D O C U M E N T O Nº 18

26 de julio de 2005

“El 26 de Julio”

La máxima y simbólica efemérides de la Revolución tendrá este año, en su celebración, un carácter más reflexivo y militante. Así lo revelan las orientaciones lanzadas por el Partido con este motivo. El histórico discurso-defensa de Fidel, "La historia me absolverá" será objeto de aprendizaje para incontables cubanos, principalmente niños y jóvenes, en sus temas básicos, vinculados a los problemas de la tierra, la industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud en el momento de pronunciado el alegato y con perspectiva de un porvenir que se realizaría en Cuba después de triunfar la Rebelión. Convertir el 26 de Julio en una Gran Jornada de Trabajo es otro de los puntos esenciales de esa fecha evocadora, que coincide con el instante en que el país pone en tensión todas sus fuerzas para la gran conquista de los 10 Millones. La realización de la magna zafra, estimada como el Moncada de la Economía en la presente circunstancia, es proclamada como el trabajo principal que el Partido y las organizaciones de masas deben cumplir alrededor del día de Santa Ana. La Federación de Mujeres Cubanas se ha trazado como meta y saludo al 26 de Julio incorporar al trabajo a Cien Mil compañeras, aporte decisivo a los planes de desarrollo del país, bajo la consigna de "La Mujer, un trabajador más de la Revolución". Finalmente, se dará nuevo y más vigoroso impulso a la lucha por la disciplina laboral, el aprovechamiento de la Jornada de Trabajo y contra el ausentismo; nada tan necesario como entablar un combate persistente en cada centro de trabajo del país contra la indisciplina, la desorganización y el ausentismo, que roban los frutos del trabajo ajeno y frenan los planes de la Revolución. Y todo este programa de homenaje a la epopeya del Moncada no se circunscribe al día de su realización: es el punto de partida de todo un año de Esfuerzo Decisivo. El solemne compromiso de un pueblo con sus héroes y mártires tienen en él su máxima expresión.


AQUEL HISTÓRICO

26 DE JULIO

Por Javier Rodríguez


I

El primer disparo que se escuchó en la posta tres del Cuartel "Moncada" de Santiago de Cuba -segunda fortaleza militar en importancia de las que contaba la dictadura de Fulgencio Batista- marcó el comienzo del fin de toda una etapa vergonzosa de claudicaciones, de traición a la buena fe del pueblo cubano, de entreguismo a los poderosos intereses extranjeros, que tuvo que vivir nuestro pueblo.

Si se echa una ojeada a lo sucedido en los meses anteriores a aquel 26 de Julio de 1953, podrá comprenderme mejor, por quienes no fueron testigos de aquella histórica jornada de lucha, las razones valederas que armaron el brazo de los combatientes de la "Generación del Centenario".

Efectivamente, como Fidel mencionara en su trascendental alegato ante el tribunal que intentara juzgarlo -como si la rebeldía justa de un pueblo pudiera merecer algún tipo de sanción- todo parecía haberse confabulado para mancillar la memoria del apóstol, en grado superlativo, al arribarse a los cien años de su natalicio.

En el poder la más feroz tiranía que Cuba hubiera conocido, por obra y gracia de la burguesía nacional y bajo la directa influencia del vecino imperialista, se realizaban todas las maniobras para neutralizar la resistencia del pueblo y prolongar la vigencia de Batista. Al golpe militar que el 10 de marzo de 1952 encabezara el asesino de Antonio Guiteras, siguió una convocatoria a espúreas e inútiles elecciones, tras la anulación por la fuerza de todos los preceptos legales que impedían el acceso al tesoro público de militares traidores y politiqueros de la peor laya.

El entreguismo en algunos y la pasividad o la desorientación en otros, fueron los signos más destacados en la actuación de los partidos políticos frente al golpe militar. Algunos de sus dirigentes comenzaron a jugar a la insurrección, tratando de aumentar con ello su caudal político personal y otros estuvieron siempre dispuestos a participar en cuanto intento de "arreglo" electoral con el régimen apareciera a la vista.

A todo ello, se unía la represión organizada por el gobierno batistiano con exquisita dedicación. Buena prueba de ello la tenían constantemente los estudiantes universitarios, apaleados y agredidos a tiro limpio cada vez que intentaban expresar una protesta y los numerosos cubanos que, en las cárceles y estaciones de policía, habían conocido de los excesos criminales de los ya célebres Salas Cañizares, Orlando Ñiedra, Carratalá, Ventura, Laurent...

Desde el exilio, cómodamente instalado en el disfrute de los millones robados al pueblo, Carlos Prío Socarrás, el presidente derrocado el 10 de marzo, alentaba falsas esperanzas de ayuda a los movimientos insurreccionales, aprovechando para ello el desespero que cundía entre los jóvenes y revolucionarios sinceros, ansiosos de hacer algo eficaz frente a la tiranía imperante.

En el mes de julio de 1953, días antes de producirse el ataque al "Moncada", la prensa nacional recogía la situación de un país en deterioro progresivo desde todos los puntos de vista. Mientras un grupo de politiqueros, ansiosos por regresar a posiciones perdidas, se entretenía en presentar ante los propios tribunales batistianos, un recurso de inconstitucionalidad de la dictadura, ayudándola de esta forma a aparentar un clima seudo-democrático, la situación económica de campesinos y obreros era cada día peor. Huelgas, protestas obreras ante los despidos, peticiones de aumento de salarios y el consabido "plan de machete", que se aplicaba por la Guardia Rural a los campesinos inquietos, señoreaban en el ambiente.

Muestra pálida de lo que señalamos eran las informaciones publicadas a la razón, sobre la tremenda epidemia de gastroenteritis en Santiago de Cuba, que estaba matando dos niños diarios y que ya elevaba su macabro total a 41 pequeños fallecidos. La causa de no poderse controlar la situación; la falta de recursos del hospital santiaguero y la negativa del Banco de Sangre a proporcionar un solo centímetro cúbico de plasma si antes no era abonado convenientemente por los pobres familiares de los enfermos. En los mismos órganos de prensa, como símbolo de la época, se anunciaba una drástica reducción en el presupuesto nacional, asignándose la mayor rebaja a los recursos pertenecientes al Ministerio de Educación. Claro está que en la rebaja no entraban las cantidades asignadas a los bolsillos particulares de los jerarcas del gobierno.

Otro ejemplo elocuente era el caso de una pequeña cooperativa textil existente en Gibara, Oriente. Un accidente lamentable hacía que la Audiencia de Holguín la condenara a pagar dos mil pesos de multa y la embargara ante la imposibilidad del grupo de mujeres que la constituía de reunir los fondos necesarios. Una campaña nacional de colecta de fondos se hizo necesaria para tratar de evitar que las trabajadoras de aquel centro quedaran sin sustento alguno. Por supuesto, en la colecta de fondos no había ninguna aportación del régimen batistiano, ajeno a los problemas confrontados por aquel grupo de obraras.

Todas estas arbitrariedades sólo conseguían enardecer el ánimo de la juventud cubana. Al acrecentarse la decepción en cuanto a los líderes políticos tradicionales y clarificarse en la mente de muchos jóvenes el camino a seguir, la vanguardia revolucionaria surgía impetuosa y se producía su entrada en la Historia.

II

Numerosos e inútiles fueron los esfuerzos de la dictadura por restar dimensión al ataque al "Moncada" y por lanzar todo sobre la pura raigambre martiana y revolucionaria del movimiento. Apoyándose en la prensa mediatizada de la época, usando indistintamente el soborno y la amenaza, se pretendió, inicialmente, tender un velo de silencio en relación con la acción armada y cuando esto fracasó, achacarle al grupo de revolucionarios hipotéticas vinculaciones con grupos políticos que nada habían tenido que ver con los sucesos del 26 de Julio. Se desplegó propaganda aviesa sobre el supuesto derrotismo y miedo entre los sobrevivientes prófugos y hasta se trató de utilizar una mediación del Arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Enrique Pérez Serantes -producida ante la indignación popular por los asesinatos que se cometían indiscriminadamente, muchas horas después de finalizar el combate- para hacer ver que el líder de la Revolución se había entregado, tras recibir garantías para su vida.

Todos los intentos en este sentido fueron infructuosos. Poco a poco, a pesar de la censura y el terror, la verdad se fue abriendo paso y se conocieron, uno por uno, todos los detalles de la preparación y ejecución del ataque, así como de los momentos terribles que siguieron a la orden de retirada. Como colofón, la dramática y valiente intervención de Fidel Castro, ante el tribunal que lo juzgara en Santiago de Cuba, golpeaba en plena faz de la tiranía, dejando la huella indeleble de la verdad.

Para tratar de impedir aquel histórico alegato, se intentó todo, hasta asesinar a Fidel inventándose una supuesta enfermedad que le aquejaba y que le impedía reiteradamente comparecer ante el tribunal. La denuncia pública del hecho por el propio dirigente de la Revolución frustró el hecho y en su misma voz, como excepcional abogado defensor, se conocían todos los detalles que redujeron a polvo las mentiras de la tiranía.

El plan fue trazado, señaló Fidel, por un grupo de jóvenes, ninguno de los cuales tenía experiencia militar; y voy a revelar sus nombres, menos dos de ellos que no están ni muertos ni presos: Abel Santamaría, José Luis Tasende, Renato Guitar Rosell, Pedro Miret, Jesús Montané y el que les habla. La mitad ha muerto y en justo tributo a su memoria, puedo decir que no eran expertos militares, pero tenían patriotismo suficiente para darle, en igualdad de condiciones, una soberana paliza a todos los generales del 10 de marzo juntos, que no son ni militares ni patriotas".

Y más adelante:

"La movilización final de hombres que vinieron a esta provincia desde los más remotos pueblos de toda la Isla, se llevó a cabo con admirable precisión y absoluto secreto. Es cierto, igualmente, que el ataque se realizó con magnífica coordinación. Comenzó simultáneamente a las 5:15 a.m., tanto en Bayamo, como en Santiago de Cuba y uno a uno, con exactitud de minutos y segundos, prevista de antemano, fueron cayendo los edificios que rodean el campamento. Sin embargo, en aras de la estricta verdad, aún cuando disminuya nuestro mérito, voy a revelar por primera vez también otro hecho que fue fatal: la mitad del grueso de nuestra fuerza y la mejor armada, por un error lamentable se extravió a la entrada de la ciudad y nos faltó en el momento decisivo. Abel Santamaría, con 21 hombres, había ocupado el Hospital Civil; iban también con él para atender a los heridos un médico y dos compañeras nuestras. Raúl Castro, con diez hombres, ocupó el Palacio de Justicia y a mí me correspondió atacar el campamento con el resto, 95 hombres.

Llegué con un primer grupo de 45, precedido por una vanguardia de ocho, que forzó la posta tres. Fue aquí precisamente donde se inició el combate, el encontrarse mi automóvil con una patrulla de recorrido exterior armada de ametralladoras. El grupo de reserva, que tenía casi todas las armas largas, pues las cortas iban a la vanguardia, tomó por una calle equivocada y se desvió por completo dentro de la ciudad que no conocían. Debo aclarar que no albergo la menor duda sobre el valor de esos hombres que, al verse extraviados, sufrieron gran angustia y desesperación. Debido al tipo de acción que se estaba desarrollando y al idéntico color de los uniformes en ambas partes combatientes, no era fácil restablecer el contacto. Muchos de ellos, detenidos más tarde, recibieron la muerte con verdadero heroísmo.

Todo el mundo tenía instrucciones muy precisas de ser, ante todo, humanos en la lucha. Nunca un grupo de hombres armados fue más generoso con el adversario.

La disciplina por parte del ejército fue bastante mala. Vencieron en último término por el número, que les daba una superioridad de 15 a 1 y por la protección que le brindaban las defensas de la fortaleza. Nuestros hombres tiraban mucho mejor y ellos mismos lo reconocieron. El valor humano fue igualmente alto de parte y parte.

Cuando me convencí de que todos los esfuerzos eran ya inútiles para tomar la fortaleza, comencé a retirar nuestros hombres en grupos de ocho y de diez. La retirada fue protegida por seis franco-tiradores que, al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al ejército. Nuestras pérdidas en la lucha habían sido insignificantes: el 95 por cuento de nuestros muertos fueron producto de la crueldad y la inhumanidad cuando aquélla hubo cesado".

