 5 de febrero la vanguardia encontró dos animales: una yegua y un potrillo. Como no había casas a muchos kilómetros de distancia, entendíamos que esos animales no tenían dueño. Seguramente algún arriero pasó por aquí con su tropilla y los animales se extraviaron, quedándose en el monte. El hambre que pasamos en el período subsiguiente fue tan grande que muchos hicimos comentarios de que regresando, los mataríamos para comerlos. Ese comentario se convirtió luego en una actitud mental, una especie de obsesión que nos intranquilizaba. Ché había dicho que esos animales los llevaríamos a la finca para emplearlos en labores agrícolas, ya que veía los acontecimientos con perspectivas futuras. Faltando tres días para volver al campamento, hinchados por la carencia de proteínas, de grasas, hambrientos, cansados, el problema de los animales recrudeció. Hubo un instante en que el Ché amenazó a dos compañeros con dejarlos sin comer si volvían a insistir en el tema, sobre todo porque ya estábamos cerca de nuestro destino. Él deseaba que nos forjáramos un carácter tal que nos permitiera vencer todos los obstáculos, especialmente éste que podría presentarse más adelante.
Algunos compañeros salieron a cazar pero sólo mataron unos pocos pajaritos. En estas circunstancias Ché cambió de actitud y ordenó matar al potrillo para que toda nuestra gente repusiera sus energías. ¿Qué significa esto? Simplemente que el Ché era un hombre de buen criterio, que sabía analizar con serenidad todas las circunstancias y resolver con justicia los problemas. No era un hombre obcecado que defendiera porque sí las decisiones. Sabía cambiarlas si a su vez las circunstancias se modificaban. La pérdida de otro hombre -Carlos-, volvió a entristecemos. Era un combatiente que pertenecía a la retaguardia. De él dice el Ché en su Diario:
"Hasta este momento era considerado el mejor hombre de los bolivianos, en la retaguardia, por su serenidad, seriedad y entusiasmo."
Su muerte fue similar a la de Benjamín. Cruzando el Río Grande en la desembocadura del Ñancahuazú, la balsa fue arrastrada por la fuerte corriente. Un remolino lo sacó con violencia, junto a Braulio, y se perdieron en las aguas turbias del río. Braulio se salvó, Carlos fue arrastrado, al parecer inconsciente. Joaquín, que había salido más adelante con el resto de la gente de la retaguardia, no lo vio pasar.
El Ché conoció esta nueva pérdida luego que Miguel y Tuma, que se habían adelantado para llevar comida a la gente de la retaguardia comandada por Joaquín, regresaron de su misión. Habíamos perdido otro hombre sin entrar en combate. Esta experiencia lamentable también fue aprovechada para sacar conclusiones y estimular a los compañeros a que siguieran adelante sin vacilaciones. En una de sus frecuentes charlas en este período subrayó:
Vencer a la naturaleza, sin desafiarla ciegamente
-A la naturaleza hay que vencerla. El hombre siempre triunfará sobre ella. Pero no hay que desafiarla ciegamente. La valentía debe estimularse siempre que no se convierta en imprudencia. En esta oportunidad el río venía muy crecido, con una corriente violenta. Tal vez se pudo esperar mejores condiciones. En todo caso en el futuro debe tenerse en cuenta esta situación.
El 19 de marzo tuvimos el primer presagio de que algo importante ocurriría al ver una avioneta que sobrevolaba en insistente misión de reconocimiento por la zona. Casi al llegar al campamento Ché se encontró con el Negro (el médico peruano que venía a quedarse con nosotros) y con Benigno, quien se había adelantado para llevarnos comida. Las noticias que nos dieron fueron nutridas. En el campamento principal estaban esperándonos Debray, el Chino, Tania, Bustos y Guevara, con los nuevos combatientes. El ejército había atacado nuestra finca después que dos hombres habían desertado entregando valiosa información, luego de ser apresados en Camiri. Es necesario referirse a los desertores con el objeto de trasmitir nuestra experiencia a otros revolucionarios latinoamericanos: A la guerrilla se ingresa en muchas ocasiones con escasa preparación ideológica, motivados por las hazañas épicas, episodios heroicos o simplemente por intuición político-militar. Se produce entonces un proceso de idealización falsa de la lucha y de la vida guerrillera, fenómeno que se acentúa más entre los estudiantes, universitarios especialmente. Se tiene la equivocada impresión de que el guerrillero está cómodamente instalado en su campamento, durmiendo en una hamaca, comiendo poco. Desde allí planifica una batalla, se enfrenta con el ejército, alza sus muertos y heridos y regresa al campamento a reponer energías. Por eso cuando llegan y se enfrentan con la realidad, sufren un fuerte impacto. Eso no es lo que ellos pensaban, una vida extremadamente dura, el constante "gondoleo" o tareas de constructor, la carga pesada de la mochila que a veces dobla las piernas, el hambre que a veces se clava en el estómago como un cuchillo afilado, las caminatas largas por terrenos difíciles, y la siempre latente posibilidad de encontrar soldados emboscados, influye en la mente de esa gente débil ideológicamente. Por eso es necesario tener un criterio muy selectivo en el reclutamiento de hombres para la guerrillas teniendo siempre en cuenta que ésta es la "vanguardia de la vanguardia".
Tal cosa ocurrió con algunos hombres. La realidad los asustó y desertaron. Un desertor siempre es un delator en potencia. Cuando llegaron a Camiri el ejército los detuvo presumiendo que venían de la finca donde ellos creían que se fabricaba cocaína. Lo demás es conocido como para abundar en detalles: hablaron, dijeron que había un grupo alzado pero no pudieron dar mayores antecedentes, porque nosotros estábamos en exploración y ellos no nos vieron. Sin embargo entregaron algunos indicios de que en Nacahuazú podía estar el Ché, pues habían escuchado algunas infidencias. También sabían que habían hombres de otras nacionalidades.
Ramón conversó con el Chino, que venia a incorporarse con otros tres compañeros peruanos a nuestro grupo guerrillero el día 20 de marzo, el Ché me relató más tarde aspectos sobresalientes de esta charla, y profundizó la idea sobre algunas cuestiones tácticas con relación a la continentalidad de la lucha, y la conducta que debía seguirse en ese momento. El Chino planteó entrenarse con nosotros en forma práctica, participando en algunos combates, para luego alzarse en el Perú. En su Diario Ramón explica escuetamente:
"Hablé preliminarmente con el Chino. Pide cinco mil dólares mensuales durante diez meses y de La Habana le dijeron que discutiera conmigo. .. Le dije que en un principio si, sujeto a que en seis meses se alzara. Piensa hacerlo con 15 hombres y él como jefe en la zona de Ayacucho. Convinimos además, en que le recibiría cinco hombres ahora y quince más con algún lapso y los enviaría con sus armas luego de entrenarlos en combate."
Ché tampoco quería que la Internacionalización de la lucha trascendiera rápidamente los ámbitos bolivianos, y se conociera su presencia allí por razones puramente tácticas. En diversas conversaciones me dijo que si el imperialismo ignora en la primera etapa su presencia, y la composición de la guerrilla, sólo iba a entregar armas y "asesoramiento" al ejército. Sin embargo si conocía en forma inmediata las perspectivas de la lucha entraría con todas sus fuerzas en forma directa como lo ha hecho en Vietnam para aplastar el foco en su embrión.
-Esto ocurrirá tarde o temprano -decía el Ché-, pero mientras más se retrase tanto mejor. Ello nos permitirá foguearnos, adquirir experiencia, endurecer nuestras fuerzas y convertirlas en un núcleo mucho más eficiente.
"Sabemos que finalmente enfrentaremos en forma directa al ejército imperialista, pero de todas maneras es necesario por ahora, tomar ciertas medidas de tipo táctico. Independientemente de esa cuestión, si es necesario enfrentar ahora al ejército imperialista, lo haremos sin vacilaciones. Hasta la víspera de nuestro primer combate guerrillero -la emboscada de Ñancahuazu- nuestra columna no tenía nombre. Existía como un ejército diminuto, pero decidido a dar batalla, en cualquier instante. Es cierto que todavía se observaban algunas debilidades, pero éstas eran producto de su incipiente formación. Sin embargo ya habíamos tenido una prueba de fuego durante la marcha de 47 días que endureció a nuestros hombres y afloró en toda su inmensa realidad las características de la lucha, que tendría dimensiones épicas.
Los lineamientos programáticos de nuestro núcleo se habían estudiado suficientemente durante nuestra marcha de exploración, de manera que todos conocíamos por qué pelearíamos, y cuales eran nuestras perspectivas futuras. Sin embargo el Ché, en una actitud pedagógica característica en él, decidió dictarnos un manifiesto que se distinguía por carecer de todo tipo de signos gramaticales. Cada vez que se refería a nuestra guerrilla dejaba un espacio en blanco, con el objeto de que nosotros la "bautizáramos". Su explicación fue la siguiente:
-Este manifiesto que les he dictado tiene dos objetivos: el primero tiene carácter de cultura general (ustedes deben poner la puntuación y corregir la redacción); el segundo tiene carácter político. Es necesario que lo lean bien, agreguen antecedentes, eliminen lo que crean conveniente, definan qué somos y para qué estamos aquí. Por último coloquen el nombre que tendrá nuestro ejército.
Durante la exploración continuamos con cierta irregularidad nuestros estudios habituales, pero no fue posible examinar debidamente el documento. De regreso encontramos que los acontecimientos se precipitaban aceleradamente: Llegaron los visitantes, entró el ejército a la finca, y luego se produjo la primera emboscada netamente exitosa para nosotros. Fue entonces cuando hubo necesidad de divulgar nuestro primer manifiesto, redactado completamente por el Ché, y que por su valor histórico lo reproducimos íntegramente:


D XVII Comunicado Nº 1 AL PUEBLO BOLIVIANO
Frente a la mentira reaccionaria, la verdad revolucionaria.
El grupo de gorilas usurpadores, tras asesinar obreros y preparar el terreno para la entrega total de nuestras riquezas al imperialismo norteamericano, se burló del pueblo con una farsa comicial. Cuando llega la hora de la verdad y el pueblo se alza en armas respondiendo a la usurpación armada con la lucha armada, pretende seguir su torneo de mentiras.
En la madrugada del 23/III fuerzas de la IV División, con acantonamiento en Camiri, en número aproximado de 35 hombres al mando del mayor Hernán Plata Ríos se internaron en territorio guerrillero por el cauce del río Ñancahuazu. Si grupo íntegro cayó en una emboscada tendida por nuestras fuerzas. Como resultado de la acción quedaron en nuestro poder 25 armas de todo tipo, incluyendo 3 morteros de 60 mm con su dotación de obuses, abundante parque y equipos. Las bajas enemigas fueron siete muertos, entre ellos un teniente, y catorce prisioneros, cinco de los cuales resultaron heridos en el choque, siendo atendidos por nuestros servicios sanitarios, con la mayor eficiencia que permiten nuestros medios. Todos los prisioneros fueron puestos en libertad previa explicación de los ideales de nuestro movimiento.
La lista de bajas enemigas es la siguiente:
Muertos: Pedro Romero, Rubén Amézaga, Juan Alvarado, Cecilio Márquez, Amador Almasán, Santiago Gallardo, y el delator y guía del ejército apellidado Vargas.
Prisioneros: Mayor Hernán Plata Ríos, Cap. Eugenio Silva, soldados Edgar Torrico Panoso, Lido Machicado Toledo, Gabriel Durán Escobar, Armando Martínez Sánchez, Felipe Bravo Siles, Juan Ramón Martínez, Leoncio Espinoza Posada, Miguel Rivero, Eleuterio Sánchez, Adalberto Martínez, Eduardo Rivera y Guido Terceros. Los cinco últimamente nombrados resultaron heridos.
Al hacer pública la primera acción de guerra establecemos lo que será norma de nuestro ejército: La verdad revolucionaria. Nuestros hechos demostraron la justeza de nuestras palabras. Lamentamos la sangre inocente derramada por los soldados caídos, pero con morteros y ametralladoras no se hacen pacíficos viaductos, como afirman los fantoches de uniformes galonados, pretendiendo crearnos la leyenda de vulgares asesinos. Tampoco hubo ni habrá un solo campesino que pueda quejarse de nuestro trato y de la forma de obtener abastecimientos salvo los que, traicionando a su clase, se presten a servir de guías o delatores.
Están abiertas las hostilidades. En comunicados futuros fijaremos nítidamente nuestra posición revolucionaria; hoy hacemos un llamado a obreros, campesinos, intelectuales, a todos los que sientan que ha llegado la hora de responder a la violencia con la violencia y de rescatar un país vendido en tajadas a los monopolios yanquis y elevar el nivel de vida de nuestro pueblo. EJERCITO DE LIBERACION DE BOLIVIA
De acuerdo con los planteamientos tácticos formulados desde un principio por el Ché el documento estaba dirigido "al pueblo boliviano", denunciaba que el país estaba "vendido en tajadas a los monopolios yanquis" y entregaba una relación estrictamente verdadera de lo ocurrido. Estaba fechado el 23 de marzo de 1967 y lo firmaba el "Ejército de Liberación Nacional de Bolivia". Más tarde otros comunicados se abreviaron firmando simplemente "E.L.N.".
Los acontecimientos guerrilleros que conmovieron a la opinión pública durante los ocho meses siguientes popularizaron el nombre de "E.L.N.", su denominación actual.
En los documentos falta nuestra consigna de ¡VICTORIA O MUERTE! creada también por el Ché. Ella no es una simple frase. Tiene una motivación muy importante que fue desarrollada de esta manera por Ramón:
El pueblo tiene una sola alternativa: la victoria. Nuestros enemigos también tienen una sola alternativa: la muerte. Podemos ser vencidos, o nuestra lucha puede sufrir tropiezos, pero independientemente de esas dificultades transitorias, el pueblo vencerá. Ésta es una verdad indiscutible. La alternativa de victoria o muerte -ambas- son para nosotros, los guerrilleros. Podemos llegar a ver el triunfo final, o podemos caer en el camino, Pero si morimos la lucha seguirá adelante sin detenerse.

VII) Los primeros combates
El programa preliminar del Ché, descansar varios días, para reponer energías mientras se entrenaban loa nuevos compañeros, fue bruscamente alterado. El 17 de marzo alrededor de 60 soldados se habían metido por el camino de Algarañaz y se llevaron preso a Salustio. Uno de los reclutas que debutaba como mensajero. En el ataque a la Casa de Calamina, el Lorito había matado a uno de los guardias. Al conocer la noticia, Marcos ordenó la retirada porque estimaba que no se debía defender posiciones. En el Diario del Ché aparece descrito el problema en la siguiente forma:
-Rolando había sido enviado para organizar la retirada de todo, un clima de derrota imperaba. Poco después llegó un médico boliviano recién incorporado con un mensaje para Rolando en el que se le comunicaba que Marcos y Antonio estaban en la aguada, que fuera a entrevistarse. Le mandé a decir con el mismo mensajero que la guerra se ganaba a tiros, que se retiraran inmediatamente al campamento y allí me esperaran. Todo da la impresión de un caos terrible, no saben qué hacer.
Más tarde el Ché me explicó su decisión. El criterio de que la guerra no defiende posiciones es correcto, pero hay que tomar en cuenta una serie de factores que se habían acumulado hasta ese momento.
En primer lugar, nosotros no "defendíamos una posición" puesto que el campamento no tenía ese carácter. Además en el trabajo preparatorio de las acciones militares habían quedado demasiadas huellas por la falta de cuadros para realizar una serie de labores preliminares. Eso nos obligó a "quemar" compañeros. La misma Casa de Calamina se había convertido en un foco de sospecha y Algarañaz incluso nos había enviado un cazador para que nos vigilara constantemente. Retirarse en ese momento, sin dar batalla cuando la guerrilla había sido detectada por los datos que habían entregado los desertores, significa simplemente que se iniciara una persecución contra nosotros por un ejército con energías, fresco, con moral elevada. Por el contrario, combatir significaba foguearse para afrontar con decisión las futuras batallas. Hay que tener en cuenta que de todas maneras, tendríamos que combatir en los días subsiguientes, por los factores ya mencionados. Otra alternativa, aunque parezca extremista, habría sido desaparecer como guerrilla hasta crear las condiciones en la ciudad, tomar contactos nuevamente, reclutar nuevos elementos para recomenzar. Esto era absurdo. Por otra parte, por las penurias que nos ocasionó la marcha de exploración, veníamos con la moral no muy alta, no con buena disposición combativa. El momento táctico se presentaba ahora con todas sus perspectivas favorables para nosotros. Por eso el Ché consideró un grave error retirarse en esos momentos y ordenó a Rolando tender una emboscada río abajo. Enseguida ordenó la defensa en la entrada del campamento y envió a un grupo de compañeros a explorar río abajo.
El día 22 de marzo fue de tensos preparativos. A las 7 de la mañana del 23, mientras Rolando revisaba las posiciones de los guerrilleros emboscados, se sintió un chapoteo por el río. Rápidamente se situó en su lugar y esperó que la tropa fuera avanzando lentamente. Se mantuvieron en silencio hasta que penetró un grupo grande. Rolando, como responsable de esta primera acción nuestra, abrió fuego sorpresivamente. Muchos soldados se desplegaron en posición combativa. Los pocos que hicieron frente fueron abatidos en forma rápida. El resto huyó. El fuego duró aproximadamente unos seis minutos, según informó Rolando al Ché, hasta que las fuerzas enemigas se rindieron.
En estos combates participaron Rolando, Benigno, Coco, Guevara, Pablito, Ernesto, Apolinar y Walter, los que mataron a 7 soldados, hirieron a 6 y tomaron 11 prisioneros. Otros 8 soldados escaparon. Como se puede apreciar las fuerzas enemigas eran cuatro veces más grandes que la nuestra. Nosotros no tuvimos bajas. Además quedaron en nuestro poder 3 morteros de 6O mm, y ocho cajas de granadas, una ametralladora calibre 30 con 500 tiros, 2 ametralladoras BZ, 2 metralletas UZI, 16 Mauser con dos mil cartuchos, 2 aparatos de radio y otros elementos.
Coco llegó a las 8 de la mañana a nuestras posiciones para dar cuenta del resultado de la batalla. Inmediatamente Ché ordenó que Marcos saliera por el camino de maniobras número 1 con el objeto de cortarle la retirada por detrás al ejército si éste avanzaba por el cañón del río tratando de llegar al campamento y a Braulio lo envió con la retaguardia por el camino número 2 para impedir que saliese del cañón que era una verdadera trampa mortal. El centro atacaría desde las posiciones que ya estaban ocupadas. Ché me ordenó interrogar a los prisioneros y presentarme como jefe. Esta misión la cumplí durante todo el transcurso de la guerra.
El trato que ordenaba dar a los prisioneros
El mayor Plata, jefe de las fuerzas prisioneras, lloriqueó largamente mientras los soldados nos pedían que lo fusiláramos por los malos tratos y los abusos que cometía. Por encargo del Ché le dije que todos los prisioneros quedarían en libertad, que le dábamos plazo hasta el 27 a las 12 del día para retirar a sus muertos. Muy asustado manifestó que se retiraría del ejército. Nos dio una serie de datos importantes sobre las operaciones que se estaban realizando. Por ejemplo, nos dijo que ese ataque estaba programado junto con un bombardeo que se iniciaría a mediodía. Ellos debían dejar señaladas sus posiciones, con el objeto de que no sufrieran bajas. La emboscada los hizo perder contacto radial e impidió que la aviación actuara. En realidad, el bombardeo se realizó al día siguiente. El capitán Silva, otro de los prisioneros, también habló mucho informando que había reingresado al ejército por petición del PCB, que tenía un hermano estudiando en Cuba y luego dio los nombres de otros dos oficiales que podían ser colaboradores. Les quitamos toda la ropa a los prisioneros, excepto a los dos oficiales que conservaron sus uniformes, y les dimos nuestras vestimentas civiles que estaban guardadas en las cuevas. También curamos a los heridos y les explicamos a los soldados los objetivos de nuestra lucha. Ellos nos contestaron que no sabían por qué los habían mandado a combatirnos, que estaban de acuerdo con lo que nosotros decíamos y nos reiteraban la petición de fusilar al mayor Plata, oficial que tenía una actitud déspota en la unidad pero que ahora, delante de la tropa, se comportaba como un cobarde. Le explicamos que nosotros no matábamos a enemigos desarmados y tratábamos a los prisioneros como seres humanos, con dignidad y respeto.
Los días siguientes a la emboscada fueron de euforia y presión y alegría porque se iniciaba una etapa histórica con una fuerza combativa, pequeña pero con la moral muy alta. Además el resonante y sorpresivo triunfo revelando la presencia de un foco guerrillero acaparaba el primer lugar de las noticias que escuchábamos por radio. La presión era producto de la presencia de los dos visitantes: Régis Debray y Ciro Bustos (el Pelao). Tania había sido detectada y forzosamente tenía que quedarse con nosotros hasta esperar una oportunidad adecuada para que saliera con la más absoluta seguridad. El Chino, que también había quedado como visitante, decidió quedarse como combatiente. Pero Debray y Bustos debían salir en el menor tiempo posible. En una reunión, realizada el 27 de marzo, Ché planteó que las tareas inmediatas eran:
a) Sacar a los visitantes por un camino seguro, cercano a la ciudad.
b) Esconder todo el armamento y materiales que habían caído en nuestro poder después de la primera emboscada más algunas cosas nuestras para lo cual era necesario abrir otra cueva estratégica, labor que estaría a cargo de Moisés Guevara.
c) Enviar 10 hombres a buscar maíz a la finca, tarea que debían realizar con mucho cuidado para evitar que el ejército los sorprendiera.
Al día siguiente cuando nuestros hombres fueron a la finca a buscar el maíz se encontraron con que la cueva táctica había sido revisada por el ejército. Sorpresivamente llegaron también siete funcionarios de la Cruz Roja, varios soldados sin armas y dos médicos. Más tarde apareció un camión lleno de soldados, pero nuestros compañeros les ordenaron retirarse, cuestión que el ejército cumplió obedientemente.
Estos acontecimientos se producían 24 horas después del plazo que les habíamos dado para que recogieran sus muertos, lo que demuestra la desmoralización que había en sus filas y el respeto a nuestros hombres.
Mientras tanto Debray planteó que para él era un deber moral integrarse en nuestro núcleo guerrillero.
El famoso autor de "Revolución en la Revolución", conocido entre nosotros por Dantón, quería demostrar que no era un simple teórico, sino también un hombre de acción. Ché nos explicó que en esas circunstancias el filósofo francés era más necesario afuera que dentro. Dantón podría servir para dirigir un gran movimiento de solidaridad con nuestro foco, obtener declaraciones de intelectuales, reunir dinero, hacerse cargo de la propaganda, etc. Por lo escueto y personal, el Diario del Ché no refleja la opinión cabal que tenía sobre Debray, hombre al que estimaba mucho y le concedía gran valor intelectual, Ché le dijo que en ese momento debería salir y que más tarde tendría suficiente tiempo para realizar su experiencia guerrillera.
Con el objeto de sacar a los visitantes y cambiar nuestra zona de operaciones, conforme a los planes trazados previamente por Ramón, nos dirigimos a Gutiérrez porque el camino a Muyupampa, según nuestras primeras informaciones, estaba cortado por el ejército; sin embargo en Pirirenda nos enteramos de que en Gutiérrez también había tropas, por lo que decidimos regresar a Ñancahuazú, luego de la fuga de uno de los pobladores que, supusimos, informaría de nuestra presencia al ejército.
En Iripítí nos juntamos con la retaguardia que estaba al mando de Rolando y con el personal enfermo en el que estaba Joaquín. Ahí acampamos y se iniciaron las exploraciones para dirigirnos nuevamente a Gutiérrez, lugar que parecía más indicado para evacuar a los visitantes, Iripití fue el escenario de nuestro segundo combate y la tumba de nuestro primer compañero, el Rubio, José Suárez Gayol, un hombre de magníficas condiciones humanas, excelente compañero, con una moral sencilla y valiente, Vice-Ministro del azúcar, dejó todo, familia, honores para incorporarse a nuestra lucha.
A las 10 de la mañana del 10 de abril, nuestra retaguardia que estaba emboscada avistó una patrulla del ejército de varios hombres. La dejó avanzar hasta una distancia prudente. Veinte minutos más tarde comenzaba el combate con un saldo de tres muertos, un herido y siete soldados capturados. En nuestro poder cayeron también 6 fusiles Garand con una carabina M-1 y 4 fusiles mausers. Por nuestra parte perdimos al Rubio.
Cuatro soldados escaparon. Por esta razón, Ché ordenó adelantar la emboscada, esperando que el ejército enviara refuerzos de tropas a investigar lo ocurrido.
Nuevamente me tocó interrogar a los prisioneros. Nos dijeron que formaban parte de una compañía, que estaba río arriba, en Ñancahuazú, que había atravesado el cañón, recogido sus muertos y tomado el campamento.
Tal como se pensaba, una compañía de aproximadamente 120 hombres al mando del mayor Sánchez, entró en nuestra emboscada. A las 17:10 empezó de nuevo el combate con una victoria para nosotros, y un saldo negativo para el enemigo de 7 muertos, 6 heridos y 13 prisioneros, incluyendo al jefe de la columna. Además ocupamos una Browning, un mortero, 15 garands, 4 M-3, 2 M-1 y 5 mausers. Inexplicablemente, esta columna entró confiada a nuestra emboscada, sin tomar ninguna medida de seguridad. Cuando se les abrió fuego trataron de buscar protección. Como no encontraron dónde cubrirse se dispersaron y el resto de la tropa huyó internándose en el monte. Comenzamos entonces una persecución con tiros esporádicos contra los soldados. En ella Coco apresó al mayor Sánchez, al que Rolando. que estaba cerca, lo conminó a que diera la orden de rendición a su tropa. Sánchez ordenó a su gente que se retirara
El mayor Sánchez pensó que lo íbamos a fusilar y cuando lo interrogué me pidió por favor se le permitiera enviar un recado a su esposa con uno de los soldados. Como lo había hecho anteriormente con el cobarde mayor Plata, le dije al mayor Sánchez que era norma nuestra respetar al enemigo vencido, garantizarle su vida, curar a sus heridos y permitirle llevarse a sus muertos junto con sus efectos personales. Le pregunté enseguida por qué había entrado tan confiado en el cerco y contestó:
-Veníamos a buscar a nuestros muertos y a investigar lo ocurrido. Como nos han enseñado que el guerrillero da un golpe y se retira no nos imaginamos que ustedes estaban aquí de nuevo esperándonos.
La respuesta del mayor Sánchez es una lección para las fuerzas guerrilleras. No debemos regirnos por esquemas, debemos crear siempre, desconcertar al enemigo. En la mañana siguiente pusimos en libertad a los prisioneros y les permitimos llevarse a los muertos y heridos de ambas batallas. También les concedimos una tregua de 24 horas.
El interrogatorio hecho a los prisioneros nos había llevado a la conclusión de que las tropas que cerraban el Ñancahuazú arriba eran las que se habían desplazado hasta la Casa de Calamina. Por lo tanto, el camino a Muyupampa estaba expedito. Como ya estábamos detectados en la zona de Iripití, Ramón cambió de itinerario y en lugar de partir hacia Gutiérrez iniciamos la marcha hacia Muyupampa, siempre con el objetivo de sacar con seguridad a Debray y a Bustos.
Emotivo acto por la primera sangre caída, cubana...
La muerte de Rubio conmovió a todos. Yo había visto que ocupaba una mala posición, pues era visible desde el río. Por eso le sugerí que la corrigiera. Cuando lo fueron a ver luego del tiroteo de la emboscada de la mañana, tenía una bala en la cabeza y murió a los pocos instantes. Fue su primer y único combate. Ché hizo un emotivo acto de recordación resaltando que la primera sangre caída era cubana, por lo que era necesario más que nunca integrarse con afecto y eliminar cualquier tendencia chauvinista.
El 17 de abril nos quedamos esperando que avanzara el ejército, después que un campesino se escapó. No sucedieron acontecimientos guerreros. Ese mismo día "El Pelao" habló con Pombo y le planteó que estaba muy inquieto por sus hijos, que no les había dejado recursos económicos para subsistir y tenía que cumplir otra serie de misiones en Buenos Aires. Le solicitó también que la salida no se realizara por un lugar donde la guerrilla hubiese operado para no llamar la atención del ejército. Pombo le contestó que no había por qué agitarse y esperara tranquilo el momento oportuno. Ya se notaba en él los primeros síntomas de desesperación.
En lo sucesivo es necesario mencionar una serie de fechas, pues se producen hechos que tienen una secuela de consecuencias posteriores. Ese mismo día Ché dio orden a Joaquín que se quedara con cuatro hombres considerados "resacas" y agregó al grupo de Moisés Guevara, Alejandro y Tania, pero estos últimos en calidad de enfermos. Moisés había sido afectado por un fuerte cólico hepático y Tania junto con Alejandro tenían el cuerpo hinchado y fiebre que oscilaba entre los 38 y 39 grados. Joaquín debía esperar por la zona, maniobrar pero sin chocar frontalmente contra el ejército. Como se puede apreciar se preveían dos cuestiones: nuestro pronto regreso (3 a 5 días) después de evacuar a los visitantes y la posibilidad de reintegro a la escuadra del centro que mandaba el Ché, de cuatro compañeros: los tres enfermos más el médico -Negro- que se había quedado con ellos. Éste fue, sin embargo, el último contacto que tuvimos con la retaguardia por una serie de factores que narraremos más adelante. Debemos destacar que siempre, en toda oportunidad, tratamos de ubicar a estos compañeros: incluso pensamos que Joaquín iría al Rosita, región que habíamos explorado en febrero-marzo y que era uno de los lugares de maniobra que el Ché había dado a conocer al jefe de la retaguardia. Nosotros sabíamos que Joaquín no tenía fuerza combativa con cuatro hombres/resacas, tres enfermos de consideración y sólo 10 compañeros que tenían que llevar todo el peso de las operaciones, de manera que nuestro afán por contactar con él fue permanente.
El 18 fue de caminata y exploración. Además detuvimos a algunos campesinos para que nos vendieran alimento y nos entregaran información. Al día siguiente se produjo otro acontecimiento novedoso: llegó hasta nosotros el periodista anglo-chileno George Andrew Roth, guiado por unos muchachitos del lugar por donde se había quedado operando Joaquín. El periodista nos pareció sospechoso. Su pasaporte tenia tachada la profesión de estudiante y cambiado por la de periodista, aunque él decía ser fotógrafo profesional que trabajaba como "free-lancer" para algunas publicaciones extranjeras. También tenia documentos como instructor dé los Cuerpos de Paz, visa de Puerto Rico. Además en su libreta de apuntes traía un cuestionario de preguntas que, según él, tenían por objeto confirmar los rumores difundidos por el ejército de que el Ché estaba con nosotros con el nombre de Ramón, además de la presencia de Tania y Debray. Estos informes los habían entregado los delatores.
Nuevamente me correspondió interrogar al prisionero. Contó que había estado con el ejército en nuestro campamento, y que incluso se había encontrado un diario de Braulio, donde se decía que Ramón era el Ché. Roth y los muchachitos guías relataron luego que el ejército estaba en Lagunillas y conocía nuestra presencia.
Le entregué a Roth una entrevista conmigo -el "Jefe" de la guerrilla- que había sido redactada por Ché y contenía un apretado relato de las acciones que habían ocurrido los días anteriores y los objetivos de nuestra lucha.
Ché se quedó con Pombo, Tuma y Urbano, cerca de Muyupampa. Al llegar cerca del pueblo dejamos al Pelao, Debray y Roth. Régis me pidió encarecidamente que le dijera al Ché que él salía en ese momento sólo por no dejar abandonado a Bustos, el que se encontraba muy desesperado y con bastante miedo. A esas alturas el Pelao ya mostraba lo que sucedería en el futuro. Por eso no nos sorprendió mucho que se convirtiera en eficiente colaborador del ejército, identificara a los cadáveres de nuestros compañeros muertos e hiciera dibujos de nuestros rostros, además de entregar una serie de datos característicos.
El objetivo nuestro y la petición de los visitantes estaban cumplidos. Esa noche no quisimos tomar Muyupampa porque nos informaron que el ejército nos estaba esperando en el pueblo.
El día 20 fue de agitación, "parlamentarismo" y bombardeo. En nuestro viaje de regreso para juntamos con Joaquín tratamos de conseguir alimentos, que ahora se convertía en un serio objetivo.
Llegamos a la casa de Nemesio Caraballo, un hombre que la noche anterior nos había ofrecido café y había tenido una actitud amable con nosotros. Ahora no estaba. Se había ido dejando solo a unos trabajadores que estaban muy temerosos. Les compramos algunos víveres y organizamos el almuerzo. Pasado el mediodía apareció una camioneta con una bandera blanca en la que venía un sacerdote, un médico y el subprefecto de Muyupampa. El cura era alemán. Nos traían en señal de buena voluntad, algunas golosinas y cigarros. La delegación nos ofreció "paz de tipo nacional" y nos rogó que no atacáramos Muyupampa porque el ejército estaba atrincherado. "No queremos derramamiento de sangre", reiteró.

