A CIEN AÑOS DEL ATENTADO CONTRA LENIN,
Mensaje de la 36 del año 2007

 

El viernes 30 de agosto de 1918 la reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo había sido fijada para las 9 de la noche. Como siempre, en la tabla había varios puntos, cada uno de los cuales era importante para la joven República Soviética que luchaba contra los enemigos internos y externos. Ese día había que examinar los problemas relativos a la construcción de vías férreas para el transporte de combustibles, a la distribución de fósforos -en el país no alcanzaba ni los más indispensable- a la creación del fondo para la alimentación infantil y la apertura de comedores infantiles, al financiamiento de las fábricas productoras de equipos militares para el Ejército Rojo que luchaba en lso frentes de la guerra civil. A la hora fijada estaban reunidos todos los miembros del Consejo de Comisarios del Pueblo, sólo faltaba el Presidente. Pero ya se abrirá la hoja izquierda de la puerta y la sala de reunión entrará rápidamente Vladimir Ilich Lenin.
Todos conocían la excepcional puntualidad de quien no se atrasaba nunca y exigía lo mismo de los  demás.
¿Qué podría retener esta vez a Vladimir Ilich?
Ya son las nueve y él no ha llegado.
Los reunidos están alarmados. Inesperadamente, entra corriendo a la sala del consejo de Comisarios del Pueblo una mujer que grita: ¡Un doctor! ¡Un doctor!
Traía una noticia terrible: Lenin está herido y lo han llevado a casa desangrándose.
Ese día no se realizó la reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo.

Con motivo de conmemorarse hoy 100 años del atentado contra Lenin transcribimos el Mensaje de la 36, emitido en el año 2007, hace hoy  exactamente 11 años que puede volver a escuchar en la voz de Guillermo Botnarziuck en el siguiente enlace:
https://www.ivoox.com/mensaje-36-29-8-2018-audios-mp3_rf_28200755_1.html

 

 
MENSAJE DE LA 36
 
ATENTADO CONTRA LENIN
 
Atentado contra V. I. Lenin, del pintor soviético Piotr Belousov

VLADIMIR RÓZANOV fue un famoso cirujano de clínica en Rusia.
Él cuenta sobre Lenin en un trabajo que llamó “De los recuerdos acerca de Vladimir Ilich”, lo siguiente:
Era de madrugada. Me hicieron levantar de la cama diciéndome que debía ir al Kremlin para una consulta acerca del estado de Vladimir Ilich Lenin, Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, a quien habían herido la víspera y que ahora se encontraba peor. 
Hice todo el camino bajo la intensa sensación de la enorme responsabilidad que suponía participar en una consulta acerca de la salud de Lenin, del Lenin que encabeza toda nuestra revolución, la orienta y la ahonda.
Era un sentimiento complejo, Algo se ha difuminado ya con el tiempo, pero además de la tensión, había probablemente también una parte de curiosidad por ver de cerca al jefe del pueblo y, quizás, cierta timidez.
Una habitación reducida. No es enteramente de día. El cuadro habitual que se encuentra cuando un enfermo ha empeorado de pronto: al lado del enfermo, los rostros desconcertados e inquietos de los familiares y allegados; un poco más lejos hablan en voz baja personas agitadas también pero, evidentemente, no tan íntimas del enfermo. 
En grupo, a un lado de la cama del herido, los médicos: V. Mints, B. Veisbrod, V. Obuj, N. Semashko. Todos conocidos, Mints y Obuj salen a mi encuentro, me llevan un poco aparte y, en voz baja, empiezan a referirme brevemente lo ocurrido y el estado del enfermo. Me informan de que el hombro izquierdo ha sido fracturado por una bala y que otra ha perforado el vértice del pulmón izquierdo y el cuello, de izquierda a derecha, deteniéndose junto a la articulación externo costo clavicular derecha. 
Me refieren que, traído a su casa en automóvil después de la herida, Vladimir Ilich había subido solo hasta la segunda planta y allí, en el recibimiento, se había subido solo sobre una silla. En las pocas horas transcurridas después de la herida se había producido un empeoramiento tanto en el sentido del pulso como de la respiración y aumentaba el debilitamiento. Después de explicarme esto, me invitaron a auscultar al paciente.
Un hombre fuerte, recio, de complexión compacta; salta a la vista la lividez, la cianosis de los labios, la respiración muy superficial. Tomo la mano derecha de Vladimir Ilich para comprobar el pulso. El estrecha débilmente la mía, a guisa de saludo sin duda, y dice con voz bastante distinta: “No es nada. Se inquietan en vano”. Le contesto: “Calle, calle no debe hablar”.
Busco el pulso, y me espanto al no encontrarlo. A veces aparece, filiforme. Vladimir Ilich vuelve a decir algo y yo le ruego encarecidamente que calle, a lo cual sonríe y hace un ademán evasivo. 