Y prosigue su relato Fidel:

"Nuestros planes eran proseguir la lucha en las montañas, caso de fracasar el ataque al Regimiento. Pude reunir otra vez, en la granja Siboney (lugar de partida) la tercera parte de nuestras fuerzas; pero ya estaban muchos desalentados. Unos veinte decidieron presentarse; ya veremos también lo que ocurrió con ellos. El resto, 18 hombres, con las armas y el parque que quedaban, me siguieron a las montañas. El terreno era totalmente desconocido para nosotros. Durante una semana ocupamos la parte alta de la cordillera de La Gran Piedra y el ejército ocupó la base. Ni nosotros podíamos bajar, ni ellos se decidieron a subir. No fueron pues, las armas; fueron el hambre y la sed quienes vencieron la última resistencia. Tuve que ir distribuyendo los hombres en pequeños grupos, algunos consiguieron filtrarse entre las filas del ejército, otros fueron presentados por monseñor Pérez Serantes. Cuando sólo quedaban conmigo dos compañeros, José Suárez y Oscar Alcalde, totalmente extenuados los tres, al amanecer del sábado primero de agosto, una fuerza al mando del teniente Sarría nos sorprendió durmiendo. Ya la matanza de prisioneros había cesado por la tremenda reacción que provocó en la ciudadanía y este oficial, hombre de honor, impidió que algunos matones nos asesinasen en pleno campo con las manos atadas".

El jefe de la Revolución explica en su alegato otros detalles sobre los objetivos atacados:

"Una vez en poder nuestro la ciudad de Santiago de Cuba, hubiéramos puesto a los orientales inmediatamente en pie de guerra. A Bayamo se atacó precisamente para situar nuestras avanzadas junto al río Cauto. No se olvide nunca que esta provincia que hoy tiene millón y medio de habitantes, es sin duda, la más guerrera y patriótica de Cuba; fue ella la que mantuvo encendida la lucha por la independencia durante treinta años y le dio el mayor tributo de sangre, sacrificio y heroísmo".

A través de su defensa surgen las denuncias sobre los salvajes asesinatos de sus compañeros:

"El primer prisionero asesinado fue nuestro médico, el doctor Mario Muñoz, que no llevaba armas ni uniforme y vestía su bata de galeno, un hombre generoso y competente, que hubiera atendido con la misma devoción tanto al adversario como al amigo herido. En el camino del Hospital Civil al cuartel le dieron un tiro por la espalda y allí lo dejaron tendido boca abajo en un charco de sangre. Pero la matanza en masa de prisioneros no comenzó hasta pasadas las tres de la tarde".

Fidel relata cómo sus compañeros fueron torturados bestialmente triturándoles los testículos y arrancándoles los ojos, sin que pudieran obtener una sola claudicación, un lamento o una súplica. Sólo cinco de los heridos pudieron sobrevivir, gracias a la digna actitud de dos médicos militares, a pesar de que a tres de ellos, Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador, se les inyectó aire y alcanfor en las venas para asesinarlos.

Y al final, ante la sorpresa de los presentes:

"Termino mi defensa, pero no lo haré como hacen siempre todos los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos, ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es concebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una República donde está de Presidente un criminal y un ladrón".


III

Pero el discurso de Fidel fue algo más que una viril denuncia de los asesinatos de sus compañeros y un relato de la organización de la acción. Allí quedaron plasmadas, en forma indeleble, las motivaciones ideológicas del ataque al "Moncada", que más tarde serían las mismas del desembarco en el "Granma", de la lucha heroica en la Sierra Maestra y terminarían convirtiéndose en el germen del programa revolucionario de hoy.

A la solución de seis puntos, como señalara el propio Fidel en el juicio, irían dirigidos los esfuerzos de los combatientes que, en aquella madrugada, decidieron jugarse la vida junto a los muros del "Moncada"; el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo.

No se trataba de consignas huecas, sino producto del análisis de una terrible realidad nacional, expuesta en el propio alegato. En Cuba, el ochenta y cinco por ciento de los pequeños agricultores cubanos pagaba renta y vivía bajo la perenne amenaza del desalojo de sus parcelas, mientras que las mejores tierras estaban en manos extranjeras. Doscientas mil familias campesinas no tenían ni una vara de tierra para cultivar, mientras en manos de poderosos intereses, existían cerca de 300 mil caballerías de tierra productivas.

En cuanto a la vivienda, se calculaba que dos millones doscientas mil personas, en la población urbana, pagaban alquileres que llegaban hasta la tercera parte de sus ingresos, cuatrocientas mil familias vivían hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud y casi tres millones de personas carecían de luz eléctrica.

"De tanta miseria sólo es posible librarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos. Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses al año, ¿con qué puede comprar ropas y medicinas a sus hijos? Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos y morirán al fin de miseria y decepción. El acceso a los hospitales del Estado, siempre repletos, sólo es posible mediante la recomendación de un magnate político que le exigirá al desdichado su voto y el de toda su familia para que Cuba siga siempre igual o peor".

Y sobre la educación:

"Nuestro sistema de enseñanza se complementa perfectamente con todo lo anterior. ¿En un campo donde el guajiro no es dueño de la tierra para qué se quieren escuelas agrícolas? ¿En una ciudad donde no hay industrias para qué se quieren escuelas técnicas e industriales? Todo está dentro de la misma lógica absurda: no hay ni una cosa ni la otra. En cualquier pequeño país de Europa existen más de 200 Escuelas Técnicas y de Artes Industriales; en Cuba, no pasan de seis y los muchachos salen con sus títulos sin tener dónde emplearse. A las escuelitas públicas del campo asisten descalzos, semidesnudos y desnutridos, menos de la mitad de los niños en edad escolar y muchas veces es el maestro quien tiene que adquirir con su propio sueldo el material necesario. ¿Es así como puede hacerse una patria grande?"

Visionario del futuro, el líder de la Revolución esgrimía la palabra martiana para contestar a los incrédulos:

"A los que me llamen por esto soñador, les digo como Martí: «el verdadero hombre no mira de que lado se vive mejor, sino de que lado está el deber; y ése es el único hombre práctico cuyo sueño de hoy será la ley de mañana, porque el que haya puesto los ojos en las entrañas universales y visto hervir los pueblos, llameantes y ensangrentados en la artesa de los siglos, sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber».
Y los sueños de ayer, los sueños de los momentos difíciles y riesgosos, los sueños de los instantes en que el sentido del deber y la fe en el pueblo se impuso sobre la decepción, la apatía y el miedo, son las leyes de hoy, hechas realidad gracias a la sangre de los mártires, al esfuerzo de los héroes. Son también, los sueños de hoy, en el volcán revolucionario que es América Latina.


El diario de Raúl

En la edición del 26 de Julio de 1963, BOHEMIA publicó una carta dirigida por el Segundo Secretario de nuestro Partido y Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Comandante Raúl Castro, a nuestro director, Enrique de la Osa. A la misma, se acompañaban fragmentos de un diario escrito por Raúl durante los duros meses del presidio, correspondiendo los mismos a los días inmediatos anteriores al 26 de Julio. El extraordinario sentido humano de estas notas y a la vez, lo interesante de las mismas, nos impulsa a reproducir el capítulo correspondiente al día 25 de julio, en que Raúl y sus compañeros de grupo viajaban en tren, rumbo a Santiago.
"Nada dormimos en el viaje, el alba de aquel sábado caluroso se presentaba con esa tranquilidad que precede a los grandes acontecimientos (En realidad era un amanecer como otro cualquiera, pero a mí se me ocurrió pensar que ése era diferente).
"En el coche comedor, donde los componentes del grupo íbamos a almorzar individualmente, como si no nos conociéramos, con la excepción de Tasende y yo que llegamos juntos a tomar el tren y por lo tanto, fuimos a comer algo también juntos, allí
el me informó del objetivo.
"Se me paraliza el estómago y desaparece el apetito, yo conocía la magnitud y fortaleza de ese objetivo por haber estudiado en Santiago de Cuba durante varios años. Tasende, riéndose, me decía: "come Raulillo que mañana no vas a tener tiempo", yo seguía tomando solamente pequeños sorbos de cerveza. Ya el tren avanzaba por la provincia de Oriente y después de pasar por Cacocúm y un tramo antes de llegar al entronque de Alto Cedro, mirando hacia la izquierda, divisé el Central "Marcané"; un poco más a la derecha de ese punto, se veían las faldas de las montañas donde empieza la Sierra de Nipe, allí estaban mis padres, en el mismo lugar donde habían nacido todos sus hijos. Con la vista fija y el pensamiento recordando los años de la niñez por esos puntos, estuve con la cabeza fuera de la ventanilla hasta que ondulaciones del terreno los hicieron desaparecer de mi vista. En Alto Cedro, durante la breve parada del tren, tuve que cubrirme bien la cara con un pañuelo y fingir que dormía para evitar ser visto por alguna de las muchas personas que por allí conozco. Durante el viaje, todo lo miraba con esa avidez que despierta el sentimiento de la última vez. Me agradaba infinitamente volver a ver esos lugares conocidos por mí y sobre todo, saber que el teatro de los acontecimientos sería Oriente, mi tierra natal. A media tarde, llegó el tren a Santiago de Cuba, en la estación esperaban Abel Santamaría y Renato Guitart, los que nos indicaron que atravesáramos la calle que teníamos por delante y fuéramos a hospedarnos al Hotel "Perla de Cuba", que estaba frente a la estación del ferrocarril, donde tenían separadas habitaciones para nosotros. Allí nos repartimos en unos cuartuchos del primer piso y mientras unos esperaban con paciencia su turno para asearse un poco, aprovechando el único lavabo que había en el piso, otros nos echábamos en las camas para descansar un rato. Alrededor de las siete de la noche, fuimos para el restaurante del hotel, donde el diligente Abel Santamaría había ordenado preparar un suculento arroz con pollo; allí entre tragos, risas y música, celebraban los carnavales algunos santiagueros. Con sus abigarrados disfraces algunos grupos se venían pasar a lo largo de la calle en forma de pequeñas comparsas, a veces entraban al restaurante donde comíamos, tomaban algo y seguían la fiesta.
"Sentados en diferentes mesas comían los compañeros, cuyos rostros estaban alegres, serenos y decididos; se necesitaba ser muy observador para poder ver en los ojos la tensión del momento y adivino para descubrir que esa alegría era ajena completamente a las fiestas carnavalescas. Para hacer más normales las apariencias, Tasende, a pequeños intervalos, depositaba algunas monedas en el tocadiscos, piezas que no llegamos a oír porque eran muchas las que otros habían seleccionado con anterioridad y apenas terminó la comida, nos íbamos marchando a nuestras habitaciones a esperar que nos fueran a recoger.
"Cada pequeño cuarto sólo tenía una cama y en la que a mí me tocó me recosté con ropa y zapatos y con ambas manos detrás de la cabeza, los ojos fijos en el alto techo del viejo hotel y la cabeza llena de pensamientos esperaba que transcurrieran los minutos más lentos de mi vida. Como las paredes que separaban los cuartos entre sí sólo llegaban a la mitad del espacio que separaba el piso del techo, se percibía con toda intensidad el ruido de los tambores de las pequeñas comparsas que pasaban por la calle así como el ruido del restaurante repleto de personas que bebían y comían, el tocadiscos seguía chillando canciones de diferentes tipos en forma ininterrumpida. A ratos percibía claramente la conversación que en el cuarto contiguo al mío mantenían un español y una prostituta que se hacían el amor, cuyo diálogo cambió de tono al final, sustituyéndose las palabras amorosas por el tono comercial que encerraban las palabras del peninsular por el alto precio del asunto.
"Por un instante pensé que no era justo que mientras unos bailaban y tomaban o se hacían el amor, todos divirtiéndose a su manera, nosotros estuviéramos allí, esperando ser llamados de un momento a otro para una acción inminente, ¿para cuántos de los compañeros que hace un momento estábamos sentados en el restaurante sería la última comida? De los 18 que formábamos ese grupo, al frente de los cuales venía el compañero Tasende, creo que sólo tres regresamos con vida.
"A medida que pasaban las primeras horas de la noche, seguía desarrollándose con creciente intensidad el carnaval santiaguero. Con ritmo frenético sonaban los cueros de los tambores, cuando próxima ya la medianoche, se apareció un compañero enlace de nuestro improvisado Cuartel General, situado en la carretera entre Santiago y Siboney: Fidel nos mandaba a buscar. Minutos después nos encontramos con él y el resto de los compañeros; estaba tocando a su fin el sábado 25 de julio y dentro de pocos minutos comenzaría un nuevo día: el domingo 26 de Julio de 1953.
"¡Qué lejos estábamos todos de imaginarnos, en aquellos instantes, que durante ese amanecer del 26 de Julio, se había iniciado el comienzo del fin del capitalismo en Cuba!".