Derecho de unirse de pobres y revolucionarios
Les contesté que no queríamos una "paz nacional" a menos que nos entregaran el poder, que era el objetivo de nuestra lucha como vanguardia del pueblo. Les pregunté cómo vivían los campesinos de los alrededores, la forma como los explotaban y al médico le exigí datos sobre la mortalidad infantil. Como en toda Bolivia, el cuadro era allí deprimente. Les dije: ¿Encuentran justa esa situación? Nosotros estamos peleando para que los pobres no sean más pobres y los ricos más ricos. Nosotros estamos combatiendo por el progreso del pueblo, para que no haya tanta hambre, tanta miseria. Especialmente el cura, contestó en forma de crítica que con nosotros estaban participando extranjeros. Le repliqué que los pobres, que los revolucionarios de todos los países, teníamos derecho a unirnos para luchar contra un enemigo común que estaba unido antes que nosotros y que era cruel y fuerte que esta situación daba carácter internacional a la lucha y que por eso nuestro ejército tenía abiertas las puertas a los patriotas de cualquier parte del mundo que quisieran participar con nosotros en la gran empresa de libertar a Bolivia. (Por instrucciones expresas del Ché, yo no debía desmentir categóricamente la presencia de compañeros de otras nacionalidades, aunque tampoco había de confirmarla, pues él sabia que este diálogo sería publicado y difundido Internacionalmente.)
Finalmente les ofrecí una paz para Muyupampa con la condición de que nos trajeran antes de las seis de la tarde una camioneta con víveres y medicinas que necesitamos.. Por los mismos personajes nos informamos que Dantón, Roth y Bustos habían sido detenidos.
La delegación se retiró, pero en lugar de medicinas y alimentos llegaron los aviones a bombardearnos. Tres AT-6 dejaron caer sus cargas mortíferas cerca de la casita donde estábamos ubicados y una esquirla hirió levemente en un pie a Ricardo.
Esa noche salimos rumbo a Ticucha. Desde ese momento tratamos de ubicar a Joaquín y al mismo tiempo proveernos del máximo de alimentos. El 22 tuvimos un breve choque con el ejército. En la mañana habíamos sorprendido al chofer de una camioneta de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) que estaban examinando nuestras huellas acompañado por un campesino que habla delatado nuestra presencia. Los apresamos. Enseguida nos emboscamos para detener otros vehículos y golpear al ejército si se acercaba hasta nuestras posiciones. Sólo logramos conseguir alguna mercancía y plátano de un camión que cayó más tarde. A las 8 de la noche, cuando estábamos listos para partir, se sintió un breve tiroteo. Era Ricardo que sorprendió a un grupo de soldados y a un guía que llegaban a un firme para enseguida caer sobre nosotros. No supimos si habíamos ocasionado bajas al enemigo. En esa oportunidad se nos perdió el Loro Vázquez.
Nuestros hombres estaban emboscados y Rolando había dado orden de abandonar las posiciones a las 18.30 horas. Después de ese plazo, le esperaron un largo rato pero no apareció. Días más tarde la radio anunció que había sido capturado herido. Luego difundió su "fuga" del hospital de Camiri. Algunos periodistas han divulgado la idea de que el Ché lo envió en una misión solitaria. Esto es absolutamente falso.
Nunca supimos qué había pasado con él. El mismo Ramón explica en su Diario que el saldo es "negativo" entre otros factores, por la "pérdida" (aunque espero que transitoria) de un hombre...". Antecedentes que hemos recogido con el tiempo nos permiten conocer, sin embargo, que Loro murió como un valiente. Herido, fue bestialmente torturado por los esbirros del presidente Barrientos. Como no le pudieron sacar ni una sola confesión que nos delatara, se lo llevaron en un helicóptero y lo tiraron vivo, en medio de la selva. Lorito fue un hombre valiente, audaz, leal. Fue uno de los cuatro que trabajó incansablemente en la preparación previa al foco.
Al día siguiente de ese pequeño choque. Ramón envió a Benigno y Aniceto a una misión de cuatro días para buscar a Joaquín. Mientras tanto nosotros seguimos en los alrededores, esperando el cumplimiento de esa misión. El 25 de abril tuvimos otra pérdida sensible: la de Rolando. Mientras estaban de posta Pombo y Eustaquio descubrieron una columna del ejército de aproximadamente 30 soldados. Luego regresó Eustaquio diciendo aun no eran 30 sino 60 los soldados. Ché dispuso ocupar posiciones en forma rápida, pero nos vimos obligados a luchar en un lugar no apto para la emboscada. Rolando, que era un hombre de gran coraje, se puso en la posición más difícil a la salida de una curva y tuvo que enfrentarse directamente con un ametralladorista que le disparó varias ráfagas. Un balazo le partió el fémur y todo el paquete vásculo nervioso. A pesar de los esfuerzos que se hicieron para salvarlo, se desangró rápidamente. Rolando, comisario político, hombre de apenas 24 años de edad, tenía un porvenir brillante. Era el más desarrollado política y militarmente de todos los compañeros que allí habían.
Ésa fue la emboscada que dirigió personalmente el Ché y que relata de la siguiente manera:
"Al poco rato, apareció la vanguardia que para nuestra sorpresa estaba integrada por tres pastores alemanes con su guía. Los animales estaban inquietos pero no me pareció que nos hubieran detectado, sin embargo siguieron avanzando y tiré sobre el primer perro, errando el tiro, cuando iba a darle al guía se encasquilló el M-2. Miguel mató otro perro, según pude ver sin confirmar, y nadie más entró en la emboscada. Sobre el flanco del ejército comenzó un fuego intermitente. Al producirse un alto, mandó a Urbano para que ordenara la retirada pero vino con la noticia de que Rolando estaba herido, lo trajeron al poco rato ya exangüe y murió cuando se empezaba a pasarle el plasma."
La retirada fue lenta y nos preocupamos de salvar todas las cosas y enterrar a Rolando. Por la tarde nos encontramos con Benigno y Aniceto que habían perdido las mochilas después del breve tiroteo con el ejército. Eso determinó una nueva situación. Entre nosotros y Joaquín se interponían ahora los soldados y nuestras salidas naturales estaban bloqueadas. Por lo tanto había que tirarse hacia las montañas abriendo sendas y alejándonos un poco de Joaquín para tratar de llegar hasta su posición por otro lado.
Hasta ese momento el triunfo era neto para nuestras fuerzas. Debíamos lamentar la muerte de Rubio, Rolando v la desaparición de Loro. La moral estaba muy alta y la disposición combativa excelente. Sólo se hacían denodados esfuerzos para tomar contacto con Joaquín y con ese propósito estábamos operando.
Primeras batallas ganadas y mentiras de la prensa
En mayo hubo tres batallas mientras dábamos vueltas por la zona realizando nuestro trabajo de persuasión campesinos y la denodada búsqueda de Joaquín. Todas fueron victorias, resonantes para nosotros, a pesar de las radios y los partes oficiales que inventaban "grandes bajas guerrilleras". La primera fue el 8 de mayo. Ché había dispuesto una emboscada en Ñancahuazu, en nuestro campamento, que lo habíamos retomado. Estaba e cargo de Pacho. A las 10.30 de la mañana herimos a dos soldados que se internaron descuidadamente. Luego de curarles sus heridas los dejamos prisioneros. A las 12 detuvimos a otros dos que venían desarmados bajando por el Ñancahuazu. Los cuatro eran unos mentirosos redomados. Trataron de desinformarnos diciendo que habían salido a cazar pero a su regreso la compañía había desaparecido. Ahora la andaban buscando. Todo era falso, la compañía estaba situada más arriba.
La emboscada siguió en su puesto hasta que a las 7 de la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, el ejército se asomó tomando muchas medidas de seguridad. Llegó hasta la entrada del cañón y se retiró, al parecer probando si se les disparaba o no. En una de estas oportunidades se internaron y cayeron en la trampa. El combate fue breve. En la acción cayó muerto el subteniente Laredo junto con dos soldados. Tomamos seis prisioneros más, pero el resto del pelotón huyó. El saldo fue: tres muertos, 10 prisioneros (2 de ellos heridos), siete M-1, cuatro mausers, equipo personal, parque y un poco de comida.
El subteniente Laredo tenía un diario de campaña y una carta de su mujer que nos causó tremenda sorpresa. En el diario en la fecha mercada de 1º de mayo se refería a los trabajadores como holgazanes y otros adjetivos despectivos. En cuanto a su tropa hablaba de la falta de moral combativa, mencionando a soldados que lloraban cuando se enteraban de la presencia cercana de los guerrilleros. La carta de la esposa se refería a la preocupación que ella tenía por Laredo. pero luego hacía un agregado en el que más o menos decía lo siguiente: "Nuestra amiga te pide que nos traigas una cabellera de guerrillero y yo te pido lo mismo para adornar el living de la casa".
Este episodio nos hace recordar los tristes y siniestros días del nazismo y la profunda brecha que existía entre la conducta o el animo del ejército respecto a los guerrilleros, que contrastaba con el trato digno y humano que nosotros dimos a los prisioneros.
La carta y el diario causaron conmoción y repudio entre nosotros.
El respeto del Ché por la persona humana, independientemente de la conducta que ésta observara, se puso de manifiesto una vez más al decidir esperar una oportunidad adecuada para devolver el diario del teniente Laredo a la madre de éste, puesto que el oficial enemigo así lo hacía constar. como un deseo expreso, si llegaba a morir en combate o era capturado por nosotros. El diario de Laredo permaneció en la mochila del Ché hasta la emboscada de Yuro el 8 de octubre.
El segundo combate del mes de mayo fue el día 30. Habíamos llegado hasta la línea del ferrocarril a Santa Cruz buscando el Michuri, siempre con el pensamiento puesto sobre Joaquín que, al parecer, se había movido hacia el norte. En un camino petrolero Ché dejó una emboscada mientras se realizaba una exploración en un jeep que se había requisado a YPFB. A las tres de la tarde se produjo el choque.
Nuevamente dimos un golpe: tres soldados muertos y un herido. Al día siguiente cerramos el mes de mayo con otro triunfo, aunque menor de lo que esperábamos. Dos camiones del ejército que avanzaban por el camino fueron atacados por nosotros. Uno huyó, pero destruimos otro. Pudimos provocar grandes bajas en sus filas si el Ñato en su apresuramiento, no dispara una granada con bala de guerra en lugar de hacerlo con bala de salva. Este incidente provocó una gran explosión que asustó a los militares. Afortunadamente el Ñato resultó ileso, aunque destruyó el tromblón del fusil.

VIII) la búsqueda de Joaquín
Los tres meses de operación militar significaron para nosotros un avance notable: habíamos ocasionado más de cincuenta bajas al enemigo entre muertos, heridos y prisioneros, incluyendo en la lista a tres oficiales de alta graduación. Habíamos ocupado gran cantidad de armamentos, parque, vestuarios y un poco de alimentos. Sin embargo el balance mas notable era la desmoralización y falta de combatividad de los soldados, que contrastaba con la agresividad y temeridad de nuestros guerrilleros. Lamentábamos, sin embargo, la pérdida de Rubio y Rolando, el desaparecimiento del Loro y la falta de contacto con nuestra retaguardia y la ciudad.
En estas circunstancias iniciamos nuestro octavo mes en las montañas de Bolivia y el cuarto de combates sostenidos. Pese a las dificultades, el hambre, las enfermedades, la falta de contacto con la ciudad y el hecho de no encontrar a Joaquín, nuestra moral era alta. La guerrilla era una fuerza agresiva, consciente de su poder, y daba golpes tan fuertes al ejército que no le habían permitido reorganizarse, modificar su táctica ni replicarnos con agilidad.
Durante el corto transcurso de la guerra. Ché nos dio lecciones de solidaridad humana que se proyectaban incluso, frecuentemente, a los enemigos. Uno de estos hechos sucedió a principios de julio, precisamente el día 3. Estábamos todavía cerca del camino petrolero, donde habíamos chocado con el ejército. Los días anteriores buscábamos agua y comida y nos habíamos devorado un puerco que tenia sabor a manjar. Esa mañana, después de caminar por las márgenes de un arroyo. Ché ordenó una emboscada en el camino mencionado, esperando que pasaran camiones del ejército. Pombo debía avisar con un pañuelo amarillo cuando el vehículo entrara a nuestro radio de fuego. Después de 5 horas y media de espera, pasó un camión militar y Pombo hizo la tan ansiada señal. Inexplicablemente para nosotros, Ché, que debía abrir fuego contra el vehículo para continuar nosotros disparando, no gatilló su M-2.
Más tarde, para que todos escucháramos, dijo:
Era un crimen dispararle a esos soldaditos.
La anécdota está relatada en su Diario como si fuera un hecho intrascendente.
Dice:
"A las 14.30 pasó un camión con chanchos que dejamos pasar, a las 16.30 una camioneta con botellas vacías y a las 17 un camión del ejército, el mismo de ayer, con dos soldaditos envueltos en frazadas en la cama del vehículo; no tuve coraje para tirarles y no me funcionó el cerebro lo suficientemente rápido como para detenerlos, lo dejamos pasar."
¡Cuánta diferencia con los oficiales del ejército boliviano y con los propios soldados que asesinaron al Ché y a los compañeros que cayeron con él en la quebrada del Yuro!. Tal vez los mismos que el Ché consideró un crimen matarlos, fueron los que algunos meses después se retrataron sonrientes junto al cadáver.
La mayoría de los análisis que se hacen sobre el desarrollo de nuestra guerrilla son superficiales y muchas veces frívolos. No se ha investigado suficientemente su desarrollo o, sencillamente, se han tomado hechos aislados para combatir la teoría del foco.
A pesar de nuestras limitaciones por la búsqueda constante de Joaquín, lo que nos impedía movilizamos hacia otras zonas más convenientes para que nosotros operáramos, pudimos confirmar que la convivencia con los campesinos lógicamente tendría que ser favorable para nosotros. Ello lo pudimos comprobar en Moroco, un pequeño poblado en las márgenes del río. Allí llegamos el 19 de junio y ocurrieron hechos que es necesario examinar con detención, pues dan un índice de lo que significa la permanencia de las fuerzas guerrilleras entre la población.
Como era natural, al principio la acogida fue fría. Incluso hubo una buena dosis mezcla de curiosidad y desconfianza. Ese mismo día llegaron al poblado tres individuos armados de revólveres y fusiles máuser que dijeron ser comerciantes en chanchos. No hicimos reuniones ni el mitín que se acostumbra en estos casos para informar a los pobladores de nuestros principios y pedirles su incorporación o solidaridad. Sencillamente nos dedicamos a charlar con ellos, pedirles datos sobre caminos, trillos, antecedentes sobre otros vecinos, etcétera. Esta conducta familiar nos permitió captar valiosos amigos y allí se produjo nuestro primer reclutamiento: Paulino, un muchacho campesino que tenía allí su familia y conocía toda la zona. A pesar de su juventud (tenía alrededor de 22 años) estaba afectado por la tuberculosis, producto de la mala alimentación y de la vida miserable que llevaba en esa región.
Al día siguiente se produjo un acontecimiento espectacular. Paulino nos informó que los tres "comerciantes" no eran tales, sino espías que enviaba el ejército para realizar labores de inteligencia. La valiosa información de Paulino, que a su vez la había recibido de su novia, otra muchacha del poblado. nos permitió detenerlos.
Fue una colaboración sumamente importante que nos mostraba las ricas perspectivas que existen cuando el contacto con los campesinos es prolongado. Paulino continuó posteriormente con nosotros y fue enviado a Cochabamba llevando algunos mensajes, los que no llegaron a su destino porque el ejército detuvo al muchacho.
En ese mismo lugar Ché trabajó como dentista y se sacó el cariñoso apodo de
Fernando Sacamuelas.
Nuevamente empezamos a buscar Río Grande y posteriormente la desembocadura del Rosita para llegar a Samaipata, donde pudiera estar Joaquín, ya que Ché le había comunicado que ésta era una zona probable de operaciones. Sorpresivamente el día 10 una escuadra nuestra compuesta por Coco, Ñato, Pacho y Aniceto tuvo un choque con el ejército. El acontecimiento se desarrolló así: los cuatro compañeros llevaban la misión de llegar a la casa de un campesino para buscar alimentos e información, cuando se encontraron inesperadamente con los soldados que avanzaban por las márgenes contrarias del río. Inmediatamente se intercambió un tiroteo nutrido con un inmenso gasto de parque por parte de los nuestros. Posteriormente se retiraron Ñato y Aniceto y luego lo hicieron Coco y Pacho. No tuvimos noticias de bajas en las filas enemigas hasta que dos días después los noticiarios radiales anunciaban que habíamos muerto a un soldado y herido a otro.
Aunque no habíamos sufrido ninguna baja, el ejército, en sus partes oficiales, anunciaba mi muerte y la de otros dos compañeros no identificados. Ésta era una simple maniobra de carácter sicológico para disminuir en parte el impacto de nuestros golpes, el efecto desastroso para ellos que estaba causando en la opinión pública. Por eso, mientras nosotros llegamos de nuevo al Río Grande y luego al Rosita en busca de nuestra retaguardia con la cual habíamos perdido contacto desde hacía casi tres meses, el ejército desviaba una parte de sus recursos a las tareas represivas en las minas. Aunque no nos informamos por las emisoras bolivianas, que estaban censuradas, una radio argentina dio la noticia de la masacre de San Juan en las minas de Siglo XX, con un saldo de 87 víctimas. En esta forma, el gobierno lacayo del gorila Barrientos pretendía acallar el clamor de las peticiones obreras y los signos evidentes de apoyo de este sector hacia nuestra lucha. Esta acción demostraba, indudablemente, la debilidad del régimen. Nosotros adquiríamos más conciencia de que un grupo pequeño de hombres de vanguardia es capaz de destruir los cimientos de una sociedad corrompida en un tiempo infinitamente menor que todo el esfuerzo que emplean los politiqueros en conciliaciones, componendas y reformas sin importancia que frustran finalmente al pueblo.
En esta ocasión el Ché hizo un llamado a los mineros (el comunicado Nº 5) instándoles a unirse a la lucha guerrillera y explicando las verdaderas tácticas de lucha que debe adoptar el pueblo; ese manifiesto fue conocido sólo después de su muerte.
Dos días más tarde, el 26, chocamos nuevamente con el ejército. Estábamos acampados en Piray, en las faldas del río Durán. Ché había ordenado una emboscada mientras otro grupo de compañeros iba a buscar alimentos al pequeño pueblito de Florida. Alrededor de las cuatro y media de la tarde, envió de relevo a Pombo, Arturo, Antonio, Ñato y Tuma, con el objeto de que descansaran Miguel y la gente de la vanguardia. En los momentos de llegar se sintió un fuerte tiroteo. Tendidos en la arena había 4 soldados, aunque no todos estaban muertos. El ejército estaba desplegado al otro lado del río totalmente seco, ocupando buenas posiciones. Ché llegó a ocupar su posición de combate y se situó al lado de Benigno y dio orden de que los compañeros de relevo, que ahora se convertían en refuerzos, se colocaran en el flanco en que estaba Miguel. Sentimos unos gajos quebrarse, por lo que supusimos que el ejército se estaba replegando, un ruido de camión nos indicó que llegaban refuerzos al enemigo. Inmediatamente se inició el tiroteo, que nos sorprendió en una zona sin una buena defensa. Pombo fue herido en un pie con una bala de ametralladora 30. Posteriormente, Ché dio la orden de retirada. Cuando se cumplían estas instrucciones se conoció la noticia de que Tuma había sido herido en el vientre. Rápidamente fue trasladado a una de las casas de Piray, a varios kilómetros de la emboscada. Moro lo anestesió y empezó la operación, pero Tuma o Tumaino, como le decíamos cariñosamente, no alcanzó al término de la intervención. Tenía el hígado destrozado y una serie de perforaciones intestinales.
Ese fue un día de dolor intenso para nosotros. Se perdía uno de los mejores compañeros, el más alegre, un combatiente ejemplar y querido. Sobre él escribió el Ché:
"Con él se me fue un compañero inseparable de todos los últimos años, de una fidelidad a toda prueba y cuya ausencia siento desde ahora casi como la de un hijo. Al caer pidió que se entregara el reloj, y como no lo hicimos para atenderlo se lo quitó y se lo entregó a Arturo. Este gesto revela la voluntad de que fuera entregado al hijo que no conoció, como había hecho yo con los relojes de los compañeros muertos anteriormente. Lo llevaré toda la guerra".
Pombo, que estaba herido, sintió la muerte de Tuma como si fuera el familiar más querido. Se habían prácticamente criado juntos, combatiendo juntos en la guerra de liberación de Cuba, habían participado juntos en el Congo y ahora la muerte los separaba en Piray.
Esa misma tarde se tomaron prisioneros a dos nuevos espías, uno de ellos oficial de carabineros; luego de advertirles cuáles eran las normas de la guerra y de amenazarlos con una sanción severa si se les volvía a sorprender en esa actitud, fueron dejados en libertad, pero en calzoncillos. Por una mala interpretación de una orden del Ché en el sentido de que fueran despojados de todo lo que servía, se les quitó la ropa. Cuando el Ché conoció esta acción se indignó, llamó a los compañeros que la habían realizado y les dijo que a los seres humanos había que tratarlos con dignidad, que no se les debía ocasionar humillaciones ni vejaciones gratuitas. A su lado el cadáver de Tuma.