Ausculto el corazón, muy desplazado hacia la derecha: los tonos son netos, pero bastante débiles. Hago una leve persecución auscultatoria: toda la mitad izquierda del tórax produce un tono sordo. Evidentemente, se ha producido un enorme derrame en la cavidad pleural izquierda, y este es el que ha desplazado tanto el corazón hacia la derecha. 
Se nota netamente la fractura del húmero izquierdo, aproximadamente en el límite de su tercio superior y la mitad. Esta auscultación, que aunque hecha con máximo cuidado es indudablemente muy dolorosa, sólo produce en Vladimir Ilich una mueca ligera. Ni el menor grito, mi un atisbo de gemido.
Comunico rápidamente los resultados de mi examen a Obuj, que está a mi lado, inclinado sobre el herido. De acuerdo con todos los datos que he encontrado durante el examen objetivo, Obuj murmura “Si, si” y ambos pedimos encarecidamente a Vladimir Ilich calla, pero sonríe.
Cuando nos dirigimos a otra habitación para la consulta en el pasillo me detienen Madiezhda Konstantínova y dos personas desconocidas para mi, no recuerdo quiénes eran, preguntando en voz baja. 
¿Qué? Sólo puedo contestar: “La herida es grave, muy grave, pero él es fuerte”. 
Como médico recién llegado, hube de hablar el primero en la consulta. Señalé que el shock del pulso se debía al rápido desplazamiento del corazón hacia la derecha por la hemoptosis a la pleura del vértice perforado del pulmón izquierdo y que nuestra atención debía centrarse naturalmente no en el brazo fracturado, sino en este hemotórax. Debía tomarse también en consideración el original y feliz curso seguido por la bala que, al atravesar el cuello de izquierda a derecha adelante mismo de la columna vertebral, entre ella y la faringe, no había afectado los grandes vasos del cuello. De haberse desviado este proyectil un milímetro en una u otra dirección, Vladimir Ilich no habría quedado naturalmente, con vida. Después de los años de la guerra, los cirujanos teníamos una gran experiencia y estaba claro que si el paciente superaba el stock habría desaparecido el peligro inmediato, aunque quedaba otro: el de la infección que siempre podía haber sido llevada al organismo por la bala. Ese peligro, no podíamos ya prevenirlo. Sólo podíamos preverlo y temerlo, ya que habría sido grande, tanto para la cavidad pleural como para el canal del proyectil en el cuello, que perforaba evidentemente en varios lugares un tejido celular del cuello, que perforaba evidentemente en varios lugares un tejido celular del cuello y, además, un tejido celular tan delicado como el postfaringeo.
Todos estos temores y aprensiones fueron expuestos tanto por mi como por los demás médicos, las medidas pertinentes fueron indicadas con gran facilidad: reposo absoluto, centrar toda la atención en la actividad cardiaca; en cuanto al brazo, había que olvidarse de él provisionalmente y limitarse a un liviano aparato contentivo para que los fragmentos de los huesos fracturados no causaran dolores superfluos al rozarse en los movimientos involuntarios.
Acepté encantado y apoyé la propuesta de Obuj de invitar por la tarde, para una nueva consulta, al doctor Nokolai Mamónov, gran terapeuta, especialista enorme talento en lo que se refiere al cuidado de los enfermos.  
Los  cirujanos precisamos un médico así para estar más detalladamente al tanto de las alteraciones en la pleura y en el pulmón. La cuestión de si se debía o no extraer los proyectiles quedó en seguida resuelta negativamente, sin la menor vacilación. 
A la consulta siguió una larga discusión del boletín oficial acerca del estado de salud  de Vladimir Ilich. Había que meditar minuciosa y muy atentamente cada palabra, cada coma: en efecto, se debía dar a conocer al pueblo, al mundo entero, la amarga verdad y se ignoraba todavía el desenlace; pero había que decirlo de manera que subsistiera la esperanza.
Luego volvimos junto a Vladimir Ilich. A su lado estaba Nadiezhda KonstantinovnaVladimir Ilich yacía tranquilo. Reiteramos nuestra prescripción de que no se moviera ni hablara. 
Contestó con una sonrisa; “Bueno, bueno. Esto le puede ocurrir a cualquier revolucionario”. 
El pulso continuaba sin percibirse. Por la tarde celebramos otra consulta, y así todos los días, mañana y tarde mientras no empezó la mejor, es decir a lo largo de 4 o 5 semanas. 
Sólo a los dos días se restableció el pulso. Es decir, se le pudo calificar de satisfactorio. A los cuatro días. El estado general había mejorado tanto que se podía pensar en acometer el tratamiento pertinente del brazo fracturado.
El peligro de infección parecía haber desaparecido y la potente naturaleza de Vladimri Ilich comenzó a superar rápidamente la enorme hemorragia en la pleura. El derrame era reasorbido rápidamente, el corazón volvía a su posición normal y el paciente respiraba con creciente facilidad. 
