17 de enero de 2012

 

MENSAJE DE LA 36

 

LA DICTADURA; HERENCIA MALDITA

 

¿Por qué no?
A veces pensamos en esto sinceramente;
¿No seremos nosotros los equivocados?
Repasamos cada hecho cien veces y siempre llegamos a la misma conclusión. Y son los mismos hechos los que nos reafirman que ni estamos locos, ni somos nosotros los equivocados. Ser muy pocos, y avanzar menos cada día y hasta retroceder a veces, no es que nos desaliente o decepcione, pero si nos lleva a pensar mucho más en lo que opinamos y afirmamos. Somos conscientes y responsables, ya que desde este lugar humilde, sin embargo trabajamos con lo más delicado y preciado que existe en el mundo, los seres humanos.

También nos lleva a pensar muchas cosas como estas; ¿entonces si estamos en la verdad, y las expresamos a diario, cual es la razón por la cual los demás no reaccionan? ¿Será que no nos creen? ¿O será que no expresamos estas verdades correctamente? Algo debe estar pasándonos, para que pese a intentar informar y argumentar suficientemente, nuestra influencia es cada vez más nula.

Hay aspectos políticos y sociales que a nuestro entender por su propio peso “se caen de maduros”, ¿será entonces que nuestra percepción es errónea? Que la realidad ni es tan clara, ni los hechos son tan graves, y que nuestra opinión no contribuye a darles el destaque y la importancia necesaria.

Una cosa también es cierta, se trata del peso y prestigio que tiene en la población la influencia de la televisión, y los grandes medios de prensa. Hace falta reconocer su hegemonía y nuestra debilidad y posibilidades reales de influir en los sectores de la población más castigados por la política del Gobierno y de los sindicatos afines al Frente Amplio.

Son muchas de las preguntas que nos hacemos ante nuestro propio fracaso y de un esfuerzo en vano al cual tratamos de encontrarle primero una explicación y en consecuencia una solución.

Pero parecería muchas veces que una vez conocidos los hechos negativos, las actitudes y comportamientos erróneos, fallidos, y hasta descalificadores, la primera reacción del público no es la de condenar esos hechos, sino la de exigir a quien los denuncia y critica, una responsabilidad tal o cual, por que en la denuncia y la critica se comete una cierta injusticia al darlos a conocer y hacerlos públicos.

A nuestro juicio es un hecho grave que dirigentes sindicales de primera línea que encabezan también supuestamente una dirección radical de izquierda, diferente y opuesta a la mayoría oficialista del Gobierno, sean a su vez representantes de las patronales defendiendo sus intereses y en contra de sus propios afiliados. Dirigentes que son capaces de acusar a sus compañeros de trabajo de asesinos y atorrantes, pidiendo medidas coercitivas más duras que las propuestas por la propia patronal.
¿No ven ustedes en esto alguna gravedad?
¿Somos nosotros los desquiciados?
¿Estamos ofendiendo a alguien criticando y denunciando estos hechos?
¿Acaso no es de una gravedad parecida la situación generada por una dirección que acepta ir a un acuerdo con el Presidente, reuniéndose por separado, en la misma chacra donde Mujica, lleva a veces a Larrañaga, en otras a empresarios, con la diferencia que en esas ocasiones son hechas públicas?
¿En que manual político o sindical está escrito, que dos o tres dirigentes tienen la potestad de decidir a espaldas del resto de la militancia y de los afiliados?
¿Cuál es el resultado de estas políticas dentro del movimiento sindical?
Precisamente la respuesta la dan los dirigentes oficialistas de AEBU, cuando expresan; “Estamos de acuerdo con que hayan ido a dialogar con el Presidente, lo que no estamos de acuerdo es que nos critiquen esa practica a nosotros y después ellos la lleven a cabo a escondidas”.
Por tanto es peor esta actitud, que la de los dirigentes oficialistas, los cuales utilizan ese método en la práctica, lo defienden, lo utilizan, pero por tanto no lo ocultan.

Cuando por nuestro lado no encontramos respuestas a tantas preguntas no nos queda otra posibilidad que recurrir a quienes saben, al marxismo, a la ciencia, a los precursores, a quienes más han aportado al conocimiento.

Lamentablemente hoy día aunque es enorme y valioso, prácticamente desde le punto de vista del conocimiento y los aportes al marxismo, podemos contar solamente con las Reflexiones del Comandante Fidel Castro. En cuanto a la labor práctica y la síntesis de la construcción y el desarrollo por vías no capitalistas, contamos con los discursos y audiciones radiales del “Alò Presidente” del mandatario venezolano Hugo Chávez.
Sin embargo en la dirección que necesitaríamos nosotros, en cuanto se trata de un proceso particular el nuestro, no siempre encontraremos respuestas a las contradicciones internas que se presentan ni mucho menos.            