Un mes plagado de acontecimientos
El mes de julio estuvo jalonado de acontecimientos guerreros, mientras la crisis del gobierno del gorila Barrientos era aguda. Al mismo tiempo teníamos las primeras noticias de Joaquín a través de distintas informaciones radiales que anunciaban combates entre fuerzas guerrilleras y el ejército, lejos del lugar en que estábamos situados nosotros. Por esa razón decidimos dirigirnos a Sarnaipata. Lugar que como habíamos anticipado, estaba acordonado como zona de operaciones con Joaquín. Nuestro plan inmediato era tomar el pueblo incluido eI cuartel de policía, comprar alimentos y medicinas, especialmente las que hacían falta al Ché para eI asma. Primero pasamos por Peña Colorada, una zona muy poblada que nos recibió con poco entusiasmo y luego nos reagrupamos en AÍto de Palermo. Para llegar a Samaipata decidimos apoderarnos de un vehículo adecuado. Paramos varios, pero uno intentó fugarse por lo que nos vimos obligados a dispararle en las gomas. Posteriormente partieron en un camión a cumplir esta misión, Pacho, Coco, Ricardo Julio, Aniceto y Chino.
Nuestra escuadra llegó primero a una pequeña fuente de soda donde tomaron unos refrescos. Dos carabineros que entraron a ver lo que sucedía fueron tomados presos y desarmados.
Más tarde llegó al lugar un teniente de apellido Vacaflor que también fue tomado prisionero. Mientras el Chino, Julio y Aniceto se quedaban custodiando a los dos carabineros presos y cumplían el objetivo de buscar medicina, el resto de la escuadra se dirigió con el teniente al cuartel para tomarlo. El oficial dio la contraseña y la puerta se abrió sin dificultad. Inmediatamente entraron Ricardo, Pacho y Coco capturando a algunos soldados mientras otros hacían resistencia. Incluso uno disparó sobre Pacho, pero Ricardo que estaba atento lo salvó empujándolo. Éste fue el único que presentó combate hasta el último, por lo que fue necesario dispararle, muriendo inmediatamente.
Nuestro botín fue 9 soldados capturados, uno muerto, una ametralladora BZ-30 y cinco máusers. La acción se realizó en presencia de todo el pueblo y una cantidad de viajeros que se encontraban allí de manera que tuvo una repercusión enorme. Los presos fueron dejados en la carretera a un kilómetro del pueblo. Además se compró alimentos y se obtuvieron medicinas, aunque ninguna servía para el asma.
Entre el material que requisamos estaba un mapa con toda nuestra ruta trazada y se preveía una posible salida hacia la carretera. Después de esta operación relámpago nos retiramos. Los días siguientes caminamos en dirección a Florida. En el transcurso de la marcha escuchamos por radio la noticia de dos acciones guerreras: una en el Dorado, entre Samaipata y Río Grande y otra en Iquirá. En ambas se anunciaban que por parte nuestra habían ocurrido bajas. Inmediatamente nos dimos cuenta de que el grupo que estaba combatiendo era el de Joaquín. Paralelamente las emisoras anunciaban una crisis que afectaba la base de sustentación política del gobierno, con el retiro del PRA y del PSD del llamado "Frente de la Revolución" que sostenía al gorila Barrientos. Al mismo tiempo se escucharon unas lastimeras declaraciones de éste rogando que lo dejaran terminar su periodo presidencial. Fue en ese momento cuando Ché dijo, conversando con un grupo de nosotros, que era una lástima que no hubiese cien hombres más en la guerrilla, para acelerar la descomposición del régimen
Al terminar el mes escuchamos noticias de otras dos acciones militares de Joaquín, y al mismo tiempo chocamos dos veces con el ejército. El 27 estábamos preparándonos para buscar un camino que eludiera Moroco donde, según las informaciones que nos habían dado campesinos, había una gran cantidad de soldados cuando Willy anunció que un grupo de soldados estaba entrando en la emboscada que teníamos tendida. En el lugar se situaron Chapaco Willy. León, Arturo, Ricardo, Chino, Eustaquio Aniceto y yo. Los soldados caminaban lentamente y casi con descuido. Hicieron algunas señales y luego dispararon tres tiros de mortero. Como no hubo respuesta siguieron avanzando. Eran solamente ocho porque el resto se había quedado rezagado. Cuando estuvieron cerca disparamos matando a cuatro de ellos El resto huyó por el monte. Inmediatamente organizamos nuestra retirada sin quitarles las armas ni el equipo porque esto significaba arriesgar innecesariamente a hombres nuestros y seguimos. Dos días más tarde volvimos a chocar, pero en condiciones diferentes. Estábamos en las márgenes del Rosita, a una hora de camino de la desembocadura del Suspiro Eran aproximadamente las 4:30 de la mañana (Ché no había dormido en toda la noche afectado por el asma. Miguel estaba despierto para hacer el cambio de posta y Moro calentaba café cuando éste último vio la luz de una linterna en la orilla del río. Moro preguntó:
-Oiga, ¿quién es? Desde la orilla le contestaron:
-Destacamento Trinidad.
Ché oyó todo el diálogo, pues estaba en la improvisada cocina. Inmediatamente nuestros compañeros dispararon. A Moro se le encasquilló el M-2 pero Miguel lo protegió con su Garand. Ché ordenó entonces la formación de una línea de defensa. Los soldados estaban ocultos en un pequeño barranco. Benigno les tiró una granada que cayó en el agua. El ruido de la explosión los asustó de tal manera que corrieron despavoridos. Esto permitió que les disparáramos con facilidad. Miguel que era hombre audaz, llegó hasta donde estaba uno de los soldados heridos, le quitó su M-1, su canana y lo interrogó logrando obtener valiosa información de que eran 21 hombres que se dirigían hacia Abapó y que en Moroco, el lugar que estábamos eludiendo estaban apostados 50 soldados.
En esta emboscada cometimos varios errores. Los caballos que teníamos con nosotros se cargaron con mucha lentitud. Más todo fue un exceso de confianza en nuestra capacidad y en un desprecio por el poder del enemigo.
Un compañero se retrasó probándose un par de botas nuevas. A otro se le cayó la carga de frijoles. Un caballo se espantó y se perdió con un mortero, algunos fusiles, ropa, etc. Así nos cogió la claridad. Los soldados se repusieron de la sorpresa, recibieron refuerzos de Moroco, se reagruparon y nos persiguieron. Cruzamos por un chaco donde estaba la hermana de uno de los campesinos que nos habían ayudado. La mujer con cariño y mucha serenidad a pesar del tiroteo. que era intenso, nos informó que todos los campesinos de Moroco habían sido apresados y conducidos a La Paz. Nos vendió una lata de leche y nos ofreció gallinas. Actuaba con una tranquilidad pasmosa a pesar de que los soldados estaban ya cerca de nosotros y nos disparaban con fuego sostenido.
Al cruzar por uno de los vados, el caballo del Ché resbaló y cayó pero Coco, Julio y Miguel hicieron una línea de defensa para impedir que el ejército concentrara el fuego sobre él. Más tarde resbaló Julio, los soldados gritaban alborozados:
-Lo tumbamos, lo tumbamos.
Nuestro grupo cruzó a todo galope el vado, pero no lo pudo hacer más tarde una parte de la vanguardia (Pacho, Aniceto y Raúl) y la retaguardia, donde estaba Ricardo.
Al cruzar el vado fue herido Ricardo; Pacho y Raúl se lanzaron al rescate. Raúl cayó muerto con un tiro en la boca y Pacho fue herido con un disparo penetrante en las nalgas que le comprometió levemente los testículos. Pacho se parapetó detrás del cuerpo ya sin vida de Raúl y logró silenciar una ametralladora. Arturo y otros compañeros rescataron a Ricardo, le colocaron en una hamaca, pero desgraciadamente el plasma se perdió en la mochila de Willy. A pesar de todos los esfuerzos que hizo el médico, Ricardo murió en la noche.
¡ Dos nuevas bajas!.
Raúl era un compañero muy callado, nunca hacía preguntas, disciplinado, pero en general no se destacaba el resto. El día del combate, sorprendió a todos con su comportamiento temerario y heroico. Su magnífica y necesaria solidaridad con un compañero herido lo llevó a la muerte. El respeto que por él teníamos se acrecentó.
Ricardo o Papi, como cariñosamente le llamábamos todos. fue el hombre que tuvo el peso de la preparación previa del foco guerrillero. Querido por los compañeros bolivianos, respetado por los cubanos y peruanos que estaban combatiendo allí, no podíamos abandonarlo en un momento tan doloroso. Por eso, porque la guerrilla desarrolla hondamente los sentimientos fraternales entre los hombres, hubo actos de arrojo tan maravillosos para salvarlo como los de Raúl, Pacho y otros compañeros.
El mes de agosto fue el mes malo para nosotros. Nuevamente volvimos a las márgenes del Río Grande con la esperanza de encontrar a Joaquín. Las emisoras locales estaban anunciando cada vez con mayor frecuencia encuentros entre guerrilleros que no éramos nosotros y soldados. En este período pasamos mucha hambre y una sed torturante a tal extremo que algunos compañeros tomaron sus orinas para saciarla. Esta acción les provocó una serie de trastornos intestinales. Para peor Moro, nuestro médico, enfermó de lumbago, una afección tan dolorosa que prácticamente lo dejó inmovilizado. Por lo tanto hubo que prestarle a él los mayores cuidados.
Por otra parte afloraron en Camba los primeros síntomas de cobardía y me planteó que quería abandonar la lucha pues "sus condiciones físicas no le permitían seguir". Agregó que no veía mayores perspectivas a la guerrilla. El pretexto de su incapacidad física era falso, pues Camba había demostrado ser un hombre de mucha fortaleza. Simplemente tenía miedo y quería desertar. Las perspectivas negativas de la lucha era otro pretexto vergonzoso. Le comuniqué a Ché esta situación y él conversó con Camba, advirtiéndole que no podía salir hasta que nuestra pequeña columna concluyera la ruta que ya se había dado a conocer. Camba aceptó.
El 26 tuvimos el único choque con el ejército durante ese mes. Teníamos planificada una emboscada en Río Grande; los soldados, que ya mostraban más preparación, se dividieron en dos grupos y tomaron una serie de precauciones que antes habían desestimado, por ejemplo en la escuadra de siete hombres, cinco se colocaron río abajo y dos se dispusieron a cruzar frente a nosotros. Antonio, que estaba frente a la emboscada, se precipitó errando el tiro. Los dos huyeron en busca de refuerzos y los otros cinco corrieron a saltos por la playa. Con Coco le propusimos a Ché que nos dejara ir hasta la otra orilla y tratar de tomar prisioneros a los soldados, pero éstos se parapetaron y nos rechazaron.

En los momentos difíciles, toda la grandeza del Ché
Hubo días duros, tensos, de relajamiento de la moral, en los que se necesitaba una voluntad fuerte y una conducción política firme y respetada. Sin estas últimas condiciones la desintegración de nuestra columna era factible. Allí surgió una vez más, con toda su grandeza, el espíritu del Ché. Su carácter de Jefe íntegro, indiscutido, seguro en el mando, claro en sus concepciones, rápido en sus decisiones, tajante para liquidar cualquier síntoma de descomposición, y decidido a llegar hasta el final en la defensa de sus ideales.
Nunca como entonces tuvo tanto valor su histórico, preciso y categórico llamado a definirse como hombre revolucionario:
"Es uno de los momentos -dijo el 8 de agosto- en que hay que tomar decisiones grandes, este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana, pero también nos permite graduarnos de hombres, los que no puedan alcanzar ninguno de los dos estadios deben decirlo y dejar la lucha".
Los hombres que continuaron la lucha a su lado no sólo acentuaron su cariño y admiración por este jefe excepcional, sino que además se comprometieron, cualesquiera que fueran las circunstancias, a vencer o morir por sus ideales que en estos momentos catalizan a hombres y mujeres de todo el mundo.
Aunque lo ignoramos en ese momento y sólo nos dimos cuenta días más tarde, todo el resto del grupo de Joaquín cayó en la emboscada del Vado del Yeso, el 31 de agosto. delatados en forma miserable por el campesino Honorato Rojas. El ejército esperó pacientemente que Rojas los llevara hasta la trampa y cuando estaban vadeando el río, los asesinaron por la espalda. Allí se extinguió heroicamente la vida de Tania, la mujer guiada por sus ideales revolucionarios y la admiración que tenía por el Ché; trabajó pacientemente dos años en Bolivia preparando el terreno para nuestro trabajo final y luego empuñó el fusil para luchar por la libertad de nuestro pueblo. Tania con la leyenda de mitos y realidades que mundialmente han tejido en torno a ella entró en la historia continental como una heroína.
La muerte de Joaquín y de nuestra retaguardia que en sí era sólo una escuadra sin capacidad combativa por la forma en que estaba integrada, con la cual operamos solo un mes y estuvimos separados cuatro meses, fue un golpe de suerte para el ejército. Uno o dos días antes de la emboscada, nosotros con el Ché a la cabeza, llegamos hasta uno da los lugares donde había acampado este compañero. Las huellas estaban frescas aún.
Los antecedentes que hemos reunido más tarde nos permiten conocer que Joaquín y su escuadra sufrieron indecibles penurias, hambre, angustia, nos buscaron tanto como nosotros a ellos. Sin embargo nunca desmayaron, su moral se mantuvo alta, decididos a morir por nuestros ideales antes que entregarse, fieles a la consigna creada por el Ché de ¡VICTORIA O MUERTE!
Aunque sólo teníamos 22 hombres, uno de los cuales -el médico- estaba en malas condiciones, Camba era un desertor que estaba aterrorizado y sólo nos acompañaba por la fuerza de las circunstancias, y León nada nos había dicho que estaba "rajado", nuestro pequeño ejército se hacía respetar, mantenía su actitud agresiva y estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.
El Ché nuevamente reinició con fuerza su educación sobro nuestro grupo, especialmente para mejorar algunas debilidades que se estaban notando. Sus charlas, retos, o "descargas", como él las llamaba, tenían a veces el carácter de consejo de padre a hijo y en otras era enérgico y duro, como correspondía a las circunstancias. También sabía ser tierno, especialmente cuando se acordaba de su familia o de los compañeros que formaron parte de su vida militar como Tuma o Rolando. Un día, recordándose de sus hijos, nos contó con un sentimiento de cariño y nostalgia la última conversación que habla sostenido con su hija Celita. Próximo a partir definitivamente de Cuba, fue a su casa para ver por última vez a los niños y despedirse de ellos. Como es natural iba caracterizado de Ramón, el hombre maduro con facha de comerciante que recorría buena parte del mundo burlando la vigilancia de la CIA. Su disfraz era tan bueno que no lo reconoció ni la posta que estaba en su casa ni su hija. Ché la tomó en sus brazos, después la sentó en las piernas y le acarició la mano. La niñita le dijo a Aleida, su esposa, que presenciaba la escena:
-¡Mamá, este viejuco me quiere enamorar!
Ché no demostraba dolor cuando contaba esta anécdota, aunque su voz denotaba una gran ternura. Nosotros comprendíamos cuánto significaba para él esa frase de su hija querida, a la que ni siquiera le podía dar un adiós como lo hace cualquier padre en una situación similar.
La misma ternura demostraba para los compañeros guerrilleros y éstos retribuían su afecto y admiración sin dobleces, como una entrega total. Precisamente por esos días, Ché se había autocastigado como ayudante de cocina porque se le había mojado el fusil al cruzar un vado. Al cruzar de nuevo el Río Grande se le perdieron los zapatos. Inmediatamente el Ñato, que era hombre que resolvía todos los problemas menudos que se presentaban, le fabricó un par de abarcas de cuero, enteramente cerradas. Estos zapatos caseros fueron los que despertaron curiosidad y comentarios el día de su muerte en el Yuro y luego en Vallegrande.
Así impidió el Ñato que Ché caminara descalzo. Cualquiera de nosotros le hubiera dado los zapatos, pero estoy seguro de que el Ché habría rechazado violentamente este gesto. A su vez Ché retribuía este afecto con una serie de actitudes que nosotros valorábamos. Por ejemplo, el 17 de setiembre en los días en que teníamos menos comida y nuestra situación no era buena, ordenó cocinar arroz, un plato de lujo, para celebrar el 22 cumpleaños de Pablito, compañero de gran valor y el más joven de todos los guerrilleros. Igualmente había celebrado el cumpleaños de Benigno el 6 de setiembre.
IX) la emboscada de la Higuera
Setiembre fue un mes de combates, de pérdidas humanas valiosas, de largas caminatas y privaciones, de promisorios contactos con los campesinos, de altibajos en la moral de la tropa y en el que se empieza a vislumbrar la pérdida definitiva de Joaquín y su grupo.
El 2 fue nuestra primera escaramuza, que pudo tener un saldo netamente favorable para nosotros si no ocurre un hecho que relataremos sólo con el objeto de trasmitir experiencias que pueden servir en el futuro.
Chino estaba de posta con Pombo cuando vio un soldado a caballo. En lugar de disparar, gritó: ¡Un soldado!. Naturalmente el soldado fue alertado disparando en forma instantánea hacia el lugar de donde había surgido el grito. Mientras Chino manipulaba su arma, Pombo fue más rápido y tiró varios disparos matando al caballo. El soldado huyó. Al día siguiente una escuadra nuestra integrada por Benigno, Pablito, Coco, Julio, León y yo chocó con unos 40 soldados en el Masicurí, en la casa de un latifundista.
El encuentro ocurrió sorpresivamente. Estábamos discutiendo con el encargado de la casa y la mujer de éste cuando aparecieron los soldados. Al vernos se replegaron y tendieron un semi-cerco. Inmediatamente empezaron a dispararnos. Les replicamos con fuego sostenido y por lo menos vimos caer a uno de ellos. Sin embargo no pudimos llevar alimentos y nos retiramos.
El día 6 -cumpleaños de Benigno- hubo otra escaramuza. Una patrulla casi nos sorprende por descuido de la vanguardia, pero después de un breve tiroteo no pasó nada y nos fuimos tranquilamente.
Los días siguientes fueron de caminatas constantes en las que observamos que la enfermedad de Moro, nuestro médico, se agravaba constantemente y sufría de intensos dolores. Ché lo cuidaba con dedicación y se esmeraba en crearle las mejores condiciones para aliviar, aunque fuera levemente, su mal. Por otra parte él mismo era aquejado por nuevos ataques de asma y carecía de medicinas para controlarlos.
El 22 de setiembre llegamos a Alto Seco, un villorrio de unas 50 casas modestas con pésimas condiciones de higiene. Sin embargo el pueblito tiene cierta importancia. En el centro hay una plazuela, una iglesia y una escuela; también tiene un camino de tierra por el cual pueden llegar algunos vehículos motorizados. Inmediatamente supimos que el Corregidor había acudido presuroso a Valle Grande a dar cuenta al ejército de nuestra presencia.
La reacción de la población fue interesante. Los habitantes no se retiraron del lugar. Lentamente se fueron acercando a nosotros, con gran desconfianza. Su temor, porque existía temor, no era a los guerrilleros propiamente, sino a la perspectiva de que se combatiera en el pueblo o las represalias que pudiera tomar el ejército contra sus habitantes.
Es preciso destacar que por primera vez se realizó un mitin en el local de la escuela a la que acudieron asombrados campesinos que guardaron silencio y escucharon con atención. El primero en hablar fui yo. Expliqué cuales eran nuestros objetivos, les recalqué sus duras condiciones de vida, el significado de nuestra lucha y su importancia para el pueblo, ya que de nuestro triunfo dependía que la suerte de ellos cambiara positivamente. Por primera vez habló también a los habitantes del lugar el Ché, aunque nadie lo reconoció. Ché explicó el abandono en que permanecía el pueblo, la explotación de que eran víctimas los campesinos del lugar, y dio varios ejemplos. Entre ellos destacó que Alto Seco sólo tenía un pozo antihigiénico para abastecer de agua a los vecinos. "Acuérdense -les dijo- que después de nuestro paso por aquí recién se acordarán las autoridades de que ustedes existen. Entonces les ofrecerán construir algún policlínico, o mejorar algunos aspectos. Pero ese ofrecimiento se deberá única y exclusivamente a la presencia nuestra en esta zona y, si alguna obra realizan, ustedes sentirán, aunque indirectamente, el efecto beneficioso de nuestra guerrilla".
Éste fue el único mitin que realizamos en toda la guerra; nuestra propaganda en el campo la dieron nuestros exitosos combates; el trato permanente entre guerrilleros y campesinos hace el resto.
En los días siguientes recorrimos Santa Elena y Loma Larga hasta llegar a Pujío, el 25. Nuevamente la curiosidad y desconfianza al principio, para luego recibir un trato cordial. La gente se nos acercó hasta tomar confianza con nosotros.
Dos hechos caracterizaban nuestra situación:
-Moro seguía mal y estaba muy débil.
-Camba estaba francamente "rajado". En esta oportunidad el Ché y yo hablamos con él para decirle que esa misma noche se afeitara, cambiara de ropa, para que luego pudiera buscar una salida sin que lo detectara el ejército. Camba dijo que todavía no era necesario, y que seguiría con la columna hasta que cambiara de rumbo con el objeto de que él pudiera llegar con relativa facilidad a Santa Cruz.
Eso noche dormimos a la vera del camino.
El camino entre Pujío y Picacho realizado en la madrugada del 26 lo hicimos sin inconveniente. La población nos trató bastante bien. Incluso dos viejitas campesinas invitaron a Julio y Coco a dormir en la casa y les regalaron varios huevos. Por razones obvias de seguridad ambos compañeros no aceptaron tan acogedor y generoso ofrecimiento. Estos actos de solidaridad, indudablemente, confortaban. Demuestran también que eI campesino no es tan impermeable en su trato con el guerrillero y que con una labor regularmente sostenida, es fácil captarlo y movilizarlo como auxiliar importante en las tareas combativas hasta su total integración.
Muy temprano llegamos a Picacho. La población estaba de fiesta y nos trató bastante bien. Nos invitaron chicha y algunos bocados; menudearon los abrazos para despedimos; el Chapaco dijo algunas palabras en un brindis.
Decidimos seguir la marcha. Nuestro próximo punto era La Higuera. Como era de esperarlo, nuestra presencia estaba totalmente detectada. Coco se incautó de un telegrama que había en casa del telegrafista donde el sub-prefecto de Valle Grande comunicaba al corregidor de ese lugar la presencia de fuerzas guerrilleras en la zona.
Pocos minutos mas tarde se libraría el más negativo de nuestros combates.
Durante los últimos días la enfermedad de Moro había recrudecido. El 26 su salud continuaba siendo mala, y ésta era otra de las preocupaciones más serias del Ché. Tal vez era la presión más grave, puesto que las noticias de las emisoras sobre Joaquín, aunque todavía fragmentarias, permitían suponer que el grupo estaba definitivamente perdido. Ello significaba que terminaba la búsqueda en círculo y que la columna se desplazaría hacia otra zona de operaciones.
A las 13 horas de ese día salió la vanguardia para tratar de llegar a Jaguay. Después de media hora cuando el centro y la retaguardia se aprestaron para alcanzarlos se escuchó nutrido fuego a la entrada de La Higuera.
Ché organizó inmediatamente la defensa del poblado para esperar a la vanguardia. Nadie dudó en ese instante que los nuestros habían caído en una emboscada por eso esperamos nerviosos y tensos las primeras noticias.
El primero en regresar fue Benigno, con un hombro atravesado por una bala, la misma que había matado a Coco. Luego lo hicieron Aniceto y Pablito, este último con un pie dislocado. También habían muerto en la emboscada Julio y Miguel.
El combate fue ligero y desigual. El ejército, con un gran poder de fuego y un número aplastante de hombres, había atacado sorpresivamente a nuestros combatientes en una zona sin ninguna defensa natural, totalmente desprovista de vegetación, podían dominar desde el firme en que se encontraban una vasta extensión de terreno con armas de grueso calibre.
Miguel fue muerto casi instantáneamente, Coco quedó mal herido. El resto de los compañeros peleó heroicamente tratando de rescatarlo, dando una hermosa prueba de solidaridad. Cuando Benigno arrastraba su cuerpo sangrante, una ráfaga de ametralladora lo remató y una de las balas hirió a Benigno, otro rafagazo mató a Julio.
Coco y yo éramos -si así cabe decirlo- más que hermanos. Camaradas inseparables de muchas aventuras, juntos militamos en el Partido Comunista, juntos sentimos el peso de la represión policial en muchas oportunidades y compartimos la cárcel, juntos trabajamos en Tipuani, juntos recorrimos el Mamoré, aprendimos agricultura y pasamos largas jornadas cazando caimanes, juntos ingresamos a la guerrilla. En esta nueva aventura no lo veré a mi lado pero siento su presencia, exigiéndome cada vez más.
Un día, conversando en el monte a propósito de la muerte de Ricardo, que produjo un fuerte impacto en su hermano Arturo, Coco me dijo:
-No quisiera verte muerto, no sé cómo me comportaría. Afortunadamente creo que si alguien muere primero, ése seré yo ... .
Coco era un hombre muy generoso, capaz de emocionarse y llorar como un hombre por un ser querido, como lo hizo el día que murió Ricardo.
Yo no lo vi morir. Tampoco derramé una lágrima, por una cuestión de carácter, me cuesta mucho llorar. Pero no por eso el dolor, el sentimiento y el afecto por un hombre tan querido es menos intenso. Coco, Julio y Miguel, compañeros de jornadas heroicas, alcanzaron el escalón más alto de la especie humana y se graduaron de hombres y de guerrilleros, como lo hicieron antes Joaquín, Tania, Rolando, Marcos, Tuma, Rubio, Aniceto y tantos otros compañeros queridos.
Por eso el Ché que no era partidario de prodigar elogios, dijo de ellos:
"Nuestras bajas han sido muy grandes esta vez; la pérdida más sensible es la de Coco, pero Miguel y Julio eran magníficos luchadores y el valor humano de los tres era imponderable".
X) el Yuro
La emboscada de La Higuera marcó una nueva etapa, angustiosa y difícil para nosotros. Habíamos perdido tres hombres y, prácticamente, no teníamos vanguardia. El médico seguía mal y la columna estaba reducida a sólo 17 guerrilleros desnutridos por la prolongada carencia de proteínas, lo que naturalmente influía en la capacidad combativa. Definido ya el problema de Joaquín, los próximos pasos del Ché se orientaban a buscar otra zona de operaciones donde el terreno nos fuera más favorable. Teníamos necesidad inmediata de contactamos con la ciudad, para solucionar problemas logísticos y recibir refuerzos humanos, puesto que nuestras fuerzas se habían desgastado, sin que hubiésemos podido reemplazar a los hombres que habían caído. Sin embargo era previo romper dos cercos, uno que estaba rondando casi en nuestras propias narices y el otro que había dispuesto el ejército y que habíamos conocido a través de filtraciones periodísticas dadas a conocer por emisoras argentinas y chilenas. Para nadie era un misterio que nuestra presencia estaba claramente detectada y así lo anunciaban también las informaciones de carácter internacional, aunque las emisoras locales, silenciadas por el régimen, daban solamente una información muy general.
Entre el 27 de setiembre y el 1º de octubre permanecimos ocultos, aunque algunos compañeros realizaban exploraciones para buscar una salida adecuada por los "firmes", que nos permitiera eludir las fuerzas enemigas. Nuestra ración se redujo considerablemente y sólo consistía en tres cuartos de una pequeña lata de sardinas, y una cantimplora de agua para todo el día. Para peor el agua era amarga. Pero no había más y la mandábamos a buscar en la noche o cuando aún estaba oscuro en la madrugada. Dos compañeros cargaban todas las cantimploras, bajaban tomando toda clase de precauciones y borraban los rastros.
Hasta el día 30 los soldados, en gran cantidad y perfectamente equipados, pasaban frente a nosotros sin detectarnos. El 1º de octubre empezamos a movernos con un poco más de rapidez y después de varios días de privaciones comimos unas frituras que cocinó Chapaco y Ché ordenó que se repartiera un poco de charqui frito. Para que el fuego no fuera detectado por los soldados lo protegimos con frazadas.
Las emisoras por otra parte empezaron a dar mayores informaciones, entre las cuales resaltaban las delaciones de Camba y León, que habían desertado el 26, y los cambios de los puestos de avanzada del Estado Mayor del Ejército. Nuestras caminatas se realizaban extremando las precauciones, aunque a veces pasábamos por lugares algo poblados a plena luz del día. Así llegamos al 8 de octubre.
La tarde anterior habíamos cumplido 11 meses desde que el Ché ingresó al monte en Bolivia y hasta ese momento el balance no era precisamente desfavorable a nosotros. El ejército sólo había dado un golpe grave, el de La Higuera, que por otra parte fue casual. Todo lo demás era un saldo positivo puesto que, a pesar de lo reducido de nuestras fuerzas, habíamos capturado cerca de un centenar de soldados, incluyendo oficiales de alta graduación, habíamos puesto fuera de combate a otra gran cantidad de enemigos y nos habíamos incautado de diversas armas y mucho parque.
Era imprescindible, como nueva fase táctica, romper el cerco para llegar a la nueva zona de operaciones, donde podríamos dar combate imponiendo nuestras condiciones al enemigo, y al mismo tiempo contactarnos con la ciudad, cuestión importante en este período para reforzar nuestra columna.
Cualquiera que lea el Diario del Ché, aunque éstos sólo son apuntes de tipo personal donde se reflejan más los problemas negativos (aspectos negativos) con el objeto de analizarlos para corregirlos más tarde, se podrá dar cuenta de que en ningún momento se denotaba desesperación o pérdida de fe, a pesar de los muchos momentos angustiosos por los que pasamos. Por eso, al resumir los 11 meses de operaciones Ché sintetiza su pensamiento diciendo que han pasado "sin complicaciones, bucólicamente".
La madrugada del 8 de octubre fue fría.
Los que teníamos chamarra nos la colocamos. Nuestra marcha era lenta porque el Chino caminaba muy mal de noche y porque la enfermedad de Moro se acentuaba. A las dos de la mañana paramos a descansar y reanudamos nuestra caminata a las cuatro. Eramos 17 figuras silenciosas que avanzábamos mimetizándonos en la oscuridad por un cañón angosto llamado el Yuro.
La mañana se descargó con un sol hermoso que nos permitió observar cuidadosamente el terreno. Buscábamos una cresta para dirigimos luego al río San Lorenzo.
Las medidas de seguridad se extremaron, especialmente porque la garganta y los cerros eran semipelados, con arbustos muy bajos, lo que hacía casi imposible ocultarse.
Ché decidió entonces enviar tres parejas de exploradores: una por el cerro hacia la derecha, integrada por Benigno y Pacho; otra por el cerro hacia la izquierda, integrada por Urbano y otro compañero, y la tercera hacia adelante, a cargo de Aniceto y Darío. Pronto regresaron Benigno y Pacho, la información no resistía duda: los soldados estaban cerrando el paso. El problema era saber si nos habían detectado o no. ¿Qué perspectiva nos quedaba?
No podíamos volver atrás; el camino que habíamos hecho, muy descubierto, nos convertía en presas fáciles de los soldados. Tampoco podíamos avanzar, porque eso significaba caminar derecho a las posiciones de los soldados. Ché tomó la única resolución que cabía en ese momento. Dio orden de ocultarse en un pequeño cañón lateral y organizó la toma de posiciones. Eran aproximadamente las 8 y 30 de la mañana. Los 17 hombres estábamos sentados al centro a ambos lados del cañón, esperando. El gran dilema del Ché y de nosotros era saber si el ejército había descubierto nuestra presencia o si sus posiciones eran simplemente una maniobra táctica que correspondía al cerco que nos estaba tendiendo desde hacía varios días.
Ché hizo un análisis rápido: si los soldados nos atacaban entre las 10 de la mañana y la 1 de la tarde estábamos en profunda desventaja y nuestras posibilidades eran mínimas, puesto que era muy difícil resistir un tiempo prolongado. Si nos atacaban entre la 1 y las 3 de la tarde teníamos más posibilidades de neutralizarlo. Si el combate se producía de las 3 de la tarde hacia adelante las mayores posibilidades eran nuestras, puesto que la noche caería pronto y la noche es la compañera y aliada del guerrillero.
A las 11 de la mañana aproximadamente fui a reemplazar a Benigno a su posición, pero éste no bajó y se quedó ahí tendido, porque la herida en el hombro le había supurado y le dolía mucho. Definitivamente nos quedaríamos allí Benigno, Darío y yo. En el otro extremo de la quebrada estaban Pombo y Urbano, y en el centro el Ché con el resto de los combatientes.
Aproximadamente a las 13 y 30 Ché envió al Ñato y Aniceto a reemplazar a Pombo y Urbano. Para cruzar hacia esa posición debíamos atravesar un claro que era dominado por el enemigo. El primero en intentarlo fue Aniceto, pero una bala lo mató.
La batalla había comenzado. Teníamos la salida cerrada. Loa soldados gritaban: -Cayó uno, cayó uno... En la misma garganta estrecha, en una posición que ocupaban los soldados, se escuchaba el tableteo regular de ametralladoras que, al parecer, estaban cubriendo el camino por el que habíamos venido la noche anterior.
La posición nuestra quedaba frente a una fracción del ejército y a la misma altura, de manera que podíamos observar sus maniobras sin que ellos nos detectaran. Por eso sólo tirábamos cuando ellos hacían fuego, para no delatarnos. Por su parte el ejército creía que los disparos nuestros sólo partían desde abajo, o sea, desde la posición en que se encontraba el Ché.
La situación más difícil era la de Pombo y Urbano. Ocultos detrás de una roca recibían fuego ininterrumpidamente. No podían salir de allí porque al cruzar el claro podían liquidarlos con suma facilidad, como lo hicieron con Aniceto. Con el objeto de obligarlos a salir de esa trinchera natural el enemigo les disparó un granadazo; la explosión levantó una gran polvareda que aprovecharon Pombo y Urbano. Con una velocidad impresionante traspasaron el claro mientras los soldados disparaban al bulto y gritaban agresivamente. Ambos cayeron justamente en el lugar en que estaba Ñato esperando.
Los tres intentaron salir por un camino de retirada que nos había indicado previamente el Ché para llegar a un lugar de reunión anteriormente acordado. Sin embargo lograron vernos y captaron nuestras señas de que se quedaran donde estaban.
La batalla continuó sin interrupciones. Disparábamos sólo cuando ellos hacían fuego para no delatarnos y para ahorrar parque. Desde el lugar en que estábamos ubicados dejamos fuera de combate a varios soldados
Anochecía cuando bajamos a juntarnos con Pombo, Urbano y Ñato, y a buscar nuestras mochilas Ya estábamos actuando en nuestro medio. Preguntamos a Pombo -¿Y Fernando? -Nosotros creíamos que estaba con ustedes, nos respondieron.
Cargamos nuestras mochilas y nos dirigimos presurosos al lugar de contacto. En el camino encontramos botados algunos alimentos, entre ellos harina, lo que nos llamó profundamente la atención, porque el Ché jamás permitió que se botara alimento, cuando hubo necesidad de hacerlo, la carga se ocultó cuidadosamente Más adelante encontré el plato del Ché, bastante pisoteado. Lo reconocí inmediatamente porque era una vasija honda de aluminio bastante característica Lo recogí y lo guardé en mi mochila.
Los últimos rastros del Ché
No encontramos a nadie en el lugar de reunión aunque reconocimos las huellas de pisadas y las abarcas del Ché, que dejaba una marcha bastante diferente a las demás y por lo mismo era fácilmente identificable Pero esta huella se perdía mas adelante.
Supusimos que el Ché y el resto de lo gente se había dirigido hacia el río San Lorenzo como estaba previsto, con el objeto de ir internándose en el monte, lejos del alcance del ejército, hasta alcanzar la nueva zona de operaciones
Esa noche caminamos los seis (Pombo, Benigno, Ñato, Daño, Urbano y yo) con una carga más liviana
En el fondo de la quebrada habíamos botado algunas cosas que nos parecían innecesarias para aligerarnos y marchar más rápido
Mi mochila estaba abierta y faltaba la radio, es indudable que el que la sacó fue el Ché antes de retirarse, y era natural. Hombre sereno, previsor, jamás organizaba una retirada sin planificar desesperadamente. Por el contrario, en estos momentos de grandes decisiones su figura de jefe y conductor militar y político se agigantaba. Por eso es obvio que la radio la sacó para escuchar las noticias, ya que la información pasa a constituir un elemento muy importante en el monte.
Marchamos con sigilo. Ninguno ocultaba su inmensa preocupación por la suerte del Ché y el resto de los compañeros.
Después de perder el rastro de nuestra gente volvimos a caer en La Higuera, lugar que nos traía recuerdos dolorosos que aun no se habían borrado. Nos sentamos casi frente a la escuela del lugar. Los perros ladraban con persistencia pero no sabíamos si era delatando nuestra presencia o estimulados por los cantos y gritos de los soldados que esa noche se emborracharon eufóricos.
¡Jamás nos imaginamos que a tan corta distancia de nosotros aún estaba allí herido, pero con vida, nuestro querido Comandante!
Con el transcurso del tiempo hemos pensado que tal vez, si lo hubiésemos sabido, habríamos tratado de hacer una acción desesperada por salvarlo, aun cuando eso nos significase morir en la empresa.
Pero esa noche tensa y angustiosa, ignorábamos absolutamente lo que había sucedido, y en voz baja nos preguntábamos si quizás otro compañero, además de Aniceto, había muerto en el combate.
Seguimos caminando, bordeando La Higuera sin alejarnos mucho y al amanecer, con las primeras luces del día, nos ocultamos en un lugar del monte muy poco denso Habíamos decidido caminar solamente de noche de manera que el día era de vigilancia rigurosa.
El día 9 fue tranquilo. Dos veces vimos pasar un helicóptero, eI mismo que en esos instantes llevaba el cadáver aun tibio del Ché, asesinado cobardemente por orden de la CIA y de los gorilas Barrientos y Ovando, pero nosotros no sabíamos nada.
No teníamos más comunicación con el exterior que un pequeño aparato de radio que era de Coco, pero ahora lo cargaba Benigno. Esa tarde Benigno escuchó una información confusa. Una emisora local anunciaba que el ejército había capturado gravemente herido a un guerrillero que, al parecer, era el Ché. Desestimamos inmediatamente esta posibilidad, puesto que si lo hubiese sido, pensábamos, habrían hecho un gran escándalo, pensamos que el herido podría ser Pacho y la confusión derivaba de algún parecido que podría haber entre ambos.
Esa noche caminamos por quebradas infernales, riscos filudos y empinados, que ni las cabras habían escogido. Pero Urbano y Benigno, con su sentido de orientación extraordinario y una decisión inquebrantable, nos guiaban sacándonos lentamente del cerco.
Avanzamos poco. El día 10 nos sorprendió en un lugar aun cercano a La Higuera y comentamos alegremente que el agua que estábamos tomando era la misma que más abajo tomaban los soldados. Otra vez estábamos esperando la noche para alcanzar el Abra del Picacho por donde pensábamos romper el cerco.
Aproximadamente a la una de la tarde, Urbano escuchó una noticia que nos dejó helados: las emisoras anunciaban la muerte del Ché y daban su descripción física y su indumentaria. No había posibilidad de equivocarse, porque señalaban entre su indumentaria las abarcas que le había hecho el Ñato, una chamarra que era de Tuma y que el Ché se ponía para abrigarse en las noches, y otros detalles que nosotros conocíamos perfectamente.
Un dolor profundo nos enmudeció;
Ché, nuestro jefe, camarada y amigo, guerrillero heroico, hombre de ideas excepcionales, estaba muerto. La noticia horrenda y lacerante, nos producía angustia
Permanecimos callados, con los puños apretados, como si temiéramos estallar en llanto ante la primera palabra. Miré a Pombo, por su rostro resbalaban lágrimas.
Cuatro horas más tarde el silencio fue roto Pombo y yo conversamos brevemente. La misma noche de la emboscada del Yuro los seis nos habíamos puesto de acuerdo para que él asumiera el mando de nuestro grupo hasta que encontráramos al Ché y al resto de nuestros compañeros. Era preciso, en este instante tan especial, tomar una decisión que honrara la memoria de nuestro querido jefe. Intercambiamos algunas opiniones y luego, ambos nos dirigimos a nuestros compañeros. Es difícil reflejar exactamentete, en los menores detalles, un momento saturado de tantas emociones, de sentimientos tan profundos, de dolor intenso y de deseo de gritar a los revolucionarios que todo no estaba perdido, que la muerte del Ché no se convertía en panteón de sus ideas, que la guerra no habla terminado.
¿Cómo describir cada uno de los rostros? ¿Cómo reproducir fielmente cada una de las palabras, de los gestos, de las reacciones, en aquella soledad impresionante, bajo la amenaza siempre permanente de una fuerza militar canibalesca que nos buscaba para asesinarnos y ofrecía recompensa por nuestra captura ''vivos o muertos"?
Sólo recuerdo que con una sinceridad muy grande y unos deseos inmensos de sobrevivir, juramos continuar la lucha, combatir hasta la muerte o salir a la ciudad, donde nuevamente reiniciaríamos la tarea de reestructurar el Ejército del Ché para regresar a las montañas a seguir combatiendo como guerrilleros.
Con voces firmes pero cargadas de sentimiento, esa tarde surgió nuestro juramento, el mismo que ahora cientos de hombres de muchas partes del mundo han hecho suyo, para plasmar en la realidad el sueño del Ché.
Por eso en la tarde del 10 de octubre Ñato, Pombo, Darío, Benigno, Urbano y yo dijimos en la selva boliviana.
"Ché:
TUS IDEAS NO HAN MUERTO, NOSOTROS, LOS QUE COMBATIMOS A TU LADO, JURAMOS CONTINUAR LA LUCHA HASTA LA MUERTE O LA VICTORIA FINAL. TUS BANDERAS, QUE SON LAS NUESTRAS, NO SERÁN ARRIADAS JAMÁS.
¡VICTORIA O MUERTE!"

