
El viernes 30 de agosto de 1918, la reunión del Consejo de Comisarios
del Pueblo había sido fijada a las 9 de la noche. Como siempre, en la
tabla había varios puntos, cada uno de los cuales era importante para
la joven República Soviética que luchaba contra enemigos internos
y externos.
Ese día había que examinar los problemas relativos a la construcción
de las vías férreas para el transporte de comestibles, a la distribución
de los fósforos – en el país no alcanzaba ni lo más
indispensable-, a la creación del fondo para la alimentación infantil
y la apertura de comedores infantiles, al financiamiento de las fábricas
productoras de equipos militares para el Ejercito Rojo que luchaba en los frentes
de la guerra civil.
A la hora fijada estaban reunidos todos los miembros del Consejo de Comisarios
del Pueblo, sólo falta el Presidente. Pero ya se abrirá la hoja
izquierda de la puerta a la sala de reunión entrará rápidamente
Vladimir Ilich Lenin. Todos conocían la excepcional puntualidad de quién
no se atrasaba nunca, y exigía lo mismo de los demás.
¿ Qué podría retener esta vez a Vladimir Ilich? Ya son
las nueve y él no ha llegado....
Los reunidos están alarmados. Inesperadamente, entra corriendo a la sala
del Consejo de Comisarios del Pueblo una mujer que grita:
- ¡ Un doctor! ¡Un doctor!
Traía una noticia terrible: Lenin está herido, y lo han llevado
a casa desangrándose.
Ese día no se realizó la reunión del Consejo de Comisarios
del Pueblo....
LA SITUACIÓN SE TORNABA INQUIETANTE
El Comité del Partido de Moscú efectuaba generalmente mítines
en las fábricas los días viernes. Según informaba el diario
“Pravda” del 30 de agosto de 1918, en muchos distritos, incluyendo
los de Basmanni y de Zamoskvorestski, aquel día debían realizarse
grandes mítines dedicados al tema de los “Dos poderes” (
dictadura del proletariado y dictadura de la burguesía). El primer nombre
que figuraba en la lista de oradores era el de Vladimir Ilich Lenin. En ese
tiempo, él a menudo iba a hablar en ese tiempo, él a menudo iba
a hablar en las asambleas de obreros y no había posibilidad de que, pretextando
ocupaciones en asuntos estatales, se negara a ir a un mitin o reunión
fabril. El sentido de la responsabilidad, característico en Lenin, determinaba
su actitud ante cualquiera de sus actuaciones públicas.
Gleb Krzhizhanosvki, uno de sus compañeros de lucha recuerda: “Vladimir
Ilich cautivaba, literalmente a cualquier auditorio. No leía nunca sus
discursos y conferencias, hablaba guiándose por un pequeño resumen,
escrito a veces en un cuarto de hoja. A veces, ocurría que iba a su oficina,
pero él me decía: - “ Espere, Gleb Maximiliánovich,
ahora me estoy preparando para mi discurso en la ceremonia de despedida a los
soldados rojos”.
“El se preparaba con especial cuidado para hablar ante los obreros”.
En el verano de 1918 la situación en el país era alarmante. Metafóricamente,
Lenin la había caracterizado así: “Asistimos a una situación
en que las olas embravecidas de la reacción imperialista, de la matanza
imperialista de pueblos, embisten contra la pequeña isla de la República
Socialista Soviética como dispuestas a hundirla en cualquier instante”.1
A fines del verano la situación se había agudizado extraordinariamente.
En julio se habían sublevado los eseristas de izquierda. 2 Aplastar su
resistencia era aún más difícil, porque en un pasado no
lejano les había unido el partido leninista el odio común a la
autocracia y al yugo de las conquistas de Octubre tuvieron que levantar las
armas contra aquellos con quienes antes habían participado juntos en
la lucha revolucionaria, juntos habían estado en celdas y prisiones y
juntos habían soportado privaciones en el destierro.
El levantamiento fue aniquilado, pero la aventura de los eseristas de izquierda
empeoró la situación del Poder Soviético, pues se hicieron
más frecuentes los actos terroristas contra destacadas personalidades
del Partido Comunista. A fines de junio los eseristas asesinaron al redactor
de “Krasnaya gazeta”, V.Volodarski. La mañana del 30 de agosto,
desde Petrogrado ( actual Leningrado) llegó a Moscú la triste
noticia de que había sido asesinado M. Uritski, quien encabezaba entonces
la Comisión Extraordinaria (la Checa) de Petrogrado para la lucha contra
el sabotaje y la contrarrevolución.