Los médicos, en cambio, nos encontrábamos con mayores dificultades. En efecto, en cuanto Vladimir Ilich empezó a sentirse mejor, en cuanto recobró la voz, resultó absolutamente imposible hacerlo permanecer tranquilo, sin moverse ni hablar, convencerle de que el peligro no había pasado aún: quería trabajar y estar al tanto de todo.
A nuestras instancias contestaba con una sonrisa, siempre muy afable, aunque significaba con toda franqueza: “Les creo a ustedes, creo que hablan como les dicta su conciencia, pero”... Ese “pero nos obligaba a estar agradecidos al brazo fracturado, que mantenido por una férula de abducción, forzaba a Vladimir Ilich a permanecer en cama. La sutura del brazo marchaba perfectamente y al cabo de unas tres semanas apareció una concrescencia tan buena que no era ya necesario mantener a Vladimir Ilich en el lecho, pues el peso de distensión podía ser igualmente bien adaptado hallándose el enfermo en posición vertical.
Vladimir Ilich acogía siempre afable y cordialmente a los médicos, y a mi en particular, aunque en varias ocasiones expresó su descontento, de manera muy sincera y cálida, porque nos hacían visitarle dos veces al día dejando a los demás enfermos. Yo siempre le contestaba; “Vladimir Ilich también usted es un paciente y un paciente grave en todos los aspectos”. 
A esto de “todos los aspectos” replicó una vez bastante enfadado. “Acaso transcurre la enfermedad de otra manera debido a esos aspectos”.
“¿Por qué siempre están los camaradas con lo mismo?” 
A lo que yo contesté. 
“Claro que si, Vladimir Ilich de otra manera ; igual ocurre con los médicos, cuyas enfermedades transcurren siempre al revés”.
Vladimir Ilich se echó a reír y después de comentar “con usted no hay quien pueda” empezó a quitarse la camisa para las fastidiosas operaciones de percusión y auscultación del pulmón.
Desde el punto de vista médico, puede decirse que el caso transcurrió sin la menor complicación, el derrame de la pleura fue reabsorbido sin dejar huella y el pulmón se distendió por entero. No recuerdo que observásemos entonces nada de particular en el sentido de la esclerosis, que era correspondiente a la edad. La concrescencia del brazo marchaba perfectamente. Solo se observaban a lo largo del nervio radial, dolores pequeños que al parecer originaba el traumatismo de este nervio por uno de los fragmentos del hueso fracturado. Fue fabricado un aparato ortopédico, ligero, de cuero con tiras de goma, que se podía quitar para el mensaje y Vladimir Ilich se marchó unas semanas al campo por prescripción facultativa.
Era imprescindible que se marchara, puesto que en el Kremlin trabajaba de todas maneras y necesitaba descansar y recobrar fuerzas después de la herida tan grave. A fines de setiembre. Vladimir Ilich vino a que le viéramos los médicos de cabecera, Mints, Mamónov y yo. Tenía muy buen aspecto: animoso, lozano, normalidad completa por parte de los pulmones y del corazón, el hueso del brazo enteramente soldado, de manera que podía abandonar el aparato ortopédico. Sólo se quejaba de sensaciones desagradables, a veces dolorosas, en el pulgar y el índice de la mano, resultado del traumatismo anteriormente indicado del nervio radial. En esta consulta quedó decidido que el doctor Mamónov no tenía ya nada que hacer y que los cirujanos volveríamos a vernos al cabo de una semana y media o dos. Durante esta consulta, conversando mucho rato con nosotros Vladimir Ilich me hizo preguntas acerca de mi hospital, se mostró inquieto porque encontramos ya dificultades para dar calefacción a los pabellones, tomó unas notas en un papel, riéndose mucho de que no pudiera encontrar una habitación ni una cuartilla y diciendo: “Lo que es ser presidente”. A mi pregunta de si le molestaban los proyectiles, uno de los cuales se palpaba muy fácil y netamente en el cuello, contestó negativamente y añadió riendo. “Los extraeremos en 1920, cuando hayamos terminado con Wilson”.
En la última consulta, cuando nos despedíamos de Vladimir Ilich, tuvo lugar un pequeño episodio que muestra muy bien la delicadeza y la sensibilidad extraordinarias de Vladimir Ilich. Del Comité Central me habían pedido varias veces la minuta por la asistencia a Vladimir Ilich. También había hablado de ello Obuj, a quien rogué encarecidamente que no se planteara la cuestión de dinero. 
Naturalmente, transmití estas conversaciones a mis colegas Mints y Mamónov. Nos parecía absolutamente imposible presentar una minuta a Vladimir Ilich, de cuya curación habíamos estado todos pendientes. 
Vladimir Ilich resolvió esta cuestión él mismo, de modo delicado y magnífico. En la última consulta sólo estuvimos Mints y yo. Le auscultamos, conversamos un poco, le recomendamos que si se hiciera masaje algún tiempo en el brazo, le indicamos la necesidad de cuidarse y procurar que el apartamento estuviera bien caldeado. Vladimir Ilich nos hizo aquí reír y rió también él: “Ustedes dicen que éste bien caldeado. He mandado poner un calefactor eléctrico y lo han puesto. Pero resulta que eso va en contra un decreto. ¿Qué se hace? Habrá que dejarlo, por prescripción facultativa”.