XI) la ruptura del cerco
¿Por qué sobrevivimos a los cercos que se nos tendiera después del Yuro, con fuerzas inmensamente superiores a nosotros en número y armamento?
Muchos pueden pensar que sólo se deba a ese factor primario que se llama "instinto de conservación" o al ansia de continuar viviendo. Creo sinceramente que no fue sólo eso.
Es cierto que queríamos continuar viviendo, pero eso no era todo. Esencialmente éramos agresivos y estábamos dispuestos a dar combate en cualquier circunstancia, como lo hicimos siempre.
¿Era imposible, entonces, romper el apretado cerco enemigo y regresar a la ciudad en busca de contactos para continuar la lucha?
La tarde del 10 de octubre, después que juramos no desertar jamás del proceso revolucionario, planificamos la ruptura del cerco y decidimos buscar al resto de los sobrevivientes. Por la radio nos informamos que el ejército sabía que sólo quedábamos con vida 10 guerrilleros; nuestro grupo integrado por los seis ya mencionados y otro, cuya dirección de marcha no conocíamos, pero suponíamos que era la misma que la de nosotros, integrado por Chapaco, Moro, Eustaquio y Pablito. En la identificación nuestra y en el dato del número exacto de los que quedábamos, colaboraron los desertores Camba y León. Ya nos habíamos dado cuenta de la forma en que se extendía el cerco enemigo, sus características y la forma en que procedían los soldados. Por eso decidimos romperlo por la parte más abrupta. Infortunadamente el día 11 fueron muertos en la desembocadura del río Mizque los compañeros Moro, Pablito, Eustaquio y Chapaco. Seguramente habían tomado la misma decisión nuestra, de no entregarse jamás, y murieron combatiendo dignamente. Ellos habían escogido un rumbo contrario al nuestro (al sur), seguramente buscando también la ciudad. Sólo quedábamos nosotros.
Estábamos en malas condiciones físicas. Habíamos comido poco y realizado un gran esfuerzo en los días anteriores, al margen de que las grandes tensiones también habían hecho efecto sobre nuestro organismo.
Volvimos a aligerar la carga. Ñato, que llevaba todo el instrumental médico, lo enterró, pues en el futuro no nos serviría, y convirtió en olla la caja metálica que antes servía para esterilizar. La sopa de harina que cocinamos después de tantos días de privaciones sólo sirvió para "engañar las tripas", pero no reparó nuestras fuerzas.
Al comenzar la madrugada del 12 de octubre empezamos a marchar en dirección a un sector del cerco. A las 3 de la mañana cruzamos el camino de La Higuera al Abra del Picacho, el mismo que ya antes habíamos hecho con el Ché. Todo estaba silencioso. Cuando clareó ya estábamos al otro lado del Abra. Caímos cerca de una choza y decidimos llegar hasta allí para preguntar a sus moradores la ubicación exacta del lugar, reorientarnos, tratar de abastecernos de alimentos y continuar. Buscamos a los campesinos pero no encontramos a nadie. Quedarse en la choza era demasiado peligroso, por lo que estimamos más conveniente ocultarnos en los espinales que rodeaban la casa.
Dos hechos, totalmente antagónicos, marcaron el transcurso del día. Un muchacho de unos 12 años, muy despierto, nos identificó el lugar exacto donde estábamos, nos indicó la dirección del río, nos prestó una olla para cocinar y empezó a ordeñar una vaca para darnos leche. Desgraciadamente un campesino que pasaba por el lugar nos vio y corrió hacia el Abra a denunciarnos a los soldados que en buen número se encontraban concentrados allí como parte del cerco estratégico que habían tendido alrededor de nuestra mermada columna. Por nuestra debilidad física no pudimos darle alcance. Tampoco quisimos dispararle, precisamente porque se trataba de un campesino.
En esta emergencia nos vimos obligados a partir Inmediatamente, sin cocinar y sin esperar la leche. Caminábamos bordeando un arroyo muy encajonado que desemboca en el río San Lorenzo, cuando Urbano, que caminaba a la vanguardia, vio a los soldados que ya habían tomado posiciones. Provistos de todos los recursos técnicos se nos habían adelantado, y allí estaban esperándonos.
Urbano, de reflejos rápidos disparó instantáneamente. Los soldados replicaron al fuego.
Ésta fue la última vez que cargamos las mochilas; obligados por las circunstancias a eludir con rapidez al enemigo, sacamos sólo la ración de azúcar y nuestras respectivas chamarras. El resto lo botamos.
Subimos por una empinada ladera, muy abrupta y peligrosa, para caer al otro lado del arroyo. Como ésa es una zona que sólo tiene árboles en las quebradas, nos veíamos en la obligación de salir de cualquier manera para ubicar un lugar mejor.
Nos arrastramos hasta llegar a una especie de “isla” de monte, con una superficie aproximada de 50 metros cuadrados. La situación era relativamente peor que la anterior, porque el pequeño campo estaba rodeado por pampas abiertas donde los soldados podían matarnos fácilmente. Nos ocultamos y guardamos silencio, esperando que no nos hubiesen detectado hasta que cayera la noche para salir.
Algunos campesinos comenzaron a rondar la zona El ejército nos empezó a cercar. Aproximadamente a las 16 y 30 horas del 12 de octubre, un círculo compacto de soldados estrechaba sus posiciones en torno a la isla". Era la mejor oportunidad para eliminarnos, pero la ultima palabra no estaba dicha.
Los seis compañeros resolvimos agruparnos en la parte más alta del pequeño bosque y responder al fuego enemigo solo cuando estuviéramos seguros de dar en el objetivo. Los soldados empezaron a disparar, a insultarnos y a exigirnos la rendición. Nosotros nos manteníamos en silencio, atentos a las maniobras que ellos estaban realizando.
Fueron momentos sumamente difíciles. Pensábamos que había llegado nuestro último momento, de manera que nos preparamos para caer dignamente. En uno de esos instantes propuse enterrar el dinero que nos quedaba y los relojes para que no cayeran en poder de los soldados, pero Pombo. con mucha seguridad, afirmó que el cerco se podía romper en la noche. Todos seguimos entonces con nuestras respectivas pertenencias.
El silencio desconcertó al ejército. Algunos soldados, reflejando su miedo, gritaban:
-Aquí no hay nadie, vámonos.
Otros nos insultaban. Pronto se inició una nueva operación. Grupos de soldados empezaron a "peinar" la islita, tarea fácil si se consideraba su reducido tamaño. Cuando los tuvimos cerca disparamos. Tres soldados y un guía cayeron muertos. Las tropas se replegaron, pero en seguida nos empezaron a tirar rafagazos de ametralladora y granadas, pues ya estábamos ubicados. Pero también varió su tono insolente. Ahora ya no nos insultaban, sino nos gritaban: -Guerrilleros ríndanse. Para qué siguen combatiendo si ya murió su jefe...
Como había previsto Pombo, el fuego cesó apenas cayó la noche. Pero para desgracia nuestra apareció una luna hermosa, que derramaba su luz por todos los rincones. Intentar la salida en tales circunstancias era arriesgar demasiado.
Nos quedamos vigilantes. El frío que se descargó con una inclemencia terrible traspasaba la ropa y nos llegaba hasta los huesos. Tiritábamos mientras mirábamos el cielo, esperando que se ocultara la luna.
A las tres de la mañana las sombras se descolgaron por todo el sector. Este era el momento que habíamos esperado con impaciencia. Nos arrastramos lentamente; para sorpresa nuestra los soldados se habían replegado un poco. Al parecer las cuatro bajas que habían sufrido la tarde anterior los había obligado a tomar precauciones. Pronto llegamos cerca de las posiciones enemigas. Los puestos de los soldados estaban situados a una distancia de cinco metros entre sí. El clima y la espera también los había afectado.
Seguimos avanzando cuando de pronto uno de los soldados, en lugar de disparar nos gritó: -Alto, quién anda ahí...! Fue nuestra salvación. Nos lanzamos a una de las trincheras, matamos a dos soldaditos y nos quedamos ahí, reagrupados. Se generalizó un tiroteo intenso que duró aproximadamente 15 minutos o más. Cuando terminó empezamos a salir. El cerco más cerrado que nos había tendido el ejército estaba roto.
Nuestra salida del monte ha servido para que escritores y periodistas divulguen historias fantásticas. Algún día, porque ahora no es el momento ya que perjudicaríamos a los campesinos que nos ayudaron, relataremos los detalles de esta acción que de verdad tiene aspectos increíbles y fascinantes. Bástenos sólo afirmar que, sin esa solidaridad, nuestra supervivencia habría sido sumamente difícil.
A partir de la madrugada del 13 de octubre caminamos solamente de noche, tratando de eludir el contacto con la población, excepto en las ocasiones en que este contacto era imprescindible para adquirir alimentos o recoger información. Teníamos cierta desconfianza porque algunos campesinos -no todos ni la mayoría- motivados por la recompensa de 10 millones de bolivianos que se ofrecía por nuestras "cabezas", como lo anunciaban las radios, corrían a denunciarnos a los soldados. Pero hubo muchos que nos ayudaron a salir de la zona neurálgica, nos guiaron hasta Valle Grande, nos proporcionaron alimento, nos dieron valiosa información y guardaron silencio a pesar de los golpes, las amenazas v hasta los robos de que fueron víctimas por parte del ejército.
Otro valioso combatiente caído
Durante un mes caminamos buscando la carretera Cochabamba - Santa Cruz. El día 13 de noviembre intentamos nuestra primera salida seria hacia la ciudad. Ñato y Urbano llegaron hasta Mataral a comprar abarcas y ropas para cambiar nuestros raídos "trajes" y modificar nuestra apariencia patibularia. En la tienda del lugar ambos recogieron la información de que los soldados habían detectado nuestra presencia y se aprestaban a combatirnos. Inmediatamente regresaron para avisamos. Por la tarde divisamos varias patrullas que nos buscaban insistentemente. Permanecimos ocultos todo eI día. Esa noche empezamos de nuevo a caminar, cruzamos la carretera y tratamos de alejarnos del sector. Sin embargo el 14 nos descubrió el ejército y nuevamente sostuvimos un combate desigual. En el alto de una loma, cuando ya estábamos próximos a eludir a la fuerza enemiga, un tiro derribó al Ñato. Formamos una línea de defensa, y lo arrastramos hasta nuestras posiciones. Pero ya estaba muerto,
El Ñato, hombre querido por todos, firme en sus convicciones, valiente, atento a solucionar estos pequeños problemas domésticos que a veces, si se acumulan, provocan tantas consecuencias desagradables, moría en el último combate, después de afrontar peligros mayores que éste, en el que perdió la vida. Son las sorpresivas alternativas de la guerra. Como homenaje sencillo a este prototipo de hombre de pueblo, sólo cabría decir:
-Fue un guerrillero cabal, y un hombre leal con las ideas de liberación.
A partir de Mataral marchamos paralelos a la carretera, esperando que la gente de la ciudad, que había recibido duros golpes, se diera cuenta de nuestra maniobra y acudiera a ayudarnos para salir del monte. Sin embargo la fuerte represión había destruido la débil organización que dejamos, y los cuadros que quedaban también se encontraban en una situación difícil, lo que impedía buenas condiciones de operatividad. La maniobra nuestra fue detectada fácilmente por el ejército, ya que inevitablemente Íbamos dejando rastros a nuestro paso.
Por eso, hasta diciembre sostuvimos muchas otras escaramuzas con los soldados, provocándoles nuevas bajas.
Deliberadamente nunca hemos explicado nuestra salida del monte, porque ella pone en peligro la vida de varios campesinos y sus familiares que se jugaron enteros por nosotros, así como honestos revolucionarios de la ciudad. Ellos comprendieron el sentido de nuestra lucha y arriesgando lo poco que tienen crearon las condiciones para que pudiéramos iniciar la etapa de reestructuración del E.L.N. Algún día no lejano habrá que hacerles justicia. Es necesario advertir, sin embargo, que esa actitud solidaria y generosa desmiente categóricamente a quienes pretenden hacer creer que la población rural es impermeable a las ideas revolucionarias, y que con ellas "no hay nada que hacer". Afortunadamente, y con orgullo, nosotros podemos decir lo contrario. Además, estamos seguros de que en la próxima etapa de la lucha guerrillera el campesino, tarde o temprano, estará masivamente con nosotros, pues nuestro ejército representa sus ideales de superación social, económica y política.
Como breve epílogo podemos decir: Urbano y yo fuimos los primeros en salir a la ciudad. Allí tomamos contacto con otros compañeros y organizamos la salida de Pombo, Benigno y Darío.
El resto de la historia es conocida, pero no ha terminado aún. La segunda parte se escribirá pronto y con nuevas acciones guerreras en las selvas bolivianas.