Al Comité de Moscú del Partido Comunista llegaban noticias sobre
la preparación de actos terroristas en una serie de distritos de la ciudad.
Ese día, en la reunión del Buró del Comité del Partido
de Moscú se decidió pedir a Lenin suspender el viaje a las fábricas.
Su hermana María Uliánova, que trabajaba entonces en la Redacción
del “Pravda”, tampoco le aconsejaba ir. Cuando el hermano no hizo
caso del consejo, ella le pidió que la llevara con él, pero Vladimir
Ilich respondió: “Por ningún motivo”.
Ese día, Nikolai Bujarín, destacado dirigente del Partido Comunista
– miembro del Comité Central- , almorzó con Lenin y también
trató de convencerlo de la necesidad de dejar de lado su participación
en mítines. Pero a pesar de todas estas peticiones, consejos y persuasiones,
cerca de las cinco de la tarde Vladimir Ilich se marchó a los distritos
de Basmanni y Zamoskvoretski. Su primer discurso lo pronunció en el edificio
de la ex bolsa del trigo y fue acogido con los cálidos saludos de los
reunidos.
Su segunda intervención fue en el distrito de Zamoskvoretski, en la fábrica
que antes perteneciera al fabricante Michelson.
El jefe del Estado soviético concluyó su intervención en
el mitin fabril con estas palabras: “¡ Tenemos una sola salida:
la victoria o la muerte!”.
Después de esto en compañía de los obreros con quienes
conversaba animadamente se dirigió al automóvil que lo esperaba.
Lenin se daba prisa pues a las nueve de la noche lo esperaban en el Consejo
de Comisarios del Pueblo. Pero, como ya sabemos, los aguardaron en vano...
“ESTO PUEDE SUCEDERLE A CUALQUIE REVOLUCIONARIO”
Quienes presenciaron los hechos, relatan lo que ocurrió al término de ese día funesto en el patio de la fábrica de Michelson. Más abajo citamos testimonios documentales de dos de ellos. Las notas de sus declaraciones fueron hechas esa misma noche, cuando las huellas del crimen estaban aún frescas.
Stepán Guil, chofer: Llegúe con Lenin a la fábrica de
Michelson. Cuando Lenin ya estaba en el local de la fábrica, se me acercaron
tres mujeres y uno de ellas preguntó quién estaba hablando en
el mitin. Respondí que no lo sabía.
Entonces, una de ella dijo, riéndose:
“Ya lo sabremos”. Al término de la charla de Lenin, que duró
cerca de una hora, un grupo de unas 50 personas salió corriendo del local
donde había sido el mitin, y se dirigió hacia el automóvil
y lo rodeó. Tras la multitud venía Ilich, rodeado de mujeres y
hombres, conversando animadamente.... Cuando Lenin estaba ya a una distancia
de tres pasos del auto, vi que desde un costado, por el lado izquierdo de aquél,
desde detrás de algunas personas y a una distancia de no más de
tres pasos, se alargaba una mano femenina con una pistola browning y sonaron
tres disparos, después de los cuales yo me lancé hacia el lugar
donde habían disparado. (Luego Guil se corrigió, diciendo que
había notado la mano con la browning después del primer disparo).
La mujer que disparó lanzó el revolver a mis pies y se ocultó
entre la muchedumbre.
Stefan Baturin, ayudante del Comisario Militar de la Quinta División
de Infantería de Moscú: “Cuando el público salió
del mitin, me encontraba a 10 o 15 pasos del camarada Lenin que iba delante
de la muchedumbre. Escuché tres disparos y vi al camarada Lenin tendido
en tierra boca abajo. Grité: “¡ Deténgalo, agárrenlo!”,
y detrás de mí vi a una mujer que actuaba de manera extraña.
Cuando la detuve y cuando desde la muchedumbre que nos rodeaba empezaron a gritar,
diciendo que ella había disparado, le pregunté otra vez si ella
había disparado sobre Lenin, respondió que en efecto había
sido ella.
Nos rodearon soldados rojos y milicianos armados que no permitieron que la lincharan
y la condujeron al Comisariato Militar del distrito de Zamoskvoretski”.