Cómo se publicó

"LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ"

Lograr la publicación del sensacional alegado de Fidel ante el tribunal de Santiago de Cuba, fue una tarea extraordinaria.
En primer lugar, la importancia de dotar al Movimiento 26 de Julio de un documento programático para continuar la lucha, fue lo que hizo indispensable la reconstrucción total del trascendental discurso. A esa tarea se dio Fidel en la cárcel.
El segundo paso era hacerlo llegar hasta Haydée Santamaría y Melba Hernández, encargadas de su publicación, las cuales ya habían cumplido la condena que se les impuso en la Cárcel de Mujeres de Guanajay. Inicialmente y a través de las personas que lo veían en los días de visitas, Fidel enviaba los fragmentos del discurso escondidos en el doble fondo que, antiguamente, traían las cajitas de fósforos, pero el procedimiento resultaba lento, debido a la escasez de visitas permitidas.
Entonces, y de acuerdo con Haydée y Melba, el líder de la Revolución confeccionó una lista de personas de confianza a las que escribía regularmente desde la cárcel, enviándoles simples mensajes de saludo que no eran detenidos por la censura. Entre cada línea de los supuestos mensajes de saludo, Fidel escribía con zumo de limón, trazos de su informe al Tribunal y éstos eran después transcriptos y organizados por las destinatarias.
Fidel solicitó a sus compañeras la impresión del discurso en número de cien mil ejemplares, pero los escasos fondos del Movimiento, a pesar de los esfuerzos para obtener recursos, sólo permitieron editar inicialmente 20 mil ejemplares. En una pequeña imprenta se realizó el trabajo y burlando la acción de la policía batistiana, que llegó solamente unos momentos después. Gustavo y "Machaco" Almeijeiras lograron sacar en un camión todos los ejemplares para iniciar su distribución.
Como no había recursos para la distribución en las provincias, Gustavo y "Machaco" sólo solicitaron CINCO PESOS para llenar el tanque de gasolina de una máquina prestada. Y efectivamente, pidiendo gasolina solamente a conocidos y compañeros de los pueblos en que llegaban, pasando hambre en la mayoría de los días que duró el difícil trabajo y burlando a las fuerzas represivas batistianas, se distribuyó exhaustivamente el folleto "La Historia me Absolverá".

TESTIMONIO

Relato de un espectador del ataque al

Cuartel Moncada

Por José Romero Garces

Era el 25 de julio de 1953. Un estudiante pobre matriculado en curso sabatino de la Universidad de Santiago de Cuba, tuvo que permanecer varios días en esa pintoresca ciudad. Vivía en la casa de huéspedes "La Mejor", que estaba situada a tres cuadras del Cuartel "Moncada".

La tarde del 25, cuando salieron todas las comparsas, parecía que Santiago se hundía, como si un violento terremoto lo sacudiese; como si las montañas que lo rodean se hubiesen convertido de pronto en enormes barriles de aguardiente dispuestos a aplastarlo todo. El retumbar de los tambores estremecía con su fogoso ritmo hasta a los más viejos; ron, muchedumbres bailando, gentes embriagadas, los guapos de barrios alardeando...

Aquel estudiante tenía una situación económica muy difícil en esos tiempos; el menudo que tenía en el bolsillo no le llegaba a un peso. Además, debía varios días en la casa de huéspedes pues no acababa de recibir un giro que esperaba con ansiedad. Así es que no se podía ir, y si se quedaba la deuda aumentaba. Era una situación en realidad desesperada que lo convertía, sin querer, en un simple espectador de aquella gran fiesta santiaguera.

En aquel balcón de la casa de huéspedes lo veía casi todo: cuando entraban las orquestas de La Habana, las numerosas querellas personales que se disipaban al instante, las botellas en el aire, toda la gama carnavalesca que se mostraba ante sus ojos, hasta que desfiló la última comparsa, ya de noche, con su formidable sogón.

Cuando entró al comedor se sorprendió al ver a un grupo de jóvenes comiendo con desgano un suculento arroz con pollo, aunque en sus rostros había parecida preocupación y pesadumbre que la de él. Nunca supo quiénes eran. Pasado un rato, cuando la noche era joven todavía, decidió dar una vuelta para despejarse un poco, porque se sentía muy solo, sin amigos ni dinero en una ciudad que apenas conocía. Fue primero por el paseo de "Martí". Kioscos engalanados se disputaban la gloria fugaz de ser los más adornados y mejor situados; la belleza y el donaire de la mujer santiaguera parecía esa noche alcanzar su mayor expresión de gracia. Entonces pensó, equivocadamente, que en la Trocha hubiera menos personal y así disfrutar del paseo sin que lo sacudieran los constantes y violentos empellones de los que tan alegres tomaban y bailaban con sus enamoradas en aquella gran fiesta. Como un río cansado, se dejó correr a todo lo largo de la Trocha, hasta llegar al mar, al malecón. Con los ojos fatigados de tanto ver y con el estómago debilitado a causa de no haber ingerido ningún alimento desde muchas horas atrás, se sentó finalmente, y con la brisa perdió la noción del tiempo. Empezó a meditar y a reflexionar en torno a una serie de ideas que lo asaltaban persistentemente... ¿Cuántos como él no podían disfrutar de aquella fiesta por no tener dinero; cuántos detrás de aquellas burdas máscaras olvidaban aunque fuera por unas breves horas sus dolores, sus miserias, sus frustraciones, sus ilusiones perdidas? ¡Qué satisfechos debían de estar los politiqueros, aquellos gobernantes de turno al ver el circo tan bien montado, donde el pueblo parecía que realmente gozaba, mientras ellos se lo robaban todo y vendían la Patria a sus amos! Es muy posible que detrás de una máscara de ésas se escondiese un Papo Batista, un Chiavino, un Alliegro, o cualquiera de aquellos consumados e impenitentes asaltantes del erario público.

Pensaba que era el año del Centenario del Apóstol José Martí. Pensaba. ¿Cuál sería el futuro de aquella juventud que tan frenéticamente se divertía? Una juventud sin destino, sin esperanza, una juventud defraudada en sus más caros anhelos de superación. Siendo bachiller, el que relata estos hechos tuvo que buscar más de veinte cartas de recomendación para conseguir un trabajo como peón de pico y pala en una de las más grandes empresas capitalistas que existían en aquella época, porque así "estimulaba" la sociedad de entonces, la sociedad clasista y corrompida que nos imponía sus normas y su modo de vida, al hijo de un trabajador humilde que luchaba por superarse.
Ya empezábamos a ser hombres y teníamos las puertas cerradas. Estábamos acorralados, abochornados, humillados. Todas estas cosas y muchas más meditaba el que estas líneas escribe. Cuando preguntó la hora y le dijeron que eran las cuatro a.m. del 26 de Julio, aquello marcó el retorno a la realidad que lo circundaba.

Caminando rápidamente, subió por Enramada hasta la Plaza Marte, llegando después a Garzón, donde estaba enclavada la casa de huéspedes en que se alojaba. Cansado, extenuado por la larga caminata, se tiró en el catrecito del cuarto donde dormía. Cuando apenas comenzaba a conciliar el sueño oyó algo así como el ruido que producen los fuegos artificiales, y pensó que sería, en efecto, una más entre las muchas motivaciones del carnaval. Minutos después pudo escuchar, con nitidez, el eco de conversaciones alarmadas y la resonancia que en aquella hora del alba le traía la gente que en las calles aledañas corría en forma inusitada y febril. Ante aquella circunstancia, y luego de presenciar como los demás huéspedes de la casa se levantaban ante el extraño rumor que llegaba de la calle, decidió por fin levantarse también y vestirse para comprobar lo que estaba sucediendo. Cuando llegó al balcón, el comentario imperante entre los demás huéspedes y vecinos del lugar, era que los soldados estaban haciendo prácticas, y que a esa razón se debía la vulneración de la calma matutina. De todos modos quiso verificar por sí mismo esta versión, y cuando se asomó al balcón pudo ver desde allí a un grupo de ocho o diez hombres, en formación de combate y vestidos con el uniforme del ejército tirando de pie, desde el medio de la calle Garzón en dirección al cuartel Moncada. Pensó, efectivamente, que se trataba de unas prácticas, pero siguió observando.

* * *

Rompía el alba, pues ya eran aproximadamente las cinco a.m. y el sol empezaba a salir más refulgente que nunca por la misma dirección y en el mismo sentido en que él veía a los tiradores. Tal parecía que el sol no quería perderse un solo detalle de aquel amanecer tremendo que pasaría al libro de lo épico, en láminas de oro con letras de fuego y sangre.

Contempla entonces con asombro cómo a un tirador lo hieren en una pierna y dos compañeros lo ayudan cargándolo por los hombros. Inmediatamente después ve una o dos máquinas del mismo color que corrían a gran velocidad haciendo sonar las gomas, para luego doblar por las calles que atravesaban a Garzón.

En la casa de huéspedes vivía con su esposa el entonces teniente Morejón, quien se convertiría más tarde en uno de los más connotados esbirros de la tiranía batistiana. Este, al ver lo que sucedía, se vistió apresuradamente y se dirigió corriendo hacia el interior del cuartel no sin antes tomar las precauciones necesarias que las circunstancias imponían.

Este último detalle disipó de modo definitivo en el pensamiento de quien hilvana este relato, la posibilidad de que fueran prácticas de tiro, imaginando entonces que pudieran ser soldados enemistados los cuales, al regresar borrachos de la fiesta habían comenzado a luchar indiscriminadamente entre sí, También pensó en una amotinación o en un movimiento conspirativo dentro del ejército que tenía su comienzo en aquel nutrido y persistente tiroteo. Pero cuando se percató de la verdadera magnitud de lo que sucedía fue en el instante en que vio llegar al sitio de los hechos a un jeep sin capota, del cual se desmontó un individuo grueso, de mediana edad, de cabellos blancos, abundante y encrespado, quien acto seguido se dio a la tarea de arengar frenéticamente a los soldados y policías que no se atrevían a participar en la lucha, exhortándolos a que penetraran el cuartel y tildándolos de cobardes. El joven espectador de estos sucesos preguntó cómo se llamaba el individuo en cuestión. Y enseguida supo, por boca de una de las personas allí reunidas, que era el Gobernador de la Provincia. Fue en ese momento cuando todo su ser se estremeció. De espectador trasnochado de algo que unos minutos antes parecía una cosa intrascendente, se convertía en el espectador de uno de los momentos más estelares en la historia de su Patria.

Era joven, estudiante. Todo su cuerpo vibraba de rebeldía y emoción. Tenía que hacer algo, se decía a sí mismo. Si aquel esbirro arengaba a los soldados para que pelearan, a él la conciencia lo empujaba a que hiciera algo, algo, algo... cualquier cosa, pero algo...
Más ¿qué hacer?, no conocía a nadie, estaba desconectado de todo y sus relaciones allí, en aquella ciudad, no eran otras que las de un estudiante de tránsito.

El mismo nerviosismo le hizo confundir al primer tirador, es decir, al que él veía con mayor nitidez desde la casa de huéspedes (que era un hombre muy alto y esta circunstancia le hacía sobresalir sobre los demás), con un abogado que lo había defendido en una ocasión en la Audiencia santiaguera en un juicio por actividades subversivas. Dicho abogado, a raíz de aquella coyuntura judicial, le facilitó al joven espectador su teléfono particular, brindándosele asimismo para ayudarlo a resolver cualquier problema de la misma índole.
Este detalle dio lugar a que el autor de este relato pensara que el abogado era hombre de ideas progresistas y de firmes convicciones revolucionarias. Al recordarlo a través de la imagen del tirador que tenía ante sí, buscó su dirección en una pequeña libreta que siempre llevaba consigo, e inmediatamente marcó el número correspondiente. Después de sonar el teléfono varias veces, salió una voz masculina que reconoció como la del abogado. Supo entonces que estaba equivocado: no era éste el tirador que había contemplado unos minutos antes. Aunque su interlocutor no se identificó en ningún momento, al joven espectador no le cupo ninguna duda en cuanto a la identidad de la voz, sobre todo cuando aquél, después de conocer el motivo de la llamada le dijo, en forma seca y cortante, que no lo llamara más.

La esperanza de hacer contacto con los insurgentes se había desvanecido. Decidió, pues, acercarse mucho más a la escena de la batalla. Ya los hombres que momentos antes disparaban desde Garzón, habían desaparecido. Bajó entonces a la calle y luego de caminar un corto trecho, pudo ver, frente al lugar donde estaba ubicada por aquella época la Fábrica de Mosaicos "Vivero" , el cadáver de un cabo del ejército que yacía atravesado sobre el contén de la acera con la cabeza boca arriba. Esto lo excitó grandemente, pues nunca había visto a un hombre muerto por arma de fuego, ni tanta sangre derramada. Se sobrepuso, no obstante, a esta desagradable impresión, y siguió avanzando a pesar del intenso tiroteo que ya estaba localizado dentro de los límites del cuartel, aunque muchas balas iban a penetrar en las viejas paredes de las casas situadas en los alrededores del Moncada.

El espectador recordó entonces que una cuadra más abajo vivía una compañera de curso de Pepito Tey y de él, y hacia allí dirigió sus pasos. Esta compañera, enseguida que lo vio lo hizo pasar con toda rapidez. La mamá de ella creyó por un momento que se trataba de un participante en el ataque al cuartel, y a causa de esto le sobrevino una fuerte crisis nerviosa. Más tarde, cuando se encontraba un poco más calmada, se le hizo saber que aquel joven no era otra cosa que un simple espectador, un poco atrevido si se quiere, de los trascendentales acontecimientos que estaban ocurriendo. El padre de la compañera, al comprobar que el joven traía en sus bolsillos numerosas balas, las cuales había encontrado por el camino junto a varios uniformes nuevos abandonados, se las hizo enterrar en un cantero del patio. El tiempo transcurrido en esa buena casa amiga no lo puede calcular con certeza, pero sí puede decir que allí le salieron las primeras canas.