XII) el foco: esperanza de liberación
Desde su aparición, la guerrilla boliviana despertó las esperanzas de América Latina y de otros continentes y se convirtió en el centro de polémicas que aún no se acallan. Se puede decir, sin temor a equivocaciones, que durante más de un año catalizó la política internacional directa o indirectamente. Si en el plano externo obtuvo tal gravitación es obvio que los sucesos nacionales aun giran en torno al foco, a los acontecimientos guerreros, que conmovieron al mundo por la participación del Ché y las proyecciones continentales que tuvo esta gesta. Hoy, con más madurez y con una impresión más exacta de lo que sucedió, el pueblo espera anhelante el resurgimiento de un "foco" que sea la continuación del que nació en Ñancahuazu. Su reaparición provocará nuevos fenómenos políticos y remecerá la conciencia de las masas adormecidas de este continente.
A poco más de un año de la muerte del Ché en la quebrada del Yuro es necesario realizar un balance sereno que permita al pueblo conocer "desde dentro" las verdaderas perspectivas de la lucha armada
-¿Murieron con el Ché la teoría del foco y las perspectivas de liberación continental? La respuesta debe ser honrada. Para los críticos interesados, para los que deseaban el fracaso de esta empresa heroica, en el Yuro quedó sepultaba toda perspectiva de hacer triunfar en América un movimiento armado de liberación. Incluso algunos sectores que impúdicamente se autodenominan "vanguardia del pueblo" han calificado la primera etapa de la lucha guerrillera en Bolivia como un "Waterloo". Es innecesario recalcar lo que se demuestra en uno de los capítulos de este libro: su traición fue un eficaz instrumento de ayuda al imperialismo. No es por casualidad que el general norteamericano Westmoreland, el fracasado estratega de la guerra del Vietnam, los haya ungido en la reunión de la Junta Interamericana de Defensa en Brasil, como una fuerza "colaboracionista" del imperialismo
Estos sectores son los que se han empeñado con más obstinación en divulgar que la teoría del foco guerrillero no es más que un aventurerismo de izquierda. Lo cierto es que en este continente, un solo país se ha liberado realmente y marcha hacia la construcción del socialismo. Y su independencia la logró mediante la lucha armada y el desarrollo de un foco guerrillero. Por el contrario nadie puede demostrar todavía que mediante otras formas de lucha, conciliaciones con una burguesía inservible y lacaya del imperialismo, el pueblo haya podido conquistar el poder
¿Es el foco guerrillero un concepto estratégico y táctico equivocado?
¿Qué significación tuvo en Bolivia y qué puede esperarse de él?
Más que conceptos teóricos preferimos mostrar ejemplos y sintetizar la historia de esta experiencia, que influirá hondamente en América Latina. Una revolución necesita irradiarse y catalizar al pueblo. Nosotros consideramos nuestro pueblo a toda la población de este continente. Por esta razón, para irradiarse la revolución necesita de un centro de operaciones político-militar, de un foco que permita extender la lucha armada a las más vastas latitudes. Aspirar a la liberación de una pequeña zona, conformarse con ella y defenderla, pensando que el enemigo actuará débilmente es caricaturizar la lucha armada.
El foco necesita apoyo universal, aunque es evidente que en la primera etapa de la lucha sólo participa la vanguardia. De un lado está la guerrilla y del otro el ejército lacayo con un extraordinario apoyo externo, con la intervención grosera y descarada del imperialismo. La masa se mantiene en el medio expectante, obligada a veces a colaborar con el enemigo mediante el terror planificado que generalmente termina en masacre. Es necesario que la guerrilla crezca y se desarrolle, que imponga respeto para que la masa se decida a volcarse detrás de esa vanguardia. Pero en el primer momento es imperioso que la guerrilla sobreviva. En el caso del foco boliviano, las fuerzas guerrilleras no lograron superar la primera etapa por razones distintas a las que se han divulgado distorsionadamente.
En primer lugar hubo factores ajenos a nuestra voluntad, pero que posteriormente fueron cargados a nuestra larga lista de "errores". Tal es el caso de la ciudad. El foco necesita base de apoyo para solucionar diversos problemas logísticos. En estas circunstancias la ciudad Juega un papel interesante, aunque no decisivo porque su trabajo, de todas maneras, no determina la suerte de la guerra. Sin embargo es imprescindible contar con el apoyo de la ciudad, no sólo para la logística y la información sino, y como tarea importantísima, desarrollar la agitación entre las masas urbanas en torno al “foco" y sus acciones, llevar la guerra a todos los confines del país, y que ésta no sólo se desarrolle allí donde se encuentra el "foco", borrar el concepto de retaguardia del enemigo, y convertir el suelo que pisa en arena movediza. Una guerra sin frentes, En el caso de nuestro "foco" todo este aparato no pudo ser estructurado por las limitaciones de tiempo después que el PC negó este aporte. Era difícil montar un aparato eficiente en vísperas de los primeros combates. Cometimos el error, es cierto, de confiar en quienes se proclamaban revolucionarios pero que, en la practica, dieron la espalda a la revolución. Esta lección la hemos aprendido y no se repetirá. Hubo también presiones inherentes a nuestra columna que son de nuestra exclusiva responsabilidad. Es justo reconocer que la necesidad de sacar de la zona de operaciones a Debray y Bustos limitó nuestras posibilidades de acción, así como la posterior búsqueda permanente y absolutamente necesaria de Joaquín y la retaguardia nos restó libertad de maniobra.
Pero ¿puede considerarse esta circunstancia un error táctico o estratégico del "foco"?
A pesar de estos factores adversos la guerrilla ejerció una acción catalizadora, puesto que provocó inseguridad en el gobierno, obligó a los partidos de izquierda a solidarizarse con la guerrilla para evitar el desbande de su militancia, y se notó una gran efervescencia en el proletariado minero y justas demandas de mejoramiento económico-social, las que fueron ahogadas en sangre.
Desde marzo de 1967 hasta el presente, toda la política boliviana se desarrolla necesariamente, en torno de las actividades del "foco"; las guerrillas se han convertido en una pesadilla constante que provoca el insomnio de los gorilas de esta parte del continente. Para todos está claro que la interrupción de la lucha es simplemente una tregua que será rota en poco tiempo más.
Por otra parte se ha tejido una verdadera mitología en relación con la falta de apoyo campesino. Por las presiones descritas, nuestro paso por las poblaciones campesinas fue fugaz. Prácticamente no tuvimos contacto con ellos, de manera que mal podíamos persuadirlos si no existía convivencia. A pesar de ello, en algunos capítulos de este libro se puede apreciar claramente que cada vez que tuvimos oportunidad de permanecer un tiempo relativamente más largo con los campesinos logramos, por lo menos, interesarlos o neutralizarlos y, en casos notables, su valiosa colaboración. Ejemplo elocuente es la actitud que observaron en Moroco y posteriormente en el transcurso de Pujío a La Higuera.
No podemos caer en el error de magnanimizar esta conducta, pero tampoco debemos despreciarla.
Por otra parte nosotros no nos hicimos jamás la ilusión de que el apoyo campesino sería instantáneo. Estábamos conscientes de que en un principio el campesinado sería en su mayoría una fuerza expectante e incluso, obligado por eI terror, a ser colaborador del ejército. Con la acción permanente, la capacidad de vencer que se le muestra al campesino, y la convivencia con él lo neutralizarán primero, y lo convertirán en la base fundamental del ejército guerrillero después.
Estamos convencidos de que el campesinado es una fuerza potencialmente revolucionaria, y que de allí saldrán cuadros valiosos que nutrirán nuestro Ejército de Liberación.
Por otra parte el campesino fue totalmente impermeable a la calificación de "extranjeros" que el gobierno aplicó despectivamente a combatientes heroicos de Latinoamérica, que llegaron a luchar por la liberación de Bolivia. Si en algo influyó esta propaganda en la ciudad -efecto que no está absolutamente medido ni probado- en el campo su acción fue muy pobre.
A poco más de dos años desde la aparición de la guerrilla, consideramos que el pueblo ha avanzado notablemente en su grado de madurez, y su sentimiento de simpatía para los combatientes de otras latitudes, se ha acrecentado. Ésta es también una actitud positiva del "foco"', pues ha contribuido a erradicar sentimientos chauvinistas.
Pero eso no es todo. Nuestra guerrilla fue una fuerza agresiva que se hizo respetar en un lapso relativamente breve. Aunque estratégicamente estuvo a la defensiva, tácticamente estuvo a la ofensiva, siempre observando rigurosamente la máxima del Ché de que "los combates se ganan o se pierden pero se dan".
Estuvo "estratégicamente a la defensiva” porque no siempre escogimos el terreno que nos convenía, por circunstancias transitorias. Hemos explicado suficientemente la situación de la retaguardia dirigida por Joaquín, lo que nos obligó a buscarlo incesantemente. A ello se agrega el problema de los enfermos y la falta de apoyo de la ciudad, que, en muchas oportunidades, nos obligó a caminar por lugares desprovistos de vegetación, inexplorados, donde el ejército podía emboscarnos con relativa facilidad. Siempre estuvimos conscientes de este factor pero ello no nos acobardó. Como fuerza ofensiva ha llamado inclusive la atención de los estrategas del imperialismo, porque con una fuerza numéricamente escasa, el Ché pudo desmoralizar durante largo tiempo al ejército regular, y lo derrotó en sucesivas oportunidades. Su ofensiva táctica consiste en que siempre tuvo la iniciativa en los combates*
A nuestro juicio, el "foco” guerrillero sigue teniendo vigencia. Su derrota transitoria no significó su desaparición. En tal caso boliviano cumplió un papel fundamental, enriqueciendo las condiciones subjetivas, mostrando universalmente las condiciones miserables de vida de la población y desarrollando vertiginosamente la conciencia de una masa que espera ansiosa la hora de combatir. Aún hoy, sin acción armada, el foco sigue teniendo una gravitación fuerte.

XIII) Ché: hombre del siglo XXI
Ché fue un hombre del siglo XXI.
Aunque su nombre resplandece en la historia "solo" como un genio militar, el desarrollo político y social de los pueblos, que brotará como un torrente de la lucha de liberación, lo tendrá que situar como el revolucionario más completo de nuestra época.
Ernesto Guevara y Fidel Castro aparecen en el escenario continental en un momento histórico en que el imperialismo norteamericano ejerce sin contrapeso su dominación sobre nuestros países; ordena masacres en forma sistemática; cambia a gobiernos corrompidos por otros más inmorales; los gobernantes tradicionales se disputan el triste cetro de quién es más lacayo y servil y se presencia el grotesco espectáculo de veinte manos extendidas pidiendo limosna a Estados Unidos; los pueblos son dirigidos por núcleos claudicantes, políticamente petrificados y fatalistas, incapaces de catalizar a esa cantera generosa y rica que es la masa, para iniciar la gran aventura de nuestra independencia definitiva.
Existe desencanto, frustración y desconfianza.
En medio de esa noche negra de coloniaje y opresión, la Revolución Cubana, victoriosa sangre de pueblo hecho poder, muestra un camino para sacudir las cadenas. Camino duro, cruel y largo, pero el único real para triunfar: la lucha amada.
Enérgicamente derriba viejos y nuevos mitos creados por fuerzas seudorrevolucionarias que, al enquistarse dentro del sistema, se convierten en parte de él. Cuando más, tratan de introducir reformas para perfeccionarlo. En la práctica se olvidan de que el imperialismo es nuestro principal enemigo y que hay que combatirlo hasta extirparlo de raíz.
América oprimida, patria con líderes sin vigencia, se nuclea entonces esperanzada tras la bandera de los nuevos conductores: Ché y Fidel. Ché se identifica con el pueblo y se funde con él para emerger más enriquecido ideológicamente, más puro. A su vez el pueblo se identifica con el Ché y trata de formarse en su ejemplo. Y esa revolución, considerada como fenómeno "excepcional", remece a las masas adormecidas por principios ideológicos monstruosamente deformados.
Ché rescata la ideología revolucionaria, la coloca en su justo lugar, le da interpretaciones correctas y la enriquece con aportes teóricos que tendrán vigencia mientras exista opresión imperialista. Después entramos de lleno al mundo del hombre nuevo, que él se empeñó en formar, tipificó y representó con su ejemplo de heroísmo que ahora motoriza a juventudes de todos los continentes. La huella de su humanismo está impresa en todos sus actos. Constructor de vanguardia de la sociedad socialista cubana, destruyó implacablemente el falso concepto de excepcionalidad que se le otorgó a esta revolución. Porque no creía en esta supuesta excepcionalidad, sistematiza el pensamiento bolivariano de que "la Patria es América" impulsando a nuestros pueblos a convertir este continente oprimido en un escenario de la guerra antiimperialista tan importante como el heroico Vietnam.
Ché no dudó jamás de que en América Latina son más fuertes los factores que nos unen de los que nos separan: tenemos un lenguaje común: excepto en Brasil; tradiciones, costumbres v tradición socioeconómicas similares. Somos explotados brutalmente por el imperialismo. La democracia es una simple ficción. Estamos gobernados por tiranos, y los países que tenían débiles rasgos de democracia burguesa los han trocado en masacres horrendas, hambre y cárcel para el pueblo.
Heredamos de los españoles colonialistas las formas feudales de la explotación de la tierra. El desarrollo del capitalismo crea nuevas situaciones y los patrones latifundistas se alían con el imperialismo para crear el capital financiero y monopolista cuyo radio de acción es mundial. Se pasa la etapa del colonialismo económico generosamente calificado de "subdesarrollado" por los economistas domésticos.
El subdesarrollo no es otra cosa que la explotación, el saqueo de nuestras riquezas por la potencia imperial, el subempleo, la cesantía, el hambre y la miseria. En todos los países latinoamericanos, excepto Cuba, el panorama es idéntico.
Las condiciones objetivas, entonces, para la liberación continental, están dadas por los factores enumerados, por la represión brutal y desmedida, por el odio que se acumula cada vez con más fuerza en el pueblo. Como valor subjetivo sólo falta la conciencia (elemento tan indispensable en cada análisis que se haga sobre el Ché) de que la victoria sobre el imperialismo mediante la lucha armada llegará tarde o temprano, que es el único camino posible para alcanzar la libertad.
La excepcionalidad no existe. Sólo ha cambiado la "calidad" de la lucha. Ahora será más sangrienta, sin tregua, más dura, como se demostró ya en las montañas de Ñancahuazú. El imperialismo aprendió su lección. No está desprevenido.
Por eso Ché escoge a Bolivia como foco inicial de la gesta libertadora continental. Sus misérrimas condiciones de vida son producto de la fría explotación imperialista en complicidad con los gobernantes lacayos. Aquí está todo por hacer; desde una revolución agraria que cree formas de vida modernas y satisfaga las necesidades del pueblo, hasta un desarrollo industrial sólido, que lo independice de la importación de productos manufacturados esenciales, vendidos a precio de usura y en condiciones humillantes.
Hombre de fina percepción, el Ché comprende que es inhumano que una población de cuatro millones de habitantes consuma apenas 1.800 calorías diarias por persona, cuando el consumo necesario para subsistir en condiciones adecuadas es de 3.000 calorías; que se consuma 30 litros de leChé o productos lácteos por persona al año, cuando en los países desarrollados el consumo es de 300 litros; que el 10% de la población no tenga casa donde vivir, y que las que existen, incluyendo las de los oligarcas y corrompidos del régimen, sean malas, no reúnan condiciones de salubridad, porque el 86% de ellas no están dotadas de instalaciones de agua en su interior, y que el 42% de la población muera de desnutrición o por enfermedades parasitarias. Esta es otra de las causas principales de su viaje a Bolivia.
La grandeza del Ché resalta con más nitidez cuando interpreta a Marx, "monumento de la inteligencia humana'”, como acostumbraba a definirlo, para normar todos sus actos y para desarrollar dentro de la sociedad cubana y, por qué no decirlo, en una masa tan heterogénea como es la europea, la asiática y la americana, una conciencia que permita al hombre obtener una verdadera liberación en toda su extensión. Y eso es el comunismo. Porque a la luz de los hechos nadie podrá discutir ya que el Ché fue un verdadero comunista, el mejor de todos, en una época en que la lucha ideológica lleva al mundo a sucesivas guerras (Cuba, Corea, Argelia y Vietnam).
De esta conciencia decantada o, en términos no exagerados, purificada, derivan conceptos económicos que colocan a Marx no en calidad de fetiche, de ideas que pierden su sentido original, sino en posición de pensamiento vivo y activo. Lo mismo hace con Lenin.
Ejemplos son la NEP, la teoría del valor y la planificación socialista. ¡Cuántos economistas famosos, cuya palabra era considerada ley, caen pulverizados por los disparos conceptuales del Ché!
Con rigurosa seriedad científica demuestra que la NEP (nueva política económica de la URSS) es una concepción leninista transitoria para desarrollar las bases da la sociedad soviética. Es un repliegue táctico en un momento especial de la historia del primer país socialista del mundo. Sin embargo, en forma dogmática y ligera, muchos economistas y dirigentes de la política económica de varios países socialistas, la aplicaron o la aplican otorgándole validez universal permanente. Consecuencias de ese falso análisis son los retrasos y altibajos económicos que surgen más tarde en los países socialistas. Por eso defiende con firmeza la dirección política económica partiendo de que "el comunismo es una meta de la humanidad que se alza conscientemente".
De la aplicación mecánica de la NEP nacen graves contradicciones que el Ché no vacila en atacar, una vez que las ha detectado, sin temor a que los teóricos equivocados lo combatan despiadadamente. Así es posible presenciar discusiones de elevado nivel en las que el Ché planta una bandera que para nosotros tendrá una vigencia permanente, cuando dice:
"Sí, el estímulo material se opone al desarrollo de la conciencia, pero es una gran palanca para obtener logros en la producción. ¿Debe entenderse que la atención preferente al desarrollo de la conciencia retarda la producción? En términos comparativos, en una época dada es posible, aunque nadie ha hecho los cálculos pertinentes; nosotros afirmamos que en tiempo relativamente corto el desarrollo de la conciencia hace más por el desarrollo de la producción que el estímulo material, y lo hacemos basados en la proyección general del desarrollo de la sociedad para entrar al comunismo, lo que presupone que el trabajo deja de ser una penosa necesidad para convertirse en un agradable imperativo".
Ante los ojos asombrados del mundo crece y se desarrolla ahora una nueva sociedad socialista, la de Cuba, mejorada, heroica, solidaria con todas las luchas de liberación, que practica activamente el internacionalismo proletario, que vence las dificultades porque tiene una conciencia desarrollada: la que Ché, Fidel y los más esclarecidos dirigentes le dieron en el exacto momento histórico.
Por esta razón no hablamos del Ché como una cosa muerta: sus ideas están vigentes. Al hablar de Ché no podemos dejar de mencionar a Fidel, ni al hablar de Fidel podemos dejar de mencionar a Ché.
La influencia que ha ejercido el Ché en la juventud de varios continentes, su magnetismo personal y su grandeza se acrecentaron hasta convertirse en una leyenda apasionante, que movilizó al imperialismo a presionar a través de sus medios publicitarios para que se anunciara donde estaba.
Paralelamente se inició una campaña publicitaria fabulosamente orquestada y sostenida durante largo tiempo, con el objetivo de tratar de disminuir su figura y neutralizar, aunque fuera levemente, el impacto político, militar y emocional que provocaría su aparición dirigiendo la lucha de liberación en algún lugar del mundo. Con este objeto se inventaron rencillas entre Ché y Fidel, discrepancias entre Ché y la Revolución Cubana (que era parte de él mismo), presentándolo como un hombre "herido en su amor propio", "despreciado, atacado por sus ex-amigos". En esta forma el gesto grandioso del Ché, su responsabilidad dirigiendo un foco guerrillero, podría aparecer mezquino, personalista y hasta resentido.
Este problema preocupó al imperialismo desde el año 1965, y desde entonces hasta ahora, a poco más de un año de su muerte, la CIA ha empleado diversos agentes y medios para desarrollar esta labor. El más notorio de estos agentes, por los medios de difusión que se pusieron a su alcance, es el abogado de nacionalidad argentina Ricardo Rojo, autor de un folleto titulado "Mi amigo el Ché".
Es infantil presumir que el Ché pudiese haberme entregado una lista de sus amigos. Es indudable que un revolucionario sólo considera amigos a sus camaradas de lucha. Y en este sentido el Ché fue siempre categórico, para delimitar dónde empezaba y dónde terminaba la amistad. Ejemplos notorios se pueden encontrar en todos sus escritos, partiendo de los episodios guerreros de la Sierra Maestra, hasta su Diario en Bolivia. Ché era un hombre capaz de emocionarse y en su vida de guerrillero y conductor de pueblos siempre tuvo un gesto sentido, una palabra cariñosa para sus amigos. Y amigo del Ché fue "Patojo", el revolucionario guatemalteco que murió combatiendo por la libertad de su patria. Amigo del Ché era Camilo, el legendario guerrillero de la Sierra Maestra. A otros hombres los quiso en un sentido diferente, como quiere un padre a sus hijos. Es el caso de Tuma y Rolando.
Ricardo Rojo: nunca fue amigo del Ché
Frente a figuras tan limpias y heroicas, ¿pudo el Ché alguna vez considerar "su amigo" a un individuo de una línea política tan zigzagueante y tortuosa como Ricardo Rojo? que es el mismo que comerció con la vida y memoria de los guerrilleros de Salta, que esperó la muerte de la madre del Ché para inventar diálogos y conversaciones con ella y con su hijo.
No me hubiese referido a las calumnias de Rojo contra Ché y las supuestas divergencias con la Revolución Cubana, pues ellas ni siquiera son novedosas, si no fuera que alguna gente de buena fe pudiere considerar que el relato mal intencionado de Rojo estuviese escrito por un amigo y porque algunos párrafos presentados, para que aparezcan verosímiles, no pueden ser desmentidos por sus protagonistas porque ya están muertos.
Afortunadamente, por la misma fuerza moral del Ché, que guiaba todos sus actos, y por su conducta heroica, demostrada en muchas batallas, ninguna leyenda tortuosa urdida por la CIA o por sus agentes, algunos de los cuales con audacia y descaro se autotitulan "amigos", podrá empañar su querida figura o manchar su paso de revolucionario por Cuba, donde dejó un pueblo que lo ama.
La identificación entre Ché y Fidel, el respeto y cariño mutuos, eran indestructibles. No es casual que el Ché, hombre que odiaba los halagos personales o para otros, haya escrito sobre Fidel:
"Tiene las características de gran conductor que, sumadas a sus dotes personales de audacia, fuerza y valor, y a su extraordinario afán de auscultar siempre la voluntad del pueblo, lo han llevado al lugar de honor y de sacrificio que hoy ocupa. Pero tiene otras cualidades importantes, como son su capacidad de asimilar los conocimientos y experiencias para comprender todo e! conjunto de una situación dada, sin perder de vista los detalles y su inmensa fe en el futuro, v su amplitud de previsión para prevenir los acontecimientos y anticiparse a los hechos, viendo siempre más lejos y mejor que sus compañeros. Con estas grandes cualidades cardinales, con su capacidad de aglutinar, de unir, oponiéndose a la división que debilita; su capacidad de dirigir a la cabeza de todos la acción del pueblo; su amor infinito por él, su fe en el futuro y capacidad de preverlo, Fidel Castro hizo más que nadie en Cuba para construir de la nada el aparato, hoy formidable, de la Revolución Cubana".
¡Cuánta sinceridad hay en este juicio! Para nosotros que convivimos con el Ché hasta la batalla final, que aprendimos a conocerlo como ser humano integral, como soldado, comandante y camarada insuperable, las obligaciones de la Revolución Cubana -vanguardia de nuestra Patria Americana- son más grandes.
Así también la identificación de Fidel con el Ché, del pueblo cubano con el Ché, son absolutas. Nadie mejor que Fidel para sintetizar el dolor que causó su muerte:
".. .Nos duele no sólo que se haya perdido como hombre de acción, nos duele lo que se ha perdido como hombre virtuoso, nos duele lo que se ha perdido como hombre de exquisita sensibilidad humana, y nos duele la inteligencia que se ha perdido. Nos duele pensar que tenía sólo 39 años en el momento de su muerte, nos duele pensar cuántos frutos de esa inteligencia y de esa experiencia que se desarrollaba cada vez más, hemos perdido la oportunidad de percibir.
"Desde el punto de vista revolucionario, desde el punto de vista de nuestro pueblo, ¿cómo debemos mirar nosotros el ejemplo del Ché? ¿Acaso pensamos que lo hemos perdido? Cierto es que no volveremos a ver nuevos escritos, cierto es que no volveremos a escuchar de nuevo su voz. Pero el Ché le ha dejado al mundo un patrimonio, un gran patrimonio; nosotros -que lo conocimos tan de cerca-, podemos ser en grado considerable herederos suyos".
Nosotros, guerrilleros del E.L.N., queremos aspirar también a ese honor. Y ningún camino más puro, más honesto, que reiniciar la lucha continental en el escenario que lo dejó impreso en el sitial más alto de la historia:
Bolivia. ¡VICTORIA O MUERTE!.
Bolivia, 1969.
Revista “Cuestión”, Marzo 17 de 1971.