Ahí, durante el primer interrogatorio, que se inició a las 11
horas 30 minutos de la noche, se estableció de identidad de la terrorista.
A Lenin le disparó Fanny Kaplán. Según sus palabras le
disparó por iniciativa propia. Antes de la revolución ella era
anarquista, luego había ingresado al partido de los eseristas. Y tanto
en el primer interrogatorio como en los últimos, ella insistió
en que el atentado lo había realizado sola, sin aconsejarse con ningún
miembro de su partido. También esta versión la mantuvo entonces
la dirección del partido eserista, que en septiembre de 1918, en una
declaración oficial deslindó toda responsabilidad respecto del
acto terrorista. Sólo más tarde fueron descubiertos los resortes
secretos que condujeron a realizar este crimen.
Lo ocurrido el 30 de agosto en la fábrica de Mcihelson conmovió
a quienes fueron testigos directos del atentado y a quienes se enteraron de
él a través de la radio y de los diarios.
Los disparos que resonaron inesperadamente en el patio de la fábrica
produjeron confusión entre los obreros. Pero se escuchó una voz
que decía: ¡Calma, camaradas! ¡Esto no tiene importancia!
¡Manténgase organizados...!” Las palabras pertenecían
a Lenin, quien al pronunciarlas, cayó y sobre él se inclinó
el chofer Stepán Guil.- ¿ Lo detuvieron o no?- preguntó
Vladimir Ilich, pensando que había disparado un hombre.
Guil, junto con los compañeros de la fábrica, acomodó con
cuidado al herido en el automóvil. Este partió. Iván Polutorni,
uno de los acompañantes, recuerda, cómo llegaron al Kremlin.
Cuando Lenin se quejó de que el brazo le dolía mucho, trató
de prestar los primeros auxilios al herido. “Le saqué el abrigo,
la chaqueta... La manga de la camisa estaba llena de sangre, la rompí
y vi la herida de la cual manaba la sangre. ¿Cómo detener el flujo?
Ibamos por la Bolsháya Polianka ( una calle en el distrito de Zamoskvoretski.-
N.de la Red.)... Ahí está la casa de la comunidad de Iverskaya
donde haya una sala de reconocimiento de enfermos. ¿ No sería
mejor- le digo- pasar a la comunidad? Aquí le harán una curación...
“Responde:- No me detendré en ninguna parte, voy directo al Kremlin.
“Pero hasta el Kremlin quedaban todavía unos 10 o 15 minutos de
marcha y la sangre manaba con más fuerza.
Casualmente me encuentro en un bolsillo un trozo de cuerda y le pido al camarada
que va sentado conmigo que me ayude y le ligué el brazo más arriba
de la herida”
Cuando por fin el automóvil, sin disminuir la velocidad, entró
al territorio del Kremlin, y se detuvo junto a la entrada del edificio donde
vivía Lenin, éste salió del auto con ayuda de los camaradas
que lo acompañaban. Pero cuando le propusieron: “Nosotros lo llevaremos,
Vladimir Ilich”, él se negó rotundamente y dijo con firmeza:
- Caminaré sin ayuda....
Herido gravemente, Lenin subió en silencio hasta el tercer piso, salvando
los 52 escalones.
Desde la ventana departamental, al ver que Lenin salía del auto con ayuda
de sus acompañantes, su hermana María Uliánova bajó
precipitadamente a su encuentro.
El la tranquilizó diciendo que no era nada especial, que sólo
era una herida en el brazo.
A todo los que se entrevistaron con Lenin durante los primeros días después
de haber sido herido les sorprendía su sangre fría y su entereza.