Un escritor profesional pudiera escribir sobre aquellos momentos un libro. El espectador sólo puede decir, con su pobreza de recursos narrativos, que fueron aquellos los momentos más angustiosos y desesperados de su vida.


* * *

Todavía no sabía quiénes estaban luchando y a favor de quién se inclinaba la batalla. Mil ideas le asaltaban la mente y cientos de preguntas le asediaban sin que ninguna respuesta concreta tornara a esclarecerle la situación. ¿Serían miembros del Partido Ortodoxo los que luchaban contra los militares? y si era así, ¿a qué tendencia pertenecían, pues el mismo estaba fraccionado en mil grupos y cada grupo tenía más de diez líderes que reñían a diario? -¿Acaso los líderes auténticos serían capaces de arriesgar la vida, no para redimir a la Patria adolorida y esquilmada, sino para seguir robándose el dinero del Retiro de los trabajadores, los pupitres de las Escuelas, las medicinas de los Hospitales y los Presupuestos de las Obras Públicas; todo esto para abrir clubes y bares donde explotaban y corrompían, prostituyendo después (era la otra fase del negocio) en su mayoría a las hijas de nuestros campesinos más pobres, que se veían en la penosa necesidad de abandonar el campo para buscar trabajo en las ciudades?
¿O lo que tenían no era sed de dinero, pues sus arcas todavía estaban repletas, sino que su sed era de sangre y querían seguir asesinando a líderes y obreros como Jesús Menéndez, Amancio Rodríguez, Aracelio Iglesias, y otros tantos, o tal vez querían repetir otros sucesos como los de Orfila?

¿Quién los dirigía, Prío quizás, con un grupo de altos oficiales? Pues éstos ayudaban a difundir aquella teoría que hoy sabemos que es falsa de que "las revoluciones podían triunfar, cuando se hacían con el ejército, sin el ejército; pero nunca contra el ejército.

¿Acaso Aureliano con su triple A o su triple M (M de mentiras), aquél que por su culpa y el mal momento que tuvo se suicidó, nuestro querido líder Eduardo Chibás? Todas estas interrogaciones se hacía en aquella terrible hora. Lo sacó de estas meditaciones el crepitar de una ametralladora y gritos que no entendía. Esperaba oír alguna voz conocida, algún grito, ver alguna bandera, algo que identificara a los que peleaban. No se sabe qué hubiera sucedido en esos momentos si hubiera habido alguien que arengara al pueblo, con unos amplificadores, alguien que hubiera gritado nada más: ¡Muera Batista!

Comprendió más tarde por qué no lo hicieron y hasta dónde llegaba el espíritu de abnegación, de sacrificio, y el valor de aquellos gladiadores del civismo y de la dignidad que ofrendaban sus preciosas vidas en la flor de su juventud, con una dulce sonrisa en sus labios; sabiendo que con sus clarinadas saludaban a la inmortalidad como el mejor tributo a la Patria y a la memoria de José Martí en el centenario de su nacimiento.

Es entonces cuando llega el momento más terrible, los minutos de las más amargas realidades. Soldados de la dictadura con las armas alzadas, los más que podían gritaban, ¡viva Batista! ¡viva el General! Es en ese instante cuando se le cae la vida al espectador pues sintió que algo muy profundo, en medio del pecho, se le desgarraba.

Desde la azotea del Palacio de Justicia un soldado alto de color gritaba con una voz que parecía la más desagradable del mundo:
"¡Entréguense! ¡Entréguense!" Jamás he podido olvidar esa voz...

Al poco rato vio salir a un combatiente. Desde el lugar donde observaba le pareció muy blanco y rubio. Le brillaba el uniforme como brilla la espiga de nuestra dulce caña cargada de rocío en un feliz amanecer de campiña. Iba rumbo al sol; sin armas... como van las mariposas que aman el fuego, que aman la luz... Pero las bestias asesinas que estaban en la puerta de la Clínica Militar, le dispararon a quemarropa... cuando llegaron a él lo remataron a culatazos y a patadas. ¡Fueron criminales! ¡Eran tan criminales como cobardes! Más tarde cesó el tiroteo, se hizo el silencio espantoso, el silencio de la muerte...

Sólo se oían, como campanas secas y lejanas, disparos aislados. Es cuando las hienas, rematan a sus presas. Pedían más sangre. Es entonces cuando los perros con rabia, brincan las paredes de la fortaleza para apresar, para morder, para matar a gentes inocentes del pueblo, tratando de justificar ante sus amos que no se trataba de decenas de combatientes sino de cientos.

Llegaban los altos oficiales, los Chavianos, los que estaban en las bacanales de sus fiestas, pero ahora quitarles el mando a la soldadesca para disfrutar con ellos de la otra orgía: de la orgía de sangre de los mejores hijos del pueblo cubano.

Empezaron por registrar las casas de la Avenida Garzón donde estaba el estudiante espectador. Previendo éste lo que le iba a ocurrir si lo agarraban sin poder justificar que viviera allí, decidió abandonar la casa y volver para el hotel. En la calle registraban a todo el mundo, principalmente si era joven. Vio cuando muy cerca de él registraron a un muchacho mestizo que traía muy raídas sus ropas (parece que se encontró un revólver sin balas y se lo echó al bolsillo, donde se lo encontraron) se lo llevaron cargándolo en peso. En el forcejeo como no traía medias se le cayó un zapato bastante roto que traía el pobre muchacho. El zapatón lo volvió a ver el espectador de casualidad al otro día de los hechos que aquí relata, en el rincón de un corredor muy cerca del lugar donde se escenificó el incidente. Si las cosas tienen alma, aquel zapato estaba esperando a su infeliz dueño que tal vez nunca más lo necesitaría.

* * *

Cuando estas cosas observaba no se detenía, seguía caminando con prudencia aparentando estar sereno para no levantar sospechas, ya que aquello estaba lleno de soldados con los revólveres en las manos. En este momento es que le sucede al joven estudiante un hecho que pudo ser fatal, al extraer el pañuelo para secarse el sudor ya que la mañana era muy calurosa y sudaba copiosamente: chocaron sus dedos con algo duro que jugueteaba en el fondo de un bolsillo trasero: eran tres balas que se le habían quedado en el otro bolsillo y que con el nerviosismo no enterró como las otras en el cantero de la casa amiga. Recordó entonces al muchacho del zapato, y pensó tragárselas ya que eran de poco calibre. Pero la boca la tenía completamente reseca; siguió caminando en dirección al hotel pues, por aquel lugar no podía deshacerse de ellas, cuando ve que se detiene delante de él un jeep que venía de frente. Un sargento que después supo que le apodaban "El Tigre" porque era un asesino consumado, llamó al que hace este relato de una manera descompuesta. Traía una ametralladora en las manos y los puños de la camisa arremangada. Era alto, blanco y no se desmontó del vehículo, sino que mandó a dos guardias para registrarlo, mientras el chacal lo ofendía con las mayores injurias; las tripas del espectador que ahora no se sabía que es lo que era, le daban saltos pues creyó que había llegado el momento definitivo. Si esta vez no hizo nada feo en el medio de la calle, ya no lo haría jamás. Los guardias le dijeron al sargento que no traía nada. Tuvo una gran suerte, pues no le encontraron las balas que llevaba en un bolsillo trasero, aunque "El Tigre" seguía ofendiéndole. "Me dan ganas de cargarte" le decía. Mire teniente le respondía el espectador, yo vivo ahí; en la casa de huéspedes "La Mejor", puede preguntar si usted quiere". Le interrumpió bruscamente con un adjetivo poco común: "te voy a hacer una pregunta, replicó. Si la contestas puede que te salves, si no quedas aquí mismo".

Apuntándole con la ametralladora (en este momento lo miró el joven fijamente, observando en su rostro la mirada turbia, congestionada, rojiza, donde se reflejaba todavía la sangre de sus recientes víctimas; además notó algo que lo heló: "El Tigre" estaba borracho).
"Dime, volvía a repetir, dime...! Tal parecía que andaba buscando la pregunta en su cerebro lleno de lodo y de bajas pasiones. "Dime rápido ¿cómo se llama el dueño del hotel?" A pesar que lo sabía perfectamente, la mente del que esto escribe se puso en blanco; no esperaba esa pregunta. "¡Contesta, contesta!", sintió cómo montó la ametralladora y luego lo apuntaba. En ese instante le salió de los labios, sin pensarlo, el nombre del dueño del hotel o de la casa de huéspedes: "Torres le dije. Torres, Torres...sí, Torres". Empezaron a reírse: en eso llegó otro jeep y creyó que la cosa se le iba a seguir complicando, pero no fue así, volvió a tener suerte. Del otro jeep llamaron al Sargento. Este se bajó del carro, estuvo hablando -parece que con unos superiores, que le ordenaron algo urgente y se montaron rápidamente. Al volver a su jeep el asesino le gritó al espectador: "¡Cuídate, que no te coja!".
Con las groserías y malas palabras que le dijeron de despedida, pudieran escribir un libro, algunos escritores de moda.

¡Que triste hubiera sido que en aquel glorioso día, le regalara aquella bestia ebria, una muerte que no merecía, que no se había ganado el espectador.

Por fin llegó al hotel, subió las escaleras más de prisa que un gato, y se dirigió al baño que estaba bastante sucio, pues parece que fue muy visitado en esa mañana y además no había agua. Con un vaso de agua fría se lavó la cara y enseguida se encaminó de nuevo para lo que parecía ser la trinchera del espectador: el balcón. Decidió esta vez no hacer ninguna otra exploración, pues no le había ido muy bien en la anterior.

Es asombroso lo que desde allí veían ahora sus ojos. A cualquier simple observador que no estuviera todavía tan profundamente impresionado por los horrores que vio momentos antes, lo movería a risa lo que ahora contemplaba. Parecía una mala película, de ésas que para tener taquillas deben ser extremistas en todo. Fue tan grande la confusión de la soldadesca, como el miedo que la embargaba. Aquello parecía un juego de manos arriba. Hacían ruedas o pequeñas colas, uno detrás del otro apuntándose con las armas en la espalda; venía un soldado y le daba el alto a un policía que no conocía; después venía otro policía y le apuntaba a un soldado y así hasta que se les ocurría identificarse.

Unos a otros se decían: «¡Identifícate!» No, identifícate tú.
A los marineros que pasaban le tocó la peor parte. El espectador les vio recibir más de un bofetón a varios de ellos, a causa de no traer el arma.

A otros que no podían identificarse, a empujones se los llevaban presos. Al mismo tiempo que jugaban las fieras, se veía un espectáculo bastante singular. Enfrente había un bar llamado "Fito Bar" que tenía en el fondo un hospedaje o algo por el estilo, y de allí sacaban, sin ninguna contemplación y riéndose a carcajadas y diciéndoles toda clase de ofensa a hombres y mujeres que allí se encontraban, metiéndolos luego completamente desnudos o en paños menores en un camión.

* * *

Aquel 26 de Julio le pareció una vida en miniatura. Podían oírse toda clase de noticias, de rumores, cuentos y anécdotas sobre los sucesos, y lo que era peor, mentiras y calumnias. Mientras el espectador permanecía muy silencioso, como cuando se pierde a un ser querido a pesar del bullicio, de la verborrea reinante, y muy solo también, aunque en apariencia, porque pocas veces estuvo tan acompañado de tantos pensamientos, incertidumbres y dudas que lo atormentaban. A pesar de tener ideas izquierdistas desde los primeros años de su juventud, el impacto emocional que acababa de recibir, en realidad, no lo esperaba.

Sólo al cabo de unos meses se pudo recobrar del mismo gracias a la personalidad gigantesca del inolvidable "Ñico" López Fernández, un verdadero baluarte de la juventud cubana y de la ideología del Movimiento 26 de Julio".

Todavía el pueblo no sabía nada. No sabía quiénes eran los que habían asaltado el Cuartel "Moncada". Llegó la noche por fin y creyó que su triste papel de espectador había terminado, cuando de momento escuchó un comentario que lo llenó de indignación, pues con él se trataba de vilipendiar a aquellos jóvenes que prefirieron morir casi solos ante la duda de su triunfo, que llamar al pueblo para de esa manera evitar más sangre derramada.

Escucha, pues, una conversación en voz alta de las esposas de algunos militares que allí vivían y de algunos individuos que nunca estuvieron claros, y en la cual se expresaba que los asaltantes al cuartel, después de sorprender a una posta, la habían degollado, cortándoles las cabezas a sus componentes, a sangre fría. Fue tan grande la indignación que no pude callar por más tiempo.

Parece que el ejemplo heroico de los combatientes de Moncada -que acababa de recibir como semilla fecunda- enseguida germinó y de espectador mediocre se convierte en un ciudadano sensible, de primera fila, diciéndoles, lleno de ira, la justa opinión que tenía en ese momento de aquellos jóvenes gloriosos, condenándoles las mentiras y calumnias a las mujeres y a aquellos infames y cobardes individuos, fustigándolos acremente, como la oportunidad y las circunstancias exigían.