Homenaje a los caídos

OPERACIÓN PANDO
Esta operación persigue varios fines concretos algunos inmediatos o de corto alcance, otros, de más larga perspectiva.
Los primeros, propaganda, finanzas, pertrechamiento y homenaje al Che y a lo que él simboliza para todos los luchadores de América Latina
Los segundos, hacer una demostración de fuerza y de posibilidades, que alentara las luchas de nuestro pueblo y a la vez señalara un camino y una posibilidad con hechos tangibles
Por supuesto que estos últimos fines no se perseguían solamente a través de la Operación; en tal sentido la acción era una más, dentro de un plan que también comprendía otras de muy variado nivel
No debe olvidarse que desde mediados de setiembre de 1969 el MLN tenía en su poder a Gaetano Pellegrini Giampietro, lo cual por sí sólo venía conmoviendo el ambiente político, a la vez que tenía en jaque a las fuerzas represivas. Sumemos a esto otras acciones militares realizadas el mismo mes, así como otras previstas para luego de la Operación Pando y que, al llevarse a cabo dieron clima a esa «demostración» que señalamos como segundo objetivo de la operación
En su conjunto -preparación, realización y consecuencias- la acción es un verdadero reto con el futuro y con la práctica que se planteaba el MLN. Con ella se iniciaba un modus operandi mas complejo, el cual, por lo tanto, ofrecía nuevos problemas para resolver, tanto en las instancias de preparación como en las de coordinación y ejecución Esta parte -la de realizar una nueva y fundamental experiencia- también podemos incluirla en el capitulo de los objetivos. En ese aspecto, la organización, sus grupos, sus militantes -participantes o no- obtuvieron un bagaje de enseñanzas que luego determinó el éxito de muchas acciones, por lo cual, Pando es un hito en el desarrollo interno del MLN, que marca un claro rumbo para su futuro.
La Operación comprende seis objetivos: Comisaría, Cuartelillo de Bomberos Central telefónica y Bancos República, Pan de Azúcar y de Pando.
Intervendrán 49 compañeros, distribuidos en seis equipos y un coordinador. Se ha cuidado reunir en cada equipo a aquellos compañeros cuyas aptitudes y características particulares se adecuen mejor a lo que reclamará la acción en cada objetivo.
Cada equipo reconoce el terreno, estudia «su» objetivo y de acuerdo con los resultados planifica la acción que se ejecutará, coordinadamente con las demás, y encuadradas en un plan general.
El día del operativo, habiendo llegado por distintos medios -vehículos del equipo, ómnibus, ferrocarril-, todos los participantes estarán en determinada hora en sus respectivos lugares de concentración. Usarán durante el operativo un brazalete a fin de identificarse.
Llegada la hora, el coordinador dará al primer equipo que entra en acción, la orden de comenzar la operación y durante su desarrollo recorrerá los objetivos para recibir y trasmitir novedades, intervenir ante problemas que se originen, estando facultado para «levantar» la operación en el momento que sea, si así lo reclamaran las circunstancias
a) Desarrollo
Días antes de la operación se contrata un servicio fúnebre con un sencillo pretexto: la repatriación de los restos de un pariente muerto hace años en Buenos Aires. Llegados de allí el 8 de octubre deberán ser llevados al panteón familiar en el cementerio de Soca. El día 8 a las 10 de la mañana llegan a la funeraria 9 "familiares" y un “cura”, con la urna y las flores. El servicio ya está pronto: un furgón, cinco coches, seis choferes y un encargado de servicio.
Mientras la urna y las flores van en el furgón, los familiares y el cura se distribuyen a dos por coche. Se avisa al encargado que en el kilómetro 36,500 deben ser recogidos otros familiares, mas precisamente, unos tíos.
Se cruza la ciudad, se toma la Ruta 8 y se llega sin novedad al kilómetro indicado Allí se detiene el cortejo. Además de los 10 «tíos y primos» hay en la parada bastante gente, por lo que entre los saludos, los besos y abrazos de los «parientes» se resuelve no reducir allí a los empleados de la funeraria como estaba previsto Reemprendida la marcha hacia Soca, ahora sigue el cortejo una camioneta Kombi que estaba esperando en las cercanías
El pañuelo blanco
Próximos al kilómetro 40, la señal convenida (un compañero saca un pañuelo blanco) y son reducidos los 7 funcionarios. Aunque no ofrecen resistencia, piden que los coches, que son su medio de vida, sean cuidados, al tiempo que explican el manejo de algunos de ellos que son de tipo automático. Tranquilizados en cuanto al buen uso de los coches y en cuanto a su propia seguridad, surge el primer problema. De acuerdo al plan, los empleados deberían pasar al furgón, pero la empresa ha mandado un furgón chico que no era lo previsto, ¿Cómo solucionar el problema, con los siete hombres esperando y con los compañeros sin saber donde meterlos? La Kombi da la solución: se encerrarán en ella. Aunque esto significaba modificar el plan, era inevitable hacerlo. Más valía plan alterado que operativo frustrado.
Hacia el objetivo
Con los siete en la Kombi; con dos compañeros de custodia y uno al volante, con los demás distribuidos por equipo en cada vehículo al emprender el regreso hacia Pando, que ha quedado 5 kilómetros atrás, uno de los coches se niega a arrancar. Viendo que es imposible arreglar el desperfecto, se le abandona. Sus ocupantes pasan a otro coche que, tres kilómetros antes de Pando, deja la Ruta 8 para ir a «obtener» en las afueras de la ciudad el vehículo que supla al abandonado. A la misma altura del recorrido, minutos antes la Kombi se había desprendido también de la caravana dirigiéndose, para hacer tiempo, al Parque de Pando, ubicado a 3 kilómetros al Norte de la planta urbana y a menos de 2 de la Ruta 8.
El resto del cortejo se dispersa a la entrada de Pando en espera de la hora - faltan aun 30 minutos- de dirigirse a los lugares de concentración de cada equipo, aun no completos, y que se completarán con los compañeros por sus propios medios.
b) Coordinación
El vehículo apropiado para la tarea del coordinador debía ser una moto o motoneta, velocidad, agilidad y capacidad de maniobra que posibilitara meterse en cualquier lado sin problemas, marchar por la vereda o a contramano si así lo reclamasen las circunstancias. A eso se agregaba también el hecho de que el compañero asignado tenia años de experiencia en el manejo de tales vehículos
Como no se disponía de un vehículo de esas características se encargó a un equipo, que no intervenía en el operativo, la tarea de conseguirlo. Pero llegados el día y la hora previstos, dicho equipo no había logrado obtenerlo. Aunque estiró en una hora el plazo -hasta las 11 de la mañana- fue inútil. Es así que Balbi, el coordinador, y Melio, integrante del «equipo Comisaría», se lanzan a «obtener» una moto. Por un error táctico se frustra un primer intento frente a la Facultad de Odontología. Buscan luego, en los alrededores del Hospital de Clínicas, y se les hacen casi las 12 del día sin obtener resultado. Marchan en un ómnibus hasta Avenida Italia y Bulevar Artigas. A esa altura de las cosas no se puede perder más tiempo en seleccionar determinado tipo de vehículo. Se «obtendrá» lo primero que aparezca, sea moto, motoneta, taxi o coche particular. Por fin aparece la oportunidad: un Peugeot manejado por una mujer estaciona frente al Hospital Italiano. Los compañeros abordan el vehículo por ambos lados, y en el instante en que la conductora tranca la dirección y guarda las llaves en su cartera
Amablemente le explica Balbi que necesitan su coche por un momento. Como la mujer se niega a entregar las llaves Balbi insiste rogándole que no los obligue a usar las armas. Recién entonces abre la cartera y entrega las llaves, a tiempo que explica el procedimiento que debe seguirse para destrancar la dirección. Tal es la naturalidad de la escena que el cuidador de autos que está a pocos pasos no advierte nada. Las llaves pasan de unas manos a otras como si se tratara de familiares.
Cuando la mujer entra al Hospital son las 12 y 25.
Después de unas pocas cuadras a marcha normal, el coche devora kilómetros a toda velocidad, con sus luces encendidas y la bocina a todo sonar. Ya en los límites de Montevideo a duras penas se evita embestir a un niño que corretea imprudentemente por la calle. Más adelante se cruza un vehículo de la Policía Caminera.
Llegan a Pando a las 13 y 3 minutos. Dejan la Ruta 8 y entran por Gral. Artigas hacia el tanque elevado de agua, lugar de concentración del «equipo Comisaría» el cual, según piensan, ha de estar esperándolos. Al pasar por la Comisaría advierten el vehículo del «equipo Banco República», que en el primer momento del copamiento de aquella, actuará de apoyo. Mas adelante van viendo en sus lugares de concentración a los demás equipos. En el tanque de OSE no hay nadie. Vuelven por otra calle, en la cual según suponen debe dirigirse el equipo hacia el objetivo. A media cuadra de la Comisaría que ha sido dejada atrás, oyen un tiro. No hay duda es en la Comisaría donde el equipo correspondiente ya está operando. Melio se arroja del coche en marcha y mientras corre hacia la Comisaría, Balbi le recomienda a gritos:
-Cuidado al entrar; pueden tirarte los milicos o algún compañero que te confunda
Balbi retrocede y estaciona frente a la ochava. Desciende y permanece junto a su coche. Adentro se oyen más tiros. Caen vidrios a la vereda. Advierte que el Cuartel de Bomberos ya esta tomado. Un compañero de la Comisaría le avisa que aunque todo va bien, la cosa no ha concluido. Parte entonces y luego de rodear la manzana se detiene en la esquina del Control de Omnibus, atento a impedir la posible fuga de cuatro policías que allí están entre la gente que sigue aglomerándose. Pero los uniformados permanecen como pegados al suelo aunque miran y vuelven a mirar hacia el Cuartel de Bomberos y la comisaría: aunque manotean y manotean las cananas, no acaban de sacar las armas. Se quedan en los ademanes que tienen el aire del acto de rascarse nerviosamente, hasta que finalmente de pronto se deciden y se meten los cuatro en el Control. No sea que los alcance alguna bala, caramba.
Ya tranquilizado por la decisión de los policías, el coordinador avanza hacia la Comisaría. No bien anda media cuadra observa que el coche asignado al Banco República marcha hacia su objetivo, mostrando en la mano que lleva el pañuelo la señal de que la Comisaría ha sido tomada y que los otros equipos pueden entrar en acción. Ante este hecho, Balbi comienza su ronda. Recorre los demás objetivos y comprueba que todos los equipos se aprestan a comenzar su tarea: unos compañeros se colocan sus brazaletes, otros dan Órdenes, terceros «tantean» sus armas, etcétera.
A esta altura de las cosas, la gente ya ha advertido que el Peugeot forma parte del operativo. Tanto sus idas y venidas como el inequívoco brazalete de Balbi no dejan lugar a dudas. A la ronda de los objetivos se agrega la vigilancia de la Ruta 8, ante la posibilidad de que a causa de los tiros viniera la Policía Caminera ubicada a unos pocos kilómetros de la ciudad.
En una de las recorridas, al pasar por el Banco República es informado de las complicaciones habidas que ya han sido superadas.
A las 13 y 10 ha cundido la alarma por casi toda la ciudad, y ella se traduce en el caos del tránsito de vehículos y en el gentío que ha ganado las calles. Cada objetivo tiene su propio público, el cual en algunos casos poco menos que participa en los hechos, tan grande es su proximidad a los mismos.
A medida que se acerca la hora de finalizar el operativo, el coordinador advierte que los acontecimientos van tomando un cariz no totalmente favorable. Ante ello decide alterar el orden de partida: el «equipo Comisaría» que debía ser el último en partir lo hará en primer término.
Adopta tal decisión en base a la razón antedicha y teniendo en cuenta las circunstancias siguientes:
1) La acción del Banco República, que era la más larga y complicada, ya está finalizando. Por consiguiente en los dos Bancos restantes, que eran más fáciles, debe ocurrir lo mismo.
2) El «equipo Comisaría» es el que está a mayor distancia del lugar de concentración final, y por eso en caso de salir último, teniendo en cuenta los problemas de tránsito, habrá mayores riesgos y posibles atrasos. Un minuto ganado o perdido puede jugar un papel decisivo para el regreso a Montevideo.
A las 13 y 14 minutos ordena la evacuación al «equipo Comisaría» y de «Bomberos».
Estacionando el Peugeot a una cuadra de la Comisaría, pasa en dirección a ésta un jeep con un policía y su chofer. A mitad de cuadra, los compañeros que actuaron en el Cuartel de Bomberos y la Comisaría ya están subiendo a sus vehículos. Necesariamente los del Jeep tienen que verlos. ¿Es posible que no sospecharan nada, o es que prefirieron hacerse los desentendidos?. No se sabe; lo cierto es que siguieron de largo y estacionaron pocos metros más adelante para que descendieran sus ocupantes. A una señal de Balbi, la compañera que ha salido última de la Comisaría sube al Peugeot, con lo que alivia la carga de uno de los vehículos
Entonces el coordinador realiza la recorrida final por los Bancos y UTE, avisando de que Comisaría y Bomberos han sido evacuados
A media cuadra del Banco de Pando, encuentra el tránsito taponado. Se oyen tiros a discreción: son los compañeros que al irse de ese Banco se tirotean con un milico.
Impedido de avanzar Balbi da marcha atrás y toma por una calle a contramano. Recorrida una cuadra advierte por el espejo retrovisor que, siguiéndole, viene el remise del tiroteo con una rueda pinchada. Simultáneamente ve unos 25 metros delante suyo a un policía Se arranca entonces el brazalete y pasa de largo sin que el uniformado se moleste en lo mas mínimo. En cambio no sucede lo mismo con el coche de remise Al verlo venir, el milico se planta en medio de la calle y se produce el tiroteo que se relata en la acción del «equipo destinado al Banco de Pando».
Tras esto el coordinador deja sin efecto su recorrida fina! ya que por el tiempo transcurrido no encontrará a nadie en los objetivos. Se dirige entonces al cementerio. A cien metros de allí se rompe un eje del coche. Debe continuar a pie
c) Comisaría
El estudio se realizó en unos 10 días y en dos etapas. La primera comprendió el aspecto exterior, a saber entrada, salida y permanencia del personal policial, movimientos en calles y comercios de las inmediaciones, otras particularidades.
En esta etapa se establecieron tres cosas
1) Necesidad de ocupar el Cuartelillo de Bomberos lindero a la Comisaría, ya que desde él era posible dificultar y eventualmente frustrar la toma de aquella,
2) Cantidad y Jerarquía de funcionarios que había regularmente alrededor de la hora 13;
3) Existía comunicación radial directa con dos sectores represivos por lo menos, cosa que evidenciaba dos antenas de distinto tipo.
La segunda etapa comprendió el interior de la Comisaría. No faltaron pretextos para entrar en ella: pago de patentes, vacunación de perros, y otros trámites comunes en toda comisaría de pueblo. Los compañeros se organizaron de forma de aumentar las entradas e irlas profundizando gradualmente desde el zaguán hasta el fondo. Regularmente se entraba de a tres y nunca menos de dos. Mientras uno exponía el problema o trámite que lo llevaba, concentrando así la atención del funcionario, los demás «fotografiaban» y medían hasta donde les daban los ojos. De una oficina a otra, de un lugar a oro, se fue recorriendo todo. No faltó, y por el contrario se repitió, el caso de alguna pareja con «necesidad de pasar al cuarto de baño”. Tras el permiso y la amable o desganada indicación del camino a seguir, utilizaban el servicio. Mientras ella entraba él esperaba afuera, usando sus ojos a más no poder. Hasta un perrito colaboró en el relevamiento: a falta de dos perros y luego de asegurarse que no le afectaría la salud lo llevaron a vacunar dos veces. También ocurrió que más de una vez, y más de un compañero o compañera mientras hablaron con el funcionario de turno en la Oficina de guardia observaban el parecido de sus fotos, allá frente a ellos en la galería de sediciosos buscados.
Así, poco a poco se fue completando el plano de la Comisaría.
Edificio de una sola planta, ubicado sobre General Artigas, al Norte, en su ochava tiene la entrada. Pasando un hall, a la izquierda se ubican la antesala y el despacho del Comisario, a la derecha la Oficina de Radio, y al frente, como completando el triángulo, la Oficina de Guardia. A la izquierda y derecha de esta oficina, sendas puertas que dan acceso a las dependencias interiores. La de la izquierda se abre a un corredor al que da otra puerta -siempre cerrada- del despacho del Comisario así como la de una pieza contigua al despacho. Corredor por medio y frente a la de esa pieza, una puerta más de uno de los dormitorios del personal. Tanto la antesala como el despacho y el ambiente contiguo, tienen ventanas a la calle General Artigas.
La puerta de la derecha conduce a otro corredor que, unido al anterior si la Oficina de Guardia no los separase, formaría una L. Este corredor, sobre el que dan la Oficina de trámites administrativos y otra pieza - ambas con ventanas a la calle- termina en una puerta que comunica con el fondo, un espacio abandonado y silvestre, con un galpón de chapa y un portón de dos hojas sobre la calle.
El patio, abierto, de unos 4 metros por 4, esta enmarcado al Este por el primer corredor y el fondo de la oficina de guardia, al Norte por el segundo corredor, al Oeste por las celdas y las letrinas y al Sur por dos dormitorios, uno de ellos con puerta al patio y el otro con la puerta al corredor mencionado.
Tal el objetivo cuyo copamiento será el inicio del operativo. La seguridad y limpieza de la ejecución son fundamentales, a tal punto que de esta acción dependen todas las demás. De allí la importancia del factor sorpresa, el conocimiento del terreno y la elección de las armas, intimidantes, livianas y de gran poder de fuego.
El equipo asignado se integra con 8 compañeros: seis hombres y dos mujeres. Dispone de un vehículo, el furgón de la funeraria.
Llegada la hora de comenzar a movilizarse hacia el objetivo, el coordinador no aparece. Había quedado en Montevideo, con un compañero de equipo, en espera de una moto. Alguna dificultad los ha retrasado. Se considera que este retraso no constituye impedimento para el comienzo del operativo. Hay la seguridad de que están todos los equipos y en el caso de que el coordinador no apareciese y surgieran problemas durante el operativo, de alguna forma se arreglará.
Hora 12:58
Llega una pareja a la Comisaría. En la vereda, contrariamente a lo que es habitual, no hay guardia. Adentro en el hall, dos uniformados se amodorran en un plácido ambiente de siesta, uno en la Oficina de Radio, el otro en la de Guardia. Aquí, identificándose como miembros de la Asociación Volpe -ella asistente social, el sicólogo- piden para hablar con el Comisario.
-El Comisario no está. Espérenlo. Voy a ver..., responde el guardia y marcha hacia las dependencias interiores.
Ahí queda la pareja esperando en el hall. Ante la indiferencia del funcionario de la Radio, enfrascado en su diario.
Medio minuto después llegan otros dos compañeros, «su auto ha sido chocado» y vienen a hacer la denuncia. En el hall nada ha cambiado, mientras el de la radio sigue absorbido en la lectura.
Hora 13
Deberían llegar 4 compañeros más vistiendo uniformes de la Fuerza Aérea y también una compañera. Mientras corren los segundos hasta completar un minuto no hay noticias de ellos. Intranquilas, las dos parejas del hall miran correr el segundo minuto ¿Por qué no llegan? ¿Qué ha pasado? Ha ocurrido que en el momento de partir hacia la Comisaría, no encuentran los cargadores de la metralleta. Revisan y revuelven el furgón hasta concluir en que no los han traído, en que los han olvidado. Lo mismo llevarán la metralleta. Lo harán para impresionar y para quien no se impresione tienen las armas cortas.
La búsqueda les ha hecho perder tiempo y retrasarse. No son cuatro sino tres, ya que aun está por llegar el compañero que acompaña el coordinador.
Son las 13 y 2 minutos; mientras la compañera queda vigilando la puerta, uno de los «Oficiales de la Fuerza Aérea» se dirige a la Oficina de Radio, el otro va a sumarse a los «chocados» a tiempo que el sicólogo y la asistente se dirigen al despacho del Comisario.
Se reduce al encargado de la radio y se destroza el mecanismo, sin otro problema que la imposibilidad de rescatar al tipo del sopor de idiotez en que se hundió
En el despacho del Comisario no hay nadie. Pero previsor el mandamás ha dejado allí su autoridad colgado en una percha, su revolver en la cartuchera y su sable Sobre el escritorio una pistola francesa calibre 22. Revólver y pistola son reducidos sin resistencia por el sicólogo, mientras la asistente revisa cajones y papeles del escritorio, cuando de pronto suena un tiro.
Mientras en el frente eran tomadas la Oficina de Radio y el despacho del Comisario, en el patio, los «chocados» y el «Oficial» de las FFAA se encargaban de reducir a quienes se encontrasen en la Oficina de tramites, en la pieza siguiente, y en el dormitorio. Este ultimo, que durante el relevamiento pareció ser un solo local con dos puertas, eran en realidad dos locales sin comunicación entre sí.
Reducidos seis hombres, a los que se agrega el de la Radio, estaban siendo puestos contra la pared cuando un «chocado» ve asomarse al primer corredor a un uniformado. Habiéndole dado la voz de alto, ante su intento de huir, le hace un disparo.
Este tipo -el sargento Olivera- estaba en el segundo dormitorio, lugar al que vuelve al ser sorprendido y desde donde dispara un par de tiros a la ventana de la pieza contigua al despacho, rompiendo los vidrios para alertar al exterior.
Al oír el primer tiro, el sicólogo deja el despacho del Comisario, dirigiéndose al patio por el segundo corredor, desde donde advierte al Sargento que, tras los tiros a la ventana regresó a la posición en que fuera sorprendido. Patio por medio, en línea cruzada, Olivera apuntaba al compañero y aunque hace jugar el disparador el tiro no sale pues se traba el arma. Mientras el compañero le responde con varios disparos. Olivera huye y se encierra en el dormitorio, herido en un brazo.
A esta altura -son las 14:04- en el patio hay 5 compañeros. Ha llegado el que acompañaba al coordinador. Hay tres más en el frente; la compañera que sigue revisando los papeles del Comisario, mientras la otra y el «Oficial» de las FFAA siguen vigilando la entrada.
Línea y alambre
Encerrado en el dormitorio, sordo a la exigencia de que salga, se amenaza al Sargento con arrojarle una granada. Tan en serio parece a los que están contra la pared, que alguien exclama: * -¡No, no lo maten que el hombre se entrega!. Y enseguida nomás, el Sargento le da la razón.
Inmediatamente se avisa al equipo del Banco República, que como grupo de apoyo permanecía en la esquina opuesta, que puede comenzar la acción ya que la Comisaría esta dominada
En el fondo se procede a atar con alambre a los prisioneros, en tanto se les habla, se les explica, se les hace conocer la línea del MLN
Alambre y razones, razones y alambre, listo este, venga otro, cuando alguien le dice al compañero que lo va a atar -Yo soy el preso. El compañero se sorprende, no advirtió cuando fue sacado de la celda y unido a los otros.
-Ah, ¿y por qué estás preso?, dice mientras continua atándolo
-Y, por carnear una vaquita.
Para él -que no era agente de la represión- la «línea» cobro un matiz particular. Si surtió efecto no se sabe. Solo se supo, tiempo después, que el hombre, en la carnicería que posee en una localidad de Canelones, exhibe, colgados en la pared y como recuerdo de su involuntaria participación en el operativo, los alambres con que fue atado.
Bien maniatados, se encierra a los 8 en las celdas
Unos minutos más y caen en la ratonera -¡y qué ratonera!- el Comisario y el sub Comisario, claro que bastante disminuidos. Necesariamente tenían que estar enterados de que algo anormal estaba ocurriendo en la Comisaría. Sin embargo, llegan y entran, más que con animo prevenido, con susto anticipado Terminados de reducir, un tipo se asoma a la puerta, todo ojos hacia adentro. El «Oficial» de las FFAA se lanza hacia él, pero el tipo huye. Comenzado el cacheo del Comisario sin que se le pregunte nada, indica que tiene un arma en el bolsillo interior. Subraya sus palabras, señalando con el mentón hacia el pecho. Siguiendo su repetida indicación se llega a un revólver 22. Al sub Comisario se le incauta un 38 de caño recortado.
Interrogados sobre el maltrato, sobre los castigos infligidos a compañeros que fueran detenidos tiempo atrás en una chacra de Pando, balbucean negativo Abrumados por un susto mayúsculo, marchan a las celdas. Algunas patadas en el trasero, apuran el paso lerdo del Comisario.
El tiempo pasa rápidamente. Dos compañeros continúan cuidando la entrada; otros dos revisan papeles en el despacho y las Oficinas; uno vigila las celdas y los restantes acondicionan las armas que van a llevar.
A las 13 y 14 llega la orden de evacuar la Comisaría. En ese momento se comprueban dos omisiones más:
1) La bandera del MLN, que es la de Artigas con una estrella amarilla de cinco puntas en la banda roja, con una T del mismo color y que debió ser izada en el frente de la Comisaría al partir, no se ha traído;
2) Tampoco se trajo la totalidad de los volantes a repartir. Sólo quedan dos o tres tirados en el suelo de la Comisaría.
De las armas largas sólo se llevan unos cuantos fusiles máuser alemanes; las armas cortas se llevan todas.
Con cuatro compañeros en el furgón y los demás en coches de otros equipos, se llega al cementerio local, punto de concentración previo al regreso a Montevideo.
d) Cuartelillo de Bomberos
Ocupa un predio de 8 metros de frente por 35 de fondo. A la derecha, la pared medianera de la Comisaría. A la izquierda, a lo largo de la otra medianera, una construcción de 3 metros de frente y que termina a 10 metros del muro del fondo; consta de cinco ambientes: los dos primeros para oficinas, y los siguientes y en este orden, comedor, sala de estar y dormitorios.
En medio del predio, un galpón para herramientas, etcétera. Excepto en los 10 metros de fondo, un techado que se prolonga desde la construcción y se apoya en parte en el galpón y el resto en varias columnas, dos de las cuales están al frente, entre la construcción y la medianera de la comisaría, enmarcando una entrada de unos 4 metros donde permanece un guardia. Entre esta entrada y el galpón, estaciona el autobomba.
Equipo: 4 compañeros, un vehículo. Entrará en acción, a la hora 13. Lugar de concentración: Control Omnibus Interdepartamental a 80 metros del objetivo y en la vereda de enfrente.
A la hora convenida -12 58-, están los cuatro: Dino y Eno que llegaron por sus propios medios, y Roli y Mocho que lo hicieron en el vehículo dejándolo a una cuadra de allí.
Avanzada hacia el cuartel, cuando vean entrar a la Comisaría a los tres «aéreos»
Estos, para ser vistos, doblarán en la ochava en forma abierta, sobre el cordón de la vereda. Pero sucede que, además de retrasarse, doblan la ochava caminando junto a la pared y entran en la Comisaría sin ser vistos. De ahí que lleguen las 13 y pase un minuto y pasen dos, y nada de «aéreos». A las 13 03 resuelven ir acercándose por las dudas, a ver que sucede. Comienzan a andar, en parejas, dos metros una de otra, cuando oyen un disparo, lo que les evidencia que los «aéreos» ya están en la Comisaría. Caminan rápido entonces. El guardia del cuartel, al oír el tiro, con la misma indiferencia de quien ve volar una mosca, gira perezosamente la cabeza hacia la Comisaría. Sólo la cabeza; lo demás, del cuello a los pies, es una sola pieza inmóvil; tras un instante, la cabeza vuelve a su posición normal.
Dos metros delante de los demás en maniobra prevista, Mocho, al pasar frente al guardia, saca el arma de forma que éste la vea y sigue caminando. Ahora sí, despierta el interés o por lo menos la curiosidad del hombre, y se vuelve hacia aquél, lo que es aprovechado por los tres que venían atrás para inmovilizarlo. Suenan de nuevo en la comisaría varios disparos, y vuelan vidrios rotos a la vereda. El guardia «trancado» por los compañeros, repite su movimiento de lechuza adormilada; aquella cabeza con ojos, va una y otra vez de la Comisaría a los compañeros y de éstos a la Comisaría en un total y perfecto estado de estupidez.
Marchan con él a las oficinas a reducir la gente armada que, se supone, debe haber allí. En tanto, Mocho, que caminó sólo un metro y pico más allá del guardia, entra derecho al galpón y tras asegurarse de que no hay nadie, se dirige al comedor para impedir que alguien salga de aquí o de otras piezas. Reducidos quienes están en las oficinas, otro compañero vendrá en su ayuda. La puerta esta cerrada, imposible abrirla, marcha entonces a la sala, donde se encuentra con Roli que, al no haber gente en la oficina, marcho enseguida semirodeando el galpón por el lado de afuera, llegando por el fondo, a la sala. Entran los dos. No hay nadie. Pasan al dormitorio. Seis o siete hombres, unos de pie y otros sentados en las camas, se visten. Ante los compañeros apuntándoles y ante el «arriba las manos, no se muevan», quedan inmovilizados de sorpresa, de asombro. Se les dice que vayan saliendo, pero no atinan a nada.
Transformados en zombies, hay que tomarlos de los brazos e irlos sacando a los tirones, a empujones
En el baño, Roli encuentra particular resistencia. De espaldas a la puerta orina un gordo.
-¡Arriba las manos, carajo, salga de ahí! -Y el gordo, como si nada. Hasta que no termina y da el toque final con toda pachorra, no se vuelve. Vuelto, mira a Roli, arma en mano, apuntándole y carajeándolo, y sin sorprenderse ni un pelo, alza los brazos con desgano, como desperezándose... Hombres parsimoniosos los soldados del fuego-
Mientras, en la oficina también hay novedad. Por una ventana, Eno ve venir un bombero. Sale a recibirlo: lo encañona y lo lleva adentro. Protesta el hombre y pide eviten los tiros porque su esposa está al llegar. Se tranquiliza.
Al sacársele el hacha, suponiendo que se la van a llevar, pide que se la dejen porque si no lo echan, pierde el empleo. Se le explica que no se la llevarán, que se la dejarán en determinado lugar, y allí se la dejan al retirarse.
Con el guardia, los del dormitorio y el gordo, se les lleva al fondo y se les hace recostar contra el muro, quedando custodiados por Dilo y Mocho. Aquí. en el fondo, se contacta con los compañeros de la Comisaría para intercambiar novedades.
En el frente, en la entrada, quedan Eno y Roli -con los que colaborará Mocho- a cargo de lo que resultará la tarea más peliaguda de la toma del cuartelillo. Y enseguida nomás, comienza el baile, cuando en la vereda de enfrente se intercepta el paso a un agente que tras almorzar regresa a la Comisaría. Se le reduce sin problemas, y de Eno pasa a Mocho que lo lleva al fondo. Al minuto o dos, por la vereda de enfrente también, desde la esquina del Control de Omnibus, un par de agentes, las manos en las cartucheras, vienen al trote rumbo a la Comisaría. Pero a 20 metros del cuartel, ven a Eno, Roli y Mocho armados y cambian bruscamente de rumbo. Se largan, en cruce recto, hacia la vereda de enfrente. Roli y Eno, desde las columnas de la entrada, se adelantan hasta el cordón de la vereda, apuntándoles y gritándoles. Mocho también les apunta, pero desde las columnas, ya que al mismo tiempo está atento hacia el fondo por si Dino se viera en algún aprieto. Ante el avance de Eno y Roli, los policías se frenan en medio de la calzada y uno hace señas con la mano llamando a los compañeros hacia ellos. Roli les responde del mismo modo. Así, unos segundos en un intercambio de «venga acá» con las manos, hasta que un policía «arranca» de nuevo y se zambulle en un zaguán abierto. Unos segundos más, y el otro hace lo mismo.
Desde la aparición de los guardias hasta su zambullida en el zaguán, los compañeros enfrentan un doble problema, una doble preocupación por un lado, los dos milicos, ahí a 20 o 15 metros, a 60 metros, como telón de fondo, la gente que se va agolpando en la vereda, justo en la línea de fuego y tras estas preocupaciones, una nueva, ¿que harán los milicos ahora? ¿Desaparecer zaguán adentro para refugiarse o buscar subir a las azoteas?
Se trasmite la novedad a Dino y a los compañeros de la Comisaría para que redoblen la atención. Y siguen las novedades. Recién «enzaguanados» los dos agentes, en la esquina frente a la Comisaría, aparecen el Comisario y el sub Comisario, bajan la vereda, miran a los compañeros armados, pero siguen, cruzan en línea recta hacia la Comisaría.
Tras un minuto o dos, se reduce a un cobrador de OSE y a otro tipo que le acompañaba. Marchan al fondo.
El problema de la gente sigue, o más exactamente, crece. A la que está en el Control -tanta que ya bloquea la bocacalle cerrando el paso a un ómnibus lleno de pasaje-, se agrega otro grupo más pequeño, frente a una farmacia en la misma vereda y a 35 metros de la esquina. Son dos olas humanas crecientes y obstinadas, que avanzan o se repliegan en la medida en que los compañeros les piden o dejan de pedirles, con ademanes y gritos, que se retiren.
Y ahora, es otro uniformado que por la vereda de enfrente va rumbo a la Comisaría. Roli y Mocho se lanzan hacia el mismo, como gatos tras un ratón. Ronroneando vuelven con la presa que muestra un carnet para probar que es agente de tránsito y que no tiene arma. Aun en la mitad de la calzada los tres, aparece un vejete con dos cajas como de sombreros por delante, sobre los antebrazos. Camina lentamente frente a la entrada del cuartel. Roli y Mocho le gritan que no siga, que entre. El viejito se encocora, negándose a obedecer. Recrudecen la orden y los carajos, y entonces sí, rezongando, larga las cajas al suelo y entra. Vuelto al fondo, Eno queda en la entrada. Tomado de sorpresa, no puede evitar una huida: de una de las cajas, vuela una cotorra.
Ya en el fondo, el de tránsito marcha junto al muro. El viejito en cambio recibe un tratamiento liberal. Inofensivo, no se le manda con los otros; se le deja así nomás, deambulando silenciosamente. Unos pasitos por acá, otros para allá, observa, mira a los compañeros, mira a los alineados en el muro. No entiende nada, no comprende lo que pasa. De pronto, por sí solo, despacito, va al muro y se coloca junto a los demás.
Ante preguntas de algunos «prisioneros", Dino y Roli contestan explicando las razones del operativo, por qué coparon el cuartel y los tranquilizan en cuanto a que no se les va a hacer nada.
Adelante, el gentío aumenta y avanza y se repliega, se repliega y avanza. Una anciana se desprende del grupo mayor y camina bolso en mano, hacia el cuartel. Grandes gritos y ademanes, logran hacerla volver.
Luego ¡una mujer, joven, se asoma en la puerta de la oficina!, ¿cómo y cuándo entró sin que se le viera? Quizá cuando la caza del agente de tránsito, ¿quién es? Quizá la esposa del bombero que se apretó al comienzo.
-Venga acá, salga de ah¡, ¡venga acá!. La mujer no se mueve. Ante nuevos gritos y Eno que se adelanta hacia ella, entra y se encierra.
A las 13 y 18, desde la Comisaría trasmiten la orden de retirada, recomiendan que no se pierda tiempo ni se sobrecargue el coche. Ni maniatar entonces a los 15 reducidos, dejándolos de cara al muro, las manos en alto, sin llevarse algunas cosas que se pensaban llevar.
Tras volantear en la calle se marcha a la carrera hacia el vehículo. La gente, en silencio, abre paso.
Ya en el coche, pensando que pudieran ayudar a quienes tienen problemas -se oyen tiros-resuelven modificar el recorrido previsto para llegar al lugar de concentración. A contramano por algunas calles, recorren algunos puntos de la ciudad, pero no encuentran nada. Ya ha pasado todo