Cuando nos disponíamos a despedirnos, no recuerdo quien más había con nosotros; creo que su hermana María Ilínichna, Vladimir Ilich algo confuso nos invitó a pasar al dormitorio; “Un momento”. Adelantó una mano hacia Mints con un sobre y otra hacia mí. Y, verdaderamente cohibido dijo: “Esto es por la asistencia. Les estoy muy agradecido. Han perdido tanto tiempo conmigo”.
Mints y yo nos quedamos unos instantes cortados, sujetando los sobres que seguían en manos de Vladimir Ilich. Recobrándome al fin dije: “Vladimir Ilich ¿no se podría dejar esto? Crea usted que somos felices de que se haya repuesto, francamente felices, y además le damos las gracias por ello”.
Emocionado también Mints dijo algo por el estilo. Vladimir Ilich guiño un poco los ojos, me moró fijamente, tiro los sobres, creo que sobre la cama, se acercó más me estrechó la mano con fuerza, me puso una de las suyas sobre el hombro y con emoción muy visible pronunció; “Vamos a dejarlo, gracias una vez más”.
Lo dijo con toda espontaneidad que también yo me sentía a gusto. Nos acompañó hasta la puerta, volvió a estrecharme el hombro y no la mano y dijo “Sí algo necesita avíseme”.
En cuanto llegué a casa telefoneé a Obuj para decirle que se me había quitado un enorme peso de encima. Le referí toda la escena y le dije que, a mi entender, la cuestión de la minuta había quedado zanjada definitivamente. No se volvió a hablar de ello con nadie.
Para el personal del hospital de Soldationkovo enclavado a dos kilómetros de la barrera de la ciudad, el invierno de 1918 y 1919 fue muy duro por el frío y el hambre. Cerca del hospital se encontraba el llamado huerto de Piotr. Si nos hubieran permitido cultivarlo, habría sido un gran recurso, sobre todo para el abastecimiento de patatas.
Comenzaron las gestiones, es decir, las idas y venidas de representantes nuestros a distintas oficinas, pero sin resultado.
Por fin, de acuerdo con los representantes de nuestro hospital y de otro próximo, el de Octubre, escribí a Vladimir Ilich una solicitud que, a través de Nadiezhda Konstantinovna, le hizo llegar al doctor F. Gutié, que asistía entonces a Nadiezhda konstantinovna e iba a menudo a casa de los Lenin
Vladimir Ilich no sólo nos ayudó a obtener en seguida ese huerto para cultivarlo en común, sino que luego no se olvidó de él y solía telefonearme para preguntarme cómo marchaban las cosas o si necesitábamos algo. Muchas veces me envió ciclistas breves notas como “Cam, Rózanov ¿qué tal anda la cosecha? ¿Cuánto corresponderá a cada uno? Saludos”.
Todo nuestro personal le estaba profundamente agradecido por esta solicitud. Lo que nos asombraba era que, en medio de sus montañas de trabajo, se las ingeniaría para no olvidarse de un grano de arena como nuestro huerto.
El 20 de abril de 1922 por la tarde me telefoneó Semashko para pedirme que fuera al día siguiente a ver a Vladimir Ilich, el profesor Borhardt, de Berlín, venía para una consulta, pues era necesario extraerle los proyectiles a Vladimir Ilich. Terriblemente sorprendido, pregunte: ¿“Por qué”? 
Semashko me refirió que, en los últimos tiempos, Vladimir Ilich había empezado a padecer dolores de cabeza. Había habido una consulta con el profesor Klemperer, gran terapeuta alemán, quien adelantó la hipótesis y al parecer sin vacilar, de que esos dolores eran originados por los proyectiles enquistados en el organismo de Vladimir Ilich, cuyo plomo causaba sedicentemente intoxicación.
Como cirujano por entre cuyas manos habían pasado miles de heridos, esta idea me pareció francamente extraña, y así se lo dije a Semashko. Estuvo de acuerdo conmigo. De todas maneras, había que ir a la consulta.
La consulta fue interesante. Después de recoger a Borhardt me encaminé con el al Kremlin. Iba con nosotros una médica, cuyo nombre no recuerdo, que debía hacer de intérprete. Nos llevaron directamente al despacho de Lenin, que salió enseguida, saludó, dijo a la intérprete que no era necesaria, “ya nos entenderemos” y nos invitó a pasar a su apartamento. Allí nos habló breve pero muy detalladamente de sus dolores de cabeza y de la consulta con Klemperer. Cuando Vladimir Ilich dijo que Klemperer había aconsejado extraer los proyectiles, ya que su plomo causaba intoxicación y los dolores de cabeza, Borhardt puso cara de extrañeza y dejó escapar un imposible; pero luego, se conoce que para no rebajar el prestigio de su colega berlinés, se puso a hablar de unas nuevas investigaciones que se realizaban en esa dirección.  