El oficialismo frenteamplista a impuesto algunos términos y conceptos de los cuales se ha apropiado para intentar justificar ante el pueblo, sus errores, sus falsedades y su simulación izquierdista. Quizás el principal de ellos sea la expresión de “herencia maldita”, con el cual pretende demostrar que los problemas no son actuales ni de su responsabilidad, sino que pertenecen al pasado y a las conductas de los gobiernos anteriores de la burguesía.

Utilizando tales términos y en función del pueblo de las grandes masas nosotros hablaremos de “otra herencia maldita” la de la dictadura.
Quienes saben han señalado que la represión es un fenómeno psicológico que se origina en la sociedad. Es Freud quien asevera esto. “En cualquier sociedad los individuos reprimen aquellos sentimientos y fantasías que son incompatibles con patrones establecidos porque temen ser aislados si tienen pensamientos y sentimientos que no son compartidos por los demás”.
¿Y no es acaso a eso que pueden temerle algunos trabajadores a pensar y expresarse contrarios a sus dirigentes sindicales, al PIT CNT y hasta a los organismos del estado como el Ministerio de Trabajo, el BPS, o los grandes medios de prensa?
Pero piensen que; “No solo lo peor sino también lo mejor del hombre puede ser reprimido”.

Con todo respeto hacia las personas del pueblo y los trabajadores, hace falta para “comprender el inconsciente de un individuo requiere el análisis crítico de la sociedad uruguaya y de sus ideologías”.
“Y entender estas como el sistema de creencias y opiniones racionalizadas que fundándose valores admitidos determinan actitudes y el comportamiento de los hombres poniéndolos en armonía con los objetivos deseados por el grupo social para el desarrollo del individuo”. 
El habitualmente llamado “sentido común” de una sociedad es una ideología inconsciente que sirve para justificar el estado de cosas existentes. 

El hombre, dice esta vez Fromm, no es libre de escoger cualquier cosa, sino de escoger entre un número limitado de posibilidades y alternativas reales, y su libertad de escoger, que depende de lo que sabe y lo que sabe hacer, cambia con cada uno de sus actos. Como ilustración de lo anterior el famoso y prestigioso científico y psicólogo refiere lo que ocurre en un juego de ajedrez. “Cuando dos jugadores igualmente competentes comienzan el juego, ambos tienen la misma posibilidad de ganar. Después de cinco movimientos, es posible que uno de ellos haya cometido errores y no tiene ya la misma posibilidad de ganar que tenia al principio, y al cabo de otros diez movimientos, no tiene ya ninguna posibilidad”.  
En otras palabras, el grado de libertad de selección que cada uno tiene cambia constantemente por las propias acciones; cada acción produce como resultado un aumento o una limitación de la libertad. Por tanto nuestra libertad es algo cambiante y más allá de cierto punto ya no existe. 
Así interpretamos nosotros la partida que muchos compañeros convencidos y honestos juegan su partida dentro del PIT CNT, en cada jugada, sus posibilidades reales de libertad y de decisión propia se acortan y reducen hasta verse involucrados definitivamente con la perdida de libertad total.

Por que la libertad según se entiende no es una facultad abstracta, algo que se tiene o no se tiene. Solo es posible hablar de libertad con relación a una persona como en el caso que mencionamos en base a una situación dada. Una persona dada en conexión con su modo de vivir, de sentir y de actuar. Las situaciones externas y las ilusiones que hacen presa a la conciencia limitan la libertad, y en ocasiones inclinan al hombre a actuar en forma tal que ya no controla sus acciones.

Después de “la herencia maldita” de la dictadura uruguaya las estructuras sociales y económicas entre ellas las del PIT CNT, cuyos principales dirigentes solo querían llamarle en su momento PIT y no CNT, generaron en los trabajadores una tendencia poderosa a conformarse, “es lo que hay valor”.
“A ser receptores pasivos de los pensamientos y opiniones de otros”.  
Este aspecto predominante en el carácter de la mayoría de los uruguayos elimina, su necesidad de tomar decisiones y asumir responsabilidades y le da un falso sentimiento de pertenencia y seguridad, pero tiene que pagar por el un precio muy elevado.
Ese precio es la perdida de su libertad.
El medio social actual entre el Gobierno y el PIT CNT, paraliza el crecimiento de los trabajadores y jóvenes en especial, y hace que experimenten su libertad como una carga pesada, por cuanto esta implica responsabilidad y participación activa en la vida.   
Normalmente escuchamos decir que aun no están dadas las condiciones para romper con el PIT CNT y sus dirigentes.
En realidad lo que pasa es que la mayoría aun conociendo la verdad de las cosas y lo que esta sucediendo prefieren renunciar a la libertad a cambio de la seguridad que les brindan Castillo, Abdala, Olesker, Beatriz Fagiani, y Rechard Read pese a que solamente les ofrecen sometimiento a las autoridades establecidas.