El jefe de las masa revolucionarias, el revolucionario que había pasado
la escuela de la clandestinidad, soportado arrestos, detenciones en cámaras
incomunicación y el destierro siberiano de tres años, estaba preparado
para cualquier prueba. Al día siguiente de ser herido Lenin le dijo tranquilamente
a Vladimir Rózanov, el cirujano que lo trataba: “Esto puede sucederle
a cualquier revolucionario”
Coraje
El boletín N° 1 sobre el estado de salud del Presidente del Soviet de Comisarios del Pueblo anunciaba a las 23 horas del 30 de agosto: “ Se han constatado dos heridas con arma de fuego sin salida, una bala, ingresando por encima del homóplato, izquierdo, penetró en el tórax, interesó la parte superior del pulmón provocando una hemorragia interna en la pleura y se atascó en la parte derecha del cuello, más arriba de la clavícula derecha. La otra bala penetró en el hombro izquierdo, fracturó el hueso y se atascó bajo la piel en la región humeral izquierda: hay a la vista un caso de hemorragia interna. El pulso es de 104. El enfermo está totalmente consciente. Han sido llamados los mejores especialistas y cirujanos para que se hagan cargo del tratamiento”
Desde el 31 de agosto hasta el 18 de septiembre – cuando apareció el último boletín, con el N° 38- la nación entera se despertaba alarmada cada día: ¿ Cómo está la salud de Ilich? Durante los primeros días la situación era seria. Nadezhda Krupskaya, la esposa de Lenin, escribía más tarde: “Indudablemente la vida de Ilich estaba en peligro estuvo a un pelo de la muerte”
Los íntimos se preocuparon especialmente la primera noche. Entonces
estuvo junto a Lenin Alexandr Vinocúrv, médico, que ocupaba el
cargo de Comisario del Pueblo para la Seguridad Social. Siendo uno de los que
había llegado a la reunión del Soviet de Comisarios del Pueblo,
Vinocúrov fue el primer médico que examinó al herido.
“Fue una noche de alarma a causa de la incesante hemorragia interna y
de la debilidad – expresó al día siguiente al describir
el estado del paciente- . Pero el corazón del vigoroso defensor del proletariado
y el campesinado pobre resistió en la lucha contra el peligro inmediato
había pasado, y por la tarde del segundo día, el camarada Lenin
ya bromeaba con los médicos que lo trataban”
Hay otro testimonio, el del cirujano Vladimir Rózanov, quien fue llamado
la mañana del 31 de agosto “Cogí la mano derecha de Vladimir
Ilich para tomarle el pulso, Vladimir Ilich aprieta débilmente mi mano,
seguramente saludando y dice con voz bastante clara: “No es nada ellos
se inquietan inútilmente” (estas palabras se refieren a sus familiares
y allegados- N. De la Red.) ... Buscó su pulso y para espanto mío
no lo encuentro, a veces está como filiforme”
En su calidad de enfermo gravemente herido, a Lenin le estaba prohibido hablar.
No le daban libros ni diarios. Eso a él lo cansaba y como no quería
someterse al dictado de los médicos se sobreponía a su dolor.
Durante el primer día de postración llegaron al Kremlin tres soldados rojos, representantes del Primer Regimiento de Fusileros de Moscú. Venían directamente de un mitin en los cuarteles militares para entregar una resolución adoptada allí. Ahora es difícil imaginar cómo lograron convencer a los médicos de turno para que les permitiera pasar hasta donde yacía Lenin. Pero de alguna forma los convencieron.
Uno de ellos Piotr Nóvikov, relató lo siguiente: “Ilich hacía señas con los ojos para que me acercara más. Me molestaba el fusil, se lo pasé a mi compañero y me acerqué mucho, inclinándome hacia la cama. Vladimir Ilich dijo con voz queda: - Déle saludos a los camaradas de su regimiento. Dígales que estoy seguro de que ellos sabrán mantener en sus manos las conquistas de Octubre...”
Ya durante la segunda noche, el Soviet de Petrogrado, por línea directa,
consultó al Kremlin sobre el estado del jefe y obtuvo la siguiente respuesta:
“Ahora ha pasado el peligro mayor. El enfermo se siente bien y muy animado”
Sin embargo, pasaron aún algunos días antes de que Lenin se levantara
de la cama.
“¡ES LA PELEA! CADA UNO ACTUA COMO PUEDE!”
Entre los que visitaron a Lenin después del atentado, estuvo el escritor
Máximo Gorki. En los primeros tiempos, cuando recién había
vencido la revolución, él no se reunía con el jefe de ella,
discrepaba seriamente con él en la valoración de la Revolución
de Octubre y no creía en las fuerzas creadoras de las masas semianalfabetos.
El atentado contra Lenin, la reacción de los obreros y campesinos ante
este hecho, dispuestos como un solo hombre a levantarse en su defensa y por
último, la conversación con Ilich a principios de setiembre de
1918 produjeron en el escritor una impresión imborrable. Según
su propia opinión, se inició un cambio en sus juicios. Sobre este
encuentro cuenta Gorki en su relato “Lenin”.