La señora esposa del dueño, que se llamaba Amalia, intervino en el asunto. Llamó al espectador para su cuarto y dándose cuenta del peligro que corría, le recomendó que se fuera lo antes posible, liberándole de la deuda por el momento y diciéndole que después le pagara.

La preocupación inmediata era encontrar con quien irse para su pueblo, pues Santiago estaba incomunicado. Al otro día hizo contacto con un coterráneo suyo propietario de una camioneta, que tenía una hija y un hijo estudiante en ésa. Después de ultimar todos los detalles, concertaron la salida para Manzanillo a las 2 p.m. del 27. Cuando partieron en la camioneta, que ya tenía simbólicamente pintados los colores de la bandera del 26, roja y negra, vimos con espanto a ocho o diez ataúdes de madera, en bruto, a pleno sol, en un solar al lado de la Clínica Militar, cada uno de ellos tenía una gran piedra encima: parecía que aún después de muertos temían que fueran a seguir peleando. Le temían ya a sus ejemplos de coraje, sabían muy bien los criminales que aún después de muertos serían útiles a la Patria.

¡Fidel y Raúl, con sus gloriosos compañeros, no tomaron ni por asalto ni por sorpresa al cielo ni a la fortaleza del Moncada, pero en cambio, con su ejemplo, regio y elocuente, conquistaron para siempre algo mucho más importante que las fortalezas y el cielo, que es la voluntad y la conciencia de todos los revolucionarios honrados del mundo!.


Publicado en El Popular el 24 de julio de 1964

"Un reportaje de Telmo López Montero de P. Latina"

Melba Hernández

Relata su participación en la gesta

MELBA HERNÁNDEZ una de las dos mujeres que participaron directamente en el ataque al cuartel "Moncada", en Oriente, y actual esposa del Ministro de Comunicaciones y también combatiente de esa acción, Comandante Jesús Montané Oropesa, relata de la siguiente forma su participación en aquellos hechos.

"El 26 de Julio. ¿Las 24 horas del 26 de julio de 1953? No puedo concentrarme a pensar en un espacio de tiempo tan cerrado. Para mí, el 26 de julio empezó el 25. Desde ese día supimos que estábamos en las últimas horas antes de una acción de importancia. No sabíamos exactamente lo que iba a ocurrir y no preguntábamos. Nos limitamos a trabajar. Haydée Santamaría y yo sabíamos que vendrían muchos automóviles con otros compañeros, a reunirse en la casa de Siboney.
Nos dedicamos a limpiar el patio, que había quedado lleno de clavos y pedazos de madera: eran restos de la cerca que se había levantado para que no se viera lo que ocurría dentro. Temíamos que los automóviles se pincharan con algún clavo olvidado: limpiamos el patio pulgada por pulgada. Después colocamos las colchonetas que nos habían mandado para que los muchachos descansaran. Y en eso estábamos cuando empezaron a llegar los primeros: García Gómez venía en un automóvil agitando en la mano unos papeles donde había escrito un poema revolucionario. Ernesto Tizol me puso riendo un paquetito en la mano, como si fuera un regalo: era una bandera del 4 de setiembre que habían traído como camuflaje. En unos momentos la casa se llenó de esa actividad concentrada de muchas personas moviéndose en silencio.
Del fondo del pozo sacaron los uniformes que estaban allí guardados.
Estaban húmedos y arrugados: Haydée y yo empezamos a plancharlos, mientras Guitart me suplicaba: «Oye, el primero que planches es para mí». Lo complacimos y desde las diez de la noche ya se paseaba por toda la casa, de completo uniforme, con gorra y todo. Comimos mangos, leche y galletitas.

FIDEL REPARTE LAS ARMAS

Como a las once de la noche llegó Fidel y se repartieron las armas: había una atmósfera de disciplina como nunca la he visto antes ni después. Un momento como ese no se puede ni describir... mientras nosotras terminábamos de planchar uniformes, los muchachos empezaron a moverse con las armas.
Hubo un momento de terror: alguien vió a un hombre uniformado moviéndose en la sombra del patio. ¿Sería un oficial de la dictadura?
¿Estaríamos descubiertos? Alguien se asomó sigilosamente a mirar, mientras que los demás esperábamos. El vigía se echó a reír: era Guitart, el primer uniformado, que tomaba el fresco de la noche.
Y ese no fue el único susto: cuando Fidel terminó de repartir las armas a uno de los muchachos se le escapó un tiro al aire. Después del disparo cayó un gran silencio sobre todo el mundo; era posible que el tiro hubiera atraído la atención de alguien, pasamos minutos y minutos y nada más que oyendo chillar a los grillos. Después volvimos a respirar: estábamos de suerte. Nadie había oído.
Haydée y yo nos acercamos a Fidel para pedirle órdenes, nos dijo que esperáramos por ellos en la casa de Siboney hasta que hubiera noticias del resultado de la acción. Nosotras nos miramos decepcionadas. Hasta entonces habíamos estado seguras de que iríamos con ellos y ahora nos sentíamos echadas a un lado. Yo le protesté a Fidel de que nosotras éramos tan revolucionarias como cualquiera de los de allí y que era injusto que nos discriminaran por ser mujeres. Fidel titubeó: le habíamos tocado un punto sensible, nos dijo que él dejaba la responsabilidad en manos de Abel: él decidiría si su hermana y yo debíamos ir con ellos. Esperamos a Abel con impaciencia. No podíamos creer que nos dejarían atrás después de que nos habíamos considerado parte esencial del grupo. Cuando llegó Abel, lo flanqueamos enseguida para pedirle su opinión. Pero ya entonces tuvimos un buen defensor: el doctor Mario Muñoz dijo que podíamos ir en calidad de enfermeras. Nos reclamó como necesarias: Abel y Fidel nos dieron permiso y comenzamos a prepararnos.

SALIDA HACIA EL CUARTEL

Como a las cinco de la madrugada, Haydée y yo salimos en el último automóvil. El trayecto fue sin incidentes, excepto porque vimos algo que nos asustó de pronto: la máquina de Boris Luis abandonada y con las puertas abiertas en la cuneta. Comprendimos que había ocurrido lo que temíamos: se habían pinchado. Fuimos en tensión el resto del camino y, así como, a propósito para calmarnos, fue a Boris Luis, el primero que vimos disparando junto a un muro del "Moncada". Entre ráfaga y ráfaga, extendió la mano para saludarnos.
Cuando nos bajamos en el hospital, ya tuvimos que atravesar el espacio hacia la puerta bajo fuego graneado. La batalla estaba andando. Casi en seguida que llegamos tuvimos que atender heridos: los dos primeros fueron soldados de la dictadura que levantamos del suelo inútilmente: estaban muertos. Más tarde llegó uno de los nuestros herido de bala a sedal en el vientre. Luego llegaron más y más, pero el ruido de los balazos disminuía y eso era un signo malísimo.

CONSERVEN LA VIDA DE CUALQUIER MANERA

Entró Abel y nos hizo notar que los disparos venían de un solo frente de los que habían señalado para el ataque al Moncada. Esto era señal de que habíamos fracasado: por momentos el fuego era menos, y menos y menos... eran como las ocho de la mañana.
Abel nunca perdió la serenidad. Nos llamó a las dos aparte y nos dijo: «Estamos perdidos. Ustedes saben igual que yo lo que me va a pasar a mí y posiblemente a todos, pero lo que más me interesa es que ustedes, las mujeres, no se arriesguen. Escóndanse por el hospital. Ustedes son las que más oportunidad tienen de salvar la vida. Conserven la vida de cualquier manera. Tiene que quedar alguien para contar lo que pasó aquí». No supimos que contestarle. Se nos fue entre las manos. Minutos después lo vimos en el patio, cuando lo detuvieron y se lo llevaron entre varios soldados, a golpes y culatazos.
Corrimos por los pasillos del hospital y nos refugiamos en la sala de niños, que era un infierno de chillidos y terror, los niños no habían tomado alimento y gritaban de hambre y miedo.
Ayudamos a la enfermera a preparar el agua de cebada y eso nos ayudó a no pensar en lo que podía estar ocurriendo afuera.

BESTIALIDAD DE LOS VERDUGOS

A las diez de la mañana nos encontraron en la sala de niños. Nos subieron a un automóvil y nos llevaron al cuartel. Allí nos encerraron en una gran habitación que posiblemente pertenecía al club de oficiales, porque recuerdo que habían mesas de billar. Y bajo las mesas de billar los muchachos, ya torturados, se quejaban sangrando sobre las baldosas. Se los llevaban de cuatro en cuatro, los arrastraban con ellos y un rato después los traían, desmadejados, para llevarse a cuatro más. ¿Qué les hacían más allá de aquella puerta? Nunca lo supimos, porque a todos les habían arrancado los dientes a culatazos y cuando querían hablarnos sólo abrían la boca enseñando las encías ensangrentadas y murmurando cosas que no se entendían.
A mi lado dejaron caer al muchacho que habíamos atendido en el hospital. El de la bala a sedal en el vientre. No estoy segura, pero creo que ya estaba muerto. Había quedado a mitad del camino por donde pasaban los soldados y traté de levantarlo para que no le pasaran por encima. Con mucho trabajo le senté y le apoyé la cabeza en mi hombro, pero pesaba mucho y se volvió a resbalar una y otra vez. Por fin no tuve más fuerzas para alzarlo y los soldados, sin preocuparse de apartarlo le pasaron varias veces por encima. La herida del vientre se abrió completamente y por ella empezaron a salirse los intestinos. Cuando nos sacaron de allí seguía tirado en el suelo, nunca supe como se llamaba.
Varios soldados nos llevaron a la Oficina de la Comandancia. Por el camino uno de ellos nos dijo: ¿Ustedes no querían sangre? Pues vengan para que vean sangre.
Nos llevaron a la barbería del cuartel, donde por lo visto habían torturado a muchos. Estaba completamente cubierta de sangre: no sólo el piso sino hasta las paredes y el techo. Nos arrastraron hasta un balconcito estrecho: allí parecía haber un tragante tupido y la sangre se había estancado en un charco de un centímetro de profundidad...
De afuera soplaba una brisita de mañana, que hacía pequeñas olas en el laguito de sangre, como un mar muy tranquilo rompiendo en la arena.
Encerradas en la oficina de Sarría pasamos un espacio de tiempo que no se cuanto duró. No sé, me acuerdo que un soldado iba y venía, horrorizado, hablando solo y muy bajito como un loco, con un sonsonete que no paraba: "Esto sí que a mí no me gusta. Esto no puede ser".
Me acuerdo que Haydée y yo comenzamos a tener arcadas secas, con dolorosas contracciones del estómago vacío. Pedí agua y me dijeron que: "Íbamos en coche de que no nos hubieran matado y de contra pedíamos hasta agua".
Luego de haber pasado un día, porque nos llamaron para que viéramos el entierro de los militares muertos, nos asomaron por una ventana y vimos salir los carros fúnebres con banda militar y banderas del 4 de setiembre. Buscamos para ver si veíamos algún ataúd que pudiera ser de los nuestros, pero de ellos si que no volvimos a saber jamás. De afuera nos llegaban noticias que era mejor ni oír. A través de la puerta oímos gritar a una mujer en el pasillo: "Me mataron a mi marido". Luego nos dijeron «al cabecilla de ustedes, a Fidel Castro, lo hicimos tiritas» y hasta nos ofrecieron enseñarnos el cadáver.

EL ASESINATO DE BORIS LUIS Y ABEL

En la noche un soldado le dijo a otro: "¿Qué se habrá creído ese de los zapaticos dos tonos?" Y comprendí que habían atrapado y torturado a Boris Luis Santa Coloma; él llevaba los únicos zapatos de dos tonos. En el fondo, creo que las dos estábamos seguras de que Abel había muerto, pero creíamos que si no lo decíamos lo mantendríamos vivo. Ni una sola vez habló Haydée de su hermano, como para no matarlo con el pensamiento. Solo lo mencioné cuando nos trasladaron, una eternidad después, al vivac de Santiago de Cuba.
Bajamos las dos desde la claridad de afuera hasta un sótano donde estaban hacinados los prisioneros. Y por primera vez Haydée dijo en voz alta lo que siempre había temido: "Mira bien. Si Abel no está aquí es que lo mataron". Instintivamente nos apretamos las manos en la oscuridad mientras bajamos la escalera.
Uno a uno empezamos a mirar a los muchachos, buscando el rostro de Abel. Haydée llegó primero con los ojos al último de la fila, porque sentí que la presión de su mano iba disminuyendo hasta cesar; Abel Santamaría estaba muerto. Después, no se como, alguien me dijo que ya era el 28 de julio.
Así, setenta y dos horas de mi vida desaparecieron. Era el 28 de julio: la larga noche sin días del 26 de julio había terminado".