Los científicos describen el autoritarismo como un mecanismo de evasión de la libertad. Distinguen a la vez dos tipos de autoridad raciona e irracional. La primera, la que es autentica, esta basada en la competencia real de quien la ejerce. Uno sabe algo que los otros no saben, pero al impartir su conocimiento la persona que lo recibe se vuelve tan competente como uno, y así la distancia se acorta.  
La autoridad irracional en cambio no se basa en la competencia de quien la ejerce, sino en su necesidad de tener el poder. La meta no es liberar a los sujetos a través del conocimiento, sino mantenerlos atados, esclavizados. Esta última es la naturaleza del poder autoritario.

Veamos ahora como pensamiento, sentimiento y práctica de vida son inseparables y por tanto, no se puede ser libre en el pensamiento si no se tiene libertad emocional y esto tampoco es posible si no se es libre en la práctica de la vida, en las relaciones económicas y sociales. 
Solo teniendo advertencia de las fuerzas que actúan sobre nosotros, podemos tener la libertad. En el grado en que no tengo advertencia de las fuerzas que me empujan y soy manipulado por fuerzas que actúan a mis espaldas, vivo bajo la ilusión de que soy yo quien determina mi propio destino.  
Participo por ejemplo de una asamblea, propongo, critico, opino, levanto la mano y hasta voto. Pero sin embargo habrá siempre alguien que defina por mí, me interprete, y en definitiva termine decidiendo por mi. En definitiva esta es una realidad hoy día en la que la mayoría esta siendo usada por otros, para sus propios fines. 

Veamos entonces de manera de compartir ciertos conocimientos la esencia del sindicalismo amarillo norteamericano del cual copia y se adapta el PIT CNT en su práctica concreta actual.

Dicen sus manuales del libro, Función social del sindicalismo por John A. Fitch, lo siguiente:

SINDICATOS Y PATRONOS

En el primer tercio del siglo actual las relaciones obrero-patronales no se caracterizaron por un espíritu de amistad y buena voluntad. Ya antes de finalizar el siglo la Federación Norteamericana del Trabajo había izado en su mástil la siguiente declaración:
En todas las naciones del mundo civilizado se está librando una lucha entre los opresores y los oprimidos de todos los países, una lucha entre el capitalista y el jornalero, que va cobrando mayor intensidad de año en año y que acarreará desastrosos resultados para millones de trabajadores, si éstos no se unen en su protección y beneficios mutuos.

En la convención de 1916, Gompers, el presidente de la AFL, desafió al
sector patronal presuntamente hostil: "Vosotros, hombres de riqueza,
cuidaos de los extremos a que llegáis porque la resistencia humana
tiene su límite. Si arrojáis el guante, ¡aceptaremos el reto! Y cuando llegue, repetiremos las palabras del más grande escritor que el mundo ha conocido: ¡Pega, Macduff, y maldito quien primero grite Espera!.  ¡Es bastante!”
En 1922 el New York Times publicó un artículo del señor Gompers en que denunciaba la existencia de una conspiración para destruir el movimiento sindical. "Un movimiento urdido por los empleadores para restaurar y mantener el mando autocrático de la industria norteamericana." Como fundamento de este cargo citó las actividades de las asociaciones patronales en favor del taller abierto, la negativa del juez E. H. Gary, de la United States Steel Corporation, a negociar con un sindicato de sus trabajadores  la Jornada de doce horas, y la actitud antisindical de los ferrocarriles del país en la huelga de mecánicos de ese año.