e) Central Telefónica de UTE
Está ubicada en la esquina de las calles 18 de Julio y Zorrilla y tiene entradas por ambas calles a unos 8 metros de la esquina cada una. Por 18 de Julio está la entrada del público y por Zorrilla la del personal. En las esquinas del cruce de calles están la Caja de Jubilaciones y la Escuela Industrial.
No habiendo podido encontrar excusa plausible para entrar a ese local, el relevamiento del mismo se redujo a lo que pudo observarse desde fuera: por la puerta de la calle Zorrilla se comprobó la existencia de un patio, y una oficina con dos o tres funcionarios, hombres y mujeres; por la puerta de 18 de Julio pudo verse el salón de trabajo de las telefonistas. De allí surge el hecho de que el plan elaborado queda sujeto a gran cantidad de imprevistos: prácticamente no se sabe nada de la disposición del local y ello recién se sabrá en el transcurso de la acción. En cuanto a la gente que habrá que reducir, se estima -en base a un relevamiento de entrada de personal y público- en unas 15 personas de los cuales 8 o 10 serán empleados y el resto usuarios. Existe aún otro problema: como no se ha contado con el asesoramiento técnico correspondiente, se desconoce cuales son los elementos mecánicos clave para inutilizar la central. Por esta razón se cortarán los cables de entrada y salida de comunicaciones que están en la azotea, así como cuanto cable se encuentre en el local, se desconectarán asimismo los acumuladores y se anulará el sistema clave. Se piensa que tal vez no sea necesario tomar tantas precauciones para bloquear totalmente la central, pero en la duda, hay que hacerlo. No se pude correr el mínimo riesgo respecto a la plena seguridad de lograr lo que se busca.
Para asegurar una mayor duración del bloqueo -se ignoraba las horas que iba a insumir la reparación de lo afectado- se llevarán 50 metros de alambre de cobre para simular una conexión de explosivos a los cables cortados.
El equipo que se destina a la acción se compone de siete compañeros -seis hombres, una mujer- y un vehículo.
Es la hora 12 y 58. Mientras seis compañeros aguardan en las inmediaciones del objetivo, el restante, dentro del coche espera cerca de la Comisaría que entren a ésta los «aéreos», cosa que sucede a las 13 y 2 minutos. Entonces parte hacia la Central con sus luces encendidas, las que avistadas desde lejos por quienes, esperan, les permitirán ganar tiempo.
Comprendida la señal entran simultáneamente en la Central, una pareja por 18 de Julio y cuatro compañeros por la entrada lateral.
La pareja se ubica detrás de una mampara, no dejándose ver por las telefonistas ni por los pocos usuarios que acaban de llegar y están a la espera de ser atendidos. De los cuatro compañeros, mientras uno queda bloqueando la puerta de la calle Zorrilla, los otros penetran zaguán adentro. Ya en la oficina dan una explicación: son de la Policía de Investigaciones; han recibido una denuncia de que ha sido colocado un artefacto explosivo en el local; necesitan revisar, para lo cual será preciso cortar toda la comunicación. Por su parte los funcionarios, mostrándose comprensivos explican que el corte no depende de ellos, sino de Telecomunicaciones, por lo cual sugieren ir a llamar al jerarca de la Central que vive muy cerca de allí. Lucco, que es el responsable del equipo, al tiempo que accede al pedido, que será cumplido por un compañero, decide no perder más tiempo, por lo que son reducidos 11 funcionarios entre hombres y mujeres. Seis de ellos fueron apareciendo no se sabe de dónde y sumándose al grupo que conversaba. Llevados todos a un cuarto, se encarga de la vigilancia el compañero que bloqueaba la puerta y que ahora ha llegado hasta el patio. Otros dos suben a la azotea con herramientas adecuadas. Lucco va a la sala de telefonistas, donde junto con Barsa y la compañera que allí espera reduce a ocho empleadas y a tres usuarios. Aunque nadie ofrece resistencia, la sorpresa, la estupefacción de las telefonistas es tal que no atinan a nada y continúan sentadas, inmóviles, como pegadas a las sillas y auriculares. Son necesarios algunos gritos. A algunas de ellas hay que quitarle los auriculares y prácticamente despegarlas de los asientos para llevarlas, tomándolas de los brazos hasta el cuarto de los reducidos Mientras Barsa marcha a buscar al jerarca, Lucco vigila la puerta, a tiempo que verifica la marcha de la acción en el resto del local. Frente a la puerta de 18 de Julio está, vereda por medio, el vehículo desde el cual un compañero -el séptimo- permanece atento a lo que sucede en la calle. En pleno corte de cables en la azotea los dos compañeros escuchan sollozos. Como lo que queda por hacer puede ser realizado por uno solo, uno de ellos baja para ver que sucede y encuentra que una mujer embarazada -que es una usuaria- ha sufrido un ataque de nervios. Con la eficaz colaboración de algunas funcionarías se le atiende y tranquiliza, con lo que se supera el trance. Al no encontrar al jerarca en su casa, Barsa regresa solo. En esta situación Lucco decide dirigirse a los funcionarios requiriéndoles su colaboración. Barsa vigila en la puerta, manteniéndose en contacto con el compañero del remise. Ya van tres minutos desde el copamiento y hasta ahora en la calle todo transcurre normalmente. En la Escuela Industrial el murmullo alegre, los corrillos, el bullicio juvenil del alumnado que va llegando, en la Caja de Jubilaciones, una cola cansada de años y de quien sabe cuantos sufrimientos y miserias. De una esquina a otra van los ojos del compañero del vehículo que piensa en la generación joven, cuya vida seguramente no será la de estos pobres ancianos.
Lucco ha llamado, de entre los reducidos, a los operarios y conversa con ellos en el patio. Explica, argumenta, persuasiva y fraternalmente no solo no hay nada contra ellos, sino que, por el contrario la lucha de los Tupamaros es a favor del pueblo, de los trabajadores; la colaboración que se pide en este caso, favorecerá a toda la gente retenida, porque se ganará tiempo y se evitarán riesgos de un tiroteo con la Policía.
Los operarios indican donde están los acumuladores y se corta la corriente, a tiempo que el corte de cables en la azotea ha concluido también.
A todo esto ha ido llegando gente que debió ser reducida y llevada al cuarto en el cual ya hay 20 personas en total 5 más de las que se habían calculado.
Barsa continúa en la puerta, aunque en el interior del local; el compañero de la calle sigue en el remise; una pareja vigila a los reducidos, mientras Lucco y los dos restantes compañeros cortan cables dentro del local, reatándolos con alambre de cobre, unidos unos con otros, simulando un circuito detonador de explosivos.
Están en esa tarea cuando el compañero del remise avisa que se aproxima un camión con un policía. Ya todo pronto para recibirlo, el uniformado entra a la carrera, frenándolo en seco una 45 en la panza. Despojado de su revólver marcha al cuarto de los «penitentes» donde acaba resultando muy útil, pidiendo tranquilidad a la gente.
Por su parte, tras bajar el milico del camión, el compañero del remise inmovilizó al chofer. Vueltos los compañeros al trabajo de los cables, llega el aviso de un nuevo milico que viene a todo correr. Lucco y Barsa lo esperan. Pero el hombre, vaya a saber por qué, sigue de largo, a tal punto que los compañeros deben correr para alcanzarlo en la esquina. Se resiste, intenta sacar su arma, pero es reducido con violencia. Privado de su revólver entra a la Central a fuerza de empujones.
En la medida que alguna gente de la Caja de Jubilaciones, algún alumno de la Escuela y más de un transeúnte lo han observado, la calle comienza a alborotarse.
Nervioso y asustado el milico llega al cuarto donde su colega -un fanático de la tranquilidad- procura calmarlo.
Pero sigue llegando gente y más gente. Ahora resulta clara la razón, cada usuario que estaba hablando o quería hablar por teléfono, y quedaba sin comunicación o no la lograba, luego de insistir un rato prudencial, dejaba el teléfono y marchaba a la Central a preguntar, reclamar o protestar. Allí, sin tiempo a decir nada marchan a un cuarto donde no caben más. En esa circunstancia el policía tranquilo explica a los compañeros la situación creada y solicita se habilite otro cuarto. Sensato y organizado el hombre: se le hace caso y se reparte en dos grupos a los reducidos
Al filo de la hora tope de retirada, hay en los cuartos entre 40 v 45 personas, mientras también en la calle va en aumento la aglomeración de publico.
Ya todo pronto para la evacuación, se procede a arengar a los reducidos, explicándoseles las razones del operativo y las razones de ser del Movimiento Una vez cerrados con llaves los locales se esparcen volantes por todo el local
En el momento de subir al remise algunos compañeros, mientras quedan otros en la puerta del local, llega un usuario desbordándose en protestas. Se trata de un hombre viejo y rengo que camina auxiliándose con un bastón. A la vez que se le da la razón para no perder tiempo en encerrarlo se le indica el sitio donde tiene que «dirigir» su reclamación.
- Si, si señor, vaya por aquí, allá al fondo, a la izquierda.
Sin soñar con lo que va a encontrar, marcha el hombre, rápido a pesar de su renguera hacia los cuartos de los reducidos.
Afuera el chofer del remise espera ver la moto del coordinador -moto que no existe- para decidir la partida.
De pronto aparecen los coches de los demás equipos que salían por 18 de Julio hacia el cementerio. Lucco, que conoce al coordinador, lo advierte en uno de los coches, y parte el remise cerrando la caravana.

f) Banco de la República
Está ubicado en la esquina de las calles General Artigas y Solís, con dos puertas hacia la vía publica: la principal en la ochava y una segunda, sobre la calle Solís que sirve para el personal. Formando parte del mismo edificio, lindera al Banco, por la calle General Artigas está la casa del Gerente. Casa y Banco se comunican directamente por una puerta interior.
Se le destina un equipo de catorce compañeros -trece hombres y una mujer- y dos vehículos: un coche remise y la Kombi. El equipo esta dividido en tres grupos: uno que entrará en cuanto abra el Banco y se ubicará estratégicamente a la espera de la llegada simultánea de los otros dos grupos que lo harán minutos después, respectivamente por la puerta principal y la de empleados.
A la hora trece, por un lado, el remise con siete compañeros se ubica frente a la Comisaría en cuya toma intervendrá como coche de apoyo. Por otro lado, la Kombi con tres compañeros y los siete empleados de la funeraria estaciona por Solís, a un par de metros de la esquina y frente al Banco. Mientras un compañero queda vigilando a los funerarios, los otros dos dejan el vehículo y entran al Banco. Segundos después, completando el primer equipo se suman a ellos un compañero y una compañera que aguardaban muy cerca de allí. Estos últimos se ubican uno por Caja mientras los primeros lo hacen junto al mostrador separados de tal forma de poder dominar fácilmente todo el salón en el momento indicado
Confundidos entre una decena de clientes, dejan pasar los minutos. Están preparados para «plantear» su negocio al empleado que eventualmente se decida a «atenderlos».
A la hora trece y tres minutos, avisados de que la Comisaría ya esta dominada los compañeros del remise parten hacia el Banco, una mano afuera con un pañuelo blanco es la luz verde para que los demás equipos -UTE, Banco de Pando y Banco Pan de Azúcar- entren en acción.
Bajan a una cuadra del Banco y dando un rodeo a la manzana va a encontrarse junto a la puerta lateral, con otros dos compañeros que aguardan en las proximidades
Pasados unos segundos que permiten adelantar camino a quienes bajaron, el remise reinicia su marcha por General Artigas y estaciona en la esquina frente al Banco.
Mientras el otro equipo llama con el timbre de la puerta lateral descienden del remise un «policía» metralleta en mano, un «alto jerarca bancario» de portafolio bastón en mano y su «secretario». En tanto el trío cruza la calzada y entra en el Banco dos compañeros permanecen en el coche. Son las 13 04 minutos. En el ángulo formado por el mostrador y la gerencia, el agente de guardia, sentado en su silla, permanece rutinario y somnoliento. La imperativa voz del «colega» recién llegado lo sobresalta.
-Acompáñenos al tesoro, traemos una remesa -Sí, como no. Antes de que acabe de incorporarse «su colega» lo encañona.
-¿Que pasa? ¿No son de los nuestros?, dice abriendo tamaños ojos y acabando de despertarse mientras los compañeros lo desarman.
Simultáneamente, van ocurriendo varios hechos. El compañero y la compañera destacados junto a las Cajas inmovilizan a los cajeros apuntándoles a través de las ventanillas, mientras los otros dos saltan el mostrador y reducen a empleados y clientes. Uno de los dos compañeros que quedaron en el remise entra en la casa del Gerente, no halla nadie a su paso llega a la Gerencia y reduce al Gerente y tres empleados. El cuarteto que entra por la puerta lateral de la calle Solís reduce a quien les abre: mientras uno queda vigilando la puerta, los otros revisan el servicio higiénico y tres ambientes más, reduciendo a un segundo empleado que junto con el anterior es llevado al salón a hacer compañía a quienes ya están contra la pared manos en alto. Al mismo tiempo en la Gerencia hay otros en igual situación.
Hay en total 27 personas reducidas: 16 empleados, 10 clientes y un policía.
Todo ha transcurrido vertiginosamente, con perfecta sincronización, como si un mismo hilo moviese a todos los grupos. En menos de un minuto el Banco había sido copado. La amenaza de disparar sobre quien tocara la alarma -había varios timbres- surtió efecto.
Copado el local, 6 compañeros -3 en el salón y otros tantos en Gerencia- vigilan a los reducidos; 2, siguen en los coches, 1 en el remise y otro en la Kombi con los funerarios, 1 vigila la puerta lateral; 2 más -uno de ellos el falso policía- permanecen en el exterior, mientras los 3 restantes sacan de entre los «prisioneros» al Gerente y a los cajeros con los cuales marchan hacia las Cajas para embolsar el dinero. A punta de pistola, el Gerente y un cajero ayudan a esa tarea. Al otro cajero debe alcanzársele una silla porque se cae de susto. En tanto la plata va pasando a las bolsas, en la calle el «policía», con su metralleta en mano va y viene, imperativo a veces y amable otras domina la esquina del Banco. Viene y va, y mantiene a distancia a la gente, impidiéndole circular por la vereda del Banco, aunque se lo permite a dos viejecitas a las que ayuda también a cruzar la calle. Llegará a hacer otro tanto, y más de una vez, con algunos niños que van a la escuela de enfrente.
Ahora aparecen dos Inspectores de tránsito -tan conocidos como odiados en la localidad- que se detienen ante la casa del Gerente, en la cual uno pretende entrar. El «policía» se lo impide a tiempo que les indica que dejen libre la vereda y les señala la de enfrente.
La gente que sigue agrupándose minuto a minuto y que, a esta altura ya sabe que los ocupantes del banco y el “policía” son “Tupamaros”, se ríe ante la obediencia de los Inspectores. Aunque de mala gana obedecen y se vuelven. Después de andar unos metros uno de ellos detiene a un coche que pasa y sube a él. Pero no bien llega a la esquina el compañero «policía» vuelve a detener al vehículo para interrogar al Inspector de tránsito hacia donde va.
-A avisar, contesta el tipo
-No se preocupe. Ya está todo arreglado. Bájese.
La gente vuelve a reír cuando baja el Inspector, mientras el coche sigue su camino ante la orden del compañero.
-Despeje, despeje le dice este, mientras le indica su camino con la metralleta.
Una mujer cincuentona avanza hacia el «policía», aunque sabe que no puede circular por la vereda del Banco no acaba de decidirse a bajar o subir la vereda. No quiere desobedecer pero tampoco obedece y avanza con un pie en la vereda y otro en la calzada, en actitud verdaderamente cómica. El «policía» que va a su encuentro le ordena cruzar a la acera de enfrente. La mujer, que sigue indecisa, parece querer acercarse tanto como alejarse. Finalmente se acerca y señalando el Banco le dice al «policía»
-¡Que bien, que bárbaro!.
No bien se ha ido la mujer se oye un disparo dentro de! Banco, que proviene de la Gerencia. Allí un compañero, al cual se le ha caído su brazalete, resulta herido por una compañera que le dispara un tiro involuntariamente pretendiendo alcanzarle el distintivo. Ayudada por otros compañeros llevan al herido hasta el auto de remise: se trataba de Fernán Pucurull, que tiempo después cayera asesinado por la Policía, al llegar a un cantón en que se había armado una «ratonera».
Mientras tanto en la Gerencia queda un solo compañero a cargo de los «prisioneros»
En esas condiciones, ante el accidente ocurrido se decide suspender la acción. Los compañeros que están en las Cajas, que solo llevan embolsado la mitad del dinero piden una pequeña prorroga, listo el dinero se da la orden de evacuación, orden que no llega a oír el compañero que ha quedado solo en la Gerencia. Quienes podían darse cuenta de su ausencia están con el herido en el coche de remise. Parten los vehículos, ambos sobrecargados
El compañero que ha quedado en la Gerencia permanece unos cinco minutos más, al cabo de los cuales advierte que el local ha sido evacuado y que ha llegado la Policía. Aunque aprovechando la confusión consigue ganar la calle, alguien lo señala y es detenido

g) Banco Pan de Azúcar
Está ubicado en la calle General Artigas, casi a mitad de cuadra y a unos 35 metros del Banco de Pando.
Se le destina un equipo de seis compañeros. El coche de remise que se abandonara por desperfectos mecánicos en el Km. 40 estaba destinado a este equipo. En las afueras de la ciudad fue imposible «conseguir» un vehículo, tal como se había pensado.
Faltando diez minutos para la hora 13, en un café ubicado frente al Banco, los seis compañeros deliberan sobre cómo «obtener» un coche, cuando ven llegar, en su Citröen, al propio Gerente del Banco, al cual habían conocido durante los estudios previos. Con el problema solucionado, los compañeros se dispersan a la espera de que se hagan las 13 horas.
Vista la señal para comenzar la acción, entran 5 de ellos al Banco en forma escalonada -primero 3, luego 2- ubicándose estratégicamente para copar el local a la señal oral del sexto compañero que entrará en último término y casi enseguida del segundo grupo. Pero a pocos pasos de la entrada este compañero advierte a una persona observando con especial atención la entrada de los compañeros al Banco de Pando. Lo encañona rápidamente y tal como estaba previsto para quienes se redujeran en la calle, lo lleva al Banco de Pando. Recién entonces entra a «su» Banco, y a la señal convenida tres compañeros reducen a los empleados y al público que están en el salón, mientras los dos restantes hacen lo propio con quienes están en la Gerencia.
Las 11 personas reducidas -5 clientes y 6 empleados- quedan en un cuarto bajo custodia de 2 compañeros. Al gerente se le sacan las llaves del coche y una pistola. A un cajero se le ocupan las llaves de la caja del dinero que los dos compañeros se encargan de embolsar. Un quinto queda a la expectativa en el hall, mientras la vigilancia de la entrada está a cargo del último de los compañeros que entró en el local.
En ambas esquinas se va formando grupos de curiosos. A los tres o cuatro minutos, de uno de esos grupos surge un policía que avanza como en cámara lenta hacia el Banco. Por su lado el compañero que vigila la entrada camina hacia él, pero lo hace con discreción, como un ciudadano cualquiera que marcha por la vereda. Apenas se cruza con él, se vuelve, lo encañona desde la espalda y lo conduce al Banco de Pando. El uniformado tiembla como una vara verde seguramente se ha dirigido al Banco no por propia iniciativa, sino compelido por alguien del grupo en el que se hallaba. Eso explica la lentitud de su procedimiento y el temor que lo domina.
Vuelto el compañero a su puesto, se encuentra en la puerta del Banco una mujer, que con un niño, viene a cobrar un cheque. Luego de explicarle que tendrá que esperar un rato, la pone a cargo del compañero que esta en el hall.
Ya listo el dinero en los bolsos y arengados los «prisioneros», se evacúa el local. Este equipo será el primero en llegar al lugar de concentración final.