“Fui a verle cuando aún no dominaba bien del todo el brazo y apenas
podía mover el cuello, donde le había dado la bala. En respuesta
a mi indignación, dijo con desgana, como se habla de algo que produce
hastío: -¡ Es la pelea! ¿Qué se le va ha hacer? Cada
uno actúa como puede- Nuestro encuentro fue muy cordial, pero, claro,
los penetrantes ojos del simpático Ilich que todo lo veían me
miraban a mi, “oveja descarriada”, con manifiesta condolencia. A
los pocos minutos, Lenin dijo acaloradamente: - Quien no está con nosotros,
está contra nosotros. Eso de que hay gente independiente de la historia
es una quimera... ¿ La alianza de los obreros con los intelectuales?,
¿si? Eso no estaría mal, ¡qué va! Dígale a
los intelectuales que se sumen a nosotros”3
Este encuentro es testimonio de cómo Lenin catalogaba el crimen cometido.
En un acto terrorista él veía no la trágica casualidad,
sino una manifestación regular de la agudeza de la lucha interna y externa
contra el Poder soviético. En esta cruel “pelea”, como la
denominó Lenin, los enemigos hacían lo que sabían: recurrían
a métodos traicioneros y disparaban por la espalda desde un rincón.
En los meses que siguieron a Octubre de 1917, se hicieron algunas tentativas
claras de castigar al hombre que estaba al frente de las masas populares. En
la siniestra lista de atentados contra Lenin, elaborada por historiadores soviéticos,
figuran los siguientes hechos:
En diciembre de 1917, el “consejo militar” de los eseristas discutió
un plan para asesinar al jefe del Estado soviético. Sin embargo, los
primeros que inciaron la preparación concreta del atentado no fueron
los eseristas, sino los monarquistas representantes del partido, más
reaccionario de aquel tiempo.
Ofrecieron a un asesino a sueldo una gran suma a cambio de eliminar a Lenin.
A fines de diciembre de ese mismo año, llegó al recibo de Lenin,
en el Smolni, un estudiante con un revólver cargado. Fue detenido. Confesó
que su intención era disparar pero que no se había atrevido.
El 1° de enero de 1918, en Petrogrado, en uno de los puentes del Fontanka,
personas desconocidas dispararon al auto en que Lenin regresaba de un mitin.
Con él iban su hermana María Ulánova y un antiguo conocido
de Lenin, el socialdemócrata suizo. Fritz Platen. Al escuchar los disparos
no se desconcertó, rápidamente le agachó la cabeza a Lenin.
Una bala rozó el brazo de Platten.
¿Quién había disparado? Había varias versiones.
Cuando le comunicaron a Lenin la búsqueda de los participantes en el
atentado, él dijo:
- ¿Para qué? ¿Acaso no hay otros asuntos? Esto es absolutamente
innecesario.¿Qué tiene de sorprendente que durante la revolución
haya descontentos y empiecen los disparos?...
Cuando se dio término a las investigaciones relacionadas con el grupo
de conspiradores que habían atentado contra la vida de Lenin, se agudizó
bruscamente la situación en los frentes de la guerra civil. Los que habían
participado en el complot dirigieron una carta a Lenin solicitando ser enviados
al frente en carros blindados para los combates de avanzada contra el enemigo
que atacaba. Manifestando generosidad y sin pensarlo más, Lenin ordenó
: “Terminad el proceso. Liberadlos. Enviadlos al frente...”
Solamente cuando los actos terroristas adoptaron mayores proporciones, el Gobierno
de la joven República soviética paso a tomar medias extraordinarias
de respuesta. El “terror rojo” cuya leyenda emerge de tiempo en
tiempo y es avivada artificialmente en Occidente, fue una medida forzosa, dictada
por las duras circunstancias de aquel momento, necesaria para defender las conquistas
de Octubre de los atentados del enemigo.
Por disposición de la Comisión Extraordinaria de Rusia para la
lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución fueron fusilados Fanny
Kaplan, la eserista que había disparado contra Lenin, y Victor Kanneguiser,
miembro del grupo eserista y asesino de Uritski.
¿Quién estaba detrás de los disparos del 30 de agosto de 1918?
Los enemigos de la revolución urdían contra ella complots secretos
con el fin de asesinar al jefe del Gobierno soviético y derrocar al nuevo
poder. Lenin era una figura política de gigantesco significado y eso
lo entendían perfectamente sus enemigos. Su eliminación podría
descabezar a la revolución. A pesar de ello, y eso también era
de conocimiento de los contrarrevolucionarios, él evitaba precauciones
especiales en relación con la guardia, se entrevistaba con multitud de
personas y hablaba en los mítines.