Dos semanas después el Times publicó la respuesta a los cargos de Gompers por Samuel Harden Churchy, presidente del Instituto Carnegie en Pittsburgh y ex  funcionario del ferrocarril Pennsylvania. El señor Church desmintió que hubiese conspiración. Las "expresiones de protesta” citadas por el señor Gompers fueron "la voz simple y natural de un país cuyo aguante se ha forzado y cuya paciencia está agotada". "El pueblo norteamericano —afirmó Church- no quiere las cosas demasiado grandes. Nuestro pueblo siempre ha restringido los negocios cuando crecen demasiado. Y ahora se encuentra frente a frente con una organización más poderosa, más despiadada y más peligrosa que todo lo que ha existido hasta ahora en este país: la Federación Norteamericana del Trabajo".

Con el correr de los años las actitudes de declarado conflicto han experimentado importantes cambios. El estatuto de la AFL-CIO no menciona la lucha de clase. Aunque en discursos pronunciados en la convención por los dirigentes de los organismos fusionados hubo animación, no contenían ningún reto específico. Al final, sin embargo, el presidente Meany reconoció las críticas en ciertos círculos de que "lo que hacemos conspira contra el bienestar del país". Estas críticas, dijo, "no nos desviarán de la trayectoria elegida".
Advirtió: "Este no va a ser un movimiento para brindar con leche. Procuraremos estas cosas con el espíritu militante en que se fundó nuestra organización. Vamos a echar mano a todos los medios legales de que disponen los ciudadanos norteamericanos, para agremiar a los no agremiados, para llevar los beneficios del movimiento sindical a millones que hoy carecen de esos beneficios. Los hombres pequeños de voces altisonantes en la vida política o industrial, no nos van a hacer de lado".

Después de este desafío, el señor Meany concurrió a la asamblea de la Asociación Nacional de Manufactureros y ofreció un programa de colaboración y buena voluntad.
La actitud menos truculenta de los trabajadores organizados hacia los patronos se debe en parte a su sentido de seguridad bajo la legislación de la década del 1930. Esas leyes —la ley Norris-La Guardia contra los mandamientos judiciales de 1932, la ley de recuperación de 1933, las enmiendas de la ley ferroviaria de 1934, la ley Wagner de 1935 y, por último, el fallo de la Suprema Corte de 1937 que sostuvo la ley Wagner— tendieron en conjunto hacia una posición sindical más sólida.

El derecho del trabajador a adherirse a un sindicato ya existía previamente en el sentido de que no tenía nada de ilegal el hacerlo. Las nuevas leyes de la década del 1930, y en especial la Obrera Ferroviaria y la Wagner, lo protegían en el ejercicio de ese derecho. Ahora era ilegal obstaculizar los esfuerzos por agremiarse y por negociar colectivamente, y los sindicatos crecieron a grandes pasos. Antes de finalizar la década del 1930 el contingente de afiliados había aumentado en más de un 200 por ciento; desde un poco menos de 3 millones en 1933 a cerca de 9 millones en 1939.  Así, a la sensación de seguridad bajo la ley se sumó la conciencia del mayor poderío.

El crecimiento del número de afiliados no solo obedeció a las nuevas leyes sino también en parte a que las actitudes patronales venían evolucionando desde mediados de la década del 1930. Mientras que en las principales industrias la hostilidad a los sindicatos era casi total, en la actualidad se aceptan en general los sindicatos y las negociaciones colectivas. Es indudable que todavía existen sectores en que la hostilidad patronal es tan declarada como antes y donde la oposición es tan cruda como la peor de 1920, pero en las industrias principales o más grandes el sindicalismo es ahora cosa corriente y algunas industrias hasta lo aceptan con satisfacción. Tres factores principales ocasionaron este cambio. Primero, como señaláramos más arriba, la legislación de la década del 1930 otorgó apoyo gubernamental a la agremiación sindical y a la negociación colectiva. El acatamiento de la ley —de ningún modo generalizado al principio pero ahora sí— indujo a los empleadores de mayor gravitación e influencia a aceptar más o menos con renuencia los sindicatos.

El señor Carrol E. French, vocero patronal, trazó la situación en  un discurso ante universitarios, de la siguiente manera:
Es un hecho comprobado que por muchos años la industria en general contempló el movimiento por la agremiación obrera y la negociación colectiva con recelo, temor y hasta abierta hostilidad. Sin embargo, una vez que se conoció con claridad la voluntad del público y que los derechos de los trabajadores con respecto a la agremiación y negociaciones colectivas quedaron salvaguardados y asegurados como política obrera nacional, la industria tuvo suficiente realismo como para introducir todos los ajustes necesarios.

El segundo factor fue el crecimiento numérico de los sindicatos. A medida que los sindicatos fueron creciendo y propagándose por amplios sectores industriales, su capacidad de negociación hizo necesario que se los aceptase. Este factor está implícito en las palabras del señor French que acabamos de transcribir, y su existencia es tan obvia que no requiere mayores comentarios.