La presencia de la mujer revolucionaria cubana en El Moncada

Haydée Santamaría

"El hombre se nos acercó. Sentimos una nueva ráfaga de ametralladora. Corrí a la ventana. Melba corrió detrás de mí. Sentí las manos de Melba sobre mis hombros. Ví al hombre que se acercaba y oí una voz que decía: "han matado a su hermano". Sentí las manos de Melba. Sentí de nuevo el ruido del plomo acribillando mi memoria. Sentí que decía, sin reconocer mi propia voz: "¿Ha sido Abel?" El hombre no respondió. Melba se me acercó. Toda Melba eran aquellas manos que me acompañaban. "¿Qué hora es?" Melba respondió: "Son las nueve".
"Estos son los hechos que están fijos en mi memoria. No recuerdo ninguna otra cosa con exactitud, pero desde aquel momento ya no pensé en nadie más, entonces pensaba en Fidel. Pensábamos en Fidel. En Fidel que no podía morir. En Fidel que tenía que estar vivo para hacer la Revolución. En la vida de Fidel que era la vida de todos nosotros. Si Fidel estaba vivo, Abel y Boris y Renato y los demás no habían muerto, estarían vivos en Fidel que iba a hacer la revolución cubana y que iba a devolverle al pueblo de Cuba su destino.
"Lo demás era una nebulosa de sangre y humo, lo demás estaba ganado por la muerte. Fidel ganaría la última batalla, ganaría la Revolución".


EN LAS HORAS DE PELIGRO

Por Rafael Borges de Prensa Latina
para EL POPULAR del 24/7/64

Con una serena pero firme actitud en defensa de sus grandes conquistas que se refleja en todas las actividades, el pueblo de este país ha respondido siempre a la tensión que causan las agresiones y amenazas de los imperialistas norteamericanos.
La adopción de esta inquebrantable posición registra hermosas páginas de heroísmo y conciencia en la historia que cotidianamente forjan hombres y mujeres humildes, enfrentados a un poderoso enemigo que les hostiga y provoca, en un desenfrenado e inútil afán de destruir la obra revolucionaria.
A quien interese obtener una idea general de lo expresado, bástale retrotraerse a los primeros días del año 1961, cuando siendo aún Presidente de Estados Unidos, el General Dwight Eisenhower, hubo un peligro de ataque militar a Cuba por tropas norteamericanas.
Frente a esta amenaza, el pueblo cubano se movilizó rápidamente no sólo a través de su ejército rebelde y milicias nacionales, sino con la puesta en tensión de los trabajadores, que mantuvieron sin merma la producción y la voluntad de rechazar al enemigo si éste efectuaba la agresión.
Más adelante, al enviar la Agencia Central de Inteligencia (CIA) la invasión mercenaria a Playa Girón, la ciudadanía desplegó una acción que marca la primera derrota militar del imperialismo en América, sin que el esfuerzo de esta patriótica empresa provocara la desatención de otros frentes de vital importancia para la revolución.
De tal modo, un pueblo que estaba siendo agredido militarmente, mostraba al mundo su entereza y la decisión de enterrar los males que socavaron su existencia durante medio siglo, para marchar por la senda del progreso y el bienestar.
Con este impulso, pese a la agresión perpetrada por los imperialistas, que causó grandes daños materiales y la pérdida de valiosas vidas, el cubano continuó y concluyó en 1961, la campaña nacional de alfabetización en llanos y montañas, valiéndole la admiración de los demás pueblos del mundo por la ingente labor realizada en el camino de la educación.
Luego, sobrevino la "crisis de octubre" que provocaron los dirigentes norteamericanos en ese mes de 1962, como culminación hasta entonces de su torpe política de amenazas, ataques y agresiones en todos los aspectos contra Cuba, y que colocó al mundo al borde de una conflagración nuclear.
De la actitud del pueblo cubano en aquellos inolvidables días de incertidumbre para la humanidad, hablan mucho de su valor, decisión y disciplina y de cómo miles de hombres y mujeres acudieron a solicitar su inscripción en las milicias de la defensa popular.
También pertenecen a aquellos días de octubre, el gesto de miles de mujeres y jubilados que se presentaron en las fábricas y talleres para sustituir en el torno o en la máquina de hilados a los hombres que marcharon a las trincheras.
La más elocuente exposición que se puede ofrecer respecto a la conducta del pueblo durante la crisis de octubre, la hizo el Primer Ministro, Fidel Castro, a raíz de ese acontecimiento que puso en peligro la paz mundial y conmovió a todos los pueblos del urbe.
"Y quiero decir hoy aquí -expresó Fidel Castro-, desde lo más hondo de mi corazón, para terminar, quiero decir que hoy más que nunca me siento orgulloso de ser hijo de este pueblo"

Industrialización: obra de la Revolución y huella del Che

JOAQUÍN ORAMAS


En el acto central por el Día de la Rebeldía Nacional celebrado en el año 2003 en Santiago de Cuba, el Comandante en Jefe Fidel Castro manifestó que el programa de reformas políticas y sociales que 50 años atrás lo llevó a atacar el Cuartel Moncada había sido sobrecumplido tras el triunfo de la Revolución en 1959.

Hoy, con 11 177 743 habitantes, casi el doble de la población de hace medio siglo, aquellas condiciones humillantes existentes en el país han sido eliminadas, a pesar del bloqueo, del terrorismo y de todas las agresiones de Estados Unidos contra nuestro pueblo.
La obra se extiende igualmente al desarrollo industrial, con un panorama muy distinto al denunciado en La Historia me absolverá:
Salvo unas cuantas industrias alimenticias, madereras y textiles —dijo Fidel en su histórico alegato—, Cuba sigue siendo una factoría productora de materias primas. Se exporta azúcar para importar caramelos, se exportan cueros para importar zapatos, se exporta hierro para importar arados...
La preocupación por el futuro económico del país era notable en los últimos tiempos de la república mediatizada. La mayoría estaba de acuerdo en que urgía un cambio pero ¿cuál? ¿hacia dónde?, se preguntaban muchos.

FIDEL ENSEÑÓ EL CAMINO

El asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes y el posteriormente conocido alegato de Fidel durante el juicio por esos históricos sucesos, indicaron al pueblo el camino a seguir. Han transcurrido 46 años desde la victoria revolucionaria y es necesario repasar ahora lo ocurrido después de 1959.
La primera estrategia de desarrollo fue la diversificación de la economía, hasta ese momento dependiente de la producción de azúcar y del comercio con Estados Unidos. Como resultado, se logró inicialmente un crecimiento económico moderado, aunque se avanzó poco en cuanto a reducir el monocultivo azucarero. La dependencia económica de EE. UU. descendió sustancialmente y se inició un rápido giro hacia el intercambio comercial sobre nuevas bases —comercio justo y equitativo— con la Unión Soviética y el campo socialista; la distribución de la renta se hizo considerablemente menos desigual y favoreció especialmente a las zonas rurales, si bien dicha política redujo la formación de capital.
Ya en 1961 comenzó a aplicarse en Cuba el modelo de planificación fuertemente centralizado; continuó el proceso de colectivización, se mantuvo el intento de industrialización; las relaciones diplomáticas con Estados Unidos fueron rotas, por la actitud declaradamente hostil de su Gobierno contra la Revolución, y crecieron los lazos con la URSS y el campo socialista.
En aquellos primeros años los planes de industrialización fueron ambiciosos. Mucho logró el Ministerio de Industrias que dirigía el Comandante Ernesto Che Guevara en la aplicación de una estrategia de desarrollo basada en el intento de una industrialización rápida con diversificación agrícola, y en el modelo de planificación centralizada.
Dicha estrategia tenía entre sus principales fundamentos el desarrollo de una infraestructura energética, iniciada con la contratación en la URSS de bloques de generación de electricidad que permitieron el surgimiento de nuevas termoeléctricas.
La estrategia impulsada por el Che incluyó la extensión a toda la Isla de líneas de transmisión de 110 y 200 Kv y líneas de distribución; la construcción de subestaciones y la remodelación de las obsoletas plantas que operaba la Compañía Cubana de Electricidad (el pulpo eléctrico, como le llamaba el pueblo a esa transnacional yanki).
En 1986 se habían invertido alrededor de 1 200 millones de dólares en esa esfera que garantiza hoy el servicio eléctrico a más del 95% de la población y a todos los sectores de la economía (al triunfo de la Revolución disfrutaba de este vital servicio menos del 50% de la población).
La política de desarrollo preveía la explotación de la central electronuclear de Juraguá, en la provincia de Cienfuegos, obra que quedó inconclusa al desaparecer la URSS.
Paralelamente, desde los primeros años tras el triunfo de la Revolución se creaba la industria sideromecánica con la ampliación de la siderúrgica Antillana de Acero, que llegó a producir más de 400 000 toneladas en un año, entre cabillas y otros renglones; la planta Cubana de Acero, destinada a fabricar tanques y otros componentes; la Fabric Aguilar Noriega, de Santa Clara, dedicada a la fabricación de componentes para centrales azucareros, y centenares de otros centros, que permitieron producir por primera vez en Cuba centrales azucareros.
A fines del siglo anterior se pusieron en marcha la siderúrgica de Las Tunas, la más moderna de su tipo en el país, y plantas mecánicas en esa ciudad y en Camagüey.
En el campo de la minería se humanizaron y modernizaron las condiciones de trabajo. Uno de los mayores éxitos industriales en esos primeros años fue la puesta en marcha de la moderna planta niquelífera de Moa, abandonada por los ingenieros y técnicos norteamericanos casi seguros de que los cubanos no seríamos capaces de echarla a andar.
En la tierra del níquel, la Revolución construyó la planta Ernesto Che Guevara y modernizó la de Nicaro, construida también por los norteamericanos, durante la Segunda Guerra Mundial.
Mientras en la URSS y otros países socialistas se preparaban cientos de especialistas y obreros en la rama petrolera, se creaba el Instituto del Petróleo y se ordenaba realizar los trabajos de prospección en los campos con posibilidades de existencia de hidrocarburos. (En 1958 la extracción petrolera nacional no sobrepasaba las 65 000 toneladas anuales pero se conocía que las empresas extranjeras, principalmente norteamericanas, habían realizado estudios de las fuentes energéticas nacionales cuyos resultados guardaban en secreto).
La semilla sembrada por el Che como ejecutor de la política de la Revolución en esa rama fructificó a lo largo de los años. Hoy Cuba produce cerca del 50% del petróleo que el país necesita, con la extracción de ese recurso en distintos campos y la utilización del gas acompañante en la generación de electricidad y en el consumo directo. Igualmente contribuyen al desarrollo de esta actividad la aplicación de modernas tecnologías en los yacimientos en explotación y en la prospección que tiene lugar a lo largo y ancho de la Isla, y en la zona exclusiva cubana del Golfo de México.
Asimismo, se construyeron oleoductos y la base de supertanqueros de Matanzas, y aumentaron las capacidades de almacenamiento de combustibles y de refinanciación.

LA OBRA SE EXTIENDE A OTROS SECTORES

Las necesidades de fertilizantes y de otros productos de la industria química viabilizaron la construcción de modernas plantas en Nuevitas y Cienfuegos, y la explotación de otras menores en La Habana y Matanzas. También fueron construidas la fábrica de envases de vidrio de Las Tunas, otra para productos farmacéuticos en La Habana, que junto a la antigua de San José de las Lajas, sustituían importaciones.
Igualmente entraron en producción tres fábricas de cemento, otras de gases industriales, la de sulfometales de Santa Lucía. Fueron modernizadas las fábricas de neumáticos y papel heredadas del capitalismo. A estas últimas se añadieron la productora de libretas de Cárdenas y el moderno combinado de Jatibonico.
Más recientes son los poligráficos Granma, Juan Marinello y Federico Engels, que aseguran la impresión de millones de libros. Se agregan realizaciones en la industria ligera (textiles, plásticos, pieles...), que aunque fueron afectadas, como las de otros sectores, por el periodo especial, dieron cumplimiento al Programa del Moncada y lo superaron.
También sobre la base de la cooperación e integración con la URSS y demás países socialistas, en la década de 1980 se inició el desarrollo de la industria electrónica y la introducción de las técnicas de computación. La producción de semiconductores electrónicos, televisores, radiorreceptores, displays y teclados alfanuméricos, y de equipos electrónicos para investigaciones médicas y otras, comenzó a desplegarse —contando para ello con la formación previa de ingenieros y técnicos—, y tuvo un impacto visible en el desarrollo económico y social, detenido por la desintegración de la Unión Soviética y del campo socialista europeo.
Hoy, sobre nuevas bases como las relaciones económicas y comerciales con China, y estrategias adecuadas a las condiciones actuales, ese desarrollo continúa.