Los conspiradores tenían la esperanza de utilizar las costumbres del
dirigente para llevar a cabo sus criminales intenciones. En la red de complots
y en la vorágine de las revueltas estaban implicadas diferentes fuerzas
antisoviéticas que contaban con el apoyo de los estados capitalistas.
En sus memorias.Nadezhda Krúpskaya describió los nexos entre la
contrarrevolución interna y la externa: “Era una época difícil.
Habiendo perdido todo en la gran revolución proletaria, la burguesía
buscaba ayuda en el extranjero, hoy toma dinero para organizar el levantamiento
y mañana pediría ayuda a las tropas alemanas, consagrándose
al saqueo de la población y moviéndose de una orientación
a otra”.
En setiembre de 1918., cuando Fanny Kaplán compareció ante el
Tribunal Revolucionario, para la Cheka, aún estaba muy confuso quién
era el real organizador del crimen cometido por ella. Solo después de
cuatro años vinieron a descubrirse los muchos hilos que unían
los disparos en la fábrica del ex fabricante Michelson con una larga
serie de acciones terroristas contra la revolución y su jefe. Entonces
en Moscú se realizó un proceso, cuya denominación vale
citar en su totalidad: “Contra el Comité Central y algunos miembros
de otros organismos del Partido de los Socialistas- revolucionarios acusados
de lucha armada contra el Poder soviético, de organizar asesinatos y
de mantener relaciones desleales con Estados extranjeros”. La denominación
misma del proceso denota el contenido y los métodos de las acciones criminales
del partido eserista que seguía en peligros rumbo político. Mientras
más lejos iba, más se distanciaban los caminos de este partido
con el camino del pueblo revolucionario.
Sin embargo, el terror individual contra los dirigentes de la revolución
vencedora era utilizado no sólo por los eseristas, sino también
por organizaciones monárquicas y por los guardias blancos, que le habían
declarado la guerra al poder popular. Este se encontraba rodeado de enemigos
externos, por cuanto a los diferentes grupos clandestinos que estaban actuando
en el país se les prestaba apoyo desde el exterior, no sin la ayuda de
representantes diplomáticos de las potencias imperialistas. A los enemigos
internos y externos los unía el común objetivo de restaurar el
régimen derrocado. El atentado contra Lenin era un eslabón en
la cadena de actos terroristas, ideados por la élite eserista y realizados
por grupos de combatientes clandestinos, a uno de los cuales había ingresado
Fanny Kaplan a comienzos de agosto de 1918.
Es dudoso que alguien vaya a negar que si no hubiera sido por los disparos de
la terrosita eserista, el fundador del Estado soviético hubiera podido
vivir largamente. Entonces, en el otoño de 1918, su fuerte organismo
venció rápidamente las consecuencias de la grave herida. Ya al
sexto día, aprovechando la ausencia de los médicos, un poco más
fortalecido, Ilich se levantó de la cama por primera vez y se paseó
por el corredor. Aunque la temperatura le subía un poco, él se
sentía vencedor. Todos los días se desvivía por el trabajo.
Al cabo de una semana, pidió la colección del diario “Gólos
trudovogo krestianstva”
( La voz del campesino trabajador) El 12 de septiembre, los médicos le
permitieron leer y al decimoctavo día participó en la reunión
del Consejo de Comisarios del Pueblo.
En estos pocos días otoñales del año 1918 se manifestó
el indoblegable coraje del jefe de la revolución. “Su heroísmo-
escribía Gorki- es una sencilla ascética inclinación, frecuente
en un honesto intelectual, un revolucionario ruso firmemente convencido de que
es posible la justicia social, es el heroísmo de un hombre que rechazó
todos los goces del mundo para dedicarse a un trabajo difícil a fin de
buscar la felicidad para gente”
Este relato se basa en las siguientes publicaciones: “ El atentado”
en Tiempos Nuevos Nros. 33-37 de 1987
Yuri Yúrov Un viaje por la libreta de direcciones de Lenin. Ed. Politizdat,
Moscú, 1980 y Yegor Jákovlev El retrato y el tiempo. Ed.Poltizdat
Moscú 1987