El tercer factor fue la aparición de comprensión mutua a raíz de la experiencia adquirida en las negociaciones colectivas. A largo plazo y en lo principal, ninguno de los signatarios del convenio de trabajo ha encontrado que la parte contraria fuera tan difícil o irrazonable como se anticipaba. Un notable ejemplo de la mayor comprensión alcanzada a través de los años, que comenzó con desconfianza y hostilidad y terminó en la confianza y buena voluntad mutuas, figura en un informe sobre una exhaustiva investigación que desarrollara sobre los acontecimientos en un establecimiento determinado el profesor William F. Whyte, de la Universidad de Cornell.

Es probable que en nuestra historia industrial nada ilustre mejor el tercer aspecto que la comparación entre las conferencias industriales, la auspiciada por el presidente Wilson en 1919 y la convocada por el presidente Truman en 1945. La conferencia de 1919 se disolvió por las negociaciones colectivas. El grupo patronal (concurrían a la misma tres sectores: laboral, patronal y público) se negó a aceptar una resolución que reconocía el derecho de los asalariados a agremiarse y a negociar colectivamente por medio de "representantes elegidos por ellos", a pesar de que se había agregado una cláusula que decía: "No debe interpretarse con esto que se limita el derecho de todo asalariado a abstenerse de ingresar en cualquier organización o a tratar directamente con su empleador, si así lo prefiere".

En cambio el grupo patronal ofreció una resolución que reconocía el derecho de los trabajadores a afiliarse a los sindicatos o "concilios industriales de taller" y a negociar colectivamente, pero declarando el "derecho del empleador a tratar o no tratar con hombres o grupos que no son sus empleados". El grupo laboral rechazó esta proposición y se disolvió la conferencia.

En la conferencia convocada por el presidente Truman en 1945, los representantes laborales y patronales tampoco se pusieron de acuerdo sobre muchas proposiciones. Por ese motivo no se hizo ningún pronunciamiento sobre el informe referente a las negociaciones colectivas. Sin embargo la cantidad de los puntos en que, según las actas, coincidieron, a pesar de que nunca fueron aceptados "oficialmente", es muy impresionante en comparación con las actuaciones de la conferencia anterior. "La negociación colectiva —dicen en declaraciones idénticas— es obligatoria por ley; la aprueba el público; es y debe ser aceptada por los empleadores, empleados y sus representantes en todos los casos en que los trabajadores decidan organizarse para negociar colectivamente cuestiones de salarios, horas y condiciones de trabajo".

Es fácil encontrar señales  de mejores relaciones entre patronos y sindicatos. Año tras año se renuevan millares de convenios obrero-patronales sin el menor indicio  ni sugestión de conflicto. Además, no solo existen manifestaciones de que los patronos aceptan el sindicalismo, sino hasta que lo acogen cordial y decididamente. El acero, que antes marchaba a la vanguardia entre los opositores, ahora constituye uno de los principales ejemplos de la nueva tendencia.
El vocero de una gran compañía independiente me dijo que la parte patronal se encontraría "perdida" sin el sindicato, declaración que se interpreta en el sentido de que, con los millares de trabajadores con que cuenta la moderna planta siderúrgica, el sindicato constituye un esencial elemento de comunicación entre la gerencia y los operarios.

La United States Steel Corporation, que comenzó a funcionar en 1901 con un pronunciamiento contra la propagación de los sindicatos, celebró en 1951 su cincuentenario con un histórico volumen en el cual constaba como una de sus realizaciones la implantación de las negociaciones colectivas. Si bien es cierto que ocurrieron huelgas notables en la industria del acero, también es verdad que hubo muchas pruebas de buena voluntad. Después de la huelga de 1952 el presidente del sindicato, Philip Murray, ahora desaparecido y Benjamín Fairless, presidente de la corporación siderúrgica, convinieron recorrer juntos las instalaciones de  la corporación para conocer a los dirigentes locales y a los trabajadores. Si bien el fallecimiento del señor Murray en 1952 postergó el proyecto, más tarde  lo hicieron el señor Fairless y David J. McDonald, sucesor de Murray.