Importantes logros en industria farmacéutica

La industria médico-farmacéutica, en la que ha sido determinante el conocimiento desarrollado por la obra educacional de la Revolución, ha tenido en relativamente corto plazo resultados a la altura de los que con muchos más recursos y experiencia exhiben países de alto desarrollo. Muestra de ello son entidades de investigación-producción como el emblemático Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) y productos exclusivos y altamente eficaces como las vacunas antimeningocócica y contra la hepatitis-B, el PPG y la melagenina, entre otros.
Gracias a la concepción sostenida por el Che, y aplicada durante todos estos años, de que el desarrollo de la conciencia junto al desarrollo de la base material podía permitir al país saltar etapas en la construcción del socialismo, se alcanzaron significativos avances no obstante el bloqueo norteamericano, la escasez de divisas libremente convertibles y el atraso de las tecnologías del campo socialista.
La política educacional tuvo, y continúa teniendo, un decisivo papel en la industrialización del país. En Cuba, al triunfo de la Revolución había 2 500 ingenieros y arquitectos y, posteriormente, como consecuencia del robo de cerebros organizado por Estados Unidos, solo quedaron 750 profesionales de esas disciplinas. Como respuesta, en cuatro décadas se han formado más de 45 000 especialistas en ciencias técnicas; agréguense decenas de miles de nivel medio y obreros especializados.
A pesar del tránsito por etapas complejas y difíciles como el periodo especial resultante de la desintegración de la URSS y del campo socialista europeo, y del recrudecimiento del bloqueo de EE. UU., los avances de la industrialización en Cuba son visibles y han tenido una influencia determinante en las realizaciones sociales de la Revolución.
La industrialización, aunque no es una tarea concluida —mucho menos en un mundo que avanza aceleradamente en el plano tecnológico— supera con creces la situación que heredó la Revolución y lo enunciado por Fidel en el Programa del Moncada.
A pesar de obstáculos impuestos por nuestros enemigos y de nuestras propias imperfecciones, gracias a lo que empezamos a hacer un día y hemos hecho hasta hoy bajo la orientación y el ejemplo inspirador de hombres como Fidel y el Che, es posible seguir adelante y ver cómo se convierten en realidad los nuevos programas de la Revolución para beneficio de todo el pueblo.


Paraísos infantiles en Cuba socialista

Por Celina Fernández (de Prensa Latina)
exclusivo para EL POPULAR del 24/7/64

Los chiquilines desde lejos, con sus risas y saltos, semejaban una bandada de gorriones jugando sobre la hierba. Cerca de ellos, unas muchachas vigilan con maternal cuidado todos sus movimientos.
Esta escena se repite cotidianamente a lo largo de la isla, en los numerosos Círculos Infantiles construidos por el Gobierno Revolucionario para beneficio de miles de madres que se encuentran incorporadas a la producción.
Actualmente en las ciento cincuenta y una instituciones de este tipo que funcionan en la República de las cuales 69 están ubicadas en La Habana; 14 en Pinar del Río; 7 en Matanzas; 17 en Las Villas; 20 en Camagüey y 24 en la provincia de Oriente, son atendidos un total de 11.192 niños, y aunque este número no satisface aún las necesidades existentes, benefician a una masa considerable de trabajadoras.
Por su parte la Dirección Nacional de este organismo incrementa sus planes de ampliación de este servicio, esperando que este mismo año sean creados por lo menos de treinta a cuarenta círculos más.

Objetivo de los Círculos

Los Círculos Infantiles tienen como principal objetivo proporcionar a los hijos de las mujeres trabajadoras: cuidados, educación y recreación, durante las horas de labor de sus respectivas madres, llevando a cabo la doble función de permitir a éstas incorporarse sin preocupaciones a la producción y a la vez proporcionarles a sus pequeños la educación necesaria para convertirlos en ciudadanos dignos de la nueva patria.
Teniendo en cuenta las horas de labor de las madres, los círculos funcionan, en su mayor parte, de lunes a viernes, desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, y los sábados durante medio día.
Estas instituciones están clasificadas en tres tipos fundamentales: los círculos de barrio, en los que se atienden a los niños de las trabajadoras que viven en la zona en que están ubicados; los de centros de trabajo urbano, para los pequeños de las empleadas que son del propio centro; y los círculos de granjas.
De esta relación, los que están constituidos en los centros de trabajo son sostenidos por los propios obreros del lugar en que se instala.

Cómo son los círculos

Los Círculos se encuentran ubicados en confortables edificios construidos al efecto, o en casas adaptadas que cuentan con las mayores comodidades para procurar a los niños un ambiente sano y lleno de alegría.
Generalmente cada Círculo tiene capacidad para 120 niños; de éstos, 20 lactantes y 100 párvulos, cuyas edades oscilan entre 45 días y seis años.
Amplios y ventilados salones, circundados de una parte proporcionalmente mayor de áreas verdes con la finalidad de proporcionar mayor espacio para los juegos de los pequeños al aire libre, forman estos paraísos infantiles.
Cada uno de los departamentos cuenta con los equipos necesarios para el desempeño de las funciones para las que han sido creados. En ellos un personal especializado compuesto de directoras, asistentes y orientadoras de la salud, cumple solícito la hermosa tarea que le ha sido encomendada: la de velar porque crezcan sanos y fuertes "los niños nuevos" de que hablara José Martí.
El Círculo es en realidad una continuación del hogar; en él los niños son educados en los principios de amor a sus padres, a sus compañeritos y a su patria, llevando a cabo sus actividades educativas y recreativas a través de juegos organizados; juegos libres, cantos, modelado, títeres, etc..
Toda esta labor se realiza, para su mejor organización, agrupando a los niños por edades, constituyendo los grupos lactantes (de 45 días a 4 años); y los preescolares (de 4 a 6 años).
Todo en los Círculos Infantiles se lleva a cabo bajo el imperativo del reloj: las horas de comida, sueño y actividades de los pequeños son rigurosamente observadas, teniendo en cuenta que la satisfacción de estas necesidades formará la base de su educación física y mental.

La salud de los pequeños

La salud de los pequeños es uno de los puntos de mayor atención en los Círculos.
Allí se recibe la visita periódica del médico, quien junto a la orientadora de la salud del centro, son los encargados de velar por la buena marcha de este importante aspecto de la vida de los pequeños.
Todo se tiene en cuenta para el cumplimiento de esta finalidad. Antes del ingreso de los niños al Círculo sus padres están en el deber de someterlos, en el Policlínico, a los análisis correspondientes para que le sea expedido el certificado de salud, el cual se renueva periódicamente.
Por otra parte el personal del Círculo debe tener también su certificado de salud, el cual deberá renovar cada cierto tiempo.
Otro de los aspectos fundamentales en la atención de los niños en los Círculos es el relacionado con su alimentación. Esta se lleva a cabo meticulosamente mediante un menú balanceado, que es regulado por el médico, en el caso de lactantes, y por la dietista para el resto de los grupos. Así se trata de proporcionar al organismo de los pequeños todos los elementos necesarios para su buen desarrollo físico.
Las mamás marchan confiadas a sus centros de labor en la seguridad de que sus hijos han de estar atendidos con todo el amor y el cuidado que requieren.
Y todos los beneficios los reciben mediante el pago de una cuota proporcionada a sus ingresos y que siempre resulta inferior al costo real de la manutención del niño en la institución.
Los Círculos Infantiles cumplen una importante misión en la nueva sociedad que se construye en el país, y en ellos se hace realidad el lema: "Los niños nacen para ser felices".


LOS NIÑOS y EL MONCADA

Cuando estaban naciendo los niños que ahora irán al tercer grado, una gran muchachada santiaguera inauguraba la ciudad escolar 26 de Julio.
Los niños llenaban aulas amplias, claros corredores, bibliotecas, entre las paredes transformadas del que fuera Cuartel Moncada: jefatura provincial de las fuerzas represivas de la tiranía.
Ocurrió en muchos cuarteles del pasado, convertidos en escuelas para la Revolución. Los viejos edificios liberaron sus fachadas de almenas, troneras y torretas; arrojaron rejas y tinieblas de sus calabozos; volvieron la amenaza apostada frente al pueblo en puerta abierta para los hijos de todos.
Cuando tanta puerta se abría al paso de los estudiantes; cuando la escuela pública dejaba de ser una miseria y la privada un privilegio; cuando tantos nuevos y transformados edificios se llenaban de pupitres; cuando los niños ocupaban un centro escolar como el 26 de Julio de Santiago de Cuba, iba a su fin feliz una historia comenzada precisamente en esa fecha y ese sitio: en el asalto al cuartel Moncada.
Hace ya 16 años que empezó. Inició esta historia la generación del Centenario de José Martí: jóvenes que quisieron este presente con su sangre, como hoy queremos el futuro ilimitado de la Revolución. Aquellos trabajadores y estudiantes que asaltaron el Moncada para dar la tierra al que la trabaja y la casa al que la vive: a todos pan, techo, trabajo y medicina; escuelas a los niños.
Así dijo en aquel tiempo el líder de los héroes primeros de esta historia, nuestro líder Fidel Castro:

-A las escuelitas públicas del campo asisten descalzos, semidesnudos y desnutridos, menos de la mitad de los niños en edad escolar, y muchas veces es el maestro quien tiene que adquirir con su propio sueldo el material necesario. ¿Es así como puede hacerse una Patria grande?

Y explicaba que después de la victoria de la insurrección, la victoria de los asaltantes del Moncada, un gobierno revolucionario procedería a la reforma integral de nuestra enseñanza, poniéndola a tono con las iniciativas anteriores, para preparar debidamente a las generaciones que están llamadas a vivir en una patria más feliz.

Por eso, tras la victoria, los niños ocuparon el Moncada, transformado en una gran escuela.
Por eso, esta semana, los niños dedican todas las actividades del Plan Vacacional a quienes también dieron su vida en el Moncada porque fueran felices en la Revolución.

RAÚL GÓMEZ GARCÍA

El poeta del 26 de Julio


Será más culpa y fango para el fiero tirano
Cuando se ama la patria como un hermoso símbolo
Si no se tienen armas, se pelea con las manos
Ya estamos en combate ¡Adelante!
De nuestra lucha heroica depende la Cuba verdadera
La de la furia loca de Gómez y Agramonte...

LA DE LA LUCHA PURA DE MELLA Y DE GUITERAS...

Adelante cubanos... ¡Adelante!
Por nuestro honor de hombres ya estamos en combate
Pongamos en ridículo la actitud egoísta del Tirano
Luchemos hoy o nunca por una Cuba sin esclavos
Sintamos en lo hondo la sed enfebrecida de la Patria
Pongamos en la cima del Turquino la Estrella Solitaria

Julio 17, 1953 RAÚL GÓMEZ GARCÍA
26 de Julio de 1953

Había cesado ya el combate en el interior del Cuartel Moncada aquel glorioso 26 de Julio de 1953. La soldadesca batistiana, la misma que ahora aspira a enyugar de nuevo a Cuba, acobardada horas antes por el increíble acontecimiento, se daba a la tarea infame de localizar heridos para volcar en ellos todo el salvajismo imaginable solamente en quienes defienden causas injustas, en quienes no tienen un átomo de razón.
Los atacantes sobrevivientes van cayendo, poco a poco, en las garras de sus verdugos. Al patio central llega un jeep conduciendo, medio inconsciente por los golpes, a un joven que durante la acción guerrera combatió de frente y con toda lealtad. Raúl Gómez García, "El Poeta del 26 de Julio", iniciaba su indescriptible martirología.

En la madrugada del 26 de julio, reunidos en la finca Siboney, Fidel da las últimas directivas para la acción armada. Se lee, una vez más el "Manifiesto Revolucionario" y, acto seguido, preñados de fervor patriótico, los que horas después escenificarían una de las acciones más valerosas del proceso revolucionario, oyen con emoción de labios de Raúl Gómez García, su poesía, hasta ese momento inédita, "Ya estamos en combate" Fue la llamada final al sacrificio.
Quien horas antes actuaba como poeta, como intelectual, ocupaba en horas de la mañana de la memorable fecha la primera fila de los combatientes, empuñando un fusil con firmeza y decisión. La lucha era feroz frente al hospital Saturnino Lora. Un oficial de la dictadura cae herido entre dos fuegos, oportunidad en que se manifiesta nuevamente la calidad revolucionaria de los combatientes del Moncada: Raúl Gómez García, con grave riesgo para su vida, se lanza a rescatar el cuerpo del herido para ponerlo a salvo de las balas. Quizás hoy, en algún rincón de nuestra Patria liberada, haya un hombre meditando sobre aquel gesto inaudito.
Ya afloraba el fracaso de aquel primer macetazo al corazón mismo de la dictadura, pero el objetivo se lograba. De Oriente a Occidente renacía la esperanza, se sacudía un pueblo, por tantos años asumido en la ignorancia política. Se agotaba el parque y los valientes asaltantes cedían ante una superioridad numérica aplastante. Unos pocos lograban evadir la persecución y se internaban, por vez primera, en la Sierra indómita. La mayoría yacían muertos o gravemente heridos en el cubil de la hiena.
Haydée Santamaría y Melba Hernández fueron testigos presenciales del breve pero terrible martirio de Raúl Gómez García.
En presencia de ambas, los infrahumanos servidores del tirano aplicaron al valiente maestro todo género de sádica tortura: amarradas sus manos detrás de la cabeza, le golpearon y patearon, le arrancaron los dientes y, finalmente, le ultimaron con una ráfaga de ametralladora.
Ni un quejido, ni un lamento.
De los labios del mártir, con entereza ejemplar, brotaban estrofas de su poema "Reclamo del Centenario":

"Maestro, bajo tu frente enorme
En la profundidad perenne de tus sueños
Se vislumbra el recuerdo de tus luchas de hombre..."

