
ANCISAR, había llegado un día de muy lejos, de un pueblecito enclavado en la manigua de los llanos orientales, con su cabello rubio y claro, tez blanca y ojos claros, de estatura mediana, se mantenía atlético, en muy buen estado físico, su mirada era brillante, sonreía frecuentemente dejando ver su blanca dentadura, con su actitud amable y fraternal, su sonrisa sincera, le gustaba usar su uniforme con las banderas de Colombia en los hombros y la sigla FARC-EP, el uniforme verde oliva de manchas mas oscuras, el que lucia de forma impecable, a pesar de que lo usaba frecuentemente, lo mantenía como nuevo, bajo la camisa siempre estaba la camiseta roja con la silueta del che, encima del uniforme usaba el arnés de correas negras, con cinturón ancho del que colgaban granadas a un lado y al otro lado el radio de comunicaciones y mas abajo la pistola nueve milímetros, usaba botas media caña de cuero, perfectamente lustradas, decía que la presentación personal era parte muy importante de la moral revolucionaria y que ello generaba respeto por parte del enemigo y era ejemplo para sus compañeros y ayudaba a mantener la buena imagen en el pueblo sobre su ejército revolucionario.
Contradictoriamente detestaba el militarismo y decía que toda esta vestimenta era necesaria, pero no conveniente, se sentía más a gusto usando su sombrero llanero y su poncho a rayas en el hombro, con las botas media punta adornadas con costuras de diferente forma en la media caña “algún día en esta nación los hombres podrán disfrutar de todos los derechos que da la civilidad en un país con democracia de verdad”.
Solo sabía que era llanero y que el pueblecito de donde había salido cuando tenía diecisiete años se le asemejaba muy lejano y sus calles polvorientas con tiendas en las esquinas y gentes de a caballo por las calles arriando vacas, estaba guardado aun en lo más profundo de su memoria y de su corazón. Miraba la vida con optimismo y sabía que a diario tenía que llevar la iniciativa en la guerra, los combates con el ejercito de la oligarquía se habían hecho cada vez más frecuentes, hasta llegar a pelear dos veces por semana, no le temía a la muerte, tenía claro que cualquier día, en el lugar menos esperado podría sorprenderlo, confiaba en que cada una de sus pequeñas acciones contra el enemigo conducirían al pueblo algún día a la toma del poder, al triunfo final de los oprimidos contra los opresores.
Habían pasado treinta años desde aquel día que había salido de su casa para unirse a la guerrilla, no había olvidado el nombre con el cual su madre lo había bautizado, pero sabía que su apellido era Matiz. En la vida revolucionaria había asumido varios nombres, había tenido varias cedulas de identidad, ahora se llamaba Ancisar Trujillo y su nombre hacia temer a los ricos de la región cuando leían las cartas que les enviaba llamándolos a dar la contribución económica para la manutención del movimiento revolucionario alzado en armas. Trataba con gran cariño fraternal a sus camaradas llamándolos cada día a ser mejores hombres, mejores mujeres, estudiosos formales, respetuosos, solidarios, les decía que así, de esa forma, se ganaba a la masa. A cualquier casa donde Ancisar llegaba, se hacía querer de la gente, obteniendo su apoyo y su colaboración desinteresada. En todo momento aprovechaba el contacto con la población para educar, hablar de “El programa agrario de la guerrilla” “el programa para la reconciliación nacional” de la economía, de política, de salud, del buen trato a los vecinos, a los hijos, del comportamiento en familia, de los cultivos, de las cosechas, de las plagas y de la religión contra la que no tenía nada en contra, pero decía a la gente que había que tener cuidado con eso. “organícense, trabajemos y hagámosle pa’ lante a esta revolución” decía a los campesinos y agregaba “solo díganme que necesitan” a algunos les prestaba dinero para comprar semillas y sembrar, a otros les prestaba para el mercado o para pagar el jornal a los trabajadores, o para mandar a estudiar sus hijos a la ciudad, recibía continuamente delegaciones de hombres y mujeres pertenecientes a organizaciones populares, juntas de acción comunal, a organizaciones políticas y también a representantes de las organizaciones políticas o gremiales de la burguesía. A los delegados de las organizaciones populares que lo visitaban les mandaba preparar el almuerzos y mientras almorzaban, compartía con ellos el acontecer regional, dando opiniones sobre la actitud que el pueblo debía asumir frente a situaciones políticas de coyuntura. se trasladaba de un lado a otro a pie, en carro o de a caballo por las maltrechas carreteras, cruzando abismos, zanjas y ríos a cualquier hora del día o de la noche, con lluvia o con sol. La música revolucionaria, el baile, el juego de tejo o a veces el juego de billar, le ocupaban el poco tiempo que demoraba en alguna tienda de camino, pero esos eran unos pocos minutos de su vida pues por lo general siempre estaba caminado de una lado a otro por toda la región, sentía que había nacido para ser rebelde, para luchar contra la injusticia y contra la opresión encarnada en el sistema capitalista y en gobierno de su país al que consideraba despótico, asesino y violador de las libertades y de los más fundamentales derechos del ser humano.
Era un compañero austero en sus gastos personales, vivía con los brazos y la piel quemada por el sol, pasaba varios días leyendo los periódicos, las revistas y las cartas que recibía en la paz que a veces encontraba en los montes y en la selva.
Desde su juventud Ancisar había soñado con ver a su país convertido en una gran potencia equilibrada y moderna en lo social, en lo político y en lo económico, sin pobreza, sin exclusión social, sin guerra, sin masacres, sin persecuciones políticas. En ocasiones entraba en la angustiosa soledad y en el desespero, el que solo Adriana su compañera podía calmarle.
Ancisar era el segundo al mando de una pequeña columna guerrillera compuesta por treinta y cinco unidades, entre hombres y mujeres que tenía como misión mantener la presencia de las FARC-EP en una vasta zona montañosa del centro de Colombia.
Ancisar vive en la memoria y en las acciones de cada hombre y cada mujer que siguen en la lucha revolucionaria colombiana, alimentados en sus acciones por el ejemplo y la moral marxista-leninista que durante toda su vida guerrillera nos dio Ancisar Trujillo
Saludamos hoy tu ejemplo, reviviendo tu memoria y te decimos que: “la semilla que sembraste crece y se expande día a día por todo el territorio de la nación que algún día como lo soñaste, será libre”.