En una cena ofrecida en Pittsburgh en honor del señor McDonald, el señor Fairless hizo el siguiente comentario:

“A comienzos de este siglo los sindicalistas libraron una guerra total por conquistar el derecho de los trabajadores norteamericanos a agremiarse y negociar colectivamente. Esa guerra terminó hace más de veinte años con la decisiva victoria de los trabajadores. Pienso que esa victoria obrera ha sido una gran cosa para Norte América. Hoy la representación sindical no solo constituye una parte aceptada de nuestro sistema industrial, sino que la considero muy necesaria. Creo firmemente que si la representación desapareciese por completo, en muchas industrias los patronos inteligentes recibirían prontamente con beneplácito su reaparición para conseguir negociaciones ordenadas y organizadas en las plantas”.

Podría argüirse que el tipo de relación que sugiere este discurso ha sufrido desmedro por la huelga de 1956. Durante la huelga el presidente del sindicato, McDonald, habló de "engaños y mentiras" y de "cinco años de rencor concentrado", aludiendo a los dirigentes de la industria del acero.
Un cuerpo de investigadores de la Facultad de Comercio de la Universidad de Chicago estudió en 1953 la reacción patronal frente a las actividades sindicales en un establecimiento .siderúrgico en que trabajaban 14.000 hombres.
Entrevistaron a todos los miembros de la gerencia y a los supervisores, hasta el plano de capataz. "Por abrumadora mayoría —informaron— el grupo administrativo en conjunto cree que el sindicato ha hecho una importante contribución al bienestar de los empleados, de la compañía o ambos. Menos de la mitad de los entrevistados responsabilizaron al sindicato de actos que perjudican el bienestar de la compañía o de sus trabajadores, pero casi todos reconocieron los cambios favorables Introducidos por el sindicato”

Entre las realizaciones que "varios funcionarios administrativos" reconocieron al sindicato, figuraron los aumentos de salarios, la disminución de injusticias, el mejoramiento de las condiciones de trabajo, el  establecimiento de un método para resolver las quejas, el perfeccionamiento del programa de seguridad, el inducir a la compañía a mejorar la sanidad y otras prácticas similares en el establecimiento.

Un alto director de la empresa dijo que "el sindicato ha obligado a la gerencia a hacer muchas cosas que de todos modos habría tenido que efectuar. El sindicato ha obligado a la gerencia a mejorar enormemente la administración. Cualquiera puede gritar a la gente y conseguir que se hagan las cosas por la fuerza. Hoy el supervisor tiene que ser doblemente mejor que hace 20 años".

Otra prueba de que la tensión ha disminuido es la marcada baja de la proporción de huelgas por conseguir objetivos sindicales. Los informes oficiales sobre los "principales problemas" que ocasionaron huelgas revelan tendencias significativas. En los seis años que precedieron a la aplicación de las provisiones obreras de la ley de Recuperación1928 a 1933, inclusive— las huelgas por objetivos como el reconocimiento del sindicato, el taller cerrado o sindical, "el fortalecimiento de la posición en las gestiones", etc., representaron alrededor del 31 por ciento de todos los paros.
Los ocho años siguientes se dedicaron a la lucha por ventajas basadas en las nuevas leyes. El porcentaje de huelgas declaradas para promover la agremiación aumentó del 32 por ciento en 1933 al 45 en 1934. El promedio para el período entre 1934 y 1941, inclusive, fue superior al 49 por ciento. En 1942, con aproximadamente 10 ½  millones de afiliados a los sindicatos, la proporción de huelgas por la "agremiación sindical" bajó bruscamente al 13 por ciento, porcentaje que se mantuvo más o menos igual desde entonces.

Los acontecimientos de los últimos quince o veinte años que hemos referido en esta parte, indican un halagüeño mejoramiento de las relaciones humanas. Sin embargo no nos proponemos dar la impresión de que ya no quedan problemas que resolver en el plano obrero patronal. Ni siquiera en los casos en que predominan el respeto y la confianza por ambas partes no existen seguridades de acuerdo sobre ciertos puntos en particular. No hay un impedimento seguro para las huelgas o cierres de empresas.

En una conferencia de clérigos y laicos cristianos realizada en el verano de 1955, un miembro del grupo patronal observó con cierto tono humorístico a un dirigente sindical: "Aquí somos hermanos, pero no por eso seremos menos inflexibles la próxima vez que nos reunamos en la mesa de negociaciones."

En lo profundo de todas las actitudes nuevas acechan los recuerdos de otra época. A pesar de todo lo aprendido en el pasado reciente, el tiempo transcurrido es demasiado escaso para borrar el efecto que tuvieron en las mentes de los hombres las hostilidades de una generación atrás. Para citar ejemplos, se recuerda a Herrins en contra del sindicalismo y a Ludlow como símbolo del terror capitalista. Aunque ya no vivan las personas que podrían recordar las escenas de violencia que evocan estos nombres, es indudable que sus narraciones perdurarán como mitos o leyendas y habrán de ejercer su influencia en las actitudes obreras y patronales.