h) Banco de Pando
Ubicado en General Artigas, el Banco tiene también una puerta por la calle lateral y una tercera en la ochava. Esta última y la de General Artigas están habilitadas al público mientras la lateral se destina al personal.
La disposición interna es como sigue cerrando el lugar de trabajo -un espacio de 8 metros por 7 aproximadamente- un mostrador en forma de U paralelo a General Artigas, la ochava, la calle lateral y una pared medianera. Entre uno de los extremos de la U y la medianera se ubica la Gerencia, mientras en el otro extremo y la pared que da a la calle lateral está el Despacho Jurídico. Próximo a la puerta de General Artigas, se ubican las Cajas 1 y 2, entrando por esta puerta, un metro y poco a la derecha de la misma, hay una especie de subsuelo con los cofres para los efectos personales -joyas, etcétera-. Frente a la ochava está la Caja número 3 Del lado interior del mostrador, cerca de las dos primeras Cajas, y ocupando otro subsuelo, está el tesorero Por lo regular, cuando estas últimas Cajas están habilitadas al público, no lo está la número 3, y viceversa.
El equipo que se destina al objetivo, se compone de 8 compañeros, una compañera y un vehículo.
Advertida la seña para comenzar la acción, entran por la ochava 2 compañeros y se dirigen al sector «Despacho Jurídico», mientras que por General Artigas, una pareja -hombre y mujer- se dirigen al «Sector Gerencia». En seguida entran 2 más, ubicándose, uno junto a la Caja 3 y el otro entre la puerta del frente y el subsuelo de los cofres, cuya luz apagada indica que no hay gente en él. A pesar de eso el compañero lo confirma bajando un momento al subsuelo. Un séptimo compañero queda afuera, frente a la ochava, como nexo entre el exterior y los que están adentro vigila la calle y recibirá a los reducidos en el exterior del Banco Pan de Azúcar, ubicado a 30 metros de allí (Este trasiego de reducidos obedece a la mayor capacidad locativa del Banco de Pando, así como también al mayor numero de compañeros que esperan en él).
Quienes han entrado tienen un presunto trámite que plantear en caso de ser atendidos durante el lapso que media entre su entrada y la de dos compañeros -Alfredo Cultelli y Ricardo Zabalza- con cuya presencia se iniciará el copamiento.
La pareja espera próxima a la Gerencia y el mostrador donde un empleado y un cliente están enzarzados en una acalorada discusión.
Ya ante el Despacho Jurídico, uno de los compañeros muy discretamente tantea la puerta para ver si está sin llave, cosa que comprueba. Apenas vuelve junto a su compañero, es atendido por un empleado al cual preguntan por casas para alquilar.
No bien comenzada la respuesta del funcionario se oye
-«Ésto es un asalto, somos tupamaros!”, proferido por Zabalza, a tiempo que salta Cultelli al mostrador. Aquel, metralleta en mano domina desde arriba todo el salón, son apenas unos segundos, tras los que salta hacia adentro y se dirige a revisar el tesoro, mientras Cultelli ya esta reduciendo a los cajeros de las Cajas 1 y 2
Simultáneamente con Zabalza, y para dar una mayor impresión de que el local esta copado totalmente, lo cual evita cualquier intento de reacción, los compañeros repiten en cada sector, la frase definitoria de la situación y entran a lo suyo.
En la Caja 3 el compañero reduce a los clientes que se encuentran en dicho sector
En Gerencia la compañera entra en busca del Gerente, en tanto que el compañero, intimida a funcionarios y clientes del sector, excepción de los que discuten. Abstraído, ajeno a lo que no sea el problema que está tratando, el empleado alza rápidamente la cabeza y sin tener en cuenta la 9 mm que lo apunta manifiesta
-Si, si, espera un momentito, y se zambulle de nuevo en su discusión
Pero si fue rápido en su primera reacción, no lo es menos en despertar de golpe a la realidad, y comprende el asalto, levantando los brazos. Allí no hay más problemas.
En cambio en la Gerencia, la compañera no encuentra a nadie, por lo que pasa al salón, donde ubicará al Gerente entre los demás empleados.
Despacho Jurídico. El funcionario que respondía a las preguntas referentes a las casas para alquilar, se queda con la boca abierta ante la pistola 45 que lo apunta, mientras el otro, grande y gordo, se escurre hacia las dependencias interiores del local. Uno de los compañeros abre de una patada la endeble puerta del despacho y corre en busca del fugitivo. Lo encuentra tan ingenuo como corpulento, el hombre se ha escondido tras la pequeña puerta de vaivén de un retrete en el que apenas cabe su humanidad.
Entre puerta y Sección Cofres. El compañero reduce los clientes de este sector y los acerca a la Gerencia. En el breve ínterín que va desde su reducción hasta que son llevados con los funcionarios, a los clientes se les hace permanecer con las manos apoyadas en el mostrador, pues con los brazos en alto llamarán la atención de quienes pudieran verlos desde el exterior.
Copados pues todos los sectores, revisadas las dependencias interiores del local por si hubiera quedado alguien en ellas, se junta a funcionarios y clientes -unas 25 personas- y se les hace echar en el suelo, en el espacio que queda entre los escritorios y la pared del fondo del local. Mujeres y ancianos permanecerán sentados en las sillas que se les proporcionan. Al Gerente se le piden las llaves del tesoro, las que entrega sin problemas, dejando así sin asunto al filoso cuchillo «ablandaduros».
Obedeciendo al plan, ahora la ubicación de los compañeros es la siguiente:
Afuera frente a la ochava, un compañero
Adentro, entre la puerta de la ochava y la Caja 3, el compañero que redujo a los clientes de ese sector como nexo con el exterior, a los reducidos que reciba, los pasará, para ser llevados al fondo del salón, a uno de los compañeros del Sector Jurídico, que allí permanece a tal fin
Vigilando la puerta de General Artigas, el compañero que en un comienzo se ubicó entre ella y los cofres, reducirá a quien entre y lo alcanzará al Sector Gerencia, desde donde marchará con los demás.
En el fondo del salón, custodiando a los reducidos, la compañera y el compañero que redujera al gordo del cuarto de baño. Mientras Zabalza embolsa el dinero del tesoro, Cultelli hace lo propio en las Cajas, pero con la mala suerte de que, a causa del fiador gastado de su Lugger, se le escapan dos disparos seguidos. Como tiene el arma dirigida hacia el piso, ello no acarrea otra consecuencia que alterar la tensa tranquilidad ambiente.
Al paso de los minutos se reduce a un par de clientes que llegan, y se reciben del Banco de Pan Azúcar a un particular y a un policía asustado hasta los tuétanos.
A los reducidos se les va entregando volantes, se les dan explicaciones sobre la línea, mientras a los funcionarios en particular, se les expone la posición del MLN en el largo conflicto bancario que terminara recientemente, al ser secuestrado el banquero Pellegrini Giampietro, quien aun permanecía en poder de la organización.
A todo esto, y ante el poco dinero que hay en el tesoro, Zabalza llama al Gerente y lo intima a que diga donde hay más. El hombre explica convincentemente que el hecho se debe a que el día anterior se envió una partida al Banco República.
Ya sobre la hora de partida, entra el compañero de la calle para apurar porque «la cosa esta quemante», próximos al Banco hay un mar de curiosos, por General Artigas hay un trajinar permanente de ojos. Se le pide apenas un momento para acabar de embolsar el dinero y accede. Pero un minuto después vuelve a entrar; a la gente que hay en el exterior se suma ahora el llamado de una sirena del Banco de la República. Se ordena la evacuación.
Nilco, seguido de un compañero, al traspasar la puerta de salida, ve a un milico que se acerca a todo correr, gritando y esgrimiendo un revólver. Retroceden y avisan a los demás y parapetándose en la puerta y en la ventana, cuyo vidrio rompen, se tirotean con el uniformado. Al volársele la gorra, el milico desaparece tras el remise en el que se había parapetado, ubicado en línea algo cruzada con la ochava.
Los compañeros piensan que lo han herido, que le han dado en la cabeza, y cuando van llegando al coche, advierten que el hombre se va arrastrando entre éste y el cordón de la vereda. Nilco, rodeando el remise y una camioneta estacionada adelante, se le va al humo al bulto uniformado, pero un compañero lo contiene. Le dice que lo deje, que «el pobre está herido y que no dará más trabajo» Pero el «pobre hombre», a tiempo que arranca el remise, sube a la vereda, se zambulle ágilmente por la puerta de un bar, y apareciendo por una de las ventanas dispara contra el coche en marcha.
En penosa marcha -9 compañeros a bordo y una rueda pinchada- tras pocas cuadras se entra en una calle a contramano. A mitad de la cuadra un milico plantado en el medio de la calzada, levanta la mano para detener el coche. Viendo que el auto se le viene encima, echa mano del arma y salta hacia la vereda. Los compañeros responden al fuego del milico hasta que éste se mete en un bar. Los disparos del milico no hirieron a ningún compañero, pero sí a un hombre que salía del bar y al que la Policía, tomándolo por un tupamaro impide la asistencia medica, dejándolo desangrar encerrado en un calabozo. Aunque se atribuyó el disparo a los compañeros, el testimonio de éstos -fiel siempre a la verdad aunque sea dura-, lo mismo que las pericias técnicas, demuestran lo contrario. Desde luego, que la prensa se cuidó muy bien de decir la verdad.
En llanta, con los vidrios casi rotos, el capot hecho un acordeón a causa del choque con la camioneta que le impedía su salida, parecía que el remise no iba a llegar al lugar de concentración final. Pero llegó.
i) Regreso
Todos los equipos en el cementerio, los compañeros del Banco de Pando, abandonan rápidamente el coche transbordando a otros donde ya se han ubicado el coordinador y la compañera a cuyo vehículo se le rompiera un eje.
Encabezado por el furgón y seguido por 5 coches, el «cortejo fúnebre» parte hacia Montevideo a las 13 y 20, tomando por el camino Las Piedritas. No se regresa por Camino Maldonado porque, aún siendo la vía más directa, se presume que será utilizado por las fuerzas represivas ya alertadas.
En el cruce de Las Piedritas con la Ruta 84 -a 10 kilómetros del cementerio- se resuelve alivianar la carga de gente, dejando allí a los 7 empleados de la funeraria. Aunque estos protestan, se les explica la situación: coches sobrecargados, marcha lenta y un compañero herido -Pucurull- que requiere rápida atención médica. Se les deja entonces, y ocupan su lugar en la Kombi algunos compañeros de otros coches. De paso, como en la columna de Pucurull no hay servicio de sanidad, se le pasa al furgón donde van los compañeros de una columna que lo tiene. Se reemprende la marcha a mayor velocidad pero no a la deseable. Toma la punta entonces el coche del República, pues los compañeros de este equipo conocen mejor el camino.
Se cruza Suárez, localidad distante 15 kilómetros del cementerio y se comprueba que todo esta tranquilo, que allí todavía no hay alarma.
Tres kilómetros después, llegados a un punto denominado Cassarino se advierte la Policía Caminera que siempre se aposta allí. Mientras uno de los agentes, parado junto a su vehículo apunta con una metralleta a la caravana que se acerca, el otro, en medio del camino hace señas para que se detengan. La actitud del hombre no manifiesta una convicción mayor. Quizá tiene dudas de que no sea aquello en realidad un cortejo fúnebre. Lo cierto es que los compañeros, con sus armas prontas, simulan obedecer las señas. Aminoran la marcha y cuando los «camineros» esperan que se detengan, aceleran, cruzan y se alejan sin problemas.
Al llegar al empalme de los Caminos del Andaluz y Osvaldo Rodríguez -ya a 24 kilómetros del punto de partida- la caravana se divide. El furgón y 2 coches toman por Osvaldo Rodríguez y, dispersándose en el camino, llegarán a Montevideo con el compañero herido y el dinero de los Bancos de Pando y de Pan de Azúcar, lo que suma unos 7 millones de pesos. En Camino Repetto se cruzan con un vehículo de la Guardia Metropolitana -una camioneta azul de las llamadas «chanchitas»-, en rápida marcha hacia Pando.
La Kombi y los remises del República y de Bomberos -este último por error- doblan a la izquierda y toman por Camino Cruz del Sur. Allí, a kilómetro y medio del empalme donde se dividiera la caravana, hay una Gutbrod, con una rueda levantada por un gato, como si estuviera descompuesta. Es una camioneta legal, que, aunque vieja y desvencijada marcha todavía. La Kombi se detiene junto a ella y transborda el dinero del República, las armas utilizadas y dos compañeros.
Primer enfrentamiento
En tanto la Kombi transborda, el remise del República sigue adelante. Recorridas 6 cuadras, al llegar a 300 metros de Camino Repetto, los compañeros advierten dos patrulleros cortando el paso atravesados en un puente que está 50 metros antes del camino Se detiene la marcha y se estaciona el vehículo en la banquina.
Uno de los coches patrulleros comienza a moverse lentamente, mientras los compañeros organizan el enfrentamiento. Doscientos metros, ciento cincuenta, cien, el avance continúa lento pero sin pausa. Cuando llega a unos 70 metros los compañeros hacen fuego con armas largas y cortas, parapetados unos en los vehículos y otros desde el lugar en que están junto al alambrado. Un compañero se adelanta un par de metros y rodilla en tierra desde el medio del camino, dispara su fusil Mauser, el patrullero recibe tres impactos, uno de los cuales le destroza el parabrisas y se detiene.
Nueva y breve deliberación: desde los patrulleros se está trasmitiendo, guiando a las fuerzas represivas. Se decide la retirada, uno en la Kombi a la que tratan de poner en condiciones, y los demás hacia el monte. Entonces llega la Gutbrod; sus dos ocupantes bajan y van tras los compañeros que marchan a campo traviesa Los que intentan movilizar la Kombi, optan por marcharse en la camioneta recién llegada. Uno de ellos corre y alcanza al chofer en la portera. A pulso dan vuelta la Gutbrod y parten en ella 8 compañeros que desandan el Camino Cruz del Sur rumbo a Camino Maldonado distante a unos 6 kilómetros. A mitad de este recorrido esconden las bolsas con dinero entre el pasto a orillas de una cañada (Más tarde serán encontradas por 3 chiquilines que cortan pasto, que las ven pero las dejan.) Batiendo la zona, llega la Policía al caer la tarde e interroga a los muchachitos. Ellos contestan que están cortando pasto y no dicen palabra sobre la plata. Como los milicos se ponen a desembolsarles el pasto, el más pequeño de los chiquitines, tal vez por miedo, señala el lugar donde está el dinero.
Más adelante se deja el Camino Cruz del Sur, se toman caminos vecinales y luego el Camino Centauro. A 400 metros de Camino Maldonado, 4 compañeros se bajan y luego de esconder sus armas en un monte vecino, se separan dirigiéndose al Camino Maldonado donde tomarán ómnibus que los traen sin problemas hasta Montevideo.
Los otros 3 siguen en la Gutbrod, la cual abandonan en Camino Centauro a una cuadra del Camino Maldonado. Se separan por parejas y tras mucho caminar cruzando campo llegan a los cantones -que luego caerán-, donde se cambian de ropa para salir en ómnibus de la zona.

A campo traviesa
Al partir la Gutbrod, marchan por el campo rumbo al monte un grupo de unos 20 compañeros, en el cual van tres mujeres. Pasan el monte y cruzan el arroyo de Toledo Chico, simplemente a pie, porque esa vía de agua es muy poco caudalosa. Doscientos metros más adelante el grupo se divide en dos. Uno toma a la derecha buscando salir a Camino Cuchilla Grande, mientras el otro procura salir a Camino Maldonado, marchando en dirección contraria. Suponen que el primero está a 3 o 4 kilómetros de allí y el segundo a 2 o 3 kilómetros
Es una marcha desorientada, una huida a campo traviesa. El desconcierto va ganando a casi todos los compañeros. No se conoce el terreno en que se anda ni la ubicación en que se está. Solo se intuyen vagamente las direcciones. También se sabe, con certeza, que el tiempo corre a favor del enemigo. Cada minuto que pasa, reduce las posibilidades de escapar.
A los 5 minutos de iniciada la marcha aparece un helicóptero que vuela bajo, rastrea el campo y sin duda alguna orienta por radio a las fuerzas que afluyen desde Montevideo. Va y viene, aparece y desaparece zumbando. Algún árbol o algún barracón permite a algunos compañeros ocultarse del rastreo. Mientras tanto el grupo se va disgregando poco a poco. En grupos de a 2, de a 3 o aun solos, los compañeros se separan. Unos van quedando rezagados, otros toman rumbos diversos, mientras algunos optan por quedarse escondidos entre yuyos.
Pata y pata, campo y campo. A veces, algún hombre del lugar que orienta con sus datos.
Campo y campo, pata y pata, costeando o cruzando alambrados, salvando zanjas, cañadones, barrancas, mientras en el aire persiste el sordo zumbar del helicóptero, al cual pronto se une el ulular de las sirenas, que vienen por los cuatro puntos cardinales y que a cada paso se hace más vivo, más intenso, más cercano. De tanto en tanto, cuando se alcanza un punto alto, se ven a lo lejos pasar chanchitas, patrulleros, camineras.
A los 10 minutos de marcha, en momentos en que un grupo delibera, es tiroteado por dos milicos distantes unos 300 metros. Sin llegar a acordar si se tratará de escapar o se procurará esconderse hasta la noche, se dispersan los fugitivos, dejando atrás a los milicos, que no los siguen. A 5 minutos más de marcha Jorge Salerno, que interviniera en el copamiento de la Comisaría, y Arapey Cabrera, ven cortado su paso por un patrullero. Desvían algo su rumbo y se meten en un monte de eucaliptus, distante unos 100 metros, calle por medio de una escuela.

Cerco y muerte
Desde el patrullero hacen fuego hiriendo a Arapey Cabrera: dos impactos le destrozan el humero del brazo derecho. Salerno repele el fuego hasta quedar sin municiones. Entonces sale del monte y a la vista de los milicos, arroja el arma al suelo y levanta los brazos. En tal situación es acribillado por fuego graneado de fusil.
Mientras tanto, cada vez más desperdigado y más desorientado, el resto de los compañeros sigue andando, entre el sonar de las sirenas y el zumbar del helicóptero. En distintas direcciones suenan tiros. Algunos compañeros se internan en una zona de chacras, cruzan de una a la otra haciendo preguntas a la gente del lugar. Mientras tanto, en diversos lados van cayendo en poder de las fuerzas represivas.
Un grupo de unos 8 compañeros, quizá el más numeroso a esta altura de los acontecimientos -van unos 20 minutos de marcha- llega a una zona relativamente poblada. Ya sea por temor o por curiosidad, la mayoría de la gente ha abandonado sus casas y ha ganado la calle.
Los 8 marchan de casa en casa, de quinta en quinta, hasta llegar a un terreno cuyo rancho dejan detrás para ocultarse bajo tupidos transparentes. Enseguida nomás el tropel de la jauría ha llegado, comienza a disparar a diestra y siniestra. Seis compañeros entran al rancho, mientras dos quedan afuera. Así, Enrique Osano es herido de un balazo en la rodilla. Se entrega brazos en alto, pero los milicos le siguen tirando. Solo su mala puntería frustra sus asesinas intenciones.
Hasta aquí, lo que se ha podido reconstruir -con el testimonio de compañeros- de lo ocurrido durante los 25 minutos que transcurren desde el comienzo de la marcha, hasta la detención de 16 compañeros, 2 compañeras y la muerte de Jorge Salerno, Ricardo Zabalza y Alfredo Cultelli.
Si no bastara la saña carnicera con que actuó la fuerza represiva, para no dudar que Cultelli y Zabalza tuvieran la misma muerte que Salerno, con el paso de los días se fueron recogiendo elementos de juicio que lo confirman y que constan en los expedientes judiciales. Zabalza, se tirotea con la Guardia Republicana. Herido por una ráfaga de metralleta, se entrega. Camino al vehículo de la Republicana que dista unos 80 metros, ambos conversan. El agente le pregunta por qué no usó la granada que tenia. Zabalza le explica que el objetivo de la lucha del MLN no es matar policías, sino terminar con el sistema capitalista para tomar el poder y construir una sociedad mejor, igualitaria y fraterna.
Llegados al vehículo, los agentes que allí estaban se abalanzan sobre el prisionero, clamando que hay que matarlos a todos, obedeciendo así al Código W-1 del presidente Pacheco. El agente que lo tomó prisionero trata de calmar la jauría, pero lo deja allí y parte de nuevo al campo.
Luego aparece que Zabalza «fue muerto al tirotearse con la Policía». Su cadáver presenta un balazo con orificio de entrada en la nuca y alojado en el frontal. Además tiene hundimiento de cráneo producido seguramente por un culatazo.
Por su parte, las heridas de Cultelli evidencian que se le tiró, desde atrás y desde adelante, cuando tenía los brazos en alto.
En cuanto a Salerno, se sabe que se lo dejó desangrar, ante la negativa del oficial del grupo, al pedido de un cronista de solicitar una ambulancia. El mismo oficia! además, pisoteó y pateó al herido a voluntad.

Jauría carnicera
Entre los detenidos, dos resultaron heridos de bala y todos los demás, con diversas heridas a consecuencia del castigo a que fueron sometidos.
El comportamiento de las fuerzas represivas, y en particular de la Guardia Metropolitana, daría para escribir largo sobre la ferocidad, ensañamiento, y sadismo de cientos de hombres convertidos en bestias carniceras, desde luego, sin el atenuante de que las verdaderas bestias solo matan para defenderse o para alimentarse. El tormento de los compañeros comienza cuando son apresados, continúa durante su traslado a Montevideo y culmina en la Jefatura de Policía, la cloaca de San José y Yí, refugio y lugar de regodeo de ex-hombres, alimañas de la peor especie, lo más abyecto y cobarde que se pueda concebir en figura humana.
Aunque en esta oportunidad, es justo reconocer, lo grueso del castigo y del ensañamiento, estuvo a cargo de la Metropolitana, que prácticamente, copó la cloaca por algunas horas.
Apresados, esposados y en el suelo, ni un solo compañero o compañera se salvó de ser golpeado. Puñetazos, patadas, culatazos, en la cara, en la cabeza, en los testículos, en cualquier parte del cuerpo. Se le suben encima, caminan sobre ellos hundiendo a cada paso el taco de las botas. Buscan las heridas para machacar allí, donde más duele, mientras gruñen, ríen, insultan y amenazan de muerte.
-«Hay que matarlos a todos»
-«De aquí no salís vivo, hijo de puta»
Esgrimen armas cortas y largas, colocan los caños en la cabeza, en la sien, en la nuca, en la boca, en el pecho, mientras ajustan y presionan el dedo en el disparador, haciendo sentir así, y más de una vez el «gusto», de la muerte a sus prisioneros. Todos pegan, todos amenazan. Terminan unos y vienen otros; se disputan el turno, la presa y la herida para golpear. Los que han terminado, recomienzan. Una jauría interminable e insaciable, un festín de fieras.
La actitud de alguna gente de la Caminera que «peleó» un prisionero que quería arrebatarlo la Metropolitana; la intervención de algún elemento de Inteligencia y Enlace que hizo lo propio, y la presencia de los periodistas -como testigos indeseables- salvaron la vida de varios compañeros.
En los vehículos que los trasladan a Montevideo, las fieras no descansan. Cuando llegan a la cloaca, sangrantes y molidos a golpes, los compañeros deben recorrer una doble fila de «metros», compacta de alimañas, donde cada puño y cada «pata» asesta un golpe o arranca su mechón de pelo.
Terminado el desfile, el festín sigue en los ascensores, en los calabozos, en los interrogatorios, en cuanto lugar haya un compañero. Las bestias ríen y gruñen, también lloran: borrachos de histeria los «metros» son presa de un llanto insano y grotesco.
Cuanta alimaña hay en la cloaca, abandona su rincón y se suma a la «molienda» Hasta de la Oficina de Dactiloscópica, viene un enano a sacarse las ganas de pegar.
Para finalizar mostraremos cuatro casos, que pueden dar una pauta de lo que se hizo con los defendidos en su conjunto:
Arapev Cabrera: En el lugar donde cae herido se le paran y saltan sobre el brazo destrozado, le meten el caño de una 45 en la boca hiriéndole en los labios las encías y el paladar. Ya en el Hospital Militar cuando recobra su conocimiento los guardias que lo custodian lo amenazan y le mueven la aguja del plasma que le esta siendo administrado por vía venosa.
Enrique Osano: Se le paran encima, y caminan sobre él, pisoteándole como para aplastarle el tórax y el abdomen. Lo patean en la cabeza, en la cara, donde sea. Luego lo arrojan en una cuneta y lo mantienen boca abajo, con la cara hundida en el barro. Cuando lo llevan al vehículo, sangrando por la nariz, el oído y tres heridas, dos en la cabeza y una en la rodilla, en el propio momento que sube, una alimaña exclama, señalándole detrás de la oreja "Mira. acá no tiene sangre» Y lo hiere en ese lugar. Ya en la cloaca, cuando advierten que tiene un balazo en la rodilla, lo obligan a caminar y cuando no puede mas, lo hacen arrodillarse tomándolo de los pelos, arrancándole mechones. En el Hospital Militar, le cosen la herida de la cabeza sin anestesia y sin hilo.
Elbio Cardozo: En la cloaca le rompen los labios y le hacen saltar los dientes del maxilar superior de un garrotazo. Luego en el calabozo, lo golpean hasta desmayarlo.
Eleuterio Fernández: Durante su traslado a Montevideo, cada vez que las heridas de su cabeza dejan de sangrar, los "metros” que lo conducen se encargan de escarbárselas y abrírselas con los dedos. Luego se limpian las manos con las ropas del compañero.
Justo es reconocer que tanto para escarbar como para limpiarse, emplean la más minuciosa delicadeza.
Fernando Rodríguez
extraído de Actas Tupamaras
Extraído de Mate Amargo, 5 de octubre de 1995