Yo dije rotundamente que esos proyectiles no tenían la menor culpa de los dolores de cabeza que no era posible, pues se habían recubierto de un compacto tejido conjuntivo a través del cual no penetraba nada en el organismo. La bala enquistada en el cuello, sobre la articulación externo costo clavicular, se palpaba fácilmente, se extracción no ofrecía dificultades y yo no me oponía a ella. En cambio, protesté categóricamente contra la extracción de la bala de la región del pulmón izquierdo; había penetrado muy profundamente y sus búsquedas eran difíciles. Lo mismo que la primera, no molestaba en absoluto a Vladimir Ilich y esta operación le habría causado un dolor absolutamente innecesario. Vladimir Ilich estuvo de acuerdo con esto y dijo “Bueno vamos a extraer una para que me dejen en paz y nadie siga dándole vueltas al asunto”.
Convenimos en que al día siguiente se verificaría la situación de la bala por los rayos X en el Instituto del académico Lázarev. En la radiografía se veía muy bien las balas, que se habían desplazado un poco respecto a lo que habíamos observado en las radiografías después de la herida. Fueron hechas radiografías en distintas direcciones, Vladimir Ilich fue luego con Lázarev a visitar el Instituto Físico, pero la visita no se llevó a cabo, pues al llegar a la habitación donde Lázarev tenía reunidos los materiales acerca de la anomalía de KurskVladimir ilich le hizo que se los diera a conocer en detalle. Vladimri Ilich escuchó con gran atención, hizo muchas preguntas. Se notaba que había ahondado en la cuestión. Al retirarse Vladimir Ilich dijo a Lázarev que le tuviera al tanto de la marcha de las cosas. En cuanto a la operación, se decidió hacerla al día siguiente, 23 de abril, en mi hospital y que Vladimir Ilich vendría a las 12. Yo invité a Borhardt a estar en el hospital a las 11 de la mañana con idea de mostrarles las secciones de cirugía antes de la operación, pero el profesor Borhardt me pidió que le permitiera llegar a las 10 y media. No tuve nada que objetar, naturalmente, pensando que quería visitar más detalladamente nuestro hospital.
Borhardt se presentó con una enorme y pesada maleta llena de toda clase de instrumentos, cosa que nos dejó sumamente sorprendidos a todos mis asistentes y a mí. La operación apenas requería instrumental, pinzas una sonda, unas tijeras y un escalpelo, y él había traído una montaña.  
Le tranquilicé diciéndole que teníamos de todo, que todo estaba preparado así como la solución de novocaína, que también teníamos guantes y, como faltaba aún una hora y media hasta la llegada de Vladimir Ilich, le propuse visitar el pabellón quirúrgico.
Se conoce que estaba agitado porque, dijo que quería empezar a preparase para la operación, Borhardt empezó luego a decir que operase yo y que él me asistiría, a lo cual contesté que debía operar él y yo le asistiría con gusto. Bohardt repitió todavía unas cuantas veces su propuesta de ayudarme durante la operación. No he llegado a comprender todavía por qué lo decía: me imagino que por galantería. Durante una cura Vladimir Ilich nos dijo luego al doctor Ochkin y a mi de la operación, “Pensaba que iba a ser mucho más rápido. Yo habría apretado así, habría hecho un corte y el proyectil habría saltado. Todo lo demás, fue para darle importancia a la cosa” . No pudimos por menos de echarnos a reír y casi darle la razón.
Vladimir Ilich llegó a las doce en punto, acompañado del camarada Bélenki y alguien de la guardia. También llegó Semashko que, naturalmente, fue el único que entró con nosotros en la sala de operaciones.
¿Quién va a operar? Me preguntó Semashko, “El alemán, por supuesto le contesté. ¿No ha venido a eso?”.
Semashko estuvo de acuerdo. La operación transcurrió sin el menor tropiezo. Se veía que Vladimir Ilich no estaba preocupado en absoluto y durante la propia operación sería ambulatoria y de que, media hora después de terminada Vladimir Ilich se marcharía a su casa. Borhardt protestó rotundamente y exigió que el paciente quedara en el hospital por lo menos 24 horas.
Naturalmente yo no objeté nada, pues la observación estacionaria es siempre mucho más tranquila. Pero ¿dónde podía yo ingresar a un paciente como Vladimir Ilich?
La sección estaba repleta ¿quién había en ella?. Yo conocía la enfermedad de cada paciente, pero ignoraba por completo lo que podía tener en la imaginación. Después de consultarnos, sobre todo el doctor Sokolov y yo, decidimos instalar a Vladimir Ilich protestó al principio mucho, pues no quería quedarse en el hospital “por una futesa”. Hubo que convencerle diciendo que, después de la cocaína, podrían producirse náuseas, vómitos dolores de cabeza y nosotros podríamos observarle así más fácilmente. Vladimir Ilich se resistió mucho tiempo a nuestros argumentos, pero la última gota parecieron ser mis palabras de que “Incluso le he preparado una sala en la sección para mujeres”. 
