23 de febrero del 2008

 

 

MENSAJE DE LA 36

 

AÍDA, ASTURIANA, TRECE TIROS Y SIETE COMPAÑEROS

 

Aquel catalán Antonio Más del que escuchábamos relatos de la guerra, nos decía a finales de los años sesenta, “en este país aún faltan condiciones objetivas para la revolución, en España cuando nos alzamos ya nos habíamos comido hasta los gorriones”.
De aquella España empobrecida llegaron un día cualquiera a esta región del Plata una pareja de Asturianos, Eugenia Rojo y su Luciano.
Su vida de trabajo y decoro no les permitió volver a su patria, y Eugenia sin homenajes ni honores, más que los que otorga la hermosa vida de honestidad y sacrificios recuerda aquellos tiempos de lucha antifranquista y revolucionaria de los trabajadores y campesinos de Oviedo su sitio natal.

En estas tardes de verano cuando los vecinos en la cercanía, Cerrito de la Victoria, al fin y al cabo Eugenia, ha vivido en los ejidos de aquel gran campamento guerrillero de Oribe, salen afuera de sus apartamentos Eugenia cuenta historias de montañas, mineros y guerrilleros asturianos.
Con el paso del tiempo la verdad se humedece, por que los picos de la montaña la niebla suele mojar las cumbres.
Cuando siendo niña viviendo en la Molina, su madre la enviaba a la montaña donde cuidaba las cabras, en su canasta de alimentos, aquella mujer ponía botones, hilos, para coser la ropa de los milicianos que estaban escondidos luchando contra Franco.

No hace mucho Eugenia en una de esas tardecitas de calor relató la historia de una niña guerrillera asesinada por los franquistas en 1934.
Se llamaba Aída La Fuente, y en España Revolucionaria se convirtió en mito.
Vaya a saber en estos tiempos de ahora, ¿Además de Eugenia quien recordará a Aída? Cuando el PSOE y el Partido Comunista ya casi ni pueden diferenciarse de la derecha.

El alzamiento de Asturias se preparó cuidadosamente en todas las provincias. SU cuartel general estaba en Oviedo, la capital y se organizaron importantes acciones en las cercanas ciudades mineras de Mieres y Sama.
La señal del alzamiento fue, como en todas partes, la entrada de la CEDA en el gobierno.
Pero los mineros estaban muy bien organizados para el caso que se produjera esta eventualidad. Tenían armas. Tenían dinamita. Contaban ya con los comités conjuntos de trabajadores para dirigir sus actividades. Su reacción ante la conquista fascista del poder en Madrid fue la de desencadenar, en la medida de lo posible, una revolución total de las clases trabajadoras.
“Hacia las ocho y media de la mañana del 5 de octubre de 1934 cuenta Manuel Grossi, se congrega en el Ayuntamiento, ocupado por los obreros insurrectos, una multitud de más de dos mil personas. Proclamo, desde unos balcones, la República Socialista.

El entusiasmo era indescriptible. Se sucedieron los vivas a la revolución y a la República Socialista.
“Cuando consiga hacerme oír de nuevo daré instrucciones para continuar la acción”.
Esto significaba ataques a los puestos de la guardia civil, Iglesias, Conventos, Ayuntamientos y otros edificios de los pueblos y ciudades de la región.
Asturias tenía una fuerte masa de trabajadores bien organizada y disciplinada, los 50.000 mineros eran los trabajadores mejor pagados de España, pero la desocupación había sido alta desde 1931. La tasa de accidentes también era alta y la seguridad estaba menos garantizada que en el resto de Europa. La UGT dominaba las minas, pero colaboraba con la CNT. Muchos mineros eran jóvenes y desde el advenimiento de la República se habían producido innumerables huelgas. Los comunistas también estaban bien asentados en Asturias, particularmente en Mieres y contaban con dirigentes competentes.

A los tres días de iniciarse la Revolución gran parte de Asturias estaba en manos de los mineros. Todas las ciudades y pueblos capturados estaban controlados por un comité revolucionario que se hacía responsable de la alimentación y la seguridad de sus habitantes.
Una emisora de radio instalada en Turón mantenía la moral.
“Compañeros, anunció el comité revolucionario de Grado, estamos creando una nueva sociedad. No os extrañe, pues que el mundo que estamos forjando cueste sangre, dolores y lágrimas; todo es fecundo en la tierra”.
¡Soldados del ideal! !En disposición y en alto vuestro fusil!
¡Mujeres consumid poco, lo estrictamente indispensable!
¡Viva la Revolución social!