Como señaláramos anteriormente, es probable que la mayoría de los dirigentes sindicales sostengan la creencia de que, si pudiesen, los patronos volverían a las tácticas de otra época y barrerían el sindicalismo. Confirman sus  temores las ocasionales expresiones que surgen de entidades patronales. Un folleto publicado en 1954 por la Cámara de Comercio de Estados Unidos contenía esta declaración:  "Por auténticas que hayan sido las necesidades y penurias originales del empleado, que motivaron el desarrollo del sindicato obrero, por momentos esa necesidad disminuye o desaparece. En grado sustancial, gran parte de la base originaria del sindicalismo ha desaparecido."

La parte patronal, en cambio, si bien niega que los temores sindicales tengan fundamento sólido, desconfía de las actitudes de los trabajadores.
Esta desconfianza se acrecienta con alguna voz militante ocasional, como una resolución adoptada en una reciente convención sindical en la cual se declaraba: "En el corazón de todo buen sindicalista siempre ha existido a través de los años la esperanza de una mayor unidad entre todos los trabajadores para combatir al patrono”.
Además la fomentan incidentes sin importancia como la no frecuente publicación en diarios sindicales de caricaturas que pintan a los patronos como gente estúpida, avara o injusta.

Sin embargo la desconfianza patronal no se basa principalmente en este hostigamiento sindical, sino más bien en episodios esporádicos en que se manifiestan tácticas de piquetes o de presiones en la mesa de negociaciones, tácticas que se interpretan como intransigentes o antidemocráticas, o que representan el avasallamiento de los derechos legales de los individuos.
En otra parte hemos tratado la polémica sobre el taller sindical. La práctica de algunos sindicatos de votar sobre la huelga poco antes de iniciarse la negociación del convenio o de recurrir al trabajo a desgano o paros parciales durante las negociaciones, es para muchos empleadores una negación de la negociación de buena fe.

Sin embargo la Corte Federal de Apelaciones del Distrito de Columbia dictaminó en 1955 (por dos a uno) que las "tácticas de hostigamiento" durante la gestión de los convenios, que comprenden entre otras cosas el "trabajo a desgano" y los "paros improvisados" no constituyen una negativa a negociar de buena fe bajo los términos de la ley Taft-Hartley.

Sea o no correcta esta interpretación de la ley, tal acción por parte del sindicato parece plantear una cuestión ética que la Corte no ha elucidado. Es indudable que muchos sindicatos acostumbran votar por la huelga antes de emprender las negociaciones. Sin embargo, aunque no existiese esa votación, ambas partes saben perfectamente que la ruptura de las negociaciones conduciría a la huelga. El caso planteado ante la Corte, empero, involucraba "tácticas de hostigamiento" durante las negociaciones con el fin de presionar a la parte patronal para que accediese a las demandas sindicales. El sentido común, a diferencia de la interpretación técnica de la ley, parece colocar a tales tácticas fuera de la esfera de la negociación de buena fe.
La violencia en los conflictos obreros es otro factor que gravita mucho en las relaciones obrero patronales, sea motivada esa evidencia por los huelguistas o por empleadores. Como este asunto también es de interés público, lo examinaremos en el capítulo siguiente.

Si lo expresado aquí sobre la persistencia de cierta desconfianza mutua parece invalidar de alguna manera las pruebas anteriores que señalaban la emergencia de mejores relaciones, la insinuación no es intencional ni se justifica. Toda valoración de las actitudes obrero patronales que no tome en consideración al mismo tiempo los aspectos adversos y favorables sería menos que realista. De nada serviría desconocer el hecho de que hasta en las más favorables condiciones los obreros y patronos contemplan sus respectivos actos con ánimo de defensivo escepticismo, y que todavía quedan sectores en los cuales los sindicatos, los patronos o ambos, proceden de tanto en tanto como si las tácticas reprobadas de otros tiempos todavía se justificasen o fueran convenientes.