Vladimir Ilich se hecho a reír, dijo “Allá ustedes” y se quedó.
Esta inesperada hospitalización dio mucho que hacer, aunque no a nuestro personal, sino fundamentalmente a la guardia y preocupó a Nadiezhda Konstantinovna y a María Ilínichna, que vinieron después de telefonearme.
María Ilinichna le preocupaba la alimentación de Vladimir Ilich. La calmé diciéndole que de todo nos ocuparíamos.
Como todo enfermo que ingresa en el hospital, Vladimir Ilich fue inscripto en los registros y se le abrió un historial médico que rellenó el doctor Sokolov, nuestro doctor jefe.
Vladimir Ilich se sometió sin protesta a las reglas del hospital, recibió muy amablemente al doctor Sokolov contestó a todas las preguntas y se dejó auscultar. De este historial médico me permitiré reproducir las últimas líneas: “En cuanto al sistema nervioso, nerviosismo general; a veces duerme mal; dolores de cabeza. Los especialistas han constatado neurastenia originada por el agotamiento”. 
A eso de las siete de la noche, mi hijo pequeño se hizo un gran corte en una pierna y tuve que ir con él a la sección quirúrgica para ponerle unos puntos y vendarle. Entre a ver a Vladimir Ilich, le referí lo ocurrido, y luego me preguntaba todos los días como tenía la pierna mi hijo, hasta que se cicatrizó la herida. Esta atención hacia los demás era uno de los rasgos de Vladimir Ilich. 
Vladimir Ilich se encontraba perfectamente y cuando pregunté se deseaba algo, contestó señalando al camarada Belenki de pie junto a la puerta; “Dígale que no se inquieten demasiado y que no causen extorsión a los enfermos”. 
A eso de las once de la noche cuando di otra vuelta por la sección Vladimir Ilich dormía ya. 
A la mañana siguiente vino Berhardt se cambió vendaje, y Vladimir Ilich se marcho a su casa poco después de las doce.
La siguiente cura la hicimos nosotros con Borhardt antes que éste regresara a su país, y quedamos ya encargado de cuidar de la herida el doctor Ochkin ayudante mío y yo. Siempre nos acompañaba la practicante de quirófano Greshniova. La incisión, cegada por un tampón, se cerraba muy bien y tardó unas dos semanas y media en cicatrizarse. Debido a ella se pasó Vladimir Ilich unos días en el Kremiln y luego venía desde la finca Gorki para las curas. Todas la veces se lamentaba de que tuviéramos que perder mucho tiempo para ir a hacer las curas y quería ser él quien fuese al hospital. Había que persuadirle de que no nos causaba ninguna extorsión y que hacíamos la cura allí con mucha tranquilidad que en el hospital.
Varias veces Vladimir Ilich nos hizo quedarnos a tomar el té, tratándonos muy afablemente y charlando sobre los temas más diversos. La incisión estaba ya cicatrizada, con costra, para quitar definitivamente el apósito hacia falta otra visita al cabo de uno o dos días. En eso quedamos. 
A los dos días, mientras asistía a una conferencia me llamaron al teléfono. Era Vladimir Ilich 
- “¿Qué hace usted?”, me preguntó. 
- “Estoy en una reunión y luego me iré a casa”. 
- “¿Dentro de cuánto tiempo?” “Dentro de unos quince minutos” .
- “Bueno dentro de veinte minutos estaré ahí” 
Quise protestar, pero había cortado ya la comunicación.
En efecto Vladimir Ilich llegó al cabo de unos veinte minutos y pasó directamente a mi gabinete. Le dije que no debía haberse molestado, que yo habría ido a su casa. “Yo no estaba haciendo absolutamente nada ahora y usted estaba trabajando, Vladimir Nikolaievich, Con que, no hay más que hablar”. 
“Estupendo, porque toda esta historia me tenía ya muy harto”. 
Luego me preguntó cómo podría manifestar su gratitud a la practicante y si necesitaba algo al doctor Ochkin. Le dije que mi prácticamente estaba bastante agotada de los nervios, que una niña que tenía recogida acababa de pasar una enfermedad infantil infecciosa y les sería muy conveniente ir a un sanatorio en Crimea. 
Vladimir Ilich tomo nota en un cuadernito y dijo que hablaría con Semashko. En cuanto al doctor Ochkin no podía decirle nada: sabía únicamente que su esposa estaba enferma. Luego pregunté a Vladimir Ilich cómo se encontraba en general. Contestó que bastante aunque a veces le daban dolores de cabeza y no tenía buenos el sueño ni el estado de ánimo. Traté de convencerle de que debía reposarse bien, dejar por algún tiempo todos los asuntos y vivir simplemente una existencia vegetativa. A lo que objetó: “A usted sí que le haría falta reposarse camarada Rózanov. Tiene usted muy mala cara. Haga un viaje al extranjero: yo se lo arreglaré”.