Las fábricas de armas de Trubia y la Vega de Oviedo fueron incautadas por un comité de sus propios obreros y se pusieron a producir día y noche.
En los demás sitios, se abandonaron fábricas y minas. Las oficinas de reclutamiento reclamaban los servicios de todos los trabajadores entre dieciocho y cuarenta años para el “Ejercito Rojo”. Al cabo de diez días se habían movilizado treinta mil trabajadores.
La colaboración entre los partidos sorprendió incluso a ellos mismos.
Hasta los anarquistas reconocieron “la necesidad de una dictadura temporal”, aunque el hecho de que esta actividad se limitara a un grupo de pueblos impidió que las cuestiones de organización de un Estado los enemistaran con los comunistas.

Mientras los mineros de Asturias lograban establecer de esta manera una especie de Soviet revolucionario en su provincia, tenían que ocuparse de luchar al mismo tiempo.
La lucha se concentró sobre todo en Oviedo y en Gijón.
Los 1.500 hombres que constituían las tropas regulares de base de Asturias y otros sitios de la costa norte eran demasiado pocos y tuvieron que limitarse a resistir el sitio de su guranición en el Centro de Oviedo.
Entretanto hubo una serie de actos de pillaje y de violencia que no fueron provocados por parte de los revolucionarios.
Los comités locales se hicieron cargo del mantenimiento de la disciplina y hubo caos de trabajadores que salvaron la vida a miembros de la burguesía amenazados.

El gobierno se encontraba enfrentado con algo que nadie vacilaba en calificarlo de guerra civil. En realidad el comité que controlaba la ciudad de Mieres estaba considerando la posibilidad de de una marcha sobre Madrid.
Aunque desde luego esto no lo sabían los ministros adoptaron varias decisiones muy duras.
En primer lugar llamaron a los generales Goded y Francisco Franco para que actuaran como jefes del Estado Mayor y dirigieran la represión a la rebelión.
En segundo lugar, aceptaron el consejo de estos dos generales cuando recomendaron que se enviaran elementos de los regulares y de la Legión Extranjera para reducir a los mineros.
Goded había sido jefe de Estado Mayor durante unos meses a principios de la República, pero Azaña lo había destituido.

Francisco Franco Bahamonde tenía cuarenta años cuando pasó a ocupar su nuevo puesto durante el gobierno.
Nació en 1892 en la base naval de El Ferrol en Galicia.
En 1912 fue destinado a Marruecos, donde en rápida sucesión se convirtió en el más joven capitán, comandante, coronel y general del Ejército, esto último después del victorioso fin de la guerra.
En 1916 le hirieron gravemente en el estómago y volvió a España, donde pasó cuatro años destinado en Oviedo. 
La vida en Toledo de Franco había sido brutal. Franco siempre tuvo una fama de cruel y rigorista. Se hizo una reputación por su buena suerte bajo el fuego, entraba en combate montado en su caballo blanco. La eficacia relativa de la legión Extranjera se debía a él en gran medida. Su primera experiencia en la represión revolucionaria la tuvo durante la huelga general de 1917 cuando estaba en Oviedo.

El gobierno no sólo llamó al general Franco, que conocía bien Asturias para dirigir la batalla contra los mineros, sino también a la Legión extranjera y a las tropas marroquíes, porque evidentemente dudaba que el Ejército regular pudiera tener éxito.
El ministro de la Guerra el radical Diego Hidalgo explicó más tarde que estaba aterrado ante la alternativa de tener que ver a los jóvenes reclutas de la península morir en Asturias a causa de su inexperiencia. Tendrían que luchar contra auténticos maestros del empleo de la dinamita y en las técnicas de las emboscadas.
“Decidí escribió, que resultaba necesario apelar a unidades que España mantiene para su defensa y cuyo oficio es luchar y morir en el cumplimiento del deber”.

A las pocas horas de la llegada del general Franco al ministerio de la Guerra, eran enviadas unidades de la Legión extranjera al mando del coronel Yague para ayudar a las guarniciones habituales en el norte.
Otra columna, dirigida por un general liberal López Ochoa que había dirigido a los militares en la conspiración republicana de 1930, se abrió camino para reforzar la guarnición sitiada en Oviedo. 