Sin embargo, tomando en cuenta todos los factores, las tendencias promisorias son más impresionantes y generales que las adversas. Clinton Golden comentó estas tendencias en su introducción a un sumario de los informes preparados por un cuerpo de expertos que investigó "las causas de la paz industrial en siete años". De su larga experiencia como trabajador, dirigente sindical y director del Programa Sindical de la Universidad de Harvard, escribió:

En los últimos dieciocho años se ha operado un notable cambio  en el clima de las relaciones industriales. Hubo un constante mejoramiento de la confianza mutua entre los patronos  y los trabajadores organizados, y se descubrieron nuevas técnicas  para la solución pacífica de las disputas.
A partir de 1937 se negociaron millares de convenios colectivos por primera vez. A pesar del legado de temores y recelos y de la falta de preparación por ambas partes, salvo notables excepciones, los convenios se concertaron sin interrumpir la producción. A medida que fue transcurriendo el tiempo los representantes patronales y sindicales establecieron un contacto personal más estrecho y asumieron gradualmente sus nuevas responsabilidades.

Muchos convenios recién gestionados cubrieron un lapso comparativamente breve, por lo general de un año. Mirando retrospectivamente es obvio que la parte patronal no cree todavía que los sindicatos serán instituciones duraderas y permanentes. Además los dirigentes gremiales, particularmente en las organizaciones nuevas y en rápida expansión, no confían mucho en la cohesión y solidaridad de sus propias organizaciones ni en la buena fe de los patronos en las nuevas relaciones.

Sin embargo esta convivencia, a menudo involuntaria, continuó. La caducidad de los convenios iniciales, aunque aguardada con aprensión por ambas partes, no puso término a las relaciones. En la mayoría de los casos se renovaron los convenios, que siguieron rigiendo sobre la base de revisiones mutuamente aceptables y con un mínimo de interrupciones en la producción. Hasta en 1946, cuando el público norteamericano escuchaba o leía que se producían más huelgas que en ningún momento en nuestra historia, más de nueve de cada diez convenios entre empleadores y sindicatos se gestionaron pacíficamente.

Sin embargo no debemos esperar demasiado. "Hay grados relativos de paz industrial —dice el señor Golden— que van desde un precario equilibrio de fuerzas mutuamente hostiles por un determinado período de tiempo, la duración del convenio, hasta una relación duradera, armoniosa y cooperativa de índole realmente fructífera. En las actuales circunstancias ninguno de ambos extremos representa lo típico. Empero se evidencian ciertos signos de que avanzamos desde lo primero hacia lo segundo, que podría considerarse como ideal."

Este y no otro es por cierto el modelo sindical actual del PIT CNT, el modelo norteamericano del “ganster” George Maney . Nada tiene que ver con las viejas enseñanzas y el aprendizaje de los cuadros sindicales del partido comunista uruguayo, en la Universidad Obrera de Moscu Patricio Lumumba.
Ahora los sindicalistas del PIT CNT van a realizar cursos a Israel, y Castillo se reúne en secreto en un Hotel con la Embajada Norteamericana.

Se trata de sindicalizar a todo el mundo, se trate de sindicatos grandes o pequeños, todo el mundo debe aportar la cuota sindical, o sea “taller cerrado” al estilo americano. Malos o buenos “convenios salariales” para lo cual al estilo americano también se aplica una cuota de presión previa, con paros sorpresivos, o presiones tipo fiesta de Hallow, “travesuras o dulces”, al decir de Abdala;  “O hay convenio salarial o hay huelga”.  
“Comprensión y voluntad mutua”.
“Respecto a la agremiación y negociaciones colectivas, sin lucha de clases”.

Para ser honestos compañeros y amigos de la radio la dictadura autoritaria no existe únicamente en las dictaduras cívica militar como la uruguaya. Se encuentra tanto en la Iglesia, en las organizaciones académicas, tanto en las asociaciones sindicales de comunistas, tupamaros, y socialistas, como en los gobiernos parlamentarios.
Es una tendencia humana, que nace de la mitificación del proceso de vida, la desvalidez material, y social existentes. El miedo a la responsabilidad de plasmar la propia vida, y en consecuencia el ansia de una seguridad ilusoria y de autoridad, pasiva o activa.
En cambio bien convencidos estamos de lo contrario, pese a que hoy parecería tan difícil de “agarrar el toro por las guampas” y ser felices.
Y lo contrario no es otra cosa que el autentico anhelo de democratizar la vida social, una aspiración tan antigua como el mundo, basada en la autodeterminación, en la socializad, y moralidad natural, en la alegría del trabajo y la felicidad terrenal en el amor.

Debemos hacer desaparecer todos los obstáculos que se encuentran en el camino de la realización de una verdadera democracia. Hay que hacer de la democracia una cosa viva. No debemos permitir que los políticos y sindicalistas simulen una democracia. De seguir así nuevamente los fascistas a la corta o a la larga ganaran en todas partes una vez más.