Le di las gracias, pero le dije que un viaje a Alemania no era para descansar pues enseguida me pondría a recorrer clínicas y hospitales y que para el reposo, lo mejor sería quizá el golfo de Riga.
“Pues vaya usted, efectivamente Vladimir Ilich me proporcionó la oportunidad de reposarme en Riga y mi practicante fue a Crimea.
Di las gracias a Vladimir Ilich y volví a mis recomendaciones. Vladimir Ilich me agradeció mis cuidados y me dijo que “a pesar de todo” se ocupaba de su salud y preocuraba descansar y que de ello estaba al cuidado sobre todo María Ilínichna. Añadió que más que su salud le preocupaba la de Nadiezhda Konstantínovna que, según le parecía, iba haciéndole poco caso al doctor Guetié y me pidió que le recomendara a éste mayor severidad pues ella siempre decía que “seencontraba bien”. Yo le repliqué: “Lo mismo que usted”. Se echó a reír y estrechándome la mano dijo: “Hay que trabajar , hay que trabajar”.
Cuando Vladimir Ilich se despidió de mi se encontraba perfectamente bien y marchó a la finca Gorki.
A las tres semanas aproximadamente, el 25 de mayo de 1922, María Ilínichna me telefoneó a las diez de la mañana pidiéndome con voz alarmada que fuera cuanto antes porque “Volodia se encuentra mal, tiene dolores en el vientre y vómitos”. Pronto vino a buscarme un automóvil. Pasamos por el Kremlin y desde allí ya en dos coches, salimos para la finca Gorki después de recoger en la farmacia todo lo necesario; inyecciones y medicamentos diversos. Ibamos Semashko, el hermano de Vladimir IlichDmitri Ilich el doctor Levin, el camarada Belnki yo y alguien más.
Vladimir Ilich vivía entonces en una casita enclavada más arriba que la principal, todavía en reparaciones.
Se nos había adelantado desde Jimki el doctor Gutié que había auscultado ya a Vladimir Ilich.
Al principio según nos dijeron los que estaban con él, pudo pensarse simplemente en un fenómeno gástrico y se lo quiso relacionar con un  pescado no muy fresco, quizá que Vladimir Ilich había comido la víspera. Pero los demás lo habían comido también y a nadie le había ocurrido nada. Por la noche Vladimir Ilich había dormido mal: se estuvo mucho rato en el jardín, sentado o paseando. Gutié nos hizo saber que los vómitos habían cesado y que Vladimir Ilich le dolía la cabeza. Lo peor era que presentaba síntomas de parálisis de las extremidades derechas y algunas alteraciones del órgano del lenguaje. 
Se había prescrito el tratamiento pertinente, sobre todo reposo. Se decidió llamar a consulta a un neuropatólogo, al profesor Krámer, si no recuerdo mal.
Así apareció por primera vez aquel día el terrible espectro de la grave enfermedad y por primera vez adelantó su dedo la muerte.
Naturalmente, todos los comprendieron: los familiares por intuición y los médicos a ciencia cierta. Una cosa es dar con el pronóstico exacto, poner el diagnóstico típico, determinar la naturales  del origen del mal, y otra cosa es darse cuenta en seguida de que se trata de una afección grave quizá invencible. 
Eso siempre es doloroso para el médico. No soy neuropatólogo, pero mi larga experiencia  en cirugía medular orientó mis pensamientos en una dirección determinada, quirúrgica que, al fin y al cabo, a menudo es la más acertada en la terapia de algunas afecciones de la médula. Pero, por muchos diagnósticos que hiciera, la cirugía no tenía lugar para intervenir.
La enfermedad podía durar días, semanas, años pero el porvenir no aparecía nada risueño. Claro que podía tratarse de algo hereditario o padecido inadvertidamente; pero era poco probable.
El 10 de marzo de 1923 me telefoneó Obuj para decirme que me rogaban tomar parte de las guardias permanentes cerca de Vladimir Ilich que se encontraba mal. 
Al día siguiente me telefoneó el camarada Stalin  y me dijo que él y sus camaradas, sabiendo el gran aprecio de Vladimir Ilich por mí, me rogaban dedicar a estas guardias el mayor tiempo posible. 
Vi a Vladimir Ilich el día 11 le encontré en estado muy grave, temperatura alta, parálisis total de las extremidades derechas, afasia. Aunque el conocimiento estaba algo confuso, Vladimir Ilich me reconoció y no sólo me estrechó varias veces la mano con la suya válida, sino que se puso a acariciármela, satisfecho sin duda con mi llegada. Comenzaron los largos y difíciles cuidados de un enfermo grave.
Estos cuidados eran difíciles además del hecho de que Vladimir Ilich no hablaba.  
Todo su léxico se componía de unas cuantas palabras. A veces pronunciaba de pronto palabras como “Lloyd George” “conferencia” “imposibilidad” y algunas otras. 
Y estas palabras que manejaba trataba Vladimir Ilich de dar uno u otro sentido con gestos y entonaciones. 
La gesticulación era a veces muy enérgica, tenaz, pero no siempre, ni con mucho se entendía a Vladimir Ilich y esto le producía, además de una gran contrariedad, incluso ataques de excitación, sobre todo en los primeros tres o cuatro meses. Vladimir Ilich echaba entonces a todos los médicos las enfermeras y los sanitarios. En estos periodos la síquica de Vladimir Ilich estaba, desde luego, muy ofuscada y estos periodos eran infinitamente penosos tanto para Nadiezhda Konstantinovna y María Ilínichna como para todos nosotros. Toda la preocupación por los cuidados externos recaía sobre María Ilínichna y nadie hubiera podido decir cuándo dormía. 
Aparte de Nadiezhda KonstantinovnaMaría Ilínichna, los médicos de guardia y el personal auxiliar, en el que se debe incluir también a Piotr Pokaln, no se permitía a nadie acercarse a Vladimir Ilich. Se conoce que a Vladimir Ilich le molestaban constantemente las consultas y, después de ellas, solía estar de mal humor, sobre todo si asistían médicos extranjeros. De los extranjeros Vladimir Ilich acogía bien al profesor Foerster que, dicho sea en honor de la justicia, trataba también siempre con gran cordialidad a Valdimir Ilich. Pero a partir del otoño Vladimir Ilich empezó igualmente a negarse a recibir a Foerster, irritándose mucho si le veía, aunque fuera por casualidad. De manera que, en fin de cuentas el profesor Foerster tuvo que tomar parte en el tratamiento rigiéndose únicamente por los datos que le comunicaban las personas próximas a Lenin.
El aire puro, los cuidados y la buena alimentación surtieron efecto, y Vladimir Ilich comenzó a reponerse y a engordar. Se puso empezar los ejercicios de lenguaje. Para pasear se aprovechaba todos los días que permitían conducirle al jardín, al parque. El conocimiento era pleno, Vladimir Ilich se reía de las bromas. Se salía a buscar setas, cosa que Vladimir Ilich hacía con satisfacción y se reía mucho de mi capacidad para esta ocupación, burlándose cuando yo pasaba de largo junto a setas que él había visto ya desde muy lejos.
Las coas marchaban bien, los ejercicios de lenguaje deban ciertos resultados y la pierna había recobrado tanta fuerza que se le podía adaptar un aparato ligero que fijara el pie. Conforme iba sintiéndose más fuerte a Vladimir Ilich le cohibían más los cuidados ajenos, que reducía el mínimo. Insistía en almorzar y cenar con los demás, a veces protestaba contra los platos dietéticos y desde luego contra todos los medicamentos, excepción hecha de la quinina, riéndose siempre cuando nos sorprendíamos de que pudiera absorber una cosa tan amarga sin la menor mueca.
Las cosas repito marchaban tan bien que en agosto me fui de vacaciones con la conciencia tranquila. A mediados de agosto recibí una carta de María Ilínichna muy tranquilizadora también. Decía que no eran ya necesarias las guardias de médicos y que se llevaban a cabo intensos ejercicios de lenguaje de los que había incluso que retener a Vladimir Ilich. En setiembre hubo que suspender también las guardias de las hermanas de la caridad, ante las cuales Vladimir Ilichcomenzaba a sentirse simplemente cohibido.
Los ejercicios de lenguaje y luego la escritura corrían plenamente a cargo de Nadiezhda Konstaínovna que se entregó a esta labor por entero con paciencia y cariño. 
Estos ejercicios se realizaban en un aislamiento total. Sencillamente no les dejaba acercarse a él, irritándose mucho. De manera que dirigían los ejercicios dando indicaciones especiales a Nadiezhda Konstantínovna. Todo parecía marchar bien. De manera que, a despecho de toda la lógica médica, me dejaba arrastrar sin querer a ideas de profano; ¿y si de pronto se arreglase todo y aunque no en plena medida, Vladimir Ilich pudiera reincorporarse al trabajo?
Cuando volví de vacaciones, visité varias veces a Vladimir Ilich con el doctor Prigórov y un zapatero ortopedista encargado de hacerle calzado primero corriente y luego de abrigo para el invierno. 
Vladimir Ilich nos acogía siempre cordialmente se dejaba probar el calzado, se ejercitaba conmigo a caminar y caminaba incluso sin más ayuda que un bastón. 
Cenando con nosotros, nos ofrecía con insistencia de todo y se pasaba un buen rato tomando parte en la conversación con el reducido vocabulario que finalmente habíamos aprendido a comprender en gran medida. En todas estas visitas, delante de mi estuvo siempre alegre.
Y de pronto, la muerte, siempre inesperada por mucho que se la espere.
La autopsia, dolorosa incluso para los médicos. Una esclerosis colosal de los vasos cerebrales. Y nada más que esclerosis. Sólo cabía sorprenderse, no de que su pensamiento funcionara en un cerebro tan alterado por la esclerosis, sino de que viviera tanto tiempo con ese cerebro.”
SIN LENIN YA NADA FUE LO MISMO.