La Legión Extranjera y los regulares tuvieron un éxito inmediato.
Apoyados por la aviación ocuparon Oviedo. Guijón cayó el 10 de octubre. En estas ciudades los conquistadores se entregaron a la más vil represión. Después de quince días de guerra y resistencia de la revolucionarios sólo los comunistas querían continuar luchando en los demás pueblos.
González Peña renunció a seguir dirigiendo la revolución. La Legión tomó varias de las ciudades casa por casa.
El Coronel Yague al mando de la Legión, fomentó el uso ejemplar de la brutalidad en la represión.
Finalmente los rebeldes de Sama acabaron rindiéndose.
Belarmino Tomás, el dirigente socialista que había permanecido en primer línea durante toda la lucha, habló en los siguientes términos a una gran multitud de mineros reunidos en la plaza mayor.
“!Camaradas! ¡Soldados Rojos! Delante de vosotros, convencidos de que hemos sido fieles a la confianza que depositasteis en nosotros, venimos a hablaros de la triste situación que se ve reducido nuestro glorioso movimiento de insurrección. Hemos de confesar nuestras conversaciones de paz con el general del Ejercito enemigo. Pero hemos sido derrotados sólo por algún tiempo. Todo lo que podemos decir es que el resto de las provincias de España, los trabajadores no han sabido cumplir con su deber y no nos han ayudado. A causa de ello; el gobierno ha podido dominar la insurrección de Asturias. Además aunque tenemos fusiles, ametralladoras y cañones, carecemos de munición. Todo cuanto podemos hacer es concertar la paz. Pero esto no significa que abandonemos la lucha de clases. Nuestra rendición de hoy no significa más alto en el camino, que nos servirá para corregir nuestros errores y para prepararnos para la próxima batalla, que habrá de terminar en la victoria final de los explotados”.
   
Pero a continuación se llevó a cabo un durísimo ajuste de cuentas bajo la dirección de un brutal comandante de policía Lisardo Doval, conocido por su crueldad. Una de las condiciones para la rendición de los mineros había sido que se retirara de Asturias a la Legión Extranjera y a los regulares.
Esta condición no se cumplió, sólo había sido aceptada por el General López Ochoa y no por el ministerio de la Guerra.

Estas fuerzas se comportaban en el territorio conquistado igual que si se tratara de un ejercito victorioso que viviera los sufrimientos de los vencidos.
Se calcula que murieron entre 1.500 a 2.000 personas y casi 3.000 resultaron heridas.
De los muertos unos 320 eran guardias civiles, soldados, guardias de asalto y carabineros.
Es de suponer que el resto la mayor parte eran trabajadores. Indudablemente muchas muertes tuvieron lugar una vez acabada la lucha cuando la Legión saboreaba su victoria. En toda España fueron hechos varios miles de presos políticos unos 30.000 durante los meses de octubre y noviembre de 1934.
Y la mayor parte de ellos en Asturias.
La Casa del Pueblo de la región se convirtieron en cárceles de emergencia y los encerrados en ellas fueron sometidos a toda clase de vejaciones, incluso torturas.
Muchos murieron de un tiro acusados de “intentar fugarse”.
Un periodista llamado Luis de Sirval que se atrevió a denunciar estas atrocidades, fue arrestado y asesinado en la cárcel por tres oficiales de la Legión.

En Madrid los generales Franco y Goded fueron considerados los salvadores de la nación, mientras que la prensa de derechas daba informaciones aterradoras y falsas,  sobre monjas violadas y curas a los que habían sacado los ojos. Fuera de eso la censura en Asturias fue completa. En el campo los terratenientes lo celebraron abandonando toda intención de colaborar con la reforma agraria, se practicaban deshaucios muy rápidos y los socialistas que no habían ido a parara a la cárcel encontraban difícil hallar puestos de trabajo.
Se habían creado más resentimientos y aún más terribles.
Oviedo era una ruina fueron incautados 90 mil fusiles, 33 mil pistolas, diez mil cajas de dinamita, 30 mil granadas y 33º mil cartuchos.
Es imposible fijar el número de muertos y prisioneros ni siquiera una cifra aproximada.
La cifra de 30 mil prisioneros que se ha dado tantas veces no se ha podido confirmar hasta hoy. La censura de la época impidió e impide que la prensa pudiera dar un cálculo preciso. Todavía no se han investigado los archivos de la policía si es que existen.

Asturias ayuda a comprender el proceso político español y por reflejo también el nuestro.
Tras la revolución de octubre de 1934 y teniendo en cuenta la manera como había sido sofocada, habría sido preciso un esfuerzo sobrehumano para evitar el desastre final de la guerra civil. Pero este esfuerzo no se iba a realizar. La mayoría de los dirigentes socialistas estaban en la cárcel, al igual que los dirigentes del gobierno catalán, Azaña y otros varios políticos de izquierda.
Asimismo estaban encarcelados muchos anarquistas aunque habían tenido poca participación en el levantamiento, salvo en Asturias.

En estas circunstancias el levantamiento de Asturias adquirió un significado épico en la mente de los izquierdistas españoles. Algunos haciéndose eco de las últimas palabras de Balarmino Tomás en la reunión final de Sama profetizaban que octubre de 1934 sería para España el equivalente a los que había sido 1905 para Rusia.
Largo Caballero que permaneció en la cárcel hasta diciembre de 1935 dedicó el encarcelamiento a leer por primera vez las obras de Marx y Lenin.

Mientras muchos otros emplearon su tiempo en la cárcel desarrollando “una auténtica escuela de la revolución”.
Entretando en París Romain Rolland interpretaba los sentimientos de los combatientes de la revolución de Asturias al declarar que el mundo no había visto nada tan hermoso desde la Comuna de París. La brutalidad de la proscripción en Asturias hizo olvidar a la gente que incluso Azaña habría tenido que reprimir la revolución; y las noticias de la represión se conocieron a través de los informes de una comisión de las Cortes y de una delegación parlamentaria Inglesa.

Asturias hizo que un estremecimiento de horror sacudiera a la clase media española. Les parecía cualquier cosa, incluso una dictadura militar, era preferible a la desintegración. ¿Se lazaría con el poder el general Franco, ahora era jefe del estado Mayor?

 

Eugenia la vecina nos trajo la figura de Aída la niña y prenda de los asturianos. 
El día 13 de octubre de 1934 moría una joven comunista de 16 años. Su muerte, una más entre las muertes de los hombres y las mujeres que salieron a “tomar el cielo por asalto”, sería el origen de una de las leyendas rojas más extendidas de la Revolución.
No podemos desdeñar o ignorar la figura de esa muchacha delgada, cuya sonrisa irradió millares de noviazgos platónicos desde la fotografía colgada sobre la cama del joven comunista o socialista a lo largo de toda la geografía española.

Quiere colocarla en su justo lugar, no como un icono rojo construido para la propaganda, sino en medio de una legión de combatientes enfebrecidos, iluminados de revolución.

Hija de Gustavo de la Fuente, pintor de carteles y decorados para el Teatro Campoamor, y de Jesusa Penaos. Formada políticamente en una familia de comunistas, su padre había sido fundador del Partido Comunista en Oviedo, y sus hermanos militaban en las Juventudes, Aída era una figura conocida en el movimiento juvenil de Oviedo en 1934.
Sus compañeros la recuerdan como una excelente pegadora de carteles.
El testimonio del asturiano Alejandro Valdés la sitúa los días 7 y 8 colaborando en el hospital como enfermera. Otros autores hablan de su labor en la organización de las cocinas colectivas que se montaron en la periferia de Oviedo para abastecer a los combatientes, a los que se llevaba comida y café a la primera línea.
Durante la ofensiva del ejército el día 13 de octubre, Aída actúa como enlace entre el Comité Revolucionario de Oviedo y los grupos que se sostienen en el oeste de la ciudad.

Habla Juan Ambou, que se retira junto con un grupo de milicianos hacia el Depósito de Máquinas ante la ofensiva de los legionarios:
'”La escena fue en el Puente de La Argañosa por debajo del cual corre el tren hacia el Depósito y hacia Trubia... “Aída”, grito. “Juan”, contesta ella”.
Venía con Ramón García Roza, veterano comunista que había sido secretario general del Regional.

Traemos estas octavillas del Comité Revolucionario del Segundo Comité se entiende, para vosotros.
Ramón García Roza nos dijo:
Vuelvo a ver qué dice el Comité.
Infórmales de que la Estación del Norte va a caer. Que esperamos en el Depósito, a Aída le digo: Tú no vayas a San Pedro, a entregar las octavillas, porque hemos visto las fuerzas del Tercio.
No son fantasmas.
Iba desarmada.
“Después de frases animosas y de fuertes abrazos nos despedimos...
Ya no la volvimos a ver. Enviamos enlaces. Respuesta: En San Pedro está el enemigo. Habíamos estado con Aída al mediodía. Eran las cuatro de la tarde”.

El cadáver de Aída de la Fuente fue encontrado en la fosa colectiva que se cavó junto a una tapia de la iglesia de San Pedro de Los Arcos.
La versión difundida más ampliamente entonces, y qué recogieron, novelándola, la mayoría de los cronistas, surge del testimonia transmitido a la revista “Estampa” por el legionario Torrecilla, que sitúa a Aída de la Fuente en la iglesia de San Pedro de Los Arcos disparando con una ametralladora contra los legionarios que avanzan hasta la posición.

Habla el asesino de Aída, Torrecilla:
“Nos mató con intervalo de unos segundos, a dos sargentos. Debía de tirar muy bien... Cuando recibimos la orden de entrar al cuerpo a cuerpo, no quedaban ya en la puerta más que otros dos revolucionarios y ella. Poco después cayeron los otros dos. En este momento, cuando yo, seguido de dos legionarios había avanzado hasta casi tocarla y le gritaba: “¡Ríndete!”, ella me dio un golpe muy fuerte con una barra que llevaba en la mano derecha y me derribó. Mis compañeros tropezaron conmigo y cayeron también. Entonces, aunque estaba medio aturdido por el golpe, vi que ella se había sacado una pistola del pecho. Iba a disparar... Pero yo fui más rápido en disparar la mía, y cayó... Iba toda vestida de rojo, y era guapa. Después lo he sentido...”

Esta versión fue repetida por historiadores de izquierda en un tono más o menos enriquecido por los detalles.
Pero el descubrimiento de lo que había pasado con los últimos defensores de San Pedro de Los Arcos sería la información que culminaría la investigación que le costó la vida a Luis de Sirval.
En su cuaderno de notas, escritas a lápiz, se podían leer las cuatro siguientes líneas para un artículo que nunca fue escrito:
“Daída Peña, probablemente por el segundo apellido de Aída: Penaos, 16 años, la fusiló el Teniente Dimitri Ivan Ivanov.
Iglesia de San Pedro.
Fusilaron 7 en seguida.”

Esta nota escueta, que motivó la muerte de Sirval a manos de Ivanov, enterado de que un legionario le había proporcionado este informe, corresponde con la versión obtenida por Alfonso Camín en los barrios del Naranco, y con la versión que ofrece Juan Ambou.
Ambas parecen estar confirmadas por los trece impactos que Matilde de la Torre vio en el vestido de Aída que le fue mostrado por unos vecinos que lo habían recogido.
Trece tiros, no uno de pistola como sugiere el Sargento Torrecilla.
Un fusilamiento, y no una muerte en combate, siguiendo lo que parece ser práctica habitual de legionarios y regulares ante los revolucionarios detenidos los días 12 y 13 en los barrios de Oviedo.
Y junto de Aída, siete compañeros más.

Juan Ambou cuenta:
“Los supimos después. Aída y doce más resistieron con las armas para proteger la retirada del grueso de las fuerzas revolucionarias... Murieron dos. Otros fueron heridos. Todos los que quedaron con vida fueron puestos contra el paredón de la iglesia, más bien del cementerio... Entre ellos Aída... Fueron ejecutados y enterrados en una fosa común... Desnudaron el cadáver de nuestra heroína. Buscaban, al decir del asesino Dimitri Ivan Ivanov, oficial del Tercio, documentos... Nada hallaron... Las prendas agujereadas por las balas y tintas de sangre fueron rescatadas por unos vecinos, las lavaron y las entregaron a la madre de Aída.”

Ven catalán jornalero a su entierro,
ven campesino andaluz a su entierro,
ven a su entierro yuntero extremeño,
ven a su entierro pescador gallego,
ven leñador vizcaíno a su entierro,
ven labrador castellano a su entierro,
no dejéis solo al minero asturiano.

Ven, porque estaba manchada de España,
ven, porque era la novia de Octubre,
ven, porque era la rosa de Octubre,
ven, porque era la novia de España.

 No dejéis sola su tumba del campo
donde se mezcla el carbón y la sangre,
florezca siempre la flor de su sangre
sobre su cuerpo vestido de rojo,
no dejéis sola su tumba del aire.

Y PARA TÍ EUGENIA

ASTURIANA Y TU OVIEDO
ALLA EN LA MOLINA
SIGUE LLEVANDO EN TU CESTA
LOS RECUERDOS DE TU LUCIANO.

EL HILO Y LOS BOTONES
PARA EL CAQUI DE LOS GUERRILEROS
QUE AQUÍ DE ESTE REMOLINO 
DE LOS ESPAÑOLES, VASCOS, AFRICANOS
Y PUEBLOS ORIGINARIOS
DE NUESTRA AMERICA.

CON LA SANGRE DE AÍDA
TRECE TIROS Y SIETE COMPAÑEROS
LENTAMENTE PERO SEGURO
ESTA LEUDANDO EL PAN
QUE COMEN LOS REVOLUCIONARIOS.