Los Fundadores de la Nueva Cuba

por Marta Rojas, de "Bohemia"


"Para mis compañeros no clamo venganza. Como sus vidas no tenían precio, no podrían pagarla con las suyas todos los criminales juntos. No es con sangre como pueden pagarse las vidas de los jóvenes que mueren por el bienestar del pueblo: la felicidad de ese pueblo es el único precio digno que puede pagarse por ellas"
FIDEL CASTRO


El primer cadáver que vimos tenía las manos crispadas hacia arriba, el cráneo vacío, un rifle al lado, lo que había dentro de la cavidad craneana estaba esparcido por el piso, mezclado con polvo, oliendo a pólvora. Recién habían vestido el cadáver de aquel joven, con un uniforme nuevo, color kaki, de los que usaba el antiguo ejército; los cordones de los zapatos estaban sin encintar, los labios destrozados, también los dedos. No se nos permitió observar detenidamente aquel mártir ni a ninguno.
Era de tarde, la tarde del 26 de Julio, el cielo estaba aplomado como el ambiente: iniciábamos un dramático peregrinaje por los patios, escaleras y pasillos del Moncada, diez horas después del ataque. Habían sido infructuosas todas las gestiones que hicimos durante la mañana para acercarnos a la garita de entrada, en los minutos siguientes a la acción. Ahora comprobábamos por qué se negaron: el asesinato estaba premeditado, de haber realizado el recorrido horas antes sólo hubiéramos visto unos cuantos muertos y algunos heridos de parte y parte.
"En esta zona se hicieron fuerte ellos", decía el sicario que fungía de guía a los periodistas y autoridades civiles y judiciales. Así creía justificar el destrozo de aquellos cuerpos, los cadáveres horriblemente mutilados de los revolucionarios que intentaron la toma del Moncada sin otros armamentos que escopetas de caza con perdigones y una o dos armas automáticas.
Las paredes estaban manchadas de sangre, se veían las huellas de manos heridas que se afirmaron en la pared en la agonía, la fina capa de yeso que la revestían estaba rasgada por las uñas que se aferraron a ella en el afán de vivir para volver a servir a la Patria. Las uñas, llenas de sal, habían sido magulladas por las botas de los guardias ebrios de odio y de alcohol.
En los desniveles del piso se formaron pequeños y grandes charcos de sangre. Invariablemente había avulsión de la masa encefálica en los cadáveres, todos de rostros jóvenes. Los verdugos indicaban para la cabeza de sus víctimas: "Fíjense qué puntería la de los soldados, todos dieron a la cabeza", una sonrisa muy cínica rubricaba el comentario. "Fueron muertos a boca de jarro", afirmamos. "Esto es para ver y callar" ripostó colérico el Teniente Rico, ayudante de Chaviano. ¿Y los detenidos?, repetíamos la pregunta que en la conferencia de prensa habíamos hecho: "No hay detenidos", fue la respuesta tajante: "¿Ni heridos?" "Tampoco". Los detenidos y los heridos yacían asesinados sobre los mosaicos del cuartel y el césped de sus patios.
Contábamos los cadáveres, eran unos cuarenta y ocho a las cinco de la tarde, al día siguiente y en los sucesivos hasta el treinta de julio la cifra ascendía hasta cerca de un centenar, incluyendo los de Bayamo.
Casi a todos los cadáveres esparcidos por los patios interiores del Moncada, le faltaban los dientes y las uñas, estaban a medio vestir y debajo del uniforme podía verse una bata blanca, de la que usan los enfermos en el hospital, estos eran los jóvenes que comandaba Abel Santamaría.
Abel comandaba uno de los tres grupos en que se dividieron los combatientes para llevar a cabo la acción heroica. El primer contingente estaba comandado por el propio Fidel Castro y se dirigió a la posta 3 del Moncada donde se hicieron fuertes, uno de los carros pudo penetrar en el cuartel sin ser advertido por los soldados que guardaban la garita. El segundo grupo lo dirigía Raúl Castro -casi un adolescente- quien tuvo la misión y la cumplió cabalmente, de tomar el Palacio de Justicia, próximo al Cuartel Moncada. Desde esa posición hizo fuego constante al objetivo hasta que se le terminó el parque.
Raúl había desarmado a los custodios del Palacio de Justicia y encerrado en un escaparate, como prisioneros de guerra, al retirarse los dejó en libertad. El tercer grupo lo comandaba Abel Santamaría y constituía una tropa de reserva. La misión que tenía era la de ocupar el Hospital Saturnino Lora, enclavado frente al Moncada, en evitación de que los guardias tomaran esa posición que era un punto estratégico como el Palacio de Justicia.
Los carros del contingente de Abel, fueron los últimos en llegar a la zona de operaciones. Cuando los revolucionarios empezaban a bajarse de las máquinas comenzó el fuego; ese era un mal síntoma porque se había advertido que solamente se dispararía, en última instancia, si no se lograba tomar la posición por sorpresa como había sido planeado.
Con Abel iban entre otros el médico Mario Muñoz y las dos mujeres que integraban el movimiento. Haydée Santamaría, hermana de Abel, y Melba Hernández.
Como a las ocho de la mañana el fuego había disminuido extraordinariamente, sólo se producían disparos aislados. Fue entonces que Abel, serenamente, les dijo a sus compañeros: "Estamos perdidos, ustedes saben igual que yo lo que me va a pasar a mí y posiblemente a todos". Y dirigiéndose a las mujeres: "Pero lo que más me interesa es que ustedes las mujeres no se arriesguen, escóndanse en el Hospital y esperen. Ustedes son las que más oportunidad tienen de salvar la vida. Conserven la vida de cualquier manera. Tiene que quedar alguien para contar lo que pasó aquí..."
Después se vistieron de enfermeros y ocuparon camas para no ser advertidos por los guardias cuando registraron el Hospital. La primera incursión fue negativa para los captores, pero la segunda, con la ayuda de un delator, resultó fatal para los revolucionarios. Al instante comenzaron las torturas, primero y con mayor ensañamiento en la persona de Abel y de Boris Luis Santa Coloma que había llegado al Hospital para ayudarlos, después de estar a salvo en la Granja de Siboney.
En el Moncada guardaban la retirada a los compañeros que tenían mayores posibilidades de salvarse: José Luis Tasende, Gildo Fleitas Arcos, Miret y otros. Tasende tenía una rodilla herida pero se obstinaba al arma para disparar hasta el último tiro, fue hecho prisionero y asesinado después.
La fuerza enemiga, aunque desmoralizada, era numerosa y bien dotada de armamentos y municiones y entrada la mañana había comprobado que a los rebeldes no le llegaban refuerzos. El prostituido ejército decidió ensañarse con quienes lo desafiaron enarbolando la bandera del heroísmo y por cada militar muerto en combate fueron asesinados ocho o diez revolucionarios. En realidad era un grupo reducido el de los revolucionarios, no más de ciento sesenta de los integrantes del movimiento de la juventud del centenario estaban equipados y entrenados, aunque se puede afirmar que toda la juventud cubana se abrazaba al ideal de los del Moncada, sólo ese grupo se había preparado para la acción del 26 de Julio. En ellos estaba representado el pueblo, constituían lo mejor de nuestra juventud, eran obreros campesinos, estudiantes y profesionales modestos, entre ellos había albañiles, como Juan Almeida y Armando Mestre, campesinos como Manuel Royo, dependientes de comercio como Julito Díaz y Ciro Redondo, casillero del mercado como Antonio "Ñico" López, fotógrafo como Chenart, obrero cervecero como Pedro Marrero, profesional modesto como Mario Muñoz, estudiantes como Raúl Gómez García, viajante como Méndez Cabezón, dirigente sindical como Boris Luis Santa Coloma, empleado de una agencia de autos como Abel Santamaría. La mayoría de esos jóvenes habían militado en el ala izquierda del Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo), entre ellos el querido dirigente del pueblo cubano, Fidel Castro; pero cuando ocurrió el golpe artero del 10 de marzo se agudizaron las discrepancias con la dirigencia estática de aquel partido mayoritario cuya bandera era la honestidad administrativa, pero que comulgaba con los intereses económicos de los explotadores que auparon a Batista en el poder.
De estudiante universitario Fidel había comenzado a leer textos marxistas y comprendido que los grandes males del país no se iban a resolver sólo con medidas de adecentamiento público, sino en primer término resolviendo el problema de la tierra, lo que conllevaba en nuestro caso, dar el primer paso en la independencia económica ya que los latifundios en su mayoría eran propiedad de compañías norteamericanas y en ellos estaban sembradas las cañas que alimentaban las centrales también propiedad de los norteamericanos.
La reforma agraria verdadera, no el reparto de cartuchos de tierra, es la piedra angular del ideario revolucionario de la juventud liderada por Fidel.
Al demostrar sus primeras inquietudes políticas de avanzado contenido social, Fidel encontró compañeros afines, entre estos a Abel Santamaría obrero y estudiante proveniente de la izquierda ortodoxa, divorciada como Fidel de sus máximos dirigentes que en el fondo eran políticos tradicionales de la media y alta burguesía.
Fidel, Raúl, Abel, Boris, Tasende, "Ñico", Montañé, Ramiro, Renato, leían y discutían constantemente sobre problemas filosóficos y económicos. El Manifiesto Comunista, las Obras de Lenin, El Capital y la Historia de las Ideas Políticas de la Academia de Ciencias de la URSS, entre otras eran obras estudiadas por ellos junto con los textos martianos. Martí era en verdad el inspirador del movimiento y Fidel en el juicio del Moncada diría que fue el Apóstol, el autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada. En homenaje a José Martí se decidió que el inicio de la revolución fuera en el 1953, año del Centenario del Apóstol como el más grande homenaje de la juventud cubana al Maestro. Con el heroísmo y martirologio de los del Moncada se reivindicaba la memoria del Apóstol mancillada por el reestreno del batistato.
Las primicias de la revolución que estalló en Moncada el 26 de Julio ocurrió en la ciudad de La Habana el 28 de enero de 1953 cuando una gigantesca multitud recorrió la calle de San Lázaro, saliendo de la Universidad hasta el Parque Central, en disciplinada formación, para rendir tributo al Apóstol en el Parque Central. Llamó la atención la perfecta organización de aquella masa joven, su serenidad y fuerza; a la cabeza iban Fidel y los fundadores de la nueva Cuba, jóvenes desconocidos entonces, cuyos nombres se leerían en los diarios por primera vez, en su mayoría a partir del 26 de Julio de aquel mismo año en la relación de mártires y prisioneros del Moncada y Bayamo, luego entre la lista de los expedicionarios del Granma, después entre la relación de combatientes heroicos de la Sierra Maestra.
A los fundadores de la nueva Cuba les bastaba el recuerdo de sus hermanos muertos el 26 de Julio para crecerse en la lucha por los ideales que aquellos encarnaban. Debió ser muy grande la firmeza de tales ideales cuando ningún verdugo por feroz que fuera logró sacar de los labios de un prisionero revolucionario en las mazmorras del Moncada, el 26 de Julio, una palabra que comprometiera el posible triunfo del movimiento. Tampoco el látigo, las pinzas y toda la gama de instrumentos de tortura utilizados por los guardias fueron suficientes para reducir la moral de los combatientes presos ni para acallar su constante grito de Libertad o Muerte. Ahí están los relatos de los sobrevivientes, lo demuestra la ira del enemigo ante el descomunal valor de los revolucionarios. Un Raúl Gómez García recita versos compuestos por él, mientras es torturado. Abel muere en silencio, sin decir quién o quienes más están comprometidos en la acción. Le sacan los ojos y no habla, a la hermana la amenazan diciendo que si no habla van a hacerle otro tanto y calle, a Boris le extirpan sus miembros viriles, le pegan y torturan y no complace en un ápice a sus verdugos.
Esto ocurría durante el día 26 de Julio en los sótanos del cuartel Moncada.
Arriba sólo se veía el ir y venir nervioso de los guardias, con las botas ensangrentadas, las guerreras sudadas, los ojos desorbitados; olientes a ron, despedían olor a ron por los poros desde la más alta oficialidad hasta el soldado raso.
A mediodía Chaviano llamaba a las instituciones cívicas y a la prensa para informar sobre los sucesos del Moncada. Limita las preguntas de los periodistas a una por cada órgano representado allí, él se reserva el derecho de responderla o no. Nosotros le preguntamos:
-"¿Presentará a los